lunes, 30 de agosto de 2010

Porquerías que vi de chiquillo (IV): Ojos en el bosque


Atrapado. Suspendido. Así me sentí después de haber visto esta porquería hace muchos años. Salió de un Videocentro y fue rentada en variadas ocasiones como si no hubiera límite al deseo de mirarla obsesivamente. Me voy por el camino más difícil, como acostumbro. En lugar de sacar un texto corto, hago lo contrario. Me lanzo a hurgar en las peligrosas mareas de la memoria. Incluso me doy a la tarea de bajar ilegalmente la película. Me llevo un chasco. Está en doblada al francés. Eso es suficiente para iluminar de nuevo los recuerdos que ya se hallaban apagados y ocultos en la oscuridad del olvido. Va entonces esto que quizás a nadie interese:

Un mundo los vigila
Conforme corren los créditos iniciales del filme, una tonada infantil de caja musical se alterna con otra más bien amenazante. Escalofríos corren por la espalda. Las tomas de un bosque frío a veces neblinoso a veces soleado nos indican que entramos a las tierras ignotas del suspenso. La cinta ochentera de los estudios Disney, Ojos en el bosque (The Watcher in the Woods, 1980) del director John Hough y basada en la novela homónima de una tal Florence Engel Randall abre cuando los Curtis, una familia estadounidense cuyo padre es un músico trasladado a Gran Bretaña, se acercan a la mansión en medio de un bosque dentro de la cual vivirán mientras estén en Europa.

Lynn-Holly en todo su temeroso esplendor
Ya desde aquí una presencia más necia que otro ochentero (Jason, el de Viernes 13) los sigue. El precio de la renta es una ganga y, ante lo bajo de aquél, la hija menor dirá que quizás la mansión sea el albergue de un fantasma. No es así. Aunque habrá momia. Una mujer excéntrica, brujeril y sola es la dueña. Esta anciana tendrá el rostro ya ajado de la gran Bette Davis quien demostraba entonces que, para trabajar a cierta edad, no había que ser melindrosa con los papeles que le ofrecieran. En quien de inmediato se fija la presencia boscosa —por llamarla de algún modo— es en Jan, interpretada por la entonces sensación juvenil: Lynn-Holly Johnson. La señora Aylwood, la dueña de la mansión, tampoco puede quitarle los ojos encima a la muchacha (rubia, joven, núbil, sensible) pues le recuerda a la hija que perdió treinta años atrás.

Corte de ventana
Primer suceso extraño: mirando a través de una ventana en el segundo piso de la mansión, mientras la familia visita por primera vez su futuro hogar al lado de una agente inmobiliaria, un resplandor sale del bosque y el cristal de la ventana se rompe formando un triángulo e hiriendo el dedo índice de Jan. La señora Aylwood, tras estudiar el carácter de la chica, acepta a los Curtis como inquilinos. Sin embargo, Jan se siente observada y no sólo por Bette Davis. Tiene miedo del aire que se respira ahí. De esta manera, se le plantea al chiquilín espectador esa sonora palabra que lo dejará boquiabierto y patidifuso: misterio. Pero no hay nada que temer en realidad siendo éste un producto de los higiénicos y purísimos estudios Disney. Se sabe de antemano que esto estará exento de chorros de sangre (gore, mutilaciones, torturas, dientes rechinando y entes sacados del averno) o de erotismo (lengüetazos, chichis, falos y ayuntamientos carnales). Ni Jason ni Freddy ni Michael Myers ni Jamie-Lee Curtis (sí, otra Curtis) tienen lugar aquí. Respiremos tranquilos a pesar de esa clasificación gringa de PG (guía de los padres), inédita en la casa del ratón Miguelito, compañía especializada en agenciarse puras G (público en general) por cada película. Especialmente durante la ñoña década que nos atañe.

Espejito, espejito
Segundo acontecimiento para ponerle los pelos de punta a los peques: durante la mudanza Jan ve desaparecer su imagen sobre la superficie de un espejo. Se presenta un nuevo ataque de la molesta presencia del bosque a la que por lo visto le fascina romper cristales cual Daniel, el travieso. De nueva cuenta, se forma un triángulo sobre el espejo a través del cual Jan observa a una mujer parecida a ella (aparición rubia, fantasmagórica, gris y con todo el peso del croma encima). La doble de Jan tiene los ojos vendados y los brazos extendidos. Es obvio que se encuentra atrapada y que suplica ayuda. Finalmente el anónimo Gasparín rompe el espejo entero y lo tumba. Con eso hasta al más valiente espectador se le baja la sangre a las rodillas. Jan cuenta lo sucedido. El resto de su familia, sobre todo los padres, parecen escépticos. Encuentran como todo ser pensante explicaciones originadas en la razón. Esa misma noche Jan verá salir a la señora Aylwood de la casa de huéspedes. No sé por qué pero la idea de encontrarme a una anciana Davis en un bosque oscuro a mitad de la noche es más escalofriante de lo que hasta estas alturas ha presentado la película.

Kyle Richards escribe al revés
A la niebla en abundancia, los cristales rotos y las rucas malencaradas y misteriosas, se une el bizarro comportamiento de la hija menor de la familia: Ellie (Kyle Richards). Al estar en la granja donde habita Mike Fleming (prospecto de novio de manita sudada para Jan) y adoptar ahí a una perra (literal, no de las otras por Dios que esto es Disney), la metiche presencia del bosque parece “posesionarse” de la niña y la hace escribir sobre un cristal empañado la palabra Nerak. Después del trance ella dice que es el nombre de la perra, aunque con las letras al revés. Mary Fleming, la madre de Mike, observa el cristal desde el otro lado y su rostro se congela de terror: ¡Karen! Zoom al semblante de la matrona y violines estridentes obligatorios. Gritillos del público también. ¿Quién será la tal Karen? ¿Podría acaso tratarse de la hija perdida de la señora Aylwood? ¿O de la hermana gemela de la perrita Nerak? Quién sabe. Todavía falta una hora para que esto termine. Y en el género del thriller infantil todo puede suceder. Además de la señora Aylwood, tres adultos más se unirán al coro de seres caripálidos, ojerosos, melancólicos y molidos a palos por la culpa: Mary Fleming, el lerdo ermitaño Tom Colley y el ricachón amargado John Keller. ¿Qué secretos guardarán estos tres como para provocar los triángulos con los que la presencia boscosa tanto jode?

