domingo, 28 de febrero de 2010

Para su consideración: una quiniela perdedora


En Hollywood, antes de la ceremonia del Óscar, todos hacen campaña. Hasta los genios. Para muestra la imagen que abre este texto donde de lejos se aprecia al mismísimo David Lynch poniendo a consideración de la academia la actuación de Laura Dern en Inland Empire (2007). Campaña que no sirvió para nada porque a la Dern ni la pelaron ese año para las nominaciones. Hay incluso una película de comedia medianamente bien lograda que parodia este tipo de promoción desde el título: For Your Consideration (2006). Es decir, "para su consideración". Fuera de Hollywood, el resto de los mortales, se limita a hacer predicciones no basadas tanto en la calidad o el gusto propio sino en el comportamiento que en años pasados ha presentado esta quimera veleidosa y sobrevalorada que es la tal academia de no-sé-cuántos y que se atreve a hablar en su nombre de "arte cinematográfico". A estas alturas criticuchos, opinadores, paleros y hasta gente que hace apuestas en Las Vegas deben estar a la expectativa de lo que sucederá el domingo en Los Ángeles. Y los escogidos por los dioses ya están empezando a sacar toda la artillería para recuperar los índices de audiencia que en últimos años han venido a ser risibles: además del bombardeo mediático que incluye entrevistas con los nominados por parte de Oprah Winfrey o de Barbara Walters se han dado los anuncios de presentadores que atraerán a los adolescentes: las inteligentes estrellas Miley Cyrus, Zac Efron y la monita de Crepúsculo. Bueno, y ni qué decir de ese sospechoso veto al productor de The Hurt Locker (Zona de miedo en México) o las acusaciones de plagio contra la misma película. ¿Están los navi de Avatar detrás de estas travesuras cual pitufos ochenteros? Quién sabe.
Para mí, como para muchos, resultaría sumamente fácil realizar las predicciones que el resto está haciendo. O al menos plantearme cuestiones tan trascendentes como si la Bullock ganará un Razzie el mismo año en que gane un Óscar o si la pobre Gabourey Sibide -cuya madre es cantante de estación de metro- cabrá en su vestido de diseñador. En su lugar, pondré para consideración de quien esto lea mi muy particular quiniela, los premios que según mi parcial y subjetivísima opinión deberían de concederse este domingo si yo pudiera mandar a ese ente borroso mal llamado academia a la chingada y en un acto en suma dictatorial yo le concediera los premios a mis favoritos. Tan parcial será mi decisión porque, a diferencia de los académicos, habrá películas que ni siquiera veré por la sencilla razón de no haber atraído mi interés: Zona de miedo, Amor sin escalas, Preciosa, Invictus o la propia Avatar si la hubiera podido evitar. O en otras palabras no las habré visto porque me dan hueva. La utilidad de este ejercicio será darme cuenta por enésima ocasión que mis gustos jamás van a coincidir con lo que el Óscar premia. Van aquí mis ganadores. Perdón, debería decir mis perdedores:
1) Mejor guión adaptado: Sector 9 (District 9) de Neill Blomkamp y Terri Tatchell. Sólo por demostrar que un guión emocionante y bien escrito vale mucho más que la tercera dimensión y los excesos de efectos especiales al desplegar sobre un pantalla el viejo problema del "otro", en este caso, del "otro" extraterrestre y de cómo el "otro" puede ser parte de nosotros lo queramos o no.
2) Mejor guión original: Un hombre serio (A Serious Man) de Ethan y Joel Coen. Podría declarar un empate entre este guión y el de Tarantino. Pero como a Tarantino le tenemos otras sorpresas más adelante (nótese cómo empiezo a comportarme como la academia) y como ya premiamos a los Coen el año antepasado, este dúo dinámico puede agregar un Óscar más de mejor guión a la colección que ya tienen. Esto sólo por haber expuesto de forma divertida y muy personal (muy judía se podría decir) el problema universal de la relación del hombre con Dios, ese "¿por qué a mí?" que todos en algún momento hemos pronunciado ante la muda divinidad.
3) Mejor película en lengua extranjera: Un prophète de Jacques Audiard. Aunque declararía un empate con la favorita Das weisse Band de Michael Haneke, lo cierto es que mientras la segunda es una película muy cerebral, la primera va a las entrañas. No quiero decir más para no repetir lo que diré más adelante en una reseña. Simplemente la cinta de Audiard me gustó un poco más que la de Haneke. Eso es todo. Lo siento por las películas latinoamericanas en la terna. No tienen nada que hacer junto a estos dos europeos.
4) Mejor actriz en un papel secundario: el premio se declara desierto. Ninguna de las nominadas se lo merece.
5) Mejor actor en un papel secundario: Christoph Waltz en Bastardos sin gloria. En esta categoría yo podría estar peligrosamente de acuerdo con los académicos; pero la actuación multilingüe de un detective nazi y asesino encantador de Waltz es algo que difícilmente podrían superar cualquiera de los otros nominados. Y ya que el Óscar anterior quedó desierto podríamos darle un premio de consolación a don Christopher Plummer por interpretar a León Tolstoi en The Last Station y, claro, como reconocimiento a su larga carrera (aquí, otra vez, imito un comportamiento típico de los académicos: premiar al viejito).
6) Mejor actriz en un papel protagónico: Carey Mulligan en An Education (Enseñanza de vida). Podría declarar también esta categoría desierta o podría dárselo a la Mirren por una actuación no muy destacable. Al final, el esfuerzo de esta joven actriz británica tendría que ser premiado sólo para darle en la torre a la Bullock o a la Streep. Es decir, un premio concedido para fregarse a las otras.
7) Mejor actor en un papel protagónico: Colin Firth en A Single Man. Después de no pocos años de carrera y de haber trabajado con todo tipo de directores, Firth se merece el reconocimiento. Ninguno de los otros en la categoría le llega a los talones. Mucho menos el higadito de George Clooney.
8) Mejor director: Quentin Tarantino por Bastardos sin gloria. Muchos odian su obra, otros la adoramos porque sabemos reconocer en él un cinéfilo desbocado, un amante loco del séptimo arte. Ya con Pulp Fiction, Kill Bill y esta última, una película antihistórica llena de humor negro y referencias fílmicas, Tarantino ingresó para mí a la liga de los grandes directores de todos los tiempos.
9) Mejor película: Bastardos sin gloria. Es lógico que una película con un excelente guión y con la mejor dirección sea la ganadora de la mejor película. ¿No? Conmigo, entonces, no habrá decisiones salomónicas ni reparticiones igualitarias del pastel para que todos queden contentos. Los premios de más peso van para el mejor y punto.
El resto de las nominaciones quedan eliminadas para hacer una ceremonia de una hora y que todo mundo vaya a dormirse temprano y podamos levantarnos al día siguiente. Al fin y al cabo, ésas -como los premios técnicos- a nadie le importan.
Ah y el domingo no veré la ceremonia, como lo tengo prometido desde que El laberinto del fauno perdió frente a una cosa alemana. Y ya el lunes me enteraré de cómo me fue con mi quiniela. Si pierdo en todas las categorías, seré muy feliz.

