domingo, 31 de octubre de 2010

Sobre Miel de maple


Empecé a escribir ficción a los catorce años con toda la ingenuidad del mundo a cuestas. Aunque en mi joven mente de aquel entonces anhelaba algún día ser publicado, no supe lo que eso implicaba hasta los veinte. Luego de ver mi nombre encabezando un texto en un medio impreso, la ilusión se dirigió hacia el día en que por fin publicara un libro de ficción. Cuando regresé de Calgary a Torreón en el año dos mil, aquello, de forma muy extraña y todavía más contradictoria, empezó a materializarse. Me integré de nuevo al taller literario que coordinaba Jaime Muñoz en la UIA y con el impulso que me daba saber que tendría un grupo de lectores que después se convertirían en buenos amigos logré escribir un libro de cuentos en cuyo centro medular se hallaba la relación México-Canadá. Fueron doce textos escritos de octubre del año dos mil a marzo de dos mil dos. Todos se encuentran en el libro titulado Miel de maple. Pensaba escribir un texto más largo al respecto al cumplirse diez años del inicio de la confección del libro; pero prefiero dejar el enlace a las presentaciones de Jaime Muñoz y Daniel Lomas que fueron leídas el día de la presentación, el lunes diecisiete de agosto de dos mil nueve. Un agradecimiento especial va para Jaime por haber creído desde el principio en el libro.

http://rutanortelaguna.blogspot.com/2009/08/historia-de-miel-de-maple.html

viernes, 29 de octubre de 2010

Ya para qué, de nuevo


Se acaban de estrenar en Torreón El escritor fantasma de Roman Polanski y Los hombres que no amaban a las mujeres, basada en el primer libro de la trilogía best-selleriana del sueco Stieg Larsson. Una más interesante que la otra. La reseña de la de Polanski está aquí. La de la trilogía sueca, está acá. Nótese la fecha en que hice el articulito sobre The Ghost Writer. Sin comentarios.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ya para qué


A continuación algunas fechas que hablan por sí mismas sobre El secreto de sus ojos (2009) de Juan José Campanella.
Fecha de estreno en Argentina, su país de origen: el 13 de agosto de 2009.
Fecha en que ganó el Óscar a mejor película en lengua extranjera: el 7 de marzo de 2010.
Fecha de estreno en Estados Unidos: el 16 de abril de 2010.
Fecha de estreno en Canadá: el 23 de abril de 2010.
Fecha de estreno en México: el 28 de mayo de 2010.
Fecha de estreno en formato DVD en Canadá: el 21 de septiembre de 2010.
Fecha de estreno en la ciudad de Torreón, Coahuila: el 15 de octubre de 2010.

jueves, 14 de octubre de 2010

Porquerías que vi de chiquillo (V): Feliz cumpleaños para mí


Claro. El tema obliga. En la semana de mi cumpleaños nada más pertinente que hablar de esta porquería fílmica y ochentera que presenta más de una sorpresa y mucho sin-sentido. No recuerdo específicamente cuándo la vi o si de veras estaba tan chiquillo cuando lo hice. Lo que sí es cierto es que a partir de los ocho años ya manejaba yo todas (y cuando digo todas son todas) las convenciones de las slasher movies tanto como para recrearlas montando con infantiles títeres obras de teatro con títulos como "Muerte en Japón" o "Noche de brujas". En ellas gran parte de mi colección de títeres terminaba apuñalada, estrangulada o incluso mutilada por algún misterioso asesino. Luego montaba las obras frente a los azorados ojos de mis padres. Digamos que era un niño algo precoz y, si hubiera crecido en algún país del primer mundo donde son tan paranoicos, me habrían tenido clasificado como una amenaza latente. Ésta entonces fue una más entre las muchas slasher movies que se pusieron de moda por su efecto taquillero a finales de los setenta y principios de los ochenta.


Que los cumplas feliz
Dependiendo de la versión del DVD que se tenga a la mano este sangriento bodrio comenzará ya sea con una música de piano llena de suspenso o con una alegre reminiscencia del a-punto-de-la-putrefacción disco. La canción de salida, en cambio, sí hará referencia al tema de la película aunque no dejará de ser inquietante. Mientras los créditos finales corren, una voz femenina, aguda y escalofriante cantará entre otras frases “no los necesito”, “¿puedo apagar las luces?”, “¿puedo cortar el pastel?” y la ya clásica “feliz cumpleaños para mí”. Así es. Nada traumatiza más que un cumpleaños de la infancia arruinado (si lo sabré yo) y ese trauma es suficiente para años después detonar una serie de asesinatos, todos ellos muy diferentes y variados para deleite del hambriento espectador. Si ya había habido slasher movie sobre el Halloween, el día de San Valentín, la graduación y quién sabe cuántas otras fechas festivas más sólo faltaba la del cumpleaños (años después Eli Roth nos haría ver que también faltaba la del día de Acción de Gracias). Así, durante la entrada de Feliz cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me, 1981) de J. Lee Thompson, podemos apreciar a una bella joven salir de una residencia estudiantil. Si el sonido es el de la música disco no nos esperamos lo que sigue. Si es el del ominoso piano, ya estamos alertas.


La mujer silenciosa
Feliz cumpleaños para mí es la slasher movie donde se agotaron casi todas las formas para matar. Ya el cartel nos promete seis de los más extraños homicidios y, sobre todo, nos pide rezar para que no seamos invitados a esta mortífera fiesta. El de Bernadette O’Hara será el primer asesinato. Bernadette estudia en la Academia Crawford, una prepa no para nacos Cachunes mexicanos de Televisa sino para la crema y nata de lo que parece ser Nueva Inglaterra. Para colmo de exclusiones dentro de esta elite hay otra: la de los “top ten” (“los diez más”) de Crawford, un grupo de niños mimados —hijos de embajadores, políticos y empresarios— a los que también pertenece esta chica de bufanda harrypotteresca (esto, obvio, antes de Harry Potter). La noche todo lo cubre y cuando la música nos anuncie el peligro inminente una correa de cuero se le enredará a Bernadette haciéndola chillar y caer al suelo. Al levantar la mirada se encuentra con un perro rechoncho bautizado adecuadamente Winston (quizás por aquello de su parecido con Churchill) y por encima del animal, al otro extremo de la correa, se halla el severo rostro de la directora de la academia, la señora Patterson. Tras el susto Bernadette le explica a la mujer que va a reunirse con sus amigos, “los diez más”, en la taberna del pueblo. Una vez en su auto y sola, el asesino o la asesina ataca sin piedad tratando de estrangularla. Bernadette es bastante lista como para escaparse del auto. Pero, lo sabemos ya por las convenciones del género, no es tan lista como para salvar el pellejo. Al huir se encuentra con alguien conocido. Viene el típico “ah, eres tú, ¡ayúdame, por favor!” sólo para percatarse de que su amigo o amiga convenientemente bajo la sombra del anonimato blande una navaja de barbero. En lugar de reaccionar poniendo pies en polvorosa, Bernadette desorbita los ojos y permanece boquiabierta frente al brillo de la navaja como esperando quieta y resignada el degüello que tarda sólo un segundo, lo suficiente para taparnos los ojos y estremecernos. En una brillante asociación de ideas la cámara nos lleva hasta la taberna llamada “La mujer silenciosa”, taberna cuyo emblema es sin duda la más silenciosa de las mujeres del mundo: una mujer sin cabeza.


