viernes, 30 de abril de 2010

Y hoy...


No fue más que un recuerdo.

El miércoles


Y el miércoles el paisaje amaneció así.

Y nevó y nevó y nevó


El martes nevó y nevó y siguió nevando durante horas.

martes, 27 de abril de 2010

Sorpresa de primavera


Hoy me levanté, abrí la cortina y me encontré con este paisaje: nieve a finales de abril. Sin comentarios.

domingo, 25 de abril de 2010

Retomando el tema de Haneke


Después de dos semanas de revisiones intensas por el final del cuatrimestre en la UQÀM, actualizo esta bitácora y lo hago retomando un tema que dejé pendiente hace ya meses: el de Michael Haneke. Antes de meterme de lleno en la ya atrasadísima reseña de su más reciente trabajo, aquí va un pequeño comentario sobre Benny's Video, largometraje de 1992:

Benny’s Video (1992) antecede a Funny Games —hablando de su primera versión del 1997; la reseña a la segunda del 2007 se encuentra aquí— en la constante preocupación de Michael Haneke por el discurso de la violencia y, en especial, la forma en que ha sido banalizada por los medios masivos. Si en Funny Games el planteamiento se extiende más allá de la pantalla cuestionando incluso al espectador e incitándolo a renunciar a la experiencia cinematográfica, Benny’s Video se mantiene dentro de los linderos establecidos por la ficción. No por eso resulta un bocado fácil de digerir. Como acostumbra, Haneke en ningún momento subestima al espectador y lo obliga a trabajar las neuronas más allá de lo normal.
El Benny (Arno Frisch) del título es un adolescente austriaco cuya existencia se encuentra regida por su afición a los videos. Su recámara —en las entrañas de un departamento familiar de Viena que refleja la presencia de unos padres de gustos tan acomodados como ilustrados— es además un cuarto oscuro donde las imágenes no necesitan ser reveladas porque todas pueden reproducirse de inmediato sobre la reconfortante superficie de una pantalla. Incluso el espectáculo de la calle a la que da su ventana no es visto directamente sino a través de otra caja luminosa. Benny, como muchos chavos de su generación —de ésos que ya crecieron con la tecnología de los videos caseros y entre los que me incluyo— solamente contempla la realidad a través de esas pantallas. Porque más de una vence la oscuridad de su habitación. Y, de acuerdo con el planteamiento de Haneke, ésa en las pantallas no es la realidad de a de veras. Este joven voyeur en ciernes comienza su aventura fílmica al reproducir, rebobinar y pausar sobre la imagen de un cerdo que es sacrificado durante un fin de semana en la granja familiar. Al rebobinar la cinta, el cerdo vuelve a moverse, vuelve a respirar y, de esa forma, quien tiene el control remoto en la mano es capaz de otorgar la vida y la muerte (una idea desarrollada con mucha mayor claridad en Funny Games cuando uno de los torturadores, Arno Frisch otra vez, toma el mando a distancia para revivir a su compañero).
Poco después, en sus constantes visitas al videoclub, Benny traba amistad con una muchacha de su edad (Ingrid Stassner). Aunque no le faltan amigos en la escuela se da la relación con alguien que por su afición a las imágenes le resulta simpática. Luego de invitarla al departamento de su familia, mientras sus padres se encuentran unos días en la granja y en verdadera bravuconada juvenil, recrea el sacrificio del puerco. Esta vez, aunque también capturado en video, no será capaz de volverla a la vida. Esta vez no será tan fácil acallar los gritos de dolor de quien sólo morirá tras tres intentos. Y nuestra perspectiva, por supuesto, estará filtrada por la caprichosa pantalla de televisión —no la nuestra, claro, sino la de Benny— que en su inutilidad nunca podrá capturarlo todo. No habrá razones para este acto. Tampoco una explicación. El protagonista lo hizo sólo para saber qué se sentía. Una vez más, como suele suceder en los filmes de Haneke —incluido La pianista cuya añeja reseña se halla aquí— le toca al espectador decidir los porqués. Haneke, en la entrevista que acompaña a la cinta en el devedé, dice hacer lo mismo que otros han hecho ya en la literatura, en la pintura o en cualquier arte: dejar un espacio al espectador para la libre interpretación de aquello que escucha, lee o mira. No sabemos a ciencia cierta si en la mirada de Benny hay arrepentimiento, culpa, indiferencia o miedo. El director da un paso más hacia la suprema provocación cuando Benny, todavía impávido, les muestra a sus padres (interpretados por Angela Winkler y Ulrich Mühe) el video donde se observa cómo mata a la niña. Serán ellos quienes tendrán que decidir qué hacer. Bien pueden denunciar a su hijo o bien pueden emprender la tarea de deshacerse del cadáver. La balanza se inclina finalmente hacia la salvación del retoño, hacia barrer los sangrientos problemas ocultándolos debajo de la alfombra. Y, claro, un misterio más nos tendrá reservado Michael Haneke durante el cierre del filme.
Benny’s Video, para concluir, es una pieza más del mosaico que conforma la cada vez más fascinante obra de Haneke. Uno de gran importancia para comprender de dónde vienen algunas de las obsesiones actuales del cineasta. Entre ellas, los efectos de la representación visual de la violencia por parte de los medios masivos, la simulación dentro de una sociedad primermundista donde nada debe alterar la armonía establecida y, por supuesto, los diferentes desafíos planteados al espectador frente a una obra de arte que no lo mira por debajo del hombro.