Al agua, Jan
Y hablando de números simbólicos llega el tercer hecho inexplicable: siguiendo a Ellie (y ésta a su vez a la perra Nerak) hacia las profundidades del bosque, en un claro con peligroso estanque incluido, Jan escucha la tonadita de los créditos en el tarareo de quién sabe quién. Otra vez un resplandor sobre el estanque, aparición de una circunferencia azul fosforescente (quizás la presencia haya sido en otra vida profesora de geometría o algo así) y subsecuente caída al agua de Jan a quien por un segundito se le levanta la playera rosa logrando enseñar… ¡Oh, decepción, chiquilines! No más que la blancura de su brasier.

La mirada homicida de Bette Davis
Para colmo de males aparece la bruja de la señora Aylwood con largo y asesino tronco para convertir el estanque en su caldero y ahogar en él a la pobre Jan cuyo brazo está atorado por una inoportuna rama submarina. Ojos en el bosque también es ojos pelados circundados de burbujas en una pecera para simular la profundidad extrema del estanque. Así como la mirada intensa de Bette Davis. Intensa y dirigida no hacia abajo como debería de serlo en la realidad sino hacia la cámara. Esta señora tiene el instinto homicida dentro de ella, niños. Si la ven, salgan corriendo. O al menos eso es que interpreta la ingenua Ellie. Igual harán todos los sobrinitos del tío Gamboín de los ochenta. Pero no. No sean babosos. La verdad es que la anciana le está salvando la vida a nuestra involuntariamente exhibicionista heroína. Qué alivio. De regreso en la casa de huéspedes y ya comparando versiones, se revela el inesperadísimo nombre de la hija perdida de la señora Aylwood: Karen. Jan cuenta lo que vio el día de la mudanza y la señora agradece esta acción con la historia de la desaparición de Karen. Flashback obligado. Entre las curiosidades alrededor del filme, doña Bette Davis insistió en hacer ella (ella y nadie más que ella) el mismo papel de treinta años atrás. Una vez hechas la pruebas (¿apenas tras hacer las pruebas?) el director se dio cuenta de que la veterana actriz no podría pasar por una mujer treinta años más joven. Por lo tanto, se requirió de otra que entrara al quite.

Jan en problemas
Jan por fin se entera de que Karen, su doble, desapareció luego de una noche de eclipse de luna, de juegos entre cuatro amigos, de centellas sobre una capilla y de incendio destructor. Ida para nunca más volver. Según la señora Aylwood, su hija todavía sigue viva y está ahí, en el bosque. A todo esto seguirán: 1) una carrera de motocross donde participa Mike y donde se da otro suceso raro que casi termina en tragedia y 2) un paseo a caballo interrumpido por la renuencia de los animales a penetrar en el bosque que desemboca en el descubrimiento de la capilla. Por todos lados aparecerán triángulos y círculos superpuestos. Karen volverá a pedir ayuda en su encarnación grisácea y de croma dentro de la casa de los espejos de una feria. Ni la madre de Mike ni el ricachón John Keller quieren desenterrar el pasado. Pero el eremita Tom Colley sí. Otro flashback obligado donde vemos cómo los tres adolescentes llevan a Karen vendada de los ojos hacia la capilla para jugar pomposamente al rito de iniciación. Bajo la campana que cierto Pedro Torres campechanamente se robó para el videoclip de su entonces mujer Lucía Méndez, Karen desaparece y la capilla se incendia.

Ellie, me das miedo
La tonada del inicio vuelve a repetirse para explicar su recurrencia pues pertenecía, obvio, a una caja de música de Karen y en el presente sirve para sumergir a Ellie en trance y darle voz a la presencia boscosa que además de pediche (hagan esto, hagan lo otro) resulta groserísima (Stupid! Stupid! Stupiiiiiid!). Tápense los oídos, adeptos al Gato GC. Ante un connato de huida, hasta sin carro y sin teléfono dejará la muy molona presencia a los Curtis. Vendrá más escritura al revés para ser leída en el reflejo: “háganlo otra vez mañana”. Lo que diga su invisible majestad. Si tan sólo nos hubiera dicho qué es ese algo que hay que hacer para rescatar a Karen de su limbo de croma. A la mañana siguiente todas las piezas caen en su lugar. Jan debe recrear el rito iniciático con los tres participantes (el círculo, el triángulo) durante un eclipse de sol (los superpuestos). Corre el riesgo de desaparecer como le ocurrió a Karen treinta años antes. No hay por qué temer, público infantil. Ya lo sabemos. Esto es una creación de Disney. Aunque les dejo una advertencia. Falta lo más perturbador: la pequeña Ellie en trance dictando órdenes y dando explicaciones sobrenaturales sobre las energías del eclipse, confusiones extraterrestres y hasta otra dimensión todo con voz ominosa que poquito le pide a la de Linda Blair en ya sabemos qué cinta. Con el intercambio de rehenes, Jan estará a salvo con su familia y en brazos de Mike. Al final, claro, madre e hija se reencontrarán. Lágrima obligada. Fin.

Estás en casa
Si antes era capaz de ver una infinidad de veces Ojos en el bosque, ahora ya no me siento a la altura. Treinta años después, doña Bette Davis está en donde todos terminaremos algún día, a Lynn-Holly Johnson -casada y con hijos- se le puede encontrar en convenciones de ex chicas Bond o rentando aquella cúspide de la cursilería en patines llamada Castillos de hielo, Kyle Richards sigue actuando y sus participaciones en programas de la televisión gringa lo comprueban. Treinta años después, esta joya de mi infancia se ha convertido en una porquería más que vi de chiquillo.

El avance "ñaca-ñesco": http://www.youtube.com/watch?v=3DFacqQp8uw
Un final alternativo con, me imagino, la presencia del bosque encarnada por un monstruo extraterrestre de risa loca: http://www.youtube.com/watch?v=Bkpf2IzmMVg

