miércoles, 30 de mayo de 2012

Un pueblo amable

Otro comentario fílmico de hace más de una década. Aquí va el texto:

Por la forma como ha sido interpretada en diversas manifestaciones de la cultura popular, la década de los cincuenta en Norteamérica es vista por muchos como una utopía: la familia nuclear y armónica con un padre proveedor, una madre dedicada exclusivamente al hogar, dos hijos obedientes –de preferencia, la parejita— un perro también sumiso y ninguna carencia en lo que se refiera a comida, electrodomésticos y amistades con los vecinos. Un mundo así de perfecto, feliz e imposible es el que presenta en un principio Amor a colores (Pleasantville, 1998).
La premisa del filme, a cargo del director Gary Ross, quizá sea descabellada. Pero no ineficaz. David (Tobey Maguire) es un típico adolescente de los noventa con un amor insano hacia un programa de televisión llamado Pleasantville, emisión que retrata las ñoñas experiencias de una familia de los cincuenta igualmente ñoña por su impecabilidad. Sin embargo, David envidia en secreto la armonía de los Parker. No así su hermana Jennifer (Reese Witherspoon) a quien sólo le interesa su popularidad y las citas amorosas. Cuando la madre se va de vacaciones con su novio y los niños pelean por el control remoto, serán transportados al pueblo en blanco y negro de Pleasantville para sustituir a los obedientes hijos de los Parker: George (William H. Macy) y Betty (Joan Allen). A David, ahora Bud, no le incomoda demasiado ya que conoce cada uno de los capítulos de la serie y por fin está en un lugar predecible, sin posibilidad de cambios o incertidumbres y con dos padres atentos. A Jennifer, ahora Mary Sue, no le gusta nada y es ella quien empieza a inspirar ocultos ideales de subversión en el pueblo vistiéndolo de colores. Entonces caen las máscaras de la amabilidad para exhibir los rostros de la censura, la división y la intolerancia.
A Amor a colores hay que acercársele como si fuera una fábula. En más de una ocasión utiliza la alegoría para denunciar los síntomas del desprecio hacia la diversidad aún presentes tanto en Norteamérica como en otras partes del continente. La pasión y el cambio no tienen lugar en Pleasantville. Todo lo que ponga en entredicho la perfección del pueblo debe ser rechazado. En algunos momentos, como sucede con los libros, quemado. En otros, como le ocurre a cualquier habitante a colores, proscrito. Por fin, David se da cuenta de que la vida no es una comedia de situaciones norteamericana de los años cincuenta, de que el cambio es lo único seguro. La alegoría se vuelve obviedad. Lo cierto es que el público bien podría, si así lo desea, ignorar esta intención con ciertos tintes moralistas. Las actuaciones y la ambientación son loables. Igual sucede con los efectos que aquí, a diferencia de muchas entradas en cartelera, no son protagonistas sino meros instrumentos de la trama. El argumento tampoco se desprecia ya que contiene una acertada dosis de humor para contrarrestar los efectos nefandos de un pueblo dividido por las apariencias, un pueblo renuente ante la fluidez y la incertidumbre de la vida.

Amor a colores (Pleasantville, 1998). Dirigida por Gary Ross. Protagonizada por Tobey Maguire, Reese Witherspoon, William H. Macy y Joan Allen.

martes, 29 de mayo de 2012

Esto es una ficción (y VII): Jéssica Cabrera Sotomayor

Entre los muchos artículos, reportajes y textos alusivos a la revuelta se encuentra una nota en apariencia inofensiva e incluso algo ñoña sobre una de estas jovencitas capaces de atraer a hombres tan ilusos como Paquirrín Almaraz. La fecha del artículo, sin embargo, nos indica que la nota de sociedad apareció ocho años antes de los hechos y en una extinta publicación de frívolo contenido llamada MeTrópoli Laguna. La “T” mayúscula representaba, por supuesto, el símbolo que da nombre a nuestra ciudad, el torreón. Al texto lo acompañan tres fotografías de estudio de la adolescente en cuestión:
LA VIDA FAB DE JÉSSICA CABRERA SOTOMAYOR. EN ESTA OCASIÓN LES PRESENTAMOS A UNA NIÑA MUY ESPECIAL Y A (sic) SU VIDA FAB. ¿ADIVINARON, CHIQUIS-CHIQUILINES? SÍ, ELLA ES JÉSSICA CABRERA SOTOMAYOR, UNA CHICA GUAPA, SENCILLA Y, SOBRE TODO, BUENERRÍSIMA ONDA. JÉSSICA ESTUDIA EL SEXTO DE PREPA EN LA PEREYRA EN LA SECCIÓN “B” DE ADMINISTRATIVAS. LE FASCINA ESTAR EN FORMA Y NOS RECOMIENDA PARA ESO IR A SPORT-HOUSE GYM —NUESTRO CHÚPER PATROCINADOR— TODOS LOS DÍAS COMO ELLA LO HACE. ENTRE SUS MEJORES AMIGUIS ESTÁN ESTRELLA ZARZAR, MARYCHEL COLIÈRE, ANYLÚ AYUB, LILY ZERMEÑO, SONIA GIDI, OPRAH BELAUSTEGUIGOITIA, VERIS ANAYA Y CRISTY SADA. ¡PURA NIÑA BIEN! ¿Y NO SABEN QUIÉN ES SU NOVIO? ¡LO SENTIMOS, CHICOS! YA NO ES SOLTERA PORQUE ALFREDO PÁMANES ES EL DUEÑO DE SU HEARTCITO. Y SIEMPRE LOS VERÁN JUNTOS DANDO LA VUELTA EN GALERÍAS O CUATRO CAMINOS, VIENDO UNA MOVIE EN EL CINE —EN LAS SALAS VIP, CLARO— Y BAILANDO EN LAS FIESTAS DEL CAMPESTRE O EN EL ANTRO HYPER-CHIC DE TU PREFERENCIA. SU PELÍCULA FAVORITA ES, AUNQUE SEA DEL AÑO DEL CALDIUX, LA VIDA ES BELLA, UN GRAN CLÁSICO CINEMATOGRÁFICO, Y EN MÚSICA ES TODA UNA NOSTÁLGICA DE LOS OCHENTA POR LO QUE LE CHIFLAN TODAS LAS ROLAS DE LUIS MI REY. LA COMIDA QUE MÁS LE GUSTA ES LA JAPONESA. SOBRE TODO, EL SUSHI. ¡¡¡¡¡¡QUÉ RICO!!!!!! TODOS LOS FINES LA PODRÁN HALLAR EN NIKORI O EN KOTO DEGUSTANDO UN ROLLO DELI-DELI. SU CUMPLEAÑOS ES EL SEIS DE NOVIEMBRE Y ES DEL SIGNO ESCORPIÓN. EN DIEZ AÑOS SE VISUALIZA COMO UNA MUJER CASADA, CON DOS HIJOS, ATENDIENDO A SU ESPOSO, EJERCIENDO SU CARRERA PROFESIONAL —LE GUSTARÍA SER ADMINISTRADORA DE UNA EXITOSA EMPRESA— Y DIVIRTIÉNDOSE CON SUS AMIGAS DE SIEMPRE.
* * *
La dama misteriosa, encarnación en todos sus sentidos de la femme fatale, no es prescindible en una historia tan negra como ésta. Cuando la arrestaron en conexión con la Revuelta de los Júniors, muchos de nosotros nos preguntamos qué papel habría podido jugar aquella mujer tres años mayor que los principales implicados, qué delitos habría cometido con ellos y para qué fin la necesitaría la policía. Lo cierto es que casi nadie era susceptible de adivinar lo primordial de su participación. Su nombre, Jéssica Cabrera y el día del primer incidente tampoco se imaginaba lo mucho que cambiaría su vida. Todo ocurrió gracias al encuentro de esa noche.
La tarde del viernes, mientras nuestro cuarteto aún ignoto para ella planeaba sus actividades recreativas, Jéssica se había encerrado en su cuarto porque no quería seguir oyendo las lamentaciones de su madre ni los berridos de su hija. Ya no encontraba con ellas otra forma de comunicación más que la violencia. Acababa de golpearlas sin percatarse de que ni con eso descargaba su encono. Ni así lograba sofocar la frustración. Quería olvidar a cada uno de los miembros de su familia y para conseguirlo sólo acertó poner un prehistórico cassette a todo volumen con canciones variadas, una cinta que ni siquiera grabó ella sino su madre cuando era joven. Recuerdos de otra vida, ésa que alguna vez tuvo la mujer de mediana edad que afuera de su cuarto gimoteaba. De ésos que Jennifer Sotomayor de Cabrera hubiera querido destruir si tan sólo no representaran un pasado mucho más feliz que el presente de su madurez. Con el anhelo de evitarlos los había escondido en el cuarto de su hija hacía ya décadas. Fue en la época en que Jéssica era una niña, cuando juntas veían los domingos Cantando por su sueño y entre semana las telenovelas Rebelde y Amor en custodia. Sobre todo, la primera pues les encantaba a la pequeña Jéssica y a su mejor amiguito Omar Silvano imitar a Mia Colucci. Se acordaba hasta de una que otra frase favorita copiada de esas telenovelas donde las niñas fresas eran la sensación: “o sea, es muy difícil ser yo, reina, te lo aclaro” o “me tapo un ojo, me tapo el otro y ¡nada que ver!”. Y para alejarse de su madre, para matarla un poco sin hacerlo en realidad, Jéssica desempolvaba aquellas reliquias. Se escuchó una canción. Ni siquiera sabía que estaba grabada en ese cassette. Era de la película musical Chicago. Un número perdido en el cuarto de montaje.
(Whatever happened to fair dealing and pure ethics and nice manners?) Le pareció increíble que en su casa todavía hubiera cintas de audio, de ésas que incluso en tiempos de su madre ya comenzaban a ser arcaicas. (Why is it that everyone now is a pain in the ass?). De qué se sorprendía. Eso no era más que un síntoma más de la jodidez. Aquella música debió grabarla su madre después del año 2002. Jéssica tendría sólo tres o cuatro años. Sí, ya recordaba. Para entonces su madre ya se habría dado cuenta de cómo era su padre, Luis Cabrera. (Whatever happened to class? Class) Y de veras se preguntó aquel viernes en qué momento perdió su familia la clase, la dignidad. (Whatever happened to “please, may I?” and “yes, thank you” and “how charming!”) Luis Cabrera habría sido sin duda todo lo guapo que Jennifer hubiera deseado como se comprobaba al mirar una fotografía de la pareja al fondo de la misma caja de donde Jéssica sacó el cassette. (Now every son of a bitch is a snake in the grass) Pero nadie le advirtió a Jennifer Sotomayor cuando se casaba a la tierna edad de veinte años que el carita aquél era además un holgazán de primera. Quizás desde esa falta de prudencia iniciaron los malos augurios para el matrimonio Cabrera Sotomayor. (Whatever happened to class? Class)
De la misma caja Jéssica extrajo también un recorte del suplemento de sociales de El Siglo de Torreón. Era del año 1995. Su madre lo había conservado desde sus días de alumna en el Colegio Americano. La nota de color rosa habría seguramente aparecido en la sección del suplemento dedicada a los jóvenes. Además de ese retrato de Jennifer Sotomayor, figuraban una serie casi infinita de frivolidades. Ahí estaba la foto de su madre en la parte superior de la primera página del suplemento y, en los interiores de la sección juvenil, una entera para desplegar sobre ella su vida: JENNIFER SOTOMAYOR ARÉVALO. NUESTRA NIÑA NICE DE LA PORTADA DE ESTE VIERNES ES LA PURA NETA. TE SABE ESCUCHAR, ES SÚPER ALEGRE, SIEMPRE TIENE INTERESANTE TEMA DE QUÉ HABLAR, ES RISUEÑA Y BUENA ONDA. ¿A POCO NO SABES DE QUIÉN SE TRATA? ¡¡¡CLARO!!!. ES JENNIFER SOTOMAYOR ARÉVALO. JENNIFER ESTUDIA EL TERCERO DE PREPA EN EL COLEGIO AMERICANO. LE GUSTA MUCHO HACER EJERCICIO POR LO QUE VA CADA DÍA AL PRINCESS GYM. ELLA SE JUNTA CON STEPHANÍA ESPARZA, NOEMÍ PLOUIN, SOFÍA GIDI, MARLENE RODRÍGUEZ, PAULINA JALIFE, ALICIA VELASCO, LILIANA GIJÓN Y LAURA ELENA VILLA. ¡PURA CHICA CHIC! SU GUAPÍSIMO NOVIO ES LUIS CABRERA Y POR LO GENERAL SE VA DE ROL CON ÉL A LA CENTRAL O A LA MADRID, AL CINE, A CENAR, A FIESTAS Y A ANTROS COMO PI KYU. SU PELÍCULA FAVORITA ES “FORREST GUMP” Y LE ENCANTA LA ROLA DE ARJONA “PRIMERA VEZ”. SU COMIDA PREDILECTA ES LA ITALIANA. SOBRE TODO, LA PIZZA. ¡¡¡YUMI!!!, POR ESO SIEMPRE LA PODRÁS ENCONTRAR EN PIZZA HUT O EN GM. ES DE SIGNO TAURO, SU CUMPLE ES EL QUINCE DE MAYO. Y EN DIEZ AÑOS SE VISUALIZA COMO UNA MUJER CASADA, CON DOS HIJOS, ATENDIENDO A SU ESPOSO, EJERCIENDO SU CARRERA PROFESIONAL (LE GUSTARÍA SER ABOGADA) Y ¡CLARO! CON SUS AMIGAS DE SIEMPRE.
(Holy shit! What a shame! What became of class?) Jéssica apretó el botón de rewind y volvió a reproducir la misma canción. Ella guardaba un recorte similar en su álbum de recuerdos. No necesitó ni siquiera verlo de nueva cuenta para saber que los sueños de su madre eran idénticos a los suyos. O, al menos, así estaba asentado en las dos publicaciones. Quizás la escuela, los títulos de las películas o de las rolas y los nombres de las amigas y del novio cambiaban. Todos lo demás, idéntico. Jéssica estudiaba a la joven que fue su madre y no creía que la mujer ajada de cuarenta y siete años y la chica de la foto fueran la misma persona. Pocos deseos se le habían hecho realidad a Jennifer. Ni siquiera estudió para abogada sino para contadora. Y ahora se dedicaba al lavado y planchado ajeno. Se preguntó si su hija, Josiane, llegaría a albergar el mismo pensamiento cuando creciera y repasara su álbum de recuerdos. Volvió a leer el recorte. Repitió los nombres de las amigas de su madre. Ninguna de ellas seguía en contacto con Jennifer. Si acaso Alicia Velasco y Paulina Jalife frecuentaron la casa cuando Jéssica tendría cinco o seis años. Poco a poco, conforme la decadencia de los Cabrera Sotomayor se agudizaba, esas dos amistades también desaparecieron. Y, a todo esto, se recordó, ¿quiénes habían sido y seguían siendo sus verdaderas amigas?
(Oh, there ain’t no gentlemen to open up the doors. There ain’t no ladies now there’s only pigs and whores) Tampoco necesitó abrir su álbum esta vez para recitar en orden de importancia los nombres de sus mejores amigas de la Escuela Preparatoria Carlos Pereyra: María Isabel Colière, Oprah Belausteguigoitia, Ana Lucía Ayub, Lilibeth Zermeño, Verónica Anaya, Estrella Zarzar y Cristina Sada. En la secundaria también lo fue Omar Silvano Martínez. De él, mejor ni acordarse. Su recuerdo era demasiado doloroso. (And even kids would knock you down so they could pass. Nobody’s got no class.) No supo esa tarde cómo en algún instante de su vida era como una segunda hermana para todas ellas, mujeres que sí habían visto realizados sus sueños. (Whatever happened to old values and fine morals and good breeding?) Casi todas sus amigas de la prepa estaban o recién casadas o con niños pequeños. Eran las esposas de empresarios, ingenieros, políticos, abogados o gerentes de fábricas. (Now no one even soup soups when they’re passing their gas. Whatever happened to class? Class) En resumen, seguían siendo gente bien. Habían sido chicas chic y ahora se convertían es esposas modelo. (Oh, there ain’t no gentlemen that’s fit for any use, and any girl would touch your privates for a deuce, and even kids would kick your chins and give you sass) ¿Y Jéssica? Claro. Había habido un novio. Se habían conocido en la Pereyra. Fueron juntos a la graduación. Continuaron con su noviazgo durante tres años a pesar de haber ingresado a universidades diferentes. (Nobody’s got no class) El inconveniente de quedar embarazada los separó de forma definitiva. Y a principios del año 2021 había nacido Josiane. (All you read about today is rape and theft) El apoyo de sus amigas fue incondicional en un comienzo. Demostraban no ser anticuadas como sus madres o sus abuelas. (Jesus Christ, ain’t there no decency left?) Con el paso del tiempo se reveló su doblez. Frente a ella eran toda tolerancia mientras que con sus familias criticaban tanto la moral relajada como la estupidez de la aludida, estupidez, claro, por el simple hecho de haber quedado embarazada. (Nobody’s got no class) En una criada, era de esperarse. No en una universitaria tan brillante como Jéssica. Si hasta había salido con el promedio más alto de la generación en la Pereyra. (Every guy is a snot, every girl is a twat) Ellas eran perfectas amas de casa y no putas madres solteras. Jéssica podía incluso visualizar sus rostros de rechazo. Sin embargo, el semblante que ya había olvidado por completo era el de su entonces novio, Alfredo Pámanes, el padre de su hija. (Holy shit! What a shame! What became of class?)
Sacó el cassette del ancianísimo reproductor y lo tiró dentro de la caja, de vuelta al lugar del cual nunca debió haber salido. Porque cómo era verdad esa canción. Qué les había ocurrido a la clase, al estilo y a las buenas costumbres. No sólo en su familia. Sino en el mundo entero. Y en especial dentro de ese criadero de abyección llamado Comarca Lagunera. Ahora el esplendor de antaño se había vuelto un astro luminoso al cual contemplaba desde lejos. Esas amigas no la habían ignorado completamente por temor a parecer mojigatas. De vez en cuando le abrían las puertas. Sólo cuando se trataba de una reunión entre ellas, las de la prepa. Como la de ese viernes. Porque al tratarse de otras amigas con sus esposos e hijos, entonces no era requerida. A dónde se habían largado los buenos tiempos, los de las fiestas suntuosas, las reuniones temáticas y los pres; los de los viajes en grupo a Disneylandia, Europa, Nueva York o Las Vegas. Con la abulia de su padre cada vez más patente y en sentido proporcional a la depresión de su madre, todo eso se esfumó. Jéssica se convirtió en el único sostén familiar gracias a su trabajo de secretaria en un despacho de abogados. Y salió al otro mundo, a ése que durante años intentaron contener detrás de una presa de displicencia, el de la ciudad inundada de nacos, léperos, teporochos malolientes y ñoras mantecosas, el universo de la calle, el trabajo y los camiones a los cuales se veía obligada a subir para mantener cuatro bocas, incluyendo la de su hermano menor de diecinueve años, Luisito.
Adondequiera que fuera estaban ellos. Los sin-clase. Eso sí no lo soportaba. Ni siquiera en los lugares reservados para la gente de dinero se les evitaba. Allá muy de vez en cuando salía toda la familia a las salas VIP de Cinépolis para llevar a Josiane a ver una película infantil y hasta ahí llegaban dos o tres guaripudos con sus botas vaqueras gastadas, de ésos que de seguro, como ella, ahorraban meses y meses para ir a tales sitios exclusivos. No, ya no quedaba ni pizca de estilo. No, qué va. Su familia pudo haber perdido el dinero. Pero no la clase. Eso no se pierde ni se olvida, se dijo. Se le notaba en todo: en la forma de hablar, de moverse e incluso de tratar con hipocresía a quienes a todas luces se veía que se encontraban muy por debajo de su nivel. Eso no se aprende, se nace con ella. Estaba convencida a plenitud de que era una de las pocas personas privilegiadas que habían nacido con clase. Nadie se la quitaría. No importaba qué tan profunda fuera la caída ni si ella y su familia ya habían tocado fondo, nadie la despojaría de la dignidad, lo poco que le quedaba. Jéssica Cabrera Sotomayor se juró, esa tarde de abril, no perderla nunca, no olvidarla porque la clase no se aprende, se nace con ella.