Entrevista esclarecedora que acompaña en su devedé a la primera versión de Funny Games (con subtítulos en español): http://www.youtube.com/watch?v=G8-z8FUhIKg

jueves, 8 de abril de 2010

Twin Peaks, a veinte años de su nacimiento


Comienzo, para conmemorar este esperado cumpleaños, con otro texto del apartado sobre David Lynch en Vislumbre de cineastas. Nótese lo objetivo que trataba de ser:

Ese mismo año (1990), Lynch estrena en las pantallas televisivas su creación más popular: la serie Twin Peaks (traducida en México con el funesto nombre de Picos Gemelos, mutilada por el doblaje y cuyo primer capítulo estaba disponible en video como El enigma de Twin Peaks). Semejante a Terciopelo azul, Twin Peaks –pueblo donde se desarrolla la acción— tenía como núcleo el asesinato de Laura Palmer (Sheryl Lee de nuevo), una adolescente lúbrica, también hija de familia, cocainómana, reina escolar, prostituta y traficante de drogas, entre otras actividades increíbles por su variedad. El reparto combinaba los actores consentidos del realizador (Kyle MacLachlan, Sherilyn Fenn, Jack Nance, Grace Zabriskie) con viejas glorias (Piper Laurie, Russ Tamblyn) y entonces caras nuevas (Lara Flynn Boyle, James Marshall, Joan Chen). La fotografía, los diálogos y la música eran insuperables. No se escatimaron tampoco las secuencias simbólicas, el humor negro y las visiones. La primera temporada fue un éxito. En la segunda, la cadena norteamericana ABC presionó a los creadores (Lynch y Mark Frost) para que la identidad del asesino saliera a la luz. Con la desaparición del enigma, se esfumó la audiencia y Twin Peaks fue cancelada. Sin embargo, Lynch –terco en su fijación con Laura Palmer— rodó Twin Peaks: Fire Walk with Me, filme donde relata, sin censura, los últimos siete días de la joven. Con un presupuesto menor, una que otra escena superrealista, abucheos en Cannes y el encanto de la Palmer desaparecido –Lee actuaba mejor muerta que viva— Fire Walk with Me se convirtió en otro tropiezo, como Dunas, del director.

Y ahora sí el texto confesional que vengo prometiendo desde hace cinco días:

Corría el año de 1990. Estaba en el segundo de secundaria en la Escuela Carlos Pereyra. Debió suceder durante la tercera semana de abril. Era aquella tarde-noche en que mi hermana Gisel tenía sintonizado en la televisión el canal de la ABC. En aquel entonces la compañía de cable se robaba sin pudor las señales de los canales gringos. Se podían ver los programas de allá sin los retrasos a los que nos tienen acostumbrados actualmente las filiales para Latinoamérica. Mi hermana veía una serie de televisión que, estando en sus primeros episodios, ni siquiera se había convertido todavía en la de moda. Era apenas el tercer capítulo de la serie (el segundo si seguimos el orden impuesto por el DVD en donde el primero no se cuenta por ser el llamado “piloto”) y yo sólo alcancé a ver sobre la pantalla a una joven mujer de suéter y falda tableada bailando muy lentamente al son de una música adormecedora dentro de una cafetería muy del estilo de los años cincuenta en Estados Unidos. Todavía no imaginaba la afición que nacería gracias a aquella serie.
El segundo encuentro, el definitivo, se dio en el Videocentro (franquicia ahora extinta) que la familia de mi mejor amigo Joselo tenía sobre la Saltillo 400. Ahí encontré una película en VHS que se titulaba El enigma de Twin Peaks. En la carátula tenía la imagen azulada de una mujer muerta. Siendo consumidor incansable de películas de terror y de suspenso, no dudé en rentarla. Presenciar aquellas imágenes me dejó tan perplejo como emocionado. A pesar de haber visto —en algún momento de mi infancia y a través de la reja formada por los dedos de mis manos— El hombre elefante (1980), yo no sabía quién era David Lynch. Estaba a punto de descubrirlo. No en el cine sino con una serie de televisión.
Aquella versión internacional del capítulo piloto de Twin Peaks (torpemente traducida a nuestro idioma como Picos Gemelos) preparada por Lynch por si acaso la serie no era escogida para su transmisión, daba fin al enigma de la muerte de Laura Palmer con un epílogo más que alucinante. Tuve mala suerte. Para cuando yo renté la película, la primera temporada de Twin Peaks —compuesta de ocho episodios— ya se había terminado. El 30 de septiembre de 1990 comenzó la segunda y, por supuesto, grabé en un videocassette VHS aquel primer episodio de dos horas. Una y otra vez vi aquellos cortos al inicio, los precedidos por un “previously on Twin Peaks”, para tratar de entender en segundos todo lo ocurrido durante la primera temporada, armar de alguna forma aquel complicado rompecabezas, ensamblar en el nuevo panorama todo aquello que no estaba en el piloto que yo había visto. Aquel pueblo imaginado del noroeste de Estados Unidos, cercano a la frontera con Canadá, enclavado en una región de bosques y montañas, se convirtió en una obsesión que ninguna persona a mi alrededor entendía. Durante muchos años, yo no conocí a nadie que se haya reído siquiera cuando en Los Simpson se parodió el sueño lleno de pistas del agente Dale Cooper en “¿Quién mató al señor Burns?” donde Lisa tomaba el rol del enano y el jefe Wiggum el de Cooper.
Cada semana grababa los episodios y como muchos otros —no en mi país sino en Estados Unidos— me preguntaba quién había asesinado a Laura Palmer pues, para ese entonces, Twin Peaks ya se había transformado en un fenómeno de masas en el país del norte (del sur para mí ahora). Aquella mezcla de intriga policial, telenovela, puntadas de humor negro, magia, ensoñación y perversiones ocultas teniendo como escenario un pueblito en apariencia congelado en los años cincuenta y plagado tanto de secretos como de personajes extraños, era ideal para la imaginación del adolescente que yo era entonces. Habría dado el alma por vivir en un pueblo como ése: un lugar donde se bebía el mejor café y el mejor pie de cereza, donde un crimen se resolvía con las pistas de un sueño, donde el pelo se volvía blanco de la noche a la mañana, donde las señoras con parche poseían fuerza sobrenatural, donde se aparecían enanos bailarines o gigantes estoicos. En fin, donde “siempre hay música en el aire”. Sí, cada semana grababa mi capítulo de Twin Peaks con el anhelo de que no se fuera la luz ni la señal de cable, de que esa tarde no terminara decepcionado ni mentándole su puta madre a la CFE o a Telecable de La Laguna. Lo que por cierto sí ocurrió en cuatro o cinco ocasiones. Tal vez más. Ansioso esperaba esas primeras notas de la canción “Falling”, autoría de Angelo Baladamenti, junto con la imagen del pájaro que ladeaba un poco la cabeza seguido por las del aserradero y la entrada al pueblo de Twin Peaks. Población: 51,201. Y uno más: yo.
Con orgullo llevaba al colegio un cuaderno con la imagen de Laura Palmer muerta en la portada —un recorte que saqué quizás de la revista People y de su lista de las personas más fascinantes del año. Aquél era un personaje que a mí me habría encantado crear con la pluma: una estudiante de preparatoria en apariencia perfecta —reina de su escuela, voluntaria en actividades diversas, hija ejemplar— que por las noches se volvía prostituta o swinger, consumidora y traficante de droga. Y sí, ese rostro de ficción se hallaba petrificado sobre uno de mis cuadernos escolares mientras mis compañeros de clase, ignorando de lo que se trataba, tal vez no me bajaban de necrófilo. Cuando me aburría de mis clases —lo cual no era infrecuente— trataba de escribir de memoria las rimas recitadas por Bob, el espíritu asesino de Laura Palmer: Through the dark of futures past / The magician longs to see / One chants out between two worlds / Fire walk with me / I’ll catch you with my death bag / You may think I’ve gone insane / But I promise / I will kill again. Luego compré el cassette / álbum Floating into the Night (1990) de Julee Cruise con algunas de las canciones que se escuchaban en la serie, canciones como “Falling”, “The Nightingale” o “The World Spins”. Todavía conservo ese cassette que tantas veces fue tocado en estéreos, grabadoras portátiles o en el reproductor de un Dogde blanco que ya debe estar comiendo gusanos en algún deshuesadero de coches.
Incluso cuando se descubrió la identidad del homicida y la serie se fue a pique —o más bien al caer hasta los más profundos avernos del absurdo porque uno de sus creadores originales se hallaba ocupado en gira con Salvaje de corazón— seguí siendo fiel. No lloré a moco tendido cuando la serie fue cancelada porque sabía que podría revisitarla en el futuro, algo que hago de vez en cuando. Sigo siéndole fiel; pero no soy un obsesivo “twinpeakero” al modo de los Trekkies de Viaje a las estrellas. Pero sí puedo confesar que tengo la serie en VHS —no las grabaciones que hice a los quince años, sino la original— y en DVD (en dicho formato por partida doble ya que una versión, la que carece del piloto, se encuentra en Torreón y la otra, la dorada y más reciente que incluye el piloto, me acompaña en Montreal). Así que hoy, 8 de abril de 2010, se cumplen veinte años de que el episodio piloto fuera transmitido por la cadena ABC. Larga vida a Twin Peaks.

