jueves, 31 de marzo de 2011

miércoles, 16 de marzo de 2011

Que siempre sí


Ahora resulta que sí. De acuerdo con el sitio de mi alma máter, la Ibero Torreón, la edición 52 de la Muestra Internacional de Cine estará en La Laguna. Pero no será en ninguna sala de cine (lo cual no me extraña) sino en la sala Kino. Esto se llevará a cabo del 24 de marzo al 5 de abril. En la programación, sin embargo, solamente se encuentran once de las veintidós en la lista original. La única de esas once cintas que he visto es Anticristo de Lars von Trier. Ya ni recalco la fecha en que la reseñé. Lamento mucho que no lleven De dioses y hombres de Xavier Beauvois. Buen provecho a los cinéfilos de La Laguna.

domingo, 13 de marzo de 2011

Alegoría involuntaria de nuestros tiempos


Hace poco vi una cinta oriunda de nuestro país que intentaba retratar, sin haber ninguna distancia histórica de por medio, el clima actual de violencia a través de una sátira. Era sin duda un esfuerzo bien intencionado. Se llamaba El infierno. A pesar de las muchas alabanzas que dicho filme recibió en su momento, a mí me pareció sin embargo hasta cierto punto fallido por carecer por completo de sutileza. Tal vez en México, eso de la sutileza no se nos da muy bien. Es común que al público mexicano en general se nos trate como a los hijos de Kynodontas y se nos apunte con un dedo índice hacia donde debemos mirar quitándole todo el sabor a un descubrimiento propio. Tan sólo unas semanas después rento una película que parecería una alegoría involuntaria de ese mismo clima de violencia. Involuntaria porque dudo que el director de Monsters (2010), el británico Gareth Edwards, haya intentado en lo más mínimo hacer alusión a la realidad del México contemporáneo con su película de ciencia ficción. Si ni hablar español sabe. Sin embargo, al verla no dejé de sentirme incómodo ante un mapa de México con el norte pintado de rojo indicando que ésa era una zona infestada de alienígenas asesinos y en extremo peligrosa. No digo que esta cinta sea sutil; pero sí me pareció que éste es un mejor camino para trasladar a la ficción lo que acontece ahora. Al menos, para mí la sutileza me convence más que la obviedad simplemente porque con la primera siento mi inteligencia menos subestimada.
En su ópera prima, el experto en efectos especiales que es Edwards nos presenta a un fotógrafo al le dan dado la misión de escoltar a la hija de su jefe al otro lado de la frontera. La joven, siendo una turista estadounidense, ha sido sorprendida por un ataque de una de las criaturas gigantes contra su hotel. Éste es un México invadido por monstruos extraterrestres enormes con forma de pulpo que ni siquiera una muralla en la frontera con los Estados Unidos podrá contener. Los bombardeos provenientes del país del norte por los cuales muchas personas en México usan máscaras de gas también serán inútiles para exterminarlos. Los alienígenas han estado en su nuevo lugar de residencia tantos años que ya se han vuelto parte del paisaje. Nadie se sorprende por ellos o por la devastación y las muertes que dejan a su paso. Así Andrew Kaulder (Scoot McNairy) y Samantha Wynden (Whitney Able) tendrán que encontrar la manera de cruzar por la zona infectada hasta llegar al territorio dentro del que, piensan, estarán seguros. Pronto una relación nacerá entre la hija de papá a punto de casarse y el periodista sólo interesado en obtener una fotografía de un monstruo vivo.
Filmada con cámara sobre el hombro, contando con un equipo de muy pocas personas y teniendo como escenario diferentes países (además de México figuran Guatemala, Costa Rica, Belice y Estados Unidos), Monsters es un trabajo casi personal con resultados muy halagadores. En Hollywood, siempre listos para apropiarse del talento ajeno, ha llamado de tal forma la atención que ya comparan a Edwards con el fenómeno causado hace algunos años por el sudafricano Neill Blomkamp y su Sector 9. Es verdad que la geografía presentada en Monsters es surrealista (por describirla de algún modo). Ahí aparece, citando un ejemplo de muchos, una pirámide guatemalteca a pasos de la frontera con Estados Unidos. Ni hablar de los acentos de los “nativos”. Sin embargo, como espectador y sin que Edwards intentara llevarme hacia allá, no puedo dejar de pensar que en mí, al menos, Monsters funciona como una alegoría de lo acontecido en años recientes dentro de México. Eso es lo que una buena película de ciencia ficción debe lograr: la sensación de que tanto extraterrestre, tanto mutante asesino y tanta jalada nos conduzca finalmente a una reflexión de la realidad. Eso -y no si el presupuesto entero se fue en escenas confeccionadas por computadora que saldrán en pantalla durante tres segundos- termina siendo lo importante. Una vez más se comprueba que en este género no se necesita el presupuesto millonario para atraer la atención, sino sólo contar con una historia atrayente y unos personajes con los cuales se pueda conmover el espectador. En suma, Monsters es una ópera prima que promete. Aún no cuenta con título en español ni fecha de estreno para México.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=a-2aTT2SvGo