lunes, 28 de mayo de 2012

Canto de cisne en Kieslowski

Aquí viene otro texto añejo. Éste sí sobre una gran película:

El cineasta Krzysztof Kieslowski alcanza renombre más allá de su natal Polonia a principios de los noventa con la trilogía Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo. Tales trabajos fílmicos se fundan como alegorías para aludir a los tres colores de la bandera francesa que simbolizan respectivamente la libertad, la igualdad y la fraternidad. Todavía poco conocido por el gran público después de la serie de televisión El decálogo (1988) y la película La doble vida de Verónica (1991), Kieslowski salta al pedestal de la notoriedad con esta trilogía. Tras ella, para el director polaco, sólo quedarán el retiro y la muerte.
Tres colores: Rojo (Trois couleurs: Rouge, 1994) cierra el ciclo después de que, en Azul, Julie Vignon se enfrente a una dolorosa y no deseada libertad al perder a su esposo y a su hija en un accidente automovilístico; después de que, en Blanco, Karol Karol recupere su vida y logre una contradictoria igualdad frente a la mujer que lo repudió. Rojo, por su cuenta, es la historia de una joven modelo suiza, Valentine (Irène Jacob), y un juez retirado (Jean-Louis Trintignant) que se dedica a escuchar las conversaciones telefónicas de sus vecinos. Luego de atropellar a Rita, la perra del juez, la joven y el viejo se encontrarán y reencontrarán en múltiples coincidencias detonando así una fraternidad que, bajo otras circunstancias, no se daría. Entrelazado se desarrolla el argumento secundario de quien parece ser el doble del viejo juez: Auguste (Jean-Pierre Lorit), un estudiante de derecho que pronto sufre una decepción amorosa, idéntica a la sufrida por el juez en su juventud.
Forma y fondo se amalgaman en perfección. Por un lado, el énfasis constante en el color que le da nombre a la cinta y el reforzamiento de la estética a través de dicho énfasis. Por otro, una trama donde el azar reina supremo para jugar con los seres humanos y llevarlos –algunas veces sí, otras no— al encuentro que los espectadores anhelan. Sin necesidad de caer en lugares comunes o situaciones repetidas hasta el hartazgo, Kieslowski muestra el último eslabón de su corta cadena a través de una fraternidad tan inusual como conmovedora. El cinismo del viejo es vencido. El desprecio de la joven Valentine frente a la reprobable conducta del juez, también. Al final, la promesa de los vasos comunicantes entre las tres cintas ya vista en Azul y Blanco (esa escena en la corte durante la cual Julie entra sólo para escuchar palabras sueltas en boca de Karol) termina confirmándose pues los personajes coinciden, por otro azar, en tiempo y espacio. A excepción del viejo juez, quien sólo puede presenciar tal encuentro sobre la pantalla de un televisor. La última cinta en la carrera de Kieslowski, por su notoriedad, confirma la destreza de este director polaco y deja a sus espectadores con la pregunta hecha, otra vez, a ese azar que se lo llevó en horas tan tempranas.

Tres colores: Rojo (Trois couleurs: Rouge, 1994). Dirigida por Krzysztof Kieslowski. Protagonizada por Irène Jacob, Jean-Louis Trintignant y Jean-Pierre Lorit.