La ya legendaria escena del piloto en que los padres de Laura Palmer se enteran de su muerte con Ray Wise, Grace Zabriskie y Michael Ontkean: http://www.youtube.com/watch?v=EUJSMAWFXkY Tan buena que uno no sabe si reír o llorar.

miércoles, 7 de abril de 2010

Lynch: elogios a la locura


A continuación reproduzco un fragmento de mi libro Vislumbre de cineastas donde hablo un poco del director estadounidense David Lynch:

Tras la vergüenza multimillonaria (de Dunas), Lynch regresó al oficio para rodar, sin presiones o intereses de terceros, Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), un proyecto mucho más personal. En cuanto los créditos se desvanecen, el espectador está en un pueblo llamado Lumberton donde los vecinos son amables y los niños juegan con alegría. Debajo de esa perfección, como insecto bajo el pasto y la tierra, la perversidad se reproduce. Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) regresa a Lumberton después de que su padre es hospitalizado. Al descubrir una oreja mutilada en un terreno baldío, su vida será trastornada. Las autoridades no satisfacen su curiosidad y decide emprender sus propias investigaciones. La hija del teniente Williams (George Dickerson), Sandy (Laura Dern), lo conduce hasta el departamento de Dorothy Vallens (Isabella Rossellini), una cantante conocida como “La dama azul” y quien, según los rumores policiacos, tiene conexión con el descubrimiento. Cuando Jeffrey entra a escondidas al departamento, se le presenta la malignidad latente de Lumberton encarnada en Frank Booth (Dennis Hopper). Una vez en el núcleo de este extraño mundo de sadomasoquismo, drogas y secuestros, sólo la inocente Sandy y su amor podrán redimir a Jeffrey.
Aunque la oposición entre el bien y el mal parezca tan fatalista como en Sombra de una duda de Hitchcock (dentro de Terciopelo azul se nota especialmente la influencia del mago del suspenso), en realidad no lo es. En el Lumberton con dejos de los cincuenta la maldad se vuelve contagiosa y los protagonistas son corruptibles. Jeffrey retorna, por su obsesiva voluntad, al hogar de Dorothy. El director aprovecha, como rectificación al error de Dunas, a MacLachlan en un rol que es apropiado a su impavidez: el del joven reprimido y curioso. Hopper alcanza la excelencia dando vida al vil y aterrorizante Frank Booth. Los personajes –Paul (Jack Nance) y Raymond (Brad Dourif) como fieles secuaces de Frank o Ben (Dean Stockwell) como el amanerado suministrador de narcóticos— y los sucesos “lynchescos” –la añeja prostituta que baila sobre un carro, el empleado ciego de la ferretería, la tía Bárbara (Frances Bay) con sus advertencias sobre la calle Lincoln o el cadáver del hombre amarillo que se sostiene en pie— le inyectan particularidad a esta cinta de misterio. Terciopelo azul contiene, además, un equilibrado conjunto de momentos inolvidables. La secuencia donde Jeffrey y Sandy se enamoran al son de la sedante canción “Mysteries of Love”, interpretada por Julee Cruise, reafirma lo dicho. Otros ejemplos son las dos escenas donde, como fondo musical, se oye “In Dreams”. En una, Ben imita a Roy Orbison. En otra, Frank y su banda golpean a Jeffrey. Durante la conclusión, la música también cobra importancia. Se alterna la última entrada de Jeffrey al departamento con el tiroteo frente a un edificio y arriba “Love Letters” como recordatorio de la amenaza mortal de Booth. Pocos críticos desdeñaron a Terciopelo azul. Los demás, en cambio, la catalogaron no sólo como una de las mejores cintas de 1986, sino también como una de las mejores cintas de los años ochenta.
El hombre elefante no ganó ninguna de las múltiples nominaciones al Óscar. Tuvo que pasar una década para que Lynch mereciera la Palma de Oro en Cannes con Salvaje de corazón (Wild at Heart, 1990). La entrega de este trofeo, con toda su magnitud, rodeó al director estadounidense de rechiflas y ovaciones; pero nunca de silencios. En Salvaje de corazón, Marietta Fortune (Diane Ladd) se encuentra muy preocupada ya que su hija Lula (Laura Dern) ha escapado con Sailor Ripley (Nicolas Cage), un ex convicto que, además de fogoso amante, es mal imitador de Elvis Presley. Marietta, por supuesto, posa como madre protectora frente a su novio Johnnie Farragut (Harry Dean Stanton) y lo manda a que alcance a los niños. Hay una serie de hechos ignorados por el pobre Johnnie: 1) Marietta, 22 meses y 18 días atrás, contrata un asesino para matar a Sailor y él, por defenderse, va a dar a la cárcel; y 2) Marietta también llama a su otro novio, Marcello Santos (J. E. Freeman), y él promete no sólo eliminar a Sailor, sino también a Johnnie. Mamita querida le queda corta a Marietta, la bruja malvada, la perseguidora de esta inusual Dorothy y su león salvaje. Lula y Sailor, aunque hayan encontrado el camino amarillo, tampoco son unos santos. Al contrario, son la pareja más burda, cochina y peculiar que haya retratado el celuloide. Sailor, al ser su lenguaje los puños, canta “Love Me” en una discoteca, da patadas para simular un baile sádico y viste una estrambótica chaqueta de víbora, “símbolo de su individualidad y de su creencia en la libertad”. Lula, con su rubia y artificial cabellera, no deja de rumiar chicle, viste ropa ajustada de colores chillones y su cerebro, sin duda, trabaja por intervención divina: le da lo mismo hablar de El mago de Oz, de cómo la violó su tío Pooch (Marvin Kaplan), de la capa de ozono, de cigarros o de su primo Dell (Crispin Glover), quien se hacía notar por introducirse cucarachas en las cavidades menos gratas del cuerpo. Pero, por encima de todo, Sailor y Lula se aman.
Salvaje de corazón está dirigida a un público pensante. Los que consideran el cine como mero entretenimiento o distracción se verán decepcionados con ella y con las demás obras de David Lynch. Con deliberación, el cineasta deja sucesos en el aire esperando que su público los atrape, los interprete y los haga suyos. La all american basura blanca sale de sus remolques y de sus guaridas para convertirse en locos carismáticos. Tal vez, por esta razón, los filmes de Lynch no agradan tanto a los críticos estadounidenses. Nadie lleva a sus personajes a los extremos de la sátira como él. Nadie obliga al espectador a observar con malicia la hilera de fenómenos y adefesios “lyncheanos” no muy diferentes al John Merrick de El hombre elefante: Reindeer (William Sheppard), el secuaz de Marcello Santos, el facineroso con dinero suficiente para comprar un séquito de sirvientas topless; Juana (Grace Zabriskie), una asesina a sueldo cuarentona, de cabello oxigenado, bota ortopédica y cejas encontradas; Perdita (Isabella Rossellini), su hermana menor; Bobby Perú (Willem Dafoe), el gángster de protuberantes encías y cabeza volátil; la joven del accidente automovilístico (Sherilyn Fenn), más preocupada por su bolso que por la gravedad de sus heridas; un hombre (Jack Nance) que parlotea sobre su perro; y la bruja buena de Oz (Sheryl Lee), quien aconseja a Sailor con su “no le des la espalda al amor”. La Palma de Oro para Salvaje de corazón no fue nada gratuita.

