martes, 31 de diciembre de 2013

lunes, 30 de diciembre de 2013

Dos en lengua “extranjera”

El adjetivo del título de esta entrada lo entrecomillo con toda intención. Desde los cánones hollywoodenses dentro de los cuales cierto monigote dorado se transforma en el premio más codiciado, hablar de una cinta en lengua extrajera significa hablar del resto del mundo. Es decir, se suele utilizar “extranjera” cuando este adjetivo incluye cualquier lengua hablada en el mundo excepto el inglés. Representa entonces cientos de películas que después pasan por varios filtros y quedan apenas un puñado. Desde ahí el proceso resulta injusto. No hablemos de los parámetros establecidos. Por ejemplo, este año la ganadora de la Palma de Oro en el festival de Cannes queda descartada simplemente porque se estrenó en octubre dentro de su país de origen. De todas maneras, un largometraje con tales temas difícilmente recibiría el tan mentado Óscar.


Desde que ganara la Palma de Oro en mayo pasado mucho se ha comentado sobre La vida de Adèle (La vie d’Adèle, 2013). Por un lado, las escenas largas y explícitas entre las dos protagonistas. Por otro, la guerra de declaraciones entre el director Abdellatif Kechiche y la actriz Léa Seydoux. Pero fuera de estas minucias ideales para la chismorreo la cinta se erige como el periplo sentimental y cargado de erotismo de la Adèle que le da título. Además se torna una historia de crecimiento a través de una pasión ineludible, de cómo a través de dicho sentimiento la protagonista pasa de adolescente a mujer. Y ante tamaña atracción el asunto del lesbianismo queda muy de lado y en contadas escenas se subraya. En ese sentido no se siente como una película con mensaje político a pesar de que le concedieran el máximo galardón del festival durante el punto álgido de las manifestaciones en Francia contra los matrimonios de personas del mismo sexo.
Basada en la historieta El azul es un color cálido de Julie Maroh, la trama (y de paso una obsesiva cámara necia en mostrarnos hasta los momentos más íntimos) se centra en la adolescente clase-mediera Adèle (Adèle Exarchopoulos). Adèle lleva una vida normal en casa con su familia y en el liceo con sus amigos. Siempre parece contener su cabello rebelde sin óptimos resultados. Y le encanta el espagueti. Al comienzo la vemos iniciar un romance con un compañero del liceo. Sin embargo y ante la insatisfacción, pronto este ligue se olvida y empieza a dejarse arrastrar por la atracción que siente hacia las mujeres. Cuando cruzando la calle se encuentre con una joven cuyo pelo de color azul la convierte en foco de atención, no se contendrá y la buscará en sus sueños y luego en la realidad. Más tarde se dará cuenta que esa chica se llama Emma (Léa Seydoux), una artista visual graduada de la universidad que se mueve entre lesbianas e intelectuales. Poco a poco comienza el amorío cuya irreprimible pasión sólo podría ser descrita como volcánica. De ahí, durante el capítulo dos y tras algunos años, se atestiguará el también inevitable fin.
Con respecto a los dos personajes, especialmente tratándose de Adèle, la cámara de Kechiche (Venus negra) intenta penetrar hasta los rincones más recónditos y se halla fija en los rostros de las mujeres. Tanto así que no pareciera darles espacio para respirar (quizás de este hecho y de las cientos de horas de metraje original vengan las quejas de Seydoux). El efecto, sin embargo, no es el del pervertido voyeur poco involucrado con lo que documenta. El cineasta tunecino pone al descubierto la humanidad de dos personajes que se aman sin límites. Y de nuevo en el caso de Adèle nos devela las incertidumbres de la adolescencia reflejadas en gestos inequívocos como una maraña de cabello rebelde, una cara iluminada ante un plato de espaguetis o una sorbida de mocos tan cotidiana como normal. A través de las tres horas del largometraje —que a pesar de la duración nunca pesan como sí podrían hacerlo con una película repleta de bombazos— presenciamos el crecimiento, el azoro ante el universo desconocido del ambiente gay y, claro, la larguísima escena de sexo explícito entre las dos protagonistas. En cuanto a su pertinencia (explicable con la intensidad que debiera reflejarse ante una pasión avasalladora), ésta ya quedará a juicio de cada espectador.
A Léa Seydoux no necesitaba conocerla un público más acostumbrado al cine de autor. Ahí están sus participaciones en cintas como Bastardos sin gloria, Medianoche en París, Adiós a la reina y próximamente la nueva versión francesa de La bella y la bestia con Vincent Cassel. Después de todo, su juventud no debe sorprender ante su incursión en el cine tratándose de una nieta de quien dirige el destino de la compañía fílmica Pathé. Quien deslumbra hasta convertirse en objeto de adoración sin duda es Adèle Exarchopoulos: por reflejar tanta inocencia dentro del erotismo, por sus labios abiertos habitantes en un rostro de naricita levantada al estilo de Peter Pan, por conducirnos en este periplo que centrándose en el amor (sin importar sexos) despliega tanta humanidad. Lo que más sorprende de su paso por Cannes es que este largometraje tan realista e inmerso en la vida interior de sus personajes haya ganado la Palma de Oro teniendo el jurado como cabeza a alguien tan contrario a este tipo de cine como Steven Spielberg.