Esto es una ficción (VI): Ana Lucía Soto del Alba

Si en toda esta historia existe una figura tan trágica como inverosímil, ésta es sin duda la de la damita acongojada, Ana Lucía Soto del Alba, la prima-novia de Eddy Moreno. Las investigaciones sobre su vida y su participación arrojan datos deprimentes que a más de uno le han arrancado una lágrima ante el engaño, la vejación y la mentira.
No es tampoco difícil imaginar lo que hizo el citado viernes: Ana se levantó ese día de abril, como acostumbraba hacerlo, a las siete. Igual que a Eddy, le gustaba estar puntual en sus clases de la Iberoamericana. Aunque ella jamás le reprocharía a otra persona su impuntualidad porque una qué va a saber los problemas de cada quien, ¿no? La casa dentro de la cual se levantó, la casa de los Soto del Alba en la colonia Campestre La Rosita, aparentaba ser más bien un castillo miniaturizado en mitad del desierto y junto a un oasis. Nada de lo que aconteciera en el exterior alteraría la paz de sus habitantes.
Ana estudiaba Educación para, un poco más adelante, conducir las vidas de las pequeñas promesas del porvenir hacia el camino del bien, una preocupación heredada de sus padres. El ingeniero Raúl Soto era la viva imagen del empresario ideal: todavía joven y guapo para su edad, estas cualidades se hallaban circunscritas por una excepcional generosidad. Su esposa, Asunción del Alba, había sido no sólo reina de belleza de los colegios privados de la región sino también la estudiante con el mejor promedio. Los dos eran conocidos en los círculos sociales de Torreón como una pareja feliz y amable además de preocupada por los menos afortunados. Los Soto de Alba formaban, entonces, parte de un selectísimo grupo de personas privilegiadas conscientes de las miserias que se encontraban más allá del enrejado de un campo de golf. Mientras el ingeniero Soto implementaba, como decía él, en su fábrica programas sociales que le habían dado cierta fama de comunista entre los dinosaurios del mundo empresarial lagunero, la señora Asunción dedicaba su tiempo a un sinfín de actividades caritativas entre las que se contaban los niños con leucemia, las mujeres con cáncer de mama, cooperativas para construir escuelas rurales, ayudas a la tercera edad, respeto a los derechos de las personas con capacidades diferentes, etcétera. Y todo eso sin descuidar a su única hija y adoración, Ana Lucía, compendio de las virtudes de sus padres.
A pesar de haber vivido toda su vida en una colonia como el Campestre, en una calle tan aislada del mundo como el Paseo del Lago y en esa imitación de fortaleza, Ana no era ni una niña mimada ni una joven indiferente a las crueldades ajenas de la vida diaria. Dedicada en el estudio, puntual como pocas en la universidad, sonriente con sus maestros, amabilísima con sus amigas y además caritativa porque, después de las clases, sus horas libres se colmaban con las actividades a las que acompañaba a su madre así como aquéllas en las cuales participaba por iniciativa propia: catequismo a los niños, boteos para misiones en la sierra Tarahumara, colectas para colaborar en la lucha contra epidemias (cómo sufrió siendo una niña de cuatro años cuando en nuestro país se desató el horror a la influenza porcina); en fin, todo aquello que le permitiera contribuir a hacer de éste un mundo mejor sin, por supuesto, perder la delicada femineidad que tanto las caracterizaba a ella y a su madre. Nadie le reprocharía, después de todo, no ensuciarse las manos. Ya era suficiente con lo que hacía. Si tan sólo todas las niñas bien de La Laguna hubieran sido un poco como ella habríamos vivido en un edén renovado.
Pocos imaginarían, entonces, el cuerpo de lobo flaco de Eddy Moreno encima de la desnudez abierta de Ana, menos lo harían de poder observar la intimidad de su recámara: los colores rosa y blanco como predominantes, decenas de muñecos de peluche coleccionados a través de sus veinte años de vida, una cómoda sólo adecuada por su tamaño para una niña de cinco. La relación entre Ana y Eddy no enarcó en ningún momento las cejas de sus familias. Nadie podría para entonces alzar la voz al grito de incesto pues el parentesco entre los novios era de segundo grado y, aunque a la señora Asunción no le parecía tan buen candidato el hijo de su prima Olga por su carácter a veces huraño y díscolo, sabía a la perfección que en esos casos era mucho mejor la psicología inversa y optó por no oponerse en ningún momento al noviazgo de Ana y Eddy. Algo que también le preocupaba a la señora Soto era la adoración que la hija sentía por el muchacho pues sólo en ese aspecto era desmesurada.
Su inmenso amor hacia Eddy la había obligado incluso (y esto lo ignoraba su madre) a hacer a un lado la aberración por la relaciones prematrimoniales y, aunque al principio se decepcionó del poco placer que le provocaban esos escarceos mecánicos, aprendió a conformarse y a exprimirles un poquito de disfrute porque estaba con Eddy y así él le demostraba que la amaba. Además, concluía ella como si estuviera frente a uno de sus niños discapacitados, Dios le había concedido una vida acomodada, unos padres maravillosos que le habían enseñado a dar felicidad y a tratar a todo mundo con cariño, ¿por qué iría ella a negarle a Eddy un poco de amor, aunque fuese el carnal? Eso mismo volvió a preguntarse al mirarlo desde el otro lado de la mesa en el restaurante al que fueron a comer ese mediodía de viernes. Y de lo único que sí estaba en lo cierto era en eso que ni el propio Eddy se atrevía a admitir: su frustración por una honda e insondable necesidad de ser amado y no, a él, por desgracia, no le alcanzaba con el amor tan puro de Ana Lucía Soto del Alba como para remediar el vacío.

Imitación a lo Hollywood

Aunque considero la cinta de la que hablo a continuación como uno de los refritos más deleznables realizados en Hollywood, mi tono en el texto es en suma mesurado pues lo escribí para una publicación universitaria. El artículo reproducido a continuación es de hace once o doce años. Va el texto:

La imitación, aunque obligada como parecía darlo a entender Aristóteles, siempre es peligrosa. Implica un riesgo atroz. Si no supera el artista novel a sus precursores, la imitación se torna un fracaso rotundo. La burla y el escarnio le siguen. Y, por último, las acusaciones de plagio gratuito. Este es el caso del director norteamericano Brad Silberling quien, a imitación del cineasta alemán Wim Wenders, filmó la cinta Un ángel enamorado (City of Angels, 1998) a escasos diez años de Las alas del deseo, aclamada cinta del germano que, además, tuvo su continuación en la también loable Tan lejos, tan cerca.
Seth (Nicolas Cage) es un ángel que observa incansable las acciones de los humanos y que puede leer sus más oscuros pensamientos. Además, ayuda en el paso de la vida a la muerte con melosa sonrisa. Todo en el entorno que presta la ciudad de –gran coincidencia— Los Ángeles. Este mensajero solícito se enamora de una doctora ciclista llamada Maggie Rice (Meg Ryan) después de tener un fugaz intercambio de miradas con ella durante una cirugía poco exitosa. Por supuesto, tal cirugía alterará la infalibilidad de la doctora. Las miradas se convertirán, más tarde, en inexplicable aparición y diálogo (¿cómo puede Seth conversar con Maggie siendo él todavía un ángel?). El tan trillado amor imposible encontrará su realización con un alcahuete bastante heterodoxo, además de ángel renegado, hedonista y glotón que, muchos años antes, prefirió la vida humana a la etérea: Nathaniel Messenger (Dennis Franz).
Pero la fórmula no funciona. No cuando ni siquiera alcanza a rozarse con el cine de Wenders. No cuando la imitación se da a escasos diez años de la película precursora. No cuando la fábula se rebaja a cánones y convenciones ya vistas hasta el cansancio. Silberling recrea, en más de una ocasión, escenas de Las alas del deseo: la biblioteca como lugar de reunión de los ángeles, la comparación de notas del día entre Damiel (el Seth de la versión alemana) y Cassiel. Otras escenas son agregados de Silberling en la más detestable tradición hollywoodense: un discurso sobre la vida y la muerte ridículamente optimista y en extremo superficial; los momentos en la bañera que intentan ser sensuales, pero que sólo permanecen en lo artificial o, para rematar cualquier indicio de inteligencia, el lacrimógeno desenlace alejado de toda lógica. Lo único que aporta Un ángel enamorado es un muestrario barato de lo difícil que es conquistar a una mujer cuando se sabe todo sobre ella: gustos, aficiones y traumas. Pero si la película se convierte en espinoso sendero para llegar a la genial cinematografía de Wim Wenders de algo habrá servido.

Un ángel enamorado (City of Angels, 1998). Dirigida por Brad Silberling. Protagonizada por Nicolas Cage, Meg Ryan y Dennis Franz.

Esto es una ficción (V): Paquirrín Almaraz

Éstos son los cuatro júniors de nuestra imagen inicial. Sin embargo, a cualquier reunión exclusiva se suelen colar indeseables y, por lo tanto, hay alguien más de quien se debería hablar en esta historia. Y no. Por desgracia, no aparece en aquellas fotografías repetidas de la avenida Central ni mucho menos podría contarse entre los chicos chic de las páginas de sociales. Su nombre se ha mencionado antes en los diarios. Sobre todo, tras su arresto. Aunque muchos ciudadanos de la Comarca no lo consideran como parte del grupo de los “júniors malditos” por razones evidentes. Incluso ellos, los protagonistas de la revuelta, dirían que esta persona ni siquiera estaba a su altura como para formar parte de la pandilla. Y, a pesar de todo esto, en algún momento no fueron capaces de prescindir de él. Y es que Francisco “Paquirrín” Almaraz resultó ser más importante para el asunto de lo que jamás adivinó aquella tarde de viernes Eddy Moreno —en este caso su gran capacidad de adelantarse a los hechos falló, sobre todo, por haber subestimado al oponente— y podría afirmarse ahora que fue decisiva su participación en los acontecimientos que determinaron el final de esta historia.
No perteneció nunca en realidad al grupo porque la familia de Paquirrín no tenía ni buen nombre ni dinero. Su padre, el señor Ignacio Almaraz Díaz, era empleado de un banco. Lo fue desde muy joven y lo siguió siendo durante cuarenta años. Su madre, la señora Eugenia Serna de Almaraz, una simple ama de casa que para ayudarle a su marido había abierto un negocito de tacos y hamburguesas muy dado al traste a pesar de su nombre en inglés “The Snacks In The Money”. Junto a ellos, un hermano y dos hermanas —todos menores— Paquirrín vivía en la colonia Navarro. Sus estudios anteriores al nivel superior los realizó en escuelas públicas, todo para que después pudiera acceder a las aulas de una universidad privada, la Ibero, y al escoger una carrera la ideal para continuar perpetuando las esperanzas de la familia le pareció que ésa debería ser Comercio Exterior. Fue ahí donde coincidió con Richy Hamse.
Desde que conoció a Richy, Paquirrín quedó prendado de él. Admiraba el dinero de su familia, la casa donde vivía, su carro nuevo, la seguridad para hablar con los demás tan característica de las clases altas y hasta su cinismo para echarse la vaca y pasar materias de panzazo dándoles regalos costosos a los profesores o a veces sólo suplicándoles. Él jamás había poseído las oportunidades del hijo único de los Hamse: idiomas, viajes al extranjero, ropa de marca, gadgets electrónicos. Pero por sobre todo eso admiraba su facilidad para atraer al sexo opuesto, algo de lo que Paquirrín no podía preciarse, por lo menos con los estándares de belleza femenina que traía metidos en la cabeza desde pequeño. Y es que su padre y él eran muy aficionados al viejo cine de Hollywood y desde pequeño las ensoñaciones sexuales de Paquirrín estuvieron pobladas por espectros seductores de otra época como Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Marlene Dietrich, Greta Garbo y las poquísimas muchachas de la universidad que se acercaban a ese ideal —ahora cada vez más frondosas desde que Hollywood decidió desechar la anorexia por ser contraria a la salud y retomar los modelos femeninos de antaño— sólo lo veían con cierto asco, mientras que a Richy lo saludaban, le mandaban video-recaditos pornográficos por el celular, se subían a su BMW y terminaban siendo sin ningún empacho sus amigas con derechos.
Richy recibía de beneficio a cambio de su faldera amistad ayuda en los trabajos, apuntes para copiar, una respuesta correcta en un examen parcial que solía ponerle los pelos de punta a Paquirrín porque nunca se caracterizó por tener fría la sangre. Y es que en eso de sacar buenas notas, el buen Almaraz era muy útil. Tenía veintidós años y ya se había emparejado con los de un semestre más arriba y Richy lo conoció, aunque había entrado un año escolar antes a la universidad, porque de dejar pendientes tantas materias y de disminuir cada vez más la carga académica ya llevaba las mismas que él. Bobby y Charly, por verlo muy de vez en cuando, apenas notaban su presencia. En cambio, Eddy no sólo despreciaba a Paquirrín porque no viniera de lo que podrían llamarse buenas familias o nuevos ricos, también lo odiaba por su aspecto estereotípico del naco promedio: bajito, de cabello oscuro, tez morena, ojos color café y con ciertos rasgos aindiados. Esto último era lo que le parecía más vomitivo a Eddy que hasta lo llamaba a sus espaldas jodido indio pandroso prófugo del metate y bajado del cerro a tamborazos.
Pero lo que más despreciaba de la presencia de Paquirrín era que si su padre, el abogado mediocre, seguía perdiendo clientes al ritmo que iba, pronto él y toda su familia se convertirían en vecinos de los mugres Almaraz en una colonia tan chafa como la Navarro o la Estrella o la Jacarandas y tendría que topárselo todos los días en el Súper Navarro cuando sus papás lo mandaran a comprar leche o huevos y quizás —esto lo atormentaba hasta el límite— hasta cayeran más abajo y entonces un pinche naco como el Paquirrín lo vería desde arriba y esa posibilidad (ser visto por él desde las alturas del bienestar proporcionado por una colonia como la Navarro) era algo inaceptable.
Paquirrín no era ajeno al desprecio de Eddy o a la indiferencia de Charly y Bobby. Eso, sin embargo, aparentaba importarle poco. Su amistad hacia Richy era sincera y jamás se habría atrevido a cuestionar si era usado o no por él. Le bastaba estar cerca del mundo al cual siempre quiso acceder. Tanto así que no resultaba ser esfuerzo alguno el trabajo extra ni las constantes humillaciones como la que acababan de hacerle al no invitarlo a salir con ellos. Paquirrín estaba consciente de que las oportunidades se darían en un futuro y él mantendría los ojos y los oídos bien abiertos para aprovecharlas y así obtener por fin lo que siempre quiso: lana y viejas buenonas.

