domingo, 17 de febrero de 2013

miércoles, 6 de febrero de 2013

Muero por que no mueras

El relato que presento a continuación es una alegoría de las dos soledades de Montreal: la francófona y la anglófona. Apareció en la revista Estepa del Nazas hace algunos años. Va el texto:

Muero por que no mueras

Lo mejor que le podía pasar a él era que se muriera. Lo mejor que me pudiera pasar a mí era que él siguiera viviendo.
Fernando Vallejo, El desbarrancadero

Hasta el día en el cual tu existencia se estrelló contra la de Francis, eras una mujer que se conformaba con seguir una vida monocorde. Lo conociste y ya para entonces no tenías ni felicidades ni tristezas previstas. Así habías estado lo mar de bien. Ni siquiera el mes anterior —cuando te hiciste el examen casero, durante varias semanas aplazado por el trabajo, y con sorpresa resultó positivo— te abandonaste a grandes emociones. Un bebé, columbraste en aquel momento sopesando la incómoda imagen embrionaria y viéndola como otro obstáculo más a vencer, igual a muchos otros en tu carrera de ejecutiva dentro de la empresa. Un bebé era un desafío más y punto. Ya te encargarías del pequeño asunto tan pronto naciera. Poco después llegó Francis y, con él, un cambio radical en tu concepción del amor y de la ridiculez que aquél trae consigo. También vino la angustia por primera vez vivida. Lo habías contactado al salir a la venta el departamento sobre la calle Prince-Arthur. Él era el agente en bienes raíces con la misión de venderlo. Tú representabas a los posibles compradores, también potenciales compañeros de trabajo a punto de establecerse en Montreal. Le habías telefoneado para echarle un ojo a la vivienda y aconsejarles a tus colegas sobre el precio. Ya contabas tres meses de embarazo cuando hicieron las mutuas presentaciones. Mientras que en apariencia la suya había sido opuesta, tu primera impresión fue de antipatía. Disimularla por completo no lo lograste. Nunca te ha venido bien ser hipócrita.
Tus colegas escogieron el departamento mostrado por Francis y, para celebrar el buen final del negocio, él te invitó a salir a la semana. Le anunciaste en la primera cita que ibas a ser madre soltera dentro de seis meses. Verdaderamente no te había agradado en el primer encuentro y por eso decidiste soltarle el yunque informativo como para quitártelo de encima. Él no se dejó abatir. Insistió. Y aceptaste después de hacerte notar una compañera de la oficina que hombres así —de ésos que incluso enterándose de un embarazo de por medio vuelven a llamarle a una para conseguir la segunda cita— ya no había. No, de ésos, mona, ni en Marte. Mejor aprovecha y dale gozo al cuerpo mientras te lo permita. Algunos comentarios lanzados tan a la ligera deberían castigarse con la prisión. Y te dejaste convencer. Volvieron a salir. Demasiado pronto te fuiste acostumbrando a su presencia. Durante aquel lapso, nunca le hablaste del padre del bebé. ¿Para qué remover y sacar a relucir el punto más bajo y deprimente del recién extinto invierno? Tampoco a ti te importó ya mucho ese tema tras la segunda cita. Fue en la sexta cuando él hizo, por su parte, una revelación inesperada. No podías creerle luego de escucharlo. El simple hecho de que alguien en apariencia tan alegre y tan lleno de vitalidad hubiera intentado suicidarse más de una vez no cupo en tu mente. Y tú, Samantha, pensabas ser la persona más autodestructiva entre tus conocidos. Estuviste durante muchos años segura de que sólo tú —de todos los seres humanos en tu radio de convivencia— eras capaz de darte un tiro en la sien pues pocas veces en tu expediente biográfico se dieron altibajos, gozos, vicisitudes o alegrías. A partir de aquella noche, el suicidio —como idea, como concepto o como demonios el mundo quisiera llamarlo— se te coló hasta lo más profundo y te emponzoñó la sangre.
