viernes, 29 de julio de 2011

Estreno de película canadiense en el DF


Hoy se estrenó en la corrida comercial de la Ciudad de México La mujer que cantaba (2010) del director quebequense Denis Villeneuve, película que compartiera nominación con Biutiful de González Iñárritu y la injustificadamente ganadora En un mundo mejor de la danesa Susanne Bier. O tal vez muy justificadamente si revisamos ganadoras en esta categoría de años anteriores. Volviendo al tema, el título para cine fue cambiado en nuestro país. El original era Incendies, como la obra teatral de Wajdi Mouawad. Yo la vi en Montreal el otoño pasado. Claro, tomemos en cuenta que es el lugar en el que se originó la producción de la cinta.
Para la próxima semana (5 de agosto) están programados los estrenos de Medianoche en París, autoría de Woody Allen, y Partir (2009) con Kristin Scott Thomas y Sergi López. En sus Kermode Awards de este año, el crítico de cine Mark Kermode le concedió el premio de mejor actriz principal a Scott Thomas por esta película. No parece ser un acto desproporcionado de apoyo incondicional a una compatriota. De hecho, desde que la actriz inglesa se fue al otro lado del Canal de la Mancha a hacer cine en lengua francesa nos ha dado a los espectadores algunas de sus más memorables actuaciones. Por ejemplo, en Hace mucho que te quiero (2008). Partir trata sobre una mujer en la cuarentena dispuesta a dejarlo todo (esposo, hijos y especialmente estabilidad económica) para estar con un inmigrante español. Bastante recomendable.

Avances subtitulados de Partir y La mujer que cantaba.

miércoles, 20 de julio de 2011

Malick y los cimientos de la Tierra: Palma de Oro 2011


Estoy ante la gran dificultad de escribir sobre la película ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de este año. Como ocurrió en 2010 la tarea no es nada fácil. Para darle seguimiento a las consentidas del festival en ediciones anteriores dejo aquí algunos títulos con sus enlaces correspondientes: Persépolis, Cuatro meses, tres semanas, dos días, Gomorra, La clase, Un profeta, El listón blanco, De dioses y hombres, La leyenda del tío Boonmee. Con éstas también se hila una buena tarde de cine sin necesitad de echarse bodrios veraniegos. Ahora sí, a lo que vine. Aquí está la reseña de El árbol de la vida, la segunda mejor película que he visto en lo que va del año:

Doy a conocer mi ignorancia. Uno de mis miedos más grandes: que se enteren que en realidad soy un pendejo. Incluso en cuestiones cinematográficas. Es verdad. No sabía quién era Terrence Malick. Ni siquiera cuando años atrás fui a un cine de Montreal a ver El nuevo mundo, la cual, lo confieso con vergüenza también, no dejó mayor marca ni recuerdo en mí. Y es que después de Pocahontas… Bueno, me justifico, tampoco es lo mejor de Malick. Como sí hay una pequeña dosis de oportunismo (esa cualidad tan necesaria para quienes se dicen periodistas) dentro de mí, cuando El árbol de la vida ganó la Palma de Oro en mayo pasado al cierre del Festival de Cannes, me di a la tarea de rentar algunas de sus películas, la cuales —dicho sea de paso— no son muchas. De hecho, Terrence Malick comenzó su carrera como cineasta en los años setenta y hasta hoy solamente se cuentan cinco largometrajes en su haber: Badlands (1973), Días de gloria (Days of Heaven, 1978), La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), El nuevo mundo (The New World, 2005) y la más reciente, con título concedido ya en España, El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011). De seguro aquí en México, si llega a estrenarse, tendrán el buen tino de ponerle El duelo de una familia o El dolor del corazón o Nostalgia del ayer o algo por el pacato estilo. En la filmografía de Malick, nótese el lapso de veinte años sin crédito fílmico: del 78 al 98, período en que fue catedrático en Europa. Además, para echarle más leña al mito, rodeado de una atmósfera de misterio pues el director estadounidense nunca hace apariciones públicas ni concede entrevistas a tal grado que estuvo ausente de la ceremonia en la cual se le concedió la Palma de Oro. Razones de más para que una nueva película de Malick sea considerada, por muchos cinéfilos, como todo un acontecimiento.
Uno de los primeros elementos desplegados sobre la pantalla del cine son letras. Es un epígrafe bíblico del libro de Job. En el capítulo 38, Dios le pregunta a su siervo —que reclama por la serie de adversidades puestas en su camino por el demonio— dónde estaba cuando Él colocó los cimientos de la Tierra. Malick nos demostrará con prontitud que una cita de tan teológicos alcances no es mera actitud pretenciosa. No ante lo que le tiene preparado al espectador. Trato ahora de explicar la trama si es que existe: Jack, personaje interpretado por Sean Penn, es un arquitecto. Transita por edificios tan majestuosos que sólo podrían formar parte de una película cuyas ambiciones metafísicas van más allá de lo común. Jack se acuerda con rostro adusto de la muerte de su hermano, los momentos —tal vez imaginados— en que sus padres recibieron la infausta noticia. Por un lado, la señora O’Brien (Jessica Chastain) en su casa de transparencias (la luminosa estancia se separa apenas del jardín con una pared de vidrio). Por otro, el señor O’Brien (Brad Pitt) en un hangar.
Como lo hiciera en La delgada línea roja y en El nuevo mundo, a las secuencias de los personajes principales se yuxtaponen las voces suaves y murmuradoras de los mismos que le plantean a Dios o quizás también al espectador máximas, poesías y dilemas existenciales: por qué, por ejemplo. Un simple “por qué” que los encierra a todos. Un “por qué” relacionado por completo con la muerte del hermano y que detonará un cúmulo de recuerdos. A través de estas preguntas y con muy pocos diálogos entre ellos irán surgiendo los personajes desde el inicio de su cronología familiar: enamoramiento, matrimonio, casa, embarazos, niñez y los albores de la pubertad. Ahí, en Texas, durante los cincuenta, crecerán ante nuestros azorados ojos los tres hijos de los O’Brien. Entre ellos se hallará Jack de once años, ahora en la piel del muy joven pero ya igualmente notable —sólo por esta película— actor Hunter McCracken.
Jack posee una perspectiva privilegiada como el mayor de sus hermanos. Nos sirve de lazo entre las fuerzas centrífugas de su hogar. Jack se debate entre las energías que su madre y su padre emanan. Ella, amable, amorosa, tranquila, pacífica, casi una santa. Un remanso se abre en su cálido regazo. Sin embargo, la relación más problemática la plantea su padre. Hombre de su época, frustrado, agresivo a veces, en búsqueda frenética por lograr el sueño americano y dador de consignas en apariencia caprichosas. Todo se complica más entre Jack y el señor O’Brien conforme pase el tiempo. Por un lado, los celos detonados por la presencia del hermano que después morirá. Jack sabe de la complicidad entre su padre y su hermano que se origina en el gusto por la música. De repente, los segmentos enmarcados por las banalidades de esta familia nuclear y típica de los años cincuenta en el sur de Estados Unidos se ven interrumpidos por un relato de la creación que ya la crítica especializada ha relacionado con 2001: Odisea del espacio de Stanley Kubrick. Imágenes de belleza indescriptible que pocas veces los cineastas —a menos que tengan la libertad creativa de Malick— se atreven a desplegar en pantalla: nebulosas de colores atravesadas por la luz, erupciones volcánicas que dejan fluir lava incandescente, estrellas que estallan en miles de diminutas farolas. Nada generado por computadora. En verdad, son éstos los cimientos de la Tierra de Dios cuya promesa refulge en el epígrafe de la cinta. O al menos, la representación fílmica de ellos. Entre tantas exquisitas pinturas en movimiento, surge la de un depredador sacado de Parque Jurásico que, a diferencia de los primates de Kubrick, sentencian otra vez los críticos de cine, halla dentro de sí la compasión ante otro dinosaurio herido. Tal vez sea ésta una manifestación animal del camino de la gracia. Sobre los dos caminos planteados por Malick, más adelante.