Una pasión muy diferente alimenta la historia de El gran maestro (Yi dai zong shi, 2013). Aquélla se dirige no hacia otro ser humano sino hacia las artes marciales. Tanto así que logra sublimar cualquier pasión erótica. Y esto tratándose del director que le concedió a los espectadores una de las cintas más románticas de principios de este siglo: Deseando amar (2000). Después de que sus colegas del mundo asiático hicieran lo suyo durante años con éxitos como El tigre y el dragón de Ang Lee y Héroe de Zhang Yimou, Wong Kar-Wai regresa a las artes marciales. De los primeros cineastas considerados en occidente como “autores” que además decidiera abordar un género de clase B (el kung-fu), Wong Kar-Wai se dio a la tarea de filmar en los años noventa Ashes of Time (1994), una de las cintas de artes marciales de mayor altura estética y con un reparto multiestelar de actores chinos. Ya desde antes el realizador ha sido conocido y premiado en el mundo occidental por diversos filmes. Pensemos por ejemplo en la ya citada Deseando amar.
Este año que termina Wong Kar-Wai se enfrenta a su mayor reto: volver a las artes marciales y con un presupuesto de proporciones titánicas convirtiendo la obra fílmica en una de las más caras en la historia de su país. Basada en la vida de Ip Man (Tony Leung) —el hombre que fuera el maestro de Bruce Lee— la más reciente cinta del realizador hace un recorrido de años a lo largo de la vida del personaje histórico. El enfoque, sin embargo, se tornará hacia el artificio como es costumbre en la filmografía del cineasta. El planteamiento será lugar común en el género. Primero se da la contienda de las diferentes escuelas de artes marciales. Un maestro ya en el atardecer de la vida pretende reunirlos a todos, confrontarlos y elegir a alguien que continúe con sus enseñanzas. No obstante, antes de que una persona pueda erigirse como el sucesor del gran maestro, vendrá la invasión japonesa. Con ella, las muertes de las personas a quienes más ama Ip Man. No sólo eso. Un aprendiz despechado matará al maestro y la hija del viejo jurará venganza a pesar de las enseñanzas del padre. Así, en otro de los roles principales, se halla la estrella china Ziyi Zhang como Gong Er, una joven cuyo amor a su padre la obliga a dedicar su vida a la venganza.
Mientras en Ashes of Time abundaban el desierto, el sudor y el desaliño de los combatientes, en El gran maestro las peleas presentan un contraste atractivo: por un lado la dureza de los golpes a corta distancia y por el otro, la elegancia y el terciopelo del vestuario. Si ya antes sus colegas y compatriotas han trasladado las peleas de artes marciales a diferentes épocas y ambientes, Wong Kar-Wai les otorga a los espectadores un encuentro de kung-fu con abrigos de piel y bajo la nieve mientras un tren recorre una estación. Aclamada ya en su país de origen, es posible que El gran maestro alcance la nominación al premio Óscar por mejor cinta en lengua extranjera. Al menos, como se informó en días pasados, ya la obra de Wong Kar-Wai se encuentra en la lista corta luego de ser filtrada por los mandamases académicos de Hollywood. Si gana algo o no ya se verá cuando sea la sobrevalorada premiación. Mientras tanto estas dos cintas en lengua extranjera ya pasan por México o cuentan con fecha tentativa de estreno en nuestro país. Para El gran maestro, el 10 de enero. Para La vida de Adèle, fechas diversas con la muestra de cine de la Cineteca Nacional y, hablando de su estreno comercial, el 14 de febrero.