Broma de los Cachunes gringos
Dentro de la taberna un grupo de viejos borrachos canta la canción más choteada de las borracheras gringas (aquélla de las botellas de cerveza en la pared) arruinándoles la diversión a “los diez más”. En ese momento aparece ni más ni menos que la hija ciega de “Los pioneros”, Melissa Sue Anderson, que aquí no será Mary Ingalls sino Virginia Wainwright. Y, claro, Virginia también será virgen. Por lo que se intuye esta rubia de ojos azules fue la última en integrarse al exclusivo grupo. Los adolescentes (representados por veinteañeros ya algo pasaditos como en Vaselina) son indistinguibles unos del otro. Hay muchos rubios de ojos azules, hay mucho narizón flaco. A excepción de Alfred, el nerd, el solitario, el lentudo y el que carga siempre con una ratita de laboratorio. La presencia de tan cochina mascota da pie a una broma de tremenda malditez contra los rucos briagos. Hipócritamente uno de “los diez más” (hijo negado de Quagmire de “Family Guy”) se disculpa ante el exabrupto de otro júnior y les ofrece a los borrachines una ronda más de cerveza. Con astucia digna de un zorro el muchacho echa la rata en el tarro del líder de los viejos provocando tremenda trifulca que termina en la graciosa huída de la versión gringa de los Cachunes. Ahí no termina la diversión. El pueblo cuenta con un puente levadizo con el cual los inquietos párvulos juegan a ver quién es el más gallina, quién no se atreve a saltar con su auto el puente mientras se levanta. Los vehículos arrancan uno tras otro (¿fue mi imaginación o una de las placas de los coches era de la mismísima “belle province”?). Alguno se quedará en el camino. Aquel en el que viaja Virginia (cariñosamente Ginny para sus cuates) saltará causándole a la pasajera un ataque de histeria que deja a sus amigos perplejos. Ginny grita “¡madre!” sobre el puente levadizo y nos persuade con una de sus muchas miradas perdidas, de aquéllas que repartió generosa y con tanta genialidad histriónica en la serie “Los pioneros”. La figura de una llorosa Ginny desaparece en el bosque. ¿Su destino dentro de esas tinieblas? Sí, claro. Tenía que ser eso: la tumba de Mamá. Y por supuesto alguien la sigue y la observa. Bien puede ser el asesino o la asesina o bien puede ser el mirón francés Etienne Vercures que en un descuido de la pobre Ginny se introduce en su habitación estableciendo sin duda un antecedente para el David Lynch de Blue Velvet. Pero (¡oh, decepción!) ésta es una slasher muy pudorosa (a lo mucho PG-13) donde lo más que logran atisbar los nerds mirones es un destello de brasier. Sería el pudor del cineasta o sería que la virginal Melissa Sue Anderson no podía enseñar las chichis por temor a no vivir más en la casita de la pradera con su papá ficticio Michael Landon. Al final el pervertido Etienne sólo logra llevarse los calzones de Mary Ingalls no sin antes meterle un buen susto a la muchacha.


¿Neuronas regeneradas?
Ginny corre al lado de su mejor amiga Ann Thomerson por los jardines de la academia y luego por los pasillos. ¿Estaré alucinando? No sé qué me pasa; pero los edificios de la ínclita Academia Crawford me resultan familiares y no sólo por haber visto la película de chiquillo. ¿De dónde sale este inusual déjà-vu? La directora Patterson les anuncia, una vez que las impuntuales se incorporan a la clase de biología, que Bernadette O’Hara ha desaparecido. Estratégicamente sentados al frente de la clase se hallan “los diez más” a quienes la desaparición de su amiga Bernadette parece importarles muy poco pues tan pronto continúa la clase de biología con un profesor de acento francés uno de los inquietos párvulos le hace una pueril bromita al catedrático. Con unas ancas de rana que se mueven gracias a la corriente eléctrica, Ginny vuelve a otorgarnos otra mirada perdida con flashback incluido. Es el recuerdo de una operación del cerebro, un intento de regeneración de neuronas que concluye con la balbuceante frase de una Ginny pelona, pálida y vendada: “mi… mi cumpleaños”. Eureka. Por fin la palabra clave que da título a la película. Aquí debe haber una pista para resolver el enigma de la degollada. Termina el flashback y aparece el veterano Glenn Ford en el papel del doctor David Faraday, un señor muy propio que intenta ayudar a Ginny a recordar lo sucedido antes del accidente en el que muriera su madre.


El mirón moto-idiota
A continuación la pandilla de rickyricones se reúne en una emocionante carrera de motocross (como que estaban de moda en los ochenta) para apoyar a Etienne, el hijo del embajador francés y quien días antes se robara sin problema alguno los calzones de Mary Ingalls, tan ciega aquí como en “Los pioneros”. Hay muchos vítores, excitación, aplausos y apuestas. Al final el mirón moto-idiota gana la carrera y le presume su buena suerte a la virginal pero igualmente deseosa Ginny. ¿Y a qué se debía la tal buena suerte?, se atreve a preguntar la ingenua niña. Pues a que el cochinón franchute traía los calzones de la susodicha junto a su caluroso corazón. Aunque Ginny finge rabieta ante el descaro del patético Don Juan, todos acuerdan encontrarse esa noche en la taberna para la celebración de la victoria. Eso a pesar de prohibírselos la señora Patterson después de la trifulca con los rucos borrachines. Qué rebeldes. Etienne —primer sospechoso del asesinato de Bernadette por andar espiando mujeres— no sabe que al presumir el robo de los calzones de Rosita Fresita acaba de firmar su sentencia de muerte. ¿O no es así? Corte a la cámara que va viajando amenazante hacia una cochera. Pronto veremos parcialmente a la persona cuya perspectiva antes tuvo la cámara. La veremos mientras baja unas escaleras: es una figura espigada exenta de caderas femeninas, lleva pantalones y suéter negros así como tenis blanquísimos. La figura se va acercando con lentitud hacia el francés que limpia las ruedas de su moto haciéndolas girar sin darse cuenta de la presencia acechante. Sólo a un pelmazo de primera se le ocurre realizar la limpieza de su moto con bufanda harrypotteresca al cuello pues con la mínima acción de una mano vengadora y enguantada la cara le queda al franchute muy poco presentable. Cero y van dos.


