lunes, 28 de diciembre de 2009

Almodóvar a ciegas


Hoy, ya en Torreón desde hace varios días, terminé la reseña sobre Los abrazos rotos de Pedro Almodóvar. Quizás más adelante le encuentre un espacio en alguna publicación. Por lo pronto aquí va calientita:

Los abrazos rotos (2009) no es el primer elogio que Pedro Almodóvar le dedica al séptimo arte. Al contrario, casi toda la carrera del director manchego, es eso: una apasionada carta de amor al cine. Pero en ninguna de ellas se nos aparece un realizador que deja de serlo, que literalmente muere y vuelve a nacer en la piel de un ciego y por lo tanto se ve imposibilitado a seguir ejerciendo su vocación. Las críticas y la recepción del filme han sido tibias, sobre todo teniendo frescos en el recuerdo los más recientes créditos del cineasta. Pero Los abrazos rotos en ningún momento desmerece ni se halla lejos de su estilo particular. Nunca será despreciable especialmente si se es admirador de la obra almodovariana.
Harry Caine es el seudónimo con el que Mateo Blanco (Lluís Homar) ha vuelto a la vida después de un accidente automovilístico que lo dejó ciego. De él cuida su otrora asistente de producción Judit García (Blanca Portillo) y el hijo de ésta Diego (Tamar Novas). Un día Harry recibe la llamada telefónica de un joven cineasta que se hace llamar Ray X, quien en realidad es Ernesto (Rubén Ochandiano), el hijo homosexual del gran magnate y recientemente fallecido Ernesto Martel (José Luis Gómez). Diego nota que su madre y Harry se sienten amenazados por este joven aprendiz. Tras sufrir por descuido una sobredosis de drogas en el bar donde trabaja y terminar en el hospital, Harry decide revelarle a Diego los secretos detrás de la filmación de su última película, realizada catorce años antes: Chicas y maletas. Los principales misterios serán el de su relación con su actriz principal Lena (Penélope Cruz), la amante de Ernesto Martel, y el del accidente donde él perdió la vista y ella, la vida.
Como en La mala educación —otro de sus créditos menospreciados— el gran mérito de Los abrazos rotos radica en la desarrollada habilidad para contar la historia a cuentagotas, en cómo poco a poco se van desgajando las diferentes capas que conforman esta trama para revelarnos al final una conjunción de diversos géneros cinematográficos: thriller falso, melodrama desbocado, comedia de humor negro. Y sí, quizás el conjunto decepcione a quienes sólo esperan protagonistas femeninas en los filmes del manchego porque ésta no es la historia de Lena sino de Mateo Blanco, reflejo tal vez menos fiel que el Enrique Goded de La mala educación. Así el personaje interpretado por Lluís Homar será la hipótesis que se plantea el realizador sobre una posible invidencia y la alternativa de sobrevivir a pesar de ella, el milagro de terminar un trabajo inconcluso. A algunos irritará también la manera en que Almodóvar recurre a herramientas ya antes desplegadas en otras de sus cintas. Otros llamarán a esto simplemente estilo. Y de esta forma quienes lo admiran con una ceguera similar a la de Mateo Blanco disfrutarán al máximo tanto la auto-referencia a Mujeres al borde de un ataque de nervios como la aparición de muchas de sus actrices fetiches de hoy y de ayer: Kiti Mánver, Chus Lampreave, Rossy de Palma y Lola Dueñas. Los abrazos rotos es además la confirmación de que la carrera de un mexicano avanza: la de Rodrigo Prieto, a cargo de la fotografía pues con este crédito añade una más a sus colaboraciones con algunos de los mejores cineastas contemporáneos: Alejandro González Iñárritu, Oliver Stone y Ang Lee. Los abrazos rotos es, para concluir, una vuelta nada reprobable al cinefílico universo de Almodóvar.

Los abrazos rotos (2009). Dirigida por Pedro Almodóvar. Producida por Esther García y Agustín Almodóvar. Protagonizada por Lluís Homar, Penélope Cruz, Blanca Portillo, Tamar Novas, Rubén Ochandiano y José Luis Gómez.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=sYdCSGPHHS4

lunes, 21 de diciembre de 2009

¿Quién plagió a quién? (III)


¿Catalina Creel (María Rubio) a la señora Taggart (Bette Davis)? ¿O la señora Taggart a Catalina Creel?
A sacar conclusiones:
http://www.youtube.com/watch?v=D_QMWxPAs3g
http://www.youtube.com/watch?v=mRHA3DHXbb4
Las dos, sin duda, de risa loca.

Todavía en Montreal

No me fui. Ayer se siguieron cancelando muchos vuelos de Montreal a NY o a Newark a causa de la tormenta de nieve en el noreste de Estados Unidos. Así que no pude salir de aquí. Será hasta mañana vía Toronto-Houston. Está bien siempre y cuando llegue antes de Navidad.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Dos películas para reseñar


Desde hace rato quiero reseñar la más reciente película de Lars Von Trier. Sí, la misma que causó revuelo en el festival de Cannes. Debo decir que no sin justificación. Es una experiencia estrujante que va directo a las entrañas de quien la ve. Se necesita tener un estómago fuerte para Anticristo. Sin duda, el filme más estremecedor que he visto en este 2009. Más de una escena memorable. Sobre todo, la del prólogo.
La otra película a reseñar sería Los abrazos rotos de Almodóvar. Acabo de verla en el Cinéma Parallèle -la única sala de cine que queda del complejo Ex-Centris- y me parece que como sucede por lo regular en las películas donde el español presenta a protagonistas masculinos, ésta ha sido un tanto menospreciada. Porque, creo, el protagonista es el personaje de Lluís Homar y no el de Penélope Cruz. Sin duda, este filme es producto -como en el caso de Tarantino- del amor al cine y de su proceso de factura. No deja, a pesar de las críticas en contra, de ser interesante y más que entendible dentro de la obra del director.
Pero el tiempo se me acaba. Se termina el 2009. Y también ya va siendo hora de partir de vuelta a casa.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Frío


Hoy por primera vez en este otoño -que ya es prácticamente invierno- sentí frío. Frío de verdad. Frío para quien ya ha pasado por siete inviernos canadienses. Dos en Calgary. Cinco aquí en Montreal. En invierno siempre hay un patrón que vale la pena aprenderse: si sube la temperatura hasta cerca de la línea del cero en el termómetro o incluso sobre éste, significa que el cielo se va a nublar y que seguramente habrá precipitaciones. Es decir, nieve. Pueden ser cinco centímetros o diez o quince o veinte o treinta o incluso más. Si sale el sol, tengan por seguro de que eso tendrá un precio: temperaturas de quince o veinte bajo cero y viento, un viento que hará que esas temperaturas inimaginables para muchos en México se sientan como treinta bajo cero. Esto último sucedió el día de hoy. Amanecimos con diecinueve bajo cero y el viento hizo que esa temperatura bajara hasta treinta. Lo mejor que puede hacer uno para perderle miedo al invierno y a sus fenómenos climáticos es salir, caminar por las calles, experimentarlos en carne propia. Así dejan de ser esa horrenda historia donde la gente muere enterrada bajo la nieve o queda mutilada, sin orejas o dedos de los pies. Tampoco se trata de ser idiota y salir destapado. No. Hoy aun con chamarra, gorro, guantes, bufanda y todo el kit mientras caminaba por la calle sentí frío y pensé por un segundo que estábamos en enero o febrero. No, es diciembre y el invierno oficialmente, en el calendario, ni siquiera ha iniciado.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Pa-pa-ra-pa... ¡Bolas!


Pa-pa-ra-pa-pa-pa-pa-pa-pa-pa... La tonadita la escuché por primera vez cuando llegué a esta ciudad en septiembre del 2002. Mientras me preparaba para salir al curso de francés en el Centro de Educación Continua de la U McGill, la televisión que la señora Denise tenía en la habitación que me rentaba despedía esa canción entre desesperante e ingenua. Es la tonadita con la que uno se despierta de lunes a viernes si prende la tele en Montreal y sintoniza el canal 10 local, el de la cadena francófona TVA. Entre 5:30 y 9:00 de la mañana se emite la revista matutina titulada Salut, Bonjour! y como toda revista matutina los conductores siempre están muy animados, muestran su mejor semblante y la dentadura Colgate les brilla a todo lo que da. Maravilloso mundo de la tele donde todo es perfecto. Así esté nevando o haciendo un frío de la chingada (como el de hoy) la chava del clima -casi siempre en la calle dando sus reportes- está con una sonrisa de oreja a oreja, como reza el lugar común. Todos los días son hermosos. C'est beau, tellement beau. Los mexicanos conocemos bien esta rutina. Cuántos programas de revista no nos hemos chutado por la mañana y ahí siempre los conductores gritan perfectamente maquillados: ¡Ánimo! ¡Levántense! ¡El día está precioso! ¡Viva la mañana cuando sale el sol! ¡Señora bonita, déle de desayunar al chamaco! Pues esta mañana los conductores de Salut, Bonjour! mantuvieron la bonhomía en el peor de los momentos. Resulta que la de ocho columnas en todas partes este heladísimo 16 de diciembre es que el helicóptero de TVA tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia cerca de la autopista Bonaventure. El aparato se estrelló, sí; pero gracias a la pericia del piloto éste y el reportero del tráfico salvaron la vida. Todo el mitote mientras se transmitía el programa. Un colega de los conductores se había convertido en la noticia. Y ellos, gente de televisión al fin y al cabo, tuvieron que mantener el buen humor. Eso o simplemente les valió, lo que no creo. Muy falsa se vio la chava del clima el día de hoy al despedir el programa. No sólo porque tuvo que mantener la sonrisota a pesar del accidente de su colega sino también porque por el ánimo que demostraba parecía que hubiéramos estado a 15 grados y no a los 11 bajo cero con factor viento de 18 bajo cero. Cuánta perfidia.