La vida de Adèle (La vie d’Adèle, 2013). Dirigida por Abdellatif Kechiche. Producida por Brahim Chioua, Abdellatif Kechiche y Vincent Maraval. Protagonizada por Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux.

El gran maestro (Yi dai zong shi, 2013). Dirigida por Wong Kar-Wai. Producida por Jacky Pang y Wong Kar-Wai. Protagonizada por Tony Leung y Ziyi Zhang.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Dos cintas con actores veteranos

Acercarse al invierno de la vida convoca diversas reacciones. Entre ellas, sin embargo, algunas muy comunes: mirar hacia atrás y darse cuenta de los arrepentimientos, de lo que quedará sin remedio pendiente. Si algo en común tienen las dos cintas de las que hablo a continuación es —además de la vejez de sus personajes protagonistas y de ese impulso de viajar para saldar las deudas del pasado— el tema de las relaciones entre padres e hijos.


El inglés Stephen Frears ha sido desde el comienzo de su carrera un realizador de capacidad solvente. Así, solvente a secas. Difícil pensar en él como el creador de una gran y deslumbrante obra maestra. Pensemos por ejemplo en su filmografía: Mi hermosa lavandería (1985), Relaciones peligrosas (1988), la horripilante en el peor de los sentidos El secreto de Mary Reilly (1996) y más recientemente La reina (2006) o Tamara Drewe (2010). La mayoría de los créditos buenos. Uno que otro deleznable. Aunque su contribución al cine ha sido lo bastante trascendente para llamar la atención de la crítica y del público. De nueva cuenta una película suya se menciona ahora con frecuencia al hablar de las inminentes premiaciones de Hollywood. La mención se hace sobre todo con respecto a la actriz Judi Dench.
La historia de Philomena (2013) se deriva de la de En el nombre de Dios o The Magdalene Sisters (2002), aquella cinta de Peter Mullan que provocara lo que ahora veríamos como un escándalo menor (luego de tantos de proporciones mayores) dentro de la iglesia católica. Philomena Lee (Judi Dench) fue en su juventud una de esas jóvenes explotadas por monjas irlandesas ante la supuesta ignominia de tener un hijo ilegítimo. El niño le fue arrebatado para darlo en adopción a un matrimonio norteamericano. Ahora, cinco décadas después, la mujer ha decidido romper el silencio y confesarle la verdad a su hija Jane. Por otro lado, está el periodista político caído en desgracia de nombre Martin Sixsmith (Steve Coogan). Una vez que Jane conoce por casualidad a Sixsmith le ofrece la increíble historia de su madre. Él, a pesar del desempleo, se halla renuente a escribir sobre un personaje de “interés humano”. Cínico, a veces grosero y de un humor mordaz, Martin no desea compartir su tiempo con una sencilla mujer irlandesa que, a pesar de los abusos sufridos, conserva tanto su fe como el respeto al clero. Además pasar de la política en Washington o Moscú a un relato lacrimógeno le parece la peor de las degradaciones. El desempleo lo persuade.
En la búsqueda de información sobre su hijo, Philomena estará acompañada por Martin en un periplo que llevará a esta pareja dispareja al otro lado del Atlántico. De ida. Y luego de regreso al inicio de la historia. Basado en un recuento verídico, Frears hace las modificaciones necesarias para crear un diálogo más cercano entre los dos personajes principales. En el plano de la realidad, Martin Sixsmith nunca acompañó a Philomena Lee en su viaje por Estados Unidos. A causa de esta desviación del camino de la estricta verdad la película ha sido criticada. Suena superficial la objeción cuando en nada esencial afecta y, más bien, ayuda a compensar la pesadez de la tragedia de Philomena.
Difícil tarea enfrentarse en duelo actoral con un titán como Judi Dench. Pero Steve Coogan (más conocido como comediante en Gran Bretaña) sale avante y embona en la trama a la perfección para equilibrarla y no tornarla en una telenovela barata. Esa malicia y rencor contra la iglesia del maleado periodista encuentra su contraparte en la figura compasiva de la anciana. La relación, sin embargo, no se encuentra exenta de roces como en el momento culminante del segundo regreso al convento en el cual Philomena reclama para sí su historia ante la agresividad de Sixsmith contra una monja ya muy mayor. Si alguien debe estar ofendido contra la institución católica es ella, la madre a la que le quitaron a su hijo. Y sin embargo, a diferencia del periodista, Philomena conserva la calma. No muy diferente a una madre reprendiendo un desplante de un niño maleducado. Tal vez el hijo perdido (no carnal, aunque sí espiritual) de Philomena Lee haya estado más bien al lado de ella durante el viaje.