Santa Bernadette la Bautista
Una vez muerto Etienne, las sospechas recaen en el cerebrito solitario, Alfred Morris. El mismo que casualmente le echara ojos de pistola al ladrón de calzones al final de la carrera de motocross. Ginny y Ann van a buscarlo a su guarida después de que el ganador de la carrera dejara a "los diez más" plantados en la taberna. Las dos metiches se introducen en la guarida sólo para descubrir maniquíes y muchos otros utensilios propios de un especialista en efectos especiales para película de terror. El cineasta que lleva el timón de esta cosa hace reflexiones meta-cinematográficas. Las miradas se fijan en cierto bulto cubierto con un trapo, un bulto con forma de cabeza sobre una charola salpicada por lo que parece ser sangre. ¿Será la cabeza de Bernadette? El chillido estridente lo confirma una vez descubierto el bulto. No es Salomé sino Santa Bernadette la Bautista. ¿Aquí terminará la tortura? No, claro que no. Alfred llega y descubre a las metiches. Su expresión fría parece confirmar las sospechas de que él es el asesino. Falsa alarma. Se hace la luz dentro de la guarida de Alfred y aquello que a oscuras semejaba ser una cabeza humana se convierte lógicamente en la de un maniquí. Tal vez a este director le gusta hacernos trampa. Y Alfred podrá ser raro; pero no tanto como para escabecharse a alguien. ¿O sí? A la mañana siguiente y con otro desaparecido notable en la lista, comienza a girar la rueda no de una moto sino de la dirección de la Academia Crawford para no ver su reputación machada por el lodo. “Los diez más” son llamados a la oficina de la directora, con un perro Winston muy quietecito en cuatro patas sobre una silla, para averiguar si no hay huída de dos amantes de por medio en todo este asunto. Fuera de los dominios de la Cancerbera, Ann y Ginny intercambian impresiones sobre el interrogatorio. Ahí están otra vez los edificios de la Academia Crawford. ¿Dónde los habré visto antes no en tecnicolor sino en vivo y en persona? En otra vida tal vez.


En las gónadas no, por favor
Saliendo de la proyección de una película, es de noche y se da un connato de pelea entre dos indistinguibles de “los diez más”. Tal vez los más narizones. Con las dos ausencias, la unión del grupo empieza a desmoronarse. Corte a una sombra sobre el cofre azul de un auto de lujo. El o la homicida de privilegiados no les da tregua. Greg Hellman, un émulo de Rocky Horror, levanta pesas a mitad de la noche para marcar sus pectorales. “Ah, eres tú”, afirma al notar a la sutil presencia. Greg es muy cuidadoso al no decir el nombre de la persona como lo haría cualquiera en la realidad. Pero ésta es la ficción de la slasher movie. Hay que mantener el suspenso lo más que se pueda. Greg le pide a la sombra aumentar el peso de la barra. La sombra obedece. Pero para Greg el peso no es suficiente. Él levanta mucho más. Es muy machote. A la sombra se le pasa la mano y para colmo la muy bromista le retira los soportes de la barra. Sí, eso le parecerá a Greg una jugarreta algo cruel. No seguirá pareciéndole tal cuando la sombra pasada de lanza tome una pesa y la suspenda sobre los testículos del muchacho. Auch. Con el impacto contra sus gónadas, el ex fortachón ora sí suelta la barra. Bastó con darle al macho donde más le duele. La barra se impacta sobre su cuello y como si fuese un arma punzocortante vemos chorros de sangre. De los diez que tenía, como rezaba la canción infantil, nada más me quedan siete, siete, siete.


Academia Crawford, en vivo y en persona
La escena de la carrera de motocross se repite casi idéntica en un partido de futbol. Alfred y el bromista Rudi (el hijo negado de Glenn Quagmire) salvan el partido. Rudi se acerca a Ginny para darle celos a otra indistinguible y se la lleva al campanario. Después de una imitación desastrosa de Cuasimodo, Rudi saca un cuchillo. Oh, no. La impoluta Ginny está en peligro. Hay derramamiento de sangre. La cuerda de una campana es cortada. No hay cadáver. Pero sí una Ginny muy perturbada que acude donde el doctor Faraday con los recuerdos de una operación del cerebro. ¿Será que la angelical Ginny es una demente? No siendo la protagonista. Ya una vez Hitch mató a la protagonista a la mitad de la película. ¿Será que J. Lee Thompson se atreverá a convertir a su protagonista en la asesina? De vuelta en la Academia Crawford y con tres desaparecidos de alto perfil, interviene la policía. Además, nadie encuentra a Rudi, nuestro fallido Cuasimodo. Se habla de un descubrimiento funesto en los jardines de Crawford. Pronto se forma una multitud alrededor de los policías que desentierran un cráneo. El doctor Faraday interviene develando la procedencia de la calavera: el departamento de ciencias de Crawford. Risas de alivio. Rudi reaparece en la biblioteca frente a Ginny al estilo de la gran Susana Dosamantes en Más negro que la noche. Sólo que aquí Rudi está vivo. Todo fue una gracejada más del bromista. Ginny se tranquiliza. Y para mí se hace la luz. Finalmente reconozco en los edificios de la Academia Crawford al campus Loyola de la Universidad Concordia. El sitio IMDB me lo confirma. Esta joya del cine canadiense se rodó en Montreal. Qué orgullo. Si alguien me hubiera dicho que iba a terminar algún día dando clases (y sólo por un año y medio… gracias, querida Concordia) en la Academia Crawford no lo habría creído.