1 día


Un día. Sólo falta un día.

martes, 6 de abril de 2010

Lynch imperial


Éste fue el segundo texto que me publicaron en Espacio 4. El jueves se entenderá por qué decidí desenterrarlo de donde estaba:

De acuerdo con la crítica cinematográfica, la más reciente cinta de David Lynch, El imperio (Inland Empire, 2006), es quizás el proyecto en el que más libertad formal y de contenido ha poseído desde su legendaria ópera prima Cabeza borradora de 1977, la cual contribuyó al fenómeno de las funciones de medianoche en Estados Unidos. También la crítica en general —frente a la posibilidad de adentrarse en los recovecos de este rompecabezas mental— le recomienda al espectador que, aún más que con cualquier otra de sus películas, no se concentre en tratar de entender lo desplegado sobre la pantalla sino que sólo se deje llevar por las inquietantes atmósferas creadas por uno de los más geniales directores de cine —además de paladín de la meditación trascendental.
“Una mujer en problemas”. Es con estas palabras como le gusta a Lynch resumir la kilométrica y sinuosa trama de El imperio y es ésta precisamente la frase promocional impresa en los carteles de la cinta en Norteamérica. Fuera de las cuatro palabras, sería muy difícil sacarle al realizador una explicación más pormenorizada de su nuevo largometraje. Es hasta cierto punto sencillo explicar de qué trata la primera hora del maratón audiovisual de tres: Nikki Grace (Laura Dern en su tercer rol bajo el mando de Lynch) es una actriz que decide hacer su regreso triunfal, tras un lapso gris en la carrera fílmica, con una cinta romántica. Y lo hará al lado de Devon Berk (Justin Theroux), co-protagonista, y Kingsley Stewart (Jeremy Irons), cineasta. Durante un ensayo preliminar los actores se enteran de que la película que están por rodar es el refrito de una cinta polaca nunca concluida porque los protagonistas fueron asesinados. Los rumores apuntan a una dirección: el guión está maldito. Pronto, el personaje interpretado por Nikki —Susan Blue— comienza a afectar su vida de tal forma que la relación extramarital contada frente a las cámaras se traslada a la realidad y, de ahí —después de un viaje a un callejón ya augurado desde los primeros minutos de la cinta por una vecina de Nikki cuyo acento recuerda a cierta nación centro-europea— a la fragmentación de la actriz en todos los aspectos posibles.
Muchos de los temas favoritos de Lynch reaparecen en El imperio. No por nada su gemela podría ser Mulholland Drive (2001). Las dos cintas aluden con el título a lugares ubicados en California, las dos se desarrollan en Hollywood, ambas tienen como protagonistas a actrices, ambas se hallan inmersas en la fábrica de sueños que es el cine estadounidense. De esta forma, los adeptos a la filmografía de Lynch se volverán a topar con la autorreflexión sobre el cine y el proceso de crearlo —particularmente en el punto del desdoblamiento. Aquí, sin embargo, dicho desdoblamiento es llevado a la máxima potencia. Del ejercicio tan común en el mundo cinematográfico (la asunción de un personaje) surge otra temática ya vista en la obra del director: la de los dobles (basta recordar, además de Mulholland Drive, su proyecto de 1997: Por el lado oscuro del camino). Sin embargo, en el caso de Nikki, quizás tendríamos que hablar no de dobles sino de triples.
Por último, dentro de este repertorio lyncheano, está el paso de una realidad a otra a través de portales materializados en habitaciones siniestras donde abundan los colores rojos o azules. A pesar de la utilización de sus anteriores obsesiones, el conjunto final funciona y en ningún momento se siente repetitivo. Lynch posee una habilidad increíble para revisarse, parodiarse y reconstruirse, además de atreverse a reciclar material rodado con anterioridad. Mulholland Drive, por ejemplo, iba a ser estrenada como una serie de televisión. Después del rechazo de la televisora y con un poco más de rodaje, se convirtió en cine. Aquí en El imperio aparecen retazos de los cortos “Rabbits” que, a pesar de su realización en 2002, no dejan de encajar de manera perversa en el todo de esta cinta.
La experiencia —aquélla donde el espectador no sabe si gritar, reír o sólo sentirse incómodo— resultará desconcertante para muchos. No para quienes están un poco familiarizados con el humor y el proceso creativo de Lynch. Para él, la intuición y las ideas reinan sobre el mundo intelectual y la lógica. El imperio se conforma entonces como un largometraje hecho no sólo a la medida de David Lynch sino también a la de su ya actriz fetiche, Laura Dern. De una conversación con ella sale el título del filme. Es también la tersa piel de la cándida Sandy de Terciopelo azul y de la vulgar Lula de Salvaje de corazón quien funge en esta ocasión como productora. Aunque, sin duda, era suficiente carga interpretar el laberíntico papel de Nikki Grace, un rol en el que Dern debe transformarse, llorar, gritar, maldecir, morir, resucitar y hacia final liberar a otra “mujer en problemas” de la extraña maldición polaca.
La libertad sin límites de Lynch se manifiesta no sólo en el fondo. También en la forma. De hecho, confiesa el realizador, a ésta se debe aquélla. Por primera vez el cineasta estadounidense se aventura en los terrenos del formato digital con tan buenos resultados para él que ha prometido no volver a trabajar en celuloide. En cuanto al contenido, sólo habría que decir que, de nueva cuenta y tras dejarse llevar sin concesiones por sus ideas, El imperio de Lynch se torna un viaje difícil de seguir incluso para los fanáticos incondicionales de su obra. Aquí, como en Mulholland Drive, no hay resoluciones ni catarsis ni revelaciones mayores en el final. Al contrario, nos quedamos con más preguntas que respuestas. Durante la hilarante conclusión hay bailes, un mono y un leñador. También habrá, detrás del carrusel de la demencia, un hombre llamado David Lynch para quien el imperio de la intuición y de las ideas es incuestionable. Sólo por eso su filme agradará a algunos y no dejará de disgustar a una multitud.