No muy lejana en sus personajes y en su temática se encuentra Nebraska (2013) del estadounidense Alexander Payne. La carrera de Payne no tendrá tantos créditos como la de Frears. Aun así ha logrado también cosechar reconocimiento en la tierra de los ensueños. Desde el ácido retrato de la vida preparatoriana en Election (1999) pasando por Las confesiones del Sr. Schmidt (2002) y su gran éxito independiente Entre copas (2004) hasta Los descendientes (2011), en no pocas ocasiones se ha mencionado su trabajo con respecto a las premiaciones hollywoodenses. Un fenómeno similar se está dando ahora con Nebraska y esto a pesar de que la película no incluye grandes estrellas como gancho para hacer estallar la taquilla ni mucho menos multimillonarios recursos y, para colmo, está filmada en blanco y negro.
Ésta será también la historia de otro viaje. En algo Nebraska recuerda a Una historia sencilla (1999) de David Lynch. Aunque aquí no hay rencuentro familiar entre hermanos sino un acercamiento enriquecedor entre un padre y su hijo. Lo de enriquecedor en principio pareciera referirse a la posibilidad de ganarse un millón de dólares. Pero ya se sabe cómo engañan las apariencias. Éste es un relato mucho más intimista y melancólico. Woody Grant (Bruce Dern) está convencido por una carta publicitaria que ha ganado un millón de dólares y está obstinado en viajar hasta Montana para cobrarlo. Aunque sea a pie. Toda su familia le dice que la carta es un embauco. Nadie está dispuesto a viajar con él tantos kilómetros. Su familia incluye a Kate (June Squibb) —una esposa con una lengua más filosa que un cuchillo cebollero— a Ross (Bob Odenkirk) —un hijo conductor de noticias— y al menor, David (Will Forte) cuya novia lo acaba de abandonar y cuyo trabajo en una tienda de electrónicos lo tiene sumido en la más gringa mediocridad. Por eso, David es la única persona de la familia con disposición para llevarlo a Montana.
Se concreta así el viaje durante el cual no sólo la relación entre Woody y David dejará de enfriarse sino que también el padre regresará como héroe a su pueblo natal, lugar de paso hacia el destino final. En el pueblo su familia extendida (hermanos, cuñadas, sobrinos) y además el amigo de antaño Ed (interpretado por Stacy Keach quien fuera Mike Hammer en los ochenta) no tan de inmediato pero sí reclamarán algo del dinero que Woody supuestamente ha ganado. Debajo del humor provocado por un hombre cuyas capacidades mentales se van perdiendo y su hijo perdedor a los cuales se agregará la imprudente-en-sus-comentarios madre, corre un río oscuro donde se mezclan la melancolía, el desamor, los malos entendidos, la pobreza y las frustraciones. De esta forma, David entiende que mostrarse condescendiente con la obstinación de su padre le dará al viejo una de sus últimas satisfacciones en la vida: la de ser tratado como un héroe en su pueblo natal, regresar al origen siendo por fin “alguien” ante la familia extendida y los ancianos compadres del bar que frecuentaba en su juventud.
Luego de una larga carrera cinematográfica repleta de roles secundarios Bruce Dern recibe de la mano de Payne uno de esos personajes para los que se espera toda una vida. El mismo actor lo confiesa en una entrevista. Tanto así que recibe en mayo pasado el premio a mejor actor en el festival de Cannes. Sorprende además otra especialista en papeles secundarios, June Squibb, como la abusadora verbal del envejecido alcohólico cuyos comentarios hirientes hacia todos provocan la mayor parte de las risas. Y también Will Forte, más conocido como ex integrante del reparto del programa de comedia Saturday Night Live. El regreso de Woody se replica en el artífice de la obra. La vuelta es también para el director quien rueda en su estado natal, el mismo que le da su título a la cinta.
Y finalmente algo que también tendrán en común Philomena y Nebraska serán los nominaciones a premios por actuación de los dos actores principales. Bien es sabido cómo reditúa hacerles justicia a actores veteranos a los cuales se les debe mucho haciéndolos aparecer en las nominaciones al premio Óscar. A pesar de y no gracias a eso, dos cintas muy recomendables.

