miércoles, 30 de diciembre de 2015

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Simpatía por los monstruos


En mi última colaboración con la revista Siglo Nuevo me ocupo de dos películas del director mexicano Guillermo del Toro: El laberinto del fauno y, la más reciente, La Cumbre Escarlata. Agradezco a esta publicación haberme permitido publicar en sus páginas estos textos sobre cine durante los últimos dos años y fracción. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1175759.guillermo-del-toro.html

viernes, 13 de noviembre de 2015

Danny Boyle


En mi penúltima colaboración con la revista quincenal Siglo Nuevo hago un recorrido por las películas más recientes del director británico Danny Boyle: 127 horas, En trance y Steve Jobs. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1167894.danny-boyle.html

jueves, 29 de octubre de 2015

Ceros a la izquierda (y III)

Va la tercera y última parte de este relato. La primera y la segunda se encuentran en los enlaces precedentes:

Esperamos algunos días para ofertarle nuestra propuesta indecorosa a Mindy. Para el efecto preparamos un picnic en el Lake Beavers del Parc Mont-Royal. Con todo y canastilla. ¿Sí saben cómo? Ya que la temperatura empieza a subir cada vez más pues no es ningún problema el desplegar el picnic ahí. En el medio de la estimulante conversación introducimos muy discretamente el tema de que sería acá padrísimo tener una cena íntima. Comidita deli. Velitas. Musiquita. Postrecito. Y vinito. Y quién quita y hasta masajito. Al principio Mindy no reacciona. Como si la vièrge le hablara a la diosa del amor. Finalmente nos da la negativa. Ay, ¿cómo creen, chicos?, si mi depa está todo sucio y desordenado, necesito tipo así una señora-que-le-ayuda-a-mi-mamá; pero aquí en este país no sé cómo conseguir una. Si no, no recibo visitas. Me da chúper-pena pero ni modo. ¡Bolas! Nos da el stop gacho. Mas la perseverancia es nuestro valor más fundamental y no quitamos, como suele decirse, el proverbial y lubricado dedo del renglón. El siguiente fin salimos a desayunar bagles a una panadería llamada San Viator y a pasear ora sí por la zona del Estadio Olímpico. Ahí el cronista deportivo imagina la hermosura de Diana Comaneci durante las olimpíadas en Montreal. Cómo alcanzó la cima de la perfección en los ejercicios gimnásticos obteniendo su famoso diez. Tras un largo y pintoresco paseo por el jardín botánico nos acercamos a la torre del estadio. Mindy se halla muy distante mientras subimos en el elevador de la tour inclinada. Uno de nosotros recuerda lo exquisitos que estaban los bagles de esa mañana. Mindy replica muy modosa que están mucho mejor los ¡BAGELS! de Nueva York. Nosotros le respondemos que éstos de Montreal están bastante sabrosos. Aunque, claro, nosotros nunca hemos probado los de New York. Porque nunca hemos ido a esa gran ubre. Somos dos humildes chicos de Torreón cuyos padres pertenecen a la clase trabajadora y nunca hemos visitado la célebre Big Apple. Ya ven, mis chavos, cómo es la gente de creída. Y esta niña Mindy estaba resultando ser sumamente creída. Una vez en lo alto de la torre, la vista no la impresiona en lo absoluto. La vista está muchísimo más chúper-bonita en la torre CN de Toronto. Total que pura desazón, pura gesticulación de fuchi, puros melindres y así. Poco a poco el plan de masaje y algo más con la delectable fémina se va evaporando entre una nube gris de ansiedad. Ni siquiera en la despedida merecemos un beso. Fue así como “ahi se ven, chavos”. Casi creo que “hasta nunca, losers”. Nomás le faltó hacer el signo de la “L” sobre su blanca e inmaculada frente.
Para colmo, cuando regresamos al cantón de Mr. John, nos topamos con tremendo pedicure. Nos damos cuenta porque hay un silencio todo denso en la atmósfera. Pronto nos enteramos de lo acontecido por las habladurías. Pero hasta después de la diner que, si no lo saben se los decimos, allá se acostumbra servir a las seis de la tarde. Bien raro, ¿no? Será porque comen a las doce del mediodía y ya a las seis les están gruñendo las tripas sonoramente. Pues resulta que un chino sendamente amanerado —con el cual apenas hemos cruzado dos palabras porque los amanerados nos dan asquillo y así— se ha ido sin ni siquiera decir adiós, como las chachas, sin pagar el último mes y prácticamente dejando el cuarto que le rentaba Mr. John hecho una caca. Digo, una popó. Pronto circulan más y más rumores sobre lo ocurrido entre el chino y nuestro landlord. Pero no nos es posible revelarlo por lo delicado del tema. Ahi perdonen la discreción, mis chavos. Ésa es otra historia. Muy grotesca, por cierto. Casi tres equis. Y aquí estamos en horario familiar. Tipo Siempre en domingo. Con el paso de los días todos los little brodis nos olvidamos de aquello tan traumatizante. Aunque al pobre Mr. John le toca limpiar e incluso remodelar a él solito el cuarto donde moraba el chino cochino. Nosotros, en cambio, estamos cada tarde pegados al teléfono esperando una llamada de Mindy. Pero nada. Nos da cortón bien feo. Así son las féminas de veleidosas.
            El último viernes del curso de francés se organiza la comida internacional. Así tipo pot-luck. No pongan esas caras de turulatos, mis chavos. O sea, de traje pa que me entiendan sus mercedes, siñores. Ora pues. No se sulfuren. No nos vayan a acusar de descriminadores con la CONAPRED. En el pot-luck cada alumno tiene que llevar un platillo típico de su país. A nosotros las cosas se nos simplifican. Tan pronto sabemos de qué va la famosa comida internacional nos acercamos acá todos coquetones con la generala y le decimos que nos permita traer un guacamole. Ella al principio pone cara de quoi? y nos quiere dar a entender que los platillos de los demás alumnos van a ser un poco más elaborados que un pasa-bouches. En parcas palabras uno le afirmó soy un crack de las letras y el otro soy un crack del deporte. Así que con dificultad podríamos además de lo anterior ser cracks de la cocina, chefs acá súper-internacionales estilo Gordo Ramsey. Si somos humanos, madame, no dioses. Pero eso sí, madame, nuestro guacamole no es cualquier chose. Estamos hablando de un guacamole gourmette, acá de ésos que sólo servirían en un restorán tan caché que sería cachetón. Ji, ji, ji. Como que a lo último no le entendió del todo la muy buey. Pero finalmente nos responde que está bien, que traigamos nuestro guacamole a la comida internacional. Pensamos marcarle esa misma noche e invitar cortesanamente a Mindy porque somos personas perseverantes, de ésas que nunca se dan por vencidas y que además carecen de miedo. Quien quita y ella nos ha extrañado. Quien quita y ha estado dándose su taco en espera de que nosotros le hablemos. Quien quita y Mindy acepte por fin ese sexy masajito. Y algo más. Ñaca-ñaca.