El imperio (Inland Empire, 2006). Dirigida por David Lynch. Protagonizada por Laura Dern, Justin Theroux y Jeremy Irons.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=eKi4Y5zl5qU
La parte del filme que más me gusta: http://www.youtube.com/watch?v=OcCZu-skuCg

2 días


Faltan dos días.

lunes, 5 de abril de 2010

La cagadita del mes


Como ya lo di a entender en una entrada anterior, vi hace varios años -como muchos de mi generación cuando eran niños- la película de acción mitológica Furia de titanes (Clash of the Titans, 1981) del inglés Desmond Davis. Vista entonces resultaba entretenida, emocionante y para mí -niño extrañamente aficionado a los mitos helénicos- más que un festín para la mente. La recordaba de forma nebulosa. Eso a pesar de haberla grabado en Beta o VHS en algún momento de mi vida y de haberla visto más de una vez. Así que cuando supe que iban a hacer un refrito la busqué en YouTube, la encontré y me la eché en mi Ipod. Oh, decepción. Aunque los efectos especiales eran de primer nivel en aquella época, en ésta no son nada convincentes. Ni qué decir de las actuaciones. Desiguales por completo. Desde un Laurence Olivier ya en decadencia, pasando por Maggie Smith (¡en toga!) como la irascible Tetis y hasta acabar con un héroe, Harry Hamlin, que desentonaba por completo con los demás por su acento gringo. Pero al menos, según recuerdo, se respetaba el mito de Andrómeda, Perseo y Medusa. Dentro de lo que un producto hecho para entretener se permitía, claro. Uno sabía que al menos ahí estaban los dioses en el Olimpo, cada uno con su rol: Zeus, Hera, Poseidón, Afrodita, Tetis, Atenea, etcétera. Los mismos sobre los que yo había leído en libros ilustrados tenían rostro y hablaban con un muy elegante acento británico.
Después salió el avance del refrito. Y entre la nostalgia y los engaños de todo buen avance cuyo único propósito es arrastrar al espectador al cine, la publicidad logró su efecto en mí y esperé -no voy a decir que impaciente porque no era para tanto- el estreno de la nueva versión de Furia de titanes (Clash of the Titans, 2010). Debí haberlo sabido. Ese avance con estética 300 -¿se puede hablar de estética al referirse a ese otro churro?- debió haber hecho sonar la alarma contra porquerías. No lo hizo. Ésta es la razón por la que ya no estoy dispuesto a gastar de diez a quince dólares en películas comerciales salidas de Hollywood. Sí, de vez en cuando, no estoy para hacer trabajar el coco y cruzo los dedos para que al menos la gringada esté entretenida, para que no sea la peor bazofia que mi estómago de cinéfilo haya con mucho esfuerzo digerido. Pues ocurrió: Furia de titanes es la cagadita del mes. O quizás la del año. La taquilla estadounidense (o no sé si la canadiense también) podrá contradecir todo lo que quiera esto pues hoy amaneció en primer lugar de su listado. Pero cualquier crítico que se precia de serlo está haciéndola cachitos. Y como a mí sí me dolió el codo por los quince dólares que pagué el viernes pasado voy a hacer lo mismo que ellos aunque para echarle mierda a algún bodrio ya esté yo un poco oxidado.
En principio, el director Louis Leterrier -que vaya a saber uno en qué albañal de París fue concebido- se concentró únicamente en actualizar los efectos especiales, en masacrar el mito original que de tan desfigurado ya no resulta remotamente familiar y ni siquiera corrigió los pecadillos ingenuos -como la discrepancia en los acentos- de la cinta precursora a la que él dice admirar con locura. El autor de glorias cinematográficas como El increíble Hulk (2008) y El transportador 2 (2005) nos presenta a Perseo, humilde muchacho adoptado por un pescador quejumbroso y anoréxico (Pete Postlethwaite cada vez más flaco), ante la tragedia de perder a su familia simplemente porque a un colérico Hades (Ralph Fiennes) se le dio la gana. Desde aquí me di cuenta de que debía abrocharme el cinturón ante el horror que estaba a punto de presenciar: típico "¡noooooooo!" acuático mientras el muchacho trata de salvar a sus padres y hermanos atrapados en el vientre del barco que se hunde. Mientras tanto, los dioses comandados por Zeus -quien ya sabemos es el verdadero padre de Perseo- están ofendidísimos porque los humanos, sin muchos motivos fuera de los que han tenido desde el principio de los tiempos, han decicido dejar de adorarlos y tumbar todas sus estatuas monumentales. En un cambalache delirante entre el mito helénico y el cristianismo, Zeus (Liam Neeson) le da manga ancha a Hades para que castigue a los humanos de Argos (o Joppa o Troya o Atenas o dondequiera que estemos) con el monstruo Kraken que aquí resulta ser el más querido retoño del rey del averno.