sábado, 12 de marzo de 2011

Una griega para el festival de los infartados


Algo me pasa. No estoy nada bien. Ando recomendando una cinta de monjecitos franceses y confieso que estuve llorando a moco tendido al verla -una reacción similar me ocurrió con Biutiful de González Iñárritu que no comentaré a causa de haberse estrenado hace ya meses en México y de no tener nada nuevo que agregar a lo comentado por muchos otros entonces. No puede ser. Me importa tanto mi blandengue malditez que me veo obligado a virar hacia otra dirección y bajo con prisas al cine del sótano a ver un filme griego titulado en inglés Dogtooth para luego tratar de reseñarlo. Esto fue lo que salió:

De todas las nominadas a mejor película en lengua extranjera en la pasada entrega del Óscar, la que me produce mayor sentimiento de enigma es ésta: Canino (Kynodontas, 2009), filme titulado así en Argentina mientras que en España recibió el nombre de Colmillo. Fuera de sus diferentes títulos en castellano, no entiendo cómo demonios llegó la película ahí y no porque sea mala, sino porque poco tiene que ver con la sensibilidad de quienes se ocultan bajo la engaña-bobos denominación de Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. ¿Es posible? ¿Que esta mentada de madre a la moralidad pequeño burguesa proveniente de Grecia haya pasado todos los filtros del buen gusto hasta reunirse con las otras cuatro finalistas al premio? ¿Que, en cambio, De dioses y hombres haya sido obviada por completo? Misteriosos caminos resultan ser los del Óscar.
Canino del cineasta griego Yorgos Lanthimos estaría en la lista sí pero de un ciclo de películas susceptibles de provocarles infarto a los más mochos y persignados entre los asistentes a una sala de cine y estaría ahí junto a títulos como El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante de Peter Greenaway, La pianista de Michael Haneke, Irreversible de Gaspar Noé y Anticristo de Lars von Trier (esta última, por cierto, a punto de estrenarse en el DF en corrida comercial tras casi dos años de causar escándalo en Cannes). Que yo recuerde ninguna de las anteriores figuró en su momento entre las consentidas del premio Óscar. Con una trama que recuerda en tiempos más recientes a Sitcom del francés François Ozon y en tiempos más lejanos pero sí en territorio más próximo a la película El castillo de la pureza del mexicano Arturo Ripstein, Canino nos presenta un matrimonio que ha decidido preservar a sus hijos alejados del mundanal ruido y en su intento por mantenerlos puros e inmaculados sumergirlos en la más terrible de las perversiones: la de la inocencia que se desbarranca en pendejez. Aunque suene a tragedia, ésta es una comedia. Claro, de un humor muy negro. Tanto así que durante la escena medular, gracias a la cual la película toma su título, un parroquiano en la sala de cine donde me encontraba puso pies en polvorosa saliendo despavorido del lugar. Bueno, si ya los ojos de este hombre habían aguantado el destripamiento de un lindo gatito, un padre dándole de golpes a su hija en la cabeza con dos cintas VHS y una escena explícita de sexo incestuoso entre un hermano y una hermana, bien pudo haber soportado ver cómo una mujer joven se rompe los dientes con una pesa. Salir despavorido del cine con tanto descalabro moral no es para menos.
Nadie en esta familia tiene nombre. Son simplemente el padre (Christos Stergioglou), la madre (Michelle Valley), la hija mayor (Aggeliki Papoulia), la hija menor (Mary Tsoni) y el hijo (Hristos Passalis). Los padres, con el argumento de alejar a sus retoños de dificultades y sinsabores, han construido una mansión aislada, con todas las comodidades y al mismo tiempo, para eludir cualquier escape, han inventado una cadena interminable de ficciones: al otro lado de la barda hay una legión de gatos que a la vez son bestias salvajes, la madre es capaz de llevar en su vientre tanto humanos como perros, los peces aparecen por generación espontánea en la alberca y una palabra como “zombi” cambia su significado para referirse a una flor pequeña con el color del azafrán. El padre, sin embargo, cede a la tentación de llevarle al hijo una recompensa sexual en el cuerpo de una agente de seguridad, Cristina (Anna Kalaitzidou), único personaje con nombre en el filme. Será así como los diálogos (y más tarde intercambios) entre Cristina y la hija mayor, después de que aquélla haya tenido relaciones sexuales con el hijo, amenazarán el carácter inmaculado del hogar. No quedará más remedio que desterrar a Cristina con violencia y obligar a una de las hijas a acostarse con su propio hermano. Canino funciona, para quienes tengan la mente abierta y puedan así tolerar una experiencia cinematográfica semejante, como crítica devastadora ante la amorosa sobreprotección de unos padres o, incluso, de un estado que ve a su pueblo como menores de edad. Al final es obvio, como otras cintas ya antes lo han sugerido de una forma más blanda y menos agresiva, que ninguno de los tres hijos estará preparado para enfrentarse a la realidad cuando los padres falten. El mito más disparatado y el que mantiene la paz en la familia (“no podrán salir al mundo hasta que no pierdan los colmillos”) será destrozado cuando la hija mayor tome una pesa y frente al espejo del baño intente con más de un golpe romper esa barrera anatómica que la separa del mundo exterior. Canino se constituye así en un filme difícil de describir y que escapa a cualquier tipo de clasificación. Por eso resulta inexplicable que esta cinta que fuera galardonada en la sección “Una cierta mirada” del festival de Cannes del 2009 haya también recibido en el 2010 una nominación de ese señor tan moralino llamado Óscar. ¿Querrá ahora este ruco ponerse la camiseta de transgresor? Quién sabe. Asustadizos, obvio, abstenerse.