El avance de For Your Consideration: http://www.youtube.com/watch?v=6UGeenR35cE

Audiard contra Haneke (de nueva cuenta)



Con cuatro semanas de diferencia llegaron a los cines de Montreal las dos grandes ganadoras del festival de Cannes del año pasado.
La primera en llegar fue Das weisse Band (2009) de Michael Haneke, ganadora de la Palma de Oro. Como toda película del director nacido en Alemania pero considerado austriaco necesito una segunda visita para comprenderla del todo. Como acostumbra, Haneke juega con nuestros prejuicios como cinéfilos, nos oculta algo en un primer nivel que jamás revelará sólo para decirnos otra cosa en un segundo nivel más profunda y difícil de desenterrar. Una película perfecta en cuanto a técnica y estilo que a pesar de sus silencios y su duración no pesa ni estira demasiado la paciencia del público. Claro, un público dispuesto a ver este tipo de cintas y no las masticadas y digeridas a la manera de Avatar.
La segunda la vi apenas anteayer y todavía no me recupero de su impacto en mí. Un prophète (2009) de Jacques Audiard -en su momento favorita para la Palma; pero que tuvo que conformarse con el Gran Premio- es una historia encerrada entre los muros de una cárcel en Francia donde para sobrevivir el joven e indefenso Malik El Djebena debe aprender a formar alianzas, mentir, matar, traficar, entre muchas otras linduras. Ésta es sin temor a equivocarme y en mi opinión la mejor película que he visto en lo que va del 2010. Un prophète es violenta, conmovedora, impactante y poética. Su efecto, estoy seguro, no me abandonará en varios meses.
Prometo reseñas de las dos próximamente.
Por lo pronto, Audiard y Haneke volverán a enfrentarse en terreno mucho más frívolo: la ceremonia de los premios Óscar del 7 de marzo. Ambos filmes están nominados para mejor película en lengua extranjera. Yo ya tengo mi favorito.

Enseñanza de vida (actualizada)


Junto con Enseñanza de vida (2009), Fish Tank (2009) de Andrea Arnold es una de las películas inglesas más aclamadas del año que terminó hace dos meses. Los dos largometrajes presentan ciertas similitudes de tal manera que éste podría ser una versión actualizada de aquél.
La protagonista de Fish Tank es Mia (Katie Jarvis), una adolescente de quince años que pelea violentamente con todos los seres a su alrededor -su madre, su hermana menor, sus ex-amigas- y cuya única pasión es bailar hip-hop. Hija de una madre soltera nada recatada y algo promiscua, Mia ya se encuentra de antemano estigmatizada como una chica con problemas de comportamiento y vive bajo la blandengue amenaza de ser enviada a una especie de reformatorio. Un día aparece por su casa la más reciente conquista de su madre: Connor (Michael Fassbender). El novio nuevo de mamá es la única persona que la trata con respeto y que muestra interés en sus aficiones. A partir de aquí surge un enamoramiento de Mia hacia Connor que terminará en desastre para la joven.
Con un punto de vista donde los personajes no son juzgados sino vistos fríamente en sus momentos de mayor desgarro, ira y encono, la directora Andrea Arnold le otorga al público este drama realista de crecimiento de una adolescente que, a diferencia de la Jenny de An Education, no tiene ningún asidero al cual aferrarse: ni la familia ni la escuela ni los amigos. Junto con su anterior crédito titulado Red Road (2006), Arnold comienza a perfilar la que parece ser una carrera muy sólida como guionista y como cineasta.
Fish Tank ganó (precisamente frente a Enseñanza de vida) el premio BAFTA a mejor película británica. También, hace casi un año en Cannes, compartió el premio del jurado con Thirst (2009) de Chan-wook Park. Por supuesto, al igual que The Last Station, Fish Tank todavía no tiene fecha de estreno en México.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=a7BFZqQ4ruA

Invierno caluroso

Llevo ya hasta la fecha casi ocho inviernos canadienses (98-99, 99-00, 04-05, 05-06, 06-07, 07-08, 08-09 y 09-10) y puedo decir que ninguno de ellos había sido tan caluroso como éste. Claro, caluroso para estándares del invierno en Canadá. Las tormentas fuertes se dieron en diciembre. Solamente dos. Me libré de la segunda por estar en México de vacaciones. El resto no nos han tocado en Montreal, se han mantenido al sur de la frontera. Si acaso ha habido una helada fuerte. Fuera de eso, las temperaturas han oscilado entre cinco bajo cero y dos. La nieve que cayó durante esta semana se derretía tan pronto como tocaba el pavimento. Quién sabe qué estará pasando. Quizás sea el famoso calentamiento global. Quizás lo peor está por venir. Nunca hay que subestimar un invierno canadiense. Ni dejarse engañar por un febrero caluroso. Esto, después de todo, no se termina hasta mediados de abril.

Increíble (de verdad) homenaje a Tolstoi


Tengo sin duda debilidad por películas cuyo argumento gira alrededor de un novelista o un poeta. Ahí sí tengo plena conciencia de que soy muy parcial, nada objetivo. Sé que sólo por eso The Last Station (2009) del estadounidense Michael Hoffman me gustó. O tal vez porque iba con expectativas no muy altas después de ver el avance y de pensar que habían hecho de los últimos años de León Tolstoi una comedia romántica barata. Hay algo de eso, sí. Hay romance, sí. Sin embargo, no resulta ser tan barato como me lo imaginé.
En The Last Station, Valentín Bulgakov (James McAvoy) es un joven escritor que admira intensamente la obra de León Tolstoi (Christopher Plummer) y que para colmo de suertes es contratado como su secretario particular. Al llegar a la propiedad del autor se dará cuenta de que, a pesar de amarse, Tolstoi y su mujer Sofía (Helen Mirren) pelean con frecuencia a causa del "naturalismo libertario" del autor que aconsejado por Vladimir Chertkov (Paul Giamatti) ha decicido donar los derechos de su obra en beneficio del pueblo ruso lo cual es visto por su esposa como un acto de desprecio. De esta forma, el secretario verá su lealtad desafiada al darse cuenta de que de alguna manera los tres personajes del drama tienen cierta razón. A la par de la ruptura entre la pareja mayor se dará el enamoramiento de Vladimir por una de las seguidoras de la filosofía de Tolstoi, Masha (Kerry Condon).
No exenta de risas ni de lágrimas The Last Station es un loable recordatorio de lo que significó la obra y la vida de Tolstoi, de lo importante y trascendente que alguna vez fue la figura del escritor (no sólo Tolstoi sino todo escritor renombrado) para su país y el mundo, así como la oportunidad para un actor de los años de Plummer de seguirse luciendo y trabajando de la mano de directores como Hoffman o también Terry Gilliam.
Debo confesar que una escena en particular me conmovió: aquélla en la que el joven Vladimir rompe en llanto cuando Tolstoi le dice que ha leído sus ensayos y que le han gustado. Él sólo es capaz de decir: "Yo no soy nadie y usted es León Tolstoi". Solamente por eso le perdono a la película un reparto de actores con acento británico interpretando a rusos.
The Last Station tiene dos nominaciones a los premios Óscar: una para Christopher Plummer como mejor actor de reparto (muy merecida aunque es posible que pierda la estatuilla ante su cuasi-tocayo Christoph Waltz de Bastardos sin gloria) y otra para Helen Mirren como mejor actriz principal (lo de principal inexplicable puesto que si el rol de Tolstoi es de reparto, el de su mujer Sofía con más ganas; lo de la nominación no tan inexplicable ya que ésta se trata de una mención por inercia y de relleno; en pocas palabras, le he visto mucho mejores actuaciones a la Mirren). Lógicamente The Last Station todavía no tiene fecha de estreno en México.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=bTh-vQho7UU