Giros de tuerca con Alice Creed


Cuando uno ya ha visto una populosa lista de cintas de suspenso es muy difícil que lo sorprendan cuando entra a una sala de cine a ver una más de este género. Desde chico, entre mis búsquedas cinematográficas, he preferido este tipo de películas (no sé por qué razón, tal vez por la emoción que me producen) y ya desde la no tan tierna adolescencia era capaz de adivinar el final de más de una cinta perteneciente a lo que los anglosajones llaman el thriller. Por eso, la británica The Disappearance of Alice Creed (2009) me sorprendió sobremanera.
El filme abre cuando la cámara sigue con insistencia a dos hombres. En unos cuantos minutos el espectador se dará cuenta de que planean un secuestro. Eso resulta más que obvio. Juntos van a una ferretería, compran material para aislar una habitación, algo semejante realizan con una camioneta a todas luces robada. Destaca la meticulosidad y el silencio con el que hacen todo. Los primeros diez o quince minutos de la cinta son mudos. Finalmente esperan a la víctima y la secuestran siguiendo de nueva cuenta pasos que se notan planeados con mucha antelación y no poca frialdad. Aquí es donde de verdad da inicio la acción del filme. Alice, la hija de un millonario, será sometida sin saberlo a la humillación no sólo de ser retenida contra su voluntad sino también a orinar y defecar frente a sus captores, a obedecer cada una de las órdenes que le dan.
De aquí en adelante el juego actoral se dará entre los dos hombres con pasamontañas (uno mayor encarnado por Eddie Marsan y otro menor en la piel de Martin Compston) y Alice Creed (Gemma Arterton). Nada es lo que parece y la trama se desarrolla con más de un giro de tuerca del cual sería tramposo hablar para no quitarle a nadie más el buen sabor. Bajo la dirección de J. Blakeson (director de quien se sabe poco pues su filmografía como realizador solamente suma tres créditos) el trío de actores logran transmitir la intensidad de la situación límite así como la desconfianza ante las traiciones y las trampas del otro punto que forma este inusual triángulo. El particular semblante de Eddie Marsan ya ha sido visto con frecuencia en filmes que van desde Pandillas de Nueva York, pasando por 21 gramos, estacionándose un rato con Mike Leigh en Vera Drake y La dulce vida, otro tanto con Isabel Coixet en La vida secreta de las palabras hasta llegar a esa payasada de Guy Ritchie llamada Sherlock Holmes. Los dos jóvenes actores, sin embargo, no teniendo una filmografía tan extensa resultan menos conocidos aunque su inexperiencia en ningún momento se delata en pantalla. Gemma Arterton, reconocible por participaciones en Quantum of Solace o el bodriazo Furia de titanes, logra reivindicarse con este crédito modesto en presupuesto pero muy contundente en cuanto a trama y actuaciones. Para los amantes del género, La desaparición de Alice Creed es en extremo recomendable. Mochos y asustadizos, claro, abstenerse. Imposible predecir si tendrá estreno en México.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=srR1Qo3A89w

Díptico Mesrine: vehículo para Cassel


Como lo he dicho en otra ocasión también acá se cuecen (tal como reza el lugar común) habas en lo referente a la distribución de ciertos filmes. Algo similar al deplorable ejemplo mexicano sucedió en Quebec con las dos entregas del díptico sobre el gángster francés Jacques Mesrine. A pesar de que buena parte de L'instinct de mort (2008) fue filmada aquí en Montreal y en sus alrededores, apenas este verano del 2010 se estrenó en corrida comercial tanto esta cinta como su continuación L'ennemi public n°1 (2008).
El señor Jacques Mesrine fue un veterano de la guerra de Argelia que al regresar al continente europeo se involucra en robos, asaltos bancarios y otras linduras por el estilo. Por amenazas de la mafia, huye a Canadá para hacer de las suyas también dentro del país de la hoja de arce. En más de una ocasión logra escapar de las prisiones donde debió purgar largas condenas. Los medios de comunicación le servían como el instrumento de un megalómano. Finalmente fue acribillado en una emboscada de vuelta en su país de origen. Su legado, si somos dados a analogías baratas y unilaterales, sería el de un Al Capone moderno. Así de grande fue su notoriedad en Francia. Ya un crítico pendejo de Estados Unidos llamó al díptico Mesrine "Caracortada a la francesa".
En mi experiencia, después de las varias biopics sobre las que escribí recientemente en esta misma bitácora, ya tanto el género biográfico como el gangsteril lo siento algo agotado. No se diga, limitándonos al segundo, después de brillantes ejemplos europeos como Gomorra en Italia o Un profeta en Francia. Quizás por esa razón, el díptico Mesrine me resultó pálidamente bueno tirándole a la indiferencia. Disfruté más la segunda parte que la primera. Eso sí. A pesar de este primer juicio algo precipitado, no dejo de reconocer la actuación de quien lleva sobre los hombros el gran encargo de representar a Mesrine y quien por consecuencia ganara un premio César.
Mesrine es sin duda un vehículo para que el hijo del difunto Jean-Pierre Cassel se luzca de nueva cuenta como el chico malo de la película. Si hay algo que buscar en esta dupla de largometrajes es eso: la actuación de Vincent Cassel. Y quizás nada más. Tanto de una como de la otra película no hay mucho que agregar fuera de eso.
De la distribución de las biopics sobre Jacques Mesrine en México no estoy muy enterado. Tengo entendido, por mi padre, que al menos L'instinct de mort ya se puede ver en algunos canales de películas en el cable.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=f_Ku-B5Gkws

viernes, 27 de agosto de 2010

Terrorist Idol


Es quizás el colmo de la incongruencia. Además de un caso de la vida imitando a la ficción. Ahora causará risa; pero pudo haber terminado terriblemente mal.
La noticia de ocho esta semana en todo Canadá es que un complot terrorista fue frustrado por la autoridades. El objetivo era el parlamento en Ottawa. Los sospechosos han sido arrestados y la mayoría de los que habitamos en este país nos sentimos aliviados. Sin embargo, lo que más sorprende es la siguiente nota de la cual dejo el enlace. Es de Cyberpresse, sitio de internet del diario La Presse de Montreal. Resulta que uno de los sospechosos de planear este complot, Khuram Sher, hizo una audición para la sucursal canadiense del programa American Idol. Es decir, para Canadian Idol. El primer reality show musical es algo así como la versión gringa de La Academia.
A veces lo he visto (la versión gringa solamente) durante sus etapas iniciales en que transmiten las audiciones. Algunas, como es de esperarse, son infames y no niego que me divertían al darle rienda suelta a mi morbo viendo cómo algunos de los jueces (en especial, el británico Simon Cowell) destrozaban los sueños de estos aspirantes a estrellas. Por supuesto, después de eso, el programa era para mí aburrido y predecible. Dejaba de verlo hasta las audiciones de la siguiente temporada. Claro, sobra decir que a la versión canadiense no le di ni el beneficio de un minuto de mi atención. Está, la mera verdad, de vasta hueva.
Lo más delirante de la anécdota del paquistaní Khuram Sher, un sospechoso de terrorismo con antecedente tan vergonzoso como haber audicionado en Canadian Idol (y dicho sea de paso por completo incoherente con las que deberían ser sus creencias... ¿no que muerte a los infieles occidentales e imperialistas?) es que ya a alguien en la ficción se le había ocurrido algo similar. La película algo fallida de sátira que lleva por título American Dreamz (2006) lo demuestra. Se trataba de burlarse frontalmente del programa American Idol, de sus jueces, sus concursantes e incluso de cierto presidente gringo con perpetua cara de tarado. Un joven de origen árabe con talento muy limitado se codea con los finalistas del concurso y cuando los productores del programa deciden llevar al mismísimo presidente como invitado especial, algunos parientes radicales del muchacho le exigen llevar una bomba y auto-inmolarse asesinando así al mandamás del imperio. No está mal. Bastante graciosa; pero nada del otro mundo.
Lo que sí causó risa fue revivir la corta carrera de cantante del sospechoso porque el ahora conocidísimo Khuram Sher resultó ser pésimo en el canto. Ni por un camino ni por el otro obtuvo su harem de vírgenes. Lástima.

