viernes, 20 de abril de 2012

La domesticidad (de)velada de Nader y Simin

Pareciera que este año el monigote dorado no se equivocó en la categoría de mejor película en lengua extranjera. Al menos los mandamases de Hollywood no premiaron otra “holocaustada” como acostumbran. Si escribo un poco más de usual sobre esta cinta es porque de verdad vale la pena. Contiene calidad impecable, loables actuaciones y una trama que me mantuvo atento hasta el final. Hoy se estrena en la capital mexicana y viene con un largo camino recorrido desde su origen: uno de esos países tan mistificados por los gringos. Además, a través de este texto, les mando un abrazo hasta Torreón a mis padres por su cuadragésimo cuarto aniversario de bodas. Va la reseña entonces:

Luego de los créditos —durante los cuales el cineasta se apropia de la perspectiva de una fotocopiadora— un hombre y una mujer se hallan ante un juez de lo familiar para encontrarle solución a su problema. Ya antes el espectador logró un vistazo de sus rostros mientras la fotocopiadora reproducía una imagen de sus tarjetas de identidad. Y, claro, también del acta de matrimonio. Ahora la cámara calza la piel del susodicho juez. Para la pareja el problema será medular ya que atañe a la vida íntima en casa, la vida de la domesticidad. Para los espectadores, al principio, surge como una banalidad. Poco a poco y a lo largo de esta secuencia actuada con maestría, empezarán a verse involucrados. Las voces suben de tono. Ella insiste en irse a vivir al extranjero (y así, sin hacérselo obvio al juez, darle una vida de mayor libertad a su hija). Él alega que necesita quedarse para cuidar de su padre, un enfermo de Alzheimer, y no consentirá en que la mujer se separe de él para llevarse lejos a la hija. La única solución avizorada por la mujer es el divorcio. Llegar a un acuerdo implica además cierta urgencia pues les han concedido una visa para residir en el ignoto país extranjero. La visa, obtenida a precio de esperar y esperar, expira en unos días. El juez no ve motivo para el divorcio. Él se llama Nader (Peyman Moadi). Ella, Simin (Leila Hatami). Y aquí no es cualquier lugar. En ese “aquí” las mujeres se encuentran cubiertas (quiéranlo o no) con un velo. Aquí hembras con la cabellera al aire incitan al pecado de los machos. El aspecto patriarcal del país donde se desarrolla la trama se encuentra magnificado por la religión. Nader y Simin viven en Irán, país del que se sabe algo a causa del filtro de los magnates informativos de los Estados Unidos. Pero país del cual el universo de occidente desconoce mucho. Ya con Persépolis (2007) se supo un poco sí, aunque con la perspectiva de la mujer joven que se exilia y años después regresa. El desconocimiento y la ausencia de expectativas por parte del espectador son las mejores cartas que juega el cineasta Asghar Farhadi para mantener al público en suspenso. En cuanto a Hollywood —de eso se ha encargado el imperialismo cultural estadounidense— lo sabemos todo de cabo a rabo: cada género esquemático, cada giro de tuerca, cada final feliz o lacrimógeno. De la paupérrima y censurada filmografía iraní, casi nada. ¿Cómo es posible entonces que la trama escrita por el propio Farhadi le valiera tantos premios, incluso el cosechado en Hollywood? Misterio. Lo de verdad destacable es que Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011) va mucho más al fondo y no se detiene en lo epidérmico de cualquier asunto por desarrollar.
Finalmente (aunque el “finalmente” sea en realidad el detonador del relato) Simin se va a casa de sus padres para presionar a Nader. Ni Termeh, la hija del matrimonio, ni el esposo pueden ocuparse del abuelo durante el día. Ahí está el problema central para este hombre iraní. En una de las habitaciones del departamento se halla el padre enfermo que ancla a Nader al país de origen. A través de una recomendación llega al hogar de los Lavasani Razieh (Sareh Bayat). De su mano, siempre, la pequeña Somayeh. A pesar de sus creencias Razieh acepta trabajar para un hombre separado y cuidar del padre de Nader. Luego de una serie de jugadas crueles del azar y de no escasos malentendidos, el asunto terminará en pesadilla. Sobre todo, cuando Hodjat (Shahab Hosseini) —el irascible e igualmente fanático esposo de Razieh— se entere de este arreglo tras un accidente de consecuencias graves para los involucrados.
