sábado, 31 de diciembre de 2011

viernes, 30 de diciembre de 2011

Dos documentales más


Si un número variado de cintas de ficción catalogadas desde la hegemonía fílmica norteamericana como “extranjeras” tienen por lo regular problemas de distribución ni qué decir de los documentales. Por esa razón hablo ahora de películas que fueron producidas en el 2010. Además de Senna, entonces, dos documentales se quedaron en mi memoria durante el 2011 que agoniza. Del chileno Patricio Guzmán tuve la oportunidad de ver Nostalgia de la luz (2010). Director también de otros largometrajes de no ficción como Salvador Allende (2004), Chile, la memoria obstinada (1997) y La batalla de Chile (1980), en este crédito reciente Guzmán visita una de las zonas más inhóspitas del planeta por la ausencia de humedad: el desierto de Acatama. Será inhóspito a causa de su aridez; pero el desierto resulta ideal para fijar la mirada hacia arriba y contemplar las estrellas. Eso lo saben quienes desde ahí realizan estudios astronómicos, quienes viven alrededor de uno de los observatorios más modernos e importantes en el mundo. El cineasta establece una relación entre los astrónomos que observan el cielo en el desierto con las mujeres que buscan sobre la árida tierra los restos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar de Pinochet. De excelente calidad, Nostalgia por la luz resulta además poética y conmovedora. Requiere distribución comercial en nuestro país pues nos vendría bien a los mexicanos dirigir la mirada hacia el cono sur y recordar el sufrimiento de los países hermanos. Tal vez algo aprenderíamos de sus errores del pasado.
Además está La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams, 2010) del alemán Werner Herzog. En México se vio en el festival de Morelia hace apenas dos meses. Herzog es ya un nombre bien conocido para los cinéfilos. Algunas de sus películas más destacadas son Aguirre, la ira de Dios (1972), el refrito de Nosferatu (1979) y Fitzcarraldo (1982), todas ellas protagonizadas por el intenso actor Klaus Kiski, con quien por decir lo menos el director sostuvo una relación harto problemática. Herzog, fuera de la ficción, también se ha dedicado a rodar documentales. Uno de los más célebres del realizador alemán es Grizzly Man (2005). No hace mucho se asoció con David Lynch (en rol de productor ejecutivo) para dirigir la cinta titulada My Son, My Son, What Have Ye Done (2009) teniendo como protagonista a otro actor cuya intensidad ya comienza a ser conspicua: Michael Shannon (inolvidable como el vecino loco de Revolutionary Road). El resultado de la dupla Herzog-Lynch fue un crédito excéntrico y fuera de lo común como podía esperarse de los dos creadores; pero también bastante irregular y sin mucha trascendencia. En el 2011, dentro del género documental, Herzog nos presenta una excursión hacia las entrañas de la Tierra. Una de las características de dicho trabajo es que lo rueda en tercera dimensión, acto justificado en el hecho de que muchas de las pinturas rupestres de la gruta de Chauvet toman en cuenta la superficie sobre la que fueron elaboradas. A Werzog, a su equipo y a un grupo de especialistas se les da permiso para entrar en la cueva del sur de Francia cuyas pinturas, de estar el acceso abierto al público, se perderían. Herzog rescata el legado cultural venido de tiempos ancestrales y su pasión por hacerle descubrir al público esta maravilla se transmite tanto en su narración como en el trabajo desplegado sobre la pantalla. A ver si el próximo año todos esos bodrios tridimensionales que llegan a las salas de cine sin demora le dejan aunque sea un lugarcito en corrida comercial a la de Herzog.

El avance de Nostalgia por la luz: http://www.youtube.com/watch?v=ok7f4MLL-Hk
El avance de La cueva de los sueños olvidados: http://www.youtube.com/watch?v=qfJfRx2IAYo

sábado, 24 de diciembre de 2011

Ante la bella y apocalíptica nada


Reseña sobre una película llena de desesperanza. Al final, toda la humanidad muere. Nada mejor como regalito de Navidad. Ideal preparación para el 2012. Va el texto:

Según la teoría hipocrática de los cuatro humores, la melancolía tiene como causa un exceso de bilis negra en el cuerpo del paciente. Melancolía I resulta también ser el título de un grabado de Durero de 1514, época en que el padecimiento se asociaba con Saturno. En la actualidad, se titula Melancolía (Melancholia, 2011) un largometraje de Lars von Trier. Para quien lo recuerde, la noticia invadió los titulares en mayo pasado. Quienes no lo conocían se percataron de su existencia y de que, además, Hitler le cae requetebién. O al menos lo entiende. No sabían que hacer un escándalo de las declaraciones / chistes de Von Trier en Cannes precisamente se traduce en caer en el juego del director danés. Aunque pareciera que en este último caso sí se pasó de la raya. Al menos, él así lo demostró al realizar aclaraciones a la bromita. En Cannes ya deberían estar acostumbrados. Pareciera que no se acordaron de lo dicho en 2009 durante la conferencia de prensa de Anticristo (“¡soy el mejor director del mundo!”). De plano este año lo declararon persona non grata y lo corrieron del festival. A mí, en lo particular, me importa muy poco qué tan simpáticos le resulten los nazis al cineasta danés —y eso que se dice por ahí que en mi familia hay sangre judía procedente de quién sabe qué tan lejana generación. Lo único que debe ser relevante para mí como cinéfilo es si la película dirigida por Von Trier se presenta como buena o mala. O, para el alcance de este texto, si me gusta o no. Y Melancholia (2011) es un trabajo de verdad valioso.
Sin embargo, aun con la desastrosa rueda de prensa, el jurado en Cannes no pudo obviar la presencia de una cinta de Lars von Trier en la selección del festival. Algo que, por cierto, no sucedió con Pedro Almodóvar. En la ceremonia durante la cual se anunciaron los premios le concedieron a una de las dos actrices principales de Melancholia el premio de mejor interpretación femenina. Por un lado, sí. Lo acepto. Durante el prólogo y más allá de él, Kirsten Dunst es la Ofelia de John Everett Millais flotando sobre las aguas hacia su muerte y con el ramo de novia en las manos. Por otro, no pareciera que esta actriz norteamericana esté haciendo nada nuevo con el rol de la deprimida novia Justine. Al fin y al cabo, tanto dentro como fuera de la pantalla, a Dunst le viene fácil interpretar a lánguidas y melancólicas jovencitas. Creo que Charlotte Gainsbourg, como su hermana, se desempeña un poco mejor. Aunque, claro, tal vez aquí esté entrando en juego mi preferencia por una de las dos actrices. Con respecto a la hija de Serge Gainsbourg y Jane Birkin no soy nada objetivo.
La historia del cine nunca había presentado a dos hermanas más disímiles. Dunst es rubia, de ojos azules y con un acento estadounidense. Gainsbourg es de pelo y ojos castaños, con un acento británico. Tal detalle —tan obvio como molesto en películas de menor raigambre— quedará atrás ante la calidad de la película. Vuelvo a concentrarme en el dizque polémico realizador. Ya desde hace bastantes créditos Von Trier dejó atrás, muerto y enterrado, el manifiesto Dogma. Así como lo hiciera con la escalofriante Anticristo (2009) el director danés echa mano de todos los recursos concedidos por los efectos especiales para pintar sobre la pantalla grande el horror ante la —sí muy hermosa pero igualmente apocalíptica— nada. La maravilla del planeta azul que amenazante se aproxima logra fundirse de modo perverso con el miedo ante la muerte y la destrucción total de la humanidad. No hay multitudes corriendo ni personajes sensibleros ni chabacanería estilo Hollywood. Tampoco rascacielos incendiándose. Ésta es una mansión aislada del mundo sí; pero devorada por el bosque. No pensemos que porque hay un niño deambulando por ahí (el hijo de la hermana interpretada por Gainsbourg) todo va a estar bien. Ésta, nos anuncian las notas de prensa, es una cinta de desastre. Sí. Aunque desde la mente y los sentimientos de los personajes. Y si tomamos en cuenta quién se encuentra sobre la silla del director se podría predecir que no quedará ni la más mínima partícula de este planeta. Adiós a la esperanza.
El prólogo de ocho minutos de Melancholia (con el título de Melancolía ya en España) demuestra hasta qué grado Lars von Trier se ha engolosinado con la cámara lenta y el preciosismo. Si en Anticristo formaban parte de la historia, eran relevantes y dejaban al espectador mudo de la impresión. Aquí, adelantarle piezas de la trama a través de metáforas visuales (sí, muy bellas sin duda) y en cámara lenta resulta por completo inútil para lo que el realizador pretende relatar. Habría sido mejor quizás deshacerse de ese engolosinamiento en el cuarto de edición. Está bien, se habrían perdido las referencias a Ofelia o a Pieter Brueghel el Viejo. ¿Qué más da? También variadas interpretaciones en cuanto a lo que las imágenes simbolizan: ¿una premonición?, ¿un sueño? ¿Qué más da? Sin embargo, de ahí en adelante, Melancholia mejora y mucho.
La obertura de Tristán e Isolda de Wagner acompaña al espectador más allá del preludio fílmico. Entramos ahora sí al meollo. Melancholia es además un díptico. En la primera parte, titulada “Justine” se nos muestra la boda de la hermana rubia (Dunst), la de acento gringo. En la segunda parte, titulada “Claire” la trama se centra en la otra hermana (Gainsbourg), la morena de acento británico, la dueña de la mansión, ante la amenaza del planeta azul. El principio del díptico (“Justine”) es muy simple. La boda de Justine se convierte poco a poco en un desastre. Los novios llegan tarde por andar bromeando en la limusina. La madre de la novia (Charlotte Rampling) avergüenza a todos con su amargo discurso (“disfrútenlo mientras dure”). El padre (John Hurt) se emborracha y abraza a dos rechonchas invitadas. El esposo de Claire (Kiefer Sutherland) se queja de su familia política. Eso sin contar el episodio con el jefe (Stellan Skarsgård) y el nuevo empleado (Brady Cobert) de la agencia publicitaria donde trabaja Justine. La nota cómica la da el organizador de la boda (Udo Kier) quien durante la velada entera se rehúsa a mirar a la novia como zahiriéndola por su tardanza. En medio de la conmoción Justine mira hacia la noche y descubre un brillo inédito, nunca antes percibido. ¿Cuál de todas es esa estrella? La fiesta culmina con el abandono del novio (Alexander Skarsgård), reacción entendible ante una mujer que anímicamente está en otro sitio aunque intente sonreír y afirme a cada minuto que es muy feliz con la boda. Tras la entrada de la segunda parte (“Claire”) y el regreso de Justine a la mansión, nos enteramos de que la estrella de aquella noche era en realidad un planeta bautizado ya como Melancolía y diez veces mayor que la Tierra. El planeta se aproxima al nuestro. La mayoría de los científicos opinan que simplemente pasará de largo sin causar daños a la Tierra. Los agoreros del fin del mundo saltan hambrientos ante la oportunidad y afirman que Melancolía, el planeta azul que estuvo oculto detrás del sol cual asaltante traicionero, chocará contra la Tierra dándole así muerte a la humanidad.
La aguda y ya legendaria depresión de Von Trier sigue dando frutos —haya sido o no verdadera. Menos macabros que los de Anticristo. La visión del universo, empero, sigue siendo en esencia la misma. Estamos solos. Somos insignificantes. Cuando durante el prólogo esa inmensa bola azul se coma al planeta Tierra no hay estridencias ni delirios. La aniquilación de la humanidad, vista desde la distancia. Quizás desde el ojo todopoderoso de un dios silente. Solamente la romántica música de Wagner resuena y se apaga. Adiós a siglos de guerras y destrucción irracional. La mujer y la naturaleza vuelven, como en Anticristo, a sostener una relación simbiótica. Dunst, además de tenderse desnuda a mitad de la noche bajo la luz azul que el sol refleja sobre Melancolía, prevé los acontecimientos antes de que ocurran. “La vida en la Tierra es única y no por mucho tiempo”, le anuncia a Claire. En cualquier otro contexto es solamente una joven ojerosa y débil constatando una verdad común para el ser humano: la de la inevitabilidad de la muerte. Sin embargo, el “no por mucho tiempo” podría describir también sólo días. U horas. Nadie sabe a ciencia cierta si Melancolía se estrellará contra la Tierra. Justine, antes en tenso combate para sonreír y mostrarse dichosa ante los rituales insulsos de quienes la rodean, se siente al fin tranquila. Los melancólicos, dice el propio Von Trier, no tienen nada que perder y se muestran estoicos ante el desastre. La otrora sensata Claire, teniendo un hijo pequeño (Cameron Spurr) y encajando a la perfección con las convenciones del mundo, se sume sin remedio en la desesperación. Todavía más cuando su esposo la deje para escapar al más allá. El peligro de que la humanidad sea aniquilada desquicia a Claire.
Melancolía llegó a mí en el mismo fin de semana en que vi La piel que habito. A diferencia de la cinta de Pedro Almodóvar, como espectador, pasé suficiente tiempo con los personajes —en especial con Justine, Claire y su hijo Leo— como para que me importe el destino de los tres al final del largometraje. Es decir, Melancolía —a pesar de preciosismos, detalles algo inverosímiles y estilo artificial— logró conmoverme pues implícitos en las imágenes se hallan asuntos muy humanos: la muerte, la decadencia y el mismísimo fin del homo sapiens. La última media hora me resultó imposible respirar. Sentí una opresión similar a la de Anticristo aunque mucho menos agresiva y violenta. Aquí no hay mutilaciones genitales. Acabó siendo una opresión más bien subyacente y espectacular que encuentra su clímax con la última escena: Melancolía comiéndose a la Tierra. Esta vez, sin embargo, desde la perspectiva de estas dos disímiles hermanas. La más reciente cinta de Von Trier podrá cosechar reconocimientos en Europa. No lo hará en los Estados Unidos. Y no sólo porque el estilo simbólico y la temática desesperanzadora del danés no sean del agrado de Hollywood. Esta vez los otorgadores de premios se escudarán con las bobaliconas declaraciones del director en mayo pasado, declaraciones que a muchos de ellos afectan directamente. A pesar de la estupidez y la intolerancia tanto de unos como de otros, Melancholia es un periplo estrujante a los límites de la humanidad que, por su hermosura, nadie debería perderse. Claro, con fecha de estreno desconocida en nuestro país.