Lucha libre de divas


Este texto lo escribí hace ya varios años:

Rita no se despertó con los gritos de Elizabeth Taylor gracias a los tapones para los oídos y a la profundidad de su sueño. No tuvo la misma suerte quince minutos más tarde con un traqueteo proveniente de la habitación contigua, traqueteo que se originaba en la cabecera de la cama. Ese ruido penetró sus tímpanos a pesar de los tapones y la despertó. Un poco más consciente, imaginó a una pareja haciendo salvajemente el amor en el otro cuarto y se preguntó por qué Regino y ella, esa misma noche, no habrían levantado aquel alboroto con su ejercicio erótico. Al notar la ausencia de su esposo, se levantó y encendió la lámpara. Le atemorizó ver la puerta abierta. Lo buscó en el baño sin éxito y al cabo salió al pasillo sólo para percatarse de que la habitación del traqueteo estaba también abierta de par en par. Se preparó para escuchar los gemidos del placer cuando, en lugar de ellos, logró oír ¡Puta! ¡Puta tú, golfa! ¡Meretriz! ¡Eso lo serás tú, momia! ¡Antes mírate en un espejo, ojona! Después de reflexionarlo, decidió entrar para averiguar quiénes eran las personas que se profesaban tal odio. Quizás Regino estaba allá adentro e intentaba separarlas o hacerlas callar. Sin embargo, sólo observó el forcejeo sobre la cama. Eran dos mujeres de mediana edad. La de abajo llevaba el cabello negro recogido y su vestido iba de acuerdo al aparente luto. La de arriba no podía ocultar la falsedad de sus bucles rubios y la ridiculez del vestido infantil con el que se cubría. ¡Ya no te aguanto, vieja pasa!, exclamaba la rubia. ¡Y yo a ti menos!, replicaba la morena. No importa lo que hagas, seguiré siendo la más perra entre las perras. Eso es lo que tú crees, nadie es más perra que yo. ¿Ah, sí?, pregúntale a mi hija, hasta escribió un libro sobre lo perra que era con ella. Mira nada más qué original la señora, pues el libro de mi hija lo hicieron película y ahí quedó para la posteridad lo perra que era con ella, gracias a mí, todas las hijas de madres perras en este mundo pueden decirles mamita querida. Tú te moriste primero, adefesio. ¡Eso lo serás tú, ramera! ¡Ramera la que te parió a ti y a tu cochino coño! Al menos me lo lavo, Ruth. Te voy a arrancar la cabeza, Lucille. Era tanta la violencia que la cabecera se había desprendido de la pared. Cada vez que una cacheteaba o insultaba a la otra se oía el estruendo que Rita confundió con la banda sonora de la cópula. Regino no se había levantado para callarlas. Con esa certeza, Rita salió para no buscarse problemas con aquellas dementes a las que ni siquiera reconoció. Había decidido buscar a Regino en el vestíbulo, a donde quizás habría ido para quejarse del jolgorio creado por aquellas dos locas. Fue hasta los elevadores, los llamó y cuando se cerraban las puertas aún alcanzó a escucharlas. ¡Nadie es más perra que Bette Davis! ¡La más perra de todo Hollywood no es otra que Joan Crawford!

El texto anterior es un fragmento de un cuento (no publicado) de un libro (no publicado) donde rindo homenaje a muchas influencias, algunas literarias, otras fílmicas y otras hasta lingüísticas. El relato en cuestión se titulaba "Panteón estelar" (nombre que ya no me gusta y el cual cambiaré si alguna vez se publica en algún medio) y contaba la historia de una pareja de mexicanos, Regino y Rita, en un viejo hotel de Hollywood donde se aparecen las estrellas de antaño, luminarias como Audrey Hepburn, Orson Welles, Vivien Leigh, Alfred Hitchcock, etcétera. La primera imagen que inspiró este pasaje que acabo reproducir vino a mí cuando tenía siete u ocho años al ver en el videodisco de la RCA una compilación de fragmentos de películas de horror, suspenso y ciencia ficción llamada Terror in the Aisles (1984). Ahí aparecían escenas de muchísimas de estas cintas. Entre ellas What Ever Happened to Baby Jane? (1962), único crédito donde las dos divas rivales Bette Davis y Joan Crawford compartieron cámara y lo hicieron dándose hasta con la maceta. Ayer precisamente me lancé al Archambault (tienda de discos, películas y libros) que está cerca de donde vivo y compré este placer culpable que ya merecía ser revivido. Dejo el intermedio que me dio esta entrada al blog para terminar de ver esta lucha libre de divas ya maduronas.

lunes, 22 de febrero de 2010

Morir no es una opción


Hay películas que no mantienen el equilibrio adecuado. Algo destaca por encima de los demás elementos. Esos filmes se recordarán no porque sean en su conjunto excelentes sino porque contienen una dirección de arte destacable, una banda sonora que nos llene los oídos o, como se da en algunos casos, una actuación brillante.
Decir que en donde aparezca el británico Colin Firth cumple con solvencia su trabajo es una obviedad. De joven destacó en su país haciendo el papel del señor Darcy en la legendaria adaptación televisiva de Orgullo y prejuicio. Desde entonces, poco a poco, ha participado en un número impresionante de largometrajes -tanto comerciales como independientes- y se ha convertido en un rostro reconocido fuera de su país y aun fuera del universo anglófono. Sobre todo, por las cintas cuyo personaje principal era Bridget Jones siendo él su particular señor (Mark) Darcy.
Pero es gracias al diseñador de moda estadounidense -hoy convertido en cineasta- Tom Ford que Firth comienza a cosechar premios importantes en Europa: la Copa Volpi para el mejor actor en el festival de Venecia y, anoche, en su país de origen, el premio BAFTA. Esto por el papel de un profesor homosexual de mediana edad que, tras la muerte de su pareja, decide morir en la ópera prima de Ford titulada A Single Man (2009), una de esas cintas que parecieran hechas para que un actor brille.
Dentro de una estética preciosista y extremadamente cuidada en la recreación de la época circula el personaje de George Falconer durante las últimas veinticuatro horas de su vida. La decisión de suicidarse le hace ver el mundo a su alrededor (literalmente en este caso) menos gris, más colorido y le permite saborear lo que ya no podía después de la muerte de Jim, el hombre con el que durante varios años compartió la vida. La contenida actuación de Firth eclipsa los otros elementos de un filme de un director debutante no de veintitantos ni de treintaitantos sino de cuarenta y ocho años. La vida vista a través de George Falconer, la vida en California durante estos años sesenta es tan perfecta y bella que se vuelve falsa y hasta cierto punto fría. Al espectador le acaricia la pupila; pero de igual forma lo aleja de las emociones de los personajes, alienados dentro de esta burbuja de exagerada contemplación. En pocas palabras, dentro de Tom Ford, le gana el diseñador al cineasta. De ahí el desequilibrio, de ahí que lo que valga la pena sea sobre todo la actuación de Firth (y en un segundo plano la de Julianne Moore).
Una historia que se centra menos en la sexualidad del protagonista y más en su determinación no inamovible de dejar este mundo habría sido tal vez más convincente en otras manos. Al final, parece decirnos la trama, morir no vendría gracias a la voluntad de George, morir no era una opción sino algo concedido por el cruel azar. Un debut sorprendente, poco despreciable; pero al que le es imposible negar la cruz de su parroquia: la moda, el diseño, la dirección de arte. Un segundo crédito -si es que lo hay- nos dirá si de veras Tom Ford es más cineasta que modisto. Y en cuanto a Colin Firth ya desde hace muchos años no caben dudas sobre su capacidad histriónica y su presencia en la pantalla.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=pIiIH56a0Tc

