sábado, 30 de junio de 2012

jueves, 28 de junio de 2012

Absurdas divisiones a nombre de la cruz o la media luna en la vida y en la muerte

Dentro de una taberna a medio remodelar una bella mujer de largo cabello crespo, fascinantes ojos color oscuro y facciones árabes detiene a dos grupos de hombres que quieren partirse la cara. Sin embargo, ésta no se trata de una vulgar riña de borrachos. No. Un grupo de hombres profesa la religión católica. El otro, el islam. Nos encontramos en un país anónimo de Medio Oriente rodeados de regiones semidesérticas. Estamos en un pueblito aislado que durante décadas ha sufrido los embates de confrontaciones armadas y religiosas. En medio del delirio, la intolerancia y la violencia surge esta voz femenina de razón que de forma no muy pacífica detiene los puños de estos hombres y finalmente los empuja hacia la calle reclamándoles que con esa actitud terminarán matándose unos a otros y dejando al pueblo lleno de viudas, de madres sin hijos, de hermanas sin hermanos, de mujeres solas. Si eso es la hombría ella nada desea saber de ellos. Aunque pierda a todos sus clientes. La actriz que interpreta a este personaje, ángel justiciero, se llama Nadine Labaki. Y en esta película no será sólo su actriz principal.
Labaki tuvo su primer contacto con el cine a través de la televisión. Esto porque, según una entrevista realizada a la propia directora, su país de origen no cuenta hasta hoy con una industria cinematográfica. En suma no podría decirse que exista una cultura del cine en Líbano. Sus personajes parecen compartir con ella esta fascinación casi infantil por la pantalla chica. De hecho su segundo largometraje —el más reciente— detona su anécdota cuando un grupo de muchachos del mencionado pueblo se reúne para captar las imágenes de distante cadena para un televisor. Luego veremos al pueblo entero frente a la llamada caja-idiota. Recibir desde lejos las imágenes se convierte en toda una ocasión. Ahí vemos a los habitantes de la aldea convivir armónicamente a pesar de las diferencias de fe. En ningún momento se nos indica a los espectadores que el lugar desértico presentado por Labaki sea Líbano. Esto porque aunque los colores y los rostros se presenten locales la intención de la cineasta posee alcance universal. El tema medular aquí será entonces el factor excluyente susceptible de dividir e incluso enfrentar en batalla sangrienta al género humano.
¿A dónde vamos ahora? (Ou halla la weyn?, 2011) constituye además un espectáculo unipersonal donde la directora —gracias al auspicio de la productora francesa Anne-Dominique Toussaint— escribe, produce y protagoniza. En esto también la película se define como extraordinaria, tomando en cuenta la nula cultura cinematográfica en el país natal de Labaki. A lo anterior agreguemos su género (del que, a diferencia de las directoras occidentales o hollywoodenses, ella no se queja por la bien conocida falta de oportunidades). Con su ópera prima Caramelo (2007) la libanesa Nadine Labaki ya había llamado la atención tanto de la crítica como del público lo que le permite abrir sus horizontes. En el segundo también experimenta con los confines de las sólidas y a veces incómodas categorías cinematográficas pues si me atrevo a definirlo podría bien llamarlo “tragicomedia musical”. Me explico.
La primera escena de ¿A dónde vamos ahora? se despliega como un óleo banal y cotidiano no únicamente en los países de Medio Oriente sino también en el nuestro. Una voz femenina en off nos sitúa describiendo el entorno. Allá aparece una procesión de mujeres vestidas de luto. Atraviesan el paraje desértico. Van camino al cementerio del pueblo. De repente surge un elemento que en un examen superfluo no encaja con el color de la ropa. Sincronizadas las mujeres comienzan a dar pasos de baile. No son alegres ni festivos. Al contrario. Los pasos de baile corresponden a su apariencia. Son pasos de baile de agonía, de pérdida y de dolor que les doblan el cuerpo súbitamente. Una vez llegando al cementerio, el grupo se divide. Unas van para el lado izquierdo. Otras hacia el derecho. Estamos ante un camposanto dividido por las creencias religiosas, las de la cruz y la media luna. Algunas de las mujeres llevan cruces al cuello. A otras el velo les cubre la cabeza. Debo confesar que, desde aquí y pasara lo que pasara, la cinta ya me había conquistado. De esta forma Labaki rompe con el realismo característico de películas con temas similares y en algunas secuencias claves de su obra incluye cortos números musicales: una viuda católica y un albañil musulmán enamorados bailan dentro de la taberna a medio renovar, una especie de aquelarre donde las mujeres del pueblo preparan alimentos con hachís para luego enterrar las armas de fuego. Y así sin por ello recargar el largometraje con tales momentos de jocoso respiro. Todo esto tal vez sea eco del pasado de Labaki como directora de videos musicales.
La historia a desarrollar la leemos casi todos los días en los periódicos, los propios y los ajenos, los cercanos y los distantes. En una aldea aislada de Medio Oriente la gente de distintas religiones convive en una tensa calma. Hay un puente muy angosto para salir de ahí y el pueblo se halla además rodeado no sólo de desierto sino también de minas terrestres. Cuando por la única televisión del lugar, los habitantes comienzan a enterarse de reportes sobre nuevos actos de violencia entre cristianos y musulmanes en otras localidades del país también en la suya se dan manifestaciones de odio. Al principio inofensivas. Hasta que alguien se encoleriza y los maltratos aumentan de tono: sangre en vez de agua bendita, la entrada de los animales a la mezquita con sus puercas consecuencias, una imagen de la Virgen María destrozada, un niño inválido zarandeado por un tipo de la religión contraria. Los hombres y los jóvenes están listos para tomar las armas. Las mujeres —quienes se reúnen por lo regular en la taberna de Amal (Labaki) tras el cierre— harán gala de su astucia para ocultar la información fuereña, distraer a los hombres y evitar más baños de sangre. En algún momento y a pesar de pudores, se les ocurre traer al pueblo a cinco bailarinas ucranianas de diminutos atuendos para mantener a sus hermanos, esposos e hijos con las babas estilando. Sin embargo, no son capaces de romper todo contacto con el exterior. El relato pasa de la comedia a la tragedia cuando hacia el final un personaje muera y tanto su madre como las mujeres de la aldea decidan reprimir la pena para no atizar el fuego. Y, claro, seguir callando. El desenlace —auspiciado por los dos líderes religiosos de la localidad, el sacerdote y el imam— nos presentará con la estratagema más desesperada en un cambio de roles que denunciará al máximo lo absurdo del comportamiento de los hombres del pueblo. Sólo poniéndose en los zapatos del otro alcanzarán un poquito de paz.
Nadine Labaki echa al fuego todos los recursos a la mano para contarnos esta historia conmovedora, divertida y tan dolorosa como humana. A diferencia de otras cintas —sobre todo de directores nacionales— la utilización de actores no profesionales en nada empaña el mérito de la narración pues se nota la lucidez proveniente de la silla de la directora. Necesaria es la perspectiva de una mujer sobre temas como la violencia, la familia y la convivencia social en los países afectados por la exclusión. En este caso, la de Nadine Labaki resulta sumamente reveladora. Esta mujer regala así al cine una fábula moderna digna de aquella ancestral contadora de historias por cuyo poder de persuasión salva la cabeza y nos salva a los lectores.
Por eso y más ¿A dónde vamos ahora? visita Cannes en 2011 dentro de la selección “Una cierta mirada”. Salió de ahí con una mención especial del jurado ecuménico como era de esperarse ante el tema y su tratamiento. En otoño de ese mismo año en el festival de Toronto gana el premio de la audiencia. ¿A dónde vamos ahora? de Nadine Labaki llegó recientemente a territorio mexicano con el 32º Foro de la Cineteca Nacional y su estreno en la corrida comercial está previsto para el 20 de julio, fecha que de seguro será pospuesta para privilegiar el vomitivo menú veraniego de Hollywood. Para concluir el segundo crédito de la directora libanesa se erige como la confirmación de la que con los años se convertirá en una brillante carrera. Eso a pesar de que el cine, en su país natal, no sea uno de los bienes más apreciados.

