martes, 24 de junio de 2014

Explotación y codependencia

Como Joven y bella la cinta comentada en este texto también trata el tema de la prostitución. Sin embargo, lo hace desde un punto de vista mucho más convencional. Aquí sí habrá sacrificio, sordidez y culpa. Incluso melodrama. En el contexto histórico se hallará la justificación de esta perspectiva. Va la reseña:

En muchas entradas de este blog me he quejado amargamente de la traducción de los títulos de las películas. Aquí va una nueva pifia de nuestros traidores. A The Immigrant (2013) de James Gray se le da el nombre de Sueños de libertad. Esto no constituiría ningún problema —fuera de lo cursi y vulgar que pueda parecerme el título escogido. Sí se vuelve un problema cuando veinte años antes The Shawshank Redemtion (1994) de Frank Darabont ya había sido titulada de forma idéntica en nuestro país. Luego la misma cinta circularía en formato DVD bajo el nombre Sueños de fuga. De nuevo se le apuesta a la desmemoria. Y a subestimar a los espectadores. Pero de qué vale quejarse ya.
El director estadounidense —originario del barrio de Queens en Nueva York— por primera vez presenta una cinta donde el rol principal lo lleva a cuestas una mujer. En este caso, la actriz Marion Cotillard. Hasta ahora la filmografía de Gray había tendido a centrarse en personajes masculinos. No por nada entre sus maestros se encuentran Coppola y Scorsese, cineastas en cuya obra no destacan precisamente las mujeres. Entre los roles masculinos de cintas como La traición (2000), Dueños de la noche (2007) y Amantes (2008) siempre ha figurado el talento de Joaquín Phoenix. En The Immigrant no es la excepción, aunque aquí el actor fetiche de Gray pasa hasta cierto punto a segundo plano. Algo más ha cambiado: el tono. Ésta, en cierta forma, sería para Gray lo que fue La edad de la inocencia (1993) para Scorsese, un melodrama con tintes trágicos. En Sueños de libertad el relato gira alrededor de una inmigrante polaca. Así James Gray se define como un director “americano” (es decir, estadounidense) y como tal se ocupa de temas relevantes para su país de origen. En este caso y evidente a través del título en inglés, la inmigración.
La historia de Sueños de libertad arranca en el sitio clave de la inmigración hacia los Estados Unidos: la isla Ellis. Estamos a principios de la década de los veinte. Con tal tiempo y tal espacio queda claro que uno de los asuntos a tratar será el de la inmigración centroeuropea en Nueva York. En la fila para pasar una entrevista con un agente de aduanas abundan rusos, polacos, judíos. Rostros temerosos y pálidos tras una travesía de meses en barco. Entre ellos están Ewa Cybulska (Cotillard) y su hermana Magda. Magda, empero, debe quedarse en el hospital de la isla en cuarentena. Ewa será expulsada del país al que acaba de llegar pues se hizo de mala fama en el barco. Un desconocido de origen judío llamado Bruno Weiss (Phoenix) paga un soborno y logra sacar a Ewa del lugar. Al comienzo, el hombre parece no querer nada a cambio. Le da techo y comida sin pedir nada a cambio. Se convierte en su benefactor. Pero de forma paulatina se irán revelando sus intenciones. En resumen Weiss es un padrote que enmascara su verdadero oficio con espectáculos de cabaret. Con tal de salvar a su hermana enferma, Ewa primero se transformará en una renuente bailarina de vodevil. Después, en renuente prostituta. Cuando al espectáculo de Weiss se una el mago Orlando (Jeremy Renner) —para colmo, primo odiado por el padrote— y aquél empiece a cortejar a Ewa, la historia tendrá un clímax sangriento.
