lunes, 2 de enero de 2012

Estrellas de panteón (y IV)


Parte 3
* * *
Al entrar en el bar, lo primero que vio fue el color rosa de la pijama de su mujer. ¡Rita! Hola, ¿dónde andabas?, te he estado buscando toda la noche, no sabes lo que me pasó. Luego me lo cuentas, ahora tenemos que irnos. ¿Qué? Sí, estoy hasta la madre de Hollywood y de este pinche hotel. Pronto las palabras de Regino se vieron eclipsadas con la verborrea de las otras cuatro personas en el bar. Yo soy el director, viejo panzón, soy un genio. ¿Panzón?, panzón usted, mi querido muchacho, si su espíritu fuera el reflejo del cuerpo con el cual murió me doblaría en masa, además, cuando usted estaba en pañales, yo ya trabajaba en el cine, pregúntele a mi Alma si no es así. Esta película debería ser un musical, así yo sería la madre del ciudadano Kane, o mejor aún, su primera esposa, o mejor, la segunda que era cantante como yo. ¡No!, Orsonsito, el osito, ¿verdad que yo voy a hacer ese papel, vida?, Susan Alexander era rubia como yo, hazte a un lado, popotes. Orson, esta descerebrada no tiene una voz como la mía, necesitas a alguien que derrumbe edificios, óyeme nomás Zing went the strings of my heart. No, no, arruguitas, al contrario, Susan era pésima en el canto, puedo hacer ese papel con los ojos cerrados. Ustedes cállense, guacamayas, y tú, gordinflón, confórmate con hacer una aparición de dos segundos como en tus películas, es más, serás la enfermera obesa y fea de mi amigo Joseph Cotten. Qué broma más deliciosa, muchacho, por lo menos, en ninguna película aparecí haciéndole segunda a los Muppets. No, pero sí saliste en la tele presentando tu programa como un payaso. Tonterías, esas ridiculeces me sirvieron bastante a la hora de atraer al público a ver mi Psicosis, algo que no puede decirse de tu Kane. Conque esas tenemos, hipopótamo, entonces serás una bailarina en el número musical y vas a cantar a pulmón pelado What is his name? / It’s Charlie Kane / It’s Mister Kane / He doesn’t like that Mister / He likes good old Charlie Kane. Y después grito ¡es el señor Orson Welles!, ¿verdad, muchacho? No te vendría mal. Me rehúso a ser objeto de burlas, usted será el protagonista y yo el director, me lo prometió el cerdo de Selznick. Quién es ése, nalgón, yo sólo me entiendo con el señor Schaefer, el jefe de RKO. Y yo soy exclusiva de la Fox y sólo con ellos trabajo, si no el señor Zanuck me despide. ¿Qué no es el señor Louis B. Mayer el jefe del estudio? Tengo un contrato, mi querido muchacho. Y yo. Y yo también. Les voy a meter ese contrato por el culo a esos cabrones judíos, narizones y pendejos, ¿entienden? Lo que necesita esta cinta es un buen asesinato, que el hijo mate a la madre con una parvada de cuervos saca-ojos mientras su vecino los espía con binoculares desde el edificio de enfrente, sería delicioso. No, debería ser una comedia romántica donde Susan, o sea yo, se casa con el viejito millonario y vive para siempre feliz en su mansión, rodeada de diamantes. En lo absoluto, mi muy querida y frondosa muchacha, mejor todavía, que sea el encuentro de dos jóvenes invertidos con un tío asesino de viudas alegres en un tren para intercambiar homicidios, qué freudiano, ¿no? No, un musical, esta película va a ser un musical con múltiples números, coreografías, suntuoso vestuario, mi grandiosa voz y un hermoso arco iris. ¡Soy George Orson Welles y no me dejo manipular por ningún elefante amaestrado ni por dos guacamayas aunque una tenga doble pechuga! ¿Y quién la va a hacer de mi hijo si yo soy la primera señora Kane? ¡Jackie Coogan! ¡Jackie Cooper! ¡Mickey Rooney! ¡Macaulay Culkin! ¡Elijah Wood! ¡Haley Joel Osment! No, esos tres últimos todavía ni nacen. Traigan a Shirley Temple y córtenle sus mugres ricitos, nadie notará la diferencia. No, eso nunca, esa chiquilla cabrona estuvo a punto de robarme el papel de Dorothy, además, sigue viva y ni quién se acuerde de ella. La Casa Blanca sí, ¿no ven que hasta la hicieron embajadora de No-sé-dónde? ¿No será de Oz, verdad? Ay, flaquita, eso ni existe, no, fue de un país de gorilas. Claro que Oz existe, más allá del arco iris, tarada, ¡no, nada de Shirley Temple!, imagínensela cantando con su vocecilla de bebé Somewhere over the rainbow… Y dale con la misma cantaleta, ¿no te sabes otra? Me sé muchísimas más, tetona, y tú, ¿cuántas te sabes fuera del infeliz cumpleaños con el que te le enredaste al presidente Kennedy? No soy cantante, soy una leyenda, un mito, lo soy todo y no te necesitamos en esta película. Que eso lo diga el señor director. ¿Cuál de los dos?, ¿el cachetoncito o el gordito? ¡Los dos! Muchacho, si vamos a dirigir esto juntos, deberás incluir en el reparto a mi hija Pat. Nada de eso, no comparto el poder. Imagínense, por fin tendré el Óscar a mejor actriz después de que estuve a punto de lograrlo con Ha nacido una estrella. ¿Qué no tienes ya un Óscar? Honorario, ése no vale, y de eso hace siglos, era una niña jorobada cuando me lo dieron. Ya te lo dije, pasita, confórmate con el de reparto, el de mejor actriz será para mí, por fin Hollywood me respetará porque haré un papel serio de acuerdo a mis capacidades histriónicas. Y el de mejor director será para mí, ya lo dijo la flaca, los honorarios no valen. Para los dos, muchacho, aunque compartamos el crédito, nos darán dos estatuas a cada uno. Ese acuerdo pareció venirle bien a los cuatro.