Melancholia (2011). Dirigida por Lars von Trier. Producida por Meta Louis Foldager y Louise Vesth. Protagonizada por Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland, Alexander Skarsgård y Cameron Spurr.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=wzD0U841LRM

viernes, 23 de diciembre de 2011

Increíble recomendación: Senna


Recomendar un largometraje entre cuyos productores está la cadena de deportes ESPN jamás me había ocurrido desde que comencé a escribir sobre cine hace más de quince años. Pero lo increíble ocurrirá antes de que termine este 2011. Escribo entonces un comentario muy rápido sobre Senna (2010) sólo porque sin duda fue una de las películas más destacadas de las que vi durante el año que termina. Ya el crítico inglés Mark Kermode salió a defenderla en su blog luego de enterarse de que no está entre las finalistas en la categoría de mejor documental de los premios Óscar. Lo más seguro es que este crítico aproveche la omisión para premiarla en sus Kermode Awards que él mismo inventó y que concede cada año a actores y películas para contrarrestar los que él considera olvidos del Óscar. Aquí tiene razón. Senna es un excelente documental porque logra contar bien una historia e involucrar incluso al espectador que jamás ha escuchado hablar de su protagonista, Ayrton Senna. El documental tiene todos los ingredientes de una buena historia: un héroe, un villano (o más de uno) y, por supuesto, un final trágico (por todos conocido). Si a mí —que en general desdeño el deporte y todo aquél que lo practique más de media hora al día— logró conmoverme es porque el documental me condujo a un espacio por debajo de lo epidérmico y lo hizo utilizando todas las herramientas narratológicas necesarias. Además sí pasó por las salas cinematográficas de Torreón en una estancia fugaz. Pero pasó. De seguro pronto llegará al DVD. Fue dirigido por Asif Kapadia.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=rYINTosWmy8

martes, 20 de diciembre de 2011

Legitimar la serie B: Drive


Con más tiempo libre, empiezan a salir las reseñas cinematográficas que tenía pendientes. Con ésta me vi obligado a hacer un esfuerzo de memoria porque vi la película en septiembre. Aquí va, por fin, un texto nuevo:

Echándoles una ojeada tan rápida como desdeñosa a las nominaciones de los Globos de Oro resalta como cada año el enigma de las nominaciones dobles para una sola persona. En este 2011 a punto de terminar, destacaría la doble nominación del actor oriundo de la provincia canadiense de Ontario Ryan Gosling. Tiene una mención como mejor actor en un drama por The Ides of March o en mexicano Poder y traición (por eso de que ¿quién sabe qué chingados sean Los idus de marzo?, ¿verdad?) y otra al mejor actor en una comedia por Loco y estúpido amor o en su idioma original Crazy, Stupid, Love. Lo más irónico es que quizás la actuación más encomiable de este joven histrión no haya sido ninguna de las anteriores —ambas con el auspicio de las grandes campañas de márketing de los estudios hollywoodenses— sino más bien la que desarrolló bajo el mando de un director de origen danés en el largometraje de subgénero Drive (2011).
Con sus constantes apariciones en revistas (tanto impresas como televisivas) del corazón se podría pensar que Ryan Gosling está al nivel de sus antiguos compañeros del Club de Mickey Mouse (entre los más conspicuos están las cantantes de pop Britney Spears y Christina Aguilera así como el también cantante y mediocre aspirante a actor Justin Timberlake) o incluso al nivel de su tocayo y compatriota de apellido Reynolds con quien más de un despistado lo confunde. Sin embargo, a diferencia de sus ex compañeros del Club de Mickey Mouse o de su compatriota, Gosling ha demostrado cierta habilidad histriónica. Eso, claro, sin descuidar la imagen pública apareciendo con toda la intención en cintas mucho más comerciales. Al fin y al cabo si se le conoció fuera del circuito de las adolescentes gringas fue gracias a aquella olvidable cursilería llamada Diario de una pasión. Pero Gosling también se ha atrevido a realizar papeles en cintas de corte independiente (Half Nelson, Lars and the Real Girl). En el caso de Drive, una B movie de alto presupuesto. Aunque lo anterior suene contradictorio. Claro, era predecible que a Gosling lo nominarían por productos del mainstream como la cinta dirigida por George Clooney o por una comedia romántica donde le hacía réplica al comediante Steve Carell. Eso no quita que su desempeño del año pasado en créditos como Triste San Valentín o incluso Crimen en familia hayan sido los que le valieran elogios por parte de la crítica cinematográfica más especializada e incluso la más incisiva.
Al igual que en cualquier cinta del subgénero clase B (o B movie) por Drive desfila una serie de personajes de dudosa ética. Eso incluye también al protagonista. No falta el mecánico soñador (Bryan Cranston, el papá del sitcom Malcolm, el de en medio) quien además de figura paterna para el protagonista lo meterá en graves problemas a lo largo de la trama. Ni el mafioso de estilo refinado (Albert Brooks). Mucho menos el simio matón malencarado (¿quién mejor que Ron Perlman para este papel?), ese gánster judío que aspirará a ser el mafioso refinado. Ni el chicano (Oscar Isaac) acabado de salir de prisión y además buscado por otro grupo de mafiosos. Ni la muchacha pechugona (Christina Hendricks de la serie Mad Men) que por su venusino atractivo se hallará en medio de los balazos. No es posible ignorar a la chica inocente, la redentora del protagonista, su interés amoroso: Carey Mulligan, joven actriz inglesa de Enseñanza de vida (2009). Además está la violencia: extrema, descarnada, nada complaciente. Drive, sin embargo, refleja un presupuesto sino multimillonario al estilo Michael Bay sí con bastante apoyo financiero. Así se demuestra que, desde hace décadas, algunas B movies han saltado sin dificultad al circuito del cine de arte o incluso al del cine hollywoodense.
Si me dejo engañar por la primera impresión de Drive (la música y los créditos en letras rosa fosforescente de la entrada) caería en el error de que me encuentro ante una boba película ochentera con Molly Ringwald como heroína. Nada más disímil. Como en los western, como en otras cintas de este talante, nuestro protagonista no tiene nombre. Simplemente es el conductor (Gosling). Y él sólo maneja. Y lo hace muy bien. Durante el día además de mecánico en el taller de Shannon (Cranston) es un doble, un stuntman. Al igual que Kurt Russell en A prueba de muerte de Quentin Tarantino, otro cineasta reivindicador de la serie B. En el plató se dedica a ponerse una máscara de látex y a chocar autos para las filmaciones hollywoodenses. Por la noche, con su rostro alargado y descubierto, palillo de dientes metido en la boca y guantes de cuero calzando las manos, recibe parte del botín cuando los ladrones lo contraten para conducir el auto durante la estresante huída. Y en esto y en nada más es muy bueno. El conductor, a pesar de prestar su habilidad para trabajos sucios, es también un hombre generoso. Al notar la soledad de su vecina Irene (Mulligan) —madre soltera con un marido hispano en la cárcel— se le acerca para tenderle la mano. Tampoco habría que subestimarlo. Parece gratuito, falsamente bravucón y hasta risible el alacrán amarillo que se halla desplegado sobre su chamarra color gris brilloso. Aunque ángel protector con Irene y su pequeño hijo, cuando se requiera se tornará en una bestia asesina. Los dos extremos se tocan en la loable escena del elevador. Visto desde esta perspectiva, el chofer de Drive podría ser el hijo adoptivo del Travis Bickle de Taxi Driver (1976). La deuda con Scorsese no se niega.
Gosling aprovecha entonces su notoriedad para hacer mancuerna con un director europeo que realiza Drive en Hollywood no sin sortear bastantes obstáculos (uno grande fue la “franquicia” Rápido y furioso). Aunque el director Nicolas Winding Refn sea de origen danés, no hay nada en Drive de la tradición Dogma ni mucho menos de la filmografía más reciente de, por ejemplo, Lars von Trier. Una estupidez —muy común entre la crítica estadounidense— resulta meter a todos los cineastas de un mismo país en un cajón común. Al ver Drive llego a concluir que su tradición obedece al cine estadounidense de bajo presupuesto. Sin embargo, en su narración resulta mucho más europea. Hay largos silencios introspectivos. El realizador nos escatima los momentos de acción desbordada y siempre mantiene su sutilidad con respecto a los personajes principales. Tal vez por eso —por combinar adecuadamente dos tradiciones— haya ganado Nicolas Winding Refn el premio al mejor director en Cannes este año. Como suele suceder en todas las premiaciones fílmicas, ahí se repartió el pastel con presunta ecuanimidad —esta costumbre se lleva a cabo desde en los lugares donde se presentan películas de cierta trascendencia (como Cannes) hasta en Hollywood (Globos, Óscar). En estos últimos ejemplos, dicho sea de paso, casi siempre son galardonadas cintas de lo más convencional. Drive encierra un interés nada despreciable para el cinéfilo aunque, sospecho, no es de lo más destacado del año 2011. Desde mi punto de vista, podría colocarla al nivel de otra ganadora a mejor dirección en Cannes: Tournée (2010), la del actor francés Mathieu Amalric. Ya el idilio entre Cannes y la serie B gringa lleva años en su punto álgido. Quizás para el festival europeo se constituya en la forma de legitimar un género que poco a poco se ha ido colando tanto en el mainstream como en el llamado cine de repertorio, una forma más de afirmar que, por encima de lo hecho en Hollywood con una fórmula preestablecida, siempre estarán dentro de su gusto estos subgéneros para proponer un giro nuevo. Por algo le habrá dedicado Nicolas Winding Refn su primera película hollywoodense a Jodorowsky.