domingo, 27 de mayo de 2012

Tercera edad y una pizca de colonialismo

Hace años escribí para una publicación escolar el siguiente texto breve. Es sobre una cinta del cineasta inglés John Madden:

Los idilios de su majestad
Algunas producciones, sobre todo las procedentes de Hollywood, requieren suntuosos efectos especiales y estrellas taquilleras para justificar las pifias de sus argumentos que, por lo regular, no conducen al espectador a nada novedoso. Otras, en cambio, se dan abasto al por mayor con una recreación de época impecable, actores experimentados y una historia de interés. Estas cintas parecen proliferar no tanto en éste sino al otro lado del océano Atlántico, en Gran Bretaña. Su majestad, la señora Brown (Mrs. Brown, 1997), dirigida por John Madden, es un claro ejemplo.
Después de la muerte de Alberto, su esposo, la reina Victoria (Judi Dench) evade toda aparición pública y todo acto político. Es la segunda mitad del siglo XIX. Por prolongarse tres años este silencio empieza a angustiar a su familia. Poco después la soberana manda llamar a John Brown (Billy Conolly), un sirviente cercano al difunto cónyuge, para que la acompañe en los paseos a caballo que nunca hace. Pronto el recio carácter del escocés y su sinceridad irrefrenable atraen la confianza de la reina y surge una amistad entre los dos no exenta de habladurías —de ahí el título de la cinta. Éstas encuentran su punto climático en el momento en que Brown, por su cercana relación con la reina, se sitúe por encima de los demás sirvientes y se proclame como único protector de Victoria. Cuando llegan a la prensa tanto la angustia por la ausencia de la reina en la vida pública como su cercanía con Brown, las reacciones de Disraeli (Anthony Sher), el primer ministro, y del príncipe Alberto (David Westhead), el heredero de la corona, no se demoran.
A partir de sólidas actuaciones de Billy Conolly y Judi Dench —quien obtuvo una mención al Óscar como mejor actriz— se construye la anécdota de una amistad que, por la jerarquía política y las clases sociales, se trunca hacia el final o al menos eso da a entender el director desde su perspectiva. Fuera de lo que pudieran opinar los fanáticos de la historia oficial, el relato de la soberana y su lacayo sorprende por su falta de convencionalismos. Al fin y al cabo es un relato sobre dos personas en situaciones límites e inusuales, dos seres a la sombra de un aislamiento determinante que obliga a la unión y a la confianza mutua. Además, el argumento toca con sutileza a los testigos silenciosos al otro lado de la pantalla. La ambientación se exhibe inmaculada como ya es costumbre en los dramas de época producidos en Inglaterra. Pero ese mismo escenario se queda, como debe ser, en mero marco frente al duelo de maduros actores. Sin oropeles ni cifras de franca insolencia, Su majestad, la señora Brown se constituye como una humilde pero brillante joya entre la corona de la cinematografía inglesa y como un ejemplo de que no se necesitan millones de dólares para hacer cine de calidad.

Luego de que escribiera este texto, Hollywood aprendió su lección. Y muy bien. Al año siguiente Madden filmó Shakespeare apasionado y se llenó de premios Óscar a principios de 1999. Y eso que su cinta iba contra La delgada línea roja, ni más ni menos que una obra maestra de Terrence Malick. Para pifias del señor Óscar no acabaríamos nunca. No digo más. Ahora sí el texto nuevo sobre otra película de John Madden:

Son muy contadas las cintas gracias a las cuales se ventilen los problemas característicos de la vejez. Pareciera que las canas y las arrugas no se despliegan tan bien sobre una pantalla de cine como sí lo hacen con mucha frecuencia sus contrarios, los ostentosos símbolos de la juventud. Sin embargo, el también veterano director John Madden —cuyos créditos incluyen Su majestad, la señora Brown (1997), Shakespeare apasionado (1998), Al filo de la mentira (2010), entre otras— realiza un tratamiento tan aceptable como convencional del tema en su película más reciente titulada El exótico hotel Marigold (The Best Exotic Marigold Hotel, 2011). Además Madden se da la oportunidad de trabajar con algunos de los histriones —ya también en la llamada tercera edad— más destacados de su tierra. No sólo algunos. Siete para ser más exacto.
Siendo una película coral no existe en El exótico hotel Marigold una historia a seguir sino varias. Está en un comienzo la recién viuda (Judi Dench). Ella encara su falta de pericia para enfrentarse al mundo moderno. El viaje a la India implica una nueva vida, más simple, más cercana a lo esencial. Por otro lado, el abogado jubilado (Tom Wilkinson) regresa a la tierra de su infancia y adolescencia en busca de un viejo amor. El matrimonio unido (Bill Nighy y Penelope Wilton) ya sólo por la rutina busca una existencia más barata tras prestarle dinero a su hija empresaria del Internet. El hombre y la mujer solteros (Ronald Pickup y Celia Imrie) se hallan a la conquista de un segundo aire. Por último, la turista médica (Maggie Smith) que necesita una operación de cadera pero que, a causa de sus prejuicios raciales, desprecia a cualquier extranjero. Ahí se encontrarán en el aeropuerto una al lado del otro en deprimente hilera de descastados de una sociedad obsesionada con la juventud: Evelyn, Graham, Bill, Jean, Norman, Madge y Muriel. Una vez en India, todos ellos serán recibidos por Sonny Kapoor (Dev Patel), el joven gerente del hotel y oveja negra de su familia pues es el último de varios hermanos “triunfadores”. El establecimiento, sin embargo, no se parecerá al de la publicidad: hotel antiguo, sucio y a medio renovar. Decepción para algunos. Oportunidad para otros.
Revisando de nuevo la filmografía de John Madden, me doy cuenta de que no estoy frente a un genio del séptimo arte. No, lo siento. Me hallo sólo ante un realizador solvente que fabrica productos de buena calidad y que en más de una ocasión tiende a ser convencional. Por esa razón, aunque el tratamiento del asunto sea encomiable no resultará nada del otro mundo. Incluso tal vez con El exótico hotel Marigold el cineasta peque de colonialista. ¿Qué decir luego de presenciar esas escenas de autobús en que los viajeros se ven hacinados y sudorosos? Claro, no se puede esperar la alegría general de los huéspedes británicos al enfrentarse a un lugar descascarado e insalubre. Aunque si de colonialismo se trata Madden no pudo escoger a un mejor actor para representar a Sonny Kapoor: Dev Patel, el protagonista de Slumdog Millionaire (2008) de Danny Boyle. Una vez obviando eso, las actuaciones de Dench, Wilkinson y Smith bien valen el boleto de entrada. En especial esta última. Smith logra convertir en encantador un personaje en principio despreciable, una capacidad por la que ya décadas antes había destacado al darle vida a una inolvidable maestra de instituto en Los mejores años de Miss Brodie (1969).
Tampoco es muy difícil predecir cómo finalizarán los periplos de este grupo de ingleses, extraños en una tierra extraña. Alguno morirá. Otra transformará su perspectiva. Otros tantos encontrarán, aunque sea tarde, el amor. Algunos más regresarán a Inglaterra sin haber cambiado mucho. Para divertirse y conmoverse un rato, El exótico hotel Marigold es una opción. Para ir más allá de lo convencional respecto a la última etapa de la vida, no.

El exótico hotel Marigold (The Best Marigold Hotel, 2011). Dirigida por John Madden. Producida por Graham Broadbent y Peter Czernin. Protagonizada por Judi Dench, Tom Wilkinson, Bill Nighy, Maggie Smith y Dev Patel.