Philomena (2013). Dirigida por Stephen Frears. Producida por Steve Coogan, Tracey Seaward y Gabrielle Tana. Protagonizada por Judi Dench y Steve Coogan.

Nebraska (2013). Dirigida por Alexander Payne. Producida por Albert Berger y Ron Yerxa. Protagonizada por Bruce Dern, Will Forte y June Squibb.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Dos cineastas quebequenses en Hollywood

Un fenómeno muy extraño de nacionalismo se da cuando un realizador no nacido en Estados Unidos (o en cualquier otro país anglosajón) comienza a hacer cine en Hollywood. Más cuando atrae la atención de la crítica y, mejor aún, de los premios más cacareados por esta industria. Fenómeno nada nuevo en México con los casos de Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón allá a principios de 2007. Aquí en Quebec y en especial este año ocurre algo similar con los cineastas Denis Villeneuve y Jean-Marc Vallée. Tanto así que algunos opinadores fílmicos se han sumado al coro y ya auguran sendas nominaciones al Óscar por la labor detrás de la cámara.


Denis Villeneuve alcanzó los favores de Hollywood tal vez más rápido que su colega. Luego de Polytechnique —una película demasiado cercana en temática a Elefante de Gus Van Sant como para llamar la atención fuera de Quebec— aparece Incendios (o La mujer que cantaba), cinta que le vale una nominación al Óscar de mejor largometraje en lengua extranjera en 2011. Y así Villeneuve accede a presupuestos mayores y a repartos que incluyen estrellas ya puestas en el pedestal de Hollywood. Para muestra un botón: Prisoners (o, como se le ha titulado torpemente en México, Intriga). En este crédito Keller Dover (Hugh Jackman) es el típico gringo religioso y paranoico que comanda una familia y dice estar preparado para todo (léase, ataques terroristas o catástrofes de la naturaleza). Sin embargo, su hija y la de la una pareja vecina desaparecen durante la celebración del día de Acción de Gracias. A pesar de las promesas del detective Loki (Jake Gyllenhaal), Dover recurrirá a métodos muy poco ortodoxos e incluso fuera de la ley para hallar al culpable del secuestro de su hija.
Villeneuve —a través de la excelente fotografía de Roger Deakins— plantea un thriller sobrecogedor y atractivo. Hasta el cansancio se han halagado las actuaciones de los dos protagonistas así como del reparto que los acompaña: Viola Davis, Maria Bello, Paul Dano, Melissa Leo y Terrence Howard. Sin embargo, tomando como ejemplo a Gyllenhaal, dudo que el esfuerzo histriónico se resuma en parpadear hasta el absurdo para mostrarnos a los espectadores la intensidad de la auto-tortura psicológica que vive su personaje. Pero la relación director-actor semeja haberse convertido en luna de miel pues Villeneuve aprovecha la presencia de Gyllenhaal para un siguiente proyecto inmediato, aunque de menor presupuesto y metraje: Enemy (2013). Siendo el planteamiento de Prisoners tan excelente —tanto como para mantener la tensión a lo largo de una cinta que sobrepasa las dos horas habituales— el desenlace inverosímil, convencional y sacado quizás de la peor novela de detectives decepciona en la misma proporción. A pesar de esto, Villeneuve parece fiel a uno de sus temas preferidos: el de hallar la sinrazón de la violencia desbocada en los lugares o en las personas menos plausibles. Ya sea en una universidad de Quebec, en la lectura de un testamento o, tratándose de Prisoners, en un padre de familia desquiciado y dispuesto a todo. Mención aparte merece el pésimo título dado en México que antes de entrar al cine nos adelanta que hay una intriga en la historia. Tan estúpido como el de aquel remake de una película israelí con Helen Mirren donde se les anunciaba a los espectadores que había una mentira por descubrir. Lo peor que se puede hacer con un thriller es vender trama.