Drive (2011). Dirigida por Nicolas Winding Refn. Producida por Michel Litvak et al. Protagonizada por Ryan Gosling, Carey Mulligan, Bryan Cranston y Albert Brooks.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=KBiOF3y1W0Y

PD: Según el sitio de Cinépolis Drive se va a llamar en México El conductor y se estrena el 27 de enero.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Macabra cirugía de un Pigmalión


Estoy muy oxidado en lo referente a la escritura. Eso incluye el lado más doloroso para mí de dicha falta de productividad: no poder escribir ficción, admitir que no podré terminar mi novela este año. Y también abarca el lado no tan angustiante: el de la reseña de cine. Cada vez que retomo mi verdadera vocación, tras meses de gris ausencia, me siento tan culpable como inseguro. Así que a ver cómo sale este texto:

La semana pasada fui a ver la más reciente película de Pedro Almodóvar luego de algunas semanas de ayuno fílmico, semanas de incesante trabajo de preparación de clases y no menos de exámenes por revisar. Esto último no es relevante para lo que escribo. No seré yo de los que pierden la dignidad quejándose amargamente de cualquier capricho de la fortuna. Retomo el hilo. Desde hace ya varios años el clamor —éste sí queja a veces— de más de un cinéfilo es que Pedro Almodóvar se repite. Lo anterior, debo confesarlo, no me había incomodado. Después de todo, ver una película de Almodóvar había sido como retornar a un universo al cual a base de constantes visitas ya me resulta familiar e incluso confortable (créanlo o no todos aquéllos a quienes el mundo almodovariano les sigue poniendo los pelos de punta por su despliegue de colores, drogas, transexualismo, pasión y melodrama). Los quejumbrosos, me decía, argumentan nula originalidad. Yo me convencía llamándolo estilo. Y seguía regresando a aquel mundo multicolor sin inconformidades. Sin embargo, no sentí lo mismo con su más reciente crédito: La piel que habito (2011).
En primera instancia no me lo logro explicar. ¿No está acaso ahí, sobre la pantalla, una escena que replica la violación entre aberrante y graciosa de Kika (1993), aquella cinta que tanto hiciera revolotear las buenas conciencias gringas a causa de la citada secuencia? Y si de maternidades paralelas se trata ¿no hay por ahí una mujer de cierta edad que confiesa ser la verdadera madre de no sé qué personaje protagonista? ¿O la otra madre que se niega a admitir que su hijo ha muerto y lo continúa buscando pues siente que sigue vivo? Ni qué decir de aquel plano afuera de una clínica con el letrero gigante anunciando: “Maternidad”. Y en cuanto a la representación de la masculinidad extrema, ¿no se pasea por ahí un hombre disfrazado de tigre —el bruto macho cabrío— que ya de antemano sabemos que terminará en la tumba, al igual que el Paco de Volver (2006) o incluso su gemelo muy anterior el Antonio de Qué hecho yo para merecer esto (1984)? Claro, tampoco pueden faltar los jóvenes que se meten drogas para ponerse a tono (otro lugar común almodovariano). Eso sin contar lo que para algunos será el giro de tuerca de la trama. Digo para algunos porque para muchos otros, más enterados por notas del periódico o de revistas especializadas en cine, será solamente un elemento más ya visto en otros filmes del director manchego. Ese elemento que, para no delatar por completo la sorpresa, podríamos llamar “metamorfosis”.
La cinta da inicio mostrándonos a Vera Cruz (Elena Anaya) en una habitación, aislada del mundo; pero en el proceso de estirar su compacto cuerpo como si se preparara para la guerra. Sus custodios son la sirvienta Marilia (Marisa Paredes en rubia platinada) y el doctor Robert Ledgard (Antonio Banderas con pelo relamido), cirujano plástico de altos vuelos, propietario de esta lujosa finca a las afueras de Toledo. Ledgard experimenta la creación de una nueva piel resistente a quemaduras en el cuerpo de Vera. Cuando el hijo criminal de Marilia, Zeca (Roberto Álamo), irrumpa en la propiedad en ridículo disfraz de tigre y con ganas de hacer destrozos, el equilibrio entre los habitantes del lugar se quebrará para dar paso a sus deseos reprimidos. También será la excusa perfecta para el flashback. En tales secuencias nos enteraremos de la doble tragedia de Robert Ledgard: por un lado, la muerte de su esposa luego de un accidente automovilístico que la dejara deforme a causa de las quemaduras. Por el otro, la locura y el subsecuente deceso de su hija Norma (Blanca Suárez) luego de una violación interrumpida —espejo de aquélla entre el mismo Antonio Banderas y Eva Cobo en Matador (1986). Y, claro, se le muestra al espectador el meollo de la trama: la venganza de Ledgard contra Vicente (Jan Cornet), el joven modisto que supuestamente violó a Norma.
A más de uno —como ocurrió con Carmen Maura hace cinco años— le parecerá atractivo el gancho de la reunión de Almodóvar con quien fuera su actor fetiche en los años ochenta y principios de los noventa. Banderas se desempeña bien en su rol del doctor Ledgard. Sin embargo, también demuestra que, como histrión, no ha avanzado casi nada desde aquella última participación en una cinta del manchego —Átame (1990)— para luego probar suerte en Hollywood. En ese sentido, la reunión no tuvo resultados que puedan calificarse como extraordinarios.
Sin duda, la idea del cambio de piel, de la transformación hecha a un ser humano —cuya epidermis es resistente a las quemaduras tras un proceso cruel— resulta interesante. Más ejemplificado con las figurillas vendadas que Vera esculpe en su habitación. Ni se diga el complejo de Pigmalión que Ledgard se resiste en un principio a admitir, ése donde el creador se obsesiona con su creación. Sin embargo, se requiere quizás una conexión más profunda con los personajes (además de un excelente trabajo actoral) para dirigir lo descabellado hacia el camino de la verosimilitud. Aquí hay una distancia, una frialdad que, claro, es de esperarse en un thriller; pero que no permite la empatía también necesaria en un filme de venganza como éste. Al fin y al cabo, en su tono La piel que habito se parece más a La mala educación (2004).
Aunque ya sea bien conocido, no revelaré aquí el giro de tuerca que ocurre hacia la mitad de la cinta con la esperanza de que sí sorprenda a otros espectadores. Soy de la opinión que esta “metamorfosis” habría sido mucho más convincente con dos histriones cuyo parecido hiciera más verosímil que en realidad se trata de la misma persona. Quién sabe. Y, siguiendo con el asunto de la verosimilitud, sólo en una película de Quentin Tarantino (más en específico en el anime de Kill Bill) había visto que alguien fuera capaz de dispararle por debajo de una cama y sin mirar a otra persona (y además acertar en el corazón) . Empero, éste es el final lógico donde la venganza se consume y que conducirá a una lacrimógena e inconclusa reunión con la madre (ecos de Penélope Cruz y Carmen Maura en Volver, por cierto). A final de cuentas, esta tenebrosa lectura de Pigmalión no iba a tener un final tan feliz para el doctor Ledgard. Ya se sabía.
Al salir de la sala de cine quise analizar por qué el largometraje no había dejado mayor huella en mí. Es cierto que es imposible para cualquier cineasta complacer incluso a quienes lo seguimos desde hace décadas. En mi opinión Almodóvar llevaba ya varios excelentes créditos al hilo: desde Todo sobre mi madre (1999) hasta Volver. Incluso Los abrazos rotos (2009) —crédito menospreciado por algunos críticos— me agradó. No así La piel que habito. A pesar de todo, el largometraje presenta unos estándares de calidad impecables. Obvio, se trata de Pedro Almodóvar. Un trabajo así en un novato sorprendería y cosecharía elogios al por mayor. Pero, por desgracia, ya la leyenda “un film de Almodóvar” contiene una carga de expectativas bastante grande. En esta ocasión, sin embargo, creo que no las colmó.