En Irán una mujer consulta a una autoridad religiosa para saber si es pecado lavar el cuerpo de un viejo que se ha orinado los pantalones. En este país el mismo viejo se rehúsa a bajárselos pues se halla en la presencia de su nieta. Las taras de esta sociedad (que no creamos en nuestra soberbia tan diferentes a las nuestras) no se ponen en evidencia como lo habrían hecho los ángeles condenadores del mundo occidental. Son meros detalles. Se muestran entonces con sutileza y de una forma atenuada. Tal vez, se desplieguen así a causa de la autocensura. Quiero pensar, sin embargo, que es la inteligencia del director porque a pesar de censura (si la hay) los detalles resultan mucho más contundentes por no caer en lo panfletario. De la religión se desprenden esta variedad de formas para ocultar el cuerpo de la mujer. El asunto del velo es crucial ante la cuestión de si Nader sabía o no que Razieh estaba embarazada. Igualmente, las diferencias de clase social están muy presentes. Ésas no resultarán desconocidas para un público latinoamericano. Obviamente Nader y Simin pertenecen, con respecto al promedio, a una clase social mucho más acomodada: un departamento grande, una pantalla de plasma, muchos libros, aunque (no hay que negarlo) una lavadora ya bastante anticuada. Simin es una maestra de inglés que se cubre la cabeza con un chal y que se atreve a dejar al descubierto parte de su roja cabellera de fuego. Sabemos bien que está dispuesta a poner en riesgo su matrimonio con tal de darle una vida de mayor libertad a Termeh. Conocer lo demás de esta hermosa mujer es tarea de los espectadores. Nader, en quien se detiene mucho más la cámara, es un empleado de banco en cierta forma atrapado entre la traición patriarcal de su país y el amor que le profesa a su hija. Y, claro, Termeh —interpretada por Sarina Farhadi, la hija del director— una niña de once años que va a la escuela privada para señoritas y que además toma clases en su casa por la tarde. Las esperanzas de ambos están puestas en la inteligencia de esta brillante niña. Los Lavasani forman una familia, por lo tanto, más instruida que la otra pareja.
En la casa de Razieh y Hodjat habitan con mayor persistencia el fanatismo y la pobreza. Ésta la veo en las paredes descarapeladas, en una familia mucho más numerosa (entre primos, tíos, hermanos, vecinos) y, por encima de todo, en las preocupaciones financieras. Porque para su desgracia cerca de ahí acechan los acreedores de Hodjat que amenazan hasta con la cárcel al zapatero desempleado. En la mirada exhausta de Razieh se centra gran parte del drama de la película. Uno puede leer en los ojos de esa mujer la opresión, el cansancio, las largas horas dedicadas a su familia y a los recovecos de la fe. Además, la incomodidad de verse oculta de pies a cabeza con ese largo y negro “tchador” que el viento agita sin lograr desprenderlo, bajo la opresora luz del sol y yendo de un lado a otro tomando de la mano a Somayeh cuyos ojos no serán menos indelebles que los de su madre. Esa mujer oculta bajo el velo abundante y oscuro se enfrenta al gentío en los autobuses, al calor, al sudor, a la fatiga, a su propia debilidad por un embarazo que surge en el peor momento posible y, por supuesto, se enfrenta a sus propios prejuicios derivados de la fe al aceptar reticente un trabajo en la casa de un hombre separado. Como lo más dramático se erige el tortuoso silencio que la lleva a ocultarse y a ocultarlo todo. En la familia de Razieh el resentimiento social se encuentra encarnado en Hodjat. De igual forma, el fanatismo. Es Hodjat quien en diferentes ocasiones les exige a otras personas jurar en nombre del Corán o es él quien reclama una retribución porque los demás no tienen honor. Tan similar al “pobre pero honrado” mexicano, pleno de chantajismo sentimental y perpetuado en las bocas de quienes lo repiten como autómatas. Aquí, sin embargo, la palabra del ser humano no se ha devaluado tanto como en nuestro país. Sí, aquí se jura por el Corán y para muchos, en especial Razieh, dicho juramento tiene una valía tan grande que hacerlo sin una razón o incluso bajo falso testimonio implica un castigo divino.