Una parodia poco despreciable de la revista matutina mexicana la hicieron Horacio Villalobos y su equipo de actores en el programa de sketches Desde gayola cuando trabajaban en el canal de cable Telehit. He aquí el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=tk5Cyxp80ek

¿Quién plagió a quién? (II)


Hablando de ella, ¿quién plagió a quién? ¿Yuri a Loretta Goggi? ¿O Loretta Goggi a Yuri? Las pruebas a continuación:
http://www.youtube.com/watch?v=xzzzMVFqsWU
http://www.youtube.com/watch?v=q0DkjI00Mf0

Caso Polanski


Hablando de pederastia, ángeles alados de la justicia y puritanismo, sigue la mata dando en el caso Polanski y sigue dando treinta años después de que pudo haber concluido. Hace ya rato salió la nota de que al director Roman Polanski lo habían aprenhendido en Suiza durante un festival de cine a causa del añejo problema legal que tiene en los Estados Unidos por haber abusado sexualmente de Samantha Geimer, en aquel entonces de 13 años. Opinadores y conductorcetes de televisión que de seguro ni sabían quién demonios era Roman Polanski se enteraron de su existencia y alabaron la aprehensión al son de "nadie está por encima de la justicia" o incluso del tan socorrido "viejo cochino, qué bueno". Las autoridades francesas -país donde Polanski ha vivido desde que huyó de los gringos- lo defendieron y gran parte de su gremio lo apoyó. Incluso aquellos cineastas o actores que nomás se adhirieron a la manifestación de apoyo para hacer bola o simplemente como pose. Todo mundo parece ignorar los detalles de lo que ocurrió. Hay incluso quien está bajo la percepción de que Polanski se declaró inocente lo cual es un error. Para quien quiera saber más sobre el caso y sobre todo por qué razón Polanski huyó de Estados Unidos ahí está el documental de Marina Zenovich Roman Polanski: Wanted and Desired (2008) difundido en salas de cine y en el canal HBO antes de que la bomba mediática volviera a estallar. Incluso ahora sus abogados en el juicio de extradicción lo van a incluir como prueba. Yo, verdaderamente, no sé si Polanski deba ir o no a la cárcel. Sobre todo cuando la persona más afectada -Samantha Geimer- suplica que dejen en paz al director para que así a ella la dejen tranquila de una vez y para siempre. No sé si un artista, por muy prominente que sea, esté por encima de los demás mortales para que se le perdonen delitos. Sobre todo si ha sobrevivido a los campos de concentración y al asesinato brutal de una esposa. No sé. Lo cierto es que Sergio Andrade fue liberado por la justicia mexicana cuando se le acusaba de lo mismo. Andrade que le dio a la humanidad joyas como "Tiempos mejores" o "Suavemente", canciones interpretadas respectivamente por Yuri y por Crystal. Además de gran parte de los temas que hicieron famosa a su co-acusada, la Trevi. Polanski que nos dio películas como Chinatown o El bebé de Rosemary sigue siendo perseguido. Irónico, ¿no?

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=hMieQzq1snc

martes, 15 de diciembre de 2009

La certeza sucumbida


El día de hoy anunciaron las nominaciones a los Globos de Oro así que comienza la carrera hollywoodense por el codiciado Óscar y de ahí saldrán premiadas algunas películas olvidables y otras no tanto. Eso no es ninguna sorpresa. Quizás haga un comentario más adelante sobre las tales nominaciones que no dejan de confirmar mis teorías sobre cómo se mueven las aguas en Hollywood. Por lo pronto, aquí va la última reseña del 2009, una cinta que se colocó entre los primeros lugares de la competencia por el Óscar y, a final de cuentas, se llevó muy poco, casi nada. De entre las salidas de la tan celebrada como podrida fábrica de sueños el año pasado, como lo digo en la reseña, ésta fue quizás la mejor. Va entonces el texto sobre La duda:

Durante un período en el que dentro de su país abundaba la política aferrada a una certeza inamovible —certeza sobre todo en los binomios del bien y del mal— el dramaturgo y guionista estadounidense John Patrick Shanley escribe en tan oscura atmósfera la antes pieza teatral y hoy cinta multipremiada dirigida también bajo su mando, La duda (Doubt, 2008). Para ello, dejó todo comentario político fuera y, a partir de algunos recuerdos de su infancia, decidió ubicar la historia en un espacio contenido y en una época ya pasada aunque con notables resonancias en la actualidad.
Al abrir la cinta estamos casi a mediados de los años sesenta en el barrio del Bronx de Nueva York. Es tiempo de transformaciones en una comunidad católica donde los orígenes más visibles son el irlandés y el italiano. Por primera vez, en un colegio regentado por monjas, se admite a un alumno negro. Algunos curas sueñan, luego de su famoso concilio, con darles una cara más amable de su organización a los feligreses: ser vistos como parte integral de la comunidad, salir a darle la mano a la gente. En la otra orilla están quienes se saben, a causa de sus votos, diferentes al resto de la humanidad y se obstinan en preservar arcaísmos. Es éste el caldo de cultivo para una confrontación.
A los pocos segundos de iniciado el filme, el espectador se da cuenta de que está presenciando el amanecer del domingo. La gente se apresura para llegar a misa. Delante del altar, se encuentra el padre Brendan Flynn (Philip Seymour Hoffman), el progresista. Es un hombre regordete, rubio y bonachón que intenta reflejar el semblante renovado de su iglesia. Entre los feligreses, está la joven y cándida hermana James (Amy Adams) aprobando todo lo dicho por él. De las últimas bancas se levanta una sombra. Con paso carcelero se va deslizando hacia adelante. Como una guardiana con cadena que es rosario, convencida de que la disciplina y la distancia son lo más adecuado para la educación y renuente al viento atronador de los cambios, la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep) causa reacciones intensas en los alumnos que aun durante el domingo no son libres para hacer su voluntad. Los niños más inquietos vuelven a convertirse en estatuas y, quienes tienen el atrevimiento de dormirse, de inmediato se sientan derechitos. Mientras disciplina con férreo puño, también escucha atenta el sermón del padre Flynn. Se ve incluso complacida ante la imagen del ratón que cazará.
Todo comienza ahí, con un simple sermón sobre la duda donde ésta, para el padre Flynn, es un sentimiento que une a las personas tanto como la certidumbre. “Cuando se está perdido no se está solo”, logra el cura con estas palabras conmover a su público. Entre ellos se encuentra Douglas Miller (Joseph Forster II), el monaguillo negro que lo admira y que al terminar el sermón levanta la mirada hacia la cúpula donde una paloma trata inútilmente de alcanzar el cielo. Pasamos a una mañana de clases. Al observar en el patio del colegio, antes de la entrada, cómo un alumno se quita de encima con desprecio la mano del padre Flynn, la hermana Aloysius termina por atornillar su certidumbre. Aflora la desconfianza con respecto a este cura demasiado cercano a sus alumnos, demasiado protector con el primer estudiante negro. Despreciable liberal que usa bolígrafo, lleva las uñas largas y pone demasiada azúcar en el té. Es necesario expulsar del paraíso al intruso. El poder de la directora del colegio, sin embargo, tiene fronteras bien establecidas. Conoce bien los límites dentro de su iglesia y está consciente del segundo rango dado a las mujeres. Sabe que no puede enfrentarse frontalmente con un cura.
Mientras ellos ríen con estrépito y comen atragantándose, en el comedor de las monjas reina el silencio y precede la mesa la hermana Aloysius que, a mitad de la cena, lanza la sospecha a las demás y les pide estar alertas. La hermana James —inocente, amable y compasiva— la mira con terror y obedece sin cuestionar. Aunque está decidida a pensar lo mejor de todo mundo, es en suma influenciable por su juventud. Hará lo que la superiora le ordene y, ante los signos de que algo raro ocurrió en la rectoría entre el padre Flynn y Douglas Miller, pasará la información a la directora quien, como una fuerza divina e imparable, se convertirá en gato listo para la caza. Durante esa cena determinante, la cámara se detendrá un momento en la mirada inquisitiva de la monja. Por un instante, parecerá contemplar sin temor y desafiante al público. En el siguiente plano el padre Flynn entra por una puerta y, como cruzando miradas con la hermana, pareciera un alumno asustado ante su ira. Pero no es a ella, por supuesto, a quien mira el padre sino al ojo omnipotente suspendido en un vitral y radiante de luz. El efecto de la escena no puede ser más contundente: aquí se dará un duelo de fuerzas nada despreciable.
Cuando la hermana intente unir voluntades con la madre del muchacho, se llevará una gran sorpresa. Porque lo mejor para el hijo de la señora Miller (Viola Davis) no está dentro de lo deseado por la monja. Mientras una anhela salvar el alma, otra se conforma con salvarle la vida. Más importante aún, cuando pareciera que no podía agregarse nada más a este festín de geniales actuaciones, aparece Davis con una breve pero contundente participación. Al final, sucumbirá la certidumbre en inicio monolítica. Incluidas —y de ahí el mayor mérito de La duda— las del espectador. Shanley nos enseña aquí que para realizar una excelente cinta no se necesita mucho más allá de la historia y las actuaciones. Innecesarios son entonces los efectos visuales para envejecer y rejuvenecer o la acostumbrada visita a campos de concentración. Aunque muy merecidas las nominaciones al Oscar de los cuatro actores, parece inconcebible que no se haya nominado a la cinta porque ésta, sin duda, es una de las mejores de este año de entre toda la porquería salida de Hollywood.

La duda (Doubt, 2008). Dirigida por John Patrick Shanley. Producida por Mark Roybal y Scott Rudin. Protagonizada por Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams y Viola Davis.

¡Viva la Madre Patria! Para que se vea cómo unas actuaciones sublimes se convierten en poco menos que mierda aquí va un horrible y de risa avance de la película, horrible por estar doblado al español (peninsular, por supuesto): http://www.youtube.com/watch?v=Ocrii-YdneQ

lunes, 14 de diciembre de 2009

Amarga píldora en empalagoso manjar


Vi esta película hace ya bastante tiempo aquí en Montreal cuando Ex-Centris todavía programaba cine. Como indico en el texto nunca halló distribución comercial en México. Según yo, en ninguna sala del país fue estrenada. El verano pasado, sin embargo, me di cuenta de que ya se podía ver por cable o por televisión satelital. Así que tal vez se pueda conseguir en DVD. En región 1, por lo menos, sí está. Eso lo sé porque la tengo. Por lo pronto, Ozon ya sacó otra cinta -esta vez en su lengua materna- que se llama Ricky y que cuenta, entre otras actuaciones, con la del español Sergi López. Va la reseña -publicada también en Espacio 4- no exenta de cierto tono quejumbroso:

El por qué una película se distribuye de forma simultánea en todo el orbe mientras otras permanecen, para algunos países y durante años, enlatadas en el limbo cinematográfico es en principio un misterio para mí. Pareciera que, en estos casos, poco importa la calidad ante el mercantilismo, poco importa que se trate de la obra de un director muy valioso desde el punto de visto artístico pero “difícil” de digerir, dirían los distribuidores, para la mayor parte del público; ése en el que ellos tanto piensan pero al cual en realidad subestiman con sus decisiones. Hace más de dos años, por ejemplo, una cinta cierra la Berlinale de 2007 y todavía es fecha que no se estrena en nuestro país. Del realizador francés acostumbrado a escandalizar a los más asustadizos, François Ozon nos otorga ahora un crédito que podría aparentar ser ñoño e incluso inofensivo. Si lo analizáramos más a fondo, veríamos que es todo lo contrario. Y, aparte, no deja de guardar lazos con este eterno debate de la recepción de una obra fílmica.
Angel (2007) es una película relacionada con el lado esteticista y artificial de Ozon, del que Ocho mujeres (2002) es un ejemplo patente. Lo es por constituirse en producto del amor al cine. Eso, después de otras cintas mucho más realistas como Tiempo de vivir (2005). Angel se compone así con la intención de rendir homenaje a los melodramas hollywoodenses de los años cuarenta y cincuenta, plenos de fastuosidad y cromatismo, grandilocuentes más que grandes filmes épicos y de época donde la proyección de escenarios exóticos era lugar común. Son los mismos que tenían como personajes centrales a mujeres en situaciones emocionalmente extremas. Lo que el viento se llevó es la máxima exponente del género y la que mayor trascendencia ha tenido en el público. Para Ozon, Angel Deverell (Romola Garai) es su Scarlett O’Hara. Ignorando este dato, entonces, se le puede malinterpretar porque la Scarlett O’Hara interpretada por Vivien Leigh era persistente, una niña-mujer que pensaba tener siempre la razón y estaba convencida de hacer lo mejor para sí y para sus seres queridos.
El nombre de la cinta (y el de la heroína) destellan con esplendor al comienzo mientras una adolescente escapa del camino de la escuela para recrear golosamente su sueño frente a la reja de una gran mansión llamada Paraíso. Una niña rubia se encuentra resguardada ahí. Angel no repara en ella. Sólo anhela ser la dueña de ese lugar. Tiene una forma para lograrlo: escribir como loca. A Angel, joven de inmensa imaginación pero de alcance intelectual cortísimo, le importa un comino lo que opinen los demás. Ella se sabe la mejor escritora del mundo. Por supuesto, no busca la aprobación de la crítica literaria. Todo lo hace para conseguir la fama y el dinero. Y con el dinero, la mansión Paraíso. Altiva y orgullosa, Angel presenta una seguridad con respecto a sus dones sólo reservada a los genios literarios. No lee ni investiga nada. Sólo se deja llevar por sus sentimientos. Todo sale de su cabeza, de su delirante y desbordada imaginación. No por nada el argumento de Angel surge de una novela publicada en 1957, autoría de la británica Elizabeth Taylor (una homónima de la famosa y ya decrépita actriz), basándose en la vida de Marie Corelli, en su momento la autora favorita de la reina Victoria de Inglaterra; escritora de grandes masas pero despreciada por los especialistas.
El cuento de hadas se vuelve realidad. A medias, claro. La fama y el dinero llegan. Sin embargo, ésta es la Cenicienta cuando lleva por dentro un monstruo carente de empatía. Deseando remodelar su vida cual si se tratara de una ficción, la persigue la vergüenza de que su madre haya tenido durante años una tienda de comestibles. Al presentársele de rodillas Nora (Lucy Russell), una de sus muchas admiradoras, la adopta como a su perrito faldero y al conocer esa misma noche al rebelde hermano pintor, Esmé (Michael Fassbender), no duda en conquistarlo y domarlo. La intensa personalidad de Angel traga y nulifica a todas las personas a su alrededor, desde su madre, pasando por su esposo y su cuñada hasta llegar a su editor Théo Gilbraith (Sam Neill). Sólo la esposa del editor, Hermione —encarnada por Charlotte Rampling, a estas alturas actriz fetiche de Ozon— la mira con frialdad y aunque en un principio se burla de su obra no puede dejar de sentir cierta admiración.
Un destello del alma de Angel se cuela a través del retrato pintado por Esmé, donde a la manera de Dorian Grey se puede apreciar toda la podredumbre oculta por un rostro bello. Su mal gusto la lleva a rodearse de lo más fastuoso. Sólo el retrato desentona en la mansión Paraíso. Cuando ya sólo sea una parodia de sí misma, volverá a enfrentarse con aquella niña rubia de la que envidiaba la vida y la mansión para llevarse una sorpresa. Entonces, como en una de sus novelas románticas, vendrá su fin. Con él, el olvido de todas aquellas personas que leyeron sus escritos como papel desechable. Al final, nadie —ni siquiera las personas que la amaron— podrá saber qué parte de su vida era realidad y qué parte ficción. Según Nora, Angel tuvo dos vidas: la que vivió y la que soñó. Ésta es la perversión de lo dulce.
Tomar en serio la técnica de Ozon, tan artificiosa y empalagosa como sería la obra de Angel, es no entender que ésta es una re-escritura paródica del melodrama hollywoodense de épocas pasadas. Destaca la ambivalencia ante la heroína tanto del director como de los espectadores. Como con Scarlett O’Hara, en momentos se le odia, en otros se le ama. A final de cuentas, hacer una cinta sobre una escritora de novelas románticas de principios del siglo XX pareciera totalmente anticuado pero es todo lo contrario: la definitiva reflexión de Ozon se enlaza con la efímera celebridad de algunas estrellas que hoy se llaman Britney, Paris o Lindsay.

Angel (2007). Dirigida por François Ozon. Producida por Olivier Delbosc y Marc Missonnier. Protagonizada por Romola Garai, Michael Fassbender, Sam Neill, Lucy Russell y Charlotte Rampling.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ZLaQ4cOB6Fo

domingo, 13 de diciembre de 2009

El reto de mantenerse feliz


No le he seguido mucho la pista a Mike Leigh y eso a pesar de que todo lo que salga de Inglaterra por prejuicio me gusta. De él recuerdo siempre Secretos y mentiras, la película por la que ganó la Palma de Oro en Cannes. Este año (aunque pudiera ser que desde el pasado) se estrenó esta película suya que reseñé para Players of Life. Va el texto:

El director inglés Mike Leigh logra pasar del registro dramático al cómico con soltura. Así lo demuestran algunos de los premios con los que ha sido condecorado durante su carrera cinematográfica. Eso a pesar de que su filmografía no es abundante. Desde la Palma de Oro del festival de Cannes con Secretos y mentiras (1996) y culminando con las nominaciones al Óscar por Vera Drake (2004). Este precursor del realismo británico, junto con Ken Loach, en ocasiones les otorga a los espectadores una historia más ligera pero no por eso despreciable. Éste es el caso de su más reciente película: La dulce vida (Happy-Go-Lucky, 2008).
La protagonista indudable de La dulce vida es Poppy (Sally Hawkins), una profesora de escuela primaria con una personalidad vibrante, colorida y, durante algunos momentos, incluso irritantemente feliz. Siempre con una sonrisa en los labios y con el chiste en la punta de la lengua, no hay nada oscuro ni terrible en la existencia de esta mujer imbatible. Comparte desde hace diez años su departamento con una amiga y colega, Zoe (Alexis Zegerman); recibe las visitas de su malencarada hermana Suzy y, poco después de comenzar la cinta, decide, tras serle robada su bicicleta, tomar clases de manejo. Su instructor, Scott (Eddie Marsan), sin embargo, es un hombre resentido, racista y paranoico. Dos seres humanos tan dispares dentro de un espacio tan reducido como el de un coche-escuela sólo podrán sacar chispas. Algo intuye Poppy en Scott que la lleva a ayudar un niño golpeador en su escuela y, gracias a ello, conocerá a su futuro novio, Tim (Samuel Roukin), un trabajador social.
A partir de la improvisación, Leigh va construyendo sus personajes e hilando la historia. La naturalidad que se despliega en la pantalla es, por lo tanto, innegable. El guión —inexistente al inicio del rodaje— se constituye en un logro pues, a pesar de basarse en la improvisación, tiene una admirable coherencia. Quizás por esto, esté justificada la nominación al Óscar en dicho rubro. Ésta es, además, una cinta para el lucimiento de una actriz y aquí Sally Hawkins, desconocida para el gran público, se luce sin miramientos. De ahí los diferentes premios otorgados, entre ellos el Globo de Oro para mejor actriz en una comedia.
El hilo conductor será la relación entre dos personajes antitéticos como Poppy y Scott. Leigh los conducirá a la confrontación de sus deseos y miedos hasta el enfrentamiento final que los separará para siempre. Poppy se dará cuenta de que no puede hacer feliz a todo mundo. Entre tanto, el director nos llevará de la mano a través de escenas hilarantes como la de una apasionada maestra de flamenco o incluso conmovedoras —ésa en donde Poppy trata de conversar con un indigente y que nos muestra la compasión y el ilimitado deseo de prodigar alegría de esta inusual mujer. La dulce vida, entonces, resulta una comedia nada ingenua sobre esos seres cuya luz puede llegar a cegar; pero tan necesarios para que el mundo en el que vivimos no se ahogue en la amargura.

La dulce vida (Happy-Go-Lucky, 2008). Dirigida por Mike Leigh. Producida por Simon Channing Williams y Georgina Lowe. Protagonizada por Rally Sawkins, Alexis Zegerman, Eddie Marsan y Samuel Roukin.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Sd4EG6BeDV0

sábado, 12 de diciembre de 2009

Entre las estaciones Laurier y Mont Royal


Ayer, entre las estaciones del metro Laurier y Mont Royal, estuve a punto de terminar de leer Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Venía de dar un curso privado muy cerca de la Universidad de Montreal y me dirigía a "La Boîte Noire". Cuando el tren subterráneo se detuvo, yo estaba en la página 603 de la edición de Anagrama, la cual cuenta con 609. Las puertas del vagón se abrieron en el momento culminante de la novela, a punto de que Belano y Lima se enfrentaran a Alberto y su secuaz en el desierto de Sonora. En cualquier día de primavera u otoño habría seguido en el metro hasta terminar la novela porque las estaciones que siguen más o menos se hallan alrededor del lugar donde vivo. No así en uno de invierno. No como el día de ayer en que, aunque estábamos a diez grados bajo cero, el viento se soltó tan endemoniadamente que hizo bajar esa temperatura hasta los quince o dieciséis. Nada fuera de lo común en Montreal durante esta temporada. Así que ni modo. Me bajé y terminé la lectura unas horas después, ya en la tranquilidad y en el calor de casa.
Apenas este año descubrí un poco de la obra de Bolaño. Ya en el verano del año pasado, en Torreón, mi amigo Manuel Iñaki Leal me había acercado el cuento "Gómez Palacio" que está en el volumen Putas asesinas, también de Anagrama. Yo lo escaneé e incluso lo utilicé regresando a Montreal para un curso de nivel avanzado en la escuela de la Y. Este verano en Torreón vi entre los anaqueles de la librería Gandhi tanto Putas asesinas como Los detectives salvajes. Compré de inmediato el primero y dejé la compra del segundo para después porque no tenía suficiente dinero. Las ediciones de Anagrama, ya se sabe, no son nada baratas. Días después alguien se había llevado el libro. En los vuelos -porque no es uno, obvio, sino tres- de regreso a Montreal leí el volumen completo de Putas asesinas y más de un cuento me dejó con un muy buen sabor de alma. De nueva cuenta, tomé un relato diferente -el de "Buba", el que Bolaño dedica a Juan Villoro- para otro curso de nivel avanzado. Y cuando ya no tuve nada que leer en el librero de casa, allá por octubre, me lancé a la librería Las Américas (la única con surtido en español aquí en Montreal) y compré Los detectives salvajes. Hace unos días entré a la librería Paragraphe en la esquina de McGill College y Sherbrooke, justo enfrente de la Universidad McGill, y lo hice con la intención de buscar unos regalos de Navidad. Me sorprendió encontrar ahí las traducciones al inglés de varios libros de Bolaño. La primera sensación al terminar Los detectives salvajes, claro, es de agrado aunque también de intriga. Siento que en el futuro necesitaré una relectura para apreciar por completo la novela. Pero da mucho gusto descubrir a escritores como Bolaño. Eso que ni qué.