Sorprendente visita al cementerio
Hasta aquí las sospechas han recaído en Etienne, Alfred y Rudi. Todos quizás con una figura adecuada ya que la sombra no tiene caderas y parece bastante flaca. Pero a continuación el director nos tiene preparado un giro de tuerca de lo más tramposo. Después de fumar mota junto a la alberca y besar a Rudi, Ginny sale despavorida después de que una de sus amigas indistinguibles finge ahogarse. De nueva cuenta, como siempre que alguno de sus recuerdos se detona, la joven va a visitar la tumba de su madre. Otra vez, alguien la sigue. Con parsimonia vemos a Alfred acercarse a Ginny mientras ella está de espaldas. Sentimos el peligro. Algo trata de extraer de su bolsillo el nerd. En eso, sin aviso, Ginny reacciona y le clava unas tijeras en el estómago. En el bolsillo de Alfred sólo había una florecita blanca. Sorpresota. Así que Melissa Sue Anderson es la hercúlea asesina sin caderas que carga pesas, lleva y trae cadáveres sin ayuda alguna. Tal vez esta muerte fue en defensa propia. Tal vez Ginny pensó que Alfred era el asesino. Lo cierto es que a la mañana siguiente no parece recordar nada. Como si las neuronas regeneradas hubieran dejado de funcionarle. Su padre se va de viaje de negocios a Caracas. Ella le recuerda con pucheros que el domingo es su cumpleaños. Él le promete estar de vuelta para entonces. Más te vale, Papacito, o quizás te arrepientas.


Abre la boca y di AAARRRGGGHHH
Los que quedan de “los diez más” acuden a una disco party en el gimnasio de la academia. Ginny, con la ida de su padre, se quiere liberar de ataduras y para eso se hace un chongo bien apretado. Está que no se aguanta. No más hacerle honra al nombre de Virginia. La muy zorrita llega de la mano de Rudi y termina abrazada a Steve Maxwell. Ahora que ha muerto Alfred, ya sabemos que Mary Ingalls es una homicida despiadada y muy contradictoria porque termina matando a todos sus pretendientes. Con promesas incitantes y nada propias para una niña tímida, Ginny lleva a Steve hasta su casa y le prepara cual cocinera internacional shish-kebab. Steve come de esa carne ensartada en brocheta y se nota que quisiera devorar la de Ginny. Darle el control de una brocheta puntiaguda a una loca de atar no es buena idea. Steve lo comprueba cuando siente clavarse el pico de la brocheta en el fondo de su garganta haciéndole réplica al famosísimo cartel de la película, cartel por cierto donde Steve no era Steve sino John. Otro pequeño error de la producción que se suma a los muchos incluidos en esta preciosura ochentera.


Bajo el agua
A la mañana siguiente Ann, la mejor amiga de Ginny, visita la casa de los Wainwright para saber qué ocurrió con Steve. Otra vez Ginny se hace la desmemoriada. Le avienta las llaves a Ann desde el segundo piso para que entre mientras ella se baña. Bajo la regadera (como si no hiciera lo mismo todos los días) Ginny retorna por fin al día del accidente, al día en que el auto en el cual viajaban ella y su madre cae (cuatro veces por si no nos quedó claro y la última inconsistente con las otras tres) del puente levadizo. La madre muere ahogada. Ginny se salva pero no sin antes pegarse tamaño chingadazo en la cabeza contra un inoportuno barco que pasaba en ese momento. Sin embargo, todavía no sabemos por qué razón la mamá de Ginny iba tan alterada aquel día. Al regresar del trance Ginny descubre a su amiga Ann ahogada en la bañera como si se hubiera repetido la tragedia de su madre. El grito más estridente y desgarrador de las cuerdas vocales de Mary Ingalls no se hace esperar.


El berrinche de Mamá
Con la desaparición de Ann, el cerco de la policía se cierra sobre Ginny. Para defenderla y para por fin revelarnos la verdad, se encuentra el doctor David Faraday. Ginny está convencida de que ha matado a Ann; pero ante la ausencia del cadáver Faraday alega que de seguro todo ha sido una alucinación. La lógica de todo este berenjenal está cada vez más deteriorada. El recuerdo se completa sin mucha justificación: algunos años atrás Ginny logró ingresar en la Academia Crawford. Su madre era entonces una nueva rica que albergaba resentimientos sociales que la llevaron a presionar a su hija para formar parte del grupo que después sería el de “los diez más”. El día del cumpleaños de Ginny la madre pensaba que seis alumnos de Crawford estaban invitados. Son, obvio, los que en el presente de la ficción han muerto. Sin embargo, ninguno de los seis hacía a Ginny en el mundo. Viene el berrinche de Mamá. Su hija merece que los hijos de la crema y nata asistan a su fiesta. Para acabarla de amolar Papá anda de viaje de negocios. Ginny le informa a su madre que ya todos estaban invitados a otra fiesta en casa de Ann Thomerson. Hasta allá va la furibunda señora para exigir que dejen entrar a su hija. Pero un empleado del señor Thomerson, detrás de una reja y bajo la lluvia, le recuerda a la señora que nunca dejará de ser quien siempre fue. Sea eso que fue lo que haya sido. Ah, las insalvables diferencias entre clases sociales que todo lo arruinan. Acaba el flashback y si el buen doctor Faraday ya lo sabe todo también debe morir. Sobre él cae un atizador mágico que con un golpe salpica de sangre una habitación entera.


Las dos Virginias
Por fin llega la hora de la necrofílica fiesta que el cartel de la película tanto nos prometió. Y estamos invitados. Qué emoción. Al menos a la fiesta de Ginny no estuvieron invitados todos “los diez más” porque entonces esto habría durado tres putas horas. Papá cumple su promesa, regresa de su viaje a tiempo y encuentra a Ginny con seis de sus amiguitos muertos y su madre desenterrada frente al pastel de cumpleaños. Sólo falta darle un cortecito en la yugular a Papá (“¡Bastardo!”) para que no desentone con la palidez del resto de los invitados. Cuidado, queridos espectadores. El director, tan chapucero él, tiene un as bajo la manga. De súbito, de entre los invitados y en el lugar donde debería estar Ann la ahogada, revive otra Ginny, otra Mary Ingalls, otra Melissa Sue Anderson. Claro. Eso lo explica todo. El hecho de que existan una gemela buena y una gemela mala podría justificar los cambios en Ginny, sus constantes desmemorias, las lagunas mentales. Pero a don J. Lee Thompson no le gustan las salidas fáciles. Nos va a dar una solución tan descabellada como todo lo que hemos visto hasta este momento. Luego de un forcejeo digno de dos niñas de pre-primaria, una de las Virginias le arranca la cara a la otra. Bajo esta máscara de tan perfecta confección se ocultaba Ann Thomerson. Solución final: Ann y Ginny son medias hermanas, Ginny es hija bastarda del señor Thomerson, Ann culpa del divorcio de sus padres a la madre de Ginny (“¡Una maldita puta!”), Ann planeó todos los asesinatos para que las sospechas recayeran en la loquita de Ginny. ¿Cómo consiguió Ann una máscara que imitara a la perfección el rostro de Ginny? Muy fácil. Alfred se la hizo. ¿Cómo pudo sustituir a Ginny en sus encuentros asesinos con Alfred, Steve y David? Muy fácil. Cloroformo al por mayor. Lo que el último grito en máscaras y mucho cloroformo hacen en las manos de una gordita caderona.