En el Olimpo de Leterrier los dioses han dejado las togas y han desempolvado tremendos pelucones, se han puesto rímel y llevan puestas unas armaduras más resplandecientes que el sol. Poco importa quién de todos esos incómodos emperifollados es quién. Si acaso, se mencionan tres nombres: Zeus, Hades, Poseidón y un Apolo de antología por lo metrosexual que resulta. Corte a un Perseo interpretado por Sam Worthington acabadito de salir de Avatar y ya considerado como la carne más fresca y popular en el medio hollywoodense. Eso sí, sin peluca y, a diferencia de Harry Hamlin, el Perseo ochentero, muy tapadito. Nada de taparrabos. Nomás su faldita romana. Perdón, griega. Sus capacidades histriónicas, sin embargo, no son superiores a las de aquél. Su rango va del murmullo al grito. Pero sin tonos medios. Esto es lo que pasa cuando se le da el rol principal a un aficionado.
En fin, nuestro héroe llega a Argos (o donde sea) y en menos de diez minutos es conducido hasta una especie de orgía light donde Casiopea, muy pasada de carnes y de años, desafía a los dioses resaltando la belleza de su hija Andrómeda. Sin que aún pasen los diez minutos, se les aparece un Hades que la mitad del tiempo parece drogado, hace pasita a la tal Casiopea, reconoce en Perseo al hijo de Zeus, éste reconoce en Hades al ser sobrenatural que mató a su familia adoptiva, todos ven en Perseo a un semi-dios y comienza la misión para salvar Argos y de paso la vida de Andrómeda, pobre muchacha inocente que le advirtió a su madre que no fuera tan soberbia. Perseo está reticente. Como niñito rebelde argumenta que Zeus no es su padre y que él no es un guerrero menos un semi-dios sino un humilde pescador. Pues te chingas, maldito semi-dios, le dicen los guerreros de Argos que antes de partir sacan de un baúl al búho mecánico, regalo de Atenea en la cinta precursora como guiño mamón y, en este punto, como patada en los testículos para todos lo que teníamos un buen recuerdo de aquella experiencia fílmica. No faltan los dos chiflados (uno gordo y uno flaco) que se unen a la misión ni el predicador -¿un predicador en la antigua Grecia que de manera sospechosa recuerda a los hare krishna?- que ni para humor involuntario sirve.
Y así, Perseo y sus secuaces se enfrentarán a un híbrido de Calibós y Acrisio (este señor quemado por Zeus cuando intentaba echar a la embarazada Dánae al mar es los dos al mismo tiempo), peón enviado por Hades. También lucharán contra los escorpiones gigantes que nacen de la sangre negra de Acrisio. Tendrán amigos en el camino: una mujeraza despampanante -ésta sí en toga y siempre muy maquillada- bajo la terrible maldición de la inmortalidad y, claro, Pegaso, el famoso caballo alado que en un extraordinario giro de tuerca, en un acto de suprema subversión de Leterrier no es blanco sino... ¡negro! Con eso de que el negro está de moda porque también está en la Casa Blanca. Después de algunas muertes, de consultar con unas ancianas muy voraces y de pasar por el río Estigia, Perseo y sus amigos llegan al templo de Medusa. Medusa, cuya fealdad es bien conocida. Medusa, un monstruo tan horrendo que es lógico que con sólo mirarla nos convirtamos en piedra. Pues la Medusa de Leterrier es la cosa más rara que se haya visto: a diferencia de todos los otros efectos especiales del filme, la Medusa parece lo que no debería y que sabemos es. Es decir, una creación de la computadora. Un pegoste digital. Falsísima. Y para colmo con una cara de modelo cibernética y una risita muy poco aterradora. Me recordó a Simone (2002). Lo que sucede a partir de aquí es sabido: Perseo le corta la cabeza a Medusa y rescata a Andrómeda no sólo del Kraken sino también del predicador desquiciado con pinta de hare krishna. Por supuesto, lo hace con su Pegaso negro. Y, como reza el mito, ¿Perseo y Andrómeda se enamoran y nos miran desde las estrellas?
Pues no. No en realidad. Decidido a transformar el mito de tal forma que nada nos resulte repetitivo (después de todo esta historia, ha de pensar él, se ha contado hasta el cansancio muchas veces), Leterrier pone al humildísimo Perseo de vuelta en el mismo lugar donde perdió a sus padres y hermanos. Perseo vuelve a ser pescador y por obra y gracia de Zeus se queda no con Andrómeda a quien ni siquiera miró más de dos veces sino con la inmortal aquélla que lo acompañó en su misión, la muy advenediza. Y yo me pregunto al final, ¿entonces para qué tanto pedo? Bien pudieron dejar la misión a medias y largarse a la playa a retozar amorosamente en lugar de torturarnos con tanta peluca, rímel, faldita romana y efecto especial barato. En fin, eviten este bodriazo que amenaza con estrenarse en México el 16 de abril. Preferible para matar el tiempo a pesar de sus defectos es la original todavía en YouTube (http://www.youtube.com/watch?v=jrHA120h2LU)

El engañosísimo avance de este deleznable refrito: http://www.youtube.com/watch?v=q6CJenNMsb4

3 días


Sólo faltan tres días.