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Estrellas de panteón (III)


Parte 2
* * *
El elevador no estaba solo cuando Rita entró en él un poco avergonzada porque aquel hombre iba elegantemente vestido. Hasta le dio pena mostrarse ante él con su pijama rosa. El hombre, sin embargo, no se quedó callado. Hola, gatita, qué bonita pijama, ¿a qué hora te la quitas? De la vergüenza pasó a la indignación y no se dejó amedrentar por la prepotencia del individuo. ¿Cuál gatita?, no sea majadero, y lo de la pijama no se lo contesto porque a diferencia de otros sí tengo educación. Tienes, más bien, una belleza exótica, le dijo con un pronunciado acento británico. Soy casada, no me moleste. Aquello no pareció impresionar al inglés, quien se acercó mientras Rita contaba los segundos en los que el elevador bajaba al vestíbulo. ¿Y qué?, eso no importa, en este hotel hay muchas señoras casadas a las que de poco les ha valido el matrimonio cuando están cerca de mí. No me importa, yo amo a mi esposo y si esas señoras no amaban a los suyos es su problema, de seguro usted es uno de ésos que no dejan pasar ninguna falda. No soy un don Juan, minina, soy un Marco Antonio en busca de su Cleopatra perdida hace mucho tiempo. No le creo. Como quieras, deberías sentirte halagada, no ando con cualquiera, soy muy selectivo con mis gatitas y le rehuyo especialmente a los turbantes azules. No le entiendo. Hay una vieja maniática en este hotel que va de arriba a abajo buscándome y diciendo que fue mi esposa, qué tontería, yo nunca hubiera tenido una esposa tan vieja, fea y gorda, mejor hablemos de ti, ¿cómo te llamas? No le importa. Por fin el elevador se detuvo. No te vayas, yo me llamo Richard. Qué bueno y con permiso. Imaginó que la seguiría. Sin embargo, el hombre permaneció en el elevador hasta que se cerró.
De repente le dieron ganas de orinar y entró en el baño de mujeres. Mientras meaba, escuchó golpes y susurros. Era una conversación entre dos actrices jóvenes. Cada vez, subía más de tono. No me interesa lo que digas, soy la mejor actriz de Hollywood y del mundo. Tú habrás podido haber ganado el Óscar esta noche, pero me pertenece por derecho, dámelo. Uy, sí, cómo no, mira la señora, ¡pues no!, bastante trabajo me costó. Ya lo sé, abriendo las piernas, querida. No tanto como tú abriste la boca, mimosa. Ya verás, ese Óscar es mío. No, es mío, la Academia me lo dio a mí y ahora te aguantas, espérate hasta el próximo año. No me la pasé cogiendo con casi todos los miembros de la Academia para que me obviaran. Lo mismo digo yo, hasta al conserje del estudio me eché. Es mío. No, mío. Rita salió del escusado. Las mujeres empezaron a forcejear con la estatuilla dorada hasta que se hicieron de jalones de pelo y bofetadas. ¡Mío! ¡No, es mío! A Rita, la escena sólo le provocó risa. El mismo patrón se repetía a todo lo ancho y largo del hotel. Esas dos mujeres, aunque más jóvenes, eran iguales a las que vio en el cuarto contiguo al suyo peleándose por saber quién era la más perra de Hollywood. Después de evitar a los dos espectros, lavarse las manos y volver a reír con el festín de zarpazos, salió.