Después de este virtuoso paréntesis, las escenas de vida familiar se suceden incesantes unas a otras, muchas de ellas centradas en lo banal, en lo que todos aquellos que hemos crecido en una familia compartimos: los primeros pasos, los juegos, la desobediencia, la travesura, las comidas, la rebeldía, la convivencia con los niños vecinos. No parece haber una voluntad narrativa detrás de la cámara, Malick no tiene la intención de contarnos nada sino más bien la de adentrarnos en esta atmósfera donde el duelo y la nostalgia están bastante presentes. Con los ángulos de su cámara, Malick logra una verosimilitud pocas veces vista en el cine. Y eso a pesar del preciosismo con el que están filmadas las imágenes. Cuando vemos volar en el aire las burbujas que un niño fabrica con su soplo nos da la impresión de que son todas las burbujas que todos los niños del mundo han hecho, las que hicimos y las que se harán en el futuro.
Con El árbol de la vida, Malick plantea dos caminos para el ser humano (no muy disímiles de los planteados por la religión católica); aunque lo anterior se halle abierto a exégesis pues el cineasta no se suscribe a ninguna fe institucionalizada. Los dos caminos son el de la naturaleza y el de la gracia. Uno, si acudimos a los condicionamientos de nuestra sociedad patriarcal, hegemónica y dicotómica se asocia fácilmente con la energía masculina, la del padre, pues siguiéndolo el hombre toma para sí en su afán de satisfacción, se hace servir de los demás y semeja ser egoísta. Éste es el de la naturaleza. Mientras que el otro, el de la gracia, donde el hombre sacrifica, da todo y sirve a los demás para muchos representaría a la madre con su energía femenina. Los conceptos anteriores son llevados a lo corpóreo con los personajes del padre, violento en ocasiones, ocupado en las labores de la tierra, con un desarrollado instinto de supervivencia que pretende legarle a sus hijos y, como suele suceder en las familias nucleares de esta década, proveedor del sustento. Por otro lado, la madre es un ser etéreo, angelical (incluso hay un parpadeo inverosímil en que vuela), de mirada beatífica y pasividad impresionante que observa estoicamente a su esposo y a sus hijos hasta tener si acaso un clímax explosivo en que le reclama a su pareja el abuso infligido a dos de sus niños.
El árbol de la vida no es una cinta simple ni explicable. Los planteamientos filosóficos hechos por el director podrán escapársenos a muchos. Sin embargo, en esas secuencias de familia encontraremos toda la fibra emocional deseada siempre y cuando estemos dispuestos a seguirle al juego a Malick, a abandonarnos a su muy particular estilo, a no querer encuadrar su obra dentro de los cánones que una industria voraz nos ha impuesto desde que nacemos a la linterna mágica y a su maravilloso poder. También se ha mencionado que hay algo de autobiografía en El árbol de la vida. Sin duda, existen paralelismos entre la vida del director y la de Jack, su protagonista. Por ejemplo, un hermano de Malick se suicidó hace décadas. Y, aunque nacido en Illinois, Malick ha residido gran parte de su vida en Austin. Sin embargo, una vez más resulta imposible desde nuestra perspectiva saber dónde termina lo autobiográfico y de dónde parte la ficción. A final de cuentas, tal paralelismo en poco influye en la experiencia de los espectadores.
No puedo afirmar que El árbol de la vida sea la obra maestra de Malick. Difícil superar la genialidad de La delgada línea roja. Y eso que le tengo una vieja aversión a las películas de guerra. Sin embargo, The Tree of Life sí es una cinta radicalmente personal a tal grado que sin duda excluirá al gran público. Tampoco es innegable su belleza, los altos grados de perfección en el arte fílmico que permanecen tatuados sobre la retina. Durante la mayoría del tiempo de duración (139 minutos, originalmente Malick tenía material para 8 horas) disfruté mucho El árbol de la vida a pesar de que no entendiera cada uno de los motivos de Malick. Sí, algo intuyo, algo sospecho de los temas planteados. Pero hubo un momento en que la voluntad de seguir adelante flaqueó durante la enésima secuencia de niños corriendo y jugando en la calle. Sobre todo, cuando el padre se va a un viaje de negocios y el conflicto entre él y su hijo Jack desaparece. Ahí no había problemática. Ahí sí, lo confieso, quise echarme una siesta de al menos diez minutitos. Hubo otros instantes durante la proyección del filme en que me conmoví hasta el escalofrío (¿qué cineasta se atreve a hacer esto?) o hasta las lágrimas tanto con las bellas imágenes de la creación del mundo (esa historia en grado supremo, esa historia mayúscula) como con la pequeñez de la familia (la micro-historia a la que todo ser humano ha contribuido de alguna manera). Al final me quedé con la impresión de que necesito una o dos visitas más para digerir por completo este filme, el más reciente de Malick. Tal vez mis objeciones se deban a que soy un tipo siempre en busca de la narrativa, de la historia, del relato. En El árbol de la vida no encontré mucho de eso. Pero sí encontré elementos inclasificables.
Así como 2001 de Kubrick en el espacio sideral, El árbol de la vida cierra con una secuencia que nos deja más preguntas que respuestas. Un final ambiguo, una caminata a lo largo de un desierto-playa, con todos los fantasmas del pasado acompañando al Jack maduro. Y, como la mayor parte de la película, donde también se le concede al espectador activo el privilegio de la interpretación abierta. Después de todo, ésta es una aproximación de Malick a la pregunta fundamental que desde siempre persigue a la humanidad: ¿cuál es el sentido de la vida? Concluyo con que cualquier persona que quiera pasar por una experiencia cinematográfica diferente debería abandonarse al arte de Malick. Aunque con preguntas, no saldrán decepcionados del cine pues esta experiencia me confirma que algunos largometrajes tienen que ser vistos ahí, sin necesidad de lentecitos o mercadotecnia pasajera de por medio, porque en la pantalla chica pierden su contundencia. Poético, metafísico, espiritual, inspirador, hermoso aunque personalísimo. Todos éstos son epítetos aplicables a El árbol de la vida. Y, por supuesto, todavía no hay estreno programado para nuestro país.