¿Puedo cortarte el pastel?
Ahora sólo falta fingir el suicidio de la desequilibrada adolescente Virginia Wainwright. Ya que se acabe esto, por favor. En otro forcejeo de niñas de pre-primaria Ginny logra salvarse por un pelito de rana calva, reza el lugar común, clavándole el cuchillo para cortar el pastel a su resentida media hermana. Sin embargo, lo hace con tan mal timing que la policía llega un segundo después del hecho. Literalmente un segundo después. Al final la perversa fanática de la armonía familiar, Ann Thomerson, se sale con la suya. Quién les puede reprochar a los policías si culpan de todo ese horror a la bobita que canta “Feliz cumpleaños para mí”. Abajo el telón. Esta porquería llegó a su fin.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=OEalmOJsvM0
Compruebe con sus propios ojos el horror sin gastos superfluos. Sí, está enterita en el YouTube empezando por este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=YGa9xWNW0gc

miércoles, 13 de octubre de 2010

Segundo nombre


Y gracias al señor de la imagen que acompaña esta entrada y gracias a que en el santoral venía su nombre el día siguiente al de mi nacimiento, el 13 de octubre, me llamo también Eduardo. Bueno, por lo menos no fue el sobadísimo Miguel Ángel. Por lo menos.

martes, 12 de octubre de 2010

35


Hoy llego a los treinta y cinco. Sólo se admiten felicitaciones con regalo de mínimo cien dólares de por medio. Porque para recibir regalos era para lo único que valían la pena los cumpleaños. Sí, soy materialista. ¿Y qué?

PD Feliz día del descubrimiento de América... Perdón, perdón. Feliz día de la raza... Perdón, perdón... Feliz día de la hispanidad.

viernes, 8 de octubre de 2010

Otro año más de placer absoluto


De las veintitantas reseñas que envié a la revista Espacio 4, ésta es la última que me queda por subir al blog. La escribí en octubre; pero hace tres años. A continuación el texto:

El musical es un género que no admite tibiezas. O se le adora o se le detesta. No existe el justo medio frente a una película perteneciente a dicho género. A veces, las reacciones pueden iniciar con un rechazo rotundo y transformarse paulatinamente en una obsesión denigrante para el espectador. Como si las canciones se convirtieran en la forma más perversa de propaganda que, con cada coro repetido, va introduciendo su veneno en la sangre, aun en la del más reacio. Así le ocurre a una cinta que ya se ha convertido en un clásico de culto dentro del territorio estadounidense —y más allá de sus fronteras— para festejar la noche de brujas y que, en un principio, fue ignorado tanto por el público como por la crítica: El show de terror de Rocky (The Rocky Horror Picture Show, 1975). Dicho sea de paso, el largometraje dirigido por Jim Sharman llega fuerte y con buena salud a los treinta y dos años gracias al extraño —tanto o más que su línea argumental— fenómeno de masas que se ha derivado del filme, gracias a los fanáticos que lo mantienen vivo.
Originalmente concebido como un musical cuyo nacimiento se da en la mente de Richard O’Brien —quien interpreta a Riff Raff en la versión cinematográfica— y alimentado por un sinnúmero de influencias que salen a la luz con la canción “Science Fiction / Double Feature” (“Un relato bien extraño y muy pasado” en la versión en español del musical), El show de terror de Rocky plantea en un inicio el punto de partida típico para cualquier cinta de horror de bajo presupuesto y efectos visuales hoy en día risibles. Sin embargo, desde la legendaria aparición de los labios rojos de la entrada, es notorio el juego paródico no sólo con este género sino además con las cintas de ciencia ficción, de monstruos y de súper héroes.
Brad (Barry Bostwick) y Janet (Susan Sarandon) constituyen una pareja de jóvenes sacados en directo desde la década de los cincuenta y sus aspiraciones se reducen a las de cualquier estadounidense de esa época: casarse, poseer una casa, tener una televisión y darle vida a un sartal de hijos tan mojigatos y ñoños como ellos. Luego de comprometerse, se quedan varados bajo la lluvia cerca de un lúgubre castillo camino a reencontrarse con el antiguo profesor de la universidad que los unió. Lo que ahí descubren va más allá de cualquier desbocada fantasía cinematográfica: un mayordomo jorobado (O’Brien) e involucrado más que fraternalmente con su hermana, una sirvienta pálida y despeinada (Patricia Quinn); una groupie aficionada al tap (Little Nell) así como un anfitrión y científico loco llamado Frank-N-Futer (Tim Curry), originario del planeta Transexual en la galaxia Transilvania, cuya única obsesión es crear al hombre perfecto por su musculatura, cabello rubio y bronceado: Rocky (Peter Hinwood).
Lo que en principio es sólo una experiencia voyeurista del nacimiento del hermoso Frankestein —con todo y sello de aprobación de Charles Atlas— así como de unas bodas nada tradicionales entre creador y criatura, se transforma esa misma noche en mordida del fruto prohibido cuando Brad y Janet sean seducidos en hilarantes escenas paralelas por el insaciable doctor travestido para quien sus mayores máximas son “entregarse al placer absoluto” y “no soñarlo, serlo”. Ni siquiera la oportuna entrada de aquel antiguo profesor de la universidad, el inválido doctor Scott (Jonathan Adams), logra salvar a la cándida pareja de caer en las garras de la inconmensurable lujuria pues incluso él terminará la velada con medias y en tacones. La combinación de tantos elementos dispares y estrambóticos no atrajo al incluso para entonces puritano público de Estados Unidos una vez que la película se estrenó en septiembre de 1975. Y, a pesar de tan mal preludio, El show de terror de Rocky es uno de los pocos filmes que en la actualidad puede presumir de exhibiciones ininterrumpidas dentro de algunas salas de cine de aquel país durante las últimas tres décadas. ¿En qué momento se dio tan radical vuelta de tuerca?
Es aquí donde entra la horda de fanáticos que conoció la película gracias a las funciones de medianoche, un circuito en donde se podía tener acceso a las anomalías más grandes del cine. Entre ellas, las de Lynch (Cabeza borradora), Waters (Pink Flamingos) y Jodorowsky (El topo). Fue entonces cuando pudieron comprobarse las artes persuasivas del musical y cuando se gestó uno de los fenómenos de masas más avasalladores originados por una obra fílmica. Pronto, quienes asistían a estas funciones, comenzaron a gritarles insultos a los personajes en la pantalla, a disfrazarse de ellos y, por último, a recrear escenas de la película frente a toda la audiencia sin ningún pudor. Así El show de terror de Rocky se convirtió en cinta de culto y en ritual de noche de brujas para ser realizado cada año. Del inframundo de la función de medianoche saltó con los años al mainstream, a la cultura popular y pronto su mensaje de liberación sexual se fue haciendo cada vez más inofensivo, se fue olvidando hasta el punto de que en los ochenta pudimos escuchar a los entonces niños de la banda Timbiriche cantando “El baile del sapo”. Incluso el convencional y risueño doctor Hibbert de Los Simpson se atreve a disfrazarse en los noventa de Frank-N-Futer.
No deja de parecer, a lo largo de los años, que la ingenuidad se hallaba en realidad del lado de los monstruos y los extraterrestres concupiscentes que pregonaban el placer sexual como la única fuerza redentora. Sobre todo, después de lo sucedido durante los ochenta con el SIDA. Sin embargo, es innegable el encanto que —notorio tras la segunda o tercera vista— reside en el retorcido humor, las pegajosas canciones y la mezcolanza de géneros cinematográficos. Y, a pesar de enarbolar como banderas la diversidad y la liberación, lo que esos labios rojos reflejan en su canto durante la entrada de la cinta es la nostalgia por un estilo fílmico sólo posible en el pasado. A final de cuentas, como en toda cinta (sea musical o no), la trascendencia es ahora sólo responsabilidad de sus espectadores, muchos de ellos de los más radicales y obsesivos que se han dado en la historia del cine.