James Gray decide enfocarse en esta relación enfermiza de codependencia entre Ewa y Bruno. A pesar del desprecio de su familia y de la culpa católica, Eva no sólo se encuentra al lado de Bruno para salvar a Magda. Ésta es únicamente la excusa siempre enunciada para justificar sus actos y calmar su conciencia. Bruno, de igual manera ante esta sórdida relación donde se mezclan la alcoba y el dinero, se degrada y en numerosas ocasiones se autoflagela verbalmente. A ramera renuente corresponde proxeneta renuente. Sin embargo, al mismo tiempo, halla el lado bueno de sus actos diciéndose que en realidad es el benefactor de las prostitutas, que sin sus dotes administrativas estas mujeres inmigrantes no sobrevivirían en la jungla neoyorquina. Incluso ante una oportunidad como la ofrecida por Orlando, Ewa titubea. En igual proporción por su hermana que por Bruno. A final de cuentas no le importa ser explotada por ese hombrecillo miserable porque tal vez en el fondo haya aprendido a amarlo.
En este sentido la prostitución no es tratada con el artificio de Ozon ni con su estética lujosa exenta de culpabilidad. Sueños de libertad se ocupa del tema como muchos otros melodramas —incluso nacionales— lo han hecho: la mujer orillada al pecado por las circunstancias y, sobre todo, sacrificándose en favor de algún miembro de su familia. En este caso, una hermana enferma. Pero Gray lo hace con demasiada contención. Con todo y eso ya se sabe hacia dónde se encaminará la trama. Esa libertad prometida por la estatua donada a los Estados Unidos por los franceses se torna una pesadilla, una parodia pintarrajeada de sus sueños donde el comercio carnal lo ensucia todo. La imagen principal para ilustrarlo se da tan pronto Ewa sube al escenario de vodevil auspiciado por Bruno: Ewa vestida como la mencionada estatua, maquillaje recargado y labios pintados de carmín. Ni siquiera cuando se le aparezca Orlando levitando como un dios en un acto de magia de vuelta en la isla Ellis, ni siquiera cuando él le ofrezca escapar de su captor sentirá el valor para dejarlo. Aunque, como en todo melodrama que se precie de serlo, el sacrificio de la inmigrante se verá recompensado.
Sueños de libertad ha sido severamente criticada por su contención reflejada en el ritmo en extremo pausado. A lo anterior —quizás de una forma muy “americana”— Gray ha respondido con un “fuck you”. Luego recomienda a los críticos buscar un ritmo trepidante en películas más comerciales. La lentitud de su ritmo no resulta nada nuevo en el director estadounidense. Y a pesar de sus virtudes como una excelente actuación por parte de la dupla Cotillard-Phoenix o una buena ambientación del Nueva York de los años veinte, la cinta bien podría clasificarse como olvidable. Con tantos buenos elementos esto es de extrañarse. Tal vez por su ritmo —más característico del cine europeo— Sueños de libertad formó parte de la selección oficial del festival de Cannes del 2013. Su estreno comercial en territorio mexicano está previsto para este jueves 26 de junio.