La piel que habito (2011). Dirigida por Pedro Almodóvar. Producida por Agustín Almodóvar y Esther García. Protagonizada por Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes y Jan Cornet.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=zlZgGlwBgro

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El melodrama de Almodóvar


Como para revivir esta bitácora -que dicho sea de paso cumplió dos años en el más profundo silencio- subo este viejo y muy corto texto sobre una película de Pedro Almodóvar. Eso porque pretendo (como con otras cintas que he visto en los últimos dos meses) reseñar La piel que habito y hacerlo pronto. Puede que este "pronto" se convierta en "nunca". Maldito trabajo. Va aquí, entonces, el articulito dividido en dos partes. En la primera hablo de aquel italiano de La vida es bella y no vale la pena reproducirlo:

El melodrama de Almodóvar
El año pasado le tocó el turno al manchego Pedro Almodóvar con Todo sobre mi madre (1999). Y le tocó tanto por la excelente calidad del crédito como por la deuda de Mujeres al borde de un ataque de nervios, filme nominado al mismo premio en los ochenta. Desde aquella inclusión a medias –puesto que no ganó el premio— en las listas del Óscar, Almodóvar tuvo presencia en el universo hollywoodense. No sólo él, sino también sus actores favoritos: Antonio Banderas, Victoria Abril (quien decidió no permanecer en Estados Unidos) y, más tarde, Penélope Cruz. Sin embargo, ya antes del Óscar a mejor película extranjera, el festival de Cannes le había reconocido su labor como cineasta.
En Todo sobre mi madre, Manuela (Cecilia Roth), argentina avecindada en Madrid, es además una madre soltera que trabaja en la coordinación de trasplantes de un hospital. El día del cumpleaños diecisiete de su hijo Esteban (Eloy Azorín) va junto con él al teatro a ver a Huma Rojo (Marisa Paredes) en Un tranvía llamado deseo. Por conseguir un autógrafo de la actriz, Esteban es atropellado. Luego de la inercia del duelo, Manuela decide regresar a su pasado en Barcelona, en busca del padre que los abandonó. Pero el encuentro es precedido por otros: la Agrado (Antonia San Juan), una drag queen de la calle cuyo único afán es “agradar” al mundo, y Rosa (Penélope Cruz), una monja embarazada con SIDA.
Pedro Almodóvar sigue en la línea dramática que ya venía manejando desde La flor de mi secreto y Carne trémula. Eso no lo exenta de ciertos toques de comedia, rayando en el humor negro, que se pueden dar con cierta facilidad por los temas de la trama. El viaje de Manuela para encontrar al padre de Esteban y darle la noticia de su muerte es sólo el pretexto para que por la pantalla desfilen todo tipo de mujeres. Al final, por supuesto, vendrá el clímax, el momento catártico en el que Manuela estará cara a cara con aquel hombre. Todo se hará, por supuesto, de modo en suma almodovariano. Otro reencuentro –mucho más afortunado— es el de Cecilia Roth y el director español quienes ya habían trabajado en la descabellada e irreverente Laberinto de pasiones. En ese entonces, Roth era Sexilia. En la actualidad, una madre (Un lugar en el mundo) y hasta jueza (Cenizas del paraíso). Igual de destacable es la labor de las otras “chicas Almodóvar”: Paredes, Cruz y San Juan –créase o no, es en realidad y a pesar de su poca agraciada fisonomía, una mujer. La fuerte temática sin duda fue obviada por los dinosaurios de la academia de Hollywood. Después de todo, hay películas de Almodóvar mil veces peores –o mejores, según la perspectiva— en ese aspecto (léanse su primer largometraje Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, la criminal Matador o la fúnebre Kika). Sin embargo, la deuda quedó saldada con el que en estos momentos es, con probabilidad, el cineasta español más destacado. Cuando un director mexicano sea acreedor de Óscar o cuando logre conmover corazoncitos sensibleros como lo hizo Benigni, entonces México tendrá esperanzas para llevarse el premio a mejor película extranjera. Más le hubiera valido a Alejandro González Iñárritu incluir a Marisa Paredes en sus Amores perros. A Almodóvar y a Benigni les funcionó.

Todo sobre mi madre (1999). Dirigida por Pedro Almodóvar. Protagonizada por Cecilia Roth, Eloy Azorín, Antonia San Juan, Penélope Cruz y Marisa Paredes.

jueves, 20 de octubre de 2011

De parodias mediocres y autoindulgencia


Esta semana renté Scream 4. En ningún momento transformó mi panorama cinefílico. Tampoco pensé que lo fuera a lograr. Sin embargo, sí le reconozco a Wes Craven su capacidad para tratar de reinventar un género más que manido, el del horror. Ver esta cinta que lleva ya a la ridiculez el asunto de la meta-cinematografía me hizo recordar que en algún momento escribí sobre la primera Scream y lo hice echando pestes. Tan maldito me sentía entonces. Creo, releyendo el artículo, que me excedí. Intentaba renegar de una fe a la que ahora por nostalgia he vuelto a abrazar. También me tomaba muy a pecho el tema de la originalidad, concepto que luego de estudiar la maestría quedó en tela de juicio. En fin, aquí va otro vejestorio:

De parodias mediocres y autoindulgencia
Un año de retraso y gran publicidad antecedieron a la no más reciente –Scream 2 se estrena el 12 de diciembre en Norteamérica— realización de Wes Craven: Scream: grita antes de morir (Scream, 1996). Esta película de horror parodiado es protagonizada por un reparto de jóvenes actores: Neve Campbell (Jóvenes brujas), Drew Barrymore (desde E.T. hasta Todos dicen que te amo), David Arquette (hermano de Rosanna y Patricia Arquette), Skeet Ulrich (Jóvenes brujas), Rose McGowan (The Doom Generation), Jamie Kennedy, Matthew Lillard (Ten cuidado con mamá) y Courteney Cox –no Courtney Love como cierto anuncio de radio anunció en su imbecilidad siendo ésta la viuda de Kurt Cobain y participante en Larry Flynt: el nombre del escándalo, y aquélla, coprotagonista en trabajos de tanto renombre como Un detective diferente y también una de tantos cabezas huecas de la serie Friends, sucesora en el gusto juvenil estadounidense de la infumable Beverly Hills 90210.
En Scream, una serie de homicidios aterrorizan al anodino pueblo de Woodsboro. Tras el destripamiento de Casey (Barrymore) a unos cuantos días del casual aniversario de la violenta muerte de su madre, Sidney Prescott (Campbell) es perseguida por el asesino, quien gusta disfrazarse con un atuendo halloweenesco e imitador del célebre cuadro de Munch, descarada alusión al título del filme. El psicótico enmascarado se le aparece a la adolescente en todas partes –su casa, el baño de la escuela, en fiestas— sólo faltando el lugar común de la sopa. Entre los sospechosos están: su novio Billy (Ulrich), su amiga Tatum (McGowan), sus compañeros –fanáticos del género de horror— Stuart (Lillard) y Randy (Kennedy), un policía con severo retraso mental llamado Dewey (Arquette), una reportera sensacionalista bautizada como Gale Weathers (Cox) y hasta el padre desaparecido de la joven (Lawrence Hecht). Junto a ellos y en papeles secundarios, están estrellas de fugaz brillo como Henry Winkler de la serie Happy Days y Linda Blair de El exorcista.
Con la primera secuencia, Wes Craven (Pesadilla en la calle del infierno, La serpiente y el arco iris, La gente detrás de las paredes) le queda a deber los derechos de autor a Hitchcock, a Carpenter y hasta a sí mismo. Los títulos de Halloween, Viernes 13, Carrie, Cuando llama un extraño, Prom Night, Aullido, Psicosis, El silencio de los inocentes y hasta Ni idea regresan por la memoria. Aun así, a lo largo de Scream, existe un apreciable uso del humor negro y, en ocasiones, un molesto despliegue del humor involuntario. En las escenas iniciales la núbil Casey deambula por su casa de cristal –perfecta para que el malvado homicida la observe desde la penumbra— y recibe, cuando está a punto de ver (oh, sorpresa) un largometraje de horror, las llamadas del moderno victimario con teléfono celular. El asunto se agrava cuando la niñita se niega a hablar con el desconocido y él revela, a cambio, sus mortíferas intenciones. Para divertirse, el individuo la somete, con su voz de gripe gargajienta, a un interrogatorio sobre el cine de horror. Por supuesto, Casey pierde el juego y es apuñalada casi enfrente de sus papis. Luego de este sádico inicio, la trama se centrará en Sidney. Casey, Sidney, Billy, Randy. Abundancia de nombres ilustres que, en estas tierras serían Juanita, Pedrito, Anita y Jorgito. Sidney es la verdadera heroína, la virgen, la nueva Jamie Lee Curtis, la que de seguro sobrevivirá descubriendo la identidad del disfrazado. Los fanáticos de Michael Myers, Freddy y Jason se alegrarán al revivir recuerdos y al identificar referencias a dichos personajes del gore, las vísceras y las sangre. El murmullo cavernoso –rayando en lo ridículo— en el auricular, las persecuciones constantes, los sustos falsos, el aniversario luctuoso, los muertos que reviven y, por supuesto, los intestinos al aire son las situaciones sobadas incluidas en Scream. Para justificar los clichés, Craven presenta, en su filme policiaco-slasher al grupo de jóvenes integrantes de la generación de los noventa como seres obsesionados con el género de horror de los setenta y ochenta. Las reglas de las slasher movies (slash: corte violento, puñalada) son repetidas hasta el cansancio –“no abrir la puerta, no consumir alcohol o drogas, no tener relaciones sexuales, no gritar”— y ni así las víctimas logran salvarse. El pretexto autoindulgente de que se está viendo un historia de niños bobos y amantes del género no le quita lo plagiario al señor Craven. Algunos la han catalogado como una parodia o una crítica contemporánea a las tendencias del pasado. Sin embargo, los elementos que Scream critica y cataloga como ilógicos o estúpidos en las slasher movies, los termina utilizando en vil traición. La parodia es incompleta. El final es el colmo de la idiotez y mata con cualquier intención de Wes Craven para reivindicarse. Con quien sí hizo las paces este director fue con la taquilla y, por lo pronto, ya terminó la obligada segunda parte: Scream 2. En ella, Sidney y sus amigos sobrevivientes discutirán la mala calidad de las secuelas –más indulgencia— detonando otra serie de enigmáticos, pero sórdidos, crímenes. Misterios mayores representan el porqué Tesis se estrena en las salas de cine luego de tener semanas en los videoclubs, o porqué la anacrónica The Wall es considerada un clásico, o porqué el bodrio nacional Cilantro y perejil es la ganadora del Ariel a mejor película, o porqué el espectador debe desvelarse y soportar el frío para ver Hamlet de Kenneth Branagh en función única. Así que, a pesar de las referencias fílmicas y el refriteo atenuado, Scream: grita antes de morir es una mala película.