Columna de Jaime Muñoz


El día de ayer en su columna Ruta Norte del diario lagunero La Opinión Milenio mi buen amigo Jaime Muñoz Vargas me hace el favor de hablar de y citar esta bitácora. Gracias de nueva cuenta, Jaime. El artículo se encuentra también en su blog. Aquí está el enlace:
http://rutanortelaguna.blogspot.com/2010/04/de-los-montes-torreon.html

domingo, 4 de abril de 2010

La que nunca se fue


Durante años en Montreal sólo había un festival de cine latinoamericano llamado Festivalíssimo, nombre a mi parecer desafortunado -incluso mamón- por presentar una palabra que no es ni española ni francesa con ese sufijo "ísimo" del superlativo, sí con nuestro acento aunque con la doble "s" y pegado a un sustantivo lo cual resulta por completo ajeno a lo hispano. En fin, un híbrido poco resonante. A partir del viernes pasado, sin embargo, hay uno nuevo llamado con simpleza Festival de Cine Latinoamericano de Montreal. Ya fuera de guasa en cuanto a cómo han sido bautizados los dos acontecimientos, entre más cintas habladas en español acá, mucho mejor. Tengo pretexto para anunciarlas en mis clases y, si alguna resulta interesante, ¿por qué no verlas? En México y más particularmente en Torreón no tendría esta oportunidad. El festival de marras abrió con El secreto de sus ojos. Incluye a destiempo a La mujer sin cabeza (que ya está acá en devedé). Y ayer por la noche exhibió La nana (2009) del chileno Sebastián Silva, largometraje ganador de dos premios importantes en Sundance y nominado en su momento al Globo de Oro como mejor película en lengua extranjera. Ya en corrida comercial está de nuevo en el Cinéma du Parc a partir del 23 de abril.
La nana es una película donde la cámara se encuentra casi todo el tiempo sobre la insondable cara de Raquel (Catalina Saavedra), ese rostro que los espectadores aprenderán paulatinamente a descrifrar. Raquel es la sirvienta de una familia pequeño burguesa de Santiago que lleva alrededor de quince años trabajando y conviviendo con sus integrantes. Raquel forma parte -a veces sí, a veces no según las situaciones- de la familia comandada por la señora Pilar (Claudia Celedón). En ocasiones receptora del cariño de los hijos menores y en otras de las injurias de quienes no la consideran de la misma clase o quienes le recuerdan que en esa casa no es más que una empleada, Raquel -a pesar de ser muñeca de torso y brazos fuertes- se ha ido desgastando hasta hacer evidente su cansancio. Se ha pasado su propia vida educando hijos ajenos y al entrar a la cuarentena (ese cumpleaños de la escena del principio se lo marca patentemente) está afligida y enferma. Alberga filias y fobias con respecto a esa familia que le regala sobras (ropa que ellos nunca llevarían puesta) y con la que trabaja. Mientras adora a los niños -encubriendo las masturbaciones del que ya es adolescente- detesta a la joven hija. Lo hace sutilmente hasta que la señora Pilar descubre en las fotografías de Raquel el siempre rayado semblante de la niña. Entonces la señora hará ya no la sugerencia, sino que traerá a una sirvienta más joven que, con los años, releve por completo a Raquel. Eso es algo que nuestra protagonista no puede permitir. Pilar, por otro lado, no se atreve o no puede echar a quien tanto le ha servido, una mujer de la que tras tantos años depende.
Raquel se irá entonces deshaciendo de la competencia: una tímida muchacha peruana es presa fácil de los acosos y maltratos. Ésa se irá por su propio pie. Una recomendada de la madre de Pilar, sirvienta entrada en años tan ruda como amargada que fustiga a Raquel por encariñarse con los niños de la casa pues éstos son unos ingratos, sacará las uñas y, al menos, antes de irse se atreverá a despelucar a la otra en tremenda pelea de chachas. Pero será una tercera -llamada Lucy (Mariana Loyola)- quien termine venciendo las murallas impuestas por Raquel y eso porque el espíritu de Lucy es demasiado libre y transparente como para dejarse engañar por la dura fachada de una mujer sensible y hambrienta de amor. Desde este momento, la presencia de Lucy transformará a la protagonista para bien.
Al final, La nana resulta una película bien trabada y sostenida principalmente por sus buenas actuaciones y sus simples anécdotas de líos domésticos. Nos presenta además el segundo crédito de un director solvente en habilidad de cuya obra se espera un poco más para lograr consolidarse. Quién sabe si pronto llegue a México.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=zahCX_w7LiY