La atmósfera entera podría haber sido desesperanzadora, salpicada de pies a cabeza de desolación. Empero, en esta misma sociedad vemos a Nader presionar suavemente a Termeh para que se enfrente a los hombres. Así sucede en la escena de la gasolinería. En el centro de esa buena intención y de ese orgullo de padre que quiere ver en su hija a una persona asertiva, se agazapa despreciable su crítica contra Simin. Es más adelante cuando Nader le reprocha a Simin querer escapar del país y no enfrentarse a las vicisitudes del mismo. Como si dejar el país de origen no implicara ciertas (o muchas) dosis de valor. Si lo anterior no se presta a suficiente análisis se halla como complemento en el filme el tema de la lealtad y la manipulación dentro de la célula familiar. Un punto trágico y conmovedor en esta historia emerge cuando Termeh recibe un golpe terrible al darse cuenta de que su padre ha mentido. El mismo padre que antes le había dicho en lo relacionado con sus tareas del colegio que “cuando algo es falso es falso y no hay otra respuesta posible”. El colmo viene cuando Termeh, por lealtad y sobre todo para no perder a su padre ante los vuelcos que son susceptibles de conducirlo a la cárcel, perpetúa la mentira frente a un juez. Esta vez, de lo criminal. Los malentendidos se multiplican. Están ahí presentes desde un inicio y nunca desaparecen a lo largo del proceso judicial en contra de Nader. En este punto la vida doméstica de los Lavasani se verá mucho más alterada de lo augurado. Él asume que ella se va de la casa por poco tiempo y de forma caprichosa para que dé su brazo a torcer en lo concerniente al exilio. Simin se siente herida cuando Nader ni siquiera le ruega para que regrese. Y Termeh permanece al lado de su padre para obligar a su madre a regresar al hogar pues como cualquier niña de esa edad desea con fervor que sus padres estén siempre juntos.
No digo mucho más porque para algunos críticos Una separación constituye una especie de thriller íntimo y familiar. Sí, tal vez. Más en la forma que en el fondo, habría que aclararse. A lo largo de la cinta un giro tras otro da la trama. Pero son giros relacionados con los lazos de solidaridad y con la culpa que une a veces sin remedio a estos seis personajes. Incluso, a las dos niñas. ¿No es un reproche lleno de rencor el que Soumayeh con tan sólo una mirada le lanza a Termeh cuando por fin los destinos de las dos familias se separen? De igual forma, siguiendo con este análisis sobre la forma, la estructura del filme está ingeniosamente bien medida. Inicio, medio y desenlace del relato transcurren en un juzgado. Tres momentos de vital importancia para el hilado del cuento citados a continuación. La primera escena donde Nader y Simin se ven ante el juez de lo familiar que decide ignorar los motivos para el divorcio. En un punto mucho más álgido del relato, Nader, Hodjat y Razieh por la acusación de homicidio involuntario (no digo más). Y finalmente los tres integrantes de la familia Lavasani para que Termeh decida qué dirección tomará el resto de su vida.
Muchos de los temas tratados por Una separación podrían aplicarse a cualquier país del tercer mundo. Pero especialmente por el ingrediente religioso, la cinta de Farhadi sólo pudo haberse filmado en Irán. Sin embargo, su tino a la hora de tratar temas como la lealtad, la culpa, la justicia, la verdad y la familia convierte a Una separación en una cinta universal, digna representante de su país y con el poder de convocatoria para un público pensante en todos los rincones del planeta. Por algo se erigió como la gran ganadora en la Berlinale del 2011 con el Oso de Oro y sendos premios de actuación para los protagonistas. En síntesis, altamente recomendable.