La prueba de la audición del sospechoso: http://www.youtube.com/watch?v=z_C83SiBKFA
El avance de American Dreamz: http://www.youtube.com/watch?v=DzAvT4ePcQQ

jueves, 26 de agosto de 2010

El impúdico secreto de la abuela


No hay ninguna excusa para sacar a la luz de nueva cuenta este texto, fuera de que ya casi subí todas mis colaboraciones de años pasados en la revista Espacio 4 a esta bitácora. Va aquí una más, la antepenúltima, sobre una cinta inglesa (sí, ya sé, pa variar):

Hay quien se introduce en la sala de cine atraído por una serie de nombres, rostros y cuerpos inasequibles. A cambio del precio de la entrada halla el olvido a un sinnúmero de frustraciones. El trabajo, el amor o la salud no serán tal vez los esperados y la fábrica de sueños se vuelve eficaz antídoto ante este hecho. El escapismo siempre se exhibe como un buen aliciente para reventar de dinero la taquilla. Nunca las películas que en realidad reflejan, critican o cuestionan a quien las mira son además susceptibles de atestar las salas de cine. Más bien, las más exitosas de acuerdo con parámetros tan mercantilistas son las incitadoras a la evasión, ésas que tan de moda se ponen durante la temporada veraniega. Quizás una cliente ideal para ese tipo de cintas sea Maggie (Marianne Faithfull), la protagonista de Una dama sin pudor (Irina Palm, 2007). El título tan provocador en nuestro idioma, sin embargo, no corresponde del todo con la viuda quincuagenaria y dada al traste que se ve en la necesidad de conseguir una importante suma para salvarle la vida a su nieto.
Hay otra cara de la moneda cuando nos enfrentamos a este rostro tan familiar en tierras británicas. Maggie es interpretada por Marianne Faithfull, ex pareja de Mick Jagger y ahora amiga de Carla Bruni, otra ex del vocalista de los Rolling Stones. La Faithfull, actriz y cantante con un pasado azaroso —donde se incluyen alcoholismo, drogadicción e indigencia— aquí se convierte en cariñosa abuela dispuesta a todo con tal de sanar a su nieto y darle consuelo al padre del niño, su hijo Tom (Kevin Bishop). Provenientes de una aldea cercana a Londres, la familia ha caído en desgracia desde antes de comenzar el relato. Las antiguas amigas de Maggie la miran por debajo del hombro porque ya no es su vecina en la parte opulenta de la población. Sin experiencia laboral y con los años encima, no hay a dónde acudir. Para colmo, la relación con su nuera Sarah (Siobhan Hewlett) está contaminada por los celos. La noticia de que el niño puede salvarse si sigue un tratamiento en Australia no trae el consuelo anhelado. La familia tendrá que reunir dinero para los gastos del viaje y la estancia allá. La necesidad llevará entonces a Maggie a un lugar inusitado: Sexy World. Ahí, ante un anuncio en el cual se solicitan “anfitrionas”, decide entrar bajo la cándida impresión de que una anfitriona sólo sirve bebidas y té. La entrevista de trabajo con Miki (Miki Manojlovic), el dueño del lugar, la desengaña. En el bajo vientre de Londres anfitriona es un eufemismo para prostituta. Sobra decir que Maggie no colma los requerimientos necesarios. Pero al comprobar la suavidad de sus manos, Miki decide plantearle la posibilidad de realizar otras labores limitadas solamente a lo manual. El anonimato estaría garantizado gracias a una pared con orificio. De inmediato, Maggie rechaza esa oferta. Sin embargo, la tentación del dinero fácil es demasiado grande.
Horrorizada ante la amenaza de ser descubierta por su hijo o sus amigas, Maggie acepta con reticencia. Sus tersas manos, empero, acaban con cualquier prejuicio moral. También con la competencia. Incluso una colega —de quien fue aprendiz en un principio— terminará sin trabajo. Tanta es su popularidad entre los hombres que entran a esas cabinas oscuras para deshogar sus urgencias que el seudónimo será necesario. Así nace, como creación de Miki, Irina Palm. La oportunidad de desdoblamiento para Maggie es única y algo en su interior parecerá aferrarse a ella aun en contra de su voluntad. Conforme se convierta en la furtiva sensación entre los onanistas de Londres, irá explorando un recoveco ignoto de su personalidad donde quizás descubra en los lugares más insospechados una segunda oportunidad de vida. Una dama sin pudor es la historia —nunca exenta de humor o sentimentalismo— de hasta dónde se es capaz de llegar en nombre de la familia y, en el camino, por añadidura, encontrar la dignidad y el amor en los sitios menos esperados. Así Maggie comenzará a reconocer en el propietario del Sexy World a un compañero para la vejez.
El bajo a cargo de la banda belga Ghinzu es el contraste sonoro para estos suburbios de Londres donde la hipocresía, la falsa dignidad y el pudor mal entendido reinan supremos. Esta abuela poco convencional cuestiona con sus acciones si es preferible conservar todo eso a cambio de la cordura de un hijo y, sobre todo, de la vida de un nieto. Cuando se le han cerrado todas las puertas a causa de su edad y su sexo, ¿qué otra salida podría haber tomado? Y ante el reclamo del nieto por sus continuas ausencias, Maggie sólo responde que en el futuro, cuando sea grandecito, le confesará su secreto. Hay, sin embargo, un reproche mucho menos amable. Tom descubre con ira el lugar donde trabaja y, sin ni siquiera recibir explicaciones, la condena. Sarah, por otro lado, se le acerca para agradecerle lo que ha hecho por su niño enfermo. Y por último la fiel amiga de años salta como loba hambrienta frente a la oportunidad de dejar en ridículo a Maggie frente a los pueblerinos. El único comprensivo será, claro, Miki.
Dirigida por Sam Garbarski —cineasta de origen alemán pero avecindado en Bélgica— Una dama sin pudor termina constituyéndose en una película sencilla que, por su tono sentimental y su fino manejo del humor a pesar de la temática, sirve para pasar un buen rato. Aunque ese transcurrir del tiempo no es ni de lejos semejante al que ofrecen cintas de un calibre más escapista y comercial. Presentada también en competencia en el festival de Berlín del año 2007, Irina Palm aparece con un año de retraso en las pantallas mexicanas. Sería bueno que los filmes enlatados por tanto tiempo fueran los hollywoodenses del verano y no éstos. En ese caso, viviríamos en un mundo donde la historia de Irina Palm se tornaría inverosímil.