El avance en español: http://www.youtube.com/watch?v=VQT8LCohdUk

jueves, 3 de marzo de 2011

Algo que durante años ha querido ser una novela (II)


Dejo aquí la continuación de este texto que subí en noviembre. Como dije anteriormente forma parte de una novela en la que he estado trabajando desde hace algunos años y cuyo primer borrador espero terminar este 2011. Va el fragmento:

Suena a cliché, pero es verdaderamente con la entrada de una pareja en la vida de uno que la relación con los padres se empieza a deteriorar como si tanto ellos como yo nos hubiéramos dado cuenta de que ya no eran para mí las personas más importantes de mi vida. Eso lo pude comprobar cuando me visitaron por primera vez en Canadá. Yo ya estaba viviendo con Marie-Claude. Ella había regresado a la universidad, después de nuestro verano de amor en el este de Canadá, para seguir con sus estudios de maestría. Y yo seguí en los trabajos clandestinos y mal pagados mientras esperaba mi residencia permanente. A mis padres les daba largas para el regreso a Torreón. Cuando comencé el proceso para convertirme en residente la insistencia aminoró un poco. Si mi deseo era estudiar y quedarme a vivir allá, estaba bien. Pero que recordara que, pasados tres años desde el accidente, ya nadie se acordaba de mi culpabilidad. Eso lo dijo mi madre. Mi padre, por su cuenta, me advirtió que tuviera cuidado con desviarme del camino.
Aunque al principio se los oculté por no sé qué resentimiento adolescente, terminé confesándoles que en Montreal tenía novia y que estaba viviendo con ella en unión libre. Tan pronto como mi madre se enteró —aquello fue en diciembre del dos mil uno— y como si yo pudiera creer que estaba cambiando de tema, empezó a anunciarme que ya mi padre revisaba su agenda para hacerse un tiempito y así poder visitarme los dos. Hacía muchísimo que no nos veíamos. Un poco más de tres años. Qué clase de padres desnaturalizados pueden dormir tranquilos sin ver a su retoño, sin saber si está bien en ese país tan frío y lejano. Yo sabía que no anhelaba la visita únicamente para comprobar si estaba bien o no. Quería conocerla a ella y decidir si esa canadiense que se había atrevido a vivir en unión libre conmigo me convenía o no. El invierno fue mi mejor aliado para convencerlos de no viajar de inmediato.
Ahora, con tantos años de por medio, me arrepiento de mi debilidad. Marie-Claude ni siquiera debió conocerlos entonces. Bien pude continuar ocultándoles que tenía novia y que estábamos compartiendo un departamento. Fue mi madre quien insistió sin cese. Que si no me sentía solo allá, en una ciudad tan grande —claro, comparada con el rancho de Torreón— tan deshumanizadora y helada. Para que dejara de preguntármelo en cada telefonazo le conté la verdad. Fue como poner una bomba en su corazón.
Mi madre llegó sola a Montreal en la primavera del dos mil dos. Se suponía que mi padre lo haría un día después. Marie-Claude y yo fuimos a recogerla al aeropuerto. Estaba cagándome de los nervios por el encuentro entre esas dos mujeres. Me sentí aliviado cuando mi mamá la abrazó cariñosamente y se comportó muy amistosa con ella. Mi papá llamó esa noche para anunciar el retraso de su viaje a Montreal. Eso no me sorprendió en lo más mínimo. Al otro día Marie-Claude no nos acompañó porque tenía dos clases en la universidad. Cuando mi madre y yo estuvimos solos, se dieron las sutiles críticas. Ahí sí doña Dinora se sintió libre para explayarse, como solía hacerlo, con largos discursos evasivos y plenos de indirectas que sólo su hijo sabía descifrar por haberlos escuchado desde niño. En resumidas cuentas, según ella, aunque Marie-Claude era muy mona, güera y todo lo demás, no sabía arreglarse. Era muy fachosita. Y para colmo de dónde se originaban esas ideas tan radicales, extrañas y medio socialistas que tenía sobre México y toda Latinoamérica. A una la hace sentirse culpable de vivir bien. Y cómo era posible que sus padres fueran divorciados. Peor aún, que ella fuese atea. Y, por la pinta de jipi, a mi madre no le habría extrañado que también usara ciertas sustancias de variopintos adjetivos: innombrables, psicotrópicas, enervantes. Ten cuidado con esta muchachita, no confíes en ella, me dijo sin indirectas al final del día.