El avance en español peninsular: http://www.youtube.com/watch?v=5TEoubNp25M

sábado, 26 de mayo de 2012

Esto es una ficción (IV): Eddy Moreno

Edmundo “Eddy” Moreno, el número uno entre los cabecillas y el cerebro del grupo, se levantaba siempre y sin falta a las seis y media. Como si fuera un reloj despertador al cual nunca se le acababa la pila. No tendría que haber sido diferente aquel viernes de abril. Poco le importó a Eddy haberse reunido con sus amigos la noche anterior y, como ellos, haberse emborrachado. Él tenía clases en la universidad a las nueve y odiaba llegar tarde. Sólo los nacos eran impuntuales. Ni el desvelo ni la resaca lo detendrían. Se bañó con baja presión del agua, pegado casi a la pared y sin tiempo para esperar a que saliera la caliente. Maldijo una vez más el hecho de vivir en esa casucha y en esa colonia de segunda categoría cuando en realidad su apellido lo debería de catapultar en automático hasta las comodidades y los lujos disfrutados por Bobby, Richy y ahora incluso Charly.
Mientras se vestía evitaba en el espejo su imagen de hombre escuálido de veintitrés años acabados de cumplir, alto, flaco, de pelo y ojos negrísimos, cubierto de largo y encrespado vello el cual lo hacía parecer un hombre lobo raquítico. Ya vestido y por su aspecto, nadie habría imaginado que Eddy fuera a convertirse en el cerebro de toda la conspiración. Tal vez la gente no lo conocía tan bien. Muchos dejaban de reconocerle su aguda capacidad para anticiparse a los hechos y pocos se encontraban enterados de su total indiferencia hacia el dolor humano (a menos, obvio, que fuera el propio). Estos dos factores resultaron claves en el éxito de sus primeras operaciones criminales. También los despistaba su amabilidad, la cara de niño y las uñas mordidas, elementos que lo hacían pasar por alguien inseguro. Quizás en el fondo sí lo fuera, pero precisamente por no querer aparentarlo se había construido una coraza a prueba de intrusos bajo la cual se ocultaban todos sus rencores. Su armadura le fue de lo más útil para erigirse en el responsable de la hoy tan notoria como infame revuelta.
Así como Charly les ocultaba a él y a Richy sus felinas aventuras, Eddy no dejaba saber a ninguno de sus tres amigos inseguridad alguna. Estaba consciente de que el lado débil del individuo nunca debía mostrarse al mundo. Ni siquiera a los más cercanos. Al fin y al cabo ese mismo mundo era capaz de convertirse en un enemigo mortal. La mayor fuente de su insatisfacción, entonces, se hallaba en el glorioso pasado de la familia y, sobre todo, en su presente desgracia. Poco o más bien nada agradable era para él escuchar las historias del honorable clan, del bisabuelo, uno de los más insignes fundadores de esta comarca, de la opulencia en los viejos tiempos de la hacienda y el algodón. Esos relatos habrían sido placenteros si no tuviera que soportar el hecho de hallarse ahora, en lugar de viviendo en una colonia como el Campestre la Rosita o Torreón Jardín o el Fresno o el Rincón de los Geranios o, la de más reciente aparición para los de dinero, los Tules Dorados, estarlo haciendo en una de segundo ranking como la Ampliación la Rosita donde la presión del agua no siempre era buena. Peor aún aguantar la vergüenza de tener en lugar de cinco autos del año en la cochera para cada miembro de la familia, como en el caso de los Gil o los Solís, tener sólo dos y uno viejo, el Tsuru de su papá que a cada rato se amolaba, y otro no tanto, el Jetta negro de Eddy, hazmerreír de sus mejores amigos.
Lo único que podría delatar la crueldad de Eddy Moreno a los más avezados era su mirada. Una muy fugaz, sí, pero que aparecía de vez en cuando, esas veces en las que bajaba la guardia y un torvo destello se decidía a mostrarle al mundo su vulnerabilidad, una mirada punzante y despreciativa que a no pocos dirigía cuando menos se lo imaginaban, cuando se descuidaban y que menos entre ellos habrían sido capaces de captar o de traducir en odio. Quienes ignorándolo la recibían con mayor frecuencia eran esas personas que él, en silencio, clasificaba de inmediato y sin mucha reflexión como nacos: los conductores de autos con engomado Onappafa, la gente vestida con playera y sandalias en el centro de la ciudad, los guaripudos en el antro, los burócratas de los juzgados con sus trajes ya lampareados, los que acostumbran llegar una hora o hasta dos tarde a cualquier cita, todos esos seres carentes de clase, estilo o dignidad de los cuales le hubiera gustado huir no sólo a otra colonia u otra ciudad sino incluso a otro país mucho más civilizado que el nuestro como, por ejemplo, Inglaterra.
Engulló el desayuno casi sin masticarlo a la hora en que sus padres y sus hermanos todavía estaban dormidos. Siguiendo los mismos movimientos de todos los días, se lavó los dientes, hizo gárgaras, orinó para no tener que hacerlo en los cochambrosos baños de la universidad, tomó su mochila y las llaves del auto y se dispuso a partir. A veces, en ese inicio de jornada, era tan mecánico como cuando le hacía el amor a su novia y prima suya en segundo grado, Ana Lucía Soto del Alba, tres años menor que él. Se lo hacía sólo como un ritual de necesidad fisiológica, muy semejante a respirar o ir al baño. Pero eso parecía ser suficiente para ella.
Su padre se despertaba siempre para despedirlo y ese viernes de abril no fue la excepción. Eddy apenas y le respondía los saludos. Para él, aquel hombre conformista era el culpable del actual declive de la familia. Que te vaya bien, mijo. Ya veremos, siempre le respondía con un susurro. Se dirigió entonces a la universidad Iberoamericana Plantel Lagunero (antes plantel Laguna, antes plantel Torreón, antes también plantel Laguna) para su primera clase del día, Derecho Laboral. A cualquiera le resultaría irónico que juzgando a su padre un don nadie, él hubiera elegido la misma carrera. Muy mediocre como leguleyo era don Abel, sí, y hasta él mismo se daba cuenta y se justificaba haciéndose la víctima y argumentando que sólo así se conservaban la integridad propia y la ética. Nomás los abogados transas se llenan de billetes, mijo. Pero qué otra cosa iba a hacer Eddy, ¿desaprovechar los pocos contactos ya hechos por el licenciado Abel Moreno?, se había planteado eso mismo a los dieciocho y, decidido a limpiar sobre el amado nombre de su familia la mancha de la mediocridad obtenida desde el deterioro de su estatus económico, se decidió a estudiar derecho y sacar dinero de esa actividad, fuera transa o no.
Y al introducirse en ese salón, antes de que sus demás compañeros lo hicieran, pues siempre llegaba quince minutos antes, a barrer sí, pero también a ser puntual porque sólo los nacos son impuntuales, recordó cuando conoció por primera vez a Bobby en el Instituto Cumbres de los legionarios de Cristo. Era el bravucón de la escuela. A todos intimidaba y rompía en pedacitos. En el caso de Eddy se topó con pared. Éste aceptaba sus abusos sin le afectaran en lo más mínimo y sabía que aquello lo interpretaba Bobby como debilidad. No le dio importancia porque hacerlo habría sido concedérsela a un rival intelectualmente tan por debajo de él. Aguantó el acoso como si fuese una prueba de resistencia. Hasta que un día explotó y le dio un puñetazo tan contundente como inesperado. Después de reunirse los padres, luego de juntas con los directores del instituto, terminaron siendo amigos.
Tras dos años de amistad se les unió Richy. Los invitaba a su casa y ellos iban encantados porque las sirvientas de los Hamse siempre habían sido las mejores. La mamá de Richy se preocupaba únicamente por encontrar a las más trabajadoras, las más baratas y las que, a pesar de eso, cocinaban mejor, y entonces las meriendas en la casa de los Hamse no tenían par. Por último había llegado Charly, el apestado, el lambiscón de Bobby a quien los papás no le podían pagar el instituto porque entonces no eran tan ricos, el más bofo, el güero arrancherado que siempre olía a caca, el panzón de ojos color de moco que al fin y al cabo terminaron por aceptar después de varios años de ser acosados, de decir cada vez que se acercaba “ahi viene el acople”, y ahora, por fin, ya en la carrera había dejado de ser lo que durante muchos años fue, cuando sus papás empezaron a ascender por el viejo adagio aquél de better new rich than never rich. Eddy no creía que eso tuviera algo que ver con su aceptación en el grupo. Al menos, se consuela, no lo hicimos de forma consciente.
Nadie imaginaría tampoco su agresividad de mirarlo como aquella mañana durante el curso levantando la mano y haciendo lo posible por participar en la clase del licenciado Roduelas. Porque a Eddy no se le podría comparar, como en el caso de Bobby, con un gorila listo para destrozar lo que encontrara a su paso. Más bien se asemejaba a un depredador al acecho en el sentido que razonaba sus ataques y los emprendía en el momento oportuno, cuado estaba seguro de que mayor daño causarían en el enemigo. Era dicha capacidad de anticipación lo que le otorgaba cualquier ventaja. Podía decir una palabra amable y esbozar una sonrisa inocente antes de dar la mordida a la yugular. Añoraba unos tiempos imaginados en donde los asesinos eran seres refinados y no vulgares sicarios mal vestidos y de lentes oscuros como los que se hicieron tan populares cuando era niño durante la llamada guerra contra el narcotráfico. Ahí, dentro de su ensoñación, el asesino era un ser envuelto en perfumes, de habla perfecta, impecablemente presentado pero con una fuerza y una brutalidad latentes aunque listas para aflorar en el momento preciso y para agazaparse hasta el siguiente embate. En fin, un James Bond. De esa forma, tranquilo y sin alteraciones transcurrió su largo día, el último de la semana, entre clases e intervalos de lectura o de estudio dentro de la biblioteca con sus compañeros de carrera, intervalos sólo interrumpidos por la comida con su novia. Otra clase más siguió al almuerzo, esta vez una de Derecho Mercantil. Cuando terminó ya entrada la tarde, decidió tomarse un descanso.
En la cafetería se encontró con Richy Hamse y una de esas rápidas miradas que pocos le habían visto se asomó a sus ojos cuando al lado de su amigo vio a Paquirrín Almaraz. Lo saludó sin alterar el tono de su voz. Y casi sin tomarlo en cuenta, Eddy y Richy comenzaron inútilmente a urdir el listado de actividades para esa tarde, maquinación que concluyó a la media hora con la orden a Richy: llámales a estos güeyes a ver qué opinan del plan. Ritual de planeación innecesario pues las actividades del viernes eran siempre las mismas. En todo ese tiempo Eddy ni siquiera se dignó a ver al otro ocupante de la mesa. Bien pudo Paquirrín haber sido invisible y ninguna diferencia se habría dado en la plática. Desde entonces, sin saberlo, Eddy Moreno labraba su perdición.

viernes, 25 de mayo de 2012

Autos, parapente y ganas de vivir

Saquen las palomitas y los pañuelos que ahí se acerca otra de esas historias de la “vida real”. La publicidad me afirma ruidosamente: ésta es una de las cintas más taquilleras de toda la historia de Francia. La segunda más, parece. Cuánto enunciado categórico. Aun así, tuve el valor de ir a verla. A continuación un breve comentario:

Basada en el relato autobiográfico de Philippe Pozzo di Borgo y especialmente en su relación con su ayudante Abdel Sellou, Intocable (Intouchables, 2011) cuenta la historia de un hombre rico, educado, viudo, padre de familia, de mediana edad y parapléjico. Sí, parapléjico. Nótense los adjetivos. Sobre todo, el último. Por su problema de movilidad (no seamos políticamente correctos, digamos por su invalidez) Philippe (François Cluzet) entra en contacto con Driss (Omar Sy), un joven negro, proveniente de un país africano, musulmán, con una familia numerosa en un barrio pobre de París y dependiente de la asistencia social. El argumento focalizado en los dos extremos —disímiles, dicotómicos— dará abundante tela para cortar un vestido que agrade al gran público. Toda la tela necesaria para provocar tanto risas como lágrimas. A atascarse de palomitas, a embarrar los kleenex de mocos.
En la primera escena hay un lujoso auto. Está filmada como en uno de esos comerciales de empresas automotrices que aún se obstinan en vender sus objetos caducos y contaminadores. Dentro del vehículo automotor están los dos personajes antitéticos. Sí, pero muy amigos. Compadres del alma. Ahí vemos a Philippe, claro, en el lado del pasajero y a Driss en el lado del conductor. Desde este instante resulta más que obvio el tono de la cinta. Driss con sus inacabables energía y entusiasmo se convierte en las piernas que su empleador y luego amigo no puede usar. Driss le devuelve a Philippe (y pido perdón por el lugar común) las “ganas de vivir”. Ábranse las compuertas de los lagrimales. Por supuesto, el auto correrá a alta velocidad. Ya cuando aparece una escena donde los amigos hacen parapente es el acabose. No hay mejores símbolos de una sociedad tan mercantilista como presuntuosa donde la sed de adrenalina se halla siempre presente. Bueno, por sed de adrenalina Philippe se da en toda la madre, ¿o no? Dicha sociedad triunfalista grita desde su trono de clímax emocionales que si no haces lo que Driss y Philippe hacen no eres cool y, sobre todo, no sabes qué es vivir de verdad. Perdón de nuevo si decidí no abandonarme a condicionamientos en busca de una estúpida hegemonía. Cómo se llegó a esto.
El flashback obliga. Antes de la escena a alta velocidad en el auto, Philippe conoce a Driss cuando éste acude a la entrevista de trabajo organizada por los empleados del ricachón inválido. A Driss sólo le interesa obtener la firma de los entrevistadores para una forma relacionada con la asistencia social. Philippe ve en él un buen prospecto (cruel, despiadado, bruto, ignorante) para convertirse en un asistente que no lo mire con ojos de condescendencia. Así que decide ponerlo a prueba. Pronto surgirá la amistad.
Una vez despachado lo dramático, vayamos entonces al aspecto cómico. Por supuesto, el contraste tan marcado entre estos dos hombres produce un montón de gracejadas. Algunas de ellas, nada deleznables. Otras, imposible ignorarlo, caen estrepitosamente en los linderos de lo pueril, incluso de lo estúpido. Basta citar la escena en la cual Driss entra a su habitación en la casa de Philippe. Desde la infancia no había visto nada semejante: ojos de plato ante lujos fuera de toda proporción. Empero, sin duda lo que salva la película (al menos, para mí) es la actuación de Omar Sy, actor a quien ya había visto hace algún tiempo en Micmacs à tire-larigot (2009) de Jean-Pierre Jeunet. Tan destacable y tan alabada ha sido su participación en Intocable que Sy le arrebató este año el César de mejor actor a Jean Dujardin, nominado por su rol en El artista. Entiendo desde esta perspectiva que se haya elegido a Sy para coprotagonizar el largometraje. Su carisma es innegable. Sin embargo, queda en el aire la pregunta de por qué se eligió a un actor negro en lugar de a un actor magrebí siendo el Driss de la vida real, Abdel Sellou, de Argelia. Hay aquí algo podrido. No sé si tenga que ver con algún recoveco discriminatorio de Francia. Quién sabe. Lo cierto es que Intocable es un filme que pude haber evitado pues lo considero soportable sólo para quienes aguantan tamaña melcocha.