Una dama sin pudor (Irina Palm, 2007). Dirigida por Sam Garbarski. Protagonizada por Marianne Faithfull, Miki Manojlovic, Kevin Bishop y Siobhan Hewlett.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=E9Hb3FWPOuM

martes, 24 de agosto de 2010

El estreno mexicano de la de Polanski


Según el diccionario de la RAE, uno de los significados de la palabra "negro" es la persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios. Por supuesto, a causa de la corrección política, no podían ponerle el título de Negro a The Ghost Writer de Roman Polanski, la cual obtuvo una traducción literal y se convirtió en El escritor fantasma. Escribí un pequeño comentario cuando la vi en abril (aquí dejo el enlace) y seis meses después parece que por fin se va a estrenar en territorio mexicano. El estreno en la Ciudad de México está previsto para el 3 de septiembre. A ver si de veras se lleva a cabo en esa fecha.

Nota del 7 de septiembre: La película tiene nueva fecha de estreno para el 10 de septiembre. Por la publicidad que le están dando, esta vez sí la estrenan. Claro, en el DF.

domingo, 22 de agosto de 2010

Tilda es amor


Tilda Swinton es amor. Así, sin más. Esta mujer de piernas largas, rostro alienígena y apariencia un tanto andrógina (la cual explotó muy bien en la primera película en la cual la vi, Orlando de 1992) es el amor. Lo demuestra en Io sono l'amore (2009), la historia de los Recchi, una familia adinerada de Milán cuya matriarca es Emma, una mujer rusa que se convirtió en italiana años atrás cuando se casó con el hijo de un industrial textil. Ahora ella es la madre de tres hijos que seguramente heredarán el imperio del abuelo. Todo en su vida parece planeado a la perfección, todo alrededor de ella se nota limpio, caro, lujoso, bello. Sin embargo, pronto el equilibrio se verá alterado. Como imitando la libertad representada por un amorío lésbico de su hija, pronto Emma se enamorará de un amigo de su hijo mayor que es además chef. La pasión que debiera reflejar esta trama muy a imitación de Madame Bovary -personaje con quien incluso la señora Recchi comparte el nombre de pila- se diluye ante el preciosismo de la puerta en escena del director italiano Luca Guadagnino. Sin embargo, no deja de ser crédito obligado para los fanáticos de Tilda Swinton.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=TZBrWVvn9xA

Las piezas perdidas del rompecabezas Metrópolis


Pues desde la tarde del lunes 16 de agosto estoy de regreso en Montreal. Regresar aquí me da de nuevo el privilegio de visitar el Cinéma du Parc que, como ya he dicho en otra ocasión, se encuentra en el nivel subterráneo del edificio en donde vivo. Por suerte logré ver la película de la que hablo a continuación antes de que saliera de su cartelera. Suerte porque ha constituido una experiencia cinematográfica inédita. A continuación, un texto publicado en el año 1998 en el suplemento cultural la tolvanera de la revista Brecha. Era el año de Titanic y, mientras tanto, yo trataba de bucear en aguas muy distintas, haciendo mis muy personales descubrimientos fílmicos:

Máquinas no tan mudas
Para las generaciones más jóvenes –y hasta a las que ya no lo son tanto— el cine mudo es campo desconocido. Por lo visto, ni a las salas exhibidoras ni a las tiendas de video les parece rentable el ofrecimiento al público de los primeros filmes del séptimo arte. Sólo universidades, cinetecas o canales de cultura se interesan en darle difusión a los nombres que iniciaron la aventura del cinematógrafo –Louis y Auguste Lumière, David W. Griffith, Georges Méliès o Edwyn S. Porter— o a verdaderos clásicos –El acorazado Potemkin (1925) de Eisenstein, La fiebre de oro (1925) y Tiempos modernos (1936) de Chaplin, La caja de Pandora (1928) de Pabst o Metrópolis (1927) del director austriaco Fritz Lang.
Comparable, por ejemplo, a la visión de novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley es la mencionada Metrópolis. Con ella, Fritz Lang presenta al espectador una urbe futurista donde los trabajadores operan sin cansancio las máquinas y así mantienen a las clases superiores, a los detentadores del poder. Por encima de los habitantes de Metrópolis se encuentra el amo: Joh Fredersen (Alfred Abel). Su hijo, Freder (Gustav Fröhlich), luego de conocer a una trabajadora, María (Brigitte Helm), baja a la ciudad de los obreros y así descubre las condiciones en las que viven. Mientras tanto, Fredersen y el inventor Rotwang (Rudolf Klein-Rogge) planean sustituir a los hombres por máquinas perfectas que los obedecerán fielmente, androides que no necesitarán cambio de turno.
Los efectos, para aquella época, se sienten adelantados. La inexperiencia que marcó los años iniciales del cine se nota en el argumento. El arte, aún joven, está plagado de ingenuidad. Tal aspecto se atenúa con el baile erótico donde se demuestra, no sólo que no hay nada nuevo sobre la pantalla grande, sino también que los hombres no notan la diferencia entre mujer y androide mientras éste tenga todo en su lugar –recuérdese a Demi Moore en Striptease. Las máquinas, tiranas de los obreros, encuentran a su líder en el robot femenino disfrazado de María, invento hiperactivo en su antifaz de vieja verdulera que incita a los trabajadores a destruir el paraíso infernal. El científico loco Rotwang despierta al androide aunque le valga una mano. Mucho más tarde, Luc Besson se robaría esta idea para explicar el origen de su anoréxica Leeloo en El quinto elemento. El interminable mutismo al que no se está acostumbrado incomoda los sentidos. El maquillaje en demasía y los grandes gestos, los cuales aparentaban compensar la falta de sonido, afecta la seriedad escondida por el realizador: la lucha de clases, la pobreza, el capitalismo, el trabajo y la relación entre la humanidad y las máquinas. El mensaje de Fritz Lang es tan intenso que no duda en utilizar figuras religiosas. María predica a los trabajadores (“Entre el cerebro que planea y las manos que edifican debe haber un mediador”), los ilustra con el relato de la torre de Babel y anuncia la llegada de un mesías, un héroe de la paz. A pesar de eso, Metrópolis no deja de ser un deleite para los que se esfuerzan por buscarla. El éxtasis sucedido por la estatua mortal y los pecados capitales; los múltiples ojos que observan a María-Robot mientras baila y la visión de Molock al estallar las máquinas son rasgos oníricos apreciables. Quizá algún día Metrópolis, una producción de Erich Pommer (El ángel azul), llegue a los estantes para su renta y entonces abandone el país de los filmes feos.