El show de terror de Rocky (The Rocky Horror Picture Show, 1975). Dirigida por Jim Sharman. Producida por Michael White. Protagonizada por Tim Curry, Barry Bostwick, Susan Sarandon y Richard O’Brien.

El inicio con los ya legendarios labios sin cuerpo: http://www.youtube.com/watch?v=G5MHNvOVl8Y

jueves, 7 de octubre de 2010

¿Quién plagió a quién? (XIV)


Ahora que Pedro Picapiedra y su familia acaban de cumplir cincuenta años me pregunto: ¿quién plagió a quién? ¿Pedro Picapiedra a Homero Simpson? ¿O a Peter Griffin? ¿Éste a aquél o ése al otro? Hay quien dice que "Los Picapiedra" no es más que la versión animada del programa gringo de los años cincuenta "The Honeymooners". Quién sabe si algún día logre disipar esta duda de tanta trascendencia para un tele-adicto como yo.

Por fin

Vargas Llosa es Nobel de Literatura. Merecidísimo.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Agoreros y nerds al ataque


Nomás empezó el otoño y ya los agoreros lambiscones del premio Óscar se dan a la tarea de perfilar la cinta Red social (The Social Network, 2010) como contendiente para la mejor película (hollywoodense). Como si en los países civilizados los candidatos a un puesto de elección popular comenzaran a armar su grilla dos o tres años con anticipación. Pero ni modo. Se sigue un programa establecido y después de los bodrios veraniegos vienen los filmes "serios" que anhelan llevarse al monigote dorado a su casa. Ya desde hace algunos años Óscar le viene guiñando el ojito al director de Seven, David Fincher.
Así como hay películas cuyas tramas merecen quizás la proyección sobre la pantalla grande, así existen historias que muy apenas dan para la tele. Para, por ejemplo y sin afán de ofender, el canal Hallmark. Todo lo relacionado con los señorones de la tecnología cibernética (sus vidas, sus vicisitudes, sus logros y sobre todo los millones de dólares agenciados) se me antojan sólo para ese medio el cual para mí tiene muy poco interés (hablando del dichoso canal Hallmark). No hay distancia histórica. No se puede mirar el fenómeno con frialdad. Todavía no somos capaces de sopesar su trascendencia. Nadie puede decirnos que dentro de algunos años el tal Facebook o el tal Twitter no van a ser sustituidos por otras redes sociales, por otro ardid, por otro invento al cual acudirán los cibernautas como autómatas para rebosarlo con visita tras visita. Por eso realizar una película sobre cómo Mark Zuckerberg (o su gemelo en la ficción) inventó o no inventó Facebook me parece un capricho, un producto que tiene fecha de caducidad desde ya, desde que sale a la luz hacia el juicio de los espectadores.
En una trama de la que los interesados dicen que hay muy poca verdad, The Social Network abre con un joven estudiante de Harvard con altas aspiraciones sociales (o para el caso altas aspiraciones "harvardianas") que no con poca justificación recibe reprimenda verbal de su novia. Este muchacho de apellido hoy tan conspicuo regresa a su dormitorio para escribir en su blog palabras hirientes sobre su entonces ex-novia y al mismo tiempo entra sin autorización a todas las redes sociales de Harvard para con miles de fotos de "féminas harvardianas" construir en tiempo récord un sitio de internet donde los muchachos desocupados puedan calificar los rostros de las estudiantes. Otro récord se rompe con el número de visitas al sitio. De súbito la fama de Zuckerberg (Jesse Eisenberg) en la universidad va de nula a creciente. Mientras entretiene a unos gemelos hijos de papá deseosos de controlar una red social propia y cuyos tentáculos lleguen más lejos, Zuckerberg de nueva cuenta construye su propio sitio teniendo como socio fundador a su mejor amigo Eduardo Saverin (Andrew Garfield). Pronto el sitio será el origen de demandas millonarias contra Zuckerberg.
Aunque en Fincher se encuentre el mérito de haber hecho de la cinta (llena de términos legaloides y del mundo de la informática) algo bastante entretenido, el experimento no va más allá de presentar un producto bien peinado y con actuaciones solventes (excepto una). Red social es una película que, estoy convencido, nunca jamás volveré a ver. Tal como me ha ocurrido con muchas otras de Fincher, con la excepción de la ya lejana en el tiempo Seven. Para colmo, interviene en el reparto el cantante Justin Timberlake en el rol de Sean Parker (el creador de Napster) a quien por lo visto la actuación le sirve como pretexto, así sea en un papel de heterosexual, para jotear de lo lindo. Así, gracias a estos nerds antisociales cuyo sueño más acariciado es triunfar en la comunidad que dicen despreciar, ya todos los paleros de Hollywood empiezan a murmurar: Oscar buzz, Oscar buzz, Oscar buzz. Allá ellos.