Una separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011). Dirigida, escrita y producida por Asghar Farhadi. Protagonizada por Peyman Moadi, Leila Hatami, Sareh Bayat, Shahab Hosseini y Sarina Farhadi.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=6M6o5rBbhic

viernes, 6 de abril de 2012

Basta de Titanic

Era de esperarse. Con la llegada de la tercera dimensión se mira hacia atrás. La intención es obvia. Sacar más y más dinero con ese truco al que ahora se ha recurrido tanto. Qué ingenioso es Hollywood. Así será hasta que se agote. ¿Cómo no iba el señor Cameron a subirse a ese bote? El estreno de Titanic en tercera dimensión me da pie para desempolvar esto:

Un millón por minuto, pero nada más
El nuevo año abrió con la producción cinematográfica más costosa del noventa y siete y de todos los tiempos –hasta la fecha, claro. En cuestión de meses, otro mamotreto comercial podrá presumir de lo mismo. Como si el señor James Cameron y sus productores se hubieran convertido en indigentes tras invertir doscientos millones de dólares en la recreación del famoso hundimiento de principios de siglo, el primer día de enero los mexicanos en multitud salieron de sus hogares y acudieron amontonándose –ya ni en aquella “unión de medios” llamada Teletón— a las salas de cine para que míster Jim saldara sus deudas y, de paso, agradecerle a este nuevo geniecillo de la cámara (a lo arreador de vacas, a lo Steven Spielberg, por supuesto) la filmación de su mastodonte en tierras nacionales. Luego de despiadada publicidad, bombardeos informativos, anuncios del estreno y escasos comentarios imparciales sobre la película Titanic (1997); el sólo mencionar su título constituye una agridulce redundancia.
El reciente filme –y con probabilidad el único acierto en su carrera— del insulta-extras –no le llega al nombre de director, menos de cineasta— James Cameron (Terminator, Aliens, El secreto de abismo, Terminator II, Mentiras verdaderas) muestra, además de la catástrofe marina de 1912, el romance entre una hermosa joven de alta sociedad y un trotamundos que viaja en tercera clase. La cautivante Kate Winslet de Sensatez y sentimientos es Rose DeWitt Bukater. El siempre púber Leonardo DiCaprio de Romeo y Julieta es Jack Dawson. Un sinfín de vicisitudes rodeará el inmaduro amorío de estos adolescentes: convencionalismos, promesas, miradas condenadoras y la inesperada –para los pasajeros, obvio— colisión del barco con un témpano gracias a que, dicho sea de paso, los amantes distrajeron a la tripulación con sus escarceos. Junto a la pareja se hallan Cal Hockley (Billy Zane), el cornudo novio; Ruth DeWitt Bukater (Frances Fisher), la madre manipuladora; Lovejoy (David Warner), el mayordomo metiche; Fabrizio (Danny Nucci), el inmigrante italiano de acento fingido; así como nombres respaldados por documentos históricos: la insumergible Molly Brown (Kathy Bates), el capitán Smith (Bernard Hill), Bruce Ismay (Jonathan Hyde) y Thomas Andrews (Víctor Garber). El pretexto para revivir este idilio es la búsqueda de una joya perdida, responsabilidad de un pirata moderno encarnado por Bill Paxton, actor de la Fox (en alianza con Paramount para distribuir el largometraje) desde Tornado, aquella bazofia taquillera.
Sin duda y como se mencionó en una reseña anterior, Titanic es la nueva reina de todas las películas de desastres –tal puesto no es precisamente elogioso. Pero no es ni la primera ni la última palabra sobre la catástrofe ya que existen el Titanic (1943) en versión alemana, otro filme homónimo con Barbara Stanwyck en 1953, A night to remember (1958), la muy similar La aventura del Poseidón (1972), las versiones para la TV S.O.S Titanic (1979) o Titanic (1996) y hasta La recamarera del Titanic (1997) de Bigas Luna. Claro, ninguna se acerca en espectacularidad al engendro de James Cameron. Desde el punto de vista formal, este cuasi-trasatlántico es perfecto. Impresionan el pánico de los pasajeros, las secuencias sobre y bajo el agua, el inclinamiento de las cubiertas, los efectos que hicieron posible ese deleite visual. La desgracia del Titanic, bajo la intimidante autoridad de James Cameron y durante tres horas con veinte minutos, es, en suma, una exquisitez. El fondo, por otro lado, no alcanza los niveles de perfección de la forma. La anécdota entre la muchacha rica y el artista pobre es demasiado simple, sin recovecos y, en momentos, aburrida. A Leonardo DiCaprio se le ve fuera de lugar. Le queda muy grande el disfraz de espíritu libre y soñador, de gitano anglosajón que ha recorrido el globo sin porvenir definido. En cambio, Kate Winslet, sobre cuyos hombros recae el argumento, regala a los espectadores otro desempeño impecable, a veces afectado por las incoherencias en la conducta de Rose. ¿Por qué, por ejemplo, nunca se le explica al público lo que detona el intento de suicidio de la protagonista? De notarse son también un cruel David Warner, una bocona Kathy Bates (doña Diarrea Bucal aquí y en Miseria), un solemne Víctor Garber y un par de destellos –la huida por las calderas, cuerpos flotantes, ambientación detallada— que sorprenden. Antes de recuperar lo que gastó, Titanic ya obtuvo, por lo menos, ocho nominaciones para los Globos de Oro (entre ellas mejor película, director y actores principales), garantía de que no será ignorada en la repartición –no premiación— del Óscar. Este espectacular barco reventador de taquillas es de los buenos, pero nada más. Provocará vivas y hurras en los insulsos adoradores de Hollywood, vírgenes de las pupilas. Pero hasta ahí. Agregará el nombre de Cameron a la lista de idiotizadores de gente al lado de Spielberg, Lucas y Zemeckis. Pero nada más. Aumentará el salario de míster Jim y ahora tendrá que poner en su mansión alarmas contra retorcidos violadores, como míster Steven. Pero hasta ahí. A quienes gastan un millón de dólares por minuto sólo se les puede exigir toneladas de entretenimiento y un gramo de calidad artística. La mínima proporción habla por sí sola.

-Titanic (1997). Dirigida por James Cameron. Producida por Jon Landau y James Cameron. Actúan: Kate Winslet, Leonardo DiCaprio, Billy Zane, Frances Fisher, David Warner y Kathy Bates.