Mi percepción ha cambiado mucho desde que escribí lo anterior. Metrópolis, durante bastante tiempo, se distribuyó con algunas escenas faltantes. Hace dos años, en Argentina, encontraron una copia de la película y se recuperaron algunas escenas. Finalmente el largometraje se montó con la banda sonora original y comenzó a circular en festivales alrededor del mundo. Hoy tuve la oportunidad de ver ese montaje en el Cinéma du Parc y no puedo dejar de lamentar mi inexperiencia reflejada en el texto anterior. Poco sabía yo del cine de aquella época. Por fin, hoy, pude acercarme a la experiencia de quien por primera vez iba a ver Metrópolis a finales de los años veinte del siglo pasado y no puedo definir lo que sucedió más que con la palabra estremecedor. Podrá sonar ridículo, hiperbólico o idiota. Pero así fue. La inclusión de las escenas faltantes explica mucho mejor la trama y nos da una cinta redonda, profunda y ni más ni menos que épica. Metrópolis es sin duda la gran e indiscutible precursora del cine de ciencia ficción. No puedo dejar de agradecer el privilegio (no sé a quién: quizás a la vida, al azar, a Dios o a quien me haya puesto en este mundo) de poder entrar a una sala de cine para disfrutar de esta joya.

-Metrópolis (1927). Dirigida por Fritz Lang. Producida por Erich Pommer. Protagonizada por Alfred Abel, Gustav Fröhlich, Brigitte Helm, Rudolf Klein-Rogge y Theodor Loos.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ZSExdX0tds4

Joan Rivers, reina de la comedia gringa


Se supone que un escritor -y más un escritor lagunero- no debe confesar ciertos gustos ni ciertas aficiones. Se supone que un escritor debería detestar todo lo que huela a gringada o a frivolidad. Se supone que un escritor "prestigiado" tendría que hacer hogueras con los últimos títulos de autores best-sellerianos como Stephen King, Dan Brown, Laura Esquivel, Paulo Coelho y ni se diga Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Aunque algunos de éstos ya ni siquiera estén de moda y la gente ya ni los pele. Se supone que los escritores leemos el periódico La Jornada y por ley detestamos a Carlos Slim por ser el hombre más rico de un país repleto de pobres. Sí, se supone.
Desde que nacemos estamos condicionados a repetir las conductas de quienes nos preceden, los comportamientos que van de acuerdo con la etiqueta que el resto de los seres humanos se dignan a ponernos en binomios inalterables: hombre/mujer, mexicano/extranjero, criollo/indio, fresa/naco, liberal/conservador, empresario/escritor, etcétera, etcétera y un sinfín de etcéteras que en México por nuestra mentalidad a veces enana nos hemos dedicado a multiplicar en lugar de simplificar. El problema es cuando la etiqueta no basta para describir al ser humano, mucho menos para asirlo. La empatía no da para tanto. Todo esto para decir que a la edad a la que me aproximo (los treinta y cinco años) mis gustos son mis gustos y poco me importa si alguno o todos mis colegas escritores me echan miraditas de extrañeza que yo fácilmente podría revirarles; pero que por respeto no lo hago. Todo esto para hablar de la señora Joan Rivers.
En principio, por ser "escritor" yo debería echarle toda la mierda posible a esta vieja horrenda, frívola, con tantas cirugías como Michael Jackson o Lucía Méndez (asociaciones éstas para principiantes) y que vive dentro de un lujoso departamento de Nueva York en cuyo cuarto de servicio querría vivir el más jodido indigente de cualquier parte del mundo (no sólo México). Pero da el caso que a doña Joan Rivers mis insultos se le resbalarían porque ella es una actriz que hace el papel de comediante y todos sabemos que a los y a las comediantes todo se les resbala. O, al menos, todo tendría que resbalárseles pues antes de que podamos insultarlos ellos ya lo habrán hechos muchas veces en sus espectáculos de stand-up, disciplina a la que estamos muy poco acostumbrados en México y que algunos cómicos nacionales de cuarta (aquí me sale lo escritor contestatario) han intentado realizar con patéticos resultados. En Gringolandia es un arte bien afinado y ellos tienen un número bastante grande de comediantes especializados en el stand-up, simplemente porque es así como se inician todos los comediantes allá: solos en un escenario, frente a un micrófono y teniendo como únicas armas para hacer reír el ingenio y la palabra (aquí es donde un nutrido grupo de escritores comenzaría a sacar las piedras de su desprecio para condenar mi malinchismo y mi fresez por estar mínimamente informado sobre el stand-up y su fenómeno en Estados Unidos). Jerry Seinfeld es uno de los que más alto voló teniendo uno de los programas de comedia más exitosos de la década de los noventa, programa que reflejaba sus inicios en el stand-up pues presentaba como preludio y como epílogo de algunos episodios este tipo de rutinas. Y a su lado podrían citarse muchos nombres más de cómicos estadounidenses o incluso canadienses que emigraron al que para ellos era el país del sur. De entre esos nombres y durante los últimos cuarenta años, ha destacado el de una sola mujer como la reina indiscutible y más veterana de esta disciplina: Joan Rivers.
Las directoras del documental Joan Rivers: A Piece of Work (2010), Ricki Stern y Anne Sundberg, se dedicaron a filmar un año en la vida de la comediante, un año que se vio resumido en hora y media de duración. Al principio del documental vemos a Joan (sí, con sus cirugías y kilos de maquillaje) quejándose de que su agenda está casi vacía y que otras comediantes más jóvenes están en la cima del estrellato mientras ella, ya de setenta y cinco años, es una has-been en un negocio cada día más obsesionado con la belleza y la juventud. Por eso, Joan acepta cualquier trabajo, presentarse en cualquier lugar. Después las directoras la muestran en viaje a Europa donde monta en Edinburgo una obra de teatro hecha a su medida. Las críticas son nobles ahí, no tanto en Londres. Y eso la convence de no llevar la obra a Nueva York donde sabe que los críticos serán todavía más severos. Aquí nos damos cuenta que no todo se le resbala a esta señora que tuvo sus inicios en los años sesenta en el famosísimo programa de Johnny Carson. Finalmente la rueda de la fortuna terminará favoreciéndola cuando acepte con muchas reticencias participar en el programa El aprendiz de Donald Trump, con reticencias pues se considera la única celebridad importante en el elenco del reality-show. Al final, entre tantos viajes, presentaciones, firmas de libros y limosinas algo veremos de la personalidad que se oculta tras una máscara ya deforme y plastas de maquillaje.
No voy a negar que el humor que más me hace reír es el anglosajón (el gringo, el canadiense, el británico). No es cuestión de malinchismo sino tal vez de calidad y de costumbre. El único comediante mexicano que ha logrado que ría es Andrés Bustamente. A todos los demás, si por mí fuera, los mandaría al paredón (imagen categórica y exagerada digna de un escritor). Y es que siendo muy chico me familiaricé con programas como Saturday Night Live y The Kids in The Hall. Por eso, no pienso disculparme con nadie si la figura de Joan Rivers me resulta familiar: durante una época vi su talk-show y durante otra, cuando me chutaba las ahora odiosas entregas del Óscar, sus programas de la alfombra roja. Negarle méritos a una señora que fue y sigue siendo pionera en lo que hace (la comedia) no está en mí. Eso a pesar de lo frívola, boba, gringa y ricachona que pueda parecer. Porque conmigo logra su cometido: me hace reír. Mucho menos la insultaría después de ver el documental de la dupla Stern-Sundberg que logra transformar a la figura en lo increíble: una mujer de carne y hueso.