            Después de esperar que varios de nuestros romies hicieran sus llamadas de cajón a sus extranjeras casas, por fin podemos marcar el número de la bella Mindy. Para nuestra desgracia no está y le dejamos recado en su buzón de voz. Unas horas más tarde nos grita desde la cocina el little bróder mexicano de Veracruz: teléfono, es un chava con la papa en la boca. De inmediato colegimos que debe tratarse de Mindy. Empezamos la platicada un rato para no vernos tan obvios. ¿Qué has hecho, adónde has ido?, Montreal tan chido y ella, ni tanto y así. Entonces ocurre algo terrible. La noticia salida de los voluptuosos labios de Mindy nos cae como un balde de agua fría. ¿Adivinen qué, chicos?, acabo de conocer a un galán guapérrimo, atlético, güerito, ojiazul y así, ¿sí saben cómo?, todo Ken de la Barbie pero en versión rebel y sexy, porque es un poco intenso, es así de aquí de Montreal y aunque de repente se fuma sus churritos de mota, por otro lado es tipo chúper-romántico y atento y así, de flores, globos, corazoncitos, chocolates y toda la cosa, ¿qué les parece? Nos damos cuenta de que el quebeco ése del cual nos cuenta Mindy nos está ganando terreno, tipo comiendo el mandado. Tenemos que hacer algo y rápido. Luego luego la invitamos demasiado educadamente a nuestra reunión de pot-luck de la Academia. Ay, no, chicos, pero si yo no soy alumna de ahí, me voy a ver tipo así colada, gorrona y naca. Tras varios y psicológicamente largos minutos no dejamos de insistir. Bueno, le decimos, a lo mejor después vamos a un club, ahí no te verías nada colada ni naca. Oquei, bueno, así sí, cuando se acabe su comida internacional pues me mandan un mensajito y así, ¿eh? El quebeco güerito y ojiazul está a punto de pelársela, mis chavos. Y ni siquiera se ha dado cuenta. Ñaca-ñaca.
Llega el muy atendido día. Todos los convocados arriban al curso de francés de la Academia con sus alimentos, sus bebidas y sus viandas. Hay de todo: quesque por allá las especias hindúes y por acá los platillos africanos. No podían faltar al convite el sushi de Japón ni los dumpings de la China. De Sudamérica alguien lleva unas cosas que se llaman pupusas. Yiaks. Suenan asquerosas, ya sabemos; pero hagan de cuenta que son parecidas a nuestras gorditas. En fin, para no hacerles el cuento largo, comida de casi todas las partes del mundo y así. Lo mejor de lo mejor. La crème de la crème, diría nuestra profesora franchuta. Excepto —¡por supuesto!— el de Jo Anne que, pensamos entonces, de seguro habría llevado una gringada de ésas, tan carentes de cultura e historia, tipo hamburguesas, pizzas y papitas fritas. Y, claro, para coronar tal banquete internacional, pues nuestro exclusivo, suculento, sabroso, elegante, apetitoso y muy chic guacamole gourmette.
Una vez desplegados todos los platillos y salivando de a móders principiamos a hacer la ronda del bufet globalifílico. Una de ésas japonesitas eróticas que salen en los animes pervertidos para adultos nos ofrece sushi, un compañero del continente negro y de quién sabe qué país trae una cosa que parece mole, un chino, los celebrados dumpings que ya conocemos porque como recordarán los cominos en el Chinatown, un salvadoreño nos da de sus gorditas espurias. Y así. Y, claro, nuestro suculento guacamole gourmette es la sensación de todos los asistentes. Recibimos muchas felicitaciones y nos piden nuestra receta secreta. Ji, ji, ji. Cosa que por supuesto no les proporcionamos. Secreto de familia y así. Luego de un rato Jo Anne se nos acerca con su platillo: unos bocadillos de mini chili-dogs. Como carecemos de máscaras en principio rechazamos caballerosamente sus bocadillos. No, gracias, y así todos dignos. Por dentro imaginamos esas manazas de orca sacándose un moco y embarrándolo sin querer en las salchichas o dejando sobre los frijoles sus pelos de perro remojado. Como no queriendo esparcimos la idea de que sería bien padriuris hacer algo después de la comida. Claro, ya sin la generala maestra de francés. Algo acá tipo reventón mode. Alguien dice que hace unos días fue a un billar slash antro sobre la calle Santa Catarina. Pronto queda el plan hecho. Ni tardados ni perezosos le marcamos a Mindy para que se encuentre con nosotros ahí en unas horas. Nos responde que sí. Ese triunfo colosal nos da un segundo aire para seguir llantando —por eso de las llantas que se nos van a hacer, ji, ji, ji— aquellos manjares tan deliciosos.
Catre. Catre. Catre.
Como el hambre sigue siendo mucha y a la gorra ni quién le corra, nos acercamos bien subrepticiamente a la charola de mini chili-dogs y cuando estamos a punto de hacernos de dos de ellos sin que se dé cuenta Jo Anne voltea, nos sorprende e interviene. ¡No, ésos no! En ese instante saca un tóper de debajo de la mesa y lo destapa. ¡Éstos, muchachos!, especiales para mexicanos, ¡mucho más chili!, ¡yum, yum! Y nosotros ay, qué linda por pensar en nosotros, no te hubieras molestado, chava. Y tan rápido como lo decimos los mini chili-dogs pasan por nuestra tráquea y van viajando a lo largo de nuestro esófago hacia el abismo insatisfecho de nuestra panza como si se tratasen de torpedos dispuestos a perforar intestinos hartamente delicados. La chorcha continúa otro rato más. La profesora distribuye unos álbumes que preparó con tareas y fotos de todos los alumnos del grupo. Un estilo anuario; pero no tanto porque el curso con la generala no duró todo un año, ¿verdad? Casi. Pero no todo. Total que muy discretamente decidimos ir al billar slash antro y no decirle nada a la ñora. No se fuera a querer colar y ora sí que qué güe…flojera porque no nos podríamos reventar acá chido si ella está ahí observándonos, ¿no? Lo bueno es que ni se entera. Cada quien recoge sus platos, tópers y ollas. Cada quien se regresa a su casa y quedamos de vernos en el lugar indicado más o menos una hora después.
Ahora nos hallamos dentro del antro con mesas de billar y pista de baile con nuestras cubas —o así— en la mano. El sitio se llama Sharx y para su información se localiza sobre la calle Santa Catarina y muy cerca de la Universidad Concordia. Digo, cuando vayan… Porque no está tan gacho y me imagino que sí estaría a la altura de sus presupuestos. Si es que les conceden la visa y van allá algún día, mis chavos. Ora, ora. Otra vez de susceptibles. Ya pues, era broma. No se encabritonen. Mindy hace su entrada triunfal y todos nuestros compañeros se quedan con la bocotota abiertotota. Pedimos una bebida espirituosa para la dama y nos ponemos a platicar ignorando olímpicamente a los demás sabiendo que de seguro se estarán preguntando quién es la hermosa princesa y cómo le hicimos para amistarnos con tan distinguida y potable mujer. Luego de un rato y de haber hecho “piedra papel y tijera” junto a la barra para saber cuál de los dos bailará primero con ella, la suerte es del cronista deportivo y con él Mindy se encamina hacia un rinconcito obscuro del lugar. De repente él hace una cara de angustia, llama al literato para que sea su relevo y se aleja apresurado hacia el baño para hombres. Literato y Mindy comienzan a bailar acá en súper-coqueto mode y mientras él imagina que no sería mala idea dejarlo a la suerte y volver a jugar “piedra, papel y tijera” para saber cuál de los dos le hará primero lo que vendría a ser el amor a la damisela, entonces siente cómo las entrañas se le mueven no en baile cadencioso sino en trance frenético. De inmediato se excusa con Mindy y sigue el mismo camino que su camarada hubiera hecho minutos antes.