El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011). Dirigida por Terrence Malick. Producida por Dede Gardner, Sarah Green, Grant Hill, Brad Pitt y Bill Pohlad. Protagonizada por Brad Pitt, Jessica Chastain, Sean Penn y Hunter McCracken.

El avance (como con el de De dioses y hombres, lo veo y quiero echarme a llorar): http://www.youtube.com/watch?v=RrAz1YLh8nY
Opino desde tiempo atrás que el doblaje es una plaga que debe erradicarse del mundo del cine o de la tele pues constituye una mutilación de la obra original. Así que, ahora, a guacarearse del coraje con la pinchurrienta versión doblada del mismo avance: http://www.youtube.com/watch?v=9tMCsBD2wKI

sábado, 16 de julio de 2011

Joyas que vi de chiquillo (II): Amadeus


Todavía vivíamos en mi ciudad natal, Monterrey, cuando se estrenó en los cines Amadeus (1984) de Milos Forman. A tan tiernita edad no sabía lo que era el esnobismo, así que dudo que haya sido por esa afección que no pocas veces he padecido en mi vida que me gustara la música clásica. Tampoco el gusto se debía al deseo de ser más popular entre mis compañeros de la escuela primaria. Al contrario. Durante dichos años que se extendieron hasta la secundaria, el hecho de que la música clásica fuera mi preferida sólo sirvió para aislarme más de ellos. No lo lamento. Al contrario. Aquí no vendrá ningún rosario de quejas sobre lo bien o lo mal que me trataban mis compañeros o sobre lo aislado que me sentía. Al menos, no lo creo. Lo que sí es cierto es que en aquel entonces me moría por ver Amadeus. Sin embargo, cuando me llevaron a verla a unas salas que estaban cerca del Tec de Monterrey sobre la Avenida Eugenio Garza Sada los taquilleros me prohibieron la entrada porque supuestamente no era una película apta para un niño de nueve años. Fue seguramente hasta la llegada del videodisco de la RCA (de ahí la imagen de este post), cuando ya vivíamos en Torreón, que pude ver esta joya.
Una gran parte del atractivo que representaba Amadeus para mí venía, claro, de la banda sonora. Y, en cierta medida, de los personajes. Quizás a esa edad más que con el exhibicionista, el extrovertido, el arrogante y el risón de “Wolfie” (durante años pensé que su esposa “Stanzie” lo llamaba “Goofie” como el personaje de Disney) me identificaba por su conservadurismo, enraizada religiosidad y carácter bastante pacato con don Antonio Salieri. Sin embargo, nadie entre los espectadores podría identificarse con el compositor italiano en su mediocridad. Si un genio poseer anhelaba yo —chiquillo baboso que desde entonces romantizaba el acto de la creación artística— era el de Wolfgang Amadeus Mozart. Obvio. Tan prodigio-niño quería ser como él. Tampoco en aquella época sabía bien a bien si lo que se desplegaba dentro de la pantalla de la tele (porque fue ahí donde logré verla gracias a la prohibición de los taquilleros) era verdad o ficción, una biopic o el invento desmesurado que tomó como base a un personaje histórico bien conocido. Ya con más años a cuestas me enteré de que, aunque la banda sonora de Amadeus contenía muchas de las composiciones del Mozart histórico, la trama era reflejo de una obra de teatro homónima autoría del británico Peter Shaffer. Gracias a este trabajo fílmico y a otras fuentes de las que el mismo abrevó, Salieri es visto por muchos hasta ahora como el villano musical que nunca fue. Poco entendía yo de la problemática del Antonio Salieri ficticio. Él es como ese hermano furibundo del bíblico hijo pródigo que se queja al ver el trato de príncipe que el padre le da luego de haber malgastado su herencia. En Salieri se encarna la envidia en la creación pues, haciendo méritos ante Diosito en las alturas, es otro, Mozart, considerado más bajo, más vulgar, más pecador, quien recibe todos los dones celestiales. Si no queda claro vale acordarse del capítulo de Los Simpson donde aparecía Frank Grimes, personaje que se sorprende ante los logros de un güevón, ventrudo y pedorro como Homero.
Cuenta tus bendiciones, suelen decir en inglés. Pero casi nadie sigue el proverbial consejo. Parecen dejarse caer en el regodeo de su tragedia particular por la cual, según ellos, el Altísimo (o Yahvé o Alá o Ganesha o la vida o la naturaleza) no les ha dado lo que se merecen. Si algunas de esas personitas moralistas que buscan en cada producto fílmico un “mensaje” —como para darle peso tan utilitario como espiritual al ocio artístico— quisieran hallarlo aquí, en Amadeus, desde ya se los dije. Con un grito en la oscuridad da inicio el largometraje del checo Milos Forman. ¡Mozart!, un anciano grita a mitad de la nevada noche. Quedé patidifuso siendo niño con este comienzo: ver a un viejo con un corte de garganta no es nada fácil aun tratándose de un chiquillo sediento de sangre ficticia. Las imágenes cobraban otra dimensión con la música de Mozart. Una escena de este calibre podía aún impresionar a un enano. Ahora tal vez ya no. De ahí pasamos a un sacerdote que entra al sanatorio-manicomio (uno de los lugares predilectos del director, recuérdese Atrapado sin salida de 1975) adonde fue llevado Antonio Salieri (F. Murray Abraham) la noche anterior luego de su fallido intento de suicidio. Así, un loco que se acusa de la muerte de Mozart le habla al sacerdote y, a consecuencia, a nosotros, a los espectadores. Un loco que podría o no ser fiable en su recuento. Estamos ante un artista olvidado, débil, fracasado, de amargas palabras y visto en contraste con otro, muerto sí; pero cuya música perdura. Un caso similar al que años después presentaría el francés François Ozon en Angel (2007). Salieri recuerda. Siendo un adolescente amante de la música y admirador del genio del pequeño Mozart, le ofrece al Señor su castidad, su trabajo y su humildad. El padre terrenal, sin embargo, detesta la música. Es un comerciante. No le importan esas banalidades. Y entonces, exclama Salieri, el viejo, ¡milagro!
El padre del italiano se ahoga comiendo. Seguramente una espina divina en el pescado, símbolo del cristianismo. Cómo me da miedo comer pescado desde entonces, acoto. Ésa debe ser la voluntad de Dios. El compositor mediocre saca a la luz su radicalismo religioso, radicalismo que como todos se volverá un peligro. Habrá ofrecido su castidad, trabajo y humildad; pero su gula, su apetito por todo lo dulce no será reprimido. Más tarde, será un personaje de renombre en la corte del emperador José II (Jeffrey Jones). Así, atraído por una hilera de sirvientes que llevan postres a un salón, conducido hacia la trampa por la gula, se da el primer encuentro con Wolfang Amadeus Mozart (Tom Hulce). El ídolo de su adolescencia, el niño prodigio ha crecido para convertirse en un joven de risa estridente, un hombre vulgar y escatológico. Ahí en el salón, arrastrándose por debajo de la mesa como animal, le besa el nacimiento de los senos a su novia Constanza (Elizabeth Berridge). Durante muchos años me pregunté si habría sido por estos arrumacos que no me dejaron entrar al cine. Quién sabe. De esta forma, el instrumento del Señor, su voz musical sobre el orbe es un joven orgulloso, juguetón, malcriado y de costumbres obscenas.
Nace la envidia. Amadeus nos desmiente a los mexicanos que acostumbramos alargar el discurso, para justificarla, y ladinamente agregamos que es “de la buena”. Mentira. Típica hipocresía nacional de un pueblo doble cara. Eso de “envidia de la buena” no existe. La historia de los ficticios Mozart y Salieri nos lo demuestra. Porque éste hará todo lo posible para obstaculizar al joven, clavarle el sable por la espalda, analizarlo de pies a cabeza para al cabo destruirlo. Una vez que Mozart se haya acostado con Katerina, una estudiante a la que Salieri deseaba, se dará una de las escenas no incluidas en la versión vista en las salas de cine que el devedé y la versión del director rescatan. Ahíto de anhelos de venganza Salieri le ofrecerá a “Stanzie” ayudar a Mozart para obtener un puesto ventajoso a cambio de comercio carnal. Esto, después de darse cuenta de que Mozart jamás hace correcciones, que sus originales están limpios, que todo el trabajo de corrección se lleva a cabo en su cerebro. Su música es de absoluta belleza, la voz de Dios en efecto. Luego de humillar a una Constanza topless, quemará el crucifijo al cual le rezaba y le declarará la guerra a Dios. Escena esta última horripilante, escena de la imagen de Cristo que se quema en el infierno del hogar pues en el lejano entonces no podía concebir en mi cerebro de niño de nueve años que alguien renegara de la fe católica de forma tan espeluznante, ni que escupiera en la cara de su salvador. Gracias a la inclusión de esta secuencia perdida es posible explicarse por qué al final de la cinta Constanza desconfía tanto de Salieri. Ya casados y con la llegada del padre de Mozart, Leopold (Roy Dotrice), la labor de espía de Salieri (con la que colabora una sirvienta interpretada por la entonces muy joven e igualmente desconocida Cynthia Nixon) le redituará con el macabro disfraz negro de la capa, el tricornio y la máscara de dos caras, la de la comedia y la tragedia. El disfraz que en vida usara su padre volverá loco a Mozart. El tenebroso tinglado consiste en que el fantasma le pague por hacer un réquiem y así Salieri, oculto detrás del atuendo, lo matará haciendo pasar como suya una obra maestra de Mozart y burlando a su vez la voluntad divina. Bastan los minutos donde le explica dicho plan al padre confesor para concederle a F. Murray Abraham todos los Óscares del mundo. Y hasta más.
Después de tanto Óscar (8, entre ellos a mejor película, director y actor principal) y nominaciones a mediados de los años ochenta hoy me pregunto dónde quedaron los actores que interpretaron a “Wolfie” y a “Stanzie”. Tal vez volvieron a las puestas en escena neoyorquinas. A F. Murray Abraham, después de hacer este protagónico tan contundente, sí, se le ha visto. Aunque sólo como actor “de carácter” (en pocas palabras, secundario). Obvio que Forman escogió actores y no estrellas. Otros se han vuelto más que famosos infames como Jeffrey Jones acusado hace una década de posesión de pornografía infantil. O Cynthia Nixon, participante en la serie y luego en los bodriazos consumistas de Sex and The City. Y ni qué decir de la carrera tan irregular de Forman en últimas fechas. Para una muestra desafío a quien quiera a echarle un ojo a esa mierda llamada Goya y la inquisición (2006) y aguantar más allá de la primera hora. El checo, sólo por ese acercamiento a la cultura hispana, se merece una buena tunda. Ahora que Natalie Portman acaba de ganar un Óscar estoy seguro de que le encantaría borrar de la memoria colectiva su interpretación doble en esta bazofia. En fin. No se le puede arrastrar al cineasta a la hoguera por pecadillos recientes. Y sólo porque su Amadeus sí es una verdadera joya que merece ser revisitada. Bien si presenta una mescolanza inverosímil de acentos (británicos por aquí, americanos por allá) Forman y su productor Saul Zaentz tuvieron el buen tino de echarle el ojo a la obra de Peter Shaffer para con la música del compositor magnificarla y conducirla con la excelente participación de F. Murray Abraham al Edén de las películas que una y otra vez serán recordadas. Y finalmente verifico qué clasificación le dieron los gringos a Amadeus: una simple PG, donde a los niños se les permite entrar en compañía de sus padres sin ningún problema. En fin, que sigo sin saber por qué demonios un pinche taquillero regiomontano no me permitió ver la joyita en cine, sobre la pantalla grande, como debería haber sido.