-Joan Rivers: A Piece of Work (2010). Dirigida por Ricki Stern y Ann Sundberg.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=2fnojZw54ls

sábado, 14 de agosto de 2010

Estepa 56


Después de un año de no publicarse, sale otra vez de la imprenta la revista literaria Estepa del Nazas en su número 56. Saúl Rosales, su director, me hizo el favor de publicar mi cuento "Muero por que no mueras" que forma parte de un volumen todavía en proceso de escritura y que por ahora tiene el título tentativo de e/spiral/e. El texto "Muero por que no mueras" está dedicado a mi buen amigo y cronista oficial de Torreón, el doctor Sergio Corona Páez. La revista está disponible en las oficinas del Teatro Isauro Martínez en Galeana #73 sur. También aparecen textos de Yolanda Natera, Édgar Salinas, Dolores Díaz Rivera, Miguel Morales, Daniel Maldonado, Silvia García Urzúa, Julio César Félix, Lupita Pérez, Pedro Cárdenas y José Javier Recéndiz. Los retratos de los autores fueron hechos por Tábata Ayup, Francisco Aldama, Gloria Banda, Rosa del Toro y Ana Villar.

martes, 10 de agosto de 2010

Cajas chinas con Christopher Nolan


La vi el sábado pasado y quizás sea la mejor película del circuito comercial con aval de los estudios hollywoodenses así como con grandes efectos especiales. De las cintas de Christopher Nolan debo decir que poco me interesan las de Batman porque ya en la adolescencia me recetaron una serie de películas de este héroe de historieta y no pienso gastar mi dinero una vez más en otra serie. Más bien, de Nolan he visto Memento (2000) y The Prestige (2006) y, aunque ninguna de las dos conmocionó mi paladar cinematográfico, sí me dejaron un buen recuerdo. Sobre todo, en lo referente a la estructura de la primera y al final de la segunda. Algo similar me sucedió con El origen (Inception, 2010).
Aunque no resulta nada nuevo para quienes también disfrutamos la narrativa, Nolan utiliza de una manera peculiar dentro del cine hollywoodense la estructura de cajas chinas, también llamada de muñecas rusas. Se supone que en El origen, por aquello de la calderoniana referencia "la vida es sueño y los sueños, sueños son", Cobb (Leonardo DiCaprio) liderea a un grupo de rateros que se meten en el sueño de algún gran empresario para robarle sus ideas previo pago de alguna corporación rival. Al ver la misión desmoronarse, la víctima (Ken Wanatabe) le hace una contraoferta para implantar una idea en la mente del heredero de un imperio corporativo (Cillian Murphy). El premio para el protagonista será recuperar a sus hijos. Cobb arma el equipo de colaboradores que incluye los rostros de Joseph Gordon-Levitt, Ellen Page, Tom Hardy y Dileep Rao. Para implantar la idea tendrán que descender a diferentes niveles de sueño (detonar un sueño dentro del sueño) y así no hacer evidente su labor. Pero en el inconsciente de Cobb deambula el recuerdo de su esposa muerta (Marion Cotillard), fantasma siempre listo para arruinar la misión. Las apariciones de los veteranos Michael Caine, Tom Berenger y Pete Postlethwaite cierran el elenco.
Inception finalmente entretiene y no de una forma tan simplona que le haga al espectador avergonzarse de salir contento del cine tras haber visto una película comercial. Y quizás sea más efectiva entre quienes, como alguno de los personajes, se sienten más cómodos en el mundo de los sueños que en el de la realidad. Eso, después de todo es el cine.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=66TuSJo4dZM

Un autógrafo invaluable


Me encontré el autógrafo que acompaña este texto junto a un DVD de la película El estudiante de un tal Roberto Girault. Seguramente fue obtenido (quiero pensar que más bien dado) en alguna conferencia impartida por el actor Jorge Lavat, en un ciclo que le sacaba provecho al éxito taquillero de dicha cinta. La mera verdad no tuve el valor para ver El estudiante. La puse en el aparato y le echaba un ojo de vez en cuando mientras trabajaba en la computadora. Creo que esa atención a medias es todo lo que se merece esta cursilería.
La película es sobre un señor ya jubilado que decide retomar los estudios en una universidad de Guanajuato (el largometraje parece comercial turístico y preciosista para anunciar este estado). La primera risa que me arrancó El estudiante fue ver al personaje sonriendo como imbécil durante un discurso del rector de la universidad ya que está ansioso por emprender sus estudios. La risa se volvió horror al verles entre las manos a estos títeres de la ficción un ejemplar del Quijote. Títeres que el propio Alonso Quijano habría decapitado en su locura. Por supuesto, en un principio los jóvenes a su alrededor miran al viejo con sorna. Pero como ésta es una ñoñería digna de la época de dizque oro del dizque cine mexicano, pronto los jóvenes serán conquistados por la amabilidad del señor. En el colmo del moralismo y la mochez, habrá por ahí hasta un aborto impedido. Claro, el inseminador no fue el señor protagonista. Claro que no. Sino un maestro pasado de lanza. O al menos creo que así fue. El señor queda viudo. Lágrima obligada. Y al final entre tanta melcocha y empalague ya no alcancé a ver la conclusión del filme. Importa poco.
A continuación, una lista de personas susceptibles a caer en el encanto de la película El estudiante: diabéticos suicidas, venerables ancianitos en la tercera edad o en la plenitud o en la mayoría de su adultez o en el último eufemismo vomitado por los medios de comunicación en ese renovado afán por no decirles de frente "viejos", señoras altamente sensibles a las altisonancias y a las escenas de sexo que ya son lugares comunes tanto en el bueno como en el mal cine mexicano contemporáneo, personitas que no leyeron o que leyeron muy por encima el Quijote y que retienen en su ingenua trasnochez el concepto romántico de la novela o aquéllas que supeditan dicha lectura al pernicioso musical Man of La Mancha. Por último, fanáticas de don Jorge Lavat.
Definitivamente, un autógrafo invaluable.