-Scream: grita antes de morir (Scream, 1996). Dirigida por Wes Craven. Producida por Cary Woods y Cathy Konrad. Actúan: Neve Campbell, Courteney Cox, Drew Barrymore, Skeet Ulrich y David Arquette.

domingo, 2 de octubre de 2011

viernes, 30 de septiembre de 2011

De reinas y sangre


Esto lo escribí a finales del 97 o a principios del 98. No sé. Ya no me acuerdo. Aquí va el vejestorio:

De reinas y sangre
En el mes pasado llegó de nueva cuenta a las salas cinematográficas La reina Margot (La reine Margot, 1994) teniendo como motivo los cuatrocientos años de los jesuitas en la Comarca Lagunera. Tal fastuosa producción entre Francia, Italia y Alemania toma sus bases en la novela de Alejandro Dumas, misma donde la perversa vida de la familia real gala del siglo XVI y la historia se cruzan en sanguinolenta guerra. Así, la pantalla grande se llena de los sucesos que, según la imaginación de Dumas, ocurrieron anterior y posteriormente a la famosa masacre de la noche de San Bartolomé en el año de 1572.
En el intrincado desarrollo de este largometraje, Margarita de Valois (Isabelle Adjani) se casa con Enrique (Daniel Auteuil), rey de Navarra, para asegurar la unión entre católicos, comandados por el duque de Guisa (Miguel Bosé), y protestantes, bajo las órdenes del almirante Coligny (Jean-Claude Brialy). El matrimonio es impuesto por Catalina de Médicis (Virna Lisi), su madre, y Carlos IX (Jean-Hugues Anglade), su hermano y rey de Francia. Margot decide no pasar la noche de bodas sin un hombre y, después de rechazar a su flamante marido y de ser rechazada por su amante –el duque de Guisa—, termina siendo presa de los brazos de La Môle (Vincent Perez) en maloliente calle parisina. Las maquinaciones de esta corte real terminarán destruyendo ineludiblemente el amorío.
Patrice Chéreau (L’homme blessé), realizador del filme, no otorga concesiones y muestra sin pudor las licenciosas fiestas, la frivolidad, los secretos a voces, la lucha por el poder y las mortales intrigas de la realeza. Es un retazo tan exquisito, dentro de sus límites de celuloide, de los poderosos círculos del renacimiento como Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Láinez donde también aparece, en su niñez, Catalina de Médicis. Incesto, venenos y bodas arregladas son rutina para los detentadores del reinado, para la cruel prole. Pero todos los esfuerzos por alejar al protestante Enrique del trono de Francia serán inútiles. El productor Claude Berri, conocido también por dirigir Germinal, no escatimó en gastos. Admirable ambientación, magnífica fotografía, lujoso vestuario y parsimoniosa música enmarcan las estupendas actuaciones de Daniel Auteuil (Los amores de una mujer francesa, Los ladrones, El octavo día), Virna Lisi (Barba azul), Jean-Hugues Anglade (Subway, La femme Nikita), Vincent Perez (Cyrano de Bergerac, Indochina) y hasta Miguel Bosé (Tacones lejanos, La amante de mi mujer). Aún así, no despojan a la siempre joven Isabelle Adjani (Nosferatu, Camille Claudel) de su protagonismo. Margot es, como los demás roles que la francesa se ha aventurado a interpretar, una mujer del escarnio: escudo de Enrique, amante de sus tres hermanos, marioneta de Catalina, testigo de la muerte y, sobre todo, concubina fugaz de La Môle. Bajo sus pies, esa terrible noche de agosto, yace una alfombra conformada por cuerpos pálidos, ensangrentados y desnudos. Sus invitados nupciales terminan siendo carroña. La escena de la matanza, tema tan importante como los sufrimientos de Margot, atribuye su perfección al impacto visual, a la potente estética. Si uno navega por la red mundial podrá encontrarse con opiniones de los cinéfilos norteamericanos en contra de La reina Margot. Sus quejas son cimentadas en argumentos tan nimios como los numerosos personajes, los subtítulos –que tanta flojera les dan— o la duración de la cinta. Tales mugidos de basura blanca hacen presumir el reducido coeficiente intelectual y la cerrazón a cualquier cultura del gringo promedio –y más del gringo cibernauta. Los cinco premios César en su país de origen –actriz principal, fotografía, vestuario y actriz secundaria— así como los acreditados en el festival internacional de Cannes –mejor actriz para Virna Lisi y premio del jurado para Patrice Chéreau— desmienten por completo tales afirmaciones. La reina Margot, por donde se vea, es una excelente película y no hay más que decir.

-La reina Margot (La reine Margot, 1994). Dirigida por Patrice Chéreau. Producida por Claude Berri. Actúan: Isabelle Adjani, Daniel Auteuil, Jean-Hugues Anglade, Vincent Perez, Virna Lisi y Miguel Bosé.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Expulsado a tamborazos


Otro artículo viejo de la época de la columna "El bueno, el malo y el feo" en la revista brecha. De nuevo, tono muy combativo. Falso e inocuo a más no poder. Para colmo, empieza haciendo referencia a otra reseña. Ni modo. Aquí va:

Expulsado a tamborazos
Como ya se dijo en una reseña anterior, en el estado gringo de Oklahoma, un grupo de neardentales blancos –que se hacen pasar por soldados del derecho, de la moral y de las buenas costumbres— condenaron a la ignominia y a la expulsión de sus tiendas de video a El tambor de hojalata de Volker Schlöndorff tras la Palma de Oro de Cannes, el Óscar a mejor película extranjera y dieciocho años de vida. Una de las cintas más destacadas del nuevo cine alemán fue catalogada como pornografía infantil por estos simios mojigatos en su deleznable estulticia.
El tambor de hojalata (Die blechtrommel, 1979), cuyas bases se encuentran en la novela homónima de Günter Grass, es la historia de Óskar (David Bennent), un niño-hombre que decide dejar de crecer a la edad de tres años. En delante, su posesión más preciada será un tambor y las dolorosas relaciones de familia o de pareja en un cuerpo mal desarrollado, esos acontecimientos que marcan su existencia, estarán rodeados de la Alemania de los nazis.
La controversia aparece desde el primer momento. ¿Cómo transferir la palabra escrita al celuloide, al rayo de luz que lanza el proyector? ¿Cómo sintetizar más de quinientas páginas en escasas dos horas con treinta minutos? En lugar de perderse en la pretenciosa idea de llevar el libro íntegro de Günter Grass –quien, dicho sea de paso, revisó el guión— a la pantalla grande, Volker Schlöndorff logra un potente legado del cine, un pilar de hermosura escalofriante. La actuación de David Bennent, quien contaba entonces con once años, es espectacular. El infante es frío, silencioso y lejano. Como Óskar, es un testigo mudo cuyo parquedad solamente es rota por su tambor y su chillante voz, terrores del vidrio. La magia de este largometraje radica, además, en el seductor y esperpéntico erotismo sembrado en la novela. Cada presencia de El tambor de hojalata son destellos surreales y exquisitas anormalidades. Ana (Tina Egel, Berta Drews), la abuela de Óskar Matzerath es el principio y el fin, el personaje que le otorga un carácter circular a la película distrayendo al espectador de las omisiones sobre el libro, entre ellas, la última parte. El padre, Alfred Matzerath (Mario Adorf), y el primo, Jan Bronski (Daniel Olbrychski), aman sin rivalidad a una sola mujer, la madre, la concebida bajo las cuatro faldas de la abuela. En off, Óskar habla de los dos hombres en la vida de Agnes (Angela Winkler): “ambos, tan diferentes pero unánimes respecto a mamá, se agradaron mutuamente y en esta trinidad me trajeron al mundo a mí”. Es entonces cuando el niño se rebela contra el universo conservando su microscópica estatura, golpeando su tambor de hojalata, lacerando vidrios y copas. Por su propia voluntad, por desprecio a los adultos, “queda para siempre gnomo de tres años”. Después de la pérdida de Jan y Agnes, llega María (Katharina Thalbach), la mujer a la que Alfred y Óskar compartirán. Esta etapa de la obra es, sin duda, la más objetada por los moralistas del primitivo heartland. María será su primer amor, la progenitora del que cree su hijo, la diosa del polvo efervescente. Ni así el niño-hombre echará raíces. Él recorrerá Europa junto a sus semejantes en talla: Bebra (Fritz Hakl), el circo y Roswitha Raguna (Mariella Oliveri), la que podría ver en todos los corazones menos en el propio. Por lo tanto, aunque Oklahoma se persigne, El tambor de hojalata es un filme de los buenos.

-El tambor de hojalata (Die blechtrommel, 1979). Dirigida por Volker Schlöndorff. Producida por Franz Seitz y Anatole Dauman. Basada en la novela de Günter Grass. Actúan: David Bennent, Mario Adorf, Angela Winkler, Katharina Thalbach y Daniel Olbrychski.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El ocaso en Tokio


Ante la imposibilidad de escribir algo nuevo en esta bitácora -situación que, presiento, no cambiará hasta principios de diciembre- me dedicaré a subir textos viejos.