¿A dónde vamos ahora? (Ou halla la weyn?, 2011). Dirigida por Nadine Labaki. Producida por Nadine Labaki y Anne-Dominique Toussaint. Protagonizada por Nadine Labaki y Julian Farhat.

La escena de la danza fúnebre: http://www.youtube.com/watch?v=62-gBykSNdo

miércoles, 27 de junio de 2012

Estepa 59

De la misma camada de cuentos, aparece en el número más reciente de la revista Estepa del Nazas "Love Thy Neighbour", otro texto de mi autoría. El maestro Saúl Rosales me hizo de nuevo el favor de publicar este cuento que forma parte de un volumen todavía en proceso de escritura y que por ahora tiene el trilingüe título tentativo de e/spiral/e. La revista está disponible en las oficinas del Teatro Isauro Martínez en Galeana #73 sur. También aparecen textos de Daniel Maldonado, Héctor Chapa, Juan Enrique Ramos Salas, Karla Alvízar, Magdalena Madero, Haidy Arreola, Miguel Morales y Adriana Luévano.

martes, 26 de junio de 2012

Al infierno

Este cuento apareció hace dos años en el número 55 de la revista literaria Estepa del Nazas. Tanto en él como en algunas entradas anteriores se puede notar mi afición por el anime mencionado. Que quede claro que el epígrafe lo utilicé con toda intención paródica. Este relato es de la misma camada de "Maestro en la metrópolis azul". Va aquí el texto:

Al infierno

¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Manga 23 de Saint Seiya

Los niños que jugaban a ser los caballeros del Zodiaco se reunían enfrente de mi casa. Porque debería explicarle que hay un área verde enfrente de donde vivo. No es muy grande, no. Es más bien un parquecito como cualquier otro. Aunque a diferencia de cualquier-otro, los colonos lo hemos cuidado bastante, le hemos invertido muchísimo al mantenimiento. Y sí, es cierto, varios de esos niños iban a jugar ahí. Y ahora todavía siguen yendo aunque, claro, no son los mismos. Y a veces van de otras colonias. Y eso la mera verdad no me gusta nada. Ni ahora ni entonces. Harto se esfuerza una como colona para conservarlo en buen estado, ¿no le parece? Me acuerdo. Acababa de tener a mi hijo. Desde que nació, me preocupé mucho por su futuro. Lo veía con su cara sonrosada y angelical y me preguntaba con qué tipo de niños iría a asociarse cuando fuera grande. Y es que al parquecito venían de otras colonias tal como le dije. ¿Cómo eran? Me gustaría ser más diplomática pero eran humildes, más toscos, medio naquitos, ¿sabe? Y eso no me complacía. Para nada. Menos cuando pensaba que mi nene podría, algunos años después, jugar con esos niños de otras colonias en el parque de la nuestra. Porque su educación no es la misma, ¿verdad? Los niños de otras colonias de seguro van a escuelas públicas. Y ya desde recién nacido yo estaba convencida de que a mi hijo lo iba a mandar a una privada. Además, una nunca sabe qué les enseñan sus padres. Pero me estoy desviando del tema. Desde que tuve a Julito, empecé a asomarme por la ventana y los observaba mientras mecía al niño en la cuna. Y sí, es cierto, ellos se reunían en el parque que está allí, enfrente de mi casa. Aquello fue en el noventa y cuatro, si mal no me acuerdo. Hace ya diez años. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad? Ahora veo a mi nene crecido y casi no lo puedo creer. Ya es todo un hombrecito de diez. En fin. Le decía que estos niños se juntaban enfrente de mi casa. Todos tenían más o menos la misma edad que hoy tiene mi hijo. Ocho, nueve, diez. No pasaban de diez, estoy segura. Porque, aunque no me lo crea, éstos no eran los niños de otras colonias. No. Eso es lo extraño. Aunque las manzanas podridas se dan en cualquier parte. Pero es obvio que en esas colonias de las que le cuento son más propensos a la vagancia. Ya ve cómo los sacan en las noticias. Siempre dicen de ellos “mal vivientes sin oficio ni beneficio”, ¿no? Pues sí. Parece increíble. Sin embargo, éstos eran los niños de mi calle, eran los hijos de mis vecinas. Quién lo fuera a adivinar, ¿verdad? Es cierto. Uno de ellos me atacó. Sí. Se lo juro. Es verdad. Pero mejor no me adelanto.
Le decía que yo los observaba. No se daban cuenta. Observaba también sus juegos y, a veces, cuando estaban cerca, abría la ventana y alcanzaba a escuchar sus conversaciones. De repente oía una maldición y me asustaba la idea de que mi retoño fuera a decirlas a esa edad. Después me pareció irremediable. ¿Cómo va una a evitarlo si la sociedad entera —desde las cartolandias hasta las colonias de gente bien— está viciada y podrida? Antes de embarazarme de Julito nunca me fijé en los niños ni en cómo se comportaban. Debo confesarlo. Me eran completamente indiferentes. Qué cosas, ¿no le parece? En cuanto supe que estaba embarazada, empecé a fijarme en cómo se comportaban mis sobrinos, mis primitos, los hijos de las vecinas; y en todas partes lo hacía, hasta con los niños ajenos, en el café, en misa, en el súper. Era como una fijación. Y siempre aprovechaba la oportunidad para espiarlos a ellos, a los del parque. Sí, espiarlos. Ésa es la palabra correcta, ¿no? Aun después de nacer Julito los espiaba y me espantaba saber que eran mal hablados, pelados, léperos, sinvergüenzas, iguales a los chiquillos de las otras colonias, o peor, porque ellos sí tenían acceso a revistas, libros y películas repletos de cochinadas. Contaban con el dinero de sus padres o con sus domingos para ir a las revisterías y comprar imágenes de mujeres desnudas. Y bueno, con eso del Internet, ni siquiera se iban a molestar, ¿verdad? Con estos avances de la tecnología, ¿para qué hablar? ¿Sabía usted que los sitios más visitados en Internet son los de pornografía? Perdón. Me estoy desviando de nuevo. Sí, le decía, los espiaba y me asustaba. Sin embargo, aunque no lo crea, al mismo tiempo, me atraía lo que hablaban. Me daban ganas de ver esas mismas películas, esos libros, esas revistas. No sé por qué. A veces me encerraba en el baño y me daba mucha risa repetir las maldiciones de los niños. Porque cuando una era chica, eran otros tiempos. Por lo menos, en mi familia. No sé en las de otras muchachas. En la mía, sí eran otros tiempos. Una no podía maldecir ni fumar ni emborracharse. ¡Si viera a las chamacas de hoy! Y yo repetía sus altisonancias y me daba mucha risa pensar si me escuchara mi marido, o mi madre, o mi padre, las caras que pondrían. Eso me decía. Y así, espiándolos, fue cuando oí aquellas frases que no tenían sentido para mí. No eran malas palabras. Ni siquiera sabía qué querían decir. O sea, sí las entendía. Aunque no imaginaba por qué las decían. Pero, aunque no eran maldiciones, de tan insensatas me parecieron terribles. Con esas frases empezaron mis problemas. ¿Que cuáles eran las dichosas frases? Ay, si yo le contara.