Desde entonces empezaron las locuras. Y también comenzaste a amarlo. Tal vez hubieses sentido lástima al principio. Sí, lástima quizás. Luego a ella la despedazó el amor para quitarle su reino. Y al darse éste por victorioso sólo te apremiaba la imperante necesidad de evitar que volviera a intentarlo. Su muerte te habría dolido como pocas. Tal vez, a final de cuentas, sólo pensabas en ti misma. Y en evitarte un dolor tan grande. Quién sabe. También a partir de aquella cita Francis, temerario, solía afirmar que en el futuro de seguro sobreviviría a muchos otros intentos de suicidio como si desafiar a la suerte fuese una prueba de virilidad, como si su cuerpo pudiera erigirse en uno de los más resistentes del planeta; pero también te murmuraba después de la vida hay sólo vacío, la sombra de la inconsciencia y estar al tanto de eso lo contenía. Y tú no optabas por ninguno de los dos cauces pues no sabías si en eso del suicidio, como tantas veces te dijeron al crecer, había sólo cobardía o tal vez algo de bravura. Ni si lo uno y lo otro de todo lo argumentado por él al respecto constituía junto una gran contradicción.
Fuera de la oficina tus obsesiones eran pocas tirándole a nulas. De vez en cuando, sí, una obra de teatro, un concierto de la sinfónica, un buen libro o un disco de música clásica. Nada más. Nada como para provocar un entusiasmo excesivo. Con la familia lejos de Montreal, debido al éxodo de anglófonos provocado por los acontecimientos que culminaron con el referendo del noventa y cinco, los años te habían encanecido de manera prematura el cabello, los atardeceres se te habían vuelto monótonamente grises y el temperamento tan frío, cruel y pesado como los inviernos de la ciudad. Tu único desfogue lo realizabas gracias a un cuaderno plagado de pensamientos crípticos en prosa poética con los cuales pocas veces te comprometías. “Cuando la estelar voz de las nubes conspira contra el placer, los hombres se quedan sedimentados en las botellas de los náufragos” y “En el estrago sempiterno del océano, prefiero la desgarradura al embauco de una sonrisa” eran los dos más recientes antes de que Francis, por alguna razón todavía agazapada entre los enigmas del universo, viniera a perturbarlo todo para irradiar un fulgor tan inevitable como el del sol. Al menos, así fue al inicio.
Según tú, para disipar la bruma de sus pensamientos negros (ideés noires) Francis sólo necesitaba desahogarse y por eso le pediste —así como lo hizo contigo tu psicóloga muchos años atrás— escribiera un diario, el cual después nunca se atrevió a mostrarte hasta tú abrirlo aprovechando su ausencia. Le compraste una libreta en blanco, también de tapas moradas como la tuya, aunque notabas que el diseño en las cubiertas era muy diferente. El contenido de tu libreta, sin embargo, no era en estricta forma un diario. No había entradas continuas con la fecha por preludio sino, en cambio, sólo esas frases alambicadas sin bridas. Lo escribías desde hacía dieciséis años cuando tus padres te enviaron con la psicóloga por el quiebre de aquella relación obsesiva con Phillippe, un separatista radical. Entonces eras una jovencita de veintidós. La libreta de ese año dos mil cinco, el de tus treinta y ocho, la llevabas apenas a la mitad.