El ocaso en Tokio
Los filmes de Kurosawa, Yimou y Lee han sorteado las barreras del idioma y de la distancia. Pero si las cintas latinoamericanas y europeas sufren discriminación en las salas exhibidoras, ¿qué se puede decir en cuanto a exponentes cinematográficos de los lugares más recónditos del oriente? A la par del Rashomon de Akira Kurosawa (Japón) y antes del Sorgo rojo de Zhang Yimou (China) o El banquete de bodas de Ang Lee (Taiwan), el director japonés Yasujiro Ozu (Al que la dama ha olvidado, Primavera temprana, Una tarde de otoño) hacía escuela en la primera mitad del siglo. Con probabilidad, su cinta más famosa sea Historia de Tokio, presentada en VHS por la colección “Grandes directores” del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y también víctima del polvo en videotecas universitarias.
Historia de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) presenta el viaje emprendido por un matrimonio de ancianos, Shukishi (Chishu Ryu) y Tomi Hirayama (Chiyeko Higashiyama), para visitar a sus hijos. Koichi (So Yamamura), el doctor, y Shige (Haruka Sugimura), la estilista, no son capaces de hacer a un lado sus ocupaciones para atender a los padres y sólo Noriko (Setsuko Hara), la nuera, les brinda sonrisas y amabilidad. En México, este largometraje, convertido en culebrón melodramático, recibiría el nombre de Cuando los padres vienen.
La música de Takanori Saito penetra los sentidos y los estruja, durante la entrada, por su fuerza y hermosura. Durante la trama, sin embargo, emerge su débil, su apenas perceptible presencia. Sobrio en escenografías, aunque no en imágenes bien logradas, Ozu cuenta con admirable quietud el abandono al que son empujados Shukishi y Tomi. Con odiosa educación y dulce hipocresía les indican a los ancianos la verdad: nadie tiene ni el tiempo ni el espacio para recibirlos. Los niños se incomodan con el arribo de los abuelos, la comida no es suficiente. Koichi, el primer anfitrión de los viejos, y su horario imprevisible disgusta a la familia entera aunque sólo a los infantes, Minoru (Zen Murase) e Isamu (Mitsuhiro Mori), les sea permitido demostrar enojo. La mezquindad de Shige (“No gastes mucho, no es necesario”, le advierte en reiteradas ocasiones a su esposo) sólo fluye de su boca cuando los viejos dan la espalda. Los dos hijos prometen y prometen un paseo por la ciudad. Las prisas torturan el reloj y, como último recurso, está Noriko, la cuñada, la viuda del hermano, el personaje que causa mayor empatía además de Shukishi y Tomi. Su respiración cortada, los suspiros al hablar, su expresión sonriente son sorpresas que los suegros no imaginan. Tras pláticas conspiradoras de los hijos mayores (“¿Se quedarán mucho tiempo?” “Estamos muy ocupados”) los Hirayama irán, con gastos pagados, a Atami, balneario de aguas termales. La estancia en el lujoso hotel, donde se dará la primera manifestación de la próxima muerte de la madre, es corta porque “este lugar es para la juventud”. Cuando regresan a Tokio los reproches no se hacen esperar. La inhospitalidad tampoco. “Ahora sí estamos desamparados” le dice el padre a su mujer entre risas. Shukishi cae en la borrachera compartidora de decepciones y Tomi pasa la noche en el diminuto apartamento de Noriko, quien pide a su vecina vino y copas, quien sacrifica un día de trabajo para pasear a sus suegros. Yasujiro Ozu estampa un sinfín de escenas en la mente: la necedad de Minoru ante la frustración, Shige y su esperanza de muerte al empacar ropa negra, Noriko y su esperanza de vida al no empacarla, los tambores del funeral materno, la apacibilidad solitaria de Shukishi, el rostro de Kioko (Kyoko Kagawa) –la hermana menor, la maestra— al pasar el tren y una frase en labios de Noriko como síntesis: “cada quien busca su propia vida”.
Con Historia de Tokio, Yasujiro Ozu logra una visión profunda del entorno familiar, una obra estética y una excelente película.

-Historia de Tokio (Tokyo monogatari, 1953). Dirigida por Yasujiro Ozu. Producida por Shochiky. Protagonizada por Chishu Ryu, Chiyeko Higashiyama, Setsuko Hara, Haruka Sugimura y So Yamamura.

martes, 16 de agosto de 2011

viernes, 5 de agosto de 2011

Joyas que vi de chiquillo (III): Miss Brodie


Además de narrador y reseñista ocasional de cine, soy profe. Por azares del destino sobre todo. Pero lo asumo, soy profe. Y a muchos profes les chiflan las películas sobre (sí, así es, no se hagan, queridos colegas) profes. A algunos les encantó por ejemplo La sociedad de los poetas muertos (1989). Quizás porque querían que, ante un despido inminente por sus ideas progresistas o por su excesiva influencia en ciertos estudiantes, como le sucede al personaje interpretado por Robin Williams al final de la cinta, sus alumnos se pusieran de pie sobre sus pupitres y les hicieran un “séntido” homenaje en vida: ¡oh, Capitán, mi capitán! Lo cierto es que a mí, en particular, dicho largometraje dirigido por Peter Weir (¿quién?) me parece insoportablemente cursi y tan repleto de melcocha como para provocarle al más sano un coma diabético. Si tuviera que elegir algún producto fílmico sobre escuelas y educación que sea la más sutil, antigua e incluso maliciosa The Prime of Miss Jean Brodie (1969), titulada en España como Los mejores años de Miss Brodie. Tal vez la prefiera a cualquier otra cinta que retrate un ambiente académico por tratarse de otra piedra preciosa que descubrí siendo niño. Además, contiene una de las mejores actuaciones de una veterana actriz inglesa: Maggie Smith. Antes de Miss Brodie, a Maggie Smith la había visto ya en Furia de titanes (1981) y en adaptaciones de novelas de Agatha Christie como Muerte en el Nilo (1978) y Maldad bajo el sol (1982). También en la gran parodia fílmica setentera de las novelas policiacas intitulada Crimen por muerte (1976). Pero nunca antes la había visto como aquí donde por su interpretación uno debería de hincársele. En su momento lo hicieron los “académicos” de Hollywood pues le concedieron el Óscar a mejor actriz principal. Que comience la función.


Maggie, Maggie, eres joven y estás viva
Nos hallamos en Edimburgo. Año 1932. Se escucha sólo la melodía de la canción “Jean”, interpretada por Rod McKuen. La señorita Brodie aparece saliendo de su casa. Luego la vemos montada en una bicicleta atravesando las calles de la capital escocesa como una suerte de ave orgullosa. Al acercarse a su lugar de trabajo, nos damos cuenta de que empieza el nuevo año escolar. Sombreros, trenzas, uniformes grises, corbatitas, calcetas blancas y zapatos de charol. Tres alumnas se alegran de verla y cargan sus instrumentos de trabajo. Dos profesores la saludan con entusiasmo. Es obvio que se sienten atraídos por la elegancia, el porte y la desenvoltura de la mujer. Dos estudiantes de nuevo ingreso en la escuela Marcia Blaine pasan del cuidado de la directora, la señorita McKay (Celia Johnson), al de una alumna que va pasando. Ahí está el retrato de Marcia Blaine, la fundadora, con cita de los Proverbios bíblicos en el pie de página: “¿Quién puede hallar a una mujer virtuosa? Su precio es más alto que el de los rubíes.” O algo así. Mi traducción es bastante torpe. De ahí pasamos a una señorita Brodie cantando en el refectorio el himno de la escuela. El título de la cinta, yuxtapuesto. Jean Brodie se encuentra aislada del resto. Es individualista hasta los huesos. No se avergüenza de destacar entre el profesorado que a los espectadores se nos presenta en pares. Algunas profesoras ni siquiera se distinguen entre sí. Tal vez sean hasta hermanas gemelas. Del estrado la cámara pasa al público repleto de niñas entre doce y diecisiete años. Las alumnas nos son presentadas también en pares. Hasta llegar a Sandy (Pamela Franklin, ocho años después de que le pusiera los pelos de punta a su institutriz Deborah Kerr en The Innocents o para nuestro idioma Posesión satánica —qué genialidad la de los traductores— adaptación cinematográfica de 1961 de Otra vuelta de tuerca de Henry James). Sandy es captada por el lente en un aislamiento similar al de la señorita Brodie. Tampoco tiene miedo a destacar. Y por eso, por ser tan similar a la maestra, terminará convertida en su rival. Habrá una oposición definitiva entre esta chica y la señorita Brodie. Ya a partir de este instante el director Roland Neame (mismo de La aventura del Poseidón, la original, claro) nos da pistas sobre el desenlace. Algunos datos adicionales: el largometraje de Neame toma como fuente la obra teatral de la dramaturga estadounidense Jay Presson Allen a su vez basada en una novela de la escocesa Muriel Spark, novela publicada en 1961. La estructura de la película hará evidente esta mediación de la obra teatral pues bien podríamos partirla en tres actos.


Acto 1: La crème de la crème
En el primero queda bien establecido el personaje de la señorita Brodie. Ella es una mujer por completo ensimismada. No ve más allá de sus narices a causa de su romanticismo algo artificial y bastante melodramático. Y aunque sin duda inspira a sus alumnas y la enseñanza es su vida entera, levanta también a su paso un sinnúmero de comentarios insidiosos. Por ser mujer y por destacarse, es odiada por las profesoras; pero amada por dos profesores, los que la saludaron con tanto entusiasmo. Brodie es una mujer (una solterona, dirían algunos) progresista en una institución conservadora, incluso pacata. Además, según ella, se encuentra en la flor de la vida, en su prime. Si la señorita Brodie fuera programa de televisión, pasaría a las nueve de la noche. Gran parte de la cinta transcurrirá dentro de la escuela. Sobre todo, en el salón de clases de la señorita Brodie. Esta unidad en los espacios también denuncia el origen teatral de la trama. Primer día de clases. Al entrar, la maestra reprime a una alumna por haber dejado la ventana demasiado abierta. Más de seis pulgadas es vulgar. Su negocio es colocar “mentes viejas sobre hombros jóvenes”. Es decir, la educación. Entre los objetivos educativos de la señorita Brodie está hacer de “sus niñas”, la crème de la crème. Las dos alumnas nuevas vistas afuera de la oficina de la directora terminan en el grupo de la señorita Brodie. Una es descartada de inmediato pues sus gustos no empatan con los de una maestra cuyos intereses son únicamente “la belleza, el arte y la verdad”. Otra es Mary McGregor (sí, homónima de la cantante de la cursísima canción “Torn Between Two Lovers” e interpretada por la joven actriz Jane Carr). Mary es una niña tímida, huérfana, tartamuda y sin intereses. Una hoja en blanco sobre la cual la señorita Brodie podrá escribir lo que desee. Es obvio que la maestra se aleja del programa oficial pues les pide a las alumnas tener sus libros a la mano, en caso de que llegue algún intruso. Les cuenta la historia de cómo su amado Hugh murió en Flandes durante la Gran Guerra. Una estudiante solloza y moquea. Es Mónica (Shirley Steedman) cuyas lágrimas por poco meten en líos a su maestra cuando la señorita McKay, la directora, entra al salón de clases. Con un diálogo rápido nos damos cuenta que las dos mujeres, aunque se tratan con amabilidad, son enemigas juradas. Cuando la intrusa se va y Sandy le reprocha a la señorita Brodie haberle mentido, ésta responde: “haz lo que digo, no lo que hago; apenas eres una niña y, por lo tanto, muy lejos de la flor de la edad”. De nueva cuenta, se nos concede esta proyección del final apoteósico donde la señorita Brodie y Sandy se enfrentarán. Pronto, ya afuera del salón, los bajos instintos serán revelados. A Jean Brodie se la acerca el maestro de pintura, Teddy Lloyd (Robert Stephens, el entonces esposo de Maggie Smith), con quien ha tenido un amorío en el verano, amorío imposible pues él es casado y tiene un montón de hijos. Católico sin poder de decisión, le dice ella. Ante el acoso del pintor, Brodie pone como escudo al maestro de música, Gordon Lowther (Gordon Jackson) al que le ha prometido pasar el fin de semana en su propiedad. Durante el almuerzo sabremos que éste era un engaño. Ella debe rápidamente “invitarse” a la propiedad de Lowther para que la mentira se convierta en verdad. Estos devaneos con un hombre y luego con otro fascinarán a las cuatro “chicas Brodie”: Sandy, Mary, Mónica y la pelirroja Jenny (Diane Grayson), todas no en la flor de la vida; pero sí en el punto álgido de la pubertad. Los cotilleos se verán detonados por una caminata a través de los sitios históricos de Edimburgo, por la visita dominical a la propiedad de Lowther y, sobre todo, cuando Mary sorprenda a su maestra besándose con el profesor de pintura. De ahí, las sospechas pasarán a la oficina de la directora que verá el fracaso de su intriga pues la verdadera intención es deshacerse de la señorita Brodie por considerarla demasiado “colorida” y liberal. Pero hay sombras en el carácter de esta mujer que ni la señorita McKay ni la historia siquiera consideran. Ésta es una catedrática que admira, por ejemplo, a un señor de apellido Mussolini. Y así, con una intrigante señorita McKay que le pide a su esperpéntica y muda secretaria que pare muy bien la oreja para acabar de una buena vez con la Brodie, terminaría el primer acto.