Scorsese se pone siniestro


Además de ser la película más taquillera en los Estados Unidos el fin de semana que acaba de pasar, La isla siniestra (Shutter Island, 2010) es la cuarta colaboración de Leonardo DiCaprio con el director italo-americano Martin Scorsese convirtiéndolo así en el segundo actor fetiche del cineasta después de Robert De Niro.
Debo confesar que llegué con bajas expectativas al cine porque lo único de Scorsese que me ha dejado completamente satisfecho ha sido Taxi Driver. Quizás en un segundo lugar Toro salvaje. De ahí en más, nada. Mucho menos la sobrevalorada película por la que le dieron el Óscar, aquélla olvidable de Los infiltrados. Lo primero que me agradó de La isla siniestra es que no hay mafiosos ni policías ni casinos ni balazos ni gángsters ni nada por el estilo. Eso sí. Hay mucho desequilibrado.
DiCaprio es Teddy Daniels, un agente federal que, junto con su colega nuevo, va a investigar la huída de una paciente. Esta mujer, sin embargo, no se encontraba recluida en cualquier sitio sino en un manicomio para criminales peligrosos ubicado en una isla de la que no se puede salir fácilmente. De esa enigmática desaparición, Scorsese nos lleva a otra enredada historia no exenta de sus buenas dosis de suspenso y de sobresalto. La experiencia no es nada desagradable. Sobre todo, si se desconoce la vuelta de tuerca al final del filme que no deja de ser hasta cierto punto ya algo común, incluso trillado.
Eso sería lo objetable del más reciente crédito de Scorsese. Eso y quizás uno que otro momento de humor involuntario: la tan molesta como ominosa música al entrar los policías al manicomio, las constantes advertencias de diversos personajes que de tan reiterativas y terribles se vuelven cómicas ("Nunca saldrá de este isla", "Está perdido" y otras semejantes). Sin embargo, Scorsese tuvo el buen tino de incluir para esta trama tan "ñaca-ñesca" (por eso del "ñaca-ñaca") a actores tan experimentados que la hacen más verosímil. Gracias entonces a las presencias de Ben Kingsley, Max von Sydow, Patricia Clarkson, Jackie Earle Haley y el propio DiCaprio la película no naufraga y es, sin duda, de cierto interés. Por lo menos, como thriller entretenido.
La isla siniestra tiene como fecha tentativa para estrenarse en México el 12 de marzo.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=HYVrHkYoY80

domingo, 21 de febrero de 2010

¿Por dónde va la educación?


Tenía muchísimas semanas en cartelera en Montreal; pero apenas la fui a ver hace dos después de que la nominaran a tres premios Óscar. Sí, caí en la trampa publicitaria. Qué le voy a hacer. Me consuela saber que no fui el único. Y no me arrepiento porque la película de la danesa Lone Scherfig no es mala ni mucho menos. Tampoco es una joya. Sin embargo, siempre se puede esperar algo interesante de Inglaterra. Al menos, yo tengo ese prejuicio. Y quizás hoy la cinta pueda recibir varios premios en su país de origen cuando se entreguen los BAFTA. Enseñanza de vida (An Education, 2009) se estrenó el viernes pasado en la Ciudad de México, un estreno que le debe sin duda a estas tres nominaciones al Óscar: mejor película, mejor actriz y mejor guión adaptado.
Ésta es la historia de crecimiento de Jenny (Carey Mulligan), una adolescente a punto de terminar la escuela preparatoria en los años sesenta que se alista para ir a la universidad de Oxford gracias al apoyo de su familia. Jenny también se siente limitada por el entorno en el que ha crecido pues siempre está ansiosa de aprender no precisamente lo que se enseña en las aulas de su escuela: cultura, arte, idiomas, conciertos, sofisticación. Sueña también con ir a París y hablar bien francés. Todas esas oportunidades se le presentan cuando se convierte en la "ami-novia" de David (Peter Sarsgaard), un hombre mayor que la enamora a ella y, de paso, a su familia. Por supuesto, desde el comienzo sabemos que el príncipe azul de Jenny no es lo que parece.
Enseñanza de vida, como la titularon en México, habla de la educación. Y, sobre todo, de por qué educación optará el personaje principal: puede acceder a la vida que siempre quiso aunque dependiente de la generosidad de un hombre o puede no acortar el camino, ir a la universidad y obtener lo deseado a través de años de estudio y esfuerzo propios. Plantea además si es más valioso lo aprendido con la experiencia o lo aprendido dentro de un sistema escolar a veces gris y aburrido. Todo esto sin duda interesante, bien actuado, recreado y contado. Sin embargo, Enseñanza de vida no es, creo yo, nada del otro mundo por lo que parecerían indicarnos sus menciones al Óscar o a los BAFTA. Ésta no es una obra maestra.
No se necesita ser un genio ni apostador para saber que An Education no ganará los pricipales premios Óscar por los que está nominada. Ni el de mejor película, ni mucho menos el de mejor actriz para la novata Carey Mulligan que tiene tres factores en su contra en esta "carrera" por el monigote dorado: 1) su origen británico, 2) su juventud y 3) el obstáculo más insalvable llamado Sandra Bullock, la actriz más rentable en el maravilloso mundo de Hollywood durante el año 2009. ¿Quién dice que los dados no están cargados?

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=DUeYKwxTCGQ

Viene la nieve


Habíamos tenido suerte. Todas las tormentas invernales parecían darse al sur de la frontera. Y en Montreal nada. Pero ya ayer los montrealenses volvieron a acordarse de que estaban en invierno. La nieve volvió a cubrir banquetas que durante semanas se nos presentaron limpias. Y pronostican mucha más a partir del miércoles. Después de todo, Montreal es sinónimo de esa cosa blanca. Así padezcamos estos años de calentamiento global, ahí viene la nieve.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Muestra 51