Intocable (Intouchables, 2011). Dirigida por Olivier Nakache y Eric Toledano. Producida por Nicolas Duval-Adassovsky, Laurent Zeitoun y Yann Zenou. Protagonizada por François Cluzet, Omar Sy y Anne Le Ny.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=8Gg0w81fe5E

Esto es una ficción (III): Charly Solís

Carlos “Charly” Solís, el último entre los cuatro cabecillas y el ranchero del grupo, no se había levantado ni tarde ni temprano al inicio de la jornada porque para eso habría tenido que acostarse. La noche anterior estuvo repleta de intensas actividades y, por eso, acababa de llegar a su casa cuando dieron las diez y media de la mañana en el ridículo y ostentoso reloj del abuelo situado al fondo del recibidor. Ya su hermana menor, Sandy, se había arreglado, perfumado y vestido. Salía de la casa hacia la universidad. Se toparon en la puerta principal. Ella le hizo un comentario sobre su tan notable olor a alcohol pero Charly apenas le contestó con un balbuceo. Se había separado de sus amigos a eso de las tres de la madrugada y después se fue de gatero con la Brenda. Dicha costumbre había sido adquirida desde la preparatoria y ahora que a su familia le iba tan bien, dejarla no formaba parte de sus planes.
De inmediato subió al cuarto y se durmió para soñar con los eternos mugidos de su vaquita prietita y flaca. Despertó a las doce con cuarenta y cinco, justo cuando Richy salía para la Ibero. Bostezó con la sensación de no haber dormido ni cinco minutos y pensó de nuevo en los ojos luminosos de la Brenda, esa frágil mugidora en sus sueños. La recordó en el motel de paso diciéndole con suspiros sí, más y hasta adentro, por favor. Imposible recuperar el sueño durante esa tarde. Así que prefirió tomar una ducha y acicalarse para estar más o menos presentable a la hora de la comida y no escuchar los reproches del resto de su familia por no haber llegado a dormir. Especialmente, los de su madre y sus hermanos. Porque, como a todos los padres del norte de México, al señor Pablo Solís Montaño le enorgullecía que su primogénito fuera tan machote. Qué mala suerte que la virilidad de su hijo mayor fuera proporcionalmente contraria a la del segundo. Eso sí era de no explicarse. Ni siquiera con los últimos avances de la genética.
Cuando pasó enfrente del cuarto de la televisión, donde estaba aplatanado precisamente su hermano sándwich, Rolando “Rolis” Solís, quien —con el mismo tono mujeril de la menor y algo agitado pues acababa de realizar por enésima ocasión la coreografía para los cumpleaños del programa matutino de revista Hoy— le reclamó: qué horitas de llegars y qué alientito traes, chulín sin la “h”, ya me mensajió la Sandunga y me dijo que ni hablars podías cuando llegates, ¿eh? Charly nada más le contestó, como acostumbraba hacerlo con él, cállate, pinche puto y se metió a la cocina para ver si encontraba en el refrigerador algún remedio para la resaca. Al no encontrar nada útil ahí, volvió a pasar frente a la sala de televisión donde ahora Rolis bailaba, meneaba las nalgas y coreaba la canción con la que solía cerrar el show cómico-musical de Anabel Ferreira a principios de los noventa: Dibujen to-o-odos una sonri-i-isa / es el secre-e-eto de la felicida-a-a-a-ad. Charly hizo un mohín de desprecio ante las retro-aficiones de su hermano y miró el reloj del abuelo a lo lejos. Lástima. Otra vez se había quedado sin ir a sus clases de la mañana en el Tec. La cogida con Brenda, sin embargo, bien lo había valido.
En cuanto se vieran, le contaría todo a Bobby, su mejor amigo del cuarteto y el único a quien le confesaba sus andanzas con las mininas en el bar El Aquelarre. Confidentes el uno del otro porque, sin duda, coincidían en demasiados aspectos. En primer lugar, las mismas clases y los mismos maestros en el Tec de Monterrey pues Charly también estudiaba ahí Ingeniería Industrial. No se diga en los gustos musicales. Les gustaban desde clásicos como los Tucanes de Tijuana o los Tigres del Norte, pasando por los Espinazos de Moroleón e incluso la última sensación de Estéreo Gallito, los Venados del Oriente. También apreciaba a Richy y a Eddy. Sin embargo, siendo uno tan carita y el otro tan cuadrado, no le parecía que fueran a celebrarle sus acostones con tanta misifusa. En el Bobby sí podía confiar por completo ya que además se conocían de mucho tiempo atrás, desde antes de acceder a las reuniones de la gente a la que siempre admiraron desde lejos los Solís.
Lo que más les aquejaba a los dos compadres, después de todo, eran los problemas para empatarse con las niñas fresas. También en la secundaria, en la prepa y aun ahora en la universidad Charly era rechazado durante las fiestas de cumpleaños, graduaciones o reuniones de antro. No tanto por su apariencia de güero desabrido que a más de una en su arraigado racismo agradaría sino por el olor. Desde muy chico sus padres lo habían puesto a trabajar en el rancho de la familia. Su atuendo, siempre de vaquero anticuado y nada metrosexual, correspondía a sus labores y éstas a su hedor. Por lo regular despedía uno a estiércol tan pronunciado que causaba indiscretas caras de fuchi en cualquier niña bien que se le acercara. De jóvenes, se les podía observar a los dos sentados con jetas de aburrimiento viendo pasar a las muchachas más melindrosas y guapas.
Como su situación, a diferencia de la de Bobby tras su cambio a base de gimnasio y esteroides, no mejoraba, Charly empezó a andar de gatero. Se dio cuenta de que en ese ambiente los estándares higiénicos se relajaban. Nunca era menospreciado por secretarias, sirvientas, obreras, edecanes, empleadas de mostrador o estilistas. Esas andanzas en barrios de mala muerte, taquerías, moteles de paso y tugurios como El Aquelarre sólo eran conocidas por Bobby. Ni Richy ni mucho menos Eddy irían a entender o incluso a perdonar esas escapadas al cosmos del cual escapó a partir de los primeros semestres de la universidad. Quién sabe por qué era así. Y, fuera de lo contado a Bobby, nunca le gustó presumir de sus amoríos como lo hacían los demás. La fulgurante homosexualidad de Rolis no le molestaba tanto como para esforzarse en demostrar su propia hombría como quizás sí lo hacía Bobby y, más allá de los “puto, joto, maricón” lanzados contra su hermano sin obtener de éste ninguna reacción, pocas veces le deseaba algo malo a ese bufoncito afeminado de escaparate.
A pesar de poseer ahora lo necesario y mucho más para hacer alarde de su buena fortuna, Charly no dejaba de sentir vergüenza por su pasado humilde y por la etiqueta de la que pocas veces se desharía. Había pasado de un estado a otro, de ranchero a rancherry, sin desembarazarse por completo de otras épocas. Envidiaba en ese aspecto a sus hermanos menores: Sandy para quien era mucho más fácil borrar el pasado y adaptarse a los modos de las niñas fresas. E incluso Rolis que joteaba o naqueaba sin síntomas de vergüenza por todo Torreón y terminaba rodeado de mirones reventándose de risotadas por sus ocurrencias. Quizás era porque a ellos no los marcaron los años de trabajo duro en el rancho, labor exigida sólo a él por su padre, ni aquéllos en los cuales intentaban acercarse a la gente acomodada de Torreón para ver vistos por debajo del hombro. Una de las pocas familias que no sin remilgos les abrió las puertas de su casa fueron los Gil y eso porque veían conveniente invitarlos a sus reuniones para después poderse burlar de sus dichos, ignorancia, ropa y modales algo primitivos. Los Gil soportaron durante años la lambisconería de los Solís, siempre refiriéndose a ellos como los guaripudos, los pandrosos, los rancheros, los indios. A pesar de todo y de que aquél asistía a escuelas de baja estofa como la Luzac, Bobby siempre trató muy bien a Charly.
Su linaje era, entonces, punto menos que inexistente. El señor Pablo Solís era hijo de un técnico automotriz y una costurera. Había comenzado desde muy abajo como peón en un rancho y, poco a poco, fue ahorrando hasta comprar el suyo y de ahí algunos más. Ni hablar de la señora Lorena, una enfermera retirada. Actualmente a la pareja se les abrían muchísimas oportunidades sociales. No sólo las otorgadas por los Gil. Sin embargo, a sus padres, en las reuniones de sociedad a donde iban, se les seguía llamando los nuevos ricos. Ay, ¿no me digas que invitaste a los Solís?, ¿quiénes son ellos?, ¡los nuevos ricos!, ¡los de los ranchos!, se imaginaba Charly el hiriente desaire de sus comentarios. Acababan no hacía ni tres meses de adquirir una mansión extravagante y proclamadora de su mal gusto en el Campestre La Rosita y aunque nunca habían tratado de secuestrarlos, al señor Pablo Solís le pareció conveniente contratar seguridad. Claro, esto a imitación de don Manuel Gil Gutiérrez. Por eso Charly también traía a sus guarros de un lado a otro. Al igual que su amigo, manejaba una Lobo de lujo y del año. A diferencia suya, él a veces sí platicaba con sus guardaespaldas. De vez en cuando hasta se iba con ellos al billar e incluso al motelito con sendas furcias. Estaba de alguna forma atrapado entre esos dos mundos: el del pasado y el del presente. Y tal hecho, a la larga, lo conduciría a ser víctima de la peor de las traiciones.
Tampoco le faltaba mucho para cumplir sus veintitrés y de regalo de cumpleaños esperaba algunos rifles de caza como los de la colección de su papá. En esos objetos pensaba cuando se sentaron todos a la mesa para comer. Por supuesto, el señor Pablo Solís no le negaría a su primogénito el regalo cumpleañero si no fuera por una conjura en su contra maquinada por las brujas de la casa: su madre, Sandy y Rolis. ¿A qué horas llegaste ayer, Carlitos?, preguntó la señora Lorena cuando estaban en el postre. Sus hermanos sólo reprimieron una risa tan cruel como espontánea. Siempre lo dejaban mal parado frente a su padre que aunque muy machín no era capaz de no doblarse ante los reclamos de las mujeres de su casa, listas para mantener en alto la imagen de la familia hacia la gente de buen nombre, ése que ellos nunca habían tenido. Los temores fueron infundados. Con una respuesta vaga se enterró el tema. Ni Rolis ni Sandy le habían ido con el chisme a su mamá. Quizás tramaban algo para cobrarle el favor más tarde.
Después de la comida, se encerró otro rato en su recámara con la intención de dormir. Esta vez el hartazgo de pensar en que su día escolar no había ni siquiera comenzado se lo impidió. Todavía con sueño y algo de ardor en el estómago, Charly salió para el Tec a las cinco cuarenta y cinco de esa tarde seguido por sus guarros. No tardó en llegar al estacionamiento, al edificio acostumbrado y, por último, a su salón. La clase estaba a punto de dar inicio. Volvió a bostezar con la misma impudicia con la cual lo había hecho durante todo el día y apenas cerró la boca cuando sintió la palmada de Bobby en el hombro derecho. Qué güey, ¿clavaste duro anoche con tu Brendita?

Maestro en la metrópolis azul

Este cuento se publicó en el número 57 de la revista Estepa del Nazas. Está marcado por dos muertes. La primera, la de mi vocación como escritor adolescente. (Mi crisis de los treinta). La segunda, años después de ser escrito, ocurrió hace algunos días. Lo reproduzco aquí para quien pueda servirle.