Una vez intercambiando impresiones de un trono real al otro nos percatamos de que nos acaba de ocurrir la mesma cochina cosa. Pero en aquel momento no conectamos dos y dos. Según nuestra opinión, tanta comida internacional —entre china, hindú, africana, japonesa, tex-mex, sudamericana y aparte nuestro guacamole— habían conformado una combinación letal en nuestros nada internacionales ni ecuménicos intestinos. Una mezcla donde la salsa de soya se agarraba a golpes con la especias de la India, donde el chile mexicano se trenzaba en terrible combate contra inusuales ingredientes del continente negro. Definitivamente el mestizaje, mis chavos, es un ingadera. Abajo con el multiculturalismo montrealés y así. Allá hasta hay un partido político que lo dice y forma parte de su plataforma electoral. Y vaya que tienen razón. Y el resultado de estas diversas culturas culinarias se encontraba allí, líquido y desparramado, sobre el fondo de las tazas de ambos escusados. Y ni hablar de su olor, mis chavos. ¡Yiaks! Nada fresón. Ya lo dijo el Quijote: hueles y no precisamente a ámbar de semáforo ni así.
Como para entonces nos habíamos tardado más de lo normal en lo que antes se denominaba el W.C. Mindy se va acercando discretamente hacia la puerta. Ya al final se desespera por nuestra tardanza y venciendo todos sus pudores de niña bien abre la puerta y asoma la cabeza preguntando por nosotros. Pero tan pronto hace lo anterior la ráfaga de olores nauseabundos se estrella cual pay gelatinoso contra su rostro y penetra hasta lo más profundo de sus fosas nasales. No tarda nada nadita en registrarse tal hedor dentro de su cerebro que desde el centro de control manda una señal urgente a las cuerdas bucales para lanzar desde ahí a pulmón pelado: ¡¡¡GUÁCALA!!! Y ese horripilante y melindroso ¡guácala! —cual si hubiera olisqueado el mismísimo culo de Satanás— fue lo último que escuchamos de los labios sensuales de esa linda sirena llamada Mindy. Una vez que el torrente ora sí que cacafónico —ji, ji, ji— amaina y que somos capaces de levantarnos de nuestros respectivos tronos reales y de salir a pedir informes, el resto de nuestros compañeros afirma que, perdiendo toda su dignidad de chica fresa, Mindy salió despavorida hacia la mesa con su cara de fuchi irradiando hacia los cuatro puntos cardinales, tomó velozmente su bolso y sin despedirse de ninguno de ellos dejó el Sharx tambaleándose. Qué chúper oso, habría dicho ella, mis chavos, con estos chicos caguengues no salgo de nuevo ni a la esquina. Pero alguien está regordeándose con nuestra derrota: el salvado-ñero —celoso, envidioso y resentido como buen sudamericano, como buen latino-gatino— nos dice que Mindy incluso se fue diciendo: eso me pasa por juntarme con mexicanos, todos son iguales, ¡pinches nacos! Pero no le creemos que nuestra musa haya dicho eso porque, además de que no somos ningunos nacos y de que ella es muy finolis como para escupir esa maldición, de seguro él se hubiera querido quedar amartelado con un cuero como Mindy. Ella, sin embargo, nunca más vuelve a contestarnos el teléfono ni los mensajitos ni los meils. Jamás volvimos a saber de ella. Qué triste, ¿no?
Durante el regreso a la casa de Mr. John vamos otra vez todos alicaídos. Sin embargo, nosotros adolecemos de lo que vendría a ser una venia de tristones, acá bien deprimidos, malvibrosos y amarguéitors. No, claro que no. Somos adeptos al positivismo y no tardamos en quitarnos el polvo cuando hemos caído en desgracia. Así que en menos de lo que canta un gallo ya estamos otra vez de buenísimo humor y en plena chorcha chabocha. Nos queda, empero, la pregunta de por qué a los otros compañeros no les pasó lo mismo que a nosotros. Al fin y al cabo, como buenos norteños que somos, tenemos un estómago de acero que tolera todo tipo de manjares, desde los de alta alcurnia hasta los callejeros, aguantamos al mismo tiempo gorditas, enchiladas, cochinita pibil, discada y media, reliquias, salsas picosas, burritos de hielera y demás alimentos de puestos ambulantes. No hay explicación lógica a este desaguisado intestinal: ji, ji, ji. Casi creo, afirma el cronista, que fue la maldición de Moctezuma pero al revés. Sí, segunda el literato en nosotros, todos esos turistas que han ido a México y han padecido la venganza del emperador Naca-teca se la cobraron con nosotros, no es justo, pagan chavos buenos por pecadores. Y en el instante más inoportuno. Luego pensamos que tal vez de seguro el platillo que estaba preparado de forma menos higiénica eran las tales pupusas salvadoreñas. Al otro se le ocurre decir que no habrían sido “pupusas” sino más bien “popusas” por el efecto causado. Ji, ji, ji. Ya con estas últimas risotadas se nos quita definitivamente la depre por el oso con Mindy y hasta nos olvidamos de ella. No sabes de lo que te perdiste, chava. Allá tú y así.
            El último día del curso de francés como segunda lengua son las evaluaciones. Para nuestro examen oral final debemos pasar al frente de la clase y dar una exposición de varios minutos sobre alguna leyenda o algún mito de nuestro país. Nosotros, claro, hablamos de leyendas como el águila y la serpiente o los volcanes o la llorona o así, cosas tipo típicas y folclóricas. Y de la misma forma los otros alumnos de la clase con cada uno de sus países. Pero cuando le toca el turno a la gorda horrenda de la Jo Anne se levanta y dice que en Texas no hay leyendas ni mitos. Sólo vaqueros. Y se pone a hablar de lo que vendría a ser un vaquero. Pero tan reborujado el rollo que a final de cuentas nadie le entendió bien a bien de qué diantres estaba hablando. Aparte de que, ya se sabe, pronuncia mal las palabras en francés. Al salir del curso, nos despedimos de la maestra generala y de cada uno de los compañeros afirmando (sin realidad quererlo, claro) que ya saben que tienen su casa en el norte de México y que no dejen de visitarnos y así. Cuando nos acercamos a Jo Anne, ella tiene una sonrisita mamilona en los labios y no nos explicamos por qué. Así como nosotros lo hacemos antes, ella nos invita a París, Texas, su pueblo natal del que quizás nunca debió haber salido esa mujer tan loser. Finalmente nos pregunta cómo nos cayó el platillo que ella preparó muy especialmente para nosotros. Entonces nos dimos cuenta de la verdad. En los mini chili-dogs ofrecidos por la infeliz orca venían integrados laxantes para sus servilletas. De ahí nuestro oloroso accidente.
            Excusen el lenguaje, mis chavos, pero… ¡Qué pinche puta vieja puerca tan pendeja, tan mamona y tan loser! Nosotros qué le hicimos o qué para merecer eso, para que nos arruinara nuestro date romanticón con Mindy. No mames y así.
Catre. Catre. Catre.