El avance que prometía mucho al tener como fondo musical la gran canción "Creep" de Radiohead en versión coral: http://www.youtube.com/watch?v=lB95KLmpLR4

domingo, 3 de octubre de 2010

George Lucas la hace de nuevo


Ya lo veía venir después del fenómeno de Avatar. George Lucas, alias el Gallo Claudio, no se podía quedar atrás. Menos si el lentudo maguito está a punto de comerle el mandado convirtiéndose en la "franquicia" cinematográfica más rentable. Así que a sacar sus dos trilogías (la "clásica" y la pedorra repleta de efectos computarizados) en tercera dimensión antes de que eso suceda. Para muestra de que esta jugarreta ya se las había hecho a sus hordas de seguidores basta un botón: la vieja reseña sobre la trilogía "clásica" de mi columna "El bueno, el malo y el feo". No se necesitaba ser Nostradamus para predecirlo. Va aquí el texto de, imagino, 1996 o 1997:

La esperanza de las taquillas
Las fórmulas para fabricar dinero en la industria del cinematógrafo son ilimitadas. La más ingeniosa, sin embargo, fue la del director George Lucas. No era suficiente un triángulo fílmico, con una línea de bajo presupuesto atragantadora de las taquillas, madre de infinidad de artículos cuya estampa era un casco negro y revolvedora de las entrañas del género de ciencia ficción. Lucas no se limitó con lanzar, el año antepasado, su famosa trilogía intergaláctica al mercado del video con la seria advertencia de que no se volvería a tener acceso a la versión original. No, Lucas cumplió su increíble promesa al darle una retocada a las tres cintas, estrenar estas ediciones especiales y rebosar sus bolsillos con millones de dólares (y pesos) así como los de Obi-Wan Kenobi (Alec Guiness) y la princesa Leia (Carrie Fisher), por las regalías.
¿Para qué detenerse con falsas nostalgias como muchos otros lo han hecho? ¿Para qué repetir el “fue mi primera película”, “me acuerdo como si fuera ayer” o el sobado “qué tiempos aquéllos”? ¿Para qué maldecir a Lucas por la cirugía considerándola un sacrilegio al primer trabajo? Mejor hay que decir que Industrial Light and Magic (ILM para los cuates), la compañía de efectos especiales dirigida por Lucas, realizó los siguientes cambios cibernéticos a La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) con motivo de sus primeros veinte años de vida: más soldados imperiales montados sobre monstruos a la Parque jurásico, una espectacular entrada a Mos Eisley, la subsecuente salida del Halcón Milenario, el ataque por parte de Greedo para que Han Solo (Harrison Ford) no se vea tan cruel, la conversación con un Jabba computarizado y eliminado en la versión original, más naves en los escuadrones rebeldes, el eco en la secuencia donde Luke Skywalker (Mark Hamill) y la princesa vuelan incestuosamente sobre un precipicio, la multitud de enemigos de la cual Han y Chewbacca salen huyendo, el encuentro de Luke con un amigo dentro de la base rebelde también desechado en 1977, las destrucciones climáticas tanto de la casi invencible Estrella de la Muerte como del planeta Alderaan y muchos otros detalles que escapan al ojo del espectador. En fin, meros accidentes. La esencia de La guerra de las galaxias subsiste.
Dejando de lado las correcciones y la capacidad de Lucas para llevar a las masas al cine -fanáticos ansiosos por el estreno, en el año 1999, de la nueva trilogía donde se relatarán las aventuras de Anakin Skywalker, alias Darth Vader, o hasta por el bastante posible reestreno, dentro de una o dos décadas, de otra edición especial con nuevas pinceladas-, jugaremos con la esencia del cuarto capítulo, titulado “una nueva esperanza”, en la epopeya de George Lucas. Utilizando un puñado de actores en ese tiempo desconocidos, excepto el brillante Alec Guiness con quien los británicos pudieron carcajearse por los años cincuentas en producciones de los estudios Ealing como Los ocho sentenciados de Robert Hammer o Su primer millón de Charles Crichton, Lucas crea una trama mitológica, un cuento de hadas, con alteraciones simples y situado en la era espacial: el héroe aniñado y tímido, el contrabandista sentimental, la princesa aprisionada y orgullosa, el ermitaño hechicero, el villano enmascarado (con la espeluznante voz de James Earl Jones) y los ridículos androides. Emplear caras nuevas, luego lanzadas a una fama incalculable a la cual sólo sobrevivió Harrison Ford, fue un acierto. Así como poner en manos de John Williams la música. El resultado es un filme entretenido y estético dentro de su propia realidad, dentro de ese mundo alterno y fantástico en el cual hasta los actores podrían perderse con diálogos sobre robots, naves espaciales o religiosidades oscuras. Una cinta de alta carga familiar, consecuencia de la visión infantilista de Lucas, que peca con besitos sumisos, expresiones como “esto me da mala espina” o situaciones a un centímetro de lo chusco. Un largometraje al cual se le sobrestima llamándolo clásico, pero cuyas admirables escenas de combate y acción serán repetidas con dificultad. La guerra de las galaxias, con o sin modificaciones, mercantilismo y recuerdos baratos es, desde hace dos décadas, una buena película y un signo de la “cultura” gringa en el mundo entero.