Más en la Parte 4

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Estrellas de panteón (II)


Parte 1
* * *
Rita no se despertó con los gritos de Elizabeth Taylor gracias a los tapones para los oídos y a la profundidad de su sueño. No tuvo la misma suerte quince minutos más tarde con un traqueteo proveniente de la habitación contigua, traqueteo que se originaba en la cabecera de la cama. Ese ruido penetró sus tímpanos a pesar de los tapones y la despertó. Un poco más consciente, imaginó a una pareja haciendo salvajemente el amor en el otro cuarto y se preguntó por qué Regino y ella, esa misma noche, no habrían levantado aquel alboroto con su ejercicio erótico. Al notar la ausencia de su esposo, se levantó y encendió la lámpara. Le atemorizó ver la puerta abierta. Lo buscó sin éxito en el baño y al cabo salió al pasillo sólo para percatarse de que la habitación del traqueteo estaba también abierta de par en par. Se preparó para escuchar los gemidos del placer cuando, en lugar de ellos, logró oír ¡Puta! ¡Puta tú, golfa! ¡Meretriz! ¡Eso lo serás tú, momia! ¡Antes mírate en un espejo, ojona! Después de reflexionarlo, decidió entrar para averiguar quiénes eran las personas que se profesaban tal odio. Quizás Regino estaba allá adentro e intentaba separarlas o hacerlas callar. Sin embargo, sólo observó el forcejeo sobre la cama. Eran dos mujeres de mediana edad. La de abajo llevaba el cabello negro recogido y su vestido iba de acuerdo al aparente luto. La de arriba no podía ocultar la falsedad de sus bucles rubios y la ridiculez del vestido infantil con el que se cubría. ¡Ya no te aguanto, vieja pasa!, exclamaba la rubia. ¡Y yo a ti menos!, replicaba la morena. No importa lo que hagas, seguiré siendo la más perra entre las perras. Eso es lo que tú crees, nadie es más perra que yo. ¿Ah, sí?, pregúntale a mi hija, hasta escribió un libro sobre lo perra que era con ella. Mira nada más qué original la señora, pues el libro de mi hija lo hicieron película y ahí quedó para la posteridad lo perra que era con ella, gracias a mí, todas las hijas de madres perras en este mundo pueden decirles mamita querida. Tú te moriste primero, adefesio. ¡Eso lo serás tú, ramera! ¡Ramera la que te parió a ti y a tu cochino coño! Al menos me lo lavo, Ruth. Te voy a arrancar la cabeza, Lucille. Era tanta la violencia que la cabecera se había desprendido de la pared. Cada vez que una cacheteaba o insultaba a la otra se oía el estruendo que Rita confundió con la banda sonora de la cópula. Regino no se había levantado para callarlas. Con esa certeza, Rita salió para no buscarse problemas con aquellas dementes a las que ni siquiera reconoció. Había decidido buscar a Regino en el vestíbulo, a donde quizás habría ido para quejarse del jolgorio creado por aquellas dos locas. Fue hasta los elevadores, los llamó y cuando se cerraban las puertas todavía alcanzó a escucharlas. ¡Nadie es más perra que Bette Davis! ¡La más perra de todo Hollywood no es otra que Joan Crawford!