Mañana llega a Torreón la muestra internacional de cine organizada por la Cineteca Nacional en su edición 51. Si acaso, viviendo en La Laguna, asistí a muchas; pero sólo a dos o tres completas y aunque no todo lo programado es excelente, no deja de ser un escaparate al cine de otras partes del mundo y sólo por eso, en un lugar tan árido como Torreón, debe ser tomada en cuenta por todo aquel que se haga llamar cinéfilo. De las diecisiete películas que pasarán de forma fugaz por Torreón solamente puedo hablar de tres (y casi siempre son tres o quizás cuatro las que valen la pena):
Nueva York, te amo (2009) es por desgracia menor a su precursora París, te amo. Sólo bastaba echarle un vistazo a la lista de directores involucrados en este proyecto de cortometrajes que giran alrededor de una ciudad para afirmarlo. No es lo mismo los Coen que Natalie Portman. ¿O sí? El corto que más recuerdo, después de algunas semanas de haberla visto, es para mí una sorpresa: el que, creo, está dirigido por Shekhar Kapur donde actúan Shia LaBeouf (he aquí la sorpresa) y Julie Christie. Otro más es el de Fatih Akin sobre un pintor y una muchacha del barrio chino. Los demás, olvidables.
Los límites del control (2009) de Jim Jarmusch es una película que dejará perplejo a más de uno. Una especie de thriller pausado y contemplativo donde el protagonista se cruza con coloridos personajes para alcanzar un objetivo humano. Interesante, filmada con excelencia, actuada por un reparto internacional; pero no precisamente para quienes nunca hayan visto una cinta del director.
El divo (2008) es quizás la película que más puedo recomendar. Ganadora del premio del jurado en el festival de Cannes (¡hace dos años!), este largometraje dirigido por Paolo Sorrentino rompe con todos los cánones de la biopic presentando no un enfoque realista a la vida del infame político italiano de la derecha Giulio Andreotti sino concentrándose en la vida imaginada. Hilarante, contundente desde el punto de vista estético y con la indescriptible actuación de un irreconocible Toni Servillo (el de Gomorra), es sin duda de lo mejor que llegará con la muestra.
Y si estuviera en Torreón iría a ver El silencio de Lorna de los hermanos Dardenne, Buscando a Eric de Ken Loach y Violines en el cielo (aunque esta última con reticencias porque eso de que ganó el Óscar a mejor cinta en lengua extranjera el año pasado no es ninguna recomendación para mí).
A todos los cinéfilos de La Laguna, buen provecho.

sábado, 6 de febrero de 2010

El beneficio de la restauración cinematográfica


En vista de la aparición de mi cuento "Encuentro fortuito" en el número cincuenta de la revista Acequias de la UIA Laguna decidí desempolvar mi colaboración de estreno en dicho medio precisamente en el primer número al cual me invitó Jaime Muñoz Vargas, amigo y en aquel entonces coordinador del taller literario de la universidad. Desde entonces he colaborado en Acequias varias veces. Por eso, va aquí un agradecimiento a Cristina Solórzano y a Mariana Ramírez quienes dirigieron la revista en la primera etapa, así como a Édgar Salinas y a Julio César Félix, quienes lo hacen en la segunda. Aquel texto era sobre Vértigo de Alfred Hitchcock y apareció en otoño de 1997. En aquel entonces me faltaba un semestre para terminar la carrera de derecho. Ora sí que cómo han pasado los años. Va aquí la reseña.

Vértigo: el beneficio de la restauración cinematográfica
No todo el dinero ni todos los esfuerzos en Hollywood terminan en intrascendentes bazofias veraniegas. De vez en cuando, surgen inquietudes que ahondan en joyas del pasado y las traen de vuelta a la pantalla grande. La restauración fílmica ha sido un arma útil para dar a conocer a las nuevas generaciones aquellas películas. Algunas restauraciones no son tan afortunadas –como las que pretendían colorear el blanco y negro— ni tan auténticas y, más bien, están fincadas en intereses monetarios. Basta recordar a George Lucas y la exhibición de su trilogía galáctica. En cambio, otras, como la realizada a Vértigo (1958), otorgan la oportunidad de revisitar obras maestras de grandes directores.
La tarea de Robert Harris y James Katz –los restauradores de Lawrence de Arabia, Espartaco y Mi bella dama—, con el clásico de Hitchcock, tardó tres años y costó un millón de dólares. En este lapso, Harris y Katz tuvieron que aplicar tratamientos al desgastado negativo y a la banda sonora. También el director inglés Alfred Hitchcock sorteó varios obstáculos para llegar a la filmación de Vértigo. Cuando fue estrenada Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951) –conocida además como Pacto siniestro—, Hitchcock decidió situar una intriga en la que él consideraba el París americano, la urbe más cosmopolita de Estados Unidos: San Francisco. Fue hasta 1957 que el proyecto pudo materializarse. El guión encontró sus raíces en la novela De entre los muertos de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, mismos autores de Las diabólicas. Sin duda, el éxito de la homónima cinta francesa protagonizada por Simone Signoret constituyó un aliciente para que Hitchcock adquiriera los derechos del libro. La adaptación causó otra serie de problemas. Varios escritores como Maxwell Anderson, Alec Coppel y Samuel Taylor se turnaron el trabajo. Hitchcock quería a la actriz Vera Miles en el rol protagónico y prometió convertirla en una estrella al lado de Jimmy Stewart, quien ya había colaborado con el director en Ventana indiscreta, La soga y En manos del destino. El embarazo de Vera Miles resultó una gran decepción para Hitchcock –aunque más adelante la incluiría en el reparto de Psicosis— y sólo entonces recurrió a Kim Novak. Las locaciones se realizaron, por supuesto, en San Francisco y sus alrededores. La misión San Juan Bautista, a la cual se le agregó un campanario por medio de los efectos especiales, sirvió de escenario para las secuencias climáticas.
El argumento de Vértigo gira alrededor de John “Scottie” Ferguson (James Stewart), un exdetective de San Francisco que deja su trabajo por padecer pánico a las alturas, enfermedad adquirida tras la muerte de un colega. En el desempleo, sólo sazonado por las pláticas con su amiga Midge (Barbara Bel Geddes), le ofrecen a Scottie un extraño encargo. Debe vigilar a Madeleine Elster (Kim Novak), la esposa de un antiguo compañero de la universidad. Conforme observa sus manías en el anonimato, Scottie descubre, contra el lógico escepticismo, que Madeleine se siente posesionada por el espíritu de Carlotta Valdés, una ascendiente española, e intenta suicidarse imitando el trágico destino de la muerta. Scottie, al lanzarse a la bahía salvándola, sale de las sombras desde las cuales espiaba a Madeleine y pronto se enamora sin importarle la fidelidad a su contratante, Gavin Elster (Tom Helmore). Los instintos suicidas de ella disipan la felicidad. Cuando Madeleine muere lanzándose desde un campanario sin que Scottie, por su fobia, pueda detenerla, el delirio y las perturbaciones mentales lo atosigan. Luego de recuperarse, se encuentra con una joven muy parecida a la Elster: Judy Barton. En delante, no cejará hasta convertir a la renuente muchacha en otra Madeleine. La intriga oculta es lo de menos cuando Alfred Hitchcock expone la psicología de sus títeres.
En Vértigo, Kim Novak más que representar un objeto de deseo, encarna una imagen de deseo. Y James Stewart más que amar a una mujer, ama un icono. Cuando mujeres rubias, de pelo recogido y trajes grises se le cruzan por la calle, su mirada titubea esperando encontrar a Madeleine. Su padecimiento es una necrofilia atenuada. La expresión “de entre los muertos” se bifurca en sus significados y sigue dos líneas distintas: la aparente posesión de Carlotta Valdés –una muerta— sobre Madeleine y el fetichismo de Scottie relacionado también con la muerte. Por tanto, Madeleine baja al averno de la mano de Carlotta y Scottie desciende a ese infierno para recuperarla transformando a Judy en su musa perdida. El personaje de Stewart, podría decirse, es una mezcla de Orfeo, por su necrofilia, con Pigmalión, por su fetichismo. Las similitudes entre Scottie y Alfred Hitchcock no pueden ser negadas. El director inglés era famoso por cambiar a las actrices y volverlas arquetipos, figuras "femeninamente" perfectas para él: cabello rubio, rostro glacial, instinto oculto en represión y perturbaciones bajo la belleza. Con observar a sus protagonistas –Grace Kelly, Janet Leigh, Tippi Hedren— se comprueba lo dicho. A toda heroína admirable corresponde un papel secundario y femenino cuya mediocridad roza lo apocado: Midge, la mejor amiga de Scottie.
Las críticas fueron severas con Vértigo tras su exhibición. Tal vez, en 1958, eran intratables los temas presentados por la película. O quizá el público esperaba la típica fórmula policiaca. Con el paso del tiempo, los comentarios cambiaron de dirección apuntando a las alabanzas. El 2 de julio pasado murió Jimmy Stewart y a Hollywood se le fue uno de sus mejores actores. Su participación en Vértigo es un ejemplo muy palpable de lo anterior. Aunque Hitchcock tuvo continuas discusiones con la Novak, el desenvolvimiento de la actriz en sus dos papeles (Madeleine y Judy) es para recordarse. La reacción de ver a una mujer en un rol doble no se presta a ridiculeces y ha sido imitada por otros directores, entre ellos David Lynch. La composición de Bernard Herrmann es envolvente, provoca un suave delirio y un mareo acorde con el padecimiento de Scottie. La entrada de Saul Bass sigue el ejemplo musical y despliega espirales para ilustrar la caída libre de los protagónicos. La restauración realizada por los estudios Universal dio nuevos bríos a esta obra de Alfred Hitchcock y, una de las mejores experiencias cinematográficas, sería verla en la pantalla grande. Por lo pronto, ya se exhibió en la salas de la capital y esto es un indicio de que probablemente su magnitud se extienda a la provincia.