Este cuento y otros más se encuentran en el libro e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU

domingo, 17 de junio de 2012

Dos de Cronenberg

Puesto que sus menciones en la pasada temporada hollywoodense de premios no fueron muchas, la obra de David Cronenberg encuentra distribución limitada y tardía en nuestro país. Mientras se estrena en Canadá Cosmopolis, el crédito más reciente, en México ni siquiera Un método peligroso, el anterior, ha logrado ser proyectado en las salas de cine. Hasta esta semana. No me parece extraño. Apenas una nominación al Globo de Oro por mejor actor secundario para Viggo Mortensen y varios premios Genie (estos últimos por venir de Canadá resuenan poco). Todo lo dicho además aunado al hecho de que los dos créditos más recientes del cineasta originario de Toronto, luego de Una historia de violencia y Promesas peligrosas, se han volcado más hacia lo intelectual. Las dos más recientes cintas de David Cronenberg benefician el género ensayístico por encima del narrativo. No significa que no cuenten una historia sino que, dentro de la misma, se halla la intensa y nada condescendiente exposición de una serie de ideas difíciles de digerir para el llamado gran público.
La quijada amenazante
Me ocupo primero del penúltimo crédito. En Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011) le vendría bien al espectador desempolvar sus libros de psicología de la secundaria y familiarizarse con términos como “ego”, “transferencia”, “libido”, “etapa anal” y, sobre todo, “psicoanálisis”. Durante el hilado de la trama se forma un triángulo —no del todo amoroso— entre tres personajes históricos: Carl Gustav Jung (Michael Fassbender), Sabina Spielrein (Keira Knightley) y Sigmund Freud (Viggo Mortensen). La toma abre con un carruaje a todo galope ilustrando la llegada de una paciente histérica de origen ruso-judío a la clínica suiza donde trabaja Jung. Habiendo estudiado las teorías de Freud sobre “la cura hablada”, Jung decide aplicarlas para analizar la mente de Sabina. Ahí descubrirá maltratos y abusos que han convertido a la muchacha en virginal aspirante a masoquista. La joven mujer, con el paso de los años, se recupera e incluso se interesa en el campo de la psicología para a su vez ayudar a otros pacientes. Jung, por su parte, estrecha lazos con Freud. Éste ve en aquél a su sucesor. Ante la educación protestante de Jung, Freud le envía al libertino colega Otto Gross (Vincent Cassel) para que las ideas del uno y del otro se nutran. El instinto, para Gross, debe ser liberado. Un cierto orden, para Jung, no debe ser subvertido. Una vez que Gross huya de la clínica, la situación encuentra su deterioro cuando Jung se convierta en el amante de Sabina. Mientras, la esposa de Jung (Sarah Gadon) calla. Y más adelante el diálogo entre mentor y alumno se romperá sin remedio.
La hechura de Un método peligroso es impecable. Despliega excelentes ambientación y vestuario. Las potentes actuaciones por parte de quienes interpretan a los dos precursores del psicoanálisis no pueden ser ignoradas. En cuanto a la de Keira Knightley, aunque no es mala, tengo mis dudas sobre si era o no la actriz ideal para interpretar este papel. A la actriz de origen inglés le salen perfectos los roles de señorita orgullosa o esnob como se comprueba en Orgullo y prejuicio o Expiación, ambas de Joe Wright. Sin embargo, en el caso de Sabina Spielrein —con ese neutral acento centroeuropeo y los ataques de histeria con prognatismo forzado— hacen que el espectador se concentre más en su quijada amenazante (al menos, esto no se encuentra en 3D) que en su desenvolvimiento histriónico. Buen contraste hace la debutante, también originaria de la ciudad natal del director, Sarah Gadon como la esposa abnegada de Jung. A esta joven actriz Cronenberg la vuelve a emplear para su siguiente crédito: Cosmopolis. A final de cuentas, Un método peligroso sí califica como una buena cinta donde una actuación dudosa no la descarrila. Sin embargo, la revisito pensando que tal vez el drama de época no sea el campo donde mejor se desempeñe su realizador.
Peregrinaje en limosina
Me ocupo ahora del crédito más reciente del director. Pasamos de principios del siglo XX a una época no muy distante en tiempo a la nuestra. En este mundo de crisis financieras y ciber-dinero es mucho más fácil para los jóvenes alcanzar las cifras multimillonarias que antes se lograban amasar a lo largo de una vida entera. Ahí está el ejemplo de Mark Zuckerberg. En cierta forma, Cosmopolis (2012) está constituida como un espejo a las reacciones tanto interiores como exteriores que causan este tipo de figuras del mundo contemporáneo. Odio en la mayoría de los casos. Un cierto sinsabor amargoso en la boca ante la injusticia de que un imberbe tenga a su disposición el mundo entero. Si Un método peligroso se esfuerza dentro de su ficción por recordarnos muchas de las ideas de Jung y Freud, esas mismas exploraciones hacia lo más profundo de la psique que transformaron tan profundamente la cultura; Cosmopolis lleva el intercambio mucho más lejos reduciendo incluso al mínimo la narrativa para convertir la experiencia en un ensayo quizás demasiado cerebral para su propio bien. Para colmo, quien lleva el rol principal no es otro que el vampiro ídolo por excelencia de las adolescentes: Robert Pattinson.
Eric Packer (Pattinson) le dice a su guardaespaldas que necesita un corte de pelo. Torval, el alto e imponente guarura, le advierte que la situación en las calles de Nueva York es muy peligrosa para un joven multimillonario de Wall Street como él. Tal dato a Eric no le importa en lo más mínimo y se sube a la limosina de lujo. En este peregrinaje por las calles de un Nueva York del siglo XXI Eric hallará a todo tipo de personajes que blanden largos discursos sobre un ambiente que podría resultar cada vez más familiar: caída estrepitosa de la moneda china, ruina inmediata para los multimillonarios, colapsos financieros mundiales, protestas violentas por parte de anarquistas en las calles y, sobre todo, el encapsulamiento del joven rico dentro de un vehículo que lo aísla y lo vuelve insensible ante todo a su alrededor. Por qué. Simplemente porque así lo ha elegido. Porque posee el dinero suficiente para cristalizarlo. Eric no es muy diferente al otro muchacho: ése que anda a pie con el iPod a todo volumen o que ni siquiera mira a los demás transeúntes mientras escribe algo en sitios de redes sociales.
La claustrofobia sentida ante el limitado espacio del personaje principal —que sólo en pocas ocasiones se bajará de la limosina— se transmite a los espectadores del filme. No hay ninguna expansión de este universo en una pieza que tal vez encontraría su entera trascendencia sobre el escenario de un teatro. No sorprende que Cronenberg haya pasado de un año a otro del drama de época a este largometraje de huis clos basado en una novela de Don DeLillo donde, de acuerdo con el propio cineasta, el trabajo de guión consistió en tomar los diálogos de la obra original. Sí, muchos diálogos. Sólo en un filme del director canadiense se escucha decir “próstata asimétrica”. Largos discursos. Tal vez demasiados para lo que la atención del espectador sea capaz de digerir. El reparto, empero, hacen algo más atractivo el peregrinaje. Además de histriones de origen canadiense como Durand, Gadon (de nuevo como esposa glacial) y el montrealense Jay Baruchel; también aparecen Juliette Binoche, Samantha Morton, Mathieu Amalric y finalmente Paul Giamatti. A diferencia de Un método peligroso, Cosmopolis se siente mucho más por sus temas como un filme enraizado en tierra cronenbergiana. Además de que resulta sumamente oportuna para los tiempos que vivimos. Sin embargo, tendrá una distribución y una acogida en extremo limitadas por sus alcances mucho más ensayísticos que narrativos. Eso incluso con la presencia de un ídolo juvenil como Pattinson. Con desconocida fecha de estreno para México.

Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011). Dirigida por David Cronenberg. Producida por Jeremy Thomas. Protagonizada por Michael Fassbender, Keira Knightley, Viggo Mortensen, Sarah Gadon y Vincent Cassel.
Cosmopolis (2012). Dirigida por David Cronenberg. Producida por Paulo Branco y Martin Katz. Protagonizada por Robert Pattinson, Sarah Gadon, Kevin Durand y Paul Giamatti.

El avance de Un método peligroso: http://www.youtube.com/watch?v=corhrYeiRj4
El avance de Cosmopolis: http://www.youtube.com/watch?v=0WpEc-rJQ3s

martes, 12 de junio de 2012

Alien vs. Prometeo, ¿para qué?

Abro esta reseña con un recuerdo fílmico de la infancia. Una de las escenas cinematográficas que mayor huella dejó en mí siendo niño es la de un hombre (el actor inglés John Hurt para ser específico) cuyo estómago revienta para dar paso a un monstruo-bebé asesino de dientes metálicos, el ahora conocido como xenomorfo. Las primeras veces (porque fueron muchas) que observé dicha escena sobre la pared de la recámara de mis padres intenté taparme los ojos. Pero, claro, como suele suceder con los voyeurs, pronto cedí a la tentación de mirar eso. Durante aquella época en casa teníamos un proyector Súper 8 y varias películas en celuloide. No películas completas, por supuesto. Se trataba únicamente de escenas escogidas. Cada una duraba alrededor de quince minutos. Entre ellas estaban La guerra de las galaxias de George Lucas, La Biblia de John Huston y Alien de Ridley Scott. Durante décadas me bastaron los quince minutos de la mencionada slasher movie en el espacio exterior. Muchos años después la vería completa. Y, para variar, en su idioma original. No en el doblaje peninsular al que estuve acostumbrado por la bocina del proyector Súper 8.
Ahora, a punto de cumplir los treinta y siete, me doy cuenta de por qué la escena de un animal intruso destruyendo por dentro los órganos vitales de un hombre me impresionó tanto. Quizás de alguna manera la escena se encontraba enlazada al físico de un niño que iba creciendo sin saber controlar del todo su apetito. En múltiples ocasiones fui la vergüenza de la familia cada vez que salíamos a comer a algún restaurante los fines de semana porque no eran escasas las ocasiones en que me atragantaba y terminaba vomitando en el baño del establecimiento. Digamos que de niño no estuve exento de vivir algunos problemas estomacales. Aunque no tan intensos como los de Parker (Hurt) en Alien, el octavo pasajero (1979). Así, teniendo unos siete u ocho años, valoré el trabajo del director británico Ridley Scott. Ya de adulto lo apreciaría mucho más en Blade Runner (1982), su obra maestra del género.
Sobre su más reciente filme circula en los medios, tanto televisivos y electrónicos, el debate inútil de si se trata o no una “precuela” (como las llaman en Estados Unidos) de Alien como La amenaza fantasma lo fuera para La guerra de las galaxias. Scott afirma que, aunque la trama se desarrolla en el mismo universo ficticio de Alien, no por ello es un episodio anterior al de la película de 1979. El título del filme en cuestión es Prometeo (Prometheus, 2012) y detrás suyo viene una poderosa campaña publicitaria que la ha convertido en una de las cintas más esperadas en el género. Principalmente porque desde hace tres décadas, Ridley Scott no había filmado una cinta de ciencia ficción.
Prometeo plantea una vez más las preguntas más trascendentales del cine de este tipo: ¿quiénes somos y de dónde venimos? Años luego de diferentes descubrimientos estudiados por los profesores-arqueólogos Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green) se organiza una multimillonaria expedición espacial a un lejano planeta en la nave Prometeo, periplo auspiciado por la corporación Weyland. Entre los diecisiete tripulantes se hallan el androide David (Michael Fassbender), la representante de Peter Weyland (Guy Pearce) llamada Meredith Vickers (Charlize Theron) y el capitán Janek (Idris Elba) así como los dos estudiosos responsables de descubrir el mensaje del espacio exterior en una caverna de Escocia. Los científicos van con la esperanza de establecer contacto con quienes pudieran ser los creadores de la raza humana: los alienígenas bautizados como “ingenieros”. Sin embargo, los representantes de Weyland aparentan poseer intenciones ocultas. Tratándose de una cinta inmersa en el mismo universo de Alien los espectadores saben de antemano que la expedición saldrá mal. Extremadamente mal.