Más en la Parte 3

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Estrellas de panteón (I)


Hablando de los espíritus que espantan en el hotel Roosevelt de Hollywood, hace nueve años escribí el siguiente texto. Es un cuento larguísimo dividido aquí en cuatro partes. Se llama "Estrellas de panteón" y forma parte de un volumen de relatos inédito titulado El gran pastiche del mundo. Lo saco a colación pues está relacionado con el tema de la nostalgia por el viejo Hollywood. Va la primera parte:

Estrellas de panteón
El vestíbulo era como cualquier vestíbulo en cualquier hotel lujoso del resto del mundo. Sin embargo, según su percepción, había un cierto toque distintivo en los rostros de las recepcionistas. No una mera distinción, se corrigió a los segundos. Era algo diferente. Más fuerte aún que un concepto tan burdo. Era glamour. Al menos eso le dijo el hombre a su esposa después de registrarse. Fíjate bien, hasta al botones lo sacaron de una película, le bisbiseó al oído cuando el joven terminaba de montar el equipaje sobre el portamaletas. Incluso durante el trance, ella pretendía no estar sorprendida por la grandiosidad del sitio. Fueron los elevadores los que provocaron el cambio en esa degustación casi indiferente de Rita en la escala final de las vacaciones dentro de la tierra de los ensueños. Porque así la llamaba Regino con constancia preocupante y lo hacía siguiendo religiosamente todos los lugares comunes y traicioneros dichos por otros: fábrica onírica donde las pantallas de plata reinaban, semillero donde germinaron las estrellas internacionales, terruño donde se siembran las ilusiones y florecen para crear a los dioses del mundo moderno. Así reflexionaba cuando Regino ya había empezado con su cantaleta. ¿Te imaginas, mi vida?, aquí se hospedaron Charlie Chaplin, Rodolfo Valentino, Marilyn, y continuaba con su verborrea de nombres, algunos conocidos por Rita gracias al fanatismo de su esposo y otros no tanto. Mientras contemplaba con estupefacción el elevador relumbrante, áureo y confortable donde no podían ser transportados hacia arriba ni la abyección ni la suciedad ni mucho menos la pobreza, le vinieron a la mente los pasos seguidos para acceder a aquel olimpo.

Más en la Parte 2

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domingo, 1 de enero de 2012

Para flotar al salir del cine


Aquí va mi primera reseña del año. El tema a tratar es la película muda sobre la cual todos cacarean actualmente. No sin justificación, por cierto. Se llama El artista y es del director francés Michel Hazanavicius. El texto a continuación.

