jueves, 26 de noviembre de 2009

Ofelia y el triunfo de la ficción


Esta reseña fue la primera que me publicaron en la revista Espacio 4. La escribí hace dos años y medio. Mi opinión sobre la película a tratar no ha cambiado. Para mí es la mejor hecha por un director mexicano, la obra maestra de Guilermo del Toro. De hecho, ésta es la cinta que más veces he visto en el cine: cinco. Rompí el récord anterior de cuatro veces con los dos volúmenes de Kill Bill de Quentin Tarantino. Va el texto:

Con motivo de su salida al mercado del DVD es posible reflexionar sobre la trascendencia —fuera de premiaciones y publicidad en los medios— de la producción hispano-mexicana El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro. La historia de una niña que ama los cuentos de hadas es también un ensayo sobre el imbatible poder de la ficción y su triunfo sobre la intolerancia con la recompensa de la inmortalidad. Heredera de personajes bibliófilos de gran tradición como don Quijote, Madame Bovary y, mucho más cercano a su edad e intereses, el Bastián Baltasar Bux de La historia interminable; esta Alicia en el país de la posguerra española deberá enfrentarse a una serie de monstruos —tanto humanos como fantásticos— para alcanzar un preciado don.
Ofelia (Ivana Baquero), la joven protagonista, llega a un entorno rural custodiado por un molino y lo hace de la mano de su madre embarazada, Carmen (Ariadna Gil). Ahí conocerá a su padrastro, el capitán Vidal (Sergi López), el ogro del estrato real de la historia. Su madre le aconseja —y a veces le ordena— que deje de leer cuentos maravillosos pues ya está muy grande para esas “zarandajas”. Pronto, en el laberinto cercano al nuevo hogar, Ofelia se encuentra con el fauno (Doug Jones), ser mitológico que le hace una revelación increíble: ella es en realidad la princesa Moana y debe pasar por tres pruebas para demostrar su valía y alcanzar así el don de la inmortalidad al lado de su verdadero padre, el monarca del reino subterráneo. A la par del ideal de la niña, corre paralelo el de los rebeldes ocultos a los que combate Vidal y de quienes son informantes la criada Mercedes (Maribel Verdú) y el doctor Ferreiro (Álex Angulo).
Para quien no ama las historias escritas sobre una hoja de papel o las contadas a través del haz de luz de un proyector difícil será explicarse la actitud obsesiva de la joven Ofelia y seguramente la verá con extrañeza como lo hacen Carmen o el capitán Vidal. Habrá espectadores que incluso cataloguen su conducta como escapismo —no muy diferentes de quienes queman en la hoguera de lo pragmático a don Quijote por quijotista. Sin embargo, conforme avanza el filme, el poder de la fantasía y de la imaginación irá robándole terreno a los excesos de una realidad histórica encapsulada en los años posteriores a la guerra civil española. En un lado del espejo, Ofelia camina hacia el árbol muerto dentro de cuyas entrañas se encuentra un sapo gigante. Ésta será su primera prueba. En el otro, Vidal y sus sargentos cabalgan para cazar a los rebeldes aún aferrados al sueño de la república. Son tramas que corren paralelas y que poco a poco se irán contaminando hasta chocar entre sí y terminar otorgándole preponderancia al plano fantástico.
La ficción es, entonces, más convincente que la realidad. Sin embargo, ni una ni la otra deja de ser despiadada con Ofelia. En el universo de Del Toro los cuentos de hadas son como fueron concebidos antes de la influencia dañina y pueril de cierto Walt Disney —¿quién recuerda ya que en la “Cenicienta” original de los hermanos Grimm, entre otros detalles un tanto siniestros, una de las hermanastras se rebanaba un pedazo del talón para poder calzarse la zapatilla? Para la niña, por lo tanto, el plano de la imaginación resulta más familiar y deseable que el de la realidad ya que en este último la trascendencia se obtiene solamente a través del recuerdo de otros o depositado en las frías manecillas de un reloj. Del Toro parece hacerle una pregunta directa al capitán Vidal: ¿hay acaso alguna forma digna de morir? Si la ambigüedad se halla encarnada en la figura del fauno, no hay ninguna con respecto a Vidal, incuestionable villano de este cuento.
La inmortalidad es el tema que flota e invade cada uno de los planos de la película. Desde el relato que Ofelia regala a su hermano nonato sobre una rosa que concede dicho don hasta el en apariencia desolador desenlace —el punto de colisión entre las dos tramas— donde la protagonista decide sacrificar su vida antes que la de su hermano recién nacido. Ante la muerte de Ofelia se despliega una disyuntiva. ¿Es éste un cierre desesperanzador donde una niña como cualquier otra es asesinada por un sádico militar franquista o de verdad la princesa supera la última prueba y se reúne con sus padres en el reino subterráneo? Para Guillermo del Toro tampoco hay ambigüedad en el final de su obra fílmica. A pesar de un desenlace que pudiera parecer devastador y triste más allá de lo imaginable, el sacrificio de la niña al entregar su sangre a cambio de la de su hermano es la única llave de entrada al mundo de la inmortalidad.
El laberinto del fauno es, sin lugar a dudas y de ahí su mérito, una cinta en donde todos los elementos están equilibrados: desde las actuaciones hasta la dirección artística pasando por la excelente banda sonora. Ni el trabajo histriónico ni el del realizador está por encima del conjunto y cada una de las piezas que conforman un filme embonan en su lugar de manera adecuada. Con influencias de Goya, Lewis Carroll, entre otros; Guillermo del Toro logra crear una obra fílmica propia y original que supera lo logrado en sus anteriores créditos. Luis Buñuel —referencia obligada del cine en español— logró realizar en México algunas de las películas más interesantes que se han hecho en territorio nacional. Por ejemplo, Los olvidados y El ángel exterminador. Ahora es del Toro quien realiza el viaje de regreso —de México a España— para filmar El laberinto del fauno. Y sin menospreciar los loables esfuerzos que sus dos amigos desplegaron este mismo año —González Iñárritu con Babel y Cuarón con Niños del hombre— en el caso de Del Toro es la primera vez, quizás, en que se puede decir que un director mexicano está a la altura del cine internacional.

El laberinto del fauno (2006). Dirigida por Guillermo del Toro. Protagonizada por Ivana Baquero, Sergi López, Ariadna Gil y Maribel Verdú.