Acto 2: una carta de amor entre los libros
El segundo se cierra en círculo gracias a una carta de amor. Carta falsa. Con esta misiva da inicio y finaliza el acto dos. Jenny y Sandy están en la biblioteca dando rienda suelta a su imaginación y escriben entre risas la carta que su maestra le escribiría a Lowther. Por un regaño de la bibliotecaria la carta permanecerá escondida en un libro polvoso hasta años después. En el intervalo, vemos a la familia espuria de la Brodie en un picnic dentro de los jardines de la escuela. Ahí, junto al maestro de música, le designará un rol a cada una de sus alumnas. Predecir el futuro no es difícil para ella. Mónica, histriónica. Mary, sola en el mundo. Sandy… Confiable, agrega la chica antes de que pueda hacerlo la señorita Brodie como leyendo su mente. Pero, lo confiesa en voz alta la mujer, con quien siente tener un lazo espiritual es con Jenny. Jenny, la pelirroja. Jenny, la más bella. Luego de recitar un poema de lord Tennyson, dirá que Jenny será retratada muchas veces. Su augurio se vuelve realidad. A medias. El tiempo pasa y Jenny se encuentra en el estudio de Lloyd. Las otras también están ahí. Excepto Sandy que llega tarde y que es tan atrevida que no oculta su suspicacia. Para ella, todos los retratos de Lloyd se parecen a la señorita Brodie. Al sentirse descubierto, le roba un beso a la muchacha que sale corriendo para encontrarse con la Brodie y Lowther, su perrito faldero. Una invitación al té obliga para que Sandy le cuente los detalles del retrato de Jenny a la mujer. Sandy escucha y observa con atención. Se le nota el deseo de rebelarse, de contravenir los deseos de su antigua maestra. Ahí se encuentra la semilla para rebelarse. A través de miradas y gestos, nos damos cuenta que en este momento la joven decide arruinar los planes de la solterona. ¿Cuál será mi carrera?, le pregunta. La Brodie vuelve a clasificar a sus muchachas. Jenny es pasión. Será una gran amante. Sandy tiene perspicacia. Será una gran espía. Con su sentencia, Jean Brodie nulifica el lado emocional de Sandy. Ésta lo comprende y, sin hacerlo obvio al espectador, sabemos que ella será la amante de Lloyd. No la mera espía para informarle a la maestra del supuesto amorío entre el pintor y Jenny. En otra escena, estamos de vuelta en el salón de clases. Brodie habla de guardar la compostura. Pero el primero en romper la regla es Lowther que entra estrepitosamente. Los dos han sido llamados con urgencia a la oficina de la directora. Se descubre la carta y, mientras la señorita Brodie lo toma a broma, la señorita McKay expresa su conmoción. Para ella todo se ha debido a la influencia perniciosa que tiene sobre sus alumnas. Le pide renunciar. Pero la otra se defiende como leona. La enseñanza es su vida. Amenaza con una demanda legal. Por su parte, Lowther se convierte en ratoncillo. Como él le ofrece sólo una vida que no se apega a sus ideales románticos sino a los convencionalismos sociales, la relación no durará mucho más. Al insinuarle al pintor que tome por amante a Jenny, éste rompe la burbuja y ella pierde la compostura dándole una sonora bofetada. Sólo basta experimentar la siguiente escena donde la Brodie relata sus vacaciones por Italia para rendirse ante la capacidad actoral de Maggie Smith. A través del proyector se ven diapositivas de Il Duce, el Coliseo, el David y el Ponte Vecchio. Ella sólo piensa en lo ocurrido y anuncia que el amor entre un hombre maduro y una jovencita de catorce años es posible. Un amor como para recordar otro, más sublime. Fin del segundo acto.


Acto 3: la asesina
En el último la figura de la tímida y tartamuda Mary McGregor se alzará como factor de mayor controversia entre la señorita Brodie y Sandy. En la primera escena, con una Sandy ya de diecisiete años y desnuda en el estudio de Lloyd, la relación entre los amantes tan rápido como se le plantea al espectador termina volviéndose trizas. Cuando descubra el rostro de la Brodie en el cuadro que Lloyd pinta para ella, Sandy saldrá de ahí para no volver. Le dice que es un mediocre, que está viejo. Por ser una amante despechada, su odio por la señorita Brodie irá en aumento. Ahora el poderoso de moda no es Benito Mussolini, sino Franco. Confiada por completo en que sus ideas políticas son las correctas, la mujer convence a sus alumnas de que éstos son los verdaderos líderes que llevarán a sus pueblos a la modernidad. Cuando el hermano de Mary, su único familiar, vaya a España a luchar por quién sabe qué bando, la maestra animará a la muchacha a viajar a la península Ibérica. Ahí encontrará la muerte, confundiéndose de bando pues su hermano en realidad peleaba por los republicanos. Eso no lo previó la maestra. Para Sandy, los desvaríos de la solterona causaron finalmente una baja. La señorita Brodie está incólume. Pronto iza la bandera con el rostro de Mary proclamándola como una gran heroína que murió luchando por sus valerosos ideales. Todas sus niñas deberían ser como Mary. Sandy otra vez, escucha y observa. Espera además dar el golpe definitivo. La vemos salir del salón de clases y tocar con los nudillos a una puerta que bien podría ser la de la señorita McKay. Entre tanto, habrá un baile. Vestidos largos y valses. A lo largo de la celebración, quedará muy claro que la protagonista se ha quedado como el perro de las dos tortas: sin el profesor de música, sin el de pintura. Lloyd se le acerca con la intención de herirla después de ser rechazado por Sandy. Ella, sin embargo, se aferra al hecho de que todo sacrificio es bueno mientras lo haga por sus niñas. Después de todo, no las abandonaría ante ninguna propuesta matrimonial. De haberlo querido, habría podido retener a Lowther. Es más, fue ella quien lo incitó a acercarse a la maestra de química. Es otro día. De nueva cuenta, la Brodie es llamada por la dirección. Esta vez, la señorita McKay triunfa. La señorita Brodie ha sido despedida. Es una decisión del comité. Debe dejar la escuela Marcia Blaine por su participación en el caso de Mary McGregor. Jean Brodie alega que tiene la lealtad de sus chicas. McKay le da a entender que fue precisamente una de ellas la que la denunció. Para colmo, el resto de los profesores celebra el próximo matrimonio de Lowther con la profesora de química. Brodie regresa a su salón de clases para encontrar ahí, en la oscuridad, a Sandy. Aquí se da la escena cumbre de la cinta, el enfrentamiento mortal entre maestra y alumna tan dramático como intenso. Siendo un niño de diez u once años que logró grabar este largometraje en un videocassette gracias a la generosidad de la compañía de cable que sin titubeos se pirateaba la señal de canales de películas de Estados Unidos, me imagino que entendí muy poco de la historia de la señorita Brodie hasta este momento culminante. Bueno, recuerdo haberme dejado hipnotizar por la Dama de Shalott. Aquí se da ejemplo paradigmático de cómo “matar al maestro”. Ambas se equivocan con todos sus humanos prejuicios. La maestra le pide lealtad a la joven a pesar de haberla catalogado como la “confiable”, la exenta de emocionalidad así neutralizando todos los otros aspectos de su carácter. La alumna, sin embargo, le pide congruencia digna de una divinidad como si la Brodie no fuese mujer de claroscuros. Ahora lo entiendo. Entonces, cuando vi por primera vez, The Prime of Miss Jean Brodie sólo exclamé: ¡qué!, ¿un estudiante puede destruir la carrera docente de un maestro? Qué chido. Claro, en esa época ni me imaginaba que yo terminaría enseñando. De esta forma, la señorita Brodie debe admitir que la flor de la edad ya ha pasado. Si la enseñanza es su vida, ahora está muerta. Tampoco se deja intimidar por la jovencita. Incluso ¡asesina!, le grita a Sandy. Y cuando ésta se gradúe y trasponga el umbral de Marcia Blaine por última vez con una lágrima cayéndole por la mejilla, comprobará que es muy difícil dejar de ser una “chica Brodie”. Al matar a su maestra, mató algo de sí misma. Y así cada uno de los personajes se nos presenta como ambivalente. Y, cuando caiga el telón, Rod McKuen cantará “Jean”. Fin.