Amadeus (1984). Dirigida por Milos Forman. Producida por Saul Zaentz. Protagonizada por F. Murray Abraham, Tom Hulce y Elizabeth Berridge.

El avance de la versión del director, aunque de mala calidad: http://www.youtube.com/watch?v=Du-rD2QL1Pc

viernes, 15 de julio de 2011

Ante el menú fílmico, Mad Men de nuevo


Abro el periódico y me sorprende la variedad en el menú fílmico: Tranformers 3 en español, subtitulada y en tercera dimensión o HP7-2 en español, subtitulada y en tercera dimensión. O si no Kung-Fu Panda 2 o Cars 2. En fin, puro producto para oligofrénicos. Ninguna opción para cualquier persona pensante. Más me vale prender el devedé para echarme un maratón de Mad Men, cuya cuarta temporada obtuvo 19 nominaciones al Emmy. A lo mejor no gana ninguno; pero al menos en algo le hacen justicia a esta magnífica serie.

jueves, 14 de julio de 2011

Catherine Deneuve, trofeo de esposa


Finalmente al llegar a Torreón pude ver en formato devedé Ricky (2009), crédito de François Ozon que nunca ha sido distribuido en Quebec. En México se les vino la ocurrencia a sus distribuidores de titularla como Sólo los niños van al cielo, nombre en su cursilería por completo contrario al espíritu de la obra ozoniana además de delator del final de la cinta. Ricky es de cierto interés, sí. Sin embargo, se podría argumentar que desde hace tiempo Ozon no ha realizado nada que destaque en demasía, aunque siga siendo congruente con su estética y sus temas. Lo mismo afirmaría yo de la última de sus cintas: Potiche (2010). Un divertimento más para iniciados a la obra de Ozon o también para fanáticos de hueso colorado de dos de los nombres más conspicuos entre los histriones galos: Catherine Deneuve y Gérard Depardieu. La musa de muchos otros cineastas (Demy, Buñuel, Truffaut) se rencuentra con François Ozon luego de no estar bajo su mando desde el delirio cómico-musical-policiaco de 8 mujeres (2002). Con Depardieu, ya se sabe, ha trabajado en innumerables ocasiones.
Potiche (con el subtítulo en España y en Argentina de Mujeres al poder mientras en inglés su subtítulo podría traducirse como Esposa trofeo) en muchos aspectos es un filme feminista. También es una comedia. Ubicada en los años setenta su figura central es Suzanne Pujol (Deneuve), una esposa y ama de casa perfecta de mediana edad que tolera con buena cara los maltratos, el machismo y las infidelidades de su esposo, el dueño de una fábrica de paraguas (quizás sea éste un guiño referencial que hace Ozon a la cinta clásica de Jacques Demy Los paraguas de Cherburgo). La primera escena donde Suzanne trota y mira beatíficamente la naturaleza cual Blancanieves de Disney es Ozon puro, con toda su artificialidad edulcorada que no deja de tener algo de paródica amargura. Con actitud positiva, Suzanne enfrenta no sólo las vicisitudes de su matrimonio con Robert Pujol (el genial Fabrice Luchini de Molière) sino además las de sus hijos. Por un lado, está Joëlle (Judith Godrège), madre a su vez de dos niños pero a punto de divorciarse por los constantes viajes de su esposo. Por otro, está Laurent (Jérémie Renier, ya un rostro familiar en el universo ozoniano), el hijo consentido de mamá de cierta conciencia social a punto de proponerle matrimonio a una chica de otra clase y que, sin embargo, por su forma de vestir y amaneramiento podría estar además a un paso de salir del clóset (nada anormal en una película de Ozon). De pronto una huelga estalla en la fábrica de paraguas de los Pujol y, tras un ataque cardiaco del marido, aun ante el escepticismo de su familia, la esposa trofeo tendrá que tomar las riendas y negociar cubierta de joyas y envuelta por una piel de zorro con los trabajadores inconformes. Como lazo entre las dos partes estará un representante de la izquierda más radical, Maurice Babin (Depardieu) con quien casualmente alguna vez tuvo Suzanne, la burguesa, un fugaz acostón entre la hierba que se transformaría en amorío y tal vez hasta en embarazo.
Potiche guarda ciertos paralelismos con Made in Dagenham (Mujeres exitosas en México), aunque aquí la mujer que destaca como defensora de la igualdad entre los sexos es un ama de casa de la más alta y provinciana burguesía francesa. Mientras que la Rita O’Grady de Sally Hawkins pertenecía a la clase trabajadora. El tono cómico de farsa telenovelera también dista mucho del realismo social de la mencionada producción inglesa. Por supuesto, el discurso de Potiche es muy obvio desde que Robert Pujol surge como una figura odiosa que se burla de su mujer. Se sabe de antemano que habrá un triunfo arrasador por parte de Suzanne. Incluso con la secretaria amante de su esposo, Nadège (Karin Viard), quien termina admirándola. El vuelo del ama de casa convertida en ejecutiva la lleva a la política. Fiel a su estilo, el cineasta francés cierra el telón con un número musical en voz de la propia Deneuve como haciéndole eco tanto a las comedias musicales de Jacques Demy como a su obra en el caso de 8 mujeres. Inolvidable también es la escena de baile entre la protagonista y Depardieu en una discoteca, nostálgico momento entre estas dos leyendas —ya algo desgastadas, no hay que negarlo— del cine francés.
Potiche formó parte de la selección oficial de la Muestra de Venecia el año pasado y en ella no hay ninguna cumbre de la cinematografía. Sólo un crédito más, bastante entretenido para quien sepa leer el fondo debajo de la cáscara ornamentada de Ozon. Recomendable sólo para quienes le siguen la huella a este ya no tan enfant terrible del cine francés. Todavía no tiene fecha de estreno en México.