-Vértigo (1958). Dirigida y producida por Alfred Hitchcock. Protagonizada por James Stewart, Kim Novak, Barbara Bel Geddes y Tom Helmore.

El avance clásico: http://www.youtube.com/watch?v=9p8SpTfVKpc

¿Quién plagió a quién? (VI)


¿Los pitufos a los navi de Avatar? ¿O estos buenos salvajes espigados, sospechosamente negroides y ecologistas tan de moda hoy a los queridos pitufos?
Las evidencias a continuación:
http://www.youtube.com/watch?v=v6aK3aSL8Fc
http://www.youtube.com/watch?v=kbA9TfGphOI

jueves, 4 de febrero de 2010

Encuentro fortuito

Casualmente hoy, revisando el sitio de la UIA Laguna, me entero que en el número más reciente de la revista Acequias se publicó un cuento mío titulado "Encuentro fortuito". Aquí dejo el enlace: http://sitio.lag.uia.mx/acequias/acequias50/A50encuentro41.pdf

Las pifias del Óscar (o ya llovió y a pesar de eso algunas cosas no cambian)


Por fin. Por fin. Por fin. Salten de gusto. Siéntanse fregones si acertaron. Las sagradas nominaciones al Óscar fueron anunciadas esta semana. Todos los agoreros podrán descansar tranquilos mientras llega la ceremonia. Ya no tendrán que incluir en sus críticas la unión de palabras en inglés Oscar buzz. Se acabaron las campañas políticas y los rumores mediáticos. ¿Sorpresas? Ninguna. De nueva cuenta el pastel se repartió equitativamente. Y lo único nuevo es que hay diez nominadas en la categoría de mejor película, quizás la categoría más irregular ya que hay desde pequeñas joyas hasta bodriazos infumables y hasta una de monos que misteriosamente también está para, obvio, mejor cinta animada. Ah, también hay otra de monos azules que el mundo entero ha visto y que, dicen los agoreros, será la ganadora. Casualmente, el día de hoy me entero de que ya van a empezar a sacar las primeras televisiones en 3D. ¿Acaso Avatar no es más que un gancho publicitario para que todo mundo vaya dentro de uno o dos años a comprar su tele 3D? Y para colmo ya amenazan con la secuela. Y cómo no si resultó ser toda una mina de oro. ¿Habrá hablado James Cameron con George Lucas?
Para que se vea que nada ha cambiado, desempolvo este artículo que se publicó en la revista Acequias de la UIA Laguna en 1998. Sí, ya llovió. Y, sin embargo, hay cosas que parecieran nunca cambiar. Nombres que se mencionan en el artículo: Óscar, James Cameron. Va el texto:

Las pifias del Óscar
Con las nominaciones del Óscar pendiendo sobre la cabeza de cualquier cinéfilo, no está por demás hacer memoria y deducir lo que en realidad han significado y significarán estos mal llamados premios. Como si el séptimo arte fuera de la mano con lo que Hollywood y su estilo imperialista ofrecen, el simple hecho de que una película obtenga la codiciada estatuilla –o, por lo menos, una nominación— empuja al público a buscarla y a gastar dinero por verla. Sin embargo, vale la pena averiguar quiénes se ocultan tras este galardón, quién determina las menciones, quién los premios y, en suma, qué es la famosa Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. A juzgar por los gustos de esta organización, se puede concluir que, claro, son estadounidenses, mayoritariamente del sexo masculino, seniles y con una infinidad de prejuicios. Por lo tanto, no se necesita ser un genio para predecir, en base a las nominaciones (Mente indomable, Todo o nada, Mejor: imposible, Titanic, Los Ángeles al desnudo) la cinta ganadora de 1997. Las apuestas o concursos son también notables ejemplos de estulticia tomando en cuenta que los filmes nominados se estrenan en Norteamérica durante el otoño del año en cuestión dando poco tiempo para su estreno en México y para que, una vez vistos, puedan ser sopesados. Además, dicho monigote áureo demuestra –a través de sus décadas de vida— su machismo, racismo, sexismo, fobias y todas las lacras con las que cuenta la civilización occidental.
Es permisible empezar con el año de Jonathan Demme, 1991, cuando El silencio de los inocentes ganó, por sorpresa, las principales menciones. En este caso, la Academia no tuvo más remedio que premiar una película sobre homicidas en serie al lado de las controversias políticas de Oliver Stone en JFK, el continuo desprecio contra Barbra Streisand en El príncipe de las mareas, la mediocridad del Bugsy de Barry Levinson o los dibujos animados de La bella y la bestia. Por supuesto el cine independiente de los hermanos Coen representado por Barton Fink ni siquiera llegó a las finales. En 1992, el año de Clint Eastwood, el Óscar buscó la reconciliación con este veterano actor concediéndole a Los imperdonables el premio a mejor película y mejor dirección. Productos superiores como Juego de lágrimas de Neil Jordan o Howard’s end: el fin del juego de James Ivory apenas alcanzaron el de mejor guión original y guión adaptado por contener temática fuerte, en la primera, y temática demasiado inglesa, en la segunda. Aún así, estos dos largometrajes tuvieron más suerte que la versión de Drácula de Francis Ford Coppola la cual, a pesar de su estética, sólo logró reconocimiento por el vestuario.
En 1993 le tocó el turno a Steven Spielberg, director consentido de las taquillas, con el único trabajo hasta cierto punto apreciable de su mercantilista carrera: La lista de Schindler. Otra vez, la mejor película tuvo su equivalente en el mejor director. A su lado estuvieron Lo que queda del día también de James Ivory, El piano de Jane Campion, En el nombre del padre de Jim Sheridan y, aunque sea difícil de creerlo, El fugitivo. Entre ellas destaca El piano, la cual ganara la Palma de Oro en Cannes, y que, para la Academia, sólo mereció el premio de mejor actriz para Holly Hunter y el de guión original para la Campion a quien, por supuesto, sólo se le reconoció su trabajo directorial con una escueta nominación. Otra película olvidada fue La edad de la inocencia de Martin Scorsese que, como a Drácula el año anterior, sólo se le otorgó la estatua por el vestuario. Tras la victoria de Spielberg, vino la de su compinche Robert Zemeckis con uno de los productos más deleznables del celuloide: Forrest Gump. Cualquiera de las competidoras fue superior en calidad a este desafinado canto a la cultura norteamericana, a los impulsos patrioteros y a la sensiblería. Esta historia sobre un incapacitado mental tuvo más peso en los corazones vetustos de los integrantes de la Academia que Sueños de fuga –un argumento sobre el ambiente penitenciario— de Frank Darabont, Cuatro bodas y un funeral –una comedia de Gran Bretaña— de Mike Newell, Tiempos violentos –una sátira basada en personajes sórdidos— de Quentin Tarantino o El dilema –la historia de un fraude televisivo— de Robert Redford. Aún teniendo como antecedente la Palma de Oro de Cannes, Tarantino sólo bajó del escenario con el Óscar a mejor guión original. Otros despreciados fueron Woody Allen con sus Balas sobre Nueva York y Nicholas Hytner con Los escándalos del rey Jorge, obras que apenas lograron reconocimiento por mejor actriz secundaria –Dianne Wiest— y mejor dirección artística, respectivamente.
Después de coquetear con los amos de los efectos especiales, la Academia retornó, en 1995, a la costumbre de elogiar a actores hollywoodenses convertidos, por aras del destino, a la dirección. Mel Gibson y su Corazón valiente se adjudicaron la etiqueta de mejor película y director por los tintes moralistas y épicos de este sobrevalorado largometraje. Con inmerecidas postulaciones estuvieron Apollo 13 de Ron Howard y el pueril Babe. En cambio, El cartero de Michael Radford y Sensatez y sentimientos de Ang Lee, de mayor calidad e inteligencia, se llevaron únicamente los premios a mejor música para una y mejor guión adaptado para la otra, en manos de Emma Thompson. Fuera de la reducida competencia quedaron Adiós a Las Vegas –mejor actor: Nicolas Cage— de Mike Figgis, Pena de muerte –mejor actriz: Susan Sarandon— de Tim Robbins, Casino de Martin Scorsese y Sospechosos comunes de Bryan Singer, la cual, como toda cinta del género negro, ganó sólo un Óscar por guión original. 1996 fue proclamado como el año de los independientes. Ni colocando entre las principales obras cinematográficas a las excelentes Fargo de los hermanos Coen y Secretos y mentiras –Palma de Oro 1996— de Mike Leigh, la Academia se salvó de dar sus traspiés. Larry Flynt: el nombre del escándalo de Milos Forman y La vida en el abismo de Danny Boyle, por sus censurables protagonistas, fueron sustituidos por presencias más gratas como Claroscuro de Scott Hicks o Jerry Maguire: amor y desafío de Cameron Crowe. El fallo final, que favoreció a El paciente inglés de Anthony Minghella, seguiría la línea de otras ganadoras: el lugar común de los amores prohibidos. De tomar en cuenta no sólo las películas de habla inglesa –británicas o estadounidenses— sino también las de otros países, la lista de pifias del infame Óscar sería aún más larga. 1998, sin duda, será para los nuevos adulados de la Academia: James Cameron y su ya trillado Titanic.