Los nibelungos siderales
El tercer acto de esta obra galáctica, el capítulo sexto en la historia escrita por George Lucas, estuvo a punto de llamarse La revancha del Jedi. Pero, considerando el carácter y la nobleza intrínsecas del caballero adepto a la Fuerza, cambió su nombre a El regreso del Jedi (The Return of the Jedi, 1983). Esta tercera cinta, donde por fin llega el triunfo final de las fuerzas rebeldes contra el imperio, constituye una decepción comparada con los logros de La guerra de las galaxias y El imperio contraataca.
Luke Skywalker rescata a un congelado Han Solo de las viscosas garras de Jabba. Una vez salvado a su amigo, Luke se une a los rebeldes en un plan para acabar con el emperador y su nueva estación espacial y, de paso, encaminar a su padre, Darth Vader, al bien. Los años no pasan en balde y, además del demacrado físico de Luke Skywalker, su alma también se ha lacerado. El título de caballero Jedi lo ha vuelto huraño, orgulloso y amargado. Surge otra revelación incoherente, como la del parentesco entre Vader y Luke en El imperio contraataca, y no prevista en el primer filme. Ahora, la princesa Leia también es hija del villano. Y ahí no terminan las quejas. Lucas no aprendió la lección con Yoda, contrató al director Richard Marquand y volvió a invitar a Frank Oz (el de los Muppets, junto con el fallecido Jim Henson). Los títeres están por doquier. Sobre todo, en el número musical del cuartel de Jabba. La cantante es un monigote trompudo con menos movilidad que una tortuga. Sin embargo, en la edición especial de El regreso del Jedi, este remedo de Pinocho se computarizó para que hiciera una danza exótica. Muchos fanáticos no conciliaron el sueño preguntándose qué le ocurría a la bailarina de piel verde al caer en la trampa del protuberante Jabba. Con el reestreno lo averiguarán. La misma actriz fue llamada, catorce años después, a completar sus escenas y, para alivio de ILM, aún conservaba su silueta. Otro traspié fueron esos enanitos peludos, los ewoks, engendrados para el esparcimiento de los infantes, pero también para el hastío de los mayores. Estos nibelungos siderales no son más que bufones que se solidarizan con los rebeldes por creer al quisquilloso androide C-3PO una deidad. Hasta el tan esperado emperador, jerárquicamente mayor en maledicencia que Vader, se hunde. ¿Cómo un venerable anciano con escasos dientes, capucha y figura encorvada puede intimidar a gran Lord Vader? ¿Cómo una momia decrépita, cuya gracia es lanzar rayos, pudo esclavizar sistemas solares y galaxias? Ni qué decir de ese final rodeado de sensiblería paternal, gnomos danzantes y música autóctona. Ya ni por ser la victoria definitiva de las fuerzas rebeldes alcanza los niveles de emoción de Las guerra de las galaxias o El imperio contraataca.
George Lucas consideró al norteamericano David Lynch (responsable por El hombre elefante, Terciopelo azul y por la excelente serie Twin Peaks) como realizador para esta secuela. A beneficio de ambos, Lynch desistió. De otra forma, El regreso del Jedi se hubiera convertido, desentonando con los anteriores capítulos, en un fracaso afín al de Dunas o en un sueño sadomasoquista de deformados, relaciones familiares torcidas y café mezclado con pasteles de cereza. O, con probabilidad, la demente maestría de Lynch la habría compuesto. No hay que especular, sino sólo decir que El regreso del Jedi, el episodio que cierra esta trilogía, es de los filmes malos.

El segundo acto
El trágico capítulo quinto, El imperio contraataca (The Empire Strikes Back, 1980), es el segundo largometraje, el más sombrío y siniestro, de la trilogía. Aunque la Estrella de la Muerte haya sido destruida, el imperio subsiste. Lord Vader está obsesionado por encontrar al joven Skywalker y sus rebeldes amigos. Al emprender la retirada del gélido planeta Hoth, el adversario logra atrapar a Leia y a Han, sacando a Luke de sus lecciones con Yoda y enfrentándolo en la ciudad de las nubes. Han Solo es congelado, la princesa se queda sin su amorcito y un manco Luke se entera, al estilo Televisa, de que su padre es Darth Vader.
Irvin Kershner, director a cargo de esta secuela, le imprime un sello frío y deprimente a los protagonistas, una presentación alejada de la puerilidad de Lucas. Los desiertos y las estaciones futuristas son remplazados por la nieve y las nubes crepusculares. La acción, los combates, los vuelos y las maquetas de El imperio contraataca son tan fascinantes como los de su antecesora. Las actuaciones, en cambio, son alteradas bajo el mando de Kershner. Los protagonistas exploran su lado humano, con frustraciones y dolores, y dejan de ser caricaturas.
Si la trilogía era una historia completa dividida en tres actos, como en varias ocasiones lo comentó el propio Lucas, al revelarse la identidad de Darth Vader, el público es defraudado. Por fin, al cabo de persecuciones y entrenamientos, el héroe y el villano se enfrentan en combate mortal. El enmascarado domina cortándole la mano al aprendiz. ¿Qué es lo que hace entonces? ¿Acaba con su enemigo, el posible derrocador del imperio? No. Le tiende la mano y le dice: “hijito de mi alma, vente conmigo”. De repente, el imponente Vader se convierte en una Verónica Castro espacial y su verdad parece sacada de la manga. En ninguna escena de La guerra de las galaxias se intuye algún indicio que ayude a percibir el secreto. Por lo menos, en El imperio contraataca, Yoda lanza una pista sobre la relación entre Luke y Leia al decirle al espíritu de Obi-Wan Kenobi: “hay otra esperanza”. Yoda, otro títere, es manipulado por Frank Oz. Se agradece la ironía de que el supremo entrenador de caballeros Jedi sea un marciano microscópico y orejón. Pero no que hable igual que la señorita Piggy y hasta haga sus mismos gestos cuando tiene altercados con R2-D2. Ya nomás faltaba un número musical con la rana René o Gonzo para que Lucas y su amigo Frank quedaran contentos. El imperio contraataca pudo superar en mucho aspectos a la inauguradora de la trilogía. No lo hizo y, por eso, es de las cintas feas.

-La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977). Escrita y dirigida por George Lucas. Producida por Gary Kurtz. Protagonizada por Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher y Alec Guiness.

-El regreso del Jedi (Return of the Jedi, 1983). Dirigida por Richard Marquand. Producida por Howard Kazanjian. Actúan: Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher y Billy Dee Williams.

-El imperio contraataca (The Empire Strikes Back, 1980). Dirigida por Irvin Kershner. Producida por Gary Kurtz. Protagonizada por Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher y Billy Dee Williams.

PD Está bien. Lo confieso. Sí fue mi primera película (al menos, la primera de la que tengo un vago recuerdo). Y sólo por eso yo también he contribuido a la fortuna de Lucas, comprando los devedés de la trilogía "clásica" y de la pedorra más reciente. Qué le vamos a hacer. Los seres humanos somos así de contradictorios.

viernes, 1 de octubre de 2010