Los humanos somos ingenuos como raza. Desde hace ya siglos se ha endiosado a la tecnología como si por su aparición misma la humanidad progresara hacia una meta llena de esplendor. Tal ingrediente, por sí solo y hablando en particular del séptimo arte, ha sido el principal argumento de cineastas mediocres (y en su mayoría hollywoodenses) para venderle al espectador toda suerte de porquerías, ésas rebosantes de efectos digitales pero con historias más que pueriles. Léase el bodrio Furia de titanes (2010) cuya mayor afrenta al público es tener segunda parte para este 2012. Ya desde el fenómeno Avatar se nos quiere encasquetar hasta el más repudiable producto fílmico con la excusa de que se halla en tercera dimensión. Sin embargo, no es precisamente una película en 3-D la que ha conquistado recientemente los tan blandengues como negros corazones de la tierra del ensueño. Ha sido una cinta en blanco y negro. Para colmo, muda. El milagro no es nada nuevo en realidad. A ellos les llegó con retraso porque ni se enteran de lo sucedido al otro lado del océano. Desde mayo pasado la película El artista (The Artist, 2011) de Michel Hazanavicius anda haciendo ruido en Europa. Por ejemplo, en el festival de Cannes se llevó el premio a mejor interpretación masculina gracias al trabajo de Jean Dujardin. No fue hasta que Harvey Weinstein decidiera distribuirla bajo su sello en Estados Unidos que se empezó a hablar de ella y, por ende, a cosechar nominaciones. Después de todo, Weinstein resulta ser uno de los promotores más agresivos en Hollywood para las películas que produce o distribuye. En especial, durante esta temporada del año (por los premios Óscar, se entiende).
Digo sin titubear que El artista fue para mí una de las experiencias fílmicas más placenteras del año 2011. Y, aunque la palabra que uso a continuación suene negativa, para mí no lo es. El pastiche puede alcanzar una forma artística tan loable como cualquier otra. Por este motivo, afirmo que el largometraje que ha cautivado la atención de muchos estadounidenses en el umbral de la temporada de premiaciones vacuas es eso: un pastiche. Además se podría definir como sincero, profundo y conmovedor homenaje al cine mudo de Hollywood. El artista es fiel reflejo de lo sucedido actualmente con su director y sus actores protagonistas: el antiquísimo periplo de ascenso y caída en la tierra del ensueño. Hollywood conoce y produce desde hace ya mucho tiempo un sinfín de películas con esta temática. Obligan las referencias a Nace una estrella (en especial las versiones del 37 y del 54), Sunset Boulevard (o en España El crepúsculo de los dioses) y, hablando del poder mediático, incluso El ciudadano Kane, cumbre del cine sonoro. Hacia el final algunas escenas de baile de El artista me hicieron pensar en nombres como los de Fred Astaire, Ginger Rogers o Gene Kelly. Michel Hazanavicius está más que consciente del legado fílmico hollywoodense de la época de transición entre el cine mudo y las entonces llamadas talkies. Desde ahí, gana muchos puntos.
El artista abre con una escena de cine dentro del cine. Es de esperarse. Estamos en el Hollywood de 1927 y nosotros, los espectadores, miramos a otro grupo de asistentes al cine mirando a su vez y en su estreno una película de George Valentin (nombre que con una letra más sería Valentino). Detrás de bambalinas hay un anuncio, más tarde convertido en oráculo para el actor que en el anverso de la superficie lisa entretiene y cautiva al público: “Favor de no hablar detrás de la pantalla”. Valentin (Jean Dujardin) se contempla a sí mismo cual trajeado Narciso y sonríe. Pero esa otra versión suya se encuentra agigantada por la magia de Hollywood. La película anuncia su fin y truena un aplauso tan colectivo como silente. Un aplauso que nunca escucharemos. Aplauso remplazado por una música simple, alegre y esperanzadora. Valentin sale a agradecerle a su público, a juguetear con su perro y, de paso, a humillar a su co-estrella (Missi Pyle), una rubia platinada. Aquí aparece un elemento intruso. Imposible verlo en esas viejas cintas del cine mudo a las cuales homenajea El artista: un dedo medio lanzado con todo rencor contra George Valentin. Si nos atenemos a los principios moralistas típicos de aquel tipo de cine ya sabemos que la arrogante celebridad pagará con lágrimas su soberbia. Aquí habrá una gran lección para el actor en la cima: su excesivo orgullo hará que se hunda en los pantanos del olvido y la pobreza luego de la despiadada revolución sonora.
A Valentin lo espera una multitud de fotógrafos y admiradoras a las afueras de la sala. De repente, una de ellas es empujada y entra en el destello de los reflectores. A diferencia de la actriz a la cual opacó dentro de la sala de cine, Valentin le sonríe, se toma fotos y se divierte con ella. Pronto los periódicos del corazón se preguntan quién es esa chica. En secuencia de matrimonio adinerado dividido por una larga mesa del comedor —a la usanza de Ruth Warrick y Orson Welles— la esposa del histrión (Penelope Ann Miller) lo cuestiona sobre la misteriosa muchacha. Él sólo responde blandiendo como defensa a su simpático compañero en la realidad y en la ficción: el perro (Uggie, can ya tan famoso que hay quienes piden a gritos una nominación al Óscar para él). Por su cuenta, Peppy Miller (Bérénice Bejo) no es más que una bailarina y aspirante a actriz (ecos de Joan Crawford) cuyo destino se cruzará pronto con el de Valentin por segunda vez. Ahora, sin embargo, dentro de un estudio de filmación. Con el advenimiento del cine sonoro anunciado por el gordo productor (John Goodman), George y Peppy intercambiarán lugares. Ella se volverá famosa. Él será relegado a la desmemoria. A pesar de su caída, ahí estarán su perro y su fiel mayordomo (James Cromwell). En ese sentido, no hay nada más cruel en Hollywood que perder la seductora luz del reflector tras haberse bañado en ella.