Por supuesto, se nota mi inexperiencia. También, sin embargo, compruebo al releer este artículo que muchas de las películas, ya sea nominadas o premiadas por el Óscar, han sido en pocos años olvidadas como los productos desechables que siempre fueron. Otras, las que nominaban para legitimizarse y que no se atrevieron a premiar, siguen en la memoria y eso a pesar de las muchas visitas que podamos hacerles.
Ah y en la imagen que precede al artículo otra pifia más: Penélope Cruz ganando por una actuación caricaturesca. La Academia ha de haber dicho que si no se lo dieron por Volver se lo darían por lo primero que cayera.

lunes, 1 de febrero de 2010

Un viaje de reconocimiento


No necesito ni revisar mi carpeta de reseñas -aun así lo hago- para darme cuenta de que las cinematográficas sobrepasan cuantiosamente a las literarias. De todas maneras, decidí desenterrar ésta. He leído muy poco en estos años y casi todo lo que he leído ha sido en español. Pero en alguna época -ésa durante la cual uno está recién llegado y la curiosidad lo mueve a escudriñar cualquier aspecto de la cultura que lo acoge- me di a la tarea de leer autores originarios de Québec. Jacques Poulin, Monique Proulx y un intento fallido de leer a Michel Tremblay son los tres nombres que reconozco (además de una antología de cuentos y otra de poesía). En fin, muy poco. Y a estas alturas la mentada curiosidad ya desapareció casi por completo. La reseña que subo a continuación fue de esa época, allá por 2004, en que mi residencia en Québec era apenas un proyecto -entre la primera estancia de tres meses y ésta que ya lleva cinco años y medio. Una versión más corta fue publicada, creo, en La Opinión Milenio. Va entonces el texto:

Un viaje de reconocimiento hacia Volkswagen blues
La literatura de Québec es para muchos lectores mexicanos un misterio. Después de todo, proviene de un país dentro de otro lo cual podría descalificarla frente a los ojos de algunos críticos más cerrados. Habría que decir que ese lugar parece cada vez menos distante con el alcance actual de las comunicaciones. Aun así y a pesar de dicho alcance, lo quebequense sigue tan alejado de México que representa un enigma. Independiente por completo de la canadiense por el simple hecho de estar escrita en francés, independiente de la francesa por tener sus propios códigos y referencias, así, con ese adjetivo, podría definirse a la literatura de Québec. Literatura también de América aunque su realidad se halle a kilómetros de distancia y el contacto con ella sea entorpecido por la falta de traducciones. Para contrarrestar algunos de estos obstáculos, aparece en el último trimestre de 2003 la traducción en español de la novela del quebequense Jacques Poulin Volkswagen blues (1984) realizada por Antonio Marquet Montiel. Los rasgos propios que hacen distinta a esta literatura de la canadiense y de la francesa plantean no pocos problemas de identidad y la novela de Poulin es un buen ejemplo.
Volkswagen blues relata un viaje en busca de la identidad contenida en el espejo oscuro que es el hermano. Jack Waterman —pseudónimo del protagonista y de quien nunca conocemos su verdadero nombre— es un escritor que hace tiempo no escribe. Este hombre, cuyo hogar transitorio es la combi VW que le da nombre a la novela, se encuentra en la región de la Gaspésie con Pitsemín, una joven mestiza invocada durante gran parte del libro con el sobrenombre de la Gran Saltamontes, sobrenombre dado gracias a la longitud de sus piernas. Además de no haber visto a su hermano en décadas, Jack —por eso que los norteamericanos denominan “bloqueo de escritor”— se odia a sí mismo pues “Desde siempre se había formado una imagen del escritor ideal y estaba lejos de parecerse a ese modelo” (40). De tal personaje al cuadrado (personaje dentro del personaje) visto en el escritor ideal surge una historia más de este libro compuesto de múltiples microrelatos. En éste en particular el escritor ideal no se ajusta a la vida confusa y azarosa de Jack, ni Jack se ajusta a la monomanía de aquel que se atreve a separarse de la realidad para crear otra muy distinta sin tener en cuenta convencionalismos sociales. Para el Escritor Ideal (así, con mayúsculas, como si fuera un nombre propio) lo importante, como quizás opinaría Cortázar, es el estado hipnótico de la escritura, ése que Jack Waterman hace mucho tiempo que no obtiene.
Los dos desconocidos —Jack y la Gran Saltamontes— emprenden la travesía de investigación partiendo de Gaspé en la provincia francófona de Québec con una sola pista: una tarjeta postal de Théo, el hermano mayor de Jack. En su reverso se reproduce un manuscrito de Jacques Cartier, colonizador de estas tierras. La pesquisa para conocer el paradero de Théo los lleva no sólo a través de Norteamérica, de este a oeste, de Québec hasta California, sino también a través de las páginas de otros textos que serán las fuentes de la novela. Libros de historia, recuentos orales, leyendas y relatos enunciados a la luz de una hoguera. Con ellos los viajantes redescubrirán lugares que son emblemáticos para culturas nacidas a veces de la exterminación y otras del mestizaje. Penetrarán sembradíos donde nacen las utopías y los mitos, profanarán cementerios de masacres, se acercarán a cumbres donde los indígenas murieron de hambre. Tras tales visitas, irán a dar también a parques para casas rodantes y bibliotecas de donde la Gran Saltamontes toma “prestados” libros para luego ser devueltos por el correo con una nota donde le reclama a los bibliotecarios su descuido. Más adelante, se abrirán puertas de museos, tapas de volúmenes y se develarán ante sus ojos pinturas, entre ellas un mural de Diego Rivera en Detroit. Sin embargo, este cuarentón y esta muchacha de veintitantos no estarán solos. En su viaje, como compañeros necesarios, estarán la vieja combi con sus propias manías humanizadas y Chop Suey, el gato errante.
Como en Les grandes marées (1978), otra de sus novelas, los personajes principales creados por Jacques Poulin están definidos de acuerdo a sus lecturas, de acuerdo a sus respectivas aficiones a la literatura. “Todo lo que sé, o casi todo lo que sé, lo he aprendido en libros” (25), dice Jack Waterman y su comportamiento a lo largo del viaje confirma lo dicho: apocado, silencioso, cobarde, ensimismado. La Gran Saltamontes, en cambio, se materializa como una invención suya. Pitsemín es la hija de un mecánico blanco y de una mujer indígena expulsada de su reserva por este matrimonio. Entusiasta, mecánica de profesión como su padre, suspicaz, voraz lectora de todo lo que caiga en sus manos, parece estar un paso adelante en la búsqueda de Théo, aunque ella misma argumente “nunca sé por anticipado lo que voy a hacer” (32). Sólo la Gran Saltamontes es capaz de presentarse en el momento indicado y de adivinar de antemano las decisiones del hermano Théo (que bien podría ser otra invención más), como si fuese la heroína idónea de una nueva ficción en la mente de Jack Waterman, una ficción que no está siendo escrita. En lugar de carne y hueso, la Gran Saltamontes está hecha de palabras. Qué mejor musa para un hombre que todo lo ha aprendido en los libros.
“Hay gente que dice que la escritura es una forma de vida; yo pienso que es una forma de no vivir” (117), afirma Jack sobre su oficio que le pesa como si fuera una losa sobre la espalda. Con esto, habla además de su vocación de escapista. Escribo para evadirme de la realidad, podría también confesar al lector. Y, en cambio, Pitsemín, defiende su afición a la lectura sin ambages:

La Gran Saltamontes era una maniaca de los libros. Le gustaban los libros y las palabras. Un día se había enojado porque una persona había dicho: “Una imagen vale mil palabras”. Ella había tomado “prestada” una revista y, con un par de tijeras, había recortado las letras necesarias para componer la siguiente oración, que había pegado en el tablero del Volkswagen: UNA PALABRA VALE MIL IMÁGENES (146).

Bienvenida la afirmación de libertad de la palabra frente al dominio actual de la imagen y de cierta banalidad que quizás ya se empezaba a avizorar a principios de los años ochenta cuando fue escrita Volkswagen blues. No conforme, la Gran Saltamontes nos regala su concepción de la literatura como tradición, como emanación de otros libros: “Un libro no está completo por sí mismo;” alega Pitsemín, “si se quiere comprenderlo, hay que ponerlo en relación con otros libros, no sólo con los libros del mismo autor, sino también con los escritos por otras personas” (147). Esta joven lectora parece saber más sobre la literatura que Jack Waterman, incapaz de entablar una relación profunda. Y es que, a pesar del largo viaje juntos y de ciertos momentos de intimidad frustrados, Jack y Pitsemín se siguen hablando de “usted” durante todo el libro, como para marcar la distancia entre ellos. La relación de intimidad se da en el nivel de la literatura y no de cuerpo a cuerpo.
Pero por las consecuencias de esta relación algo fría salen a la luz los problemas de identidad enraizados en una nación cuya principal característica es el bilingüismo. (De hecho, una vez que entran en Ontario y luego en Estados Unidos muchos de los diálogos que entablan Jack y Pitsemín con otros personajes permanecen en inglés tanto en la traducción de Marquet como en la edición original de la novela). Así mismo, surgen las cuestiones de identidad con respecto a los personajes. La Gran Saltamontes por su cuenta no se considera ni india ni blanca. No sabe a qué comunidad pertenece. Llega a la conclusión de que no es nada y no pertenece a nadie. Eres algo nuevo, le dice Jack. Sin embargo, eso no la consuela demasiado. Jack, en cambio, sólo se define a través de la figura de su hermano aventurero y atrevido, el que se da a la tarea de robar sin éxito dentro de un museo gringo un mapa del siglo XIX trazado por los colonizadores franceses. Entonces el protagonista debe enfrentar la idea de que su hermano sea una especie de Jesse James moderno. Y eso le provoca sentimientos encontrados.
Poulin, nacido en 1937, toma la sencillez en el estilo y en la anécdota como su arma más persuasiva. La transparencia de esta road novel es sin duda su mayor mérito. No significa que no esté llena de retos a la hora de adivinar los motivos de los personajes una vez emprendido el viaje. Quizás Poulin sí peque hasta cierto punto de didactismo. En momentos, el lector se siente dentro de un salón de clases donde se imparte una materia sobre historia norteamericana. O tal vez el didactismo sea uno de los contados defectos de la Gran Saltamontes. Y aunque gran parte del atractivo de la novela reside en todas las reflexiones sobre la literatura, los textos culturales que conforman un imaginario colectivo, las tradiciones orales, las leyendas y el arte, la historia entre Théo y su hermano continúa. El lector convencional, ése que espera fuegos artificiales cuando los hermanos se encuentran, quedará decepcionado. Volkswagen blues no es una novela de emociones fuertes, sino más bien de emociones contenidas como corresponde al temperamento de sus personajes, como corresponde a una ficción alejada de lo telenovelesco o lo hollywoodense y más bien emparentada con la literatura como fenómeno social.
Tal vez el lector promedio no se sienta tan ajeno a lo quebequense al terminar la novela de Jacques Poulin. No pocas cosas en común tendrá con esta cultura del continente americano: la cercanía incómoda del imperio estadounidense, el mestizaje de los pueblos, el ser producto de una colonización. Con eso basta para celebrar la traducción de Volkswagen blues.

—Poulin, Jacques. Volkswagen blues. Traducción de Antonio Marquet Montiel. México: Plaza & Janés, 2003. 240 pp.