Obsesión psico-sexual y suspenso en Egoyan


Las últimas cintas del canadiense nacido en Egipto pero de origen armenio Atom Egoyan no han tenido para mí ni la trascendencia ni el empuje de, por ejemplo, la memorable Dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997), largometraje en su momento ganador de premios importantes en Cannes. Adoration (de 2008 y cuyo título en español ignoro) desplegaba una vez más la narrativa fragmentada que ha sido durante años el sello de Egoyan para con ella encapsular una historia de juegos de ficción y realidad desde la perspectiva de una familia cuyos miembros cargan con culpas de años además de darle una tenue embarrada de actualidad con el tema del terrorismo. Algo bueno, sí, pero muy a secas. Igual sensación me deja Chloe (2009).
Sin contar con un rombecabezas narrativo -en principio de su carrera interesante y ahora ya lugar común de su filmografía- el crédito más reciente de Egoyan contiene sus buenas dosis de obsesiones y recuentos sexuales -otra vez, ¿ficción o realidad?- también característicos en otras de sus obras. Quien lleva a cuestas con todos sus años y su madura belleza el rol principal no es el personaje que da título al filme. Es, en cambio, Julianne Moore como la doctora Catherine Stewart, ginecóloga de vida sumamente acomodada en Toronto. Ya pasados los cuarenta Catherine se siente abrumada por su inseguridad y la sospecha de que su esposo -un profesor rodeado de jovencitas- le es infiel. Todo empieza cuando él decide no asistir a una fiesta sorpresa de cumpleaños y ella descubre en su celular una fotografía con una alumna.
Liam Neeson es David Stewart, el esposo blanco de las sospechas que es visto por su mujer como un ser humano cada vez más atractivo con la edad mientras ella, quizás por mensajes de una sociedad pegada a la teta de los medios masivos y obsesionada con la lozanía, se ve ya sumida en la decadencia de su poder sexual. De la interpretación de Neeson, aun sin ser conocida, ya se habló un año atrás pues era esta película la que realizaba cuando su esposa en la realidad, Natasha Richardson (hija de Vanessa Redgrave) se accidentó en Mont-Tremblant, Quebec, para luego morir inesperadamente.
El punto de desequilibrio en Chloe será quien le dé nombre a la experiencia fílmica: Amanda Seyfried. Quien fuera Sophie en Mamma Mia! y amiga nerd de Megan Fox en Jennifer's Body ahora se ha convertido en uno de los rostros más choteados de la temporada primaveral dentro de los avances en las salas de cine. La joven, rubia y bella Amanda está en por lo menos dos cintas románticas próximas a estrenarse. Quizás su cinta más impopular sea ésta donde, desde el comienzo, nos dice cuál es su añejísima profesión y cómo se esfuerza por complacer a los hombres que la contratan. Chloe es una prostituta de altos vuelos que hace negocios en el barrio donde trabaja Catherine y que luego será contratada por ella para averiguar y al mismo tiempo comprobar que David es capaz de serle infiel. Los encuentros entre las dos mujeres en los cuales Chloe cuenta de forma explícita los juegos amatorios que realiza con David detonarán sentimientos peligrosos no sólo en quien escucha sino también en quien cuenta. De esta forma, Chloe terminará -pese a su larga experiencia- amando por primera vez a quien la ha contratado. Para colmo, el plan oculto del despecho después también involucrará a Michael, el hijo adolescente de los Stewart.
Continuando con sus temáticas "sólo para adultos", con un suspenso muy contenido y despojado de los juegos narrativos -en este caso, también de la presencia de su esposa y actriz de cabecera la libanesa Arsinée Khanjian- Atom Egoyan sigue colocando ladrillos a su muy particular universo. Éste, sin embargo, no ha sido el mejor de ellos tal vez porque ya el creador canadiense necesita darle un giro novedoso a su cine. Esperemos que eso llegue pronto.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=fhYiQNmI1VI

Nota al pie: Hoy, siete de abril, me acabo de enterar que Chloe de Egoyan se llamará Una propuesta atrevida en México. Gracias, imbéciles que rebautizan las películas en nuestro país.

4 días


Faltan únicamente cuatro días.

sábado, 3 de abril de 2010

Polanski bajo vigilancia y sin rasguños


La película comienza con la llegada de un ferry a una tranquila isla en el noreste de los Estados Unidos. Uno a uno los automóviles irán saliendo de la embarcación dirigidos por un empleado. Una camioneta se quedará abandonada ahí, en el vientre de la nave, sin dueño que la maneje. El vehículo representa, como en todo buen thriller, un muerto con el que se despliega el primer hilo de la trama a tejer. De inmediato, el cineasta nos lo muestra, arrastrado por las olas y a la orilla de una playa.
De esta forma, el más reciente crédito de Roman Polanski no será solamente recordado como aquél en el que se hallaba trabajando en septiembre de 2009 cuando fue arrestado por un delito cometido décadas atrás. De idéntica manera en que Polaski ha vivido bajo los signos de la -justificada o no- persecusión, uno de sus personajes en The Ghost Writer (2010) pasará por una situación escalofriantemente similar: Adam Lang (Pierce Brosnan) es un ex primer ministro inglés cuya carrera en más de un dato nos recuerda a Tony Blair. Eso por su incondicionalidad con el gobierno de los Estados Unidos para luchar una guerra más que impopular. Adam Lang está en graves problemas. No sólo quien lo ayudaba a escribir sus esperadas memorias ha muerto sino que pocos días después de que el cuerpo apareciera -en el retiro de una isla en Massachusetts- Lang se ve envuelto en un escándalo mediático de violación de derechos humanos contra prisioneros sospechosos de terrorismo. Con tal de acabar con esa plaga moderna y estando en funciones, el señor se pasó el derecho internacional por donde mejor le placía.
Se requiere al menos un nuevo escritor para terminar las memorias. Éste tendrá el rostro de Ewan McGregor, aunque no su nombre. El escritor fantasma -quien da título a la cinta- permanece despojado de nombres como para hacer notar su insignificancia y su falta de reconocimiento. Fantasma para el inglés. Negro para el español. El joven pronto es enviado al búnker en que se ha convertido la casa de Lang en la isla. Conocerá a su asistente y probable amante Amelia (una Kim Cattrall haciendo su mejor esfuerzo por hablar con acento inglés) y, mucho más importante, a su esposa Ruth (una Olivia Williams sí fabulosa).
Con The Ghost Writer Roman Polanski confirma que ni los años ni sus problemas legales -por los que llevó a cabo la post-producción de este filme con un proceso de extradicción pendiendo sobre su cabeza- han minado la mente de este extraordinario director capaz de armar la telaraña del thriller de manera quizás tan magistral y sutil como el propio Alfred Hitchcock. Para eso se vale del notable y ya por años conocido carisma de McGregor que igual se asocia con los mercachifles -muy consciente de su estrellato- como con realizadores de propuestas mucho más interesantes (Peter Greenaway, Woddy Allen, Tim Burton y, en esta ocasión, Polanski). La identificación con el personaje en una situación extrema (el famoso "hombre ordinario en una situación extraodinaria" de Hitchcock) resulta efectiva gracias al trabajo de McGregor. El paso de un planteamiento ideal para el escritor -un trabajo rápido de unas cuantas semanas que le dejará mucho dinero- hacia el deterioro total se da tan mesuradamente como en El bebé de Rosemary (1968). Aunque sin duda The Ghost Writer no es superior al filme que protagonizara Mia Farrow.
La muerte del antecesor del fantasma lo envolverá entonces en una intriga donde incluso la CIA mete la mano. Y Polanski, a diferencia de su protagonista, sale de esta empresa sin un rasguño. A final de cuentas, The Ghost Writer es un entretenimiento en suma recomendable. A manera de desagravio, ganó el Oso de Plata a mejor director en el festival de Berlín. Y todavía no tiene título ni fecha de estreno para México.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=L_AerBW0EcI

5 días


Faltan solamente cinco días.

viernes, 2 de abril de 2010

Inventario lector 2010 (I)








Primer trimestre del 2010.

jueves, 1 de abril de 2010

Ésa ya la vi



¿Acaso esa película que están a punto de estrenar con todo el apoyo publicitario no la vi ya hace veintinueve años?