El paquete incluido con El artista es tan completo que no hay manera de resistírsele. La música, la recreación de la época y la fotografía encajan a la perfección con la trama. Los actores, como solía hacerse en aquella época, desarrollan sus personajes a través del lenguaje corporal el cual nunca cae en lo risible. Nada aquí se encuentra fuera de lugar. Bérénice Bejo, esposa de Hazanavicius, se asemeja a las actrices de la época. Quien interpreta con maestría a George Valentin, por su parte, parece de verdad otro Clark Gable. Nombre a todas luces familiar en el cine galo, Jean Dujardin sigue en la actualidad el camino amarillo trazado por Weinstein y de seguro le saldrá al final el premio gordo: su nominación para el Óscar de mejor actor. Como sucediera con histriones no anglófonos durante la aludida era del cine mudo, para Dujardin El artista se convirtió en un vehículo perfecto para darse a conocer en el mercado norteamericano. Y, a pesar de que no se le aparezca el monigote dorado una vez hecho el trayecto, ya al menos el actor francés posee el premio de mejor interpretación masculina concedido en Cannes.
Me parece irónico que no haya sido alguien de Hollywood quien erigiera este homenaje. Las personas a la cabeza del producto fílmico son oriundas de Europa. Hazanavicius y Dujardin son franceses. Bejo, aunque nacida en Argentina, creció en Francia. Solamente actores (llamados de “carácter”) como Goodman, Cromwell, Miller y Pyle son estadounidenses. Sólo ellos se animaron a aparecer en esta aventura fílmica de un cineasta galo, una empresa con prospectos muy reducidos ante la ola causada por los tridimensionales. El hecho de que hayan sido estos artistas quienes le hicieran tan hermoso homenaje al viejo Hollywood se traduce en el dedo medio de la actriz humillada por Valentin. Éste es un regalo en suma agridulce para el actual Hollywood. La tierra del ensueño, sin embargo, lo recibe con perversa zalamería: vomita a su vez nominaciones para apropiarse de algo que no le pertenece, para adjudicarse un poco del prestigio ya adquirido por el largometraje de Hazanavicius en su tierra natal.
Durante mucho tiempo debí luchar contra la costumbre y mis prejuicios para disfrutar plenamente el cine mudo. La primera experiencia en la cual la ausencia de diálogos orales no disminuyó mi experiencia fílmica se dio por fin no hace mucho cuando vi en una sala de cine la versión casi-completa de Metrópolis. Una experiencia similar —la de no sentir la mudez del filme como una barrera— reportan en su mayoría los espectadores que se han enfrentado a El artista. La película de Hazanavicius —por obedecer fielmente a su tradición— es convencional y cursi sí, aunque para alivio del público más experimentado y mordaz se percibe por debajo del agua una gran e inteligente audacia por parte del director: basta para confirmarlo ponerles mucha atención a los títulos de películas sobre las marquesinas de los cines en este Hollywood ficticio, ésos que hacen alusión a los acontecimientos de la trama. Ni qué decir de la genial secuencia de la pesadilla de Valentin durante la cual los efectos de sonido son utilizados para recalcar la ausencia de voz del actor. O de aquélla cuyo contrapicado honra la memoria de El ciudadano Kane cuando Valentin descubre sus antiguas pertenencias en la mansión de Peppy Miller, entre ellas otra versión suya agigantada: un retrato donde su imagen inmóvil tal vez lo hiere más al retrotraerlo a las imágenes móviles del glorioso estreno del inicio.
En su totalidad, el fondo justifica la forma. El artista tiene la inusual capacidad de robarle el corazón a quien la ve. En particular, a quien ama el cine con pasión. No niego que yo sentí que flotaba al salir de la sala luego de verla. Así de poderosa es su influencia. Lo malo de este renacimiento del cine mudo —si es que así se le puede bautizar por la destacada presencia de un filme único— serán los malos imitadores que, ante su éxito, vendrán ahora por parte de Hollywood. Los aprendices de entes como Eastwood, Spielberg o Clooney que —de seguro sintiéndose excluidos de esta tendencia nostálgica— iniciarán la producción en masa de películas mudas y en blanco y negro. Entonces sí que los espíritus que deambulan por el hotel Roosevelt nos agarren confesados.

El artista (The Artist, 2011). Dirigida por Michel Hazanavicius. Producida por Thomas Langmann y Emmanuel Montamat. Protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman, James Cromwell, Penelope Ann Miller, Missi Pyle y el perro Uggie.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=9YpwJg7Nvp0