En Prometeo hay intenso reciclaje de ideas ya vistas en otros filmes de ciencia ficción. Ahí se verá el tema del establecimiento de contacto con una raza alienígena de inteligencia superior como sucediera en 2001: Odisea del espacio de Kubrick. Ciertas fuentes provienen del mismo Scott. Algunos temas recurrentes emergen de nueva cuenta desde lo más profundo de su imaginación en Prometeo. Por ejemplo, el parásito destructor que crece dentro del cuerpo como en Alien. O el androide cuya aproximación al ser humano es casi exacta como en Blade Runner. De igual forma, el robot también se rebela frente a sus creadores (ecos de HAL, también de 2001). Por supuesto no puede faltar el síndrome de Frankenstein donde la creatura intenta confrontar a su creador y obtener respuestas trascendentales sobre su propia existencia (tal como lo hiciera el replicante Roy Batty en Blade Runner). Empero, tanto creadores como creaturas se vuelven unos contra otros hacia la conclusión del largometraje. Para los fanáticos de la serie Alien, hay sin duda consistencia en el diseño. Observarán el mismo tipo de naves espaciales como la descubierta años después por la tripulación del Nostromo, aunque en otro satélite (según lo ha indicado Ridley Scott en entrevistas pues el de Alien era LV-426 y el de Prometeo es LV-223). Por lo tanto el denominado “jockey del espacio” o “ingeniero” encontrado muerto con el pecho reventado por la tripulación del Nostromo no es el mismo al que se enfrenta la tripulación del Prometeo. Esto se resuelve cuando casi al final de la cinta se menciona que seguramente habrá muchas naves más de la raza de los “ingenieros” en planetas o en satélites de la misma galaxia.
A lo largo de Prometeo destaca la actuación de la actriz sueca Noomi Rapace, la original Chica del dragón tatuado, ahora ostentando acento británico aunque la misma habilidad para las escenas de acción. El único a su altura para darle buen juego de réplica es Michael Fassbender. Tan necesarios en la ciencia ficción, los efectos especiales de nuevo contribuyen a la historia. No me parecieron excesivos e incluso se limitaron aquéllos hechos por computadora. La más reciente cinta de Ridley Scott, sin embargo, no está exenta de defectos y aunque contenga algunos temas ya vistos hasta el hartazgo en el género, no deja de atraer la atención del espectador y mantenerlo en suspenso, lo cual es lo mínimo que una película así debería provocar. En cuanto a los defectos, como suele pasar en la ciencia ficción, los diálogos no resultan nada atractivos. Además sucede igual que en cualquier película de otro género setentero poco a poco extinto: el de desastre. Fuera de un puñado de personajes poco importa el resto de la tripulación (a diferencia de Alien donde cada personaje se distinguía bien uno del otro pues sólo eran siete). Aquí entre tanto rostro desconocido y lo desdibujado de la personalidad de cada uno, importan muy poco las muertes de ciertos personajes tanto claves (el caso de Holloway) como muy secundarios (el geólogo, el biólogo, etcétera). Además de la a veces molesta intención de conducir la trama de Prometeo hacia sus posibles secuelas dejando más de un cabo suelto con un final que no resuelve del todo el prólogo del filme: el suicidio del primer “ingeniero”. Según algunos foros de cinéfilos, su autoinmolación constituye el momento creativo para gestar la raza humana. Sin embargo, esto no queda del todo claro al comienzo de la cinta a pesar de que haga su aparición una saltarina cadena de ADN. Ni qué hablar del trabajo de maquillaje (tan obvio, tan bizarro) en Guy Pearce quien interpreta al dueño de las Industrias Weyland (más ecos, por cierto, del hacedor de los replicantes en Blade Runner, ése al que Roy Blatty buscaba para confrontarlo con sus preguntas). Ni qué decir de la poca trascendencia que se la da a la confesión del verdadero lazo entre el decrépito Weyland y la glacial Meredith Vickers. Esto no refleja nada más que un bufonesco toque melodramático.
Prometeo —a pesar de que no es la obra maestra de Scott ni está al nivel de Blade Runner— sí resulta un buen producto comercial que entretiene, proporciona algunos sangrientos sustos y mantiene a su público en suspenso tal como lo hiciera Alien hace décadas. Nada más. Poco caso tiene comparar la precursora con el presente producto. Para qué oponer las dos obras como en una pelea de gallos. No sobrevaloremos la cinta de 1979 gracias a la nostalgia. Alien, el octavo pasajero no deja de ser una slasher movie del espacio exterior. Prometeo, al menos, es algo diferente aunque Ridley Scott no inaugure ninguna cumbre del género sci-fi con ella. Según los sitios de Internet de las distribuidoras comerciales, Prometeo se estrena el viernes 15 de junio en México. Y ya Scott amenaza con secuela de Blade Runner. Eso sí es para dar mucho miedo.