Sueños de libertad (The Immigrant, 2013). Dirigida por James Gray. Producida por James Gray et al. Protagonizada por Marion Cotillard, Joaquín Phoenix y Jeremy Renner.

miércoles, 18 de junio de 2014

Poder en una bella edad

En su crédito del año pasado François Ozon continúa tratando el tema de esos jóvenes tal vez demasiado maduros para el bien ajeno, ésos que a través de la cuidadosa observación ejercen su particular poder ante generaciones de mayor edad. Y las dejan perplejas. Incluso impotentes. Un ejemplo ya se dio con En la casa (2012), adaptación cinematográfica de la obra española El chico de la última fila. Ahí el alumno seducía —metafóricamente, aclaro— a su profesor a través de la escritura. Y lo arruinaba. En el caso de la protagonista de Joven y bella (Jeune et jolie, 2013), su poder tendrá influencia a través del cuerpo. De esta forma, la juventud se vuelve de nueva cuenta el anzuelo para esos hombres mayores que buscan una relación sexual con una chica que apenas llega a la mayoría de edad. Pero la muchacha no tendrá motivo aparente para dedicarse a la prostitución. Ni por afán de goce ninfomaníaco, ni por la retribución económica.
Durante el largometraje Joven y bella el espectador presenciará cómo transcurre la vida de Isabelle (Marine Vacth) durante un año convenientemente dividido en las cuatro estaciones. El cineasta establece el punto de partida de la historia en el verano. Isabelle visita la costa con su familia pequeño burguesa: su madre Sylvie (Géraldine Pailhas), su padrastro Patrick (Frédéric Pierrot) y su hermano menor Victor (Fantin Ravat). El inicio en la vida sexual activa ocurre al lado de un turista alemán que la ha estado cortejando. El acto se consuma bajo las estrellas y junto al mar. Para cualquier otra chica el recuerdo de esta noche habría sido romántico. Sin embargo, a ella la deja indiferente. Pareciera que Isabelle sólo cumple con el trámite de perder la virginidad. Cuando la familia se despide del verano al mismo tiempo que se aleja de la costa por la carretera, la joven ni siquiera le concederá a su fugaz amante en bicicleta una mirada desde la ventanilla.
En el otoño, de regreso en la ciudad y ya bajo el resguardo del departamento familiar o del liceo, Isabelle buscará escudada tras el alias de Léa encuentros clandestinos con hombres mayores y ricos a cambio de buenas cantidades dinero. Las citas se llevan a cabo en hoteles de lujo, lejos de los lugares frecuentados por su familia o sus amigas. Frente a éstas, Isabelle enmascara tantos mensajes de texto con un novio ficticio de la universidad. Junto a los clientes el placer sexual no forma parte de la ecuación. Tampoco el dinero pues tan pronto entra al departamento familiar Isabelle lo guarda en una bolsa oculta entre su ropa. Ni siquiera lo gasta. El principal motivo podría acaso hallarse en la excitación de la clandestinidad y sobre todo —subvirtiendo todos los estereotipos asociados con el fenómeno de la prostitución— el infinito poder que, encima de la cama, ejerce ante estos hombres de mayor edad y riqueza. Tal vez se trate de ese aburrimiento tan característico de la pequeña burguesía, clase muy presente en la cada vez más larga filmografía del director francés. Sólo uno de sus clientes, Georges, le inspira cierta simpatía. De pronto irrumpirá la muerte en una de sus citas con Léa y así se destapará la doble vida de la muchacha. La familia —en especial, la madre— intentará encontrar como loca un motivo para explicar los actos de Isabelle. Las respuestas serán vagas. Aun confusas. Ella simplemente se encoge de hombros. Luego, cuando trate de llevar una vida más convencional, con su nuevo novio Alex, sentirá otra vez la frialdad. Como si sólo pudiera sentir placer en la existencia alterna de lo clandestino.
Ante Joven y bella hay que estar conscientes de que Ozon nunca ha sido y nunca será un realista social. El filme no tiene como intención denunciar esos casos de prostitución tan ventilados en el primer mundo, los de chicas de clase media o alta o de incluso universitarias de las mismos sectores sociales. Eso ya lo había hecho unos años antes y en el mismo país Malgorzata Szumowska con Elles (2011), mero traslado de un reportaje de revista femenina a la pantalla grande. Como acostumbra, el director francés plantea una experiencia estética fuertemente inclinada hacia el artificio. No hay nada de grotesco ni sórdido en las escenas de cama. Al contrario. A pesar del intercambio de dinero y de la falta de equilibrio entre un cuerpo femenino esbelto y hermoso y otro masculino ya en franca decadencia; el tono intencionalmente cursi de Ozon irrumpe a través de la banda sonora y de la constante presencia de la voz de Françoise Hardy (algo nada nuevo en su obra; para muestra, recuérdese 8 mujeres). Sin duda, a la cinta podría acusársele de banalizar el tema. Pero con tal argumento también no resultaría nada difícil calificar la filmografía entera del cineasta con dicho adjetivo. Precisamente por alejar el tema de la corrección política y de las preocupaciones sociales Ozon gana puntos en interés. Eso no significa que Joven y bella esté a la altura de sus mejores cintas. Joven y bella formó parte de la selección oficial del festival de Cannes del 2013. Llegó a México con la edición 55 de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. Su estreno en corrida comercial para nuestro país está previsto para el 19 de junio.

Joven y bella (Jeune et jolie, 2013). Dirigida por François Ozon. Producida por Eric y Nicolas Altmayer. Protagonizada por Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Frédéric Pierrot y Fantin Ravat.

martes, 17 de junio de 2014

Dos de monstruos

Empiezo esta entrada con una de vampiros acá bien jipi-jípsters (o lo que sean). Pero antes, si se me permite, un preludio.

Hay de esas cintas que hubiera querido reseñar en su momento. No lo hice por falta de tiempo. Simplemente porque esta actividad no me da para comer. Al contrario. Esto representa un gasto innecesario tanto de dinero como de tiempo: una docena de dólares (o más) en la entrada al cine, una o dos horas de investigación, quizás dos o tres más de maquinazo frente a la computadora. Y todo para qué. No hay pago de por medio. Ni recompensa de ningún estilo. Ni reconocimiento. Es más, ni siquiera estos diecisiete años de escribir sobre cine me han conseguido un méndigo curso de la dicha materia en alguna universidad o algún cégep rascuache de Quebec. Por eso, quizás. No lo recuerdo bien del todo. Pero por esas otras ocupaciones cuyo principal objetivo es poner comida sobre la mesa, no pude reseñar Flores rotas (2005) de Jim Jarmusch. Y me hubiera gustado mucho hacerlo. Ahora, ya una vez de vacaciones, tengo el tiempo y las ganas de comentar una de sus cintas: Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013). Con ella el cineasta se ocupa de vampiros. Aunque ya muy manoseado el tema en el cine comercial, ésta es una de dos películas de años recientes cuyos directores forman parte del cine de arte. Mientras Byzantium (2012) del irlandés Neil Jordan resulta bastante fallida y pasa por el mundo sin pena ni gloria, la del estadounidense Jarmusch se queda si acaso en una propuesta interesante por su conciencia del pasado y por su humor literario.
En Only Lovers Left Alive Adán (Tom Hiddleston) es un muerto-vivo con residencia en una muy jodida Detroit. Adán es un músico romántico y sempiternamente suicida cuya depresión se debe entre otras cosas al curso que lleva la humanidad. Además se recluye en su mansión para defenderse de la fama. Para colmo la sangre de la humanidad está contaminada y cuando sale a la calle es sólo para conseguir sangre de un hospital y a través de un médico corrupto. Su esposa Eva (Tilda Swinton) se halla en un lugar muy lejano del globo terráqueo: en Tánger. Luminosa, andrógina y rodeada de libros, trata de evitar que su amado se suicide. Para contradecirla Adán manda hacer una bala de madera con su mensajero Ian (Anton Yelchin), un fanático de su música alternativa que representa además el único contacto humano con el mundo de afuera. Eva debe viajar, reunirse con Adán y evitar perderlo ante la depresión. Cuando estén juntos de nuevo, además de beber sangre como si fuera droga y de amarse, exudan un aire de sofisticación irresistible. Pero la irrupción de Ava (Mia Wasikowska), la hermana de Eva, los distraerá un tanto de su perfecta comunión.
La cinta contiene mucho humor en las diferentes referencias literarias que se despliegan. Desde los nombres asumidos por los “doctores de la sangre” hasta la presencia de un vampiro de apellido Marlowe (John Hurt), fiel amigo de la pareja. Además Sólo los amantes sobreviven se vuelve una cinta sumamente romántica en el sentido más decimonónico del término. No sólo porque la pareja protagonista tiene sobre una cómoda un retrato de casamiento de esa época. No sólo porque la figura del vampiro se haya inventado con los relatos góticos del siglo XIX. Sino porque encarnan a los héroes románticos marginados de la sociedad, en búsqueda de sentimientos exaltados y tendientes a la depresión. Pero se saben en una época equivocada donde los “zombis” (como llaman a los humanos) han depredado la naturaleza, contaminado su sangre y puesto en el nicho de su atención una cultura superficial hambrienta de fama fácil. Jípsters acaso. Así la actitud de Adán y Eva se torna un poco demasiado cool y alivianada para su propio bien. Y la fascinación, conforme corra el largometraje, se irá evaporando. Esto unido al ritmo pausado tan típico en Jarmusch que la convierte en una cinta que requerirá sus buenas dosis de paciencia por parte de los espectadores. Simplemente esto no está a la par de la calidad de Flores rotas. Sólo los amantes sobreviven se presentó en el festival de Cannes de 2013 dentro de la selección oficial.


Otro monstruo —uno sacado de la realidad histórica— se presenta como amenaza frente a una familia argentina en Wakolda (2013) o El médico alemán de Lucía Puenzo. La escritora y cineasta es además la hija de Luis Puenzo cuya película más famosa se titula La historia oficial (1985), un referente obligado en el cine argentino. Lucía se dio a conocer con el largometraje XXY (2007). Y el caso de Wakolda resulta inusual porque la realizadora adapta a la pantalla grande su novela homónima. Wakolda es el nombre de una muñeca y desde el arranque se le presenta al espectador su imagen. Aquí habrá muñecas no sólo como juguetes sino también como símbolos de la alteración del cuerpo y de su producción en serie. Así Wakolda sirve de pretexto para que un hombre de bigote y ojos claros entable una conversación con la protagonista del filme.
Estamos en 1960 y el encuentro detona el relato. La narradora es una niña. En medio de la nada patagónica el médico alemán (Álex Brendemühl) del título alterno se acerca a una familia que está mudándose a Bariloche. Se hace llamar Helmut y argumenta que no le gustaría viajar por la carretera solo. Pide permiso para seguirlos en la ruta. El padre accede. Ya antes el alemán posa la mirada en la hija de la familia: Lilith (Florencia Bado). Lilith explica ante el asombro del médico por su edad que ya está acostumbrada a esas reacciones. La niña es demasiado baja para sus doce años. También le presenta a su muñeca, Wakolda. Lilith es más grande de lo que la gente cree. Encarnación de lo exótico y lo no tanto, Helmut se torna un enigma atractivo tanto para la madre Eva (sí, otra Eva, ésta interpretada por Natalia Oreiro) como para la hija. Después de todo, la madre viene de una familia de ascendencia alemana. Habla el idioma a la perfección y de niña estudió en un colegio alemán al que ahora pretende enviar a Lilith y sus otros dos hijos. Durante una parada en el camino Eva le explica al doctor que está embarazada de mellizos. Quien más sospecha de él es Enzo (Diego Peretti), el padre. Tras el viaje la familia se establece junto a la espectacular cordillera de los Andes, esto luego de heredar un hotel de un familiar muerto. Las sospechas se intensifican cuando el médico entra a ese lugar de fábula con otra petición: ser el primer cliente del establecimiento. Entre lagos, bosques y montañas, pronto Helmut le hace otra proposición a la familia. Con sus conocimientos científicos él puede ayudar a Lilith para que crezca y con los años tenga una estatura normal. El hombre les dice que es un experto en genética y ganado. Para lo anterior tendrá que estudiar a cada miembro de la familia. E incluso supervisar el embarazo de la madre.
Si en Enzo apenas levanta sospechas, en un espectador mínimamente enterado de lo ocurrido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial el médico inspirará terror. Obvio que Helmut no es quien dice ser. Esto quedará mucho más claro cuando los niños asistan al colegio y ahí Lilith se encuentre con Nora (Elena Roger), una mujer que investiga y observa a más de un inmigrante alemán en Bariloche. Nora está buscando en Argentina a un ángel de la muerte. Lilith, sin embargo, encuentra en el monstruo oculto un aliado. Ése que la ayudará a acallar bocas en un colegio repleto de rubios altos, los mismos compañeros que la hostigan y la golpean llamándola “enana”. No conforme con eso el doctor también le propondrá al padre un negocio: la producción en serie de muñecas. Con esta trama Lucía Puenzo hila una cinta de suspenso efectiva a más no poder. Aunque tal vez muy poco sutil con su simbología: no hay imagen más recurrida para expresar la manipulación del cuerpo femenino que una muñeca. A pesar de lo anterior —algo sin duda bastante perdonable— la película no pierde el rumbo y logra con su excelente hechura mantener la tensión hasta el final. Apenas con unos cuantos créditos en su haber Lucía Puenzo se ha vuelto digna heredera de su padre y se une a importantes cineastas argentinos que actualmente tienen eco a nivel internacional, gente como Lucrecia Martel, Juan José Campanella o Pablo Trapero. Por desgracia, ninguna de estas dos películas tiene todavía fecha de estreno comercial para México.

Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013). Dirigida por Jim Jarmusch. Producida por Reinhard Brundig y Jeremy Thomas. Protagonizada por Tom Hiddleston, Tilda Swinton, Mia Wasikowska, Anton Yelchin y John Hurt.

Wakolda (2013). Dirigida por Lucía Puenzo. Producida por Lucía Puenzo, José María Morales et al. Protagonizada por Álex Brendemühl, Natalia Oreiro, Diego Peretti y Florencia Bado.

miércoles, 4 de junio de 2014

lunes, 2 de junio de 2014

Niñez con mirada surrealista

Tengo una relación problemática con Alejandro Jodorowsky. Por un lado admiro mucho la irreverencia surrealista de su cine, la forma en la que a través del mismo defiende al cine como arte al mismo tiempo que ataca sin concesiones su concepto de industria. Además puedo ver y volver a ver una y otra vez la que considero su mayor obra fílmica: La montaña sagrada (1973). No hace mucho me conmoví ante el documental de Frank Pavich, Jodorowsky’s Dune (2013) en el cual se cuenta cómo el director chileno estuvo a punto de llevar a la pantalla grande Dunas de Frank Herbert sin éxito. Y no puedo negar que algunas frases de Jodorowsky en el avance de La danza de la realidad (2013) todavía me sacan lágrimas. Sin embargo, cuando el mismo hombre se pone a recetar actos de psicomagia o a leer el tarot en un café de París o a ser el invitado de honor en Montreal de una cosa llamada Universidad de Foulosophie entonces sí mi mente tal vez demasiado racional pinta su raya porque todo eso presenta un poco el tufillo de la superstición. A final de cuentas tratándose de Jodorowsky prefiero quedarme con su cine y punto. Por eso La danza de la realidad —que a final de cuentas pretende ser un acto de psicomagia— me dejó con sentimientos encontrados. De todas maneras, objeciones personales o no, el hecho de que haya una nueva película del realizador chileno luego de veintitrés años de ausencia del cine es todo un acontecimiento.
Como el protagonista de La gran belleza el actor, artista, mimo, cineasta y psico-mago nacido en el seno de una familia de origen judío-ruso nostálgicamente fija a sus ochenta y tantos años la mirada en su niñez. No por nada la película es homónima de su libro autobiográfico publicado en 2001. Pero la cinta, a diferencia del libro, se centra de forma exclusiva en la infancia trascurrida en Tocopilla, un pueblo olvidado a dos mil kilómetros de la capital chilena donde a Alejandro le tocó nacer. En cuanto al entorno geográfico Jodorowsky es fiel a sus recuerdos pues incluso rueda el largometraje en el lugar de los hechos. Las anécdotas de la infancia se moldean hasta tornarse imágenes surrealistas: el encuentro de su padre Jaime (Brontis Jodorowsky) con los antiguos compañeros (en realidad, payasos) del circo, todos los parlamentos de su madre Sara (Pamela Flores) salen de su boca en bel canto, las discusiones en la tienda de la cual el padre es propietario, el descubrimiento en la playa del ciclo de la vida, la pérdida de su cabellera larga y rubia como cordón umbilical con la familia materna, la presencia de los hombres mutilados por el trabajo en la mina, las constantes humillaciones del padre para convertirlo en un hombre fuerte e insensible, su rol como mascota de los bomberos del pueblo. Algunas secuencias se alzan hasta el rango de la poesía. Otras, ya se sabe, pertenecen al área de lo grotesco. Por un lado, el desdoblamiento borgiano: Jodorowsky viejo aconsejándole a su versión niña a punto de lanzarse desesperada a la profunda muerte ofrecida por el mar. Él se dice a sí mismo lo siguiente: Todo lo que vas a ser ya lo eres, lo que buscas ya está en ti, alégrate de tus sufrimientos, gracias a ellos llegarás a mí. En estas secuencias de confrontación entre la juventud y la vejez se dan los momentos más profundamente conmovedores de la cinta. Por otro lado, la transgresión en una de sus máximas encarnaciones. Como ejemplo, la madre meando sobre el padre para curarlo de una infección misteriosa. Para quien está familiarizado con la obra anterior del cineasta tales escenas poco sorprenderán. Un espectador incauto, sin embargo, podría escandalizarse. Por ahí también hay espacio para la risa gracias al enano anunciador de las ofertas en la tienda del padre. Las ofertas se anuncian con tácticas cada vez más delirantes y risibles. Hacia el final del largometraje Jodorowsky se aleja del mero recuento autobiográfico y plantea el acto de psicomagia. Se presentan como hechos anécdotas nunca ocurridas: Sara entrando desnuda a un antro sin ser vista, Jaime siendo torturado por un régimen autoritario, Sara untando al pequeño con grasa negra para bolear y así ahuyentar su miedo a la oscuridad. Todo esto tal vez con el afán restañar las heridas del pasado y manipular la figura del padre para observarlo como un hombre menos violento, más comprensivo y, sobre todo, que dé cabida a sus sentimientos.
El tema de lo familiar no sólo se halla dentro de la mitad ficción y mitad realidad sobre la pantalla. En la hechura del filme sólo podría describirse como ineludible: Brontis Jodorowsky —quien siendo un niño interpretara el papel del hijo como en un juego de espejos en El topo (1970)— ahora interpreta el papel de Jaime, su abuelo paterno. Cristóbal Jodorowsky —Fénix en Santa sangre (1989)— aparece como el Teósofo. Adán Jodorowsky —alias Adanowsky— además de ponerse la piel de un anarquista se encarga de la música. Pascale Montandon, pintora y pareja actual del realizador, se encarga del diseño de vestuario. Y, como ya lo mencioné con anterioridad, el mismo Alejandro interviene y entabla diálogo consigo mismo de niño (Jeremías Herskovits). Además de la evidente artificialidad de las actuaciones (cuya justificación no es difícil hallar dentro del carácter surrealista del filme), en la intervención no tanto histriónica sino física del joven Herskovits encuentro una mínima objeción. Cuando vi La danza de la realidad hace algunas semanas ya se habían borrado de mi mente muchas de las anécdotas contenidas en la autobiografía homónima. Entre ellas, el insulto que otros niños —además de “judío”— le lanzaban a Jodorowsky: “¡Pinocho!”. Y si uno mira los rostros del cineasta y sus hijos (a excepción de Brontis, claro) se entiende por qué. Cuando ese apodo lo recibe un muchacho como Jeremías Herskovits, el espectador —en este caso, yo— queda perplejo porque lo último por lo que se caracteriza este niño es por una nariz grande. Minucias tal vez de un obsesivo. Quién sabe.
Tal vez donde se encuentren tanto los méritos como los defectos de la película es que resulta un producto en extremo personal. Aunque a final de cuentas lo mismo pasa con cintas como Fando y Lis (1968), El topo, La montaña sagrada y Santa sangre. Lo que sí destaca de La danza de la realidad es su constitución como el legado de un artista. Tal vez el último. Espero que no sea así. Porque Jodorowsky afirma que él le gustaría seguir viviendo hasta los 120 años. Pase esto o no ya hay quien levanta la mano y pretende asumir el rol del relevo: Nicolas Winding Refn (Drive). En mayo del año pasado, durante el festival de Cannes, los dos directores estrenan La danza de la realidad y Sólo Dios perdona. Jodorowsky en la Quincena de Realizadores y su émulo más joven en la selección oficial. Como remate el crédito del director danés está dedicado al chileno. Y con el entusiasmo de alguien como Nicolas Winding Refn por la obra de Jodorowsky y con un vistazo a Jodorowsky’s Dune se confirma que, aunque haya sido de forma subterránea y que aunque muchos todavía se resistan a admitirlo, el influyente y poderoso legado de este singular artista seguirá vivo aún después de la muerte. Al igual que Tom en el granero de Xavier Dolan, La danza de la realidad se exhibe en México con la quincuagésima sexta edición de la Muestra Internacional de Cine.

La danza de la realidad (2013). Dirigida por Alejandro Jodorowsky. Producida por Alejandro Jodorowsky, Michel Seydoux y Moisés Cosío. Protagonizada por Jeremías Herskovits, Brontis Jodorowsky y Pamela Flores.

domingo, 1 de junio de 2014

Denis Villeneuve: la inesperada violencia


Para no variar el tema del cine salido de Quebec, en mi décima colaboración para la revista Siglo Nuevo hablo de Denis Villeneuve. Aquí dejo el enlace al artículo:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/999965.la-inesperada-violencia.html