Por otro lado, la carrera hollywoodense de Vallée tarda un poco en despegar. Luego de una serie de créditos que tal vez él mismo quisiera borrar de su currículum, el gran éxito de Vallée filmado en Montreal fue C.R.A.Z.Y. (2005) y, gracias a su trascendencia fuera de las fronteras de Canadá, a esta película siguió un título ya en inglés y bajo la producción de Martin Scorsese: La reina joven (2009). Vallée no se olvida de su tierra natal y regresa con Café de Flore (2011) teniendo resultados bastante decepcionantes. Ahora con Dallas Buyers Club (2013) tal vez Vallée se convierta en el artífice para que ocurra algo que hace años habría sido una mala broma: que el actor Matthew McConaughey obtenga su primera nominación al premio Óscar. También fiel a sus temas y tal como lo hiciera en C.R.A.Z.Y. Vallée se centra en una historia donde la empatía y la tolerancia resultan muy importantes. En el contexto de la mitad de los años ochenta y en Dallas un electricista y aficionado al rodeo muy macho llamado Ron Woodroof descubre que tiene SIDA. En el contexto histórico y a pesar de su heterosexualidad empieza a resentir los acosos de la homofobia y, peor aún, la falta de medicamentos para paliar la enfermedad. Los doctores —entre ellos una compasiva Eve Saks (Jennifer Garner)— le pronostican un mes de vida. Dentro del hospital Ron conoce a Rayon (Jared Leto), un transexual con el que más tarde se asociará para distribuir medicamentos no aprobados por el gobierno estadounidense para combatir los síntomas de la enfermedad. El mes pronosticado por los doctores se irá prolongando indefinidamente y a lo largo de ese tiempo hurtado a la caprichosa fortuna el protagonista aprenderá a deshacerse de prejuicios y, sobre todo, a darles una esperanza de vida a otros afectados por la pandemia.
El trasfondo social de Dallas Buyers Club la hace para mí una película más valiosa que Intriga, mero entretenimiento sí, aunque de buena calidad. Triste que tengan que pasar treinta años para que Hollywood denuncie la homofobia y la abulia del moralista gobierno estadounidense de la época ante el avance de la enfermedad. En Dallas Buyers Club McConaughey sigue la receta para obtener el codiciado premio de Hollywood: bajar de peso hasta quedar en los huesos, vivir en la piel de su personaje (o el pellejo, en este caso) una serie de acontecimientos que conmueven hasta la médula y, quizás el ingrediente más importante, convertirse en un antihéroe cuya redención transforma aunque sea un poquito su injusta sociedad. Para obtener la meta deseada, por supuesto, se debe preparar el camino y el actor texano ya lo ha hecho con créditos como Killer Joe, The Paperboy y Mud. Y es cierto: McConaughey sorprende una vez más con una actuación contundente que en momentos hace olvidar casi por completo su vergonzoso pasado como protagonista de vacuas comedias románticas. Aunque el trabajo histriónico de Jared Leto por poco termina opacando al del protagonista. Para alivio de McConaughey el papel de Rayon no es más que uno secundario.
Aunque dentro de Quebec los medios y los agoreros del Óscar estén confiados en al menos una nominación para alguno de estos dos directores quebequenses es indudable que lo más destacado de sus películas son las actuaciones. A pesar del orgullo cultural de una francófona nación de facto lo más probable es que Cuarón con su Gravedad desplace entre los directores a cualquier otro nombre extranjero. Y lo anterior no es nacionalismo. Sino sólo un intento patético de entrar al club de los agoreros.

Intriga (Prisoners, 2013). Dirigida por Denis Villeneuve. Producida por Kira Davis et al. Protagonizada por Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal.

Dallas Buyers Club (2013). Dirigida por Jean-Marc Vallée. Producida por Robbie Brenner. Protagonizada por Matthew McConaughey, Jennifer Garner y Jared Leto.