Prometeo (Prometheus, 2012). Dirigida por Ridley Scott. Producida por David Giler, Walter Hill, Ridley Scott y Tony Scott. Protagonizada por Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron y Guy Pearce.

viernes, 8 de junio de 2012

Cegados ante la nostalgia

Mis búsquedas fílmicas de adolescente estuvieron casi siempre pobladas por cintas pertenecientes a dos géneros: el horror y el suspenso. Recuerdo haber visto un filme malísimo (buenísimo en aquellos ayeres) protagonizado por Desi Arnaz Jr. donde un escritor hacía una apuesta para escribir dentro de cierta vieja mansión en Escocia una novela en una sola noche. Se llamaba La casa de las sombras (House of the Long Shadows, 1983) y salían glorias ya muy viejas del cine de horror como Christopher Lee, Peter Cushing y Vincent Price. La mentada película poseía un título muy semejante a otra: House of the Dark Shadows (1970, en México titulada Sombras en la oscuridad). Ésta la vi pensando que tendría alguna relación con la primera. No fue así. La segunda película (primera en orden cronológico si me fijo en las fechas), aunque también desarrollaba la trama en una mansión tenebrosa y aunque también contenía un secreto familiar en su médula, era protagonizada por el vampiro Barnabas Collins (el actor canadiense Jonathan Frid, fallecido en abril de este año). Algunas imágenes de House of the Dark Shadows se quedaron conmigo durante estos veintitantos años: una mano con un anillo saliendo de un féretro, una mujer rubia con la mirada perdida y la mordida del vampiro en la yugular, un niño jugando con su pelota en una piscina en desuso y cantando “Si Carolyn está muerta atraparé esta pelota”. Más tarde me enteré de que la cinta era un producto derivado de una telenovela gringa poblada de fantasmas, vampiros y maldiciones ancestrales, una teleserie producida a finales de los años sesenta y principios de los setenta de nombre Dark Shadows.
Puesto que la nostalgia —especialmente la de los años setenta y ochenta— parece estar en boga, Tim Burton y su actor fetiche Johnny Depp deciden revivir este concepto enterrado también en sus memorias adolescentes. Así como alguna vez Willie Loomis —buscando las joyas de la familia Collis— liberó al monstruo chupa-sangre llamado Barnabas, de la misma forma Burton desencadena este esperpento fílmico. Habrá quien interprete lo contrario al hablar del particular estilo de Burton. Sin embargo, al catalogarlo como “esperpento” no lo estoy elogiando. Cegados, incluso engolosinados por el sentimiento nostálgico ante una teleserie de por sí mala, Burton y Depp se dan a la aventura de revivir a estos personajes en el pseudo-refrito Sombras tenebrosas (Dark Shadows, 2012).
En este universo kitsch y setentero de brujas, vampiros, fantasmas y claroscuros creado por Burton, Barnabas Collins (Depp) al no corresponderle más que con lujuria a su sirvienta Angelique Bouchard (Eva Green), ésta —siendo como cualquier mujer despechada una bruja— lo condena a la vida eterna en la pálida piel de un vampiro. No conforme con eso asesina a su amada Josette DuPres y manipula al pueblo para que lo persiga y lo encadene dentro de un ataúd. Doscientos años después, estamos en los setenta. Gracias a la actividad nocturna de una construcción, Barnabas es liberado en un mundo que no le pertenece, liberación que será fuente de más de un chascarrillo. Al regresar a su ostentosa casa se encontrará con sus familiares que no reconocen en él (a pesar de ojeras y conspicua palidez) ni al vampiro ni al retrato que cuelga en su descascarada estancia. Esta familia no se halla exenta de excentricidades. Por un lado están Roger Collins (Jonny Lee Miller) y su hijo David (Gulliver McGrath). Por otro, su prima Elizabeth (Michelle Pfeiffer) y la hija de ésta, Carolyn (Chloë Grace Moretz). Por ahí anda la psiquiatra Julia Hoffman (Helena Bonham Carter) pues el niño de la familia dice ver al fantasma de su madre muerta. No falta el inútil sirviente Willie Loomis (Jackie Earle Haley) ni mucho menos la joven y guapa institutriz: Victoria Winters (Bella Heatcote), vivo retrato de la Josette a la que amó Barnabas dos siglos antes. De hecho, es con ella con quien comienza la etapa de la cinta en los setenta. Inicio en un tren como cita al pie de página de la teleserie. Y, claro, reaparecerá Angelique con su despecho vivo tras tantas décadas y convertida en magnate y competencia de los Collins en el negocio de la pesca. Eso sin contar el cameo —como lo hiciera en Charlie y la fábrica de chocolate (2005)— del legendario Christopher Lee.
Si en algo me divirtió y me gustó Sombras tenebrosas fue por sus referencias a una cinta que vi cuando era adolescente. Además de que se trata de una obra de un director al que aprecio desde hace ya varios años. Aun desde La gran aventura de Pee-Wee (1985). Eso sin embargo no me ciega ante los grandes errores del guión, armado únicamente con las blandengues piezas de este sentimiento nostálgico: la completa falta de empatía ante el interés femenino encarnado por Victoria Winters, la abundancia de personajes que no le permite al espectador sentir simpatía por ninguno de ellos (eso a pesar de subrayarse en variadas ocasiones el tema de la lealtad hacia la familia), la chapucera transformación de Carolyn en la escena de la confrontación climática (por completo injustificada, como si Burton se la hubiera sacado por debajo de la manga) además del poco respeto al universo que se intenta crear dentro de la cinta. ¿Por qué, por ejemplo, Barnabas no se quema en esa caminata bajo el sol al lado de Victoria sobre las piedras de la bahía? A pesar de persistir en su relación laboral que da inicio desde la genial cinta El joven manos de tijera en 1990, este último crédito Burton-Depp decepciona y mucho. Aunque nos muestre los rasgos característicos del estilo del director, se nota una tendencia cada vez mayor hacia la payasada y, por desgracia, hacia el churro comercial. Tal vez ni para fanáticos del realizar estadounidense sea recomendable. Véala bajo su propio riesgo. Se estrena en México el 22 de junio.