Maestro en la metrópolis azul

El vasallo debe presentarse ante el señor sumiso y subyugado por la culpa con que lo atan desde niño.
Saúl Rosales, “Autorretrato con Rulfo”

Mauricio McKenna no había cerrado su mochila y gracias a ese imperdonable descuido la novela desapareció. Quizás el tesoro de palabras con la dedicatoria y la firma adentro se le habría caído en el autobús. O tal vez en la calle. Con esa vacilación, salió a buscarlo por el trayecto de la parada a la puerta de su edificio. No tuvo éxito. El libro no estaba ahí. Unos minutos antes le había empezado a doler la cabeza y el insomnio de aquella noche se tornó gracias a eso involuntario. Habría sido mucho más adecuado un ejercicio de volición. Después entendió la causa de la para él invaluable pérdida. La dedicatoria escrita sobre la segunda página representaba el último y mágico brebaje para lograr revivir su sueño. Pero sueño y maestro no se correspondían del todo. No, en realidad no. El vasallaje de Mauricio McKenna no se debía a un falible ser humano tan imperfecto como cualquier otro —a pesar de llamarlo aún con sonora fanfarronería “maestro”. En lo absoluto se relacionaba ese sometimiento del hijo de inmigrantes irlandeses con la mano que garabateó la dedicatoria sobre una superficie de papel. La servidumbre estaba enlazada a un factor mucho más alto y excelso: un dulce ideal alimentado por él desde adolescente, ilusión tan cierta como mezquina a la cual vio crecer así como influir cada una de sus decisiones, un espejismo por el que —como cierto hombre de La Mancha en su versión más musical y pasteurizada— habría dado la vida y sin cuyo solaz la existencia no tendría el menor sentido. Perder la dedicatoria era, a final de cuentas, perderse a sí mismo. Y sin embargo sucedió. La única vocación había dejado de importarle y el descuido por el cual extravió el ejemplar podría considerarse —ahora, en el desvelo— como una estratagema gestada en el subconsciente o, al menos, como el certificado de una desidia que venía arrastrándose de mucho tiempo atrás.
Aprehendida ya por su entendimiento aquella conclusión, Mauricio McKenna lloró en silencio. No lo hizo a causa de haber extraviado el libro con la dedicatoria sino por imaginar el sueño marchito, vejado y sobre todo extinto. También porque ni siquiera se acordaba de la última vez en que había intentado resucitarlo, darle aunque fuera una simple transfusión de sangre. Y eso que cuando contaba veintidós años era él quien solía criticar con severidad a los académicos universitarios, algunos de ellos sus profesores en la licenciatura. Los clasificaba en su entomología particular como parásitos, microbios pergeñadores de artículos —tan sesudos como onanistas— sólo leídos entre ellos y durante sus soporíferos cónclaves para engrosar de líneas nuevas el currículo. Ahora él se contemplaba en el reflejo de sus reproches. Lloró con la quietud de quienes siempre han llevado la timidez al frente como el más impenetrable escudo porque la dedicatoria y el autógrafo debajo de ella habían sido el último vestigio de la pasión olvidada, porque aquellos trazos que ni siquiera alcanzó a escudriñar por la alegría sentida al saberlos suyos lo hicieron inmensamente feliz durante escasas horas y ahora se habían largado sin la mínima cortesía del adiós. Como a un niño debió cuidar el objeto que los custodiaba. Si años atrás dio la vida por esa locura, si juró morir antes de renunciar, si siendo joven prometió —como lo hacen los sacerdotes frente a la cruz— emprender una vida de pobreza, castidad y obediencia, qué le habría sucedido en esos senderos locos de la humanidad donde se entra a través de un paraje desértico y se recorren tundras o bosques para terminar saliendo por el mismo sitio. A lo largo de la noche en vela se preguntó varias veces en qué momento desfalleció aquella virtuosa inocencia, la del otro niño, el interior, incómodo ser a quien no hay que asesinar jamás porque al hacerlo se agota toda luz esperanzadora. Dio insomnes vueltas alrededor de la cama buscando respuestas. Sobre todo, a la cuestión principal: cuándo resurgió su renovada fantasía. Fue, sin duda, a principios de marzo.
Mauricio McKenna se había enterado del cercano arribo del maestro por el cartel del festival literario “Metrópolis azul”. Por casualidad, estaba caminando sobre Milton. Este dato no lo sorprendió después. Encontrar el anuncio a lo largo de la vía que ostenta el nombre de otro gran escritor era natural aunque no estuviera seguro de que la calle llevara el nombre por John Milton, pero qué otro Milton podrá ser, se había cuestionado muchas veces antes al deambular por ese barrio. Detuvo la marcha nomás ver el anuncio tricolor —blanco, negro y azul— sobre la puerta de la librería inglesa de segunda mano. Incansable recolector de símbolos literarios en la cotidianeidad, tampoco consideró raro descubrir el afiche sobre la puerta de esa tienda dentro de la cual casi nunca se aventuraba. A veces, cuando sobre el aparador figuraban libros en inglés de sus autores favoritos, sí se detenía para paladear rimbombantes títulos en la lengua materna ya conocidos con antelación en castellano. El nombre del maestro estaba por encima de todos los demás. No era de extrañarse. Sonaba lógico con su prestigio. Y aquella tarde, para él, la simple idea de presentarse ahí —a alguna de sus tres conferencias— le pareció fuera de tono. Un tipo tan traicionero como Mauricio McKenna, un ser maculado por la holgazanería ante el ímpetu creativo, un adepto de ciclópeas proporciones a la procrastinación que cada vez con mayor frecuencia dejaba sus textos inconclusos, ¿alguien así iba a atreverse a estar cerca de uno de los escritores más laureados en lengua española? Unos pasos más adelante y al recordarse que se había nutrido con suma devoción de casi toda su obra —pues cómo seguirle el paso a tal prodigio capaz de publicar uno o dos volúmenes al año— se convenció de lo opuesto. Mauricio McKenna tenía, al fin y al cabo, el derecho a asistir por lo menos a una de las conferencias y a encontrarse en el mismo espacio que el maestro. Y eso porque, alguna vez ya difuminada en su borroso pasado, cuando era todavía muy ingenuo, quiso también ser escritor. Ése había sido siempre su anhelo, a pesar de haber nacido con el idioma incorrecto y en el país equivocado.
El inglés era su lengua materna. Innecesario negarlo. Ese idioma, durante ya mucho tiempo tan ajeno como aborrecido, se lo debía a sus padres, inmigrantes irlandeses. Cuando los visitaba cada quincena salía de ahí prometiéndose no volver. Sobre todo durante los últimos años en los cuales se percataba de que su amor por la literatura en lengua española no había resultado ser tan fuerte como se lo imaginó. Al contrario. A las primeras de cambio, poco después de conquistar la tercera década, flaqueó. Si había dejado de creer en todo —en la iglesia, en el dios de los papas romanos, en el maldito gobierno, en el matrimonio, en la amistad, en su propia familia— siempre pensó que la literatura se conservaría incólume sobre el altar de sus fervores. No supo en qué momento, pero conforme sus pasos avanzaron por el vital sendero, conforme dejó sobre páginas sus ideas y frustraciones, conforme brotaron en verdaderos saqueos de la realidad narraciones y personajes —a veces expandidos, a veces minimizados— él se fue secando. No le quedaron más palabras ni más voz en el sistema lingüístico dentro del cual ni siquiera había sido elegido para nacer. Se agotó. Para su desgracia, el matrimonio McKenna no se había dignado a apellidarse Martínez ni Pérez ni Fernández. Era una mala racha de cuya ascendencia quizás nunca iba a reponerse.

Este cuento y el resto de la camada están disponibles en formato electrónico en e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU

Esto es una ficción (II): Richy Hamse

Ricardo “Richy” Hamse, el número tres entre los cuatro cabecillas y el galán del grupo, se levantó ese viernes a las diez de la mañana. Por ir al antro con sus tres cuates se había desvelado la noche anterior y, sí, no cabía duda, esa detestada sensación no le era nueva, estaba algo resacoso, qué remedio, aunque a Dios gracias no demasiado. Sabía de memoria los horrores acarreados por las crudas, los cigarros y las desveladas, estaba consciente de que podrían acarrearle a la larga arrugas, ojeras, canas y dientes manchados. Qué asco. Defectos de ese talante serían intolerables para él. Al mirarse en el espejo con cierta preocupación, todavía saboreaba contra el paladar el olor a cigarro aunque no tanto como una hora antes lo hizo su amigo Bobby, fumador no social sino compulsivo en cualquier ocasión y sin considerar ley antitabaco alguna.
Confiado en su buen aspecto, ya estuviera arreglado o en fachas, se fue directamente a la cocina a ver si acaso la sirvienta ya le tenía listo el desayuno. Su madre se había ido como cada mañana con las amigas al Starbucks. Así solía hacerlo la señora Araceli de Hamse de lunes a viernes sin falta, con diferentes grupos de amigas y no regresaba hasta la hora del almuerzo cuando, claro, la criada ya le tenía todo preparado para agasajar el apetito de la pequeña familia de tres. A veces Richy desayunaba en la cocina cuando su madre estaba a punto de irse y ella lograba darle un beso en la frente a su “carita de bombón”. Pero no ese viernes de abril. Casi siempre el desayuno estaba listo cuando él se despertaba y mientras comía su fruta, su cereal y allá muy de vez en cuando sus huevos rancheros, sus chilaquiles o sus hot cakes, la sirvienta se afanaba haciendo otras labores aunque mirándolo a veces de reojo como si fuera un ángel bajado del cielo. Ande, joven, qué guapote amaneció hoy. Él ni siquiera le dio las gracias ni por el desayuno ni por el piropo. Richy Hamse se merecía eso y más. Tan acostumbrado estaba a los halagos que ya ni siquiera los agradecía ni mucho menos se los prodigaba a otros aunque en su opinión los merecieran.
El comentario de la sirvienta de los Hamse —una señora baja, morena y a punto de estallarle la hormona de la menopausia— no era en nada desproporcionado. Y es que, según la percepción general (y dicha percepción no estaba en lo absoluto equivocada), no había mujer en Torreón, joven o vieja, pobre o rica, guapa o fea, que se le resistiera a Richy. Ése era en ocasiones su martirio, concluyó al observarse desnudo frente al espejo después de su primer baño, el matinal, y antes de irse a su clase de yoga. Muchas veces ni siquiera tenía que intentarlo para que una niña fresa le otorgara un beso o incluso le abriera las piernas. A diferencia de su amigo Bobby, Richy nunca tuvo que esforzarse para que una chavita, ya fuera en una fiesta o en un antro, aceptara bailar con él. Lo que sí le costaba trabajo era quitárselas de encima. En eso consistía su calvario: en ahuyentarlas cuando lo andaban sofocando. Claro que bien hubiera podido descuidar su aspecto para lograrlo; pero en esa área de la vida no se concedía desvaríos. Por supuesto, la historia era muy diferente tratándose de los estudios. Ése sí el gran problema que últimamente ocupaba sus pensamientos.
Su familia, los Hamse, era de linaje árabe. Más específicamente, libanés. Los abuelos paternos, por supuesto, no habrían aceptado que su hijo Salomón, el padre de Richy, se casara con una mujer que no viniera de las mismas raíces. Porque esas raíces también reflejaban por lo regular cierto espíritu emprendedor y por supuesto cierto estatus económico. Si Salomón hubiera escogido como novia a alguna muchacha árabe pero jodida aquel enlace no habría sido consentido por los suyos. Y de esta forma se mantuvo soltero hasta los treinta y ocho. Entonces apareció la mamá de Richy, Araceli, algunos años más joven, de origen y fortuna aceptables. Salomón no perdió la oportunidad de enlazar su vida a la de ella. A esa edad ya muchos dudaban de su hombría y él, por su parte, se había hartado de estar solo. Por supuesto, como muchos otros árabes de la localidad, el padre de Richy era comerciante. Tenía varias tiendas de ropa y otras de muebles en toda la Comarca Lagunera y le iba bastante bien. Poco a poco fue acumulando su fortuna y, mientras Richy crecía, fue tan tacaño como el Papá Grandet de Balzac. Pero desde hacía más o menos un lustro había acumulado tanto dinero en sus cuentas que consideró ideal el momento para abrir las arcas y gastar en una casa grandísima en Torreón Jardín, un tiempo compartido en Mazatlán, autos para él, la esposa y el hijo único. Por fin. Era hora de pasársela bien. La bonanza se había inaugurado. El avaro había corrido las pesadas puertas de la bóveda y así como aguantó durante años la soltería, ahora aguantaba sin ninguna reticencia la liberalidad. Aunque se prometió despejar la mente y respirar muy hondo como lo indicaba José Luis, su profesor de yoga, para así realizar una de las posturas más difíciles, Richy no pudo eludir estos recuerdos.
No es que los Hamse hubieran sufrido carencias. En ninguna etapa de la vida familiar se la pasaron mal. Qué iban a saber ellos de hambres. Siempre hubo comida suficiente, un techo firme y las modestas vacaciones anuales. Simplemente, don Salomón ahorraba mucho. El factor que provocó su infelicidad durante esos años fue la incesante comparación con los otros. Cuando se fijaba en sus amigos, los de las mansiones, los cinco o seis autos en la cochera y las vacaciones en Norteamérica o Europa o de perdis Cancún o Los Cabos, la frustración lo asaltaba. Al saber que el ahorro sería la única manera de poseer apenas una fracción de lo que a sus compañeritos de la escuela no les costaba más que una súplica, un berrinche o una buena nota, Richy siguió el ejemplo de su padre. Cuando entró a la secundaria se compró su coche usado y aunque sí lo estacionaba hasta a dos o tres cuadras del portón, muy en el fondo se sentía orgulloso de haberlo adquirido, a diferencia de muchos de sus amigos, sin el apoyo financiero de don Salomón. A veces hasta extrañaba esa carcacha. Pero, ah, suspiró al sentir el chorro de agua fría durante su segunda ducha una vez que regresó a casa de la clase de yoga, qué cambio al BMW, ese bólido a toda madre que le regalaron hacía ocho meses cuando cumplió sus veintitrés y que dejó a Bobby y a Charly con las bocas bien abiertas. Habían valido la pena tantos años de sacrificio.
Después de escoger cuidadosamente la ropa que llevaría puesta y de tomar un ligero tentempié para recuperar energías, se dirigió ya sin culpas hacia la computadora para enviarles mensajes a sus novias de todo el mundo y así matar unos cuantos minutos en Internet antes de irse a la universidad. Cuando contaba con más tiempo se dedicaba durante horas a esa actividad, a los videojuegos o a ver programas de televisión y películas de otros países. A veces ni siquiera se dignaba a estar sentado frente a la computadora sino que se acostaba sobre su cama ortopédica a mirar videoclips en el aparato portátil multimedia, muy similar al iPod de nuestros días. Ya después se dispuso con mucha reticencia a salir ese mediodía de viernes para la Ibero. Tenía programada su primera clase del día a la una. Contrario a lo que pudiera pensarse en otros tiempos, Richy nunca fue blanco de burlas por su afición al mundo de la informática. Desde el cambio de siglo, se nos volvió de lo más normal esta extraña combinación entre el niño cool e incluso fashion con nerdo computarizado. Eso quizás desde que nos dimos cuenta de que algunos de los hombres más ricos del planeta serían los geeks dedicados a ese ramo del conocimiento tan tendiente a vendernos tecnología novedosa cada semana del año.
Sin embargo, a la hora de decidirse por una profesión, la primera que le vino a la mente a Richy Hamse fue la de Comercio. Las computadoras estaban muy bien en el rincón de su cuarto. Sin embargo, la vida no se trataba de ser tan poco previsor. Algo había aprendido de su padre. Y sí, quizás preferiría Sistemas Computarizados si no tuviera la presión como único vástago de encargarse en el futuro de los negocios familiares. Quién sabe. La idea de estudiar Comercio Exterior tampoco le desagradaba ni le frustraba. La mera verdad, los estudios le eran indiferentes. Apenas y pasaba sus materias. Ya se dedicaría a sus jueguitos de computadora cuando amasara el doble del dinero de su papá, ¿no? Y con estas divagaciones, bajó las escaleras de la explanada de la Ibero con rumbo a la cafetería para realizar la entrada triunfal con la cual todas las niñas presentes terminarían, como si fuesen muñecas de cera en el crematorio, por derretirse. Su salida de este mundo, empero, no le resultaría tan placentera.

Dolan vuelve a Cannes

Dicen los opinadores de la cultura (porque aquí con muy poquito se alteran como lo prueba la “crisis social” actualmente vivida en Quebec) que Xavier Dolan es el enfant terrible del cine quebequense. Es cierto. Dolan es bastante joven. Apenas cuenta con veintitrés años y ya lleva tres créditos más o menos sólidos en su haber. Pero lo otro quién sabe. Lo de terrible, no sé. Aunque el muchacho no ha hecho pocos intentos para reforzar dicha opinión.
Por ejemplo, el más reciente. Cuando Xavier Dolan supo que su tercera película Laurence Anyways (2012) no iba a estar en la selección oficial del sexagésimo quinto festival internacional de Cannes sino únicamente en “Una cierta mirada” (donde ya había participado hace dos años con Les amours imaginaires) hizo berrinche. Berrinche, dicen algunos. Sobre todo quienes desde que Dolan sorprendiera con su primer largometraje J’ai tué ma mère (2009) no lo han bajado de chiquillo esnob y presuntuoso. De inmediato Dolan apareció en la muy mediocre y dominical emisión de entrevistas “Tout le monde en parle” (refrito de un programa similar de Francia ya extinto) y apeló socarronamente al nacionalismo de los quebequenses para hacerse perdonar por su, dicen algunos, desproporcionado ego. Si Quebec podía soñar con algún día obtener su independencia, él también podía soñar con obtener la Palma de Oro en el festival de Cannes. Esta fue su respuesta. Puedo asegurar que sólo se vieron rostros de satisfacción cuando el joven director, armado de sus anteojos y de su característico peinado estrambótico, afirmó aquello. Casi al mismo tiempo de su proyección en “Una cierta mirada” al otro lado del océano, Laurence Anyways se estrenó en la provincia (¡perdón, perdón!, quise decir país) de Quebec.
Dentro de la ficción enmarcada de forma tan preciosista en Laurence Anyways, Laurence Alia (Melvil Poupaud) y Frédérique Belair (Suzanne Clément) se conocen en el rodaje de una cinta a finales de los años ochenta en Montreal. La historia es muy simple: se enamoran y empiezan una relación. El asunto se complica cuando unos años después Laurence le confiesa a Fred algo inesperado. Él es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Desea cambiarse de sexo y además quiere que ella lo acompañe en el proceso. En su futuro habrá numerosas separaciones así como reencuentros dolorosos a lo largo de diez años. Al final, ubicándonos ya en 1999, la transformación de Laurence se hallará casi completa.
Los problemas a los cuales se enfrentan Laurence y Fred no son escasos: un embarazo no deseado, la curiosidad de las demás personas (tanto desconocidos como familiares) que en muchas ocasiones ellos interpretan como discriminación e incluso discriminación a secas cuando Laurence pierda su puesto como profesor de francés en un Cégep luego de quejas de padres de familia muy conservadores. Ni se diga cuando en un bar de mala muerte termine golpeado por un gordo homofóbico. Todo eso parece afectar mucho más a Frédérique. Tanto que al transcurrir de los años ella optará por una vida provincial en Trois-Rivières, una existencia mucho más convencional al lado de otro hombre. Aquí sí dentro de la institución del matrimonio.
Son muy pocos los ejemplos en que el transexualismo no se trate en tono de farsa. Y no me refiero a créditos donde el personaje recurre a la vestimenta del sexo opuesto para enfrentar cuestiones laborales o de discriminación de género (Tootsie, Yentl o, hablando de una película más reciente, Albert Nobbs). Entre los ejemplos de verdadero cambio de sexo está el de hace ya varios años con Transamérica (2005), cinta que le valiera muchos elogios a la actriz estadounidense Felicity Huffman. Xavier Dolan, sin embargo, insiste en que ésta —más que una historia de transexualismo— es la historia de un amor imposible. Hay además de “amor” otra palabra que salta al diálogo cada vez que el joven director da una entrevista al respecto de Laurence Anyways. Es muy notorio el mensaje detrás de su filme. Tal vez, demasiado notorio. De ahí, creo, uno de los pocos defectos de la cinta pues poca distancia guarda con el panfleto. Sólo hay un paso.
Más de una vez se subraya en los diálogos la palabra “marginal”. De igual forma, desde que comienza la cinta y vemos una hilera de observadores reaccionar ante el deambular de Laurence por las calles de Montreal, el mensaje queda igualmente reflejado en las imágenes. Esos rostros (la mayoría de sorpresa e incluso de indignación) de verdad no sé si los imagina el personaje o si existieron en la realidad ficticia del largometraje. Si esto último es el caso, entonces encuentro dicha situación un tanto inverosímil en una ciudad como Montreal. Aunque estemos hablando de hace una década. Mensaje aparte, ahí no radicaba mi mayor duda al momento de enfrentarme al filme más reciente de Xavier Dolan.
Cuando vi Los amores imaginarios hace casi dos años dudé que Dolan fuera capaz de sostener una historia más allá de la duración de un poco más de hora y media de la citada película. De hecho, sentí que Los amores imaginarios se hallaba rellenada con fútiles entrevistas que en ningún momento contribuían a la trama del filme, puestas ahí como con calzador para que aquello pasara de medio a largometraje. Por esa razón casi me voy para atrás cuando me enteré que Laurence Anyways duraba ni más ni menos que dos horas con cuarenta minutos. Es precisamente esto, la duración, lo que —luego de ser proyectada en Cannes— le restaba puntos al filme. Claro, eso dicen los algunos.
A pesar de sus engolosinamientos esteticistas (que en realidad no son tan desagradables) con la moda y la música de la época a retratar y de una que otra escena sobreactuada (¿o la sentí así porque el volumen de la sala de cine estaba demasiado alto?), Laurence Anyways se sostiene bastante bien. Dure mucho o poco. Y se sostiene gracias al trabajo de actores experimentados como Poupaud, Nathalie Baye (ambos histriones prestados de Francia). Incluso la actriz quebequense Clément (de quien se dice —claro, aquí en Quebec, ¿dónde más?— que se roba la película). Clément, fuera de la escena del restaurante que en su histerismo me recordó mucho al Pacino sobreactuado de Justicia para todos, le da muy buena réplica a Poupaud.
Para retomar el asunto del berrinche, Xavier Dolan no fue tan estúpido como para rechazar la presencia en Cannes, aunque fuera en “Una cierta mirada”. Él y su cortejo asistieron al festival. En Quebec resonó mucho más su paso por la alfombra roja ya que portaba sobre la solapa de su smoking un cuadro de tela del mismo color, símbolo de apoyo a los estudiantes (o a una parte de ellos, debería aclarar) que desde febrero se encuentran en huelga. Si el apoyo es sincero o se deba únicamente a querer parecer un individuo aliviano con conciencia social, eso sólo el director lo sabe. Y lo anterior importa muy poco ante una película con la calidad de Laurence Anyways.

Laurence Anyways (2012). Dirigida por Xavier Dolan. Producida por Nathanaël Karmitz y Lyse Lafontaine. Protagonizada por Melvil Poupaud, Suzanne Clément y Nathalie Baye.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Df-xCCi1zYY

Nota del 27 de mayo: Sobreactuar un poquito aquí y allá sí costea. Suzanne Clément ganó ayer el premio a mejor actriz en "Una cierta mirada" por su trabajo en Laurence Anyways. Dolan y ella lo celebraron entre besos y lágrimas. La película Después de Lucía del mexicano Michel Franco ganó en el mismo certamen el premio a mejor película. El presidente del jurado, el actor Tim Roth, le hizo saber a Clément que le gustaría trabajar con ella algún día.