viernes, 11 de diciembre de 2009

De premios absurdos y poca lectura


Ya casi no escribo reseñas de películas que no me gustan. Ésta es la única que he escrito en muchos años. Mientras estuve colaborando en el suplemento la tolvanera me cansé de echarle mierda a muchos bodrios, incluso algunos oscareados. Tanto que ya parecía niñito pataleando. Sin embargo, he aquí la reseña sobre The Reader. Me resistí un buen rato a verla por la temática. Pero como en esa época ganaba bastante dinero y podía ir al cine más de una vez a la semana, aproveché y me metí a ver esto. Como digo en el texto el planteamiento inicial es interesante; pero la segunda parte de la película es de lo más chantajista, moralina y burda. Es una lástima que la Winslet haya ganado el Óscar por esta basura y no por Revolutionary Road (en tierra azteca Sólo un sueño), dirigida por su actual esposo Sam Mendes y por mucho superior a este filme. Pero como digo más adelante a los del Óscar les chifla premiar cintas con la temática del holocausto judío. Además de seguro se sintieron culpables por no haberle dado el premio antes y terminaron otorgándoselo por una actuación menor. Igual le pasó a Penélope Cruz. Va entonces la reseña publicada hace meses en la revista Players of Life:

El premio Óscar de Hollywood posee ya de forma evidente una fuerte debilidad por las historias relacionadas con el holocausto judío. Se le puede lanzar cualquier hueso desabrido a las fauces relacionado con las matanzas perpetradas por los nazis y esta maquinaria bien engrasada por el dinero y la corrección política caerá irremediablemente en la trampa. Triste es, pues, que una actriz como la inglesa Kate Winslet reciba el Óscar por una actuación secundaria y dentro de una película que a final de cuentas resulta bastante mediocre. Ni hablar del otorgado a la española Penélope Cruz por un rol más bien caricaturesco y plagado de estereotipos. Continuando con el caso de Winslet, Una pasión secreta (The Reader, 2008) —cinta por la cual ganó en febrero pasado el Óscar a mejor actriz— comienza prometiéndole al espectador mucho sólo para culminar con la —sí justificada pero igualmente manida— condena al régimen nacional-socialista alemán de Hitler.
Estamos en 1958. Un adolescente de nombre Michael Berg (David Kross) sucumbe vomitando ante el umbral de un edificio de departamentos en Berlín. Una mujer llamada Hanna Schmitz (Winslet) aparece para ayudarlo. Tras recuperarse el muchacho de la fiebre escarlatina, regresa al departamento de Hanna para agradecerle su ayuda con un ramo de flores. Empieza así un idilio iniciático en donde las reglas serán dictadas por quien más experiencia tiene en los terrenos amatorios. La relación sexual siempre estará condicionada por la lectura, una entre muchas excentricidades de la parca mujer. Tan pronto como termine el verano, Hanna desaparecerá dejando un fuerte recuerdo en la mente de Michael. Tras la historia de amor furtivo, pasarán ocho años. El joven, ahora estudiante de derecho y siendo alumno del profesor Rohl (Bruno Ganz), se enfrenta de nuevo con el rostro de aquella mujer, acusada por haber sido celadora en un campo de concentración.
Luego de iniciar con los amantes clandestinos en una trama donde el pudor se libera y el juego erótico tiene como preludio la lectura del joven hacia la mujer, la película se tambalea tan pronto nos absorbe en la ratonera moralista del juicio de Hanna y sucumbe a la par de su vejez con un final en suma simplón donde el joven, siendo ya un hombre de mediana edad (Ralph Fiennes), va en busca de la hija de una sobreviviente del holocausto para reinvidicar de alguna manera la vida de Hanna y para, de paso, desahogarse. Decepciona el director inglés Stephen Daldry luego de trabajos como Billy Elliot (2000) y Las horas (2002) pues Una pasión secreta es una diapositiva más entre las premiadas por el Óscar que caerá en el olvido con el pasar de los años. Preferible hubiera sido concentrarse en la primera parte de la cinta y darle una mayor fuerza al tema de la relación amorosa a través del acto de contar. Recomendable entonces sólo para los fanáticos de Kate Winslet.

Una pasión secreta (The Reader, 2008). Dirigida por Stephen Daldry. Producida por Donna Gigliotti, Anthony Minghella, Redmond Morris y Sydney Pollack. Protagonizada por Ralph Fiennes, David Kross, Kate Winslet y Bruno Ganz.

Gracias al blog del crítico de cine Jozef Siroka de La Presse descubrí que la propia Kate Winslet, antes de recibir el premio, se había burlado del apetito de la Academia Hollywoodense por las películas sobre el holocausto en el programa Extras de Ricky Gervais. El video de la escena está, por supuesto, en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=DPTV8PZo-Tc
La mejor frase: "Oscars coming out of their ass".

jueves, 10 de diciembre de 2009

Interminable lucha la de Harvey Milk


Abomino las listas de "las diez mejores del año" hechas por los críticos de cine de diferentes medios. Me parecen fútiles. En primera instancia, porque es imposible ver todo lo que se ha hecho en un año para así calificar lo mejor. El arte cinematográfico, por basarse en la colaboración, se distribuye de forma muy extraña, obedeciendo a quién sabe qué intereses, casi siempre monetarios. Pero en fin. Que el resto haga sus listas. En lugar de eso, iré subiendo aquí las reseñas que escribí este 2009, desde enero. Son apenas un puñado y, por supuesto, casi todas de cintas que en su momento me llamaron la atención. Aquí viene la de Milk de Gus Van Sant. Desde que se publicó en Espacio 4, Sean Penn -ya se sabe- ganó el Óscar a mejor actor en un rol principal. A la película en México le pusieron un subtítulo que no recuerdo ni me interesa recordar por innecesario. Lo que más desentonó en el filme, desde mi punto de vista, es lo que ni siquiera mencioné en el texto (la actuación de Diego Luna). Va el comentario:

Culmina ahora el período de estrenos encaminados a conquistar como publicistas a los premios de estirpe hollywoodense. Éste es todo un peregrinaje de sonrisas falsas que atraviesa por muchos galardones menores y hasta desconocidos, hace una pequeña escala en los Globos de Oro y finaliza de manera rimbombante con el Óscar. Una tras otra se irán estrenando estas cintas de las cuales si acaso un par serán valiosas. Los llamados cinéfilos y un sinfín de críticos de radio y televisión se preparan para inútiles predicciones y el mucho ruido y pocas nueces de todos los años. En esos días tan cacareados como el 11 de enero para los Globos o el 22 de febrero para el Óscar, quizás lo mejor sea apagar el televisor y evadirse. Preferible a eso —si se tiene el tiempo de chutarse premiaciones soporíferas— es mirar las cintas y punto. Entre las candidatas, ya se barajan varios títulos y entre ellos sobresale sin duda Milk (2008) de Gus Van Sant.
La carrera del estadounidense ha estado repleta de altibajos. Desde aquel imperdonable e innecesario refrito de Psicosis (1998) hasta la Palma de Oro en Cannes con Elefante (2003). Muchos vieron su gran éxito de crítica y de taquilla en Mente indomable (1997). Y sí, lo habría sido tal vez si el guión no hubiese estado escrito por mentes tan poco brillantes como las de los actorcetes Matt Damon y Ben Affleck. Los últimos trabajos de Van Sant lo han alejado de ese público multitudinario. Sin embargo, vuelve de nueva cuenta a esos derroteros con la que es, en cuanto a la forma, una de sus cintas más convencionales. No así si nos enfocamos en el personaje del que se ocupa: el primer político abiertamente homosexual en ser elegido a un cargo público. Por tratarse de una película biográfica, el actor principal se ve obligado a transformarse en alguien que de verdad caminó esta tierra, alguien conocido por otros hombres y mujeres. A diferencia, por ejemplo, del personaje de ficción, sujeto a interpretaciones variadas. Existirán por lo tanto documentos, testimonios, incluso testigos de primera mano. En este caso, ahí está el documental The Times of Harvey Milk (1984) de Rob Epstein gracias al cual el espectador podrá comprobar qué tan fidedigna es la interpretación de Sean Penn. Y es que, dentro del reino comandado por Gus Van Sant, este histrión es verdaderamente Harvey Milk.
La secuencia de entrada —así como otras más vistas durante el largometraje que sirven para anclarlo al plano de la realidad— no es casualmente documental. Con ella, Van Sant hace un contundente alegato político pues también muestra diferentes redadas a bares de ambiente gay durante los cincuenta. Esta atmósfera de represión donde una conducta íntima era criminalizada se mutará en la causa de que el cuarentón Harvey Milk (Sean Penn) se halle en Nueva York, dentro del confortable armario y tratando de ligar en el metro. Ahí se encontrará a Scott Smith (James Franco) y juntos llevarán su vida en pareja a la calle Castro de San Francisco. Luego de ser recibidos con hostilidad mientras instalan su tienda fotográfica, Harvey se da a la tarea de convertir su barrio en un lugar seguro y amistoso para la comunidad homosexual. De ahí saltará a la política para hacerla pieza fundamental para la reivindicación de sus derechos.
Después de varias campañas infructuosas —con cambio de imagen de por medio— Harvey es elegido supervisor del ayuntamiento de San Francisco. Asume el cargo sin olvidar la batalla que lo tiene ahí pues esos ángeles justicieros de los cincuenta hacen su aparición veinte años después y blanden como arma de persuasión el hermoso e impoluto rostro de Anita Bryant —interpretada por sí misma en más secuencias documentales— quien propone una cruzada nacional en contra de maestros de primaria que por su condición homosexual deben ser despedidos para no seguir propagando lo que en ojos de esta santa mujer es una epidemia. Otra victoria más se suma a la de su elección cuando esta propuesta 6 es rechazada en California —no sucederá lo mismo en este estado y treinta años después con la 8, la prohibición a los matrimonios de personas del mismo sexo. Lo poco ganado le otorgará a Harvey un aura de héroe así como el micrófono para ser vocero de una comunidad cada vez más visible en su ciudad.
Dicho estatus tendrá un precio. Para empezar, su relación con Scott quien lo deja harto de las intromisiones del séquito encargado de las múltiples campañas de Harvey. No se diga las constantes amenazas de muerte. Y, para colmo, las intrigas y los celos de un colega: Dan White (Josh Brolin). White es aquí el enigma a resolver. Padre de familia de ascendencia irlandesa con un hijo recién nacido, es además el típico chico estadounidense destinado a volverse el contrincante de Milk. Por eso, empezará a resentir su presencia entre los supervisores del ayuntamiento de San Francisco —en poco ayudará a Harvey ser el consentido del alcalde Moscone— hasta culminar en un doble asesinato ya conocido. Conteniendo todos los ingredientes necesarios para la llamada biopic, Milk descubre la intimidad y los entretelones de una historia pública, se inmiscuye en la trastienda de lo visto en política y, sobre todo, recuerda el inicio de un movimiento de reivindicación. De notarse, recalco, el trabajo de Penn con una interpretación contenida, adecuada y fiel a la personalidad de Harvey Milk. Su lucha, retomada por muchos otros tras su asesinato, podrá todavía parecer controversial o polémica ante los sectores más conservadores —de ahí que quizás no arrase con los codiciados premios. Sin embargo, con él se marca la salida de una carrera que tal vez algún día culmine y gracias a la que cualquier ser humano víctima de discriminación (sea sexual, racial o de género) se verá reflejado en este filme. Quizás ese día la condición sexual deje de ser relevante fuera de la cama.