Sombras tenebrosas (Dark Shadows, 2012). Dirigida por Tim Burton. Producida por Christi Dembrowski, Johnny Depp, David Kennedy, Graham King y Richard Zanuck. Protagonizada por Johnny Depp, Michelle Pfeiffer y Eva Green.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=wpWvkFlyl4M

martes, 5 de junio de 2012

Amador será su nombre


El director español Fernando León de Aranoa saltó a la notoriedad internacional con el filme Los lunes al sol (2002), protagonizado por Javier Bardem y Luis Tosar. Por su parte la actriz Magaly Solier se vuelve conocida por haber protagonizado algunas de las cintas de la cineasta Claudia Llosa, especialmente Madeinusa (2006) y La teta asustada (2009). Este último crédito estaría nominado al Óscar por mejor película en lengua extranjera en 2010 al lado de obras como Un profeta, El listón blanco y El secreto de sus ojos. Ese mismo año el director y la actriz citados unen sus fuerzas para rodar una película con fuerte trasfondo social sin caer por ello en el panfleto simplista.
Amador (2010) da inicio cuando una mujer peruana que ha inmigrado recientemente con su esposo a España hace el fallido intento por abandonarlo. Tras un desmayo en la parada de autobús y una consulta con la doctora, regresa con resignación a su casa pues ha recibido la noticia de que está embarazada. No hay manera de consumar la huída. De esta forma, Marcela (Magaly Solier) tendrá que continuar su vida en común con Nelson (Pietro Sibille). Nelson, por su parte, se dedica a vender flores, las mismas que son recolectadas de forma a veces subrepticia y a veces no tanto de contenedores donde han sido depositadas como si ya no le sirvieran a nadie. Para Nelson el sueño común de la pareja es algún día establecer una florería con el nombre de su mujer. La mercancía se mantiene en buen estado gracias al refrigerador del pequeño departamento de Nelson y Marcela. Cuando el electrodoméstico se descompone, Nelson se verá en la necesidad de un ingreso extra para remplazarlo por uno nuevo. Es entonces cuando Marcela —quien todavía no le ha comunicado a Nelson la noticia del embarazo— acepta cuidar a Amador (Celso Bugallo), un viejo enfermo. Yolanda (Sonia Almarcha), la hija del hombre, le explica a Marcela que debe salir de la ciudad y nadie de su familia se puede ocupar de Amador. Las cosas se complicarán más adelante cuando el proyecto de recibir el dinero por parte de Yolanda peligre. Ahí Marcela se enfrentará a un dilema moral.
El comentario social de los problemas de la inmigración en Europa no empaña en nada la experiencia fílmica. Se nota que detrás de la cámara se encuentra un cineasta experimentado. Aunque la amistad entre Marcela y Amador dura poco (la anécdota que en un principio podría parecer la central), el suspenso derivado de un vuelco de la fortuna se mantiene hasta bien entrada la cinta para el entretenimiento de los espectadores. No escasean tampoco los destellos de humor a cargo de la propia Magaly Solier o de la actriz española Fanny de Castro en el rol de Puri, una mujer que le presta otra clase de servicios a Amador. Así, este hombre —incluso luego de haber partido— le seguirá de forma muy inusual tendiendo la mano a su amiga Marcela. Llegando a la conclusión el espectador sospechará cuál será el nombre que la joven escogerá para su futuro bebé. En suma, aunque no una obra maestra del arte cinematográfico, Amador de Fernando León de Aranoa cumple con todos los requisitos para erigirse como una buena cinta y, de nuevo, como una alternativa durante este verano, época en que Hollywood receta sin tregua una lista interminable de bodrios digitalizados.

Amador (2010). Dirigida por Fernando León de Aranoa. Producida por Fernando de León Aranoa y Jaume Roures. Protagonizada por Magaly Solier, Celso Bugallo, Pietro Sibille, Sonia Almarcha y Fanny de Castro.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=2sQcOxKLacM