Sal a la pradera, Maggie
No ha sido ésta la única participación memorable de Maggie Smith. Inolvidable estuvo en Gosford Park de Robert Altman como aristócrata mimada, güevona y chismosa. Pero más conocida será por la chiquillada de hoy como la profesora Minerva McGonagall de Harry Potter (si algún mérito tiene esta tragona franquicia, en mi opinión, es la de reunir un extenso reparto de histriones de Gran Bretaña). Émulas de la Brodie tampoco han sido pocas en la cinematografía mundial. Ahí está la muy reciente Cracks (2009), dirigida por Jordan Scott (hija de Ridley Scott, sobrina de Tony Scott), donde para ponerle un poquito de picante y de modernidad a la sopa hicieron de la maestra protagonista (Eva Green, ex “chica Bond” de Casino Royale) una lesbiana violadora. Otra vez, qué falta de sutileza. Yo mejor me quedo con Maggie Smith.

Los mejores años de Miss Brodie (The Prime of Miss Jean Brodie, 1969). Dirigida por Roland Neame. Producida por Robert Fryer. Protagonizada por Maggie Smith, Robert Stephens y Pamela Franklin.

El avance de Miss Brodie: http://www.youtube.com/watch?v=AmNQVo1qpD8
Para que ya desde aquí se vean los paralelismos, el avance de Cracks: http://www.youtube.com/watch?v=ea8J_pHNg7w

martes, 2 de agosto de 2011

Algo que durante años ha querido ser una novela (V)


Me encuentro a punto de terminar el capítulo seis de mi novela, el penúltimo. Por primera vez en años veo posible la conclusión de un proyecto de escritura. Dejo en pocos días el terruño satisfecho de haber alcanzado las metas que me tracé al comienzo de junio. Sólo espero que el trabajo no me arrebate tanto tiempo como para no concluir el primer borrador de la novela antes de que este año se acabe. Para el último fragmento de los capítulos anteriores, ir a 1, 2, 3 y 4. Éste que presento a continuación corresponde al 5:

Lo primero con lo que me topé a mi regreso a Torreón en el año dos mil nueve fue con una hilera de parientes que nomás encontrarme me reprochaban haber regresado ante la tan deprimente situación de nuestro país. Epidemias, crisis económica y violencia eran bastantes motivos para poner tierra de por medio. Algo había cambiado en los últimos once años. Los temas de conversación, por ejemplo. Cómo era posible que hubiese regresado cuando muchos de ellos, durante años, me envidiaron al decirles mis padres o mi hermana que yo seguía viviendo en Montreal. Cómo me atrevía yo a volver cuando algunos, los más afortunados, ya estaban vendiendo sus propiedades y haciendo las maletas para irse a otra ciudad o incluso a los Estados Unidos, a San Antonio o a El Paso. No faltó el gracioso que trataba de espantarme con historias de influenza H1N1, de Zetas asesinos escondiéndose detrás de cada esquina o incluso de indigencia inminente por la falta de empleo. Y eso que yo había querido regresar en el dos mil seis para votar por Felipe Calderón.
El regreso hiperbolizó mi visibilidad en la familia. Sobre todo, durante la boda en que mi hermana cambió de apellido a Juliana de Humphrey. De pronto, me volví el blanco de opiniones, críticas, recomendaciones, consejos y habladurías no sólo en ésa sino en cada una de las reuniones familiares. Lo primero en saltar al estrado del viboreo, mi forma de hablar. Nomás me escuchaban el acento durante diez segundos y hacían algún comentario cizañoso sobre mis maneras “extranjerizantes” de expresarme. Como si ellos, en su más enraizado colonialismo, no escupieran cada vez que se les presentaba la oportunidad un término en inglés del cual muy apenas sabían el significado. De arriba para abajo me escrutaban para comentar sobre mi ropa, tan jipi-chic ella. Y eso que a mí, en Montreal, la moda siempre me había valido madres. Marie-Claude durante años se encargó de tal inciso en mi vida y luego de separarnos seguí poniéndome lo mismo que ella me había comprado. Ah y si devolvía la comida en algún restaurante de cadena importaba poco que estuviera fría, tuviera pelos o fuera simplemente incomible. No, se trataba más bien de que ya nada en Torreón se encontraba a mi altura tras vivir en el primer mundo. Tan creído yo. Había otros que me perseguían como novias enamoradas para saber cómo era Canadá y qué tan fácil resultaba emprender el proceso de inmigración. Esa gente que por haber uno vivido en el extranjero te ponían en una categoría diferente, como si sólo por eso fueras superior a ellos. No había medias tintas. Me hallaba entre patrioteros xenófobos y regionalistas que terminaban diciendo que yo ya no era mexicano y así, sin filtros, pasaba a verme rodeado de los malinchistas adoradores de lo extranjero que a cada rato afirmaban entre suspiros “ay, Montreal tan bonito” aunque ni lo conocieran ni lo ubicaran en el mapa.
Mis más cercanos —mis padres, mi hermana e incluso mi abuelo Osvaldo desde su lecho de moribundo— querían verme triunfar en la sociedad torreonense y ante la cuestión de a qué me podría dedicar en La Laguna pronto la respuesta surgió cuando uno de mis tíos de la rama materna dejó las riendas de la cadena de tiendas de autoservicio. Todos me animaron a tomarlas. Incluso Alberto, mi cuñado. Poco les importó que yo no tuviera ni la más mínima noción del funcionamiento de una empresa ni que en mi último empleo en Montreal me hubiera dedicado a limpiar escusados. Y cuando la gente me preguntaba por mi hija les terminaba diciendo que pronto su mamá y ella vendrían a visitarme a Torreón lo cual, por la distancia y por las sangrientas noticias salidas de México al extranjero, nunca ocurrió.
Yo —que por prepotencia y por atrabancado— había sido puesto en un avión a Canadá regresaba once años después con alfombra roja hacia la gerencia de la compañía. Ya ahí, como en los muchos círculos de poder en México —aunque el mío fuera rascuachemente lagunero— me esperaba ansiosa una corte de lameculos. Quienquiera que en este país haya estado en una situación similar te lo confirmará. Estamos tejidos con las pútridas agujas y los hilos macabros de la doble moral, de la hipocresía y de una reticente servidumbre. Ladinos. Cómo iba a saber si las finanzas iban a pique o no si todo recibimiento para mí era “pásele, licenciado”, “tiene usted toda la razón”, “qué excelente idea la suya”. Sentí que me lo merecía. Después de haber vivido tan mal en Canadá, ése era mi premio: ser alguien aquí. Fue el año en que viví entre nubes de algodón. No me importaba ya ni la inseguridad imperante ni la situación política pues tan pronto pisé esta tierra de nuevo ya no requería el cordón umbilical que el exceso de información representaba para recrear el país ausente. México dejó de ser un constructo porque ahí se hallaba de regreso ante mis ojos, concreto, al alcance de la mano y con toda su cochambre. Podía volver también a la indiferencia característica de mi clase social sin ningún problema. Pero al cabo, así como cuando era un adolescente que se estrelló contra el mundo, ahora lo hacía contra la realidad que yo me negaba a ver y que otros maquillaron para mí como una puta de bajos vuelos. Casi al año uno de mis primos, como en intriga palaciega, le reveló a la familia el desastre. Eso, por fin, mató a mi abuelo, don Osvaldo Trujillo Martínez. Por segunda vez en mi vida las culpas se me fueron acumulando y todas las miradas de condena cayeron sobre mí.
Había extraviado la malicia en Canadá. En ese país no es necesario desconfiar de nadie. La gente no se ve obligada a falsear datos ni a inventar embustes para obtener un beneficio ni para chingarse al otro. Tras más de una década de ausencia había olvidado la manera de comportarme y de sobrevivir en este país. Así, tan pronto me empujaron a sentarme en el trono, fui defenestrado. Y de un día para otro me convertí en el perdedor, el más grande
loser de la familia. No conforme con haberlos avergonzado cuando era un niñato ahora por poco arruinaba el negocio erigido gracias al esfuerzo de generaciones. Y con ello mataba al querido abuelito, a nuestro patriarca. Nadie salió en mi defensa alegando que la situación económica era deplorable por doquier ni que había sido malaconsejado por una sarta de lambiscones. Ni siquiera mi madre me perdonó haber hundido el barco. Había regresado a un lugar cuyos códigos ya no era capaz de leer. Después de vivir en Canadá, no pude adaptarme a un mundo de zalamería, triquiñuelas y sobornos. No soporté más sus muecas de desaprobación ni sus indirectas en las reuniones familiares. A los treinta años me fui de casa de mis padres y renté un departamentito en el centro de la ciudad, no muy lejos de aquí. Esta vez no fui tan inocente. Ya sabía lo que me esperaba a mi alrededor. Sabía que de inmediato la pinche gente de este rumbo me clasificaría como el fresa, el catrín, el pirruris, el caga-lana.
Mientras mi primo, con la colaboración de mi cuñado, estabilizaba la situación económica en la compañía me dediqué sin mucho éxito a buscar un trabajo. Trataba con toda mi buena voluntad de integrarme a las células de la sociedad siempre vistas por los míos como despreciables. Una y otra vez, perdía las partidas. Recuerdo que como un acto de inconformidad juvenil me ponía con orgullo una camiseta de Soriana, nuestra competencia. Cuando un vecino por fin me vio con ella vomitó su bilis rencorosa: tú no puedes ser naco ni aunque te apliques. Me ofendió sobremanera. Yo que hacía mi mayor esfuerzo por ser como ellos. Iba a las luchas en Gómez, desayunaba tacos de La Joya, comía en el mercado Villa, compraba mi ropa en Coppel e iba de vacaciones a Raymundo Beach. Yo que acariciaba como único objetivo encajar en alguna parte. Pronto me convencí de que el vecino ése estaba en lo correcto. No cometería el mismo error que en Canadá cuando quise complacer a Marie-Claude. Yo no podía negar mi cuna ni sentirme culpable por mi pasado. Era un Bórquez Trujillo después de todo. Hundido en el lodazal; pero lo era.
Me hallé de repente en una extraña crisis de mediana edad pero a los treinta: alejado de mi hija, con mis sueños pisoteados, siendo el paria no sólo de la familia sino también del resto de la sociedad. Me vi suspendido en un puente colgante entre dos territorios antitéticos e irreconciliables. Sobre todo, cercado por ellos, por los nacos. Pero aun entonces no imaginaba cuánto más se iba a deteriorar mi situación, ni mucho menos avizoraba qué tan profunda sería la caída. La mala fortuna apenas había sacado la cabeza de entre las tenebrosas aguas en donde buceaba, apenas había empezado a afilarse los puntiagudos colmillos antes de la última dentellada.