Este cuento y otros más se hallan en el libro electrónico e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU

martes, 5 de febrero de 2013

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Quién plagió a quién? (XVIII)

La pregunta es digna del mismísimo Sherlock Holmes. Dos series británicas ubicadas en la primera mitad del siglo XX y las dos preocupadas tanto por la diferencia de clases como por la relación entre los patrones y sus sirvientes: ¿Quién plagió a quién? ¿Upstairs Downstairs (UD, de 1971 a 1975) a Downton Abbey (DA, de 2010 hasta la fecha)? ¿O fue al revés? Analicemos doce de entre las muchas pruebas (Spoilers ahead!, como suele decirse en la lengua de Shakespeare):


1) James y Patrick (DA), los herederos del clan Crawley, mueren en el hundimiento del Titanic en abril de 1912 al igual que lady Marjorie Bellamy (UD), la madre de la aristocrática familia londinense que reside en el 165 de Eaton Place. ¿Se habrán conocido en alguna cena de la primera clase?

2) El hijo de los Bellamy, James, (UD) es herido de gravedad en la Gran Guerra de forma muy similar al nuevo heredero de los Crawley, Matthew (DA). Los dos se recuperan de sus heridas. Pero —uno por suicidio y otro por un accidente de automóvil— ni James ni Matthew viven para ser viejos.

3) También durante la Gran Guerra tanto lady Sybil Crawley (DA) como Georgina Worsley (UD) se convierten en enfermeras. Ninguna de las dos aplicará sus conocimientos más adelante en sus respectivas series. Quizás Sybil durante la epidemia de la influenza española.

4) Hablando de. Lavinia Swire (DA), la prometida de Matthew Crawley, muere durante la epidemia de la influenza española. Lo mismo le ocurre a Hazel Bellamy (UD), la esposa clase-mediera de James.

5) El lacayo de los Bellamy, Edward (UD), regresa perturbado y con problemas mentales de la Gran Guerra. Igual le ocurre al nuevo ayuda de cámara de lord Grantham, el señor Lang (DA).

6) Lord Grantham (DA) pierde la fortuna de su esposa Cora al hacer una mala inversión al inicio de la década de los 20. Algo similar le ocurre a James Bellamy (UD) con el crack de la bolsa al final de la misma década. James pierde su fortuna y, para colmo, la de su sirvienta Rose. A Robert su esposa lo perdona en dos segundos. James se suicida y con eso se acaba la serie.

7) Siendo una prima lejana, la adolescente y huérfana Georgina Worsley (UD) termina bajo el cuidado de la familia Bellamy. Lo mismo le ocurre a lady Rose MacClare (DA), la hija de lord y lady Flintshire, cuando sus padres se van a la India y se decide que viva con los Crawley.

8) Tanto la reputación de lady Mary Crawley (DA) como la de Elizabeth Bellamy (UD) peligran con sendos escándalos, aunque los dos de diferente naturaleza. Un diplomático turco muere en la habitación de la primera después de hacerle el amor. Un matrimonio platónico y sin sexo obliga a la segunda a buscarse un donador de esperma y lo encuentra en el editor de su conscientemente cornudo esposo.

9) La relación impoluta entre Richard Bellamy (UD) y una sirvienta que acaba de tener un bebé levanta comentarios insidiosos entre la sociedad londinense. Ningún comentario levantó el fugaz enamoramiento que Robert Crawley (DA) siente hacia la sirvienta de nombre Jane, una viuda de la Gran Guerra. Viuda y con un hijo, claro.

10) Otro escándalo que se oculta: Alfred (UD), el lacayo de los Bellamy, profesa el amor que no se atreve a decir su nombre y se escapa a mitad de la noche con un huésped extranjero de la familia, supuesto pretendiente de Elizabeth. Buen compañero habría resultado para él Thomas (DA), el lacayo de los Crawley, quien sostiene un romance de corta duración con un supuesto pretendiente de lady Mary.

11) La señora Patmore (DA) se enfrenta con muchas dudas al cortejo de un oportunista bonachón y de ojo alegre. Algo similar le ocurrió a la cocinera de los Bellamy, la señora Bridges (UD). Aunque la segunda se tomó el engaño con menos filosofía.

12) Por último, el mayordomo de los Crawley se apellida Carson (DA). El de los Bellamy se apellidaba Hudson (UD). Los dos son igual de estirados y tradicionales.