Milk (2008). Dirigida por Gus Van Sant. Producida por Bruce Cohen, Dan Jinks y Michael London. Protagonizada por Sean Penn y Josh Brolin.

En YouTube se puede encontrar el avance del documental de 1984 The Times of Harvey Milk: http://www.youtube.com/watch?v=Ohd2txsNf0o

¿Quién plagió a quién?


¿Bob Dylan al coro de la iglesia? ¿O el coro de la iglesia a Bob Dylan?
La evidencia a continuación:
http://www.youtube.com/watch?v=gRfkGUvdZX8
http://www.youtube.com/watch?v=w9SQdfYqLXc

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Programa doble: Tarantino y Rodríguez



En la reseña de Bastardos sin gloria hago alusión al fracaso taquillero llamado Grindhouse donde Tarantino y Rodríguez unieron fuerzas. De esa cinta doble también escribí un texto, publicado en Espacio 4 hace dos años. Fue mi tercera publicación en dicha revista. Quizás nadie en su momento se echó la vuelta al cine para ver las películas. A mí me siguen divirtiendo mucho. La experiencia completa -el programa doble y los avances falsos- no está todavía en DVD como me lo esperaba. Se pueden conseguir las dos películas pero por separado. A Death Proof la bautizaron en México como A prueba de muerte. Va la reseña:

Grindhouse (2007) es una palabra en inglés para denominar a las salas cinematográficas especializadas en la exhibición de filmes de bajísimo presupuesto en doble función con alto contenido de sexo, violencia y palabrejas. Dicho tipo de salas proliferaron cuando los directores Quentin Tarantino y Robert Rodríguez eran adolescentes. El año pasado estos dos realizadores unieron fuerzas para de un solo tiro parodiar y homenajear el concepto con sendas cintas exhibidas en Norteamérica también en doble función: Planet Terror y Death Proof. Se produjo así una de las decepciones taquilleras más grandes de 2007. Quizás por no existir un fenómeno similar a estas salas llamémoslas entonces más familiarmente “cines de permanencia voluntaria”, un fenómeno que de hecho se dio cuando la película de tres horas fue proyectada en Estados Unidos y Canadá, países donde algunos espectadores decidieron salirse después de Planet Terror ignorando que había otro largometraje incluido en el costo de la entrada.
Planet Terror de Robert Rodríguez abre con una secuencia que parecería ya definir su cine voluntariamente churrero: una frondosa bailarina llamada Cherry Darling (Rose McGowan) se contonea al son de una excelente pieza que transmite toda la sordidez y el morbo posibles —tanto Rodríguez como Tarantino se han destacado por la contundencia de la banda sonora de sus películas. Después de llorar al final de su acto, la potable muchacha renuncia al trabajo como bailarina para buscar otros derroteros sin imaginarse que esa noche se enfrentará junto con su antiguo y chaparro novio El Wray (Freddy Rodríguez) a un ejército de zombis. A la pareja se unirán otros héroes típicos en la serie B: el alguacil con mala suerte, el hermano cocinero que nunca quiere ceder sus recetas, una anestesióloga adúltera y un par idéntico de niñeras-lolitas. El extraño fenómeno de la proliferación de zombis parte de una conspiración cuyo origen importa poco ante la sangre, las armas de fuego, las vísceras, las extremidades arrancadas, una que otra castración, innumerables explosiones y hasta una metralleta que sustituye la pierna que a la pobre Cherry Darling le han comido los voraces zombis. Aunque sorprenda, junto con Sin City: La ciudad del pecado (2005) y ya alejado de su visión pasteurizada de nuestro país (excepto durante el final en Tulum), quizás Planet Terror sea de lo menos desechable que ha realizado Rodríguez.
Death Proof de Quentin Tarantino también despliega las mismas preocupaciones de su colega como herencia del cine de serie B en el que los traseros de las mujeres parecían ser el punto de fijación de la cámara. De los zombis pasamos al asesino en serie en busca de jóvenes núbiles con las cuales desahogar su carnívora lujuria. Aunque Tarantino le da la vuelta a la manida fórmula al presentarnos a “Stuntman” Mike (Kurt Russell) quien en lugar de llevar a cabo sus masacres con hachas, cuchillos o sierras eléctricas, lo hace con un auto de doble cinematográfico, un bólido a prueba de muerte —claro, sólo para el conductor, no para las pasajeras. Después de un quizás demasiado extenso preludio que no le viene bien a la cinta de Tarantino —sobre todo, tras el demencial y trepidante planteamiento otorgado por Rodríguez— “Stuntman” Mike asesina a cinco despreocupadas muchachas para luego quedar libre pues detrás de la excusa del accidente oculta sus instintos asesinos. No pasa mucho tiempo antes de que persiga a otro grupo de mujeres entre las que destacan Abernathy (Rosario Dawson) y Zoe (Zoe Bell). No estando ni de lejos a la altura de Pulp Fiction: Tiempos violentos (1994) o Kill Bill: La venganza (2003), Tarantino sí nos regala por lo menos una memorable escena de persecución automotriz.
Vista en su edición completa de tres horas, Grindhouse resulta bastante entretenida. Nada más. Lamentable para la cinta de Tarantino es que, presentada en segundo lugar, resulta por su ritmo mucho menos emocionante y hasta cierto punto aburrida. Seguramente en una segunda revisión resultará más atractiva a causa de la contención y los diálogos tan característicos. Lo loable de Tarantino y Rodríguez en este esfuerzo conjunto es que no esconden sus influencias ni su formación en un cine subterráneo, alejado de Hollywood e incluso contracultural. Ninguno oculta lo que les emociona de una película: la violencia, el sexo, las altisonancias y los traseros de las mujeres. No por nada habrán encontrado su nicho en las salas de cine “grindhouse”. Increíble, sin embargo, que todavía sueñen con ganar un Óscar para ellos o para sus actores cuando con mucha dificultad agradarán a ese oscuro, anónimo y despiadado ente autodenominado Academia.
Mención aparte merece el intermedio del programa doble —tal vez lo más cómico y divertido de la experiencia Grindhouse— compuesto por los geniales avances falsos. Sobre todo, los de Edgar Wright y Eli Roth. En Don’t Wright parodia las cintas de mansiones embrujadas y se llega incluso al absurdo de prohibirle al espectador que respire. En el avance de Thanksgiving el director de Hostal hace referencia directa a Halloween y juega, según sus propias palabras, con la festividad gringa todavía vacante de la lista de aquéllas que ya han sido digeridas por el género del horror. Sin embargo, la experiencia Grindhouse no llegará a México entera tras su fracaso en taquilla en Estados Unidos y Canadá en abril pasado. Los directores y la casa distribuidora han decidido para el mercado internacional exhibir Planet Terror y Death Proof por separado y en ediciones de mayor duración. ¿Será eso verdad o sólo una justificación para encasquetarle al público dos ediciones en DVD? Quién sabe. Además de realizar magníficos churros, los dos amigos cineastas también saben hacer buenos negocios aun cuando no lo parezca.

Grindhouse: Planet Terror y Death Proof (2007). Dirigidas por Robert Rodríguez y Quentin Tarantino. Protagonizadas por Rose McGowan, Freddy Rodríguez, Kurt Russell, Zoe Bell y Rosario Dawson.

Los avances falsos que se exhibían entre una película y otra se pueden encontrar en YouTube. (http://www.youtube.com/watch?v=KmckBc0aG3M) El que más me da risa es el de Thanksgiving de Eli Roth. Curiosamente, el de Machete de ser un avance falso se convirtió en realidad.

Tormenta 1: Winter Wonderland


La nieve de la semana pasada desapareció pronto. A las horas no había nada que impidiera el tránsito sobre las banquetas. No se dirá lo mismo de la de hoy. La tormenta de nieve comenzó a eso de la siete de la mañana y, desde entonces, no ha parado. Es el mismo sistema, como dirían los meteorólogos, que afectó el noreste de los Estados Unidos. La ciudad, sin embargo, estaba preparada. Montreal bajo la nieve es una ciudad muy distinta: más callada y mucho más lenta. Hoy, con veinte centímetros de esa cosa blanca acumulándose, fue el día ideal para desempolvar las botas de invierno. Al acercarme a mi lugar de trabajo a eso de la una y media, salían de un restaurante griego las sinvergüenzas notas de la canción "Winter Wonderland". Ahora sí, oficialmente, comenzó la estación más temida (y la más hermosa) del año. Que nos sea leve.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Y se hizo la lucecita


Después del suplemento cultural la tolvanera de Brecha, una de las revistas en las que más he colaborado es Acequias, publicación de la UIA Torreón, mi alma máter (alma máter para bien o para mal, no lo sé). El siguiente texto se publicó ahí, en el número 38 de la revista. Está fechado en octubre de 2006. Aquí además de la película en cuestión hablo un poco de los cines en Montreal, entre ellos, el Cinéma du Parc que cerró sus puertas aquel verano de 2006. Desde entonces, las volvió a abrir y yo me mudé aún más cerca de él. Va la reseña:

Durante casi veinte años viví en Torreón y durante otros diez —desde que mi gusto se abrió a otro tipo de filmes que no fueran exclusivamente los procedentes de Hollywood— padecí el menú cinematográfico que recetan unos distribuidores tan ciegos al arte como hambrientos de dinero, hecho del que me he quejado sin tapujos y en numerosos artículos aquí en Acequias y, anteriormente, en Brecha. Este último verano, durante mi visita al terruño, pude comprobar de nueva cuenta que en poco han cambiado los títulos de la cartelera estival. En especial, cierto miércoles de dos por uno en que sufrí por partida doble a causa del tumulto afuera de las salas y, adentro, por culpa de una película refriteada —ya la había visto de niño hacía más de veinte años— sobre un superhéroe mesiánico en mallas.
La situación, por desgracia, no es muy distinta en una ciudad tan culturalmente diversa como Montreal. No faltan los mega-complejos cinematográficos con cuotas, eso sí, mucho más elevadas de las que se pagan en México ni tampoco escasean los últimos estrenos comerciales albergados en las mencionadas multi-salas. Al menos, antes de este verano, existía el oasis del Cinéma du Parc. Escondidas en un centro comercial subterráneo y secreto a voces para muchos cinéfilos empedernidos, estas salas se dedicaban a estrenar el más reciente cine de autor. Debo confesar que ahí pasé los mejores momentos de los dos primeros años de mi residencia aquí en esta ciudad. Consuelo todavía mayor para mí al saberlo a tan sólo tres cuadras de casa. Me bastaba consultar la cartelera y salir cinco minutos antes de la hora estipulada para llegar ahí a tiempo. Durante verano pasado, sin embargo, se anuncia su cierre. Los argumentos son los mismos de proyectos semejantes alrededor del mundo: la feroz competencia del cine hollywoodense, la mezquindad de algunas salas de cine (entre ellas, las que mencionaré más adelante) que deciden ante el magro éxito de proyectos como el del Cinéma du Parc programar también cintas de autor entre su cartelera o hasta la quizás —para algunos— discreta ubicación de las tres salas de cine que lo componían.
En alguna de estas tres salas se habría exhibido sin duda Pequeña Miss Sunshine, una joya luminosa entre la marejada maloliente de bodrios que invaden inmisericordes la cartelera del estío. No, en efecto, no se estrenó en el Cinéma du Parc sino en el AMC Forum, mastodonte injertado allá por los noventas en el antiguo templo dedicado al sagrado deporte nacional de Canadá, mega-complejo que ha atinado a combinar, sabiamente, productos comerciales con pequeñas producciones independientes, entre ellas, la de esta pequeña rayito de sol (traducción literal del título de la cinta, aclaro). Aunque hubiera querido castigar la mezquindad del Forum al robarle clientes al muy querido Cinéma du Parc, no he podido hacerlo ya que algunos de los últimos estrenos de cine de autor sólo se han exhibido ahí. Entre ellos, éste del que hablo.
Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) además de la ópera prima de la pareja de directores conformada por Jonathan Dayton y Valerie Faris, es también la historia de los Hoover, una familia de perdedores en un país donde el éxito parece ser siempre el único objetivo vital y en donde desde pequeños se les obliga a los niños a competir unos contra otros. Es el intento de suicidio del tío Frank (Steve Carell) —un académico autodeclarado el mejor experto en Proust en Estados Unidos y quien ha decidido quitarse la vida porque el estudiante graduado del que está enamorado se va con otro académico, el segundo mejor experto en Proust— lo que lo traslada a este hogar desquiciado comandado por su hermana Sheryl (Toni Collette) y su cuñado Richard (Greg Kinnear), matrimonio al borde del precipicio por, como de costumbre, el maldito dinero. Richard, para quien el sarcasmo es el refugio de los perdedores, en realidad es un fracasado motivador personal que inspira muy apenas a contados incautos a ser excelentes mientras él se halla a un paso de la bancarrota. Ella, por su cuenta, es una neurótica que además trata de mantener juntos todos los pedazos discordantes que constituyen su familia. El resto del cuadro lo conforman Edwin, un abuelo veterano de la Segunda Guerra, lascivo y drogadicto (Alan Arkin); un hermano adolescente, Dwayne (Paul Dano), admirador de Nietzsche a través de un póster en la pared de su recámara y mudo voluntario por haber hecho un voto de silencio preámbulo a su ida a la Academia de la Fuerza Aérea —es él quien le escribe al tío Frank en una nota como recibimiento: “Bienvenido al infierno”—; por último, está la niña de lentes, Olive (Abigail Breslin), un poco pasada de peso y, a pesar de eso, aspirante a enana reina de belleza en uno de esos certámenes infantiles ideales para madres frustradas y pedófilos.
La cena familiar, después recoger al hermano Frank del hospital, es sólo un preludio a las disparatadas situaciones que vivirán los Hoover. Cuando la pequeña Olive escucha un mensaje que le abre las puertas del certamen de la pequeña Miss Sunshine en Redondo Beach, California —subsiguiente destrozo de los tímpanos de toda su familia— se toma la decisión de, a pesar de todas las dificultades, emprender juntos el viaje desde Alburquerque hasta California. Se torna entonces la sit-com encerrada dentro de la casa familiar en una road movie con la travesía delirante de Alburquerque a Redondo Beach como marco. Del encierro en la casa pasan al de una destartalada combi amarilla. Destaca a lo largo de toda la cinta, un humor incisivo, bastante negro; pero que conmueve mucho más por el simple hecho de mostrarnos personajes vivos, de carne y hueso y, sobre todo, con los que cualquier ser humano con caídas y recuperaciones en su haber puede identificarse. Como road movie —sobre todo, al verse cargando un fardo representado por el cadáver de un miembro de la familia que muere en el camino— recuerda un poco a las Vacaciones ochenteras de Chevy Chase aunque, hay que decirlo, con muchas más neuronas y emotividad. Y, al aparecer el predecible patrullero, Richard sólo acierta a decir: “Aparenten ser normales”. ¿No es ésta la cruz de todas las familias?
Cada uno de los integrantes de la familia Hoover lleva a cuestas un sueño irrealizable, una frustración, un deseo de evasión. Y, como en una sit-com donde por lo regular se encuentra una resolución, quizás, al final, encuentren sino su sueño, al menos, un atisbo de felicidad. Sí, la familia es un infierno; pero —parece decirle al espectador esa resolución— es nuestro infierno: ésta es la gente que más nos ama y nos conoce. No en balde al certamen realizan una entrada tan atroz como el camino entero. Ingresan, no sin objeciones, al receptáculo de la perfección artificial, ahí se hallarán completamente fuera de lugar, incluso la niña. Loable sin duda es el realismo del certamen pues los directores no se contentaron con mimetizarlo sino que realizaron un casting con verdaderas niñitas participantes en esos retorcidos concursos de belleza. Sin embargo, en el filme, la burbuja de indolencia, dentro de la cual un público sonriente y maquillado aplaude a niñas igual de sonrientes, maquilladas y, para colmo, sexuadas —esto último para satisfacción de la sección pedófila de la audiencia— se rompe cuando la pequeña Olive sigue la rutina autoría de su abuelo. Es ahí donde la familia Hoover decide ya no aparentar ser normal y alcanzan juntos algo de la satisfacción regateada por la vida.
Sin duda Pequeña Miss Sunshine representa un alentador inicio dentro del campo del largometraje para Dayton y Faris, su pareja de directores. Como sello de garantía, la cinta gana recientemente el Premio TMC del Público en el Festival de San Sebastián y eso después de ser una de las películas más exitosas —en cuanto a tratos de distribución— salidas del Festival Sundance a principios del año. Además, en nuestro país, estuvo programada en el IV Festival Internacional de Cine de Morelia.
Y en una nota mucho más local: como un verdadero milagro, el Cinéma du Parc revive y a unos cuantos días haber iniciado la redacción de este artículo, me entero por las noticias montrealesas que las salas subterráneas abren otra vez sus puertas a finales de octubre. Después de la noche oscura del estío, quizás al final sí brille una lucecita de esperanza.

Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006). Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris. Producida por Peter Saraf. Protagonizada por Greg Kinnear, Toni Collette y Abigail Breslin.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Musical nostalgia


El año pasado escribí el siguiente texto que fue publicado en su momento en la revista Espacio 4. Al comienzo hablo un poco de uno de mis sitios favoritos en Montreal: el Cinéma du Parc, el cine subterráneo al que hago alusión en el primer párrafo. Se convirtió en uno de mis sitios favoritos tan pronto que no descansé hasta lograr mudarme a uno de los tres edificios que están arriba. Hace dos años y meses tuve éxito en la empresa. Ahora sólo tengo que bajar por el elevador y listo, llegué al cine. No sólo he visto ahí filmes recientes sino también clásicos que de otra manera -viviendo en Torreón, por ejemplo- jamás habría visto en la pantalla grande. Así que, hablando de nostagia, va la reseña de uno de estos filmes, Los paraguas de Cherburgo:

Un cine subterráneo localizado en Montreal —la ciudad más populosa de la provincia que en otros siglos era Nueva Francia— organiza en mayo pasado un ciclo de 39 películas para rendirle homenaje al festival de Cannes y a las ganadoras de su máxima presea, la Palma de Oro. El ciclo se convierte en oportunidad para encontrarse por primera vez y en la oscuridad de la sala de cine con largometrajes no antes vistos. Acudo entonces a cuatro de ellos sacando de las visitas sólo dos que permanecerán en mi memoria por mucho tiempo. El primer filme fue La dolce vita del italiano Federico Fellini. Poco después, el segundo, Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964) del director francés Jacques Demy.
En la lluviosa entrada y en la banda sonora reconozco de inmediato el famosísimo himno al amor en el cual se ha visto erigida la melodía principal de Michel Legrand, traducida al inglés con el título de “Te esperaré”. Por ahí desfilan paraguas de variados colores como presagio del festival cromático que le espera al espectador. Sin embargo, apenas empiezan los diálogos cantados me siento ajeno a lo visto en pantalla. El musical nunca pretende estar cercano al realismo. Nadie dialoga con canciones fuera del cine. Poco a poco, me dejo arrastrar. La historia comienza a hacerse evidente. Éste es un musical en tres actos que inicia con “La partida”.
En el pueblo costero de Cherburgo al norte de Francia, durante el año de 1957, Guy (Nino Castelnuovo) trabaja como mecánico en un taller y sueña con dirigir su propia gasolinera. Está enamorado de Geneviève (Catherine Deneuve), la hija de una viuda propietaria de una tienda de paraguas —de ahí, evidentemente, el título de la cinta. Entre ellos florece un amor adolescente repleto de locura y candidez. Al idilio, sin embargo, se opone la madre. Caso típico. Pero un obstáculo todavía mayor se presentará cuando Guy sea llamado a hacer el servicio militar en el norte de África. Los amantes se separan —previa noche de pasión— realizándose juramentos de amor eterno y de espera incondicional. La escena de la despedida en la estación del tren es, sin exagerar, apoteósica.
Acto seguido viene “La ausencia” donde Geneviève se entera de que está embarazada y su madre, la señora Emery (Anne Vernon), aprovecha la aparición de un mercader de diamantes llamado Roland Cassard (Marc Michel) para resolver problemas económicos y domésticos. La aún joven viuda sirve de alcahueta para el conveniente matrimonio del salvador de honras con la hija. Con el tiempo, la ausencia de Guy irá desdibujando su recuerdo para al final desaparecer ante la presencia constante de Cassard. Durante el tercer acto, “El regreso”, Guy vuelve a Cherburgo —tras ser herido en una pierna— sólo para enfrentarse con la desolación. Geneviève ha roto su promesa y la tía Élise (Mireille Perrey), madre sustituta del joven, está a punto de morir. Malhumorado, ligeramente tullido y con frecuentes visitas a bares y burdeles, pasará a veces frente a donde se hallaba la tienda de la señora Emery con el fin de agriarse todavía más el alma.
Lo encomiable de Los paraguas de Cherburgo es que en ella no habrá final feliz al estilo hollywoodense donde los amantes se reconcilien y eso a pesar de ser el género al cual se suscribe la cinta obvia herencia de aquél. Si algo toma en cuenta Jacques Demy es el movimiento perpetuo de la vida, el olvido de los sentimientos a causa del alejamiento y de la ausencia, los ardores del desamor apenas remediados con el alcohol o las prostitutas. De esa forma, Geneviève preferirá casarse con un hombre rico, Cassard, quien le ofrece una vida acomodada y, ante la desilusión, Guy se consolará con la seguridad otorgada por Madeleine (Ellen Farner), la muchacha que durante años cuidó de la tía Élise. Dentro del epílogo, un encuentro inesperado entre los antiguos amantes durante el invierno de 1963 sólo servirá para reforzar sus decisiones. El único devastado por este final, por supuesto, será el espectador.
A pesar de que su voz y las de los demás actores habían sido dobladas, éste es de los primeros trabajos importantes de la ahora veterana actriz Catherine Deneuve y quizás el que hizo de su rostro un emblema de la belleza del continente europeo. De Geneviève pasó a roles bajo el mando de cineastas como Roman Polanski, Luis Buñuel y François Truffaut. En estos años, continúa colaborando con otros nombres del universo cinematográfico como los de Lars von Trier, François Ozon y más recientemente —ahora sí haciendo pleno uso de su voz— para la cinta de animación Persépolis.
Filme cantado de principio a fin, con una banda sonora ya legendaria, de exquisitez artificiosa así como decorados y vestuario estallando en múltiples colores, Los paraguas de Cherburgo justifica a plenitud la etiqueta de clásica. A pesar de los elementos que podrían volverla ajena a quien no acostumbra los musicales, la trama persuasiva de por sí y la mirada fija en la nostalgia del primer amor —sin ignorar el carácter cambiante y por ende cruel de la vida— nos la acercan. Con el filme de Demy, el melodrama nunca se vio ni se escuchó mejor pues es capaz de sacar a flote la cursilería que todos llevamos por dentro. Así como Guy y Geneviève se separan ahora sí para siempre en la última escena y rodeados por el murmullo apacible pero gélido de la caída de la nieve y mientras se escucha de nuevo la ya tan conocida melodía de Legrand, resuena a lo lejos y en la mente una frase cantada antes por la señora Emery: “Sólo se muere de amor en el cine”.

