miércoles, 31 de diciembre de 2014

De expectativas y desprecios o de mamis amorosas y chicos malos

La pasarela para satisfacer las aspiraciones en el universo del cine de naciones no-angloparlantes se da de forma idéntica cada año. La meta, por supuesto, se encuentra en Hollywood. Y ahí, en la tierra de los ensueños, el objetivo consiste en conseguir a toda costa ese monigote dorado de cuyo nombre no quiero acordarme. El primer paso se emprende cuando llega el anuncio dentro de cada país del título de la cinta elegida como representante. Después será escudriñada por los nebulosos personajes que conforman la supuesta academia del no-mentado premio. Así se irá escribiendo una lista con cientos de suspirantes. Hacia finales del año se da a conocer una mucho más reducida. De sólo diez o nueve títulos. Para que luego —cuando por fin se proclamen durante cierta mañana las muy-esperadas-por-los-idiotas nominaciones— el número se reduzca a cinco. Ese día en las naciones de origen y en específico en sus medios de comunicación masiva se cacareará el logro como si se tratase de medalla en justa olímpica. El orgullo nacional se henchirá orondo ante el reconocimiento de Hollywood en arte cinematográfico.
No niego que en las líneas precedentes hablan mis prejuicios con respecto al cine comercial estadounidense. Al fin y al cabo en los últimos años me han parecido increíbles por atinadas las elecciones en la categoría de los largometrajes en lengua extranjera. Pongo como ejemplos Una separación, Amour y La gran belleza. Una vez más defiendo la subjetividad de esta entrada al blog y retomo el hilo. Por desgracia este año (o más bien el próximo que comienza) ni México ni Canadá podrán aspirar a que sus películas representantes ganen el premio de la susodicha categoría. Una vez más recordemos que, para Hollywood, “cinta extranjera” se trata de cualquier otra que no esté hablada en inglés. No dedicaré ni un párrafo a la mexicana Cantinflas (2014) de Sebastián del Amo. Diré sólo que una biopic que termina siendo más bien una comedia con tintes de farsa y repleta tanto de humor involuntario como de pésimas elecciones para el reparto no merece desperdicio de tinta. Más bien analizaré un poco el fenómeno de Mommy (2014) de Xavier Dolan, la película elegida por Canadá para ser su representante en esta deleznable —por injusta y excluyente— pasarela fílmica.
La carrera del hoy alabado largometraje da inicio en Francia, durante el festival de Cannes. Un lugar donde el joven realizador y actor quebequense ya es consentido. Recordemos que con apenas 25 años Dolan cuenta con cinco créditos: su ópera prima J’ai tué ma mère, Los amores imaginarios, Laurence Anyways, Tom en la granja y el presentado en Cannes, Mommy. Al final comparte el premio del jurado con Jean-Luc Godard. Acto del grupo comandado por Jane Campion para reconocer en decisión salomónica al director más joven y al más veterano. Algunos meses después la película se estrena en la provincia de Quebec y en Francia convirtiéndose sin duda en la más taquillera en la filmografía del realizador. Pronto se anuncia que Mommy va a representar a Canadá en la competencia de belleza fílmica en Hollywood. El sentimiento nacionalista —en este caso, mucho más el quebequense que el canadiense— se infla. Varios comentadores de la cultura en Quebec dan como un hecho la nominación. No sólo en una categoría. Auguran incluso la mención como mejor actriz principal para Anne Dorval. Esta apuesta se torna más bien deseo lejano cuando aquélla se da por ganada. Después de todo en años anteriores cintas producidas dentro de la provincia francófona de Canadá obtuvieron el grandísimo honor tres años seguidos: La mujer que cantaba, Señor Lazhar y Rebelle. Ninguna ganó, dicho sea de paso. Pero, eso sí, estuvieron nominadas. Por su parte Xavier Dolan declara sonriente que le encantaría ir a la ceremonia. A pesar de que el suyo es etiquetado como “cine de autor” no niega que se ha criado desde pequeño en el comercial. Ya empieza a codearse —en Twitter, claro— con estrellas de la talla de Jessica Chastain, quien manifiesta a través de la red social su deseo de trabajar en el futuro con el prometedor cineasta. Pero hace apenas unos días todas las esperanzas se derrumban cuando se anuncia en Quebec no tanto qué cintas sí están incluidas en la famosa lista corta del monigote dorado sino que Mommy ha sido despreciada. Naturalmente todo lo anterior va creando en mí una expectativa grande: el constante halago de los medios quebequenses, el suceso en Cannes seguido de un discurso muy conmovedor, las opiniones de críticos especializados cuando la cinta por fin se estrena en Montreal y la indiferencia de una premiación hollywoodense convencional.
Xavier Dolan arranca con una premisa ubicada en un porvenir posible. Ahí los padres con adolescentes violentos a causa de alguna enfermedad mental —una de ésas de incesantes siglas que quién sabe qué quieran decir— podrán en un caso de urgencia pasarle la patria potestad al estado y mandar a los retoños a una institución psiquiátrica. Aun con esta premisa Mommy pretende deambular dentro de los linderos del realismo. Tal vez con poco éxito. La “mami” a la que el título alude se llama Diane “Die” Després (Anne Dorval). Ella es una viuda de mediana edad que se viste de forma muy llamativa, masca chicle sin pudor, nunca se queda callada y carga consigo un montón de llaves. Tan pronto inicia la cinta los espectadores se enteran de que Die tiene un hijo problema de dieciséis años: Steve (Antoine-Olivier Pilon). El muchacho acaba de ser expulsado de una especie de reformatorio luego de un acto de violencia. La madre, a pesar de no contar con suficientes recursos, se ve obligada a compartir la vida con Steve. Todos dan su lucha por perdida. Pero Die está dispuesta a demostrarles a esos incrédulos que puede sacar adelante a su hijo y hacer de él un hombre de bien.
La relación es de un amor desbocado, uno que pareciera no tener límites. Sin embargo, cuidar de un adolescente hiperactivo y con déficit de atención se torna un trabajo de tiempo completo porque no en pocas ocasiones explota y recurre a los golpes y a los escupitajos. Die no puede permanecer junto a él todo el tiempo. Para darle la vida que merece —su ropa, sus audífonos y su iPhone— tiene que trabajar: limpiando casas o haciendo traducciones de libros para niños (aunque en algún momento se mencione que la mujer no cuenta ni con educación básica). Una vecina y antigua maestra en año sabático cerrará el triángulo. Entre Kyla (Suzanne Clément) y Die la solidaridad entre mujeres se manifiesta. Esta introvertida maestra tartamuda acudirá cada día al departamento de su vecina para ayudar a Steve con sus estudios. Expuesta a los exabruptos no poco frecuentes del joven Kyla se dará cuenta de que no será una misión nada fácil.
Ante lo grande de mis expectativas sólo puedo decir que Mommy me decepcionó bastante. Aprecio el sello que Dolan le da a su obra: la banda sonora impecable, la tendencia hacia un favorecimiento de la estética y el intento por representar a una clase social baja sin tremendismos. Pero debo admitir que muchos otros aspectos me molestan. A diferencia de El gran hotel Budapest, el tamaño de la pantalla semeja un capricho desplegado sólo para llamar la atención. Dolan explica que no quería distracciones fuera de los rostros de los personajes y una pantalla cuadrada beneficiaba esto. Igual con este argumento se siente como un truco injustificado. En unas cuantas escenas se abre paulatinamente la pantalla a su tamaño habitual (el rectangular) y sólo en instantes de plena libertad de los protagonistas. Luego están estos héroes caricaturizados para favorecer una emoción desbordada y tal vez también tendiente a cosechar premios. Dentro del filme se producen despliegues actorales que caminan de forma azarosa sobre la frontera entre lo sublime y lo absurdo. Para colmo, poca empatía logra suscitar el imberbe Antoine-Olivier Pilon. El joven no es tan encantador como para perdonarle todos los desmanes causados. Quien interpreta a Steve tendría que haber poseído un carisma que colmase la pantalla. No es el caso aquí. Las caras y gestos de Pilon son propios de un comediante de quinta. Hasta cae como patada al hígado cuando está siendo amoroso con la madre.
El realismo poco a poco se ve alterado por estos temperamentos sin bridas tan presentes en los dos personajes principales. Y en lo que en México podríamos llamar su “naquez”. El mismo Dolan admite en entrevistas que éste no es el entorno social dentro del cual creció siendo su madre funcionaria y su padre actor. Gana muchos puntos por no haber caído en el desgarro ni haberse regodeado con la miseria —¿se puede de veras hablar de miseria en Quebec?— de esta familia de dos. A base de decisiones que realzan el esteticismo de la cinta cae en la exageración. Hasta bordear lo risible. Basta mirar lo recargado en la representación física de Die para cerciorarse: la minifalda ceñida, los colores contrastantes, el llavero choncho, los rayitos en el pelo, el chicle, los tacones. Un poco más y sería Nacaranda. Cuento de nunca acabar si me detengo a enumerar cada detalle. El acabose de este reflejo de lo naco quebequense es la incursión de una canción melosa de Céline Dion (On ne change pas) con la cual los tres personajes principales hacen playback, cantan y Kyla sale un poco avante de su inexplicable tartamudeo. De nuevo una decisión estética que engolosina la mirada y que se ve hermosa en pantalla. Aunque dinamita la verosimilitud del relato. La caricatura de nuevo le resta credibilidad a la historia cuando Dolan decide representar la institución mental a la que va a dar el adolescente —final ya proyectado al comienzo desde la mención de la ley ficticia. En este desenlace se le da otra vez rienda suelta (o tal vez no tanto si fuera explícita la presencia de un sueño) a la imaginación: una llamada durante la cual Die escucha la voz de su hijo mientras del otro lado de la línea un loquero le sostiene al muchacho el auricular ya que él no puede hacerlo por lucir una muy típica camisa de fuerza. Por último tenemos a Kyla. El personaje de la maestra tartamuda es el que más artificial y desdibujado se nos muestra. Como sacado de la manga, sin profundidad alguna y sólo como asistente para los otros dos. Jamás se le da una pista al espectador tan siquiera de por qué es infeliz con su familia, de dónde viene su tartamudez tratándose de alguien que vive de su voz o cuáles son sus motivos fuera de la vecindad para codearse con gente como Die o Steve.
De agradecerse la buena intención del cineasta de intentar desplegar sobre la pantalla personajes femeninos complejos y fuertes en un estilo que algunos podrían comparar con el de Pedro Almodóvar. Pero Mommy demuestra —a pesar de sus premios y de los dólares canadienses o euros en taquilla— que a Xavier Dolan todavía le falta afinar detalles en el campo de la narrativa. Otros aspectos de la labor fílmica se hallan bien desarrollados. Aunque por subrayar con tanto énfasis la pirotecnia de las interpretaciones —sobre todo, las femeninas— el cineasta rompe la ilusión de verosimilitud y hace obvias las costuras del artificio. Demasiado obvias. Había mayor madurez, contención y sutileza en su crédito anterior, Tom en el granero. Lástima. Porque Mommy pudo haberse convertido en una obra maestra. Me pregunto un poco asustado si será posible que los “académicos” de Hollywood hayan acertado al sacarla del certamen. Coincidir con sus criterios me daría mucho miedo. La cinta se presentó en México durante un festival en Los Cabos e hizo su debut en cines a finales de 2014 dentro de la programación de la 57 muestra. Según el sitio de Cinépolis, tiene previsto su estreno comercial para el 8 de enero.

Mommy (2014) Dirigida por Xavier Dolan. Producida por Xavier Dolan y Nancy Grant. Protagonizada por Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon y Suzanne Clément.

martes, 30 de diciembre de 2014

jueves, 25 de diciembre de 2014

Dos historias de crecimiento

Comienza esa odiosa época del año —no importa cuál, 2014 o 2015, da lo mismo— repleta de ceremonias cuya verdadera intención es vender como profundo e interesante todo el cine en inglés posible. Y en específico el ungido por Hollywood. Ante mi hastío cada vez más grande con la escritura sobre cine, ante lo fácil que es predecir un fenómeno mercadotécnico de premiaciones donde aunque los nombres cambien cada año los métodos seguirán siendo siempre los mismos, ante la imposibilidad por la falta de tiempo de sentarme y reflexionar con palabras lo que acabo de ver sobre una pantalla cinematográfica, ante la inquietud de que al hacerlo en realidad pierdo tanto tiempo como dinero; he decidido sustraerme casi por completo de esta mojiganga anual y sólo enfocarme en dos o tres películas. Las que a mí me gusten y ya. Tanta es la sumisión global de cara a un tipo de cine y a una cinematografía exclusivamente en inglés que en la actualidad ya es común que directores de origen hispano incluso borren por completo su primer apellido puesto que en los países anglosajones son leídos como sus segundos nombres. Así el apellido materno se convierte como por arte de magia en el paterno y éste en el segundo nombre. Para comprobarlo basta echarle un vistazo a la publicidad de Birdman (2014) de Alejandro González Iñárritu quien, por el efecto descrito con anterioridad, ha pasado a ser para el mundo anglosajón “Alejandro G. Iñárritu”. Eso, sin embargo, no le quita ningún mérito a su trabajo como director en la citada película. Eso, al fin y al cabo, es un asunto de mercadotecnia. Igual que las mentadas premiaciones. Entonces para qué cacarearlas tanto en los medios de comunicación. Quién sabe. No me detengo más. A despachar algunas cintas que quizás sean (o quizás no) las consentidas de ese monigote dorado cuyo nombre me resisto a pronunciar pero que todo el orbe conoce muy bien:


Hago esfuerzos mnemotécnicos y desentierro imágenes guardadas hace ya rato en un destartalado baúl de recuerdos. La primera cinta a tratar se estrenó en la ciudad donde vivo hacia el final de verano. Así que, luego de un intenso trimestre en la docencia de tiempo completo, trabajo apenas con impresiones que ya cuentan varios meses de depósito en mi cerebro. Boyhood (2014) —traducida en México simplonamente como Momentos de una vida— se ha manejado en el mundillo de la reseña fílmica como un hito en la cinematografía estadounidense. Y tiene razón la crítica. Lo es. Por esa razón estará nominada dentro del festín de premiaciones hollywoodenses en todas las categorías importantes. Durante su génesis, sin embargo, no se le puede asociar con lo comercial ni con un presupuesto mayor. Al contrario. Richard Linklater —director oriundo de Texas y artífice de películas de corte independiente como Antes del amanecer y Despertando a la vida— se dio a la laboriosa tarea de filmar a los mismos actores en diferentes etapas a lo largo de 12 años documentando así el envejecimiento de unos (los padres) y el crecimiento de otros (los hijos). El resultado bien podría calificarse de oda a esa etapa azarosa pero determinante entre la niñez y la adolescencia que le da título al largometraje. La idea surge en la mente de Linklater muy atrás. Cuando por primera vez ingresó a la escuela primaria y se dio cuenta de que pasaría los próximos años de su vida (de los 6 a los 18) en el mismo lugar y rodeado por la misma gente. Aquello para un niño, afirma Linklater, era muy similar a una condena en prisión.
Por presentar una textura de obvia verosimilitud dentro de un esfuerzo de ficción Boyhood me recuerda a Seven Up (1964) y sus secuelas, esa serie de documentales británicos dirigidos en su gran mayoría por Michael Apted. El crecimiento de las personas captadas por la cámara se da frente a los ojos atónitos del espectador, despojando la experiencia de todo artificio (maquillaje, peluca, etcétera). De repente, viendo tanto Boyhood como los documentales mencionados, se da un proceso de identificación intensa con quienes se presentan ante uno. No hay otro adjetivo para describir estas cintas. Son profundamente humanas. Boyhood, entonces, se conforma con una serie de viñetas en la vida del personaje principal, Mason (Ellar Coltrane). Cuando el plano inicial se abre para develarnos el espacio (una mirada fija en el cielo) nos muestra además a ese niño de seis años cuyos padres (Patricia Arquette, Ethan Hawke) se encuentran separados hace tiempo. Pronto Mason y su hermana mayor Samantha (interpretada por Lorelei Linklater, la hija del director) serán llevados por su madre a Houston. Olivia, la madre, quiere terminar ahí sus estudios universitarios. La mujer desea superarse para ofrecerles una vida mejor a los dos hijos pues sabe que no cuenta para nada con el todavía inmaduro padre de ellos. Para cuando termine la cinta —casi tres horas después, horas que dicho sea de paso ni siquiera se sienten— todos estos personajes habrán envejecido 12 años y esto sin necesidad de plastas de maquillaje, canas falsas o efectos generados por computadora.


El potente encanto de Boyhood no radica en contarnos una historia donde un conflicto enfrente a varios personajes sino en presentarnos la vida de los mismos a lo largo de los años y hacerlo de la forma más sincera posible, valiéndose de claves familiares con las que la mayoría de los espectadores —por haber vivido precisamente en familia— reconocerán: la separación de los padres, las mudanzas, la esperanza de renovarse en un lugar diferente, el primer día de clases en otra escuela, los primeros síntomas del enamoramiento, las pérdidas, las separaciones incluso violentas, el descubrimiento de la sexualidad o de las drogas, las fiestas de adolescentes, las primeras desilusiones amorosas, los chismes o el momento de abrazar una vocación. Así hasta culminar con la llegada de Mason a la universidad. El mayor mérito de Linklater con Boyhood es mostrar de forma muy humana algo tan simple y cotidiano como el transcurso de la vida. Con esta película también queda comprobado lo inútil que algunos presupuestos multimillonarios resultan.


Los dos largometrajes a reseñar en esta entrada del blog comparten su origen en el cine independiente de los Estados Unidos. En el segundo todavía tengo impresiones frescas por haberlo visto hace algunas semanas. De igual manera que con Boyhood, podría decirse que Whiplash (2014) contiene en su médula una historia de crecimiento. Aunque en la segunda las fuerzas opuestas a lo largo de la cinta le dan un énfasis mayor a la narrativa. No tanto a los personajes. No se trata de contemplar el florecimiento de la vida humana con sus altibajos sino de presenciar un conflicto. En específico, un duelo a muerte entre alumno y maestro que empujará al primero a madurar. Lo de “a muerte”, claro, no debe tomarse tan literalmente. Aunque sí le añade bastante tensión al desarrollo de la trama. Con toda proporción guardada (diferencia de género, época, ambiente escolar) hay algo de Los mejores años de Miss Brodie (1969) en Whiplash. Así como Sandy, ante la figura de su maestra Jean Brodie, va de la admiración profunda al odio recalcitrante el joven protagonista del segundo crédito de Damien Chazelle experimentará sentimientos similares por un profesor de jazz excesivamente cruel.
Andrew Neiman (Miles Teller) entra al primer año de un prestigiado conservatorio. Tiene 19 años y desea convertirse en el mejor baterista de jazz. Una noche mientras practica en un sitio aislado del conservatorio tiene una aparición terrible: el profesor más temido en la institución entra para escucharlo. Aunque nunca lo ha visto antes Andrew sabe que es él quien comanda la agrupación que gana todas las competencias regionales para aumentar el prestigio del conservatorio. Quien acaba de entrar para escucharlo se llama Terence Fletcher (J. K. Simmons). Tan pronto Andrew se convierte en el miembro más joven de la banda de Fletcher, el maestro intenta ganarse su confianza y sacarle información personal (padre fracasado, madre que ha abandonado el hogar) para luego humillarlo frente al resto de sus compañeros. Parecería que la única intención del maestro consiste en quebrantar la voluntad de sus alumnos hasta hacerlos alejarse de la música. Fletcher vociferará toda suerte de insultos y lanzará el objeto más contundente que tenga a la mano con tal de obligarlos a alcanzar la perfección. Andrew, sin embargo, reacciona a los abusos matutinos practicando más y más horas por la noche. Incluso hasta que los dedos le sangran —por su exageración, se entiende, una licencia poética del cineasta a cargo del filme. Además, el ganarse un lugar en la banda de jazz de Fletcher lo hace superar su timidez y acercarse a Nicole (Melissa Benoist), la chica que atiende la confitería del cine al que Andrew acude frecuentemente con su padre (interpretado por Paul Reiser). Pero también la influencia del maestro lo catapulta a un estrato donde albergará ambiciones desmedidas. Pronto comenzará a humillar a quienes tiene a su alrededor. Esto conforme el baterista en ciernes vaya creyendo que como músico de jazz el destino le tiene deparada la gloria. Un fracaso de proporciones mayúsculas se le augura a Andrew. Lo anterior ocurre en el peor momento posible: cuando tenga que presentarse a una competencia y no llegue a tiempo para integrarse a la banda. Tras el derrumbe, el abandono de su pasión y un encuentro casual en un club de jazz algún tiempo después, Fletcher le confiesa sus motivos. Al unísono Chazelle les plantea a los espectadores el dilema moral de la cinta: qué tiene que dejar en el camino un artista para alcanzar el éxito y qué están dispuestos a hacer quienes son capaces de moldear el talento de los jóvenes para lograr ese objetivo.  En el caso de Fletcher, como profesor, el fin justifica los medios. Si es necesario insultar, gritar, zaherir o incluso lanzarles instrumentos musicales a la cabeza a los alumnos para sacar de ellos lo mejor, lo hará sin remordimientos.


Whiplash —en México distribuida con un innecesario subtítulo— destaca por sus buenas dosis de tensión. El juego de estira y afloja entre Andrew y Fletcher se vuelve muy entretenido y, sobre todo, poco previsible. Sin duda, sobresalen por encima de todos los demás elementos estas actuaciones principales. Pero nada hay que escatimarle a la dirección por parte otro joven talento: el de Damien Chazelle, antiguo músico de jazz de cuya experiencia vital se construirá la base del relato. Éste es segundo crédito de un realizador que ni siquiera llega a los 30 años. Tal vez por su juventud e inexperiencia Chazelle no habrá hallado en principio el modo de trasladar su guión al cine. Decide entonces filmar un corto para lograr levantar el proyecto del largometraje. Después de ganar un premio en el festival de Sundance, Chazelle filma el largo (homónimo del corto) que al cabo será presentado en otra edición del mismo festival y le otorgará tanto el premio del jurado como el de la audiencia. Lo anterior le permite además presentarse en el festival de Toronto y captar ahí la atención de quienes detentan el poder de las premiaciones en Hollywood. Seguramente quien mayores menciones se lleve durante la temporada de fatuas ceremonias será J. K. Simmons por su extraordinaria participación actoral como el inolvidable y despiadado profesor Terence Fletcher. Las dos películas tienen como fecha de estreno para México el 1 de enero.

Momentos de una vida (Boyhood, 2014). Dirigida por Richard Linklater. Producida por Richard Linklater et al. Protagonizada por Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke y Lorelei Linklater.

Whiplash: Música y obsesión (2014). Dirigida por Damien Chazelle. Producida por Jason Blum et al. Protagonizada por Miles Teller, J. K. Simmons, Paul Reiser y Melissa Benoist.
El avance: http://www.youtube.com/watch?v=adpwnFFxXOo

Nota del 29 de diciembre: Según Cinemex Whiplash se estrena el 1 de enero. Pero de acuerdo con el sitio de Cinépolis la fecha de estreno es el 22.

jueves, 18 de diciembre de 2014

sábado, 22 de noviembre de 2014

Revisitando una Odisea moderna


Aquí dejo el enlace a mi más reciente colaboración con la revista Siglo Nuevo: un texto para celebrar los treinta años de la película París, Texas (1984) del alemán Wim Wenders. Como nota al pie, hoy se cumplen cinco años de que iniciara esta bitácora electrónica. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1055308.revisitando-una-odisea-moderna-paris-texas.html

jueves, 6 de noviembre de 2014

La gran belleza


Si Hollywood puede producir un refrito tras otro, ¿por qué yo no? Hace unos días en la revista Siglo Nuevo se publicó un texto que ya había aparecido aquí, en mi bitácora. Por falta de tiempo (como podrá apreciarse a través del muy bajo ritmo de entradas de agosto a la fecha) decidí enviarles un artículo de hace meses. La película en cuestión lo amerita y mucho: La gran belleza (2013) de Paolo Sorrentino. Va el enlace a la reseña duplicada:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1051593.la-gran-belleza.html

jueves, 2 de octubre de 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

Chan-wook Park: Ángeles por exterminadores


En mi más reciente colaboración (la número 14) con la revista Siglo Nuevo escribo sobre el cineasta de Corea del Sur Chan-wook Park. Dejo a continuación el enlace al artículo:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1039315.chan-wook-park.html

martes, 26 de agosto de 2014

Los Coppola: tres generaciones detrás de la cámara


En mi más reciente colaboración (la número 13) con la revista Siglo Nuevo escribo sobre tres cineastas estadounidenses que forman parte de una misma familia: Francis Ford, Sofia y Gia Coppola. Dejo a continuación el enlace al artículo:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1028103.los-coppola.html

viernes, 1 de agosto de 2014

La decadencia del imperio “arcandiano”

Además de Claude Jutra, Denys Arcand durante muchos años les abrió el camino más allá de sus fronteras a los directores quebequenses. Bien conocidos son sus logros en el mundo de la cinematografía mundial con créditos como La decadencia del imperio americano (1986), Jesús de Montreal (1989) y Las invasiones bárbaras (2003). Hace más o menos quince años me entusiasmé mucho cuando me familiaricé con el cine de Arcand. De Amor y restos humanos (1993) —una película descubierta en un maratónico festival de cine— pasé a las otras cintas, las más importantes. Ésas que cité anteriormente. En mi libro Vislumbre de cineastas le dediqué un capítulo entero a la filmografía “arcandiana”. En parte su cine tuvo una pequeña dosis de culpa al decidir irme a vivir a Montreal. Ahora, por desgracia, pareciera que el brillo de Arcand está de capa caída.
Todo lo contrario si miro hacia los logros recientes de muchos de sus compatriotas más jóvenes: Jean-Marc Vallée, Denis Villeneuve, Philippe Falardeau y Xavier Dolan. Desde que por Las invasiones bárbaras Denys Arcand ganara el premio Óscar a mejor cinta en lengua extranjera, tres largometrajes salidos en Quebec estuvieron nominados a la misma terna en años consecutivos: La mujer que cantaba, Señor Lazhar y Rebelle. Luego de un silencio de siete años tras la muy olvidable L’age des ténebres (2007) y después de la notabilidad de otros cineastas de su provincia, Denys Arcand se despereza y da a conocer en su tierra natal Le règne de la beauté (2014). Con ella se confirma que el realizador quebequense se encuentra de verdad en decadencia.
Al inicio de El reino de la belleza un arquitecto originario de Quebec recibe un premio en París. Uno se preguntaría si hay un dejo de colonialismo en esto. Tal vez sería interpretar de más el asunto. Durante la recepción al arquitecto se le acerca una antigua conocida y dicho encuentro se vuelve pretexto para la retrospectiva. Décadas antes Luc (Éric Bruneau) vive plácidamente en la región de Charlevoix al lado de su mujer Stéphanie (Mélanie Thierry) y rodeado de amigos que, en el puro estilo de Arcand, forman parte de una élite intelectualoide aunque provinciana. Stéphanie es una profesora de educación física cuya sensibilidad destila por sus poros. Algo le molesta a pesar de su situación idílica: un hombre que la ama, paisajes esplendorosos, una casa de diseño moderno, amistades aparentemente sinceras y una vida despreocupada de cenas y actividades al aire libre. Aquí se da el primer engolosinamiento de Arcand deteniéndose en esa belleza del título representada por montañas, lagos y bosques de la región. Sin embargo, no todo estará bien en este ensayo de paraíso. Luc hará un viaje de trabajo a Toronto para participar como jurado en un concurso de arquitectura y ahí conocerá a Lindsay (Melanie Merkosky). Ella lo obligará a dudar de su estabilidad con Stéphanie a través de únicamente dos noches apasionadas. O, al menos, pasión es lo que intenta desplegar el cineasta sobre la pantalla. Quizás sin lograrlo. El recuerdo de Lindsay conmocionará a Luc mucho más que haber visto a Stéphanie besar a la novia de Isabelle (Marie-Josée Croze), la doctora lesbiana amiga de la pareja. Claro, porque al fin y al cabo son jóvenes quebequenses acá bien progresistas.
Como puede verse con la trama, Arcand se aleja por completo de sus temas acostumbrados. Muchos de ellos apuntaban a una crítica social ácida aunque no exenta de humor. En el presente crédito no habrá los embates contra una intelectualidad soberbia o una iglesia estancada en el pasado o una sociedad de consumo. Aunque sí un poquito contra el sistema de salud de Quebec. Todos aquellos izquierdosos de su generación se verán entonces decepcionados ante una historia de amor hasta cierto punto banal. O, más bien, increíblemente banal. El mayor error del cineasta quebequense no resulta alejarse de lo familiar sino hacerlo de una forma anodina y poco conmovedora. Quizás tan pobre resultado se deba al reparto de actores. En suma difícil se vuelve sentir empatía hacia el personaje interpretado por Bruneau, un histrión cuya solvencia es más que cuestionable. Tampoco Merkosky se erige como parangón del deseo femenino que seduce al exitoso arquitecto. Incluso los encuentros supuestamente pasionales entre ambos tienden al acartonamiento y a la artificialidad. Cómo no reírse ante dos cuerpos desnudos y entrelazados que tienen como escenario de postal una visión perfecta y nocturna del centro de Toronto. Tan bonita que hasta la imprimieron en el cartel publicitario. Si hay ironía en el preciosismo no encontró Arcand la manera de transmitirla. Por otro lado, concederle un papel insignificante fuera de su lesbianismo a Croze —una actriz que el mismo director ayudó a internacionalizar gracias a su participación en Las invasiones bárbaras— es un traspié todavía mayor. Sin duda, la también actriz de La escafandra y la mariposa se halla en este largometraje de Arcand por completo desperdiciada. Quien con su talento logra salvar algunas secuencias es Mélanie Thierry. La susceptibilidad de su personaje resulta creíble aun cuando los besos con la novia de la doctora se sientan sacados de la manga. Tal vez lo anterior se explique con la experiencia de varios filmes realizados en Europa. En el caso de Thierry, no estaremos tratando con una novata ni con alguien que acostumbre hacer series de televisión de muy baja calidad. Al verla deprimida, uno le cree. Si todo lo anterior no fuera suficiente, la abundancia de escenas donde Luc y Stéphanie practican deportes raya en el humor involuntario: caza, pesca, hockey, tenis, etcétera. Si no se trataba de humor involuntario sino más bien de un comentario sarcástico por parte del director respecto al estilo de vida de la pareja tampoco queda claro. Aliado de la parsimonia, Arcand nos va conduciendo hacia un desenlace anticlimático donde parece que va a suceder algo (un accidente automovilístico, un intento de suicidio, una ruptura) y al final no pasa nada. Con una historia vacía y que suscita muy poco interés, el espectador se enfrentará a un muy bello comercial turístico para la región de Charlevoix en Quebec. Y si se queda a que pasen los créditos, hasta con un catálogo de casas de diseño moderno y ecológico. Ahora en pleno declive y ya superado por la competencia de su propia provincia, Denys Arcand muestra que tal vez fuera de los mensajes de compromiso social tenga muy poco que decir. Una verdadera lástima.

El reino de la belleza (Le règne de la beauté, 2014) Dirigida por Denys Arcand. Producida por Denise Robert y Daniel Louis. Protagonizada por Éric Bruneau, Mélanie Thierry, Melanie Merkosky y Marie-Josée Croze.

martes, 29 de julio de 2014

El burgués desencanto de la provincia


En mi duodécima colaboración con Siglo Nuevo escribo sobre la obra de la directora argentina Lucrecia Martel, artífice de cintas como La Ciénaga y La mujer sin cabeza. Dejo a continuación el enlace al artículo:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1021307.lucrecia-martel.html

sábado, 26 de julio de 2014

Familia reconstituida en problemas

Entre uno de los pocos aciertos de ese monigote dorado y endiosado por Hollywood en lo concerniente a la categoría de película en lengua extranjera se encuentra Una separación (2011) del iraní Asghar Farhadi. Esto lo afirmo porque en dicha categoría por costumbre se dan algunas de las pifias más ignominiosas del señor Óscar. Por ejemplo, la ocurrida en 2007 con El laberinto del fauno de Guillermo del Toro. Pero me desvío. Retomo: en 2013 Farhadi presenta durante el festival de Cannes El pasado, cinta por la cual Bérénice Bejo (El artista) ganara el premio a la mejor interpretación femenina. Aunque quizás esta nueva película no se encuentra a la altura de su crédito precedente, Farhadi continúa presentándoles a los cinéfilos dramas familiares de notable potencia. Por primera vez el realizador filma lejos de casa y en otro idioma.
El pasado (Le passé, 2013) presenta los problemas derivados de relaciones todavía no terminadas, de ésas que aún no cierran del todo sus ciclos. La película comienza en el aeropuerto. Una mujer con un vendaje en la mano derecha le hace señas a un hombre que acaba de bajarse de un vuelo proveniente de Terán. Por la cordialidad parecieran esposos que se vuelven a encontrar. Pero es todo lo contrario. Ahmad (Ali Mossafa) regresa a Francia desde Irán tras cuatro años de ausencia para firmar su divorcio. A Marie (Bejo), por su parte, le urge darle fin a la relación anterior para casarse con Samir (el Tahar Rahim de Un profeta). Marie trabaja en una farmacia y ha conocido a Samir, el dueño de una lavandería, porque él iba a comprarle medicinas contra la depresión a su esposa Céline. El asunto se complica mucho más al agregar a los hijos de este intento de familia reconstituida. Tres además. Por un lado, las dos hijas de Marie, ambas producto de un matrimonio anterior al formado con Ahmad. A pesar de no ser sus hijas, Lucie (Pauline Burlet) y Léa (Jeanne Jestin) llevan una relación bastante cordial con el ex padrastro y se alegran de volverlo a ver. Por otro está quien acaba de mudarse a la casa de Marie: Fouad (Elyes Aguis), el pequeño hijo de Samir con Céline. Para colmo la madre de este niño se encuentra en coma al comienzo de la cinta. Luego de dos matrimonios y otro en puerta, a Lucie aparentemente le preocupa la fugacidad de las relaciones emprendidas por Marie.
Los conflictos con los que Ahmad se topa apenas entra a la casa van escalando. Pasan de insignificancias domésticas causadas por los niños hasta estallar en el nivel de los adultos poniendo así en evidencia que ese pasado aludido por el título no se halla por completo en la desmemoria. Ahmad trata de ayudar en lo posible y, no obstante sus buenas intenciones al momento de conciliar con cada una de las partes, termina por complicar los malentendidos. La incomodidad se respira en esa casa y no sólo por las renovaciones a medias. Ni los niños ni Ahmad están muy contentos con el idilio entre Marie y Samir. Pronto Ahmad descubre que él no es quien con más encono alberga objeciones contra el futuro matrimonio de Marie y Samir. Lucie —la hija mayor de 16 años— detesta al novio de su madre, desaparece durante horas después de la escuela y sólo regresa a casa para dormir. Conforme hable con ella y el trato entre madre e hija se deteriore, Ahmad descubrirá la verdadera incomodidad de Lucie. Mientras tanto, Marie y Samir lidiarán con la culpa agazapada que representa el hecho de que Céline permanezca en coma. La atmósfera empeora cuando todos enteren que Marie está embarazada de Samir.
Farhadi trabaja en un idioma ajeno y filma en Francia lejos de la censura iraní. Esto, sin embargo, no se traduce tan óptimamente a la hora de sopesar el resultado sobre la pantalla. Algo no embona bien. Además, los vericuetos trazados por estas relaciones se tornan bastante inverosímiles. Entre la maleta perdida de Ahmad, los berrinches de Fouad, las renovaciones de la casa, el secreto de Lucie, el estatus inmigratorio de la empleada de la lavandería y el coma de Céline uno no puede menos que preguntarse qué otra dificultad se les ocurrirá a los creadores del drama para desafiar a esta familia en pedazos. Lo anterior, empero, no le resta interés a los temas planteados. Entre ellos, las dificultades típicas de familias en proceso de reconstitución. Especialmente cuando las relaciones precedentes no han finalizado. Si a esto agregamos las actuaciones principales cuya excelencia en ningún momento podrá ponerse en duda, el espectador se halla ante un producto bastante digno. Aunque no tan conmovedor como Una separación. En este sentido El pasado se vuelve una alternativa viable ante un verano plagado de héroes de historieta, robots gigantescos, efectos especiales o imágenes generadas por computadora. Aquí por lo menos sí hay humanidad.
Un dato significativo sale a colación antes incluso de que se ruede la película: Asghar Farhadi había contemplado a Marion Cotillard para el rol de Marie. Muy explicable entonces que la joven actriz Pauline Burlet hiciera el de Lucie, la hija. Después de todo, el parecido entre ambas sólo se puede describir como asombroso. Además, Burlet debutó en cine a los 9 años interpretando a Édith Piaf cuando era niña en la cinta biográfica La vida en rosa (2007) de Olivier Dahan. Bien sabido es que Cotillard ganó el premio Óscar a mejor actriz principal por dicha cinta. Sin embargo, la promoción en diversos festivales cinematográficos de Metal y hueso le impide a Cotillard encabezar el elenco de El pasado. Finalmente el papel pasa a Bérénice Bejo quien es reconocida por el mismo en Cannes en 2013. El pasado estuvo nominada al Globo de Oro por mejor largometraje en lengua extranjera, ya tuvo su paso por el trigésimo cuarto Foro Internacional de la Cineteca y tiene prevista como fecha de estreno comercial para México el próximo 7 de agosto.

El pasado (Le passé, 2013). Dirigida por Asghar Farhadi. Producida por Alexandre Mallet-Guy. Protagonizada por Bérénice Bejo, Ali Mossafa, Tahar Rahim y Pauline Burlet.

martes, 15 de julio de 2014

Pedirle demasiado al atardecer


En mi undécima colaboración con la revista Siglo Nuevo me ocupo de nueva cuenta de Nymphomaniac (2013) del directo danés Lars von Trier. Ya en abril había escrito dos reseñas ficticias sobre este díptico erótico titulado en nuestro país Ninfomanía. Esto ante los sentimientos encontrados que me causó la cinta de cuatro horas dividida para su distribución comercial en dos volúmenes. Bajo pedido expreso escribí en la revista un texto más en serio. Los dos volúmenes ya se estrenaron comercialmente en principales ciudades de México. A Torreón quizás llegue la primera parte con la 56 Muestra Internacional de Cine. Va el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1013235.ninfomania.html

Separados al nacer (III)


lunes, 14 de julio de 2014

12 años esclavo

La supervivencia de un esclavo
Desde hace tiempo me acerco con desconfianza a las producciones fílmicas estadounidenses cuyas historias se centran en el conflicto racial. Siento que todas han sido producidas por Oprah Winfrey. O que el resto se erigen como una suerte de homenaje para el actual residente de la Casa Blanca. Y, obvio, pareciera que en conjunto aspiran al premio Óscar, que continúa redimiéndose de sus culpas pasadas con la comunidad negra. Ahí están Precious, Historias cruzadas (The Help) o El mayordomo (The Butler). Por eso les rehúyo como si fueran una plaga. Pero con 12 años esclavo (12 Years a Slave, 2013) sucedió algo muy inesperado. Tal como ocurriera con El artista tratándose del cine mudo de Hollywood tiene que ser un director europeo el que venga a darles lecciones a los gringos de cómo tratar a fondo y sin sentimentalismos sus propios temas. Dirigida por Steve McQueen —director británico de origen trinitense cuyos créditos anteriores incluyen Hunger y Shame12 años esclavo es a mi juicio una de las mejores cintas producidas en el 2013. Y también una de las mejores hechas sobre el tema de la esclavitud durante el siglo XIX en los Estados Unidos.
En una de las primeras escenas vemos al protagonista, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), tratando de escribir con los medios más adversos: una pluma hecha del tallo de una planta, una tinta sacada del jugo de zarzamoras. La clandestinidad de la escritura no se debe sólo a las condiciones paupérrimas en las que vive sino en otro factor: su vida depende de seguir ocultando la habilidad para leer y escribir. Él no nació esclavo. Ni en un lugar donde la esclavitud fuera vista como algo normal. Pronto la retrospectiva le develará al espectador cómo llegó este hombre a tan extrema situación.
En realidad Solomon Northup es un hombre libre. Tiene esposa y dos hijos. Ha recibido una educación privilegiada. Incluso toca el violín. Y vive en el estado de Nueva York durante la mitad del siglo XIX. Entonces es engañado y a través de esa misma habilidad con un instrumento musical. Más tarde, será secuestrado y vendido. Mientras con mayor fuerza insiste en su condición de hombre libre más latigazos recibe. Así lo llevarán a Luisiana para convertirse en el esclavo del propietario de una plantación (Benedict Cumberbatch), un hombre noble de buenas intenciones que, sin embargo, no puede evitar que sus capataces se ensañen con él por lo que ellos ven como impertinencia por parte de un negro. Northup pronto cambiará de dueño. Irá a caer bajo las órdenes de un amo algodonero con fama de fanático despiadado: Edwin Epps (Michael Fassbender). Su única esperanza de supervivencia, escribir una carta informándole a su familia dónde se encuentra y así recuperar la libertad.
Basándose en un recuento real, McQueen muestra el conflicto de Solomon Northup sin escatimar la crueldad que implica la esclavitud. De esta forma se aleja del maniqueísmo simplista al que Hollywood acostumbra a los espectadores. El director logra —a pesar de la época de exagerada corrección política que se vive actualmente— plantarnos con precisión y contundencia en un universo donde para muchas personas la esclavitud era un sistema de vida normal y hasta deseable por los beneficios económicos que traía, donde los amos sin ningún cargo de conciencia e incluso apoyados en la Biblia podían maltratar, violar e incluso asesinar a otros seres humanos, sustentados en el argumento de que eran inferiores y además formaban parte de su patrimonio. Tal relación de completo dominio se extiende aun a las mujeres. En numerosas ocasiones aparece la celosa mujer de Epps (Sarah Paulson) golpeando a la esclava Patsey (impresionante la actriz keniano-mexicana Lupita Nyong’o en su debut cinematográfico) con quien el religioso pero lascivo amo sostiene relaciones sexuales, a veces (se entiende) no consentidas. Una de las escenas más escalofriantes es aquella en la que Epps obliga a Solomon a castigar con el látigo a Patsey.
Ante un panorama tan desesperanzador donde la brutalidad y la represión de la libertad abundan, hay mucha luz en el tercer largometraje de McQueen. Tanta que deslumbra y conmueve. En esta historia de supervivencia humana el conflicto presentado va mucho más allá de lo racial y de lo histórico. Porque, en varios sentidos, dentro de la condición del esclavo, lo único que lo humaniza y lo redime es el arte: la música que toca con su violín, los cantos fúnebres a los que se une muy a su pesar y, por supuesto, la escritura frustrada de aquella carta salvadora. Basta destacar el trabajo histriónico de Chiwetel Ejiofor —un actor también británico de extracción teatral— cuando, luego de la muerte de un esclavo, Solomon comienza con reticencia a cantar. Ésta se vuelve una escena sostenida sin pudor que le hace eco al canto melancólico de Carey Mulligan en Shame, la película anterior del cineasta.
Hace tiempo que a McQueen se le escamotearon premios en Hollywood porque en el protagonista de la antes citada cinta —un hombre neoyorquino perdido entre la efervescencia de la adicción sexual— los premiadores no hallaron con su mojigatería ningún indicio de redención. Éste no va a ser el caso de 12 años esclavo por lo que, sin duda, los premios hollywoodenses llegarán y a manos llenas. Sin embargo, no radicará en ello el valor de la cinta. Porque ya desde sus dos créditos anteriores ha quedado claro que Steve McQueen es y era a partir del principio de su carrera un maestro del arte cinematográfico. La confirmación se vuelve esta odisea profundamente humana de Solomon Northup.

12 años esclavo (12 Years a Slave, 2013) Dirigida por Steve McQueen. Producida por Steve McQueen, Brad Pitt et al. Protagonizada por Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Lupita Nyong’o, Sarah Paulson y Benedict Cumberbatch.

Jazmín azul

El blues de la socialité
Ya que la fortuna resulta mucho más cómoda en el otro las historias de decadencia de personas percibidas como ricas resultan atractivas para una mayoría que, aunque lo sea también, no se considera parte de los privilegiados. Ahí está el ejemplo reciente de Nosotros los Nobles (2013) en México. Sin embargo, para analizar a profundidad las complicaciones de una mente cuya jaula de oro se convierte en río de mierda se necesita un poco más que una serie de chascarrillos francamente bobos que recurren a uno de los fantasmas todavía irresueltos del imaginario nacional: la diferencia de clases. Y, teniendo enraizadas en la educación sentimental películas como Nosotros los pobres o una telenovela de título Los ricos también lloran, cómo no hacerlo. Además se requiere de algo que en general nuestro cine nacional (o nuestra mentalidad) carece: sutileza. Las comparaciones son odiosas, sí; pero al mismo tiempo nos muestran los límites dentro de los cuales el cine mexicano sigue congelado. Así, luego del éxito taquillero de Nosotros los Nobles, aparece del otro lado de la frontera una comedia agridulce de Woody Allen con un tema similar: el del declive económico de los ricos. Pero se trata de los verdaderos ricos y no los percibidos como tales: los del departamento con vistas en Manhattan, la mansión veraniega en Martha’s Vineyard y las amistades influyentes en Washington. Por algo Buñuel se quejaba, al rodar El ángel exterminador, de que en México no había aristocracia.
Jazmín azul (Blue Jasmine, 2013) nos cuenta la doble historia de Ginette French: la del pasado y la del presente. Esta mujer (genialmente interpretada por Cate Blanchett) es de las que desde mucho antes de que inicie la cinta se ha reinventado hasta el delirio. Cambia, por ejemplo, su nombre a Jasmine por considerarlo más sofisticado. Y ésta es apenas una primera mutación. En la escena de apertura la vemos en un avión hablando con una mujer mayor. Al final del monólogo, llegando al aeropuerto de San Francisco, nos damos cuenta de que la mujer mayor aguantó todo el vuelo la perorata de Jasmine. Desde aquí nos percatamos de que la protagonista habita un universo de fantasía. Jasmine, antes parte del jet-set neoyorquino, ha caído en desgracia y ahora viaja a San Francisco para quedarse a vivir con su hermana Ginger (Sally Hawkins). Los marcados contrastes entre una y otra los explica Ginger con la genética. Y cómo no. Si —se nos explica más adelante— las dos fueron adoptadas y son hijas de diferentes padres biológicos. Desde el principio de su estancia, la vida clase-mediera (incluso vulgar) de Ginger empieza a ser blanco de las críticas de la refinada Jasmine: su ex esposo contratista (Andrew Dice Clay), su novio mecánico (Bobby Cannavale), sus dos hijos regordetes. Hay que aspirar a una vida mejor. Hay que volar muy alto para alcanzar la existencia que uno merece. Jasmine lo tuvo todo. Ahora ya no. Y se verá obligada a trabajar de recepcionista en el consultorio de un odontólogo (Michael Stuhlbarg) y a tragar tranquilizantes combinados con Martinis uno tras otro para soportar el entorno en el que se encuentra. A través de retrospectivas se despliega lo “gloriosa” que fue la vida de Jasmine. Ahí ella lleva una existencia digna de película, de ésas de aspiración televisiva o cinematográfica: departamento de lujo frente a Central Park, casa de veraneo en los Hamptons, un esposo financiero y multimillonario (Alec Baldwin) e incluso un hijastro (Alden Ehrenreich) estudiando en Harvard. Ahí, en las altas esferas del privilegio, las apariencias son vitales. Y la habilidad de ignorar lo desagradable aún más. Por eso Jasmine se hace de la vista gorda con respecto a los chanchullos de su esposo. Al mismo tiempo, sus amigas socialités prefieren no contarle nada sobre las poco discretas infidelidades del susodicho estafador.
De esta forma Jasmine accede a los rangos de una larga tradición de personajes que se inventan una vida alterna a través de la imaginación (Alfonso Quijano, Emma Bovary y la en-las-muchas-críticas-aludida Blanche DuBois de Un tranvía llamado Deseo). Algunos personajes, admirables. Otros, por completo destructivos. La heroína de Allen se ubica en terrenos de extremas tonalidades. Va de la comedia a la tragedia en escasos segundos. Y la mirada del director se percibe en ocasiones muy crítica. Aunque en momentos claves, compasiva. Eso sin descuidar el humor. En esta serie de absurdos no faltan los momentos agridulces. Por ejemplo, la escena del acoso del dentista. O la secuencia final en el parque donde se cierra el círculo de las peroratas de Jasmine. En algo esta mujer recuerda a la Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo. Encarnado en ella, el mito de “vivir mejor” se torna espejismo luego convertido en desfiladero de locura. No es de extrañarse que Cate Blanchett alcance estos niveles de actuación bajo la batuta de un cineasta de la altura de Woody Allen. Ya los agoreros del Óscar hacen sus predicciones y afirman que seguramente será nominada al de mejor actriz principal. No exageran. Blanchett deslumbra con éste, uno de los roles por los que sin duda la recordaremos al final de su carrera. Sally Hawkins —actriz de origen británico— aunque incómoda con el acento gringo al principio de la cinta, no se le queda atrás. Al contrario. Sale avante y de forma contundente en ésta, su segunda incursión en el cine de Allen —la primera fue en Los inquebrantables (Cassandra’s Dream). Por la alegría y la sinceridad de Ginger, recuerda mucho a Poppy en La dulce vida (Happy-Go-Lucky) de Mike Leigh. Aunque en Ginger la influencia de Jasmine y su falacia de “vivir mejor” o “aspirar a lo más alto” no son inocuos y la hacen desviar el camino hacia una felicidad más simple y menos preocupada por la apariencia. Una felicidad, en suma, más adecuada para Ginger.
Jazmín azul es otro gran acierto en una carrera fílmica de incesantes créditos, otro gran acierto al nivel de los más cercanos en orden cronológico como Match Point y Medianoche en París. Tratándose de películas como ésta, larga vida para Woody Allen.

Jazmín azul (Blue Jasmine, 2013). Dirigida por Woody Allen. Producida por Letty Aronson, Stephen Tenenbaum y Edward Walson. Protagonizada por Cate Blanchett y Sally Hawkins.

Elysium

Campos Elíseos de un futuro distópico
El nombre que en inglés se les da a los míticos Campos Elíseos es “Elysium”, el apacible y florido lugar más allá del Hades a donde iban los dioses o los héroes del mundo helénico. Por eso cuando pronto llegue el estreno en México de Elysium imagino que más de un mexicano en extremo susceptible (y vaya que hay de dónde escoger) proteste por un simple hecho: las escenas de miseria fueron filmadas en el DF, las paradisíacas de los Campos Elíseos del futuro en Columbia Británica, Canadá. Como alguien que transita entre estos dos países no pude más que sentirme incómodo al vislumbrar este dato en los créditos y luego comprobarlo en internet. Pero no hay necesidad de enojarse ni de incitar al embajador de México en Sudáfrica a poner el grito en el cielo porque, después de todo, el director de este filme tuvo la generosidad de incluir al actor mexicano Diego Luna en su reparto internacional. Aparte, el actor protagonista habla español. Qué mayor elogio a nuestro idioma que una estrella hollywoodense se digne a hablarlo en una cinta veraniega con este presupuesto millonario.
Fuera de bromas, la ópera prima del director sudafricano Neill Blomkamp lo catapulta a la tierra de los ensueños. Sector 9 (District 9) le vale a principios de 2010 cuatro nominaciones al premio tan sobrevalorado en Hollywood. Tres años después vemos el resultado de su colaboración con talento hollywoodense: su segundo largometraje Elysium (2013). Desde la primera película el cineasta plantea temas de desigualdad social que encontrarán eco en Elysium. Aquí, sin embargo, no se tratará de exclusión entre extraterrestres ilegales y humanos discriminadores sino simplemente entre humanos. La cinta presenta entonces una realidad distópica ubicada más de cien años en el futuro que nos remite, además de la ópera prima de Blomkamp, a clásicos de la ciencia ficción y la desigualdad social tanto literarios (Un mundo feliz, 1984) como cinematográficos (Metrópolis).
Es el año 2154 en la ciudad de Los Ángeles. Todo el planeta se ha convertido en tercer mundo y los privilegiados han decidido escapar a una estación espacial llamada adecuadamente Elysium. Ahí no sólo viven apaciblemente sin preocupaciones y con todas las comodidades, también y sobre todo poseen los últimos avances en cuanto a salud se refiere: en cada mansión hay una máquina sanadora y rejuvenecedora semejante a una cama para broncearse, sistema de salud deseado por muchos en la Tierra. Las máquinas logran desde alisar arrugar hasta curar enfermedades terminales. Sin embargo, gracias a un tatuaje, la máquina sólo puede ser usada por los ciudadanos de Elysium. De esta forma, los ilegales de la Tierra se aventuran al espacio en naves destartaladas para llegar a la elísea estación. Max (Matt Damon), el héroe, ha crecido en Los Ángeles criado por unas monjas mexicanas y con el recuerdo de una chica llamada Frey (Alicia Braga). De niño quería irse a vivir a Elysium; pero tal sueño ya se ha desdibujado. Un accidente de trabajo hace que le queden tan sólo unos días de vida. Su única esperanza es viajar a Elysium con la ayuda de su amigo Julio (Diego Luna). Mientras tanto, se da un intento de golpe de estado por parte de la ministra de defensa de Elysium, la señora Delacourt (Jodie Foster),  cuyo cómplice es un mercenario en la Tierra (Sharlto Copley). Para colmo Frey, el interés amoroso de Max, es tanto enfermera como madre de una niña con leucemia. Ya desde el planteamiento me doy dando cuenta de qué forma culminará el relato.
Como de costumbre el reparto en las cintas de ciencia ficción me da tela para el escarnio burlón. Matt Damon es un protagonista pelón, bilingüe e inflado con esteroides. Diego Luna —de barba y trencitas cholas— encarnará a su amigo segundón cuyo destino sabemos desde que aparece su personaje. Qué les pasa a todos los segundones en cintas de acción, aventuras o ciencia ficción: pues se mueren a mitad de la película, claro. Eso lo sabemos todos. Y ni hablar de los acentos. Sharlto Copley nos otorga un villano con ultra-acento sudafricano y actitud malosa a tope. Tanto que raya en la caricatura. No termina de golpear, echarle un ojo al interés amoroso del héroe y salivar encima de ella para que prácticamente le proponga matrimonio a la muchacha. Jodie Foster aparece también bilingüe con peinado asimétrico y un acento francés muy sospechoso. ¿Es francesa? ¿Es gringa? Quién sabe. Al fin y al cabo, más de un siglo en el futuro eso da igual. La gran diferencia entre Matt y Jodie se plantea simple y maniquea: él es un naco primero obrero y luego delincuente que habla, además de inglés, español; ella es la ministra de defensa de Elysium cuya segunda (¿o primera?) lengua es el francés. Très chic. No lo destaco para atizar complejos lingüísticos a flor de piel, no. Es un hecho simplemente. Y recordemos que Matt-Max es el bueno de la película y Jodie la mala. En suma, las actuaciones son todo un lío. Pero es lugar común no fijarse demasiado ni ser tan quisquilloso con las actuaciones en un género como éste. Después de todo, no se trata de Shakespeare sino de naves, armas, rayos láser, bombazos y camas de bronceado sanadoras.
Lo loable es que Elysium sí resulta harto entretenida. Es un producto de excelente hechura. Sobre todo, poniéndonos condescendientes con lo acartonado de las actuaciones. En cuanto al fondo también podría calificarse de predecible y tremendamente cursi en ciertos momentos. Si en la trama hay una niña enferma de leucemia este factor será utilizado y vuelto a utilizar por el director para darnos constantes momentos de manipulación emocional además de un final en suma previsible. Si a las máquinas sanadoras de Elysium les sumamos un héroe moribundo y una niña con leucemia pues ya sospechamos que el resultado final será el sacrificio de aquél, muy en el estilo de Prometeo (el del mito, no el de Ridley Scott). Ellos empezaron con las referencias al mundo helénico. No yo.
Fuera del entretenimiento, un presupuesto mucho mayor al de su ópera prima y un discurso de crítica social que ya me empieza a oler a oportunismo, Neill Blomkamp propone muy poco luego del éxito de Sector 9. Sin embargo, de entre todos los bodriazos trogloditas y veraniegos salidos de Hollywood, éste es quizás uno de los raros con un poquito más de sustancia.

Elysium (2013). Dirigida por Neill Blomkamp. Producida por Simon Kinberg. Protagonizada por Matt Damon, Jodie Foster, Sharlto Copley, Alice Braga y Diego Luna.

Metal y hueso

La bestia, la bella y sus muñones
La experiencia cinematográfica más importante para mí a inicios del 2010 se llamó Un profeta (2009). De ella di cuenta en mi bitácora. La película ganadora del Grand Prix en Cannes dirigida por el francés Jacques Audiard sigue siendo para mí una de las obras fílmicas más importantes del primer tercio del siglo XXI. Así. Sin tapujos. Sin titubeos. E incluso sin necesidad de que termine el primer tercio del siglo XXI. Por esa razón, por haber sido tan sobrecogedora la experiencia, sabía que me iba a resultar muy difícil digerir el siguiente crédito de Audiard. Fuera cual fuera. Sin importar lo óptimo de su calidad.
Metal y hueso (De rouille et d’os, 2012) significa un cambio para el realizador. Con él decide alejarse de los personajes masculinos para centrarse en uno femenino. Además les presenta a los espectadores un cuento de hadas situado en la modernidad. Y tratándose del director de Lee mis labios (2001) y El latido de mi corazón (2005) sé de antemano que estará plagada de abyección. No implica que esto sea malo. No. Simplemente a Audiard le gusta enfocarse en personajes hallados sólo dentro de los márgenes de la sociedad. Y, a pesar de ello, estamos ante un cuento de hadas. Los actores Marion Cotillard y Matthias Schoenaerts interpretan, de cierta manera, a la bella y a la bestia.
Aunque el personaje central es el de la mujer, primero conoceremos a la bestia. Ali (Schoenaerts) llega a la Costa Azul con su hijo Sam (Armand Verdure) a quien la madre ha abandonado recientemente. El comportamiento de Ali tampoco podría clasificarse como paternal. Al contrario. Si acaso, fraterno. Por ejemplo, luego de robar una cámara digital deja solo al niño de cinco años. Y no será la única escena de abandono a lo largo del filme. Los dos advenedizos se quedan en el departamento de la hermana de Ali (Corinne Masiero), una cajera en un supermercado. Pronto por su musculatura y su fuerza Ali consigue trabajo como agente de seguridad unas noches y como cadenero-sacaborrachos otras. En tal trabajo una mujer a la que en principio sólo le vemos las piernas resulta golpeada por otro comensal del bar. Ali se ofrece a llevarla a su casa. Así conocemos a la bella: Stéphanie (Cotillard).
Entre dar a luz y filmar El caballero de la noche asciende con Christopher Nolan, Cotillard se da el tiempo para hacer Metal y hueso. Aquí, al encarnar a Stéphanie, se transforma en una mujer cuyo valor depende en buena medida del aprecio de los hombres. Centro de miradas no sólo en el bar sino también en un Marineland donde trabaja como animadora de un espectáculo con orcas. Una princesa, además, que apenas y se fija en el bruto y pobretón cadenero, aquél de acento exótico. Pero cuando un accidente mutila sus piernas Stéphanie se volcará en el encierro, la melancolía y la languidez. Como si su alma se mutilara tanto como sus dos piernas. Y no quiere que nadie la vuelva a mirar. Se encierra. Tapa sus muñones. Muy apenas se atreve a llamarle por teléfono a Ali, aquel sacaborrachos que la ayudó la noche de la pelea en el bar.
El afán de vivir de Stéphanie se encuentra en conexión directa con su sexo. Si no se siente deseada, si no se siente atractiva y, sobre todo, si no siente placer sexual no tendrá ganas de seguir viviendo. Ali, animal insaciable, se convierte a partir de ese instante en el complemento ideal. A él no le importa el rostro o el cuerpo de la mujer con tal de tener relacionales sexuales. Por eso se le ofrece a Stéphanie como semental. Y lo hace de la forma más casual posible, con toda su inmadurez a cuestas. Ah, claro, siempre y cuando esté disponible. Tras este intercambio carnal entre dos seres sumidos en la desesperanza y en lo sórdido nacerá una especie de amor. Y ese amor quizás engendre para ambos la redención. Quién sabe.
En una entrevista el director clasifica a Metal y hueso como un “melo-trash”. Es decir, una mescolanza entre basura y melodrama. Basada en la obra narrativa del canadiense Craig Davidson —en específico, en dos cuentos del volumen homónimo a la película— la trama de la cinta no escamotea ni la importancia del sexo en la recuperación de Stéphanie ni la brutalidad de las peleas clandestinas en las cuales se involucra Ali para colmar sus aspiraciones materiales. Para esto último el cineasta elige al histrión ideal después de que viera su trabajo en la película belga Bullhead (2011). Durante tales sangrientas escenas donde abundan los puños y las babas nos enteraremos de qué le ofrece Stéphanie a Ali: la fuerza para levantarse incluso cuando se encuentre vencido. No así la prudencia para cuidar del pequeño Sam, enano testigo entre la bella y la bestia. Hasta que no lo vea casi perdido Ali no empezará a comportarse como padre. Y como en cualquier melodrama —aunque éste hunda su mirada en la existencia de los desposeídos— podemos esperar ya sea un final trágico o uno feliz.
De esta manera, reconozco la excelencia de las actuaciones. No sólo yo. Los premiadores profesionales de Europa y de Hollywood adularon la labor de los actores principales. Por un lado, la mención como mejor actriz para Cotillard en los Globos de Oro. Por otro, el César a la promesa masculina actoral para Schoenaerts. Y resulta también innegable que, dentro de lo terrible, dentro de la marginación que tiene como trasfondo la belleza de la Costa Azul, surgen grandes momentos de poesía. Cuando Stéphanie regresa por su propio pie-prótesis a Marineland luego del accidente y contempla a una de las orcas a través del tanque de agua como para reconciliarse con ella, Audiard alcanza a capturar un instante de verdad conmovedor. Sin embargo, el hecho de que el crédito anterior del cineasta haya dejado una huella tan grande en mi conciencia me deja frente a Metal y hueso un sentimiento incómodo: el de la decepción ante lo que no debería decepcionarme. A pesar de mí, se trata de un filme muy recomendable. Metal y hueso se estrenó en nuestro país con el tour de cine francés del año pasado. Más tarde tuvo su discreto paso por la corrida comercial y actualmente está disponible en formato DVD.

Metal y hueso (De rouille et d’os, 2012). Dirigida por Jacques Audiard. Producida por Martine Cassinelli, Pascal Caucheteux y Jacques Audiard. Protagonizada por Marion Cotillard, Matthias Schoenaerts y Armand Verdure.

Los ilusionistas

Ahora me ves y de inmediato me olvidas
Cuando tenía una afición mucho más pronunciada por las novelas de detectives —allá, hace muchos años, durante la pubertad— en múltiples ocasiones me encontré con tramas tan inverosímiles que al final la solución de la identidad del asesino me causaba risa en lugar de sorpresa. Pienso por ejemplo algunas de las ochenta y tantas novelas de la autora inglesa Agatha Christie. En especial Navidades trágicas (1938), historia donde, de nuevo y como suele ser el lugar común en las novelas policiacas, el asesino desenmascarado por Hércules Poirot es quien uno menos se espera. Tan forzada la resolución en el citado libro que el criminal debe hacer pirueta y media para justificar su coartada. Además de que resulta ser el hijo bastardo de un millonario avaro y gruñón. Todo se siente muy sacado de la manga. Algo similar ocurre con el final de Los ilusionistas. La cinta contiene un desenlace también bastante jalado de los pelos. Final que, sin embargo y para efectos de esta reseña, no revelaré. Como reza el lugar común del crítico cinematográfico, que cada espectador lo juzgue cuando vea el largometraje.
El director de origen francés Louis Leterrier ya hizo recientemente acto de contrición por el uso del 3D en uno de sus anteriores créditos: el bodrio Furia de titanes (2010). Ahora nomás falta que haga lo propio con respecto a la película en sí. Seguramente nunca lo hará. Puedo esperar sentado. Los ilusionistas (Now You See Me, 2013), su siguiente crédito, se conforma como una cinta de gran elenco: cuatro magos medianamente fracasados reciben una invitación para formar parte de una sociedad secreta. El objetivo, luego de meses de entrenamiento, es montar una serie de espectáculos. Durante los mismos el grupo lleva a cabo asaltos imposibles y le regala el dinero robado al público. Bien podrían ser amigos de Robin Hood aunque se hacen llamar “Los cuatro jinetes”. A partir del primer espectáculo en Las Vegas empezará a perseguirlos la policía: un agente del FBI y otra de Interpol. El misterio a resolver, claro, conocer la identidad de quien los convocó. Algo que ni siquiera los cuatro magos saben.
Uno de los magos lo interpreta Jesse Eisenberg. Eisenberg ya está más que encasillado en el rol del “nerd-tarabilla”, tan inteligente el individuo que apenas le alcanza el tiempo para decir todo lo albergado en su brillantísima mente. Aquí lo único que cambiaron con respecto a Red social (2010) fue un peinado mucho más cool. Woody Harrelson es otro mago. El suyo lo encarna como él: mariguano hipster y locochón de mediana edad y de sombrerito acá muy de moda para no insultar al público con su calvicie. Isla Fisher se presenta como la maga guapa y sexy. Y el hermano menor de James Franco, como el relleno acrobático. En la trama aparece también Morgan Freeman. Él es el hombre enigmático aunque traidor al gremio que con sus documentales hace evidentes los trucos de los magos —no sólo de éstos sino de todos. Además está Michael Caine en la piel del empresario de espectáculos al cual eventualmente traicionan “Los cuatro jinetes”. Con las escenas entre estos dos veteranos actores pareciera que el espectador se halla ante el universo “nolanesco” de Batman. Mark Ruffalo la hace del detective del FBI que rompe las reglas pues es muy gringo y Mélanie Laurent, de la francesa enviada por Interpol (por aquello de que uno de los bancos asaltados se encuentra en París). En esta pareja dispareja de detectives Leterrier despliega su problemática como francés avecindado en Hollywood. Con los policías se da el debate interno del director así como la infinitud de chistes baratos cuyo centro es la diferencia cultural entre gringos y franchutes.
Luego del bodrio y remake titulado Furia de titanes, Los ilusionistas refleja una ligera mejoría para Leterrier. Los cortes frenéticos tan insultantes en el cine de alguien como Baz Luhrmann aquí sí se hallan plenamente justificados por lo superficial de la anécdota y por las diferentes secuencias de acción. Sin embargo, Los ilusionistas no se constituye en ningún momento como un filme memorable. Mezclados en la historia se encuentran la magia, las sociedades secretas, los asaltos a bancos y, por supuesto, la tensión cultural-sexual entre los dos detectives. Por ahí Leterrier incluso intenta abordar las consecuencias de la crisis económica en Estados Unidos con los actos de magia estilo Robin Hood de “Los cuatro jinetes”. Pero en cuanto a temas no existe ninguna contención. Y no mal dice el refrán que el que mucho abarca poco aprieta. Leterrier concibe su obra como muchas películas que se desarrollan al mismo tiempo. Y termina no siendo ninguna. Además de lo inverosímil de la trama, molestan —esto seguramente es cada vez más notorio en el cine hollywoodense— las menciones comerciales. Isla Fisher camina hacia la reunión de magos con un ostentoso vaso de café de Starbucks. El nombre escrito en el vaso (“Henley”) se transforma en la excusa para que un personaje se presente con otro. El giro de tuerca y la revelación final de la persona detrás de los robos se sienten sacados de la manga. No hay ningún indicio para preparar a los espectadores. Y, como suele suceder con casi todo el cine de Hollywood, la resolución se vuelve para colmo muy pueril y básica. ¿Por qué un personaje ensamblado en la tierra del ensueño hace cualquier cosa de adulto? Pues a causa de un trauma infantil, por supuesto. Ya lo sabemos. A pesar de su final mediocre, Los ilusionistas de Louis Leterrier es una experiencia que contiene buenas dosis de entretenimiento. En suma, de esas cintas veraniegas útiles sólo para pasar el rato. De úsese y tírese. No le podemos pedir nada más. Al instante de salir del cine, queda en el olvido.

Los ilusionistas: Nada es lo que parece (Now You See Me, 2013). Dirigida por Louis Leterrier. Producida por Bobby Cohen, Alex Kurtzman y Roberto Orci. Protagonizada por Jesse Eisenberg, Mark Ruffalo, Isla Fisher y Woody Harrelson.