Potiche (2010). Dirigida por François Ozon. Producida por Eric y Nicolas Altmeyer. Protagonizada por Catherine Deneuve, Fabrice Luchini y Gérard Depardieu.

El avance en español: http://www.youtube.com/watch?v=G_Fia33r4wk

PD Mañana o pasado mañana, luego de Muerte en el Expreso de Oriente, viene otra joya que vi de chiquillo: Amadeus de Milos Forman.

martes, 12 de julio de 2011

De dioses y hombres en la corrida comercial defeña


Una vez ida la primera parte del 2011 puedo asegurar sin titubeos que la mejor película que he visto en lo que va del presente año es De dioses y hombres (2010) de Xavier Beauvois. Como lo mencioné en una reseña de febrero la cinta ganó el Gran Prix en Cannes hace un poco más de un año y recorrió algunas ciudades de México (entre las cuales no estuvo Torreón) con la LII Muestra Internacional de Cine. A la par de su estreno en devedé región uno, es exhibida en algunas salas de Cinépolis de la Ciudad de México a partir del viernes pasado. Ya hasta la pregunta sobra: ¿llegará algún día a Torreón?

domingo, 10 de julio de 2011

Ficciones WC


Serviría de título para nuestra época-sexenio como país; pero ya lo quemaron poniéndoselo a una cinta de Quentin Tarantino. Pulp Fiction, por alguna razón aún hoy desconocida, se llamó en México Tiempos violentos. Escribí el texto que presento a continuación años después, imagino, de ver el largometraje en los cines que en aquel entonces se hallaban sobre la Diagonal Reforma y poco tiempo luego de que la adquiriera en VHS en el otro lado. Más sobre Tarantino en las reseñas sobre Bastardos sin gloria, Death Proof y Kill Bill, Volumen 1 y Volumen 2. Va aquí el ya añoso texto:

Ficciones WC: de la taza al celuloide
El exuberante hundimiento del Titanic trajo consigo no sólo el rápido choteo sino también pseudo-documentales, comentarios insulsos, artículos mal escritos, carteleras estancadas, empujones en el cine, eternas colas frente a la taquilla, el sentimiento de incomodidad en las reuniones de quienes aún no tenían el amontonado gusto, la poco sorprendente ambición de los dueños de las salas, la lambisconería de Hoy mismo y programas análogos, así como un plagiario conductor radial quien, temerariamente, se fusiló un extracto de cierto reportaje sobre el tema contenido en la edición de diciembre de la revista norteamericana Premiere. Tras este terremoto cinematográfico, lo mejor sería sufrir amnesia. Sin embargo, ni el autoindulgente Óscar ni los recientes Globos de Oro para Titanic –por mejor sonido, canción, director y película dramática— lo permitirán.
Una estupenda obra fílmica fue despreciada con simples nominaciones, no hace mucho tiempo, por los “premios” citados. No así por el festival de Cannes, el cual le otorgó la Palma de Oro. Pulp Fiction (1994), mejor conocida en estas tierras con el infumable título de Tiempos violentos, es el segundo largometraje dirigido por Quentin Tarantino, quien debutara en 1992 con Perros de reserva. La expresión “pulp fiction” significa, como lo indica desde la entrada el director, una historieta o revista que contiene argumentos escabrosos y tentadores. El equivalente al libro vaquero, a la literatura de camión, a las lecturas del baño. Luego de tal premisa, Tarantino presenta tres relatos no en papel periódico sino en celuloide. Tres sórdidas anécdotas que compartirán los mismos personajes dentro de diversos conflictos. En "Vincent Vega y la esposa de Marcellus Wallace", el protagonista (John Travolta), un matón a sueldo, se ve obligado a pasear a Mia (Uma Thurman), la hermosa mujer de su jefe (Ving Rhames). En "El reloj de oro", Butch (Bruce Willis), un boxeador traicionero, regresa a su casa y arriesga la vida por un olvido de Fabienne (María de Medeiros), su novia. En "La situación Bonnie", Vincent y su compinche Jules (Samuel L. Jackson) tendrán que desaparecer sangre y vísceras con la ayuda del señor Lobo (Harvey Keitel). Como dato adicional, la versión gringa en video de Pulp Fiction incluye dos escenas que fueron excluidas del producto terminado, junto con las atropelladas explicaciones del realizador para tal mutilación.
Quentin Tarantino deja a un lado el orden cronológico y el ritmo narrativo convencional –algunas veces las tres historias se confunden entre sí— reviviendo imágenes del viejo cine de Hollywood. La criminalidad y la violencia son caricaturizadas bajo la inquieta mente de este antiguo empleado de videoclub. La sanguinolencia, el ambiente nostálgico y el cinismo son herencias legítimas del cine negro e ilegítimas del vanguardista David Lynch. La sonrisa irónica le pertenece sólo a Quentin Tarantino y a las vacías pero cautivantes palabras que coloca en labios de sus títeres. Lo que se dice, sin excepción, es banal. Pero la capacidad de Tarantino para envolver al público en esas frases es infalible. No importa si se habla de hamburguesas o de revelaciones místicas. Los diálogos absorben tanto que hasta los carcamanes de la mal llamada Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas tuvieron que otorgarle un monigote áureo por esta tarea como mero premio de consolación y ante el sentimental Robert Zemeckis y Forrest Gump, su mongolito patriotero. Con el paso del tiempo, lamentablemente, el nuevo niño mimado de Hollywood ha cedido sus historias y el control directorial a proyectos poco loables como La fuga (1993), Asesinos por naturaleza (1994), Four Rooms (1995) y Del crepúsculo al amanecer (1996). La responsabilidad del hombre detrás de la cámara también implica el desempeño de su reparto. Pulp Fiction revivió la desahuciada carrera de John Travolta –aunque sólo de forma efímera— y hasta Bruce Willis es creíble. Ni qué decir de Samuel L. Jackson, Uma Thurman y Harvey Keitel quienes, por lo regular, demuestran ser actores y no apenas estrellitas cuyos apellidos son estampados en las aceras para pisotearlos con mayor comodidad. La excelente banda sonora, el incisivo humor negro y la estética pop ayudan a la labor de Quentin Tarantino. Por supuesto, las buenas conciencias lanzaron sus berreos condenando al cineasta y a su corte de mafiosos ficticios al peor de los achicharramientos. Aún más con ese infame nombre en castellano por el cual interpretaron que el director se refería al final del milenio y como si él hubiera sido responsable de la atolondrada traducción. Otra víctima de los conocedores del inglés fue Donnie Brasco, cuya denominación se redujo por una palabra quedando sólo en Brasco. Pulp Fiction, como su verdadero nombre lo estipula, es pura fantasía, entretenimiento de gran calidad y no apto para chaparros intelectuales. Pulp Fiction es, además, buen cine norteamericano. Tal vez el tercer largometraje de Tarantino, Jackie Brown (1997), le devuelva la reputación que tuvo a mediados de esta década.

-Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994). Escrita y dirigida por Quentin Tarantino. Producida por Lawrence Bender. Actúan: John Travolta, Samuel L. Jackson, Uma Thurman, Ving Rhames, Harvey Keitel y Bruce Willis.

viernes, 8 de julio de 2011

Más sobre Woody


La esquiva memoria me sigue poniendo trampas. Juraba y juraba que nunca antes de este texto había escrito sobre Woody Allen. Pero resulta que sí. Y en dos ocasiones. En la columna "El bueno, el malo y el feo" de la tolvanera. Como complementos a la recomendación que hice de Medianoche en París vienen estas dos vergüenzas:

Los enredos musicales de Woody
Hollywood nunca logró ocultar su fascinación por las comedias musicales. Para la mentalidad de la posguerra, el entretenimiento puro se encarnaba en Fred Astaire, Gene Kelly o Ginger Rogers. Desde Cantando bajo la lluvia, Amor sin barreras y La novicia rebelde hasta los setenta con el inevitable cambio de ideología, estos filmes integraron la educación cinematográfica de todo el mundo. El género, sin embargo, ha encontrado su muerte en las nuevas generaciones. Para el entorno contemporáneo se torna hasta perverso mirar sobre la pantalla una situación donde los personajes dialogan y de súbito cantan o bailan como reforzamiento a la historia. Simplemente, ya nadie se lo traga. Aun así los intentos por resucitar este desahuciado género no faltarán. El más intrigante de ellos viene a ser el del director estadounidense Woody Allen con la película Todos dicen que te amo (Everyone says I love you, 1996).
Tras el escándalo con Mia Farrow y su hija adoptiva, tras películas tan inolvidables como Balas sobre Nueva York o Poderosa Afrodita; Allen le concede al público su visión, bastante personal, de los musicales. En Todos dicen que te amo presenta los enredos de una familia neoyorquina cuyo cosmopolitismo y fortuna escapan al entendimiento del mexicano promedio. Una de las hijas, Djuna (Natasha Lyonne) o DJ, narra el argumento. Steffi (Goldie Hawn), la madre, se ha casado en segundas nupcias con Bob (Alan Alda), un abogado. A pesar de eso Joe Berlin (Woody Allen), el padre biológico, los sigue visitando con frecuencia. A este cordial trato entre divorciados habría que agregar los hermanos postizos –Scott (Lukas Haas), Lane (Gaby Hoffman), Laura (Natalie Portman)— y los verdaderos, como Skylar (Drew Barrymore) y su prometido Holden (Edward Norton) con quienes el director abre su burlesca fábula. Pronto entrarán a este círculo el psicópata ex convicto Charles Ferry (Tim Roth), de cual se enamorará Skylar, y Vonnie (Julia Roberts), futuro romance de Joe Berlin al cual accederá por los consejos de Djuna. De vez en cuando, una canción con coreografía irrumpe sin remedio a las rutinas diarias de estos personajes.
Todos dicen que te amo se siente en ocasiones floja por los números musicales y su anacronismo –la mayoría de la canciones fueron interpretadas por el reparto a excepción de Drew Barrymore cuya capacidad para perturbar los oídos quedó excluida. Durante las secuencias habladas, sin embargo, resurge la fuerza neurótica de la obra de Allen. Con unos diálogos trepidantes e incisivos corre la anécdota cuya finalidad es sólo entretener, divertir, arrancar sonrisas. El acierto reside más que nada en la idea de que ni el amor ni la amistad son perdurables. Djuna, Joe y hasta la dulce Skylar se enamoran con una facilidad pasmosa. De la misma manera terminan sus idilios y los reanudan. Aunque, al final –mientras Steffi es lanzada al cielo por los brazos de Joe—, el espectador se entera de que no todos los sentimientos en el cosmos alleniano están perdidos. El acercamiento del cineasta al género musical tampoco extravía su dirección. Como es costumbre, Todos dicen que te amo llega retrasada a los estantes de los videoclubs y ni siquiera tuvo una oportunidad en las salas exhibidoras de La Laguna –le hicieron el feo en aras de producciones más rentables. Fue tal el rezago fílmico que ya Los enredos de Harry, su siguiente cinta, se proyecta con la XXXI muestra internacional de cine.