Mi padre, don Lucio Bórquez Abad, por fin se nos unió a la mitad de la semana. Se había dignado a tomarse cuatro días de su viaje a Nueva York para hacer una escala en Montreal y verme. Él, luego de conocer a Marie-Claude, tuvo una reacción opuesta a la de mi madre. Simplemente no dijo nada. En lo absoluto. Y no necesitaba hacerlo conmigo. Yo sabía que estaba contento de saber que su hijo rebelde no se había arrejuntado con un hombre en esa ciudad donde abundaban los putos y hasta barrio les tenían. No, a don Lucio le gustaba ella para mí por el simple hecho de ser mujer y si por él hubiera sido nos casábamos al día siguiente. Sin embargo, Marie-Claude no era una niña fresa de Torreón. Había vivido su niñez y juventud en Montreal, la progresista, la de la revolución tranquila y la crisis de octubre. Para entonces ella, de veintiocho años, había heredado los resultados de una lucha fructífera por la equidad de género y los derechos de la mujer. No albergaba ni la más mínima intención de casarse. Ni lo habría aceptado aun si yo se lo hubiera propuesto. El matrimonio no formaba parte de sus objetivos de autorrealización. Y sí, aquel dato, el de una unión libre, alarmó a mi mamá al principio. Pero con la cabeza fría y ya de regreso en el terruño, la reconfortó. Su nene estaría a salvo de las garras de la jipi mugrosa para cuando decidiera dejarse de locuras, volver a Torreón y ora sí casarse con una muchachita decente y de buenas familias.
Los Bórquez retornaron a su Comarca. Y así, ellos con su paz y yo con la mía, transcurrieron dos años de gozo en los que me seguí rehusando a formar parte de esa putrefacta sociedad otra vez. Al lado de Marie-Claude aprendí a no necesitar lujos, a disfrutar la vida sin preocuparme por las apariencias o el estatus. Los grilletes del auto del año y la ropa de marca desaparecieron. Sin eso, caminaba junto a mi mujer con la libertad siempre deseada. Cuando mis padres dejaron de suplicar mi regreso, pensé haber librado la batalla. Esa tranquilidad se deterioró en el dos mil cuatro al informarles que estábamos embarazados. Y fue así, de repente. Marie-Claude era de un espíritu tan libre que le pareció natural hacerlo. Porque tenía ganas, me respondió cuando le reclamé por no haberse tomado la pastilla. Yo no te obligo a nada, agregó, sabes que somos como aves. Si yo quería ser padre, eso estaba bien para ella. Si no quería serlo, también. Le daba lo mismo. Estuvimos distanciados una semana. Al final me di cuenta de que sí quería serlo. Como nunca antes había querido nada en el mundo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Estepa 57


Por un correo de Saúl Rosales y también por una nota de Yohan Uribe en el periódico El Siglo de Torreón me entero de que ya por fin salió el número 57 de la revista Estepa del Nazas. La revista, que ahora cuenta con un nuevo diseño, está disponible en las oficinas del Teatro Isauro Martínez en Galeana #73 sur. Aparecen textos de Silvia García Urzúa, Maricela López, Nazul Aramayo, Raúl Blackaller, Daniel Maldonado, José Cháirez y Juan de Dios Rivas. Contiene además retratos de Tábata Ayup y Rosa del Toro así como fotografías de Miguel Espino. En este número su director Saúl Rosales fue en extremo generoso conmigo al permitir la publicación de dos textos de mi autoría: la reseña sobre La cinta blanca (o El listón blanco como terminó siendo titulada en México) y un cuento del volumen que sigue inconcluso. Al cuento le puse "Maestro en la metrópolis azul" y es el resultado, aunque no lo parezca, de una transición muy dolorosa en la que vi desfallecer mi vocación por la escritura. Muy dolorosa y confusa pues si desde los catorce años me autodenominé "escritor", ¿qué pasaba conmigo si al cumplir los treinta dejaba de serlo? Ésa es una pregunta más sin respuesta.