Bajo su propio riesgo, el avance: http://www.youtube.com/watch?v=f54gll_dWJo Con sólo leer los comentarios puestos debajo del avance en YouTube por los usuarios se comprueba el nivel que tenemos en cuanto a apreciación cinematográfica se refiere. No se diga en cuanto a ortografía. Es eso o quizás yo esté muy mal. Quién sabe. Ah, para rematar, en la escuela de la Y me están pidiendo que les lleve un DVD de El estudiante para ponérselos a los alumnos de español. Viva el club de los optimistas.

domingo, 8 de agosto de 2010

El estreno mexicano de Un profeta


Por fin. Después de muchos cambios en su fecha de estreno, llegó Un profeta de Jacques Audiard a territorio mexicano. La cinta se estrenó el viernes pasado en corrida comercial. Por supuesto, solamente en la Ciudad de México. Con cero publicidad y en dos salas de cine. En programas de espectáculos se anunció el estreno; pero absolutamente nadie ha hecho un comentario sobre ella. Y ésta es la mejor película que se verá en este año aunque la crítica cinematográfica vendida diga lo contrario. ¿Llegará algún día a las salas de Torreón? No creo. Casi al mismo tiempo el reciente crédito del francés Audiard se estrena en DVD, región 1, en Estados Unidos y Canadá. Como se aprecia en la imagen, mis hermanas me la trajeron del otro lado precisamente el viernes pasado. Tercera vez que la veo y mi buena opinión de ella no ha cambiado en lo más mínimo. La reseña completa a este filme se encuentra aquí. Si llega a Torreón, hay que correr a verla.

sábado, 7 de agosto de 2010

Porquerías que vi de chiquillo (III): Bienvenidos a Candleshoe


Pues dejé de actualizar el blog porque la semana pasada entera estuve dándole a un proyecto de la UQÀM que, por poderse realizar a través de Internet, saqué adelante desde aquí, desde mi querido Torreón. Tras esta nota rápida va entonces el articulito nostálgico:

Bienvenidos a Candleshoe
La tapa de plástico del videodisco -ésa que reproduzco en la imagen de al lado- tal vez se gastó de tanto que entraba y salía del ahora extinto aparato marca RCA que reproducía el formato igualmente extinto y ya rebasado hace años por el DVD. Quiero pensar que así fue. Porque aquel niño de nueve o diez años no se cansaba de ver la dichosa película de los enajenantes estudios Disney.
Candleshoe. Sí, me acuerdo de Candleshoe. De cómo la llave para entrar a esa mansión inglesa era silbar la canción tradicional "Greensleves" y fingirle cariño a dos muñequitos de peluche. Eso basta para que le digan a uno: "Bienvenido a Candleshoe". Candleshoe, donde las chimeneas eructan una y otra vez ceniza sobre brujas perseguidoras de niños. Candleshoe, el ring para la perversa lucha en lodo de dos (o hasta tres) niñas pre-adolescentes. Candleshoe, con el gran David Niven por mayordomo. Por chofer, por jardinero, por visita ocasional. Candleshoe, relectura moderna de El príncipe y el mendigo y La isla del tesoro.
Candleshoe (1977), antes de todo lo anterior, era además de esas películas setenteras de Disney con actores de carne y hueso de las cuales, imagino, Kurt Russell fue el rey. En la trama simplona de Candleshoe, Jodie Foster era Casey, una niña huérfana, de la calle, delincuente y marimacha (¿Jodie Foster marimacha? ¿Quién lo hubiera pensado?) de Los Ángeles que al comienzo de la cinta es casi secuestrada por dos cazafortunas (Leo McKern y la hermana inglesa de Vitola) para así fingir ser la nieta perdida de lady St. Edmund (Helen Hayes) porque se supone que en la mansión de esta tierna viejecita está escondido el tesoro de un pirata. Pronto la niña es llevada de Estados Unidos a Inglaterra, entrenada para hacerse pasar por la nieta de la señora y finalmente presentada en Candleshoe. Aunque en principio la venerable lady y Priory (David Niven), el mayordomo, la ven con desconfianza; Casey pasa las pruebas y con sólo silbar "Greensleeves" demuestra su identidad con la subsecuente lacrimógena bienvenida por parte de la ancianita. A partir de este momento, debe descubrir una serie de pistas que la conduzcan a ella (y en especial a la pareja de pillos) al baúl donde se esconde el tesoro.
Sin embargo, no serán pocos los obstáculos para lograr la misión. Para empezar, cuatro huérfanos más que fueron adoptados por lady St. Edmund y que resienten la llegada de Casey a Candleshoe. Especialmente, las dos niñas: Anna y Cluny. Con ésta Casey se liará a golpes en tremenda lucha grecorromana. Y esto porque la nobleza de la lady sólo se traduce en títulos y no en fortuna. El mayordomo debe disfrazarse de jardinero, chofer y visita ocasional para que su patrona no se entere del peligro que corren tanto la propiedad como los huérfanos a los cuales adoptó. Por eso, los niños deben cooperar y al no hacerlo Casey se desata la ira de Cluny. Otro obstáculo para llevar a cabo el cometido será el cariño que poco a poco Casey sienta hacia su nueva familia. Pronto la infiltrada se volverá contra quienes la enviaron a la mansión y todo terminará en graciosa persecución de los bandidos contra los chiquillos. Y la hermana negada de Vitola terminará dentro de la chimenea y bañada en ceniza en más de una ocasión. El final, claro, lo sabemos. Candleshoe se salva con el tesoro descubierto, los buenos ganan y Casey se queda como una huérfana más bajo la bondad protectora de lady St. Edmund. Todo muy bello, higiénico, jocoso y medianamente entretenido. Quién tuviera una abuelita como Helen Hayes. Ah, Clandleshoe, qué difícil es dejarte de nuevo.

-Candleshoe (1977). Dirigida por Norman Tokar. Protagonizada por Jodie Foster, Helen Hayes, David Niven y Leo McKern.

Un avance de antaño: http://www.youtube.com/watch?v=bSxbnnZ4IzE&NR=1
No gaste ni un céntimo en esta porquería de los estudios Disney. Entretenga al escuincle interno gratis antes de que los ángeles alados de los derechos de autor se lo impidan porque está enterita en YouTube comenzando con este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=lXyjFSFXdKM