Desarmando a Woody
Durante la cuarta función de la multicitada muestra se proyectaron el cortometraje de animación por computadora Pronto saldremos del problema y la película Los enredos de Harry (Deconstructing Harry, 1997), trabajo reciente del cineasta norteamericano Woody Allen. Regresa después de Todos dicen que te amo este incansable realizador y sin duda un verdadero autor cinematográfico por sus particulares puntos de vista y las circunstancias que rodean su estrambótico reparto. Aunque sus preocupaciones son las de cualquier hombre tras la cámara –vida, muerte, sexo, religión—, él las sumerge en una neurótica comunidad judeo-neoyorquina dándoles un toque distintivo.
Harry Block (Allen) se ha ganado el odio de sus ex esposas, amigos y familia por trasladar intimidades a la ficción en un libro. El argumento se complica como es costumbre en el mundo alleniano. La primera en reclamar es Lucy (Judy Davis), hermana de Jane (Amy Irving) –su tercera esposa— y con quien el escritor tuvo un amorío. Terrible sincronización con la inminente boda de Fay (Elisabeth Shue), la antigua novia, y Larry (Billy Crystal), un amigo. El homenaje inesperado de cierta universidad lo acercará a su hijo Hilly (Eric Lloyd), aunque la segunda esposa, Joan (Kirstie Alley), y su metiche amiga Beth (Mariel Hemingway) se opongan. Los cómplices de este espontáneo secuestro serán Cookie (Hazelle Goodman), una prostituta negra, y el enfermo Richard (Bob Balaban). En el camino, Harry se reunirá con su media hermana Doris (Caroline Aaron) y su medio cuñado Burt (Eric Bogosian) para soportar más reclamos. Junto a esta confusa anécdota corren paralelamente las invenciones de Harry con Robin Williams, Demi Moore, Julia Louis-Dreyfus, Stanley Tucci y otros tantos para cerrar el ejército de intérpretes.
A pesar de que recurre a los mismos temas de siempre, Woody Allen logra en Los enredos de Harry una agradable comedia que, por sus diálogos mordaces y empleados con astucia, causa alegría y sinceras carcajadas, rebasando el humor simple visto –también gracias a la muestra— en Marius y Jeannette. Mínima relación tiene el título dado en castellano con el original, una alusión a cierta mujer que, en los delirios de Harry, confiesa entender sus personajes a través de desarmes, de –como ella lo dice— “de-construcciones” y no destrucciones. Harry Block es un hombre para quien “las dos cosas más importantes son el trabajo que uno escoja y el sexo”. El desorden y el caos son su rutina. Paralelos al argumento lineal se hayan los cuentos que imitan las vivencias de Harry y las de sus prójimos. El cuento del joven que en una escapada sexual recibe la visita de la muerte por equivocación, la anécdota de los adúlteros a los cuales poco les importa la llegada de una anciana ciega, la fantasía del actor cinematográfico que está mal enfocado o la sátira de la psiquiatra judía que de pronto se vuelve devota. Doris, como buena judía y sintiéndose parodiada, le dice “tú no tienes valores, tu vida entera es nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo”. Los cercanos a Harry apenas ven la diferencia entre personaje y persona. Como si los lectores conocieran la intimidad del escritor, ellos se sienten exhibidos y reclaman con encono. A veces, hasta con pistolas, golpes o insultos. Hacia el final, tras la interrupción del homenaje, Harry imagina un desenlace feliz. Autoridades universitarias lo alaban en sueños. La mujer “de-constructora” comenta sus creaciones. Con esa aparición surrealista, Harry comprende que sólo podrá estabilizarse por medio de su mundo imaginario, de sus libros y de sus hojas en blanco. Allen, aunque es un cineasta de indudable calidad, sigue en la lista negra de la mal llamada Academia y de las buenas conciencias hollywoodenses, para reafirmar la idiotez del amigo Óscar. Sin embargo, sus extensos repartos demuestran que se ha ganado el respeto del gremio actoral. Hasta de aquéllos que ya alcanzaron el rango de “estrellas”. Sin errores obvios, Los enredos de Harry es un producto fílmico logrado. La deformidad tal vez se encuentre, gran paradoja, en sus propios méritos. La esquizofrénica trama, la variedad de personajes y las situaciones extraordinarias hacen efímera la permanencia del filme en el cerebro y dentro de él se confunde con esfuerzos anteriores del director. Nada de interés, entonces, fuera de la muestra internacional de cine en Torreón o de, ya a finales de julio, Jackie Brown de Quentin Tarantino, a quien los traductores se la volvieron a hacer con otro titulito pestilente: La estafa.

-Todos dicen que te amo (Everyone says I love you, 1996). Dirigida por Woody Allen. Producida por Robert Greenhut. Actúan: Alan Alda, Woody Allen, Drew Barrymore, Goldie Hawn, Julia Roberts, Tim Roth, Edward Norton y Natasha Lyonne.

-Los enredos de Harry (Deconstructing Harry, 1997). Escrita y dirigida por Woody Allen. Producida por Jean Doumanian. Protagonizada por Woody Allen, Caroline Aaron, Kirstie Alley, Bob Balaban, Billy Crystal, Judy Davis, Hazelle Goodman, Amy Irving, Eric Lloyd y Elisabeth Shue.

martes, 5 de julio de 2011

Necrológica: Anna Massey


Estoy seguro de que en ninguno de los mal llamados programas del espectáculo nacionales lo mencionarán; pero el viernes pasado murió Anna Massey. A ella la vi en una adaptación televisiva (2009) de la novela Los relojes de Agatha Christie, en Los crímenes de Oxford (2008) bajo el mando de Álex de la Iglesia, en una película para la tele donde interpretó a una dama Agatha ya madura de título Agatha Christie: A Life in Pictures (2004), en El maquinista (2004), Ángeles e insectos (1995) y, claro, en sus participaciones más internacionalmente conocidas: Frenesí (1972) de Alfred Hitchcock y Peeping Tom (1960) de Michael Powell. Hija del actor canadiense Raymond Massey y de la británica Adrianne Allen, Anna apareció sobre todo en el cine y la televisión de Inglaterra. Se mantuvo activa hasta hace poco. Su carrera abarcó más de la mitad de un siglo. Falleció a los 73 años.

viernes, 1 de julio de 2011

Día de Canadá


Ya siendo ciudadano, se da en la capital de la vasta confederación el mejor día de Canadá en muchos años con todo y futuros soberanos incluidos. Y yo aquí, en el rancho. Trágame tierra.