Los paraguas de Cherburgo (Les parapluies de Cherbourg, 1964). Dirigida por Jacques Demy. Producida por Mag Bodard. Protagonizada por Catherine Deneuve, Nino Castelnuovo, Anne Vernon y Marc Michel.

Un enlace a la entrada de la película:
http://www.youtube.com/watch?v=3JS4JMY0JWM

sábado, 5 de diciembre de 2009

La nostálgica fe de los Coen


Aquí viene la reseña sobre Un hombre serio, la más reciente cinta de los Coen que tuve oportunidad de ver hace algunas semanas aquí en Montreal. Parece que la película sí va a tener un estreno comercial en México a partir de enero. Claro que no es raro que con este tipo de películas la fecha se vaya atrasando según los intereses de las distribuidoras. Envié una versión más corta del siguiente texto a la revista Players of Life:

Un año tras otro, últimamente, los hermanos Ethan y Joel Coen parecieran no errar en ninguno de los proyectos fílmicos que han emprendido —recuérdense Sin lugar para los débiles (2007) y Quémese después de leerse (2008). Esta afirmación incluye su más reciente crédito —estrenado como parte del menú de la quincuagésima primera edición de la muestra internacional de la Cineteca Nacional— Un hombre serio (A Serious Man, 2009). La trama los conduce de vuelta a la cultura judía de su niñez ya que aquélla se encuentra situada en la Minnesota natal de los hermanos. Para ellos, habrá sido un ejercicio de nostalgia recrear el ambiente suburbano dentro del cual crecieron. Sin embargo, la película —aunque incluye de seguro un sinfín de guiños auto-referenciales— no podría calificarse jamás de autobiográfica. Y lo más importante es que ningún espectador, sea o no judío, se sentirá ajeno al tan brillante como negro humor de los Coen porque el problema planteado es uno de los fundamentales de la humanidad: la relación con Dios.
Luego de un tanto desconcertante prólogo-parábola en yiddish —preludio susceptible a ser interpretado de muchas maneras con respecto al resto de la película— los espectadores estaremos en una época un poco más contemporánea. Aunque no demasiado. Corre el año 1967. Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg) es profesor de física, practicante judío, habitante de los suburbios de Minnesota, padre de familia con dos hijos indiferentes y es, por supuesto, como lo indica el título de la película, un hombre excepcionalmente serio. O al menos trata de serlo. Su vida, sin embargo, comienza a verse perturbada cuando un día, mientras revisa los trabajos estudiantiles, su mujer Judith (Sari Lennick) se le acerca y le pide el divorcio para casarse con un conocido de ambos, el presumido Sy Ableman (Fred Melamed). Todo resulta muy diplomático. Quizás en demasía. Y en eso reside el carácter absurdo de ciertas rachas —las malas, por supuesto— que en su momento aparentan ser eternas. La noticia del divorcio así como el comportamiento cada vez más anómalo de su hermano Arthur (Richard Kind) serán tan sólo las primeras señales de un estrepitoso descenso al caos para Larry. Todas las fuerzas del universo conspirarán en contra suya para sacarlo de quicio.
Desde el punto de vista de la silla del director, las tribulaciones del protagonista serán apenas el cascarón para presentarnos una comedia tan fina como hilarante donde por primera vez en la filmografía de los Coen el personaje central vive sumergido en dudas teológicas. Al ver cómo alguien invisible le ha —como él mismo lo afirma— movido el tapete, intentará encontrar las causas entre los hombres sabios de su religión, entre quienes según le dijeron desde niño son los representantes del supremo poder sobre la tierra. Tal vez a través de sus bocas hable la sabiduría y así alcance la respuesta del por qué de tan terrible ensañamiento con quien sólo ha tratado de vivir correctamente. Larry no acepta misterios. Sólo busca explicaciones. Pero el azar —tan presente aquí como en cualquier otra cinta de los hermanos, tema ya más que recurrente en su obra cinematográfica— estará presente en la silente figura de Dios. Incluso en la estupidez o en el aislamiento de los hombres sabios. Y el deterioro de la vida de Larry —divorcio, posibilidad de perder un puesto vitalicio en la universidad donde trabaja, vivir en un motel barato, problemas con un estudiante que pudo o no intentar sobornarlo, la tentación de una vecina seductora, un hermano fracasado viviendo en casa y para colmo la bar mitzvah de un hijo que recién ha descubierto los beneficios de la mariguana— lo empuja a plantearse preguntas a las que se enfrentan todos los seres humanos: ¿por qué Dios se ensaña conmigo?, ¿en qué momento provoqué su ira?, ¿o está detrás de todo esto la mano del enemigo? Y si con el bíblico Job la idea era hacernos llorar o quizás incluso escarmentarnos, en el caso de Larry el objetivo de los Coen es mucho más difícil: hacernos reír. Por supuesto, a quienes entiendan, a quienes se dejen.
Si Ethan y Joel Coen trabajan con actores conocidos los harán ver como unos imbéciles. Con tal sólo citar los roles de George Clooney o Brad Pitt en Quémese después de leerse queda lo anterior comprobado. En sus mejores películas, sin embargo, no aparecen estrellas cuyos sobadísimos rostros distraigan del personaje sino simples actores que deslumbran y convencen con sus interpretaciones. Y en este caso el gran descubrimiento de los Coen para el cine es Michael Stuhlbarg, actor teatral neoyorquino que lleva a cuestas el peso de un protagónico fílmico por primera vez gracias a los hermanos. A su lado estará un loable rompecabezas de caras que da vida a los pintorescos personajes del guión. Sin embargo, hacia el final del filme y con sus dudas teológicas, Larry Gopnik —con el semblante de Stuhlbarg— deambulará de la oficina de un rabino a otro para encontrar una especie de mensaje divino, para que alguien le diga qué tiene que hacer, para hallarle significado al desbarajuste en que se ha convertido su existencia. Al final sólo quedará la interrogante. No sólo de lo que Dios quiso decirle. Sino también del desenlace de catástrofes aún peores para Larry o incluso para su hijo. Recuerda este final al de Sin lugar para los débiles y quizás en lo abierto del mismo deba entrar al rescate la participación de un público dispuesto a rellenar los espacios en blanco. Sí, para nuestro héroe en problemas quedará la terrible duda de si apenas sus tragedias están por comenzar. Pero, en los espectadores, quedará la satisfacción de haberse divertido inteligentemente. Un hombre serio es otro éxito para estos geniales cineastas.

Un hombre serio (A Serious Man, 2009). Dirigida por Ethan y Joel Coen. Producida por Ethan y Joel Coen. Protagonizada por Michael Stuhlbarg, Richard Kind y Sari Lennick.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=tcUTv3LH3ss

viernes, 4 de diciembre de 2009

Polytechnique: 20 años


El domingo 6 de diciembre se cumplen 20 años de un acontecimiento que de muchas maneras afectó y sigue afectando a la sociedad montrealense / quebequense: la masacre de la Escuela Politécnica. Por alguna razón que no acabo de entender, desde la infancia me han interesado siempre temas muy oscuros. Entre ellos, los asesinos en serie y en masa. Incluso mi tesis de la licenciatura en derecho giraba en torno a ese tema. Hace algunos años escribí un cuento sobre una masacre en una escuela secundaria. En fin. El hecho de que un ser humano sustituya el acto sexual por el homicidio violento (en el caso de los asesinos en serie) o el que bajo una percepción equívoca de la realidad explote y comience a matar a quien se le ponga enfrente (en el caso del asesino en masa) me han intrigado y he intentado encontrarles una especie de explicación. Al menos, para mí. A pesar de que han pasado ya 20 años de la citada masacre, la herida sigue abierta en esta ciudad que, aunque parezca cosmopolita, en algunos aspectos no deja de ser un pueblo bicicletero y grandote. En febrero de este año por terminar se estrenó Polytechnique (2009) de Denis Villeneuve, una película basada en algunos recuentos de la masacre. El filme causó cierta controversia entre los quebecos. Especialmente, entre quienes vivieron la masacre de cerca. Yo la fui a ver el día de su estreno en los cines del Quartier Latin en una función de media tarde y afuera de las salas estaba un equipo de reporteros de Radio Canadá recolectando con ansiedad opiniones de la gente. Me tocó la mala suerte de que me abordaran y les di un comentario balbuceante en mi oxidado francés. Lo cierto es que la película fue bastante respetuosa con el tema, nada sensacionalista. (¿Se habrían atrevido a hacer lo contrario? Por supuesto que no. No en este país ni en esta provincia. Menos si agregamos el factor género ya que la masacre de la Escuela Politécnica se detonó por sentimientos misóginos.) Finalmente, como sucede con la mayoría de las cintas hechas aquí en Quebec, su estrella sólo brilló localmente. Pero ahí queda como testimonio hasta ciento punto ficcionalizado de una masacre cuyo recuerdo continúa hiriendo el corazón de esta ciudad.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Los hermanos Coen de nuevo


La siguiente reseña la escribí hace como un año poco después de ir a ver la película. El texto se publicó en la revista Players of Life. Como comedia y como parodia me pareció muy bien trabada y divertida; pero después de ver Un hombre serio siento que definitivamente como experiencia cinematográfica no es de lo mejor de los Coen. Así que mi percepción ha cambiado y ya no la calificaría de "gran película". De todas maneras, sí vale la pena verla para divertirse un rato (eso a pesar de las presencias de Clooney y Pitt). Va la reseña:

Después del éxito de crítica de No es país para viejos (en nuestro país con el ilógico título de Sin lugar para los débiles), los hermanos Coen se dieron a la tarea de despejarse la mente de aquel thriller de persecuciones y enfrentamientos. Lo hicieron con el humor y, claro, otra vez cierta violencia aunque sin dejar de lado su crítica a una sociedad podrida y decadente donde, dicho sea de paso, nadie se salva. Así, su nueva entrega, titulada Quémese después de leerse (Burn After Reading, 2008), arrancará no pocas risas a pesar de que también dejará a los espectadores con un amargo sabor de la boca ante el reino cada vez más grande, extenso y devorador de la estupidez.
La historia comienza cuando a un analista de la CIA —para quien la inteligencia perece ser su mayor presea de orgullo— llamado mañosamente Osbourne Cox (John Malkovich) se le plantean sus problemas de alcoholismo como excusa para bajarlo en el escalafón. Él, por su parte, renuncia de su puesto en la Central para dedicarse a escribir un libro de memorias y de paso empinar el codo. Su esposa Katie Cox (Tilda Swinton) pierde poco tiempo después un disco compacto con información confidencial que ha sustraído de la computadora de su marido con la secreta intención de iniciar los trámites del divorcio. Ella, a su vez, es amante de Harry Pfarrer (George Clooney), corredor compulsivo además de paranoico. El disco va a dar a manos de un entrenador de gimnasio Chad Feldheimer (Brad Pitt) quien junto con Linda Litzke (Frances McDormand), otra empleada del santuario a la imagen propia, decide chantajear al ex analista para financiarle a ella las operaciones que tan desesperadamente necesita para atraer a hombres de la talla de Pfarrer. Una serie de enredos ya muy característicos de los hermanos y al estilo de Educando a Arizona o Fargo se presentarán dándole paso a un azar tan burlón como despiadado. Aquí, por supuesto, tampoco faltará el incómodo cadáver.
La idea principal es la parodia de la cinta de espionaje. La secuencia inicial de tan típica arranca las primeras risas. La palabra inteligencia —esencial en este tipo de cine— se repetirá con constancia abrumadora para apuntar precisamente a la idiotez de los personajes vistos en la pantalla. Quien censure —entre ellos Osbourne Cox— la estulticia, sin embargo, terminará al final sin su preciada inteligencia. Aquélla se encuentra también en los que asumen ésta como un bien imperecedero. Quémese después de leerse se halla perfectamente tramada para que al final todo explote, los caminos de los personajes se crucen y terminen, en la mayoría de los casos, perdidos, muertos o exiliados. En suma, una gran película para pasar un buen rato.

Quémese después de leerse (Burn Alter Reading, 2008) Dirigida por Ethan y Joel Coen. Producida por Tim Bevan, Eric Fellner, Ethan y Joel Coen. Protagonizada por John Malkovich, George Clooney, Brad Pitt y Frances McDormand.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Increíble homenaje a Kafka


Sí, soy teleadicto irredento. Desde chiquito. Qué le voy a hacer. Aunque actualmente son pocos los programas de televisión que sigo, los sigo devotamente. Que nadie me interrumpa cuando los estoy viendo. Que nadie se atreva a hacerlo. Si los están pasando en la tele no contesto el teléfono. No pelo a nadie. Lo más importante es el programa lo suban o no a YouTube tres horas después. Todo esto para decir que en recientes meses veo Los Tudor (telenovela anti-histórica), La oficina (sitcom que se hace pasar por falso documental), Padre de familia (Los Simpson del siglo XXI) y The Amazing Race, el único reality show que aguanto por tratarse de un rally alrededor del mundo (sí, a veces hasta en el estilo pseudo-intelectual de Dan Brown).
Pues el domingo pasado, mientras los equipos se encontraban en Praga, le hicieron un increíble homenaje al autor de La metamorfosis. Para pasar la prueba los concursantes entraron a una sala llena de teléfonos que sonaban sin tregua. Debían levantar el auricular y únicamente en cinco de ellos les darían una pista. La pista eran cinco letras: F, R, A, N, Z. No precisamente en este orden, por supuesto. Después pasaban a otra sala donde los esperaban dos burócratas detrás de un escritorio. Éstos les daban un formulario que tenían que rellenar y en la parte de abajo hallarían el espacio para las cinco letras. Si no lograban formar la palabra "FRANZ", uno de los burócratas sacaba un sello con una terrible equis y rechazaba su formulario. Si acertaban, el burócrata sacaba otro sello que decía "KAFKA" y les entregaba la siguiente pista para continuar en la carrera. El equipo conformado por dos Globetrotters (los basquetbolistas de Harlem, no la gente de estatura normal que se dedica a recorrer el mundo), increíblemente, fue eliminado por culpa de esta prueba. Jamás pudieron formar la palabra: "FRANZ".

Los Coen: de vuelta y en plena forma


Siguiendo con el tema de los Coen, esta reseña apareció en Espacio 4 hace dos años aproximadamente. Me equivoqué en mis predicciones pues ya se sabe que con esta película fueron reconocidos tardíamente por Hollywood con el sobrevaloradísimo premio Óscar. Por supuesto, no lo necesitaban. Nunca lo han necesitado. En México, sin ninguna explicación y a pesar de que la novela se manejaba con su título original, le pusieron Sin lugar para los débiles. Nada que ver, gracias. Va el texto:

Con No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007) los hermanos Ethan y Joel Coen retornan a sus raíces después de lanzarse con anterioridad a aventuras menores donde los protagonistas eran sobrevaloradas estrellas de Hollywood (algunas tan infumables como George Clooney o Tom Hanks). Tomando como base la novela homónima de Cormac McCarthy, esta dupla de cineastas logra forjar en su más reciente película una producción digna de encomios al sumergir al espectador en una atmósfera y humor muy similares a los ya desplegados en filmes como Blood Simple (1984), Barton Fink (1991) o Fargo (1996). Lo más increíble es que, aun siendo de manera minuciosa fieles en la adaptación de la novela de McCarthy, los Coen logran apropiarse de esta historia y presentarla al mundo con su sello distintivo.
Partamos, por ejemplo, del ingenio en la estructura. A la mitad de la cinta un herido y sangrante Llewelyn Moss (Josh Brolin) cruza el puente fronterizo de Estados Unidos a México desde Eagle Pass y, en ese lugar donde no se encuentra dentro de ninguno de los dos países, le pide a un joven su camisa. Algo imprevisto le ha ocurrido desde que hizo el hallazgo de un maletín con dos millones de dólares adentro. La última intervención de su principal oponente se constituye en reflejo de esta escena, intervención donde Anton Chigurh (Javier Bardem) —el antes perseguidor de Moss— ha llevado a cabo la promesa de matar a una mujer inocente. Después de todo, es un hombre de principios. Al dejar la casa de esta mujer, un acontecimiento no previsto también le ocurre al asesino que es como un fantasma: un choque. Tal como antes lo hizo Moss, le pide a un joven su camisa para huir y no ser atrapado. Ante tanto castigo de la fortuna vendrá a colación la frase dicha por alguno de los personajes: “No puedes evitar lo que viene en camino”. El azar, tema recurrente en la filmografía de los Coen, vuelve a trastocar el plan maestro de los protagonistas pues es inevitable. Un azar que, en las maliciosas manos del dúo de directores, se convierte en verdadera delicia para el espectador.
La historia está enmarcada por la voz de uno de los viejos a los que hace alusión el título: el sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones) que observa cómo decae el mundo a su alrededor y se lamenta que los jóvenes a principios de los años ochenta ya lleven el cabello verde, huesos en las narices y no se dignen a decirles “señor” o “señora” a sus mayores. Sin embargo, el detonante de la serie de apabullantes hechos se dará un día en que un veterano de Vietnam salga a cazar al desierto. Los actos encadenados que dejan en el sheriff una fuerte impresión —tanto así como para llevarlo a la jubilación adelantada— comienzan cuando Moss halla dos millones de dólares en un maletín dejado a su suerte tras un negocio de drogas mal terminado que a su paso también sembró varios cadáveres en el camino. El dinero será para quien se atreva a llevárselo. La compasión —mezclada con no menos estupidez— hará que Moss regrese al lugar del crimen. Cuando escape dejando a su esposa Carla Jean (Kelly Macdonald) en un lugar seguro, vendrá el inicio de la persecución. Tras su pista irá Anton Chigurh, un asesino psicópata con inamovibles convicciones y comparado con la peste bubónica, alguien que como fenómeno de la naturaleza no se detendrá ante nada ni ante nadie.
No es país para viejos se erige como una cinta que incluso podrá interesarle al gran público por la dosis de suspenso mantenida gracias a la persecución de Chigurh a Moss. Para desgracia de este mismo público, el final lo desilusionará por ser poco convencional (aunque eso sí, muy apegado al de la novela de McCarthy). En una primera vista parecerá un desenlace incluso mal trabado. Los menos atentos a los detalles, entonces, se encogerán de hombros. En realidad, la estructura —como en otros trabajos de los Coen— está calculada con precisión y buen tino, está pensada desde mucho antes por el autor de la novela y aquí encuentra refuerzo en el cerebro de los cineastas. Al fin y al cabo los Coen nunca dejan cabos sueltos y en este caso no hay excepción. En ese sentido, a los espectadores se les invita a ser como los protagonistas de la cinta siempre atentos a los detalles, ir —como Moss, Chigurh o el viejo sheriff— uno tras la pista del otro. Así, a la usanza de un sabueso, el espectador debe descifrar y darle sentido al final para que encaje en el conjunto de la cinta ya que desde la llegada de Moss a El Paso, en el momento más climático, se han dado todos los indicios para armar el rompecabezas de un desenlace que sí, se nos escamotea a propósito, y donde los personajes principales que mueren lo hacen fuera de la pantalla.
Está por demás decir que la actuación de Javier Bardem —elogiada por la crítica y recién merecedora de una nominación al Globo de Oro en este inicio de los concursos de popularidad que implican las premiaciones hollywoodenses— es excelente, aunque también ya un poco tardía este año después de participaciones en obras tan prescindibles y de una hispanidad tan artificiosa como Los fantasmas de Goya de Milos Forman o El amor en los tiempos del cólera de Mike Newell. Igual podría afirmarse de Josh Brolin y en especial de Tommy Lee Jones cuyo sheriff Bell lleno de pesimismo y cierta amargura le da aunque no lo parezca la nota ligera al filme. Aunque seguramente en su paso por los Globos de Oro o por el Óscar, los hermanos Coen sólo reciban como ya es costumbre premios por el guión —pudiera ser que el humor negro de estos hermanos es demasiado amoral para cierto sector de Hollywood—, lo cierto es que No es país para viejos será de lo mejor que este año vomite esa mercantilista y voraz máquina de sueños. Por librarse de su perversa influencia a pesar de verse rodeados por ella, sólo a causa de eso, Ethan y Joel Coen merecen reconocimiento.

No es país para viejos (No Country for Old Men, 2007). Dirigida y producida por Ethan y Joel Coen. Protagonizada por Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Josh Brolin y Kelly Macdonald.

Y el personaje de Chigurh le valió a Bardem el mejor premio de todos: aparecer en Los Simpson. Aquí el video: http://www.youtube.com/watch?v=DjU7RYt8wGM