viernes, 23 de octubre de 2015

Gótico redivivo a medias



Ésta será mi última reseña de una película reciente. Las razones, creo, quedan claras en este artículo publicado en la revista Acequias. No se trata de una crisis de los 40 ni nada por el estilo. Desde hace tiempo —más de un año ya— el fenómeno cinematográfico ha dejado de tener la fascinación de antes. La última película que me conmovió (La gran belleza) fue hecha en 2013. Si a eso agrego el hecho de que casi nunca se me ha retribuido por este trabajo siento que el retiro con respecto a esta actividad debió haberse dado mucho antes. Quizás no debí haber permitido que se usara mi trabajo para llenar espacios periodísticos durante 19 años a cambio de nada. Y sé, además, que debo dejar este tipo de textos para dedicar mi poco tiempo libre a la narrativa, género por el cual empecé a escribir a los 14 años. Es muy probable que a esta desgana se deba también mi opinión sobre la siguiente película, la de un compatriota cuya obra cinematográfica admiro mucho. Así que con ésta me despido:

La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, 2015) es el intento de Guillermo del Toro de revivir el cadáver ya bastante pútrido del relato gótico. En el cine su influencia es indudable y en numerosas ocasiones se ha recurrido a la literatura de este género para alimentar historias desplegadas sobre la pantalla de plata. En el caso del mexicano, todavía no estoy muy seguro si el intento falló o no. Después de todo, cada uno de los elementos necesarios está presente: la mansión en decadencia con una o varias ánimas lloronas incluidas, la llave reveladora de información oculta, el secreto vergonzoso de la familia aristocrática, la inocencia pisoteada de la heroína, la imagen de la joven mujer pálida de cabellos sueltos entre tinieblas y con un candelabro en la mano. La pregunta reside en si vale la pena o no resucitar este género en la época actual. Y sin mayores modificaciones. Recuérdese, por ejemplo, el ridículo resultado obtenido con una reciente adaptación de una novela gótica, El monje, aquel bodrio de 2011 dirigido por Dominik Moll y protagonizado por Vincent Cassel. Pero no. Tratándose del cineasta mexicano no habrá nada ridículo —salvo quizás el retrato de la madre de los aristócratas. Habrá sí, en cambio, una obsesión de enamorado en cada detalle de la dirección artística. El problema reside en que no muchos en el público compartirán tal enamoramiento.
Al inicio de la cinta Edith Cushing —cuyo apellido es una referencia obvia a uno de los actores más identificados con el género, Peter Cushing— anuncia temblorosa y ensangrentada que ella cree con firmeza en los fantasmas porque ha comprobado que son reales. Esta introducción recuerda en mucho a El espinazo del diablo. La primera aparición, cuenta Edith (Mia Wasikowska), ocurre poco después de la muerte de su madre. Así llega una advertencia sobre los peligros que encierra la Cumbre Escarlata. Siendo niña, esto no significa nada para ella. Años después, los espectadores se hallan en Buffalo y otra vez en el siglo XIX. Edith se ha convertido en una mujer cuyo mayor deseo es ser escritora. A través de su creatividad habla la del realizador cuando afirma que su novela, la cual intenta transcribir de manuscrito a máquina, es una historia de amor con fantasmas y no al revés. No un relato de fantasmas con un romance como algo accesorio. La reflexión meta-cinematográfica se hace con toda intención para indicarles a los espectadores el verdadero género de la cinta, el romance gótico. Para hacer la historia de amor realidad llegan a la ciudad dos foráneos provenientes de Inglaterra: Thomas y Lucille Sharpe. Todas las señoras gringas suspiran por el lord Byron de cuarta y sin riquezas. Sin embargo, la intención firme de Thomas (Tom Hiddleston) es casarse con Edith aun en contra de los deseos de su tanto pudiente como renuente futuro suegro (Jim Beaver). Con el matrimonio Thomas lograría cristalizar las ambiciones de su familia de dos. Una familia cuya decadencia se ve reflejada en su ropa y, allende el océano, en la propiedad, Allerdale Hall. Así, tras una muerte inesperada y ante la sorpresa de su admirador Alan McMichael (Charlie Hunnam), Edith será llevada hasta Inglaterra, hasta la mansión Allerdale Hall: ese lugar aislado y decadente también conocido como la Cumbre Escarlata llamada así por los naturales porque debajo yace la arcilla roja que Thomas pretende extraer con su ingenio de inventor y, claro, la fortuna de Edith. Nadie imagina que el cerebro moviendo los hilos del galán-títere es la aparentemente fría Lucille (Jessica Chastain), la hermana de Thomas.
Quienes acudan al cine buscando los sustos constantes y convencionales del horror fílmico moderno se verán decepcionados pues, como ya lo advierte el cineasta a través de Edith la trama, se ciñe a las reglas del género gótico sin vacilación alguna. De esta forma, los sustos están racionados. También en entrevistas Guillermo del Toro ha afirmado que su cine siempre ha alternado entre proyectos de temas para adultos más personales (su obra en español) y otros de temas para adolescentes más comerciales (su obra en inglés). De acuerdo con estas mismas declaraciones La Cumbre Escarlata sería el primer trabajo fílmico en el que un estudio importante le permite al mexicano hacer un filme de corte maduro en inglés. Aquí tal vez reside mi primera duda ante la cinta. Quizás por hallarse en la frontera entre el cine de autor y el comercial el asunto no cuaje del todo. La timidez de la violencia —contenida hasta el clímax donde se revelan los secretos— con respecto a sus anteriores créditos en español y la clasificación en Estados Unidos (PG-13), apuntan al deseo de apelar a un público mucho más amplio e incluso adolescente. Tratándose además de un género bastante manido y en muchos aspectos pasado de moda, la trama se vuelve muy predecible y no hay ningún personaje lo suficientemente atractivo como para dejar en un segundo plano el defecto anterior. Y sí, aunque la hechura de la película es de una exquisitez encomiable, se tiende un poco hacia lo hiperbólico con los decorados, el vestuario y ni se diga los fantasmas generados por computadora. Ante todo esto sólo puedo concluir que a Guillermo del Toro le viene bien la austeridad, cualidad antes vista en su obra en español. Eso no quita momentos de franca belleza. Desde la romántica con el vals entre los amantes sosteniendo la mecha que no se apaga. Hasta la escalofriante con la genial imagen de la arcilla roja, del mismo color de la sangre, exudando por cada rincón alrededor de la casa. También muy en el fondo me pregunto si mis sentimientos encontrados ante La Cumbre Escarlata se deban a que algunos conceptos se podrían haber perdido en la traducción de la mente del realizador al guión en inglés, colaboración con Matthew Robbins (mismo guionista de Mimic). Quién sabe.
Hay además un constante e incómodo sentimiento de lo ya visto: en esa bañera de Allerdale Hall tan parecida a la de Ofelia en El laberinto del fauno, en esa flotante y sangrante herida de uno de los fantasmas tan similar a la de Santi en El espinazo del diablo. Ya extendiéndome al reparto, ni qué decir de los lazos entre la actriz protagonista y el género a desglosar. Años antes Mia Wasikowska hizo Jane Eyre al lado de Michael Fassbender y además aparece como protagonista en Lazos perversos (Stoker) de Chan-wook Park, una historia de innegables influencias góticas aunque, a diferencia de La Cumbre Escarlata, un poco más modernizada y menos tímida con el sexo y la violencia. Agradezco mucho, por otro lado, ese enamoramiento del mexicano hacia sus temas. No hay pretensión desmedida ni soberbia detrás de este noveno crédito como director. Sólo hay alguien sumamente enamorado de sus aficiones. Nada criticable en efecto. Sin embargo, será una minoría entre los espectadores quienes estén preparados a abrazar sin reticencias este romance gótico. Lo que Guillermo del Toro logró con los cuentos de hadas en El laberinto del fauno por desgracia no se materializa con la misma contundencia en Crimson Peak. Desde ya estoy esperando que el cineasta mexicano concluya su trilogía sobre la Guerra Civil Española y nos dé un episodio más de esta serie que empezó con El espinazo del diablo y que halló su maestría con El laberinto del fauno. La Cumbre Escarlata entra a la corrida comercial mexicana a partir del 30 de octubre.

La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, 2015). Dirigida por Guillermo del Toro. Producida por Guillermo del Toro et al. Protagonizada por Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston y Charlie Hunnam.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

sábado, 26 de septiembre de 2015

Ceros a la izquierda (II)



A continuación siguen las maravillosas y extraordinarias aventuras de estos dos (¿o serán sólo uno?) fresones norteños. La primera parte se encuentra unas entradas atrás. Va esta bazofia:

Catre. Catre. Catre.
Como pudieron darse cuenta al contar nuestra fuga del mercado Juan Talón somos hombres aventureros y nos encanta hacer cosas acá bien hiper-pesadonas. A uno como cronista deportivo le gustan los deportes extremos. Tipo tirarse del bungee jumping. El otro se considera escritor maldito. Así del estilo de Bukawski. Por eso se mete en problemas adrede y hace desmóder para tener material sobre el cual escribir. ¿Sí saben cómo? Súper-vivencial. Como los actores que estudian el métod de Strindberg. Por esta combinación de nuestras explosivas personalidades decidimos gastarle una broma a Jo Anne un jueves por la mañana. Lo precedente en vista de que nuestra primera celada no nos había salido del todo bien. ¿Qué pex, mi chava? O sea da igual, niña. Strasberg, Strindberg. You say potato I says tomato y así. No nos interrumpas y agarra la onda. Retomo el fil. El malvado plan consiste en volverse a acercar a la texana-parisina y burlarse de su archi-citado catre. Cuchicheamos entre nosotros durante un descanso del curso de francés y coincidimos en que ese catre suyo suena igualito al Catre power! del ahora ignominioso y de mala recordación Fabiruchis antes de su tragedia aquélla con las chicas buena onda. Así que mientras Jo Anne está desparramada sobre un sillón del lobby de la Academia jambándose una manzana que nos recordó la típica imagen de la cerda rostizada con la fruta de marras en el hocicote, entonces atacamos. Poco a poco y sin que ella se dé cuenta nos aproximamos. Casi creo que de puntitas. Ji, ji, ji. Cuando ya nos hallamos lo suficientemente cerca aspiramos todo el aire posible de aspirar para repletar de él lo que serían nuestros pulmones y a grito pelado le soltamos en los oídos a Jo Anne fuertemente: CATRE POWER!!! Ji, ji, ji. No, mis chavos, si hubieran visto. La babosa se estremece, suelta la fruta a medio comer y casi se atraganta con el pedazo de manzanota que traía en el buche. Tose y tose hasta que se recupera. La Jo Anne se queda con sus ojotes azules y su boca entreabierta sin saber cómo responder. Luego de casi creo que un minuto de silencio en que logra tragar su bollo alimenticio escupe Pardon? Entonces nos destornillamos de la risa. En ese instante nos habla en español. ¿Por qué se ríen, chicos? Pues con más ganas nos carcajeamos. Sí, hombre, le tratamos de explicar, tú eres la chava catre-power. Y ella, ¿por qué? Y nos volvemos a reír. Pues porque siempre andas hablando del catre. ¿Catre? Sí, catre, catre, catre, ¿entiendes, Jo Anne? No. Y ji, ji, ji, nosotros. Y no entiendo, ella. Y ya mejor la dejamos con el bocado de pomme y la duda en el hocico. Ahí comprobamos que Jo Anne adolecía de lo que es la inteligencia. Pero no tanto de malicia. Ya van a saber por qué más adelante. Trinche vieja.
            Un día de fin de semana la vemos caminar por la calle Sherbrooke con su novio. Es el principio del invierno. Ha nevado unos centímetros, luego ha hecho mucho frío y debajo de la nieve se encuentra el despiadado enemigo que todos los habitantes de Montreal —transitorios o sempiternos— tememos en estas fechas; el enemigo mortal olvidado durante los días de verano en los cuales caminamos como lo hace la gente normal. Ustedes no saben cómo, mis chavos, porque nunca han visto la nieve en sus móndrigas existencias ni así. Pero durante las primeras nevadas aprendemos a caminar como pingüinos (y no Marinela, ji, ji, ji), nos acostumbramos a que nos duelan las nal… perdón, las pompis y los muslos por el esfuerzo de plantar bien los pies sobre el errático suelo cubierto del gélido contrincante y por encima, como su socarrona cómplice, la nieve con sus eternos collares de diamantes. Así bien chulos como el chulísimo rostro de la Mindy. Y en uno de esos días en los que hay que caminar con extremo cuidado vemos a Jo Anne al lado de su novio cubano. Qué onda, mis chavos. No se lo hubieran creído. Seguramente a los cubanos les encantan los bodoques como ella. O será un balsero ilegal que necesita su green cart en Estados Unidos. Quién sabe. O la tal Jo Anne lo tendrá de oro la cabrona. Oops! Ahi perdonen el francés. La camiona, quisimos decir.
            Al rato arrecia el aire, se siente todavía más frío y ellos desvían el camino demasiado. Se meten en la ciudad subterránea y nosotros los seguimos ¿A poco no sabían que Montreal tiene acá una ciudad subterránea? O sea, mis chavos, pónganse las piliux. Si no tienen una lanita ni visa para salir a países primermundistas, por lo menos cómprense unas guías turísticas o así. Digo, para que no hagan estos osos, para tener tantititito mundo. Échenle más ganillas a esto del estatuto social. Total que los vamos siguiendo a lo largo y ancho de múltiples malls que están unidos por túneles hasta arribar al área del edificio Ville-Marie, el cual por cierto se erige como el más alto de Montreal y en cuya cima está ubicado el club más chic y exclusivo de la urbe. Club, o sea antro. Como es el fin de semana y ya van a dar las doce la gente compradora comienza a reunirse en el área de la comida. Y casi creo que Jo Anne huele a las lontananzas el pollo frito, las hamburguesas y las pizzas porque luego luego arrastra al cubano hasta un puestecito de pura comida chatarra. Nosotros sin querer queriendo como el Chapulín Colorado nos paramos junto a un negocio para vegetarianos y pedimos unas salads súper-saludables. Ni Jo Anne ni su novio nos han visto. Tan acarameladitos están. Esto nos da la oportunidad para observar bien a la pareja dispareja. Especialmente al cubano que, como saben, no conocemos bien. Y no. No es ni gordo ni flaco. No es ni guapo ni feo. Un tipo así normal-normal. Medio prietón. Tras arrasar con quién sabe cuánta food-fast Jo Anne y el novio se levantan de sus asientos. Y uno de nosotros, el escritor seguramente, pergeña la grotesca imagen del cero a la izquierda. Allá va la gorda loser redonda-redonda como cero a la izquierda de un tipo que, comparado con ella, parece el número uno. La cero y el uno se agarran de la mano por completo absortos de lo ocurrido a su alrededor como si sólo tuvieran ojos el uno para la cero. Este chavo, afirma el otro de nosotros, quizás el cronista deportivo, nomás la quiere para sacarle lana, capaz que él fue quien le birló la tarjeta de crédito y le hizo los cargos apocrifos. Ya saben cómo son los cubanos, ¿no? Bien transas. Y muertos de hambre. Porque no hay otra explicación para ese romance tan sospechoso y tan inexplicable. Y tan así. ¡Ya pues! No nos corrijan. ¡Apócrifos, pues!
Catre. Catre. Catre.
            La mera verdad observar a Jo Anne con su novio sí nos deprimió bastantísimo. No somos fortalezas inexpugnables. O sea una vieja tan pentonta y tan horrenda bien acaramelada y con pareja. Y nosotros ni siquiera nos habíamos levantado a una de esas quebecuás medio pasables. ¿Sí saben cómo? Acá güeritas y ojiazules; pero narizonas y de dientes separados. Una como la de Mad Mens. ¿Cómo cuál? Pues Jessica (te lo) Paré… Ji, ji, ji. Total que nuestra situación era… Inconceivable! Tipo Princess Bride. ¿Sí la vieron de chiquitos? ¿Que qué es “quebecuá”? No les digo, mis chavos. Culturícense, por favor. O sea, una quebecuá es una muchacha de Quebec. Agarren la onda. Para acabar pronto con esto les queremos decir que la soledad en un país extranjero es bien cabro… Ejem, cabritona… ¡Non-sabritona! Ji, ji, ji. Entonces necesitamos, luego de varios meses de estancia en Canadá, calorcito-rico. Particularmente con el arribo de la primavera. No crean que la de Canadá es la primavera de sus ranchos bicicleteros. Para nada. Hagan de cuenta que la primavera de allá es el invierno de aquí. Finalmente dijimos basta de obesas, lonjudas, gordi-malas, elefantas, miss-piggies, caderonas y afortunadamente Mr. John tiene una grandiosa idea y nos recomienda para remediar nuestros penosas vicisitudes ir a Hooters, donde se da nuestro primer intento de conquista de potables féminas. ¿Cómo que qué es Hooters? Se están viendo lentos. El restaurante acá donde las meseras andan en bikini o en ropa ajustadita-ajustadita, playeras cuasi transparentes y shorecitos cortitos-cortitos. Y así. Bien ricachonas. Pero estaba retelejos, fuera de la península de Montreal, cruzando el río Saint Catherine en lo que vendría a ser el South Shore. ¡No! Jersey Shore no. No sean pen… babosos. Y como somos bien buena onda invitamos a dos de nuestros little bróders: al chavillo de Veracruz y a un español guarro que acaba de llegar a la casa de Mr. John. Hay que darle la bienvenida al olé-huelé al primer mundo, ¿no? ¿Ven que España anda medio mal y ya se bajó al segundo o hasta al tercero? Nos vamos todos juntos en taxi y alcanzamos el South Shore. Ya les dijimos, ¿eh? No confundir con Jersey Shore. Ji, ji, ji. No, mis chavos, si vieran. Qué cueros de chamacas. Aunque sí hay una que otra skank toda tatuada y con perforaciones. Acá de teibol de la peor ralea como ustedes de seguro acostumbran porque sus pobrepuestos no les dan para más. Chale. Era broma. No se enojen. No se sulfuren. Total que puro mujerón. Pero la mayoría güeritas, de pieles lisitas y, lo más importante de todo, de curvilíneas figuras. Una morenaza nos conduce hasta la mesa. Luego nuestra mesera rubia se acerca con sensual movimiento de cadera a la mesa y nosotros cuatro acá con las lenguas de fuera cual lobos feroces frente a la Caperucita. Ay, qué hambre, murmura todo cachondillo el de Veracruz. El español se muestra mucho más discreto. Hace como si la fémina no estuviera medio encuerada y la trata con el más circunspeto respeto. Ordena en su tono castellano y le ayuda al veracruzano a hacer lo propio adquiriendo el rol de traductor. Sin embargo, nosotros no tenemos tapujos porque somos chavos acá muy reventados. Ya saben, ¿no? De inmediato le soltamos un albur todo lúbrico, tieso y peludo a la mesera. Ella no capta. Le preguntamos de otro platillo. Ahora menos. Y siendo los más rápidos del oeste, otro albur acá cochinón y babeante. Y otro todavía más pasado de lanza en ristre. El español no entendía ni móder. Y el veracruzano bien ji, ji, ji. Lo malo es que la mesera tampoco entendía nada-nadita. Cada albur, cada doble referencia, cada alusión pelangocha le pasaba por encima de la cabeza como avioncito de papel. O sea, ni cuenta se percataba de nuestro hábil ingenio para hilar uno tras otro. Eso es lo malo de los países y de las gentes extranjeras. Que no entienden nuestro humor. Finalmente no supimos cuál es la finalidad del Hooters. Te pasan por enfrente un montón de amazonas semi-desnudas y no te permiten hacerles nada ni decirles nada porque casi creo que ipsus factus te andan demandando frente a la tremenda corte suprema de justicia canadiense por acoso de naturaleza sexual. Nomás le alborotan a uno la hormona y ya. Y luego te llega tu cuentotota en dólares. Total que coitus interrutus y así. Es más, ni eso.
Otro día y ya sin little brodis paseamos por la place Jacques-Quartier en el viejo Montreal, un lugar al aire libre inclinado en diagonal hacia las aguas cristalinas del río Saint Lawrence. Y luego nos detenemos a descansar frente al puerto. Nos sentamos en un jardincito verde-verde que por la acción milagrosa de la primavera acaba apenas de rejuvenecer. Uno de nosotros se echa una siesta pensando en la visita que quizás haremos más tarde al Estadio Olímpico, ese mismo donde se llevaron a cabo las Olimpiadas del 77. Y otro se pone a leer la nueva novela de Dan Brown. Además de autores acá tipo cultos como Borges, Nabokov, Miller, Gabo o Bukawski nos gusta la emocionante obra del buen Danny Browny porque aprendemos mucho de historia y arte con sus libros. Y se nos van como agua. Bien entretenidos y así. Además, mis chavos, no hay que ser de esos amargados esnobs que nada más leen los autores dizque encumbrados e intelectuales. De vez en cuando también hay que divertirse con las artes literarias y así. Mientras estamos cada uno en nuestras respectivas ocupaciones la vemos. Una divina aparición de mujer. Una diosa pues. Mas ustedes ya conocen mi pasivismo crónico así que no dejé de leer mi libro de Danny Browny y mando al cronista deportivo a la conquista amorosa, cosa que él realiza rapidísimamente. Además no fuera la chava a agüitarse con mis rollos letrados. No fuera a decir ay, no, este chavo es demasiado inteligente para mí, no me va a querer. ¿Ven? No sean como yo. No juzguen al libro por la portada, como dicen los gringos. Don’t book the judge by its covers ni así. Ya después entra el escritor al quite. Ambos direccionamos todas nuestras fuerzas para conseguir el número telefónico de Mindy. Revoloteamos como polillas frente a la lumbre. ¿Qué les podemos decir de ella? Mindy es una chava súper-bien. Sana, delgada, deportista, de cabellos castaños claros, hermosos ojos pizpiretos, labios de carmín tan resplandecientes como rubíes. Sobre todo, sin tatuajes ni perforaciones ni ningunas de esas skankadas ni así. Nada que deforme su perfecta figura de Venus clasicista. Súper-bien les digo. Incluso más que nosotros. O sea, hiper-fresona. Ni siquiera se la pueden imaginar, mis chavos. También es del norte de México, como nosotros. Aunque su familia viene de Monterrey. Sus papás la tienen viviendo en Londres. En un barrio sumamente muy nice. Hasta Montreal se le hace medio naquillo y provinciano. Dice que es como un Nueva York chico. Tal vez muy poca cosa para ella. Y además de preciosa a Mindy le encantan la pintura, el cine y la literatura. No es una airhead. Para nada. Esa tarde dentro de un cafecito con una maravillosa vista al puerto nos enfrascamos en una estimulante conversación con ella hablando de tópicos como las telas de Caravaggio, la obra fílmica de Kurosawa y los poemas de Benedetti. Además si vieran qué cuerpo. Mindy y su bella sensualidad nos seduce de inmediato. Unas pompis perfectas y unas bubis de rechupete. Una cinturita de avispa. Unos ojazos esmeraldas de ilusión caleidoscópica. Unos dientes de perlas. Qué niña. De veras. De ensueño de una noche de verano. Tipo Shakespeare. Aunque ahora sea primavera apenas.
Luego de una semana de salir juntos, decidimos alistar toda la puntiaguda artillería para conquistar a Mindy. Acá súper-coqueto mode. La llevamos a un lugar que, según todas las guías turísticas de Montreal, hay que visitar: el restorán-deli Schwat’s. El lugar está en la Maine. O sea, la calle principal de Montreal, la Saint Laurence. Como el río. ¿Que por qué le dicen “deli”? Pues porque es deli-deli, mis chavos. Ji, ji, ji. ¿No? Pos sepa la bola por qué le dicen así. Pero han ido todas las stars internacionales a pesar de que no es precisamente un restorán de lujo ni nada de eso. Sí me entienden, ¿no? Así gente como Larry King y Celine Dion. Total que invitamos a Mindy y vamos para allá un sábado a mediodía. No, mis chavos, la situación se amoló desde el principio. No sabíamos que el restorán es chiquito-chiquito y los clientes, muchamente muchísimos. A la hora de la comida hay que hacer cola… Perdón, hay que hacer la fila afuera del restorán durante quién sabe cuánto tiempo para conseguir una mesa. Y una vez adentro ni una móndriga mesa había. O si había teníamos que compartirla. ¡Comer con desconocidos! ¡No mames! Digo, no succiones. Ni modo. Nos toca sentarnos en la barra. Ya desde entonces Mindy pone cara de fastidio. Así tipo de “a qué restorán de quinta me vinieron a traer, chicos”. Para defendernos con argumentos escritos sacamos la guía. Le decimos otra vez que comer un sándwich de carne ahumada de ahí es un must si visitas Montreal. Ella se calma un poco. Pedimos cada uno nuestro sándwich con pepinillos y chenry soda. Porque somos bien chenrys —ji, ji, ji— y porque eso es lo típico que se viene a realizar ahí. Cuando a Mindy le sirven su comida vuelve a poner cara de guácala de perro. Se queja de que es demasiada carne para el panecito flaco-flaco que le ponen a uno. Además los pepinillos le provocan asco. Con eso se nos ocurre alburearla como a las meseras del Hooters. Empero, no parece prudente a lo largo de ese instante. No se vaya a encabritar más la Mindy. Nos sale demasiado fresa esta niña fresa. Y ni volviéndole a informar que a Schwat’s vienen a comer eso mismo todas las estrellas del firmamento hollywoodense ni así nos sonríe de nuevo con esa dentadura tan perfecta y aperlada. Total que esta primera invitación resulta ser un date acá todo fallido y gacho.
Mindy ni siquiera nos pide que la acompañemos hasta su casa y retornamos a chez Mr. John en metro sumidos en la más depresiva depre. Todos alicaídos y agüitados porque no recibimos nada de calorcito-rico. Apenas un ósculo en la mejilla como se acostumbra en nuestras tierras. Ni siquiera dos tronaditos como le hacen en Montreal. Lo bueno de esta experiencia tan solitaria en casa de nuestro lordland es que uno aprende a hacerse sus cosas. Prepararse su desayuno, tender la cama, lavar y planchar ropa y así. El vivir lejos de los padres es muy importante para madurar. Nosotros se los recomendamos, mis chavos. Lo malo es que no podemos invitar a Mindy a nuestros aposentos en casa de Mr. John. Si hubiéramos tenido un departamento acá tipo penthouse y de lujazo en el downton de Montreal pues quizás todo habría sido muy diferente. Y es que nuestro plan para seducir a la fémina en cuestión incluye varias cosas además de un espacio propio. En primer lugar, tener acá una cena romántica con Mindy. ¿Ya saben, no? Comidita afrodisíaca. Velitas. Musiquita. Postrecito. Y vinito, papá. Y de ahí ¡¡¡CATRE POWER!!!, como diría Jotiruchis. Tras mucho comentarlo y elucubrarlo decidimos no darnos por vencidos. Tendremos pronto que accesar al jardín florido de la fermosa damisela y así, bien romanticones al puro estilo de don Quijote y con sus palabras domingueras y conquistadoras.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Vestida para amar: desmemoria y tema de moda

A veces la humanidad parece no tener memoria. Como si todo esfuerzo mnemotécnico se lo hubiera dejado a las máquinas. Ahí, entre discos duros y uesebés, se halla todo el conocimiento de la humanidad. Ése que, además, no es necesario para sobrevivir el día a día. Gracias a lo anterior algunos temas —que, no lo neguemos, han estado presentes desde el inicio de la humanidad— semejan ponerse de moda. O se nos imponen a través de condicionamientos. Casi siempre, mediáticos. Actualmente ése es el caso del travestismo. Y sus variantes: transexualidad, transgénero y etcétera. Si hay etcéteras, claro. A causa de la visibilidad de un ex atleta estadounidense del que muy poco se hablaba fuera de su relación como padrastro de unas señoritas que salen en programas de un canal de cable de nicho (televisión más que restringida en sus alcances) y cuyos únicos talentos discernibles de dichas señoritas son tomarse autorretratos con sus teléfonos inteligentes y tener unas nalgas muy grandes; gracias al padrastro de las citadas muchachas se ha puesto de moda hablar del tema. El cine no puede quedarse atrás y ya listas para la carrera del premio más codiciado hay varias candidatas cuya historia gira en torno a la diversidad sexual. Ahí están, por ejemplo, Carol con Cate Blanchett o Freeheld con Julianne Moore y Ellen Page. Pero enfocándose en el transexualismo destaca sobre todo The Danish Girl (2015) con Eddy Redmayne y Alicia Vikander. Mala noticia para estos créditos si usamos de verdad la memoria y nos remontamos a otros como Laurence Anyways (2012), Albert Nobbs (2011), Transamérica (2005), Los muchachos no lloran (1999), Mi vida en rosa (1997), Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1994) o El juego de lágrimas (1992). Y en los setenta cómo olvidar a La Manuela en El lugar sin límites, el doctor Frank-N-Futer en El show de terror de Rocky o Divine en Pink Flamingos. Y, en el Hollywood más comercial y donde el travestismo no se hacía por deseo sino por inmaculada necesidad, Tootsie (1982), Victor / Victoria (1982) e incluso si viajamos hasta el final de la época dorada Una Eva y dos Adanes (1959). Eso sin contar, en nuestro idioma, varias de las películas de Pedro Almodóvar. Más todavía si extendemos el enfoque a otras disciplinas artísticas y miramos hacia a las primeras décadas del siglo XX con el Orlando (1928) de Virginia Woolf o a los tiempos del teatro isabelino. O más atrás todavía, hacia la antigüedad, con el gobierno de la reina-faraón Hatshepsut. Pero bastará con no agotar la lista ni vagar tan lejos en el tiempo y estacionarse en el año pasado con Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014) de François Ozon, el mismo director de filmes como 8 mujeres, Angel, Potiche, En la casa y Joven y bella.
En un ambiente pequeño burgués y de ciertos resabios de moralidad judeocristiana —ése en el que mejor florecen las transgresiones de los personajes del director— muere Laura (Isild Le Besco), la mejor amiga de Claire (Anaïs Demoustier) quien forma un matrimonio sólido aunque sin hijos con Gilles (Raphaël Personnaz). La difunta deja atrás a su viudo David (Romain Duris) y a una bebé llamada Lucie. Aunque Claire no se permite admitirlo el sentimiento albergado por su amiga muerta iba más allá de la amistad. Por accidente Claire descubre un día que a David le gusta vestirse de mujer y, bajo la excusa de que la bebé necesita una presencia femenina, se justifica ante la amiga de su difunta esposa. Como buena señora pequeño burguesa la primera reacción de Claire es el rechazo, incluso diagnosticándole una enfermedad mental al viudo. Porque así se lo pide David, Claire le oculta la verdad a Gilles. Pero pronto, conforme frecuente a David —luego convertido en Virginia— Claire irá desplazando la pasión sentida por Laura hacia esta “nueva amiga”.
Últimamente el tema de moda se ha centrado en los problemas surgidos dentro de una pareja heterosexual en la cual el hombre confiesa sentirse más cómodo asumiéndose como mujer. Lo mismo ocurre en Laurence Anyways de Xavier Dolan. En ambos filmes el personaje principal no es tanto el hombre transexual sino más bien la mujer que por amor debe adaptarse a la nueva realidad de quien antes fuera su marido. A diferencia del citado largometraje quebequense, Ozon le da un giro de tuerca a lo antes expuesto al plantear el inicio de una relación entre Claire, una mujer cuya sexualidad fluctúa entre dos aguas y David, el hombre transexual (o sólo travesti) que, a pesar de eso, se sigue sintiendo atraído por las mujeres. La intención de Ozon nunca es hacer de la historia un drama desgarrado (a la manera de Dolan). Al contrario. La cinta se halla repleta de momentos de humor: David enfrentándose a esta nueva etapa vital donde no escasean los desajustes del tacón o de la peluca. O aquéllos de verdadera incomodidad no solamente para Claire sino además para los espectadores: el encuentro erótico, clandestino y en el clímax frustrado entre los protagonistas dentro de un cuarto de hotel. A final de cuentas y aunque muy en su estilo, Ozon pareciera agregar muy poco si se hace uso de la memoria y se recuerdan bien todos los títulos cinematográficos que aquí presento al inicio de esta entrada. Sin embargo, no se puede negar que se adelantó a la moda impuesta por la visibilidad de Caitlyn Jenner. También se anticipa al director británico Tom Hooper que, con The Danish Girl, pretende de nueva cuenta hacerse de varios premios hollywoodenses tras créditos como El discurso del rey y Los miserables. Eso aunque en su paso por el festival de Venecia la cinta haya sido acusada de fría y mediocre por la crítica más exigente. Las aspiraciones de Ozon nunca apuntan ni apuntarán hacia Hollywood. Está más que claro que el francés nunca ganará un Óscar. Pero si el espectador deja sus prejuicios en la entrada estará ante un producto de excelente hechura que arrancará una que otra sonrisa, desplegará alguna escena de corte hitchcockiano, divertirá un rato y quizás haga reflexionar sobre el rol que a los transexuales se les da dentro de la sociedad y la familia modernas. Fuera de eso, Una nueva amiga no contribuye mucho con la ya nutrida filmografía del francés. La cinta forma parte del menú del 19º Tour de Cine Francés y se exhibe en México a partir de septiembre.

Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014). Dirigida por François Ozon. Producida por Eric y Nicolas Altmayer. Protagonizada por Anaïs Demoustier, Romain Duris y Raphaël Personnaz.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Regalo viviente

Hay varios prejuicios, para bien o para mal, frente a los actores que se lanzan a la tarea de dirigir un largometraje. La crítica es demasiado cruel intuyendo que no tienen las neuronas suficientes para emprender la tarea o, en el otro extremo, se vuelve condescendiente con eso de que su labor frente a la cámara ya es conocida para ellos. Del lado de Hollywood no hay que olvidar nombres como los de Mel Gibson (alguien cuya labor como realizador ya ha sido olvidada tras algunos escándalos mediáticos) o Clint Eastwood (todavía sobrevalorado por los paleros hollywoodenses). El caso más reciente y también más a la mano es el del australiano Joel Edgerton. Edgerton se dio a conocer en el cine británico cuando protagonizó Kinky Boots (2005) al lado de Chiwetel Ejiofor (12 años esclavo). A partir de ahí ha aparecido en cintas comerciales siempre en roles secundarios (¿quién se acuerda ya de su tío Owen en El ataque los clones?) o más recientemente incluso de antagonista (en El gran Gatsby, Éxodo de Ridley Scott o aun en la apenas estrenada Black Mass con Johnny Depp). En el país de origen, sin embargo, su carrera incluye créditos como productor y guionista. Ahora, a través de una producción independiente, salta por primera vez a la silla del director con un thriller no del todo despreciable.
La apariencia de la pareja protagonista de El regalo (The Gift, 2015) es perfecta. Simon (Jason Bateman) y Robyn (Rebecca Hall) acaban de mudarse a California. Él es un hombre exitoso, el ganador típicamente estadounidense con un trabajo remunerado más allá de los sueños de cualquier padre de familia. Para colmo Simon tiene una esposa bella y una casa de lujo con vista a un valle. Sin embargo, no tiene hijos. Robyn es una mujer originaria de Chicago (ciudad donde antes vivían) a quien le ha ocurrido un incidente nada claro al inicio. Eso la ha dejado incapacitada para trabajar como diseñadora de interiores. La mudanza obedece a esa crisis de la que ninguno de los dos habla. Así, la pareja regresa al lugar donde él creció. Mientras compran artículos para el recién estrenado hogar, a Simon se le acerca un hombre y, después de no reconocerlo, se identifica como Gordo (Edgerton), un antiguo compañero de la escuela. Un sentimiento de incomodidad surge en Simon ante este perdedor de antaño. Pronto Gordo empezará a aparecer frente a la puerta del matrimonio para dejar regalos de bienvenida. Muchas veces lo hará por la mañana cuando Robyn esté sola en la casa. Eso detonará la desconfianza de Simon. Cuando le pida a Gordo que deje de inmiscuirse en su vida y se aleje de su mujer, los regalos cambiarán igualmente de tono. La unión de la pareja se irá desquebrajando conforme Simon se niegue a contarle a Robyn qué fue lo que ocurrió con Gordo cuando estaban juntos en la escuela.
Bajo la premisa de que la gente no cambia en su esencia desde los días de la escuela preparatoria y de que desde entonces se establece el binomio ganador / perdedor tan socorrido en la sociedad retratada, El regalo hila su telaraña. Como en cualquier cinta del género nada es lo que aparenta y varios sustos estremecerán a los espectadores antes de la revelación final. La idea fija de que el abusador (o, como se le llama hoy en inglés sin traducir, el “bully”, el que maltrataba a todos en la prepa) lo seguirá siendo incluso en la madurez nunca se contradice. Edgerton tiene buena mano para dirigir dentro de las convenciones del género. Después de todo ya cuenta con la experiencia luego de interpretar a un personaje que cambia de protagonista a sospechoso en el thriller australiano Wish You Were Here (2013). A más de uno le agradará la experiencia cinematográfica creada por El regalo. Eso, a menos que el espectador no haya visto demasiadas películas de este tipo.
Porque quizás la mayor falta de esta ópera prima sea apelar a la desmemoria. Como El conjuro dentro del terror, la cinta de Edgerton agradará plenamente a quienes menos frecuentan el género de suspenso. Después de todo, El conjuro se hizo con retazos de otros esfuerzos fílmicos de mayor trascendencia como El exorcista, El horror de Amityville e incluso la muy pueril Poltergeist (la original de los ochenta, claro, no el refrito). De igual forma, durante momentos clave, El regalo recuerda a otras cintas del género, otras cuya huella no ha desaparecido del todo. Aunque, claro, ésa sea la apuesta. La desconfianza ante el vecino metiche fue un tema recurrente en la obra de Roman Polanski. Ahí están tanto El bebé de Rosemary como El inquilino. Tratándose de la venganza que subyace desde tiempos de la escuela, no hay que olvidar la coreana Oldboy cuyo éxito inspiró recién un muy mediocre refrito por parte de Spike Lee.
Para mí lo más valioso en El regalo es la actuación de la británico-estadounidense Rebecca Hall. Aunque sus decisiones frente a ciertos proyectos fílmicos nunca ha sido la más acertada (The Awakening o Trascender) esta actriz no ha desaprovechado las oportunidades de trabajar con directores de renombre: con Christopher Nolan en El gran truco y con Woody Allen en su rol más memorable hasta ahora como la Vicky de Vicky Cristina Barcelona. El director no sólo explota la belleza y la vulnerabilidad de Robyn también le otorga a Jason Bateman el papel de Simon, alejado de la comedia (Juno, la serie Arrested Development, el bodriazo Quiero matar a mi jefe) gracias al cual el actor muestra un lado más oscuro —aunque quién sabe si tan efectivamente como el mismo Bateman lo hubiera deseado. Al menos Joel Edgerton no pretende iniciar su carrera como director con un proyecto de ambiciones desmedidas. A ver si, además de esfuerzos cada vez más destacados como actor, empieza a despuntar como cineasta. El tiempo lo dirá.

El regalo (The Gift, 2015) Dirigida por Joel Edgerton. Producida por Jason Blum y Joel Edgerton. Protagonizada por Jason Bateman, Rebecca Hall y Joel Edgerton.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Blomkamp: extraterrestres y crítica social


En mi vigésima cuarta (y quizás última) colaboración con la revista Siglo Nuevo escribo sobre la obra del director sudafricano Neill Blomkamp. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1152374.el-camino-de-la-ciencia-ficcion.html

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Los dramas modernos de Farhadi


En mi siguiente colaboración (la 23) con Siglo Nuevo me ocupo de las tres cintas más recientes del cineasta iraní Asghar Farhadi. Subí a esta bitácora una reseña más extensa de A propósito de Elly (2009) en julio. En el artículo recién publicado también hablo de dos de sus trabajos más conocidos: Una separación y El pasado. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1148777.los-dramas-modernos-de-farhadi.html

sábado, 29 de agosto de 2015

Ceros a la izquierda (I)

Publico a continuación un relato largo en tres partes. Subiré las otras dos más adelante. La segunda, dentro de un mes. La tercera, dentro de dos. Disfruté mucho escribir este relato porque todos los errores son voluntarios. Y, si hay alguno involuntario, no hay problema porque puede hacerse pasar como parte de los primeros. Los protagonistas (o el protagonista, no estoy muy seguro si el personaje es uno o dos) son un par de chavos mexicanos y muy buena onda que visitan Montreal para perfeccionar su francés y vivir experiencias bastante intensas. Por desgracia, en el camino se les cruza una mala mujer. O dos, según se mire. Va a continuación la primera parte del texto:

Catre. Catre. Catre.
Seguramente quieren escuchar la historia de la mujer más loser en toda la historia de la humanidad. Se llama Jo Anne y suele decirnos al resto de la clase de francés que es de París. Luego de una larga pausa, agrega “Texas”. Sí, París, Texas. Ya sé, mis chavos. Es la misma mala broma de la película de Wenders. Nosotros también la vimos. No somos tan analfabestias como para no conocer el dato cinematographiqué. Al contrario. Si nos encanta el cine de Hitchcock, Bergman, Rubik. Tipo de autor. ¿Sí saben cómo? Estamos bien culturizados y así. Pero una de dos. O esta vieja nunca la ha visto en su lamentable y miserable vida o simplemente todos los que nacen en ese pueblucho están condenados a hacer la misma (con perdón) fakin broma hasta el final de sus días. Es más, cuando vimos la película pensamos que el director alemán se había inventado un pueblucho olvidado de la mano de Dios llamado París, Texas con el pretexto de hacer su largometraje homonimo —por cierto, en nuestra opinión, demasiado lentón, largo y pasado de cursi— pero cuando Jo Anne les dijo a todos el primer día de clases de dónde venía ella, haciendo exactamente la misma broma de la aquí multicitada película, nos enteramos de que en realidad París, Texas sí existe fuera de los confines de la imaginación de un cineasta con lentes de espanto y pelos todos espantosamente parados. ¿Saben cómo? Uno acá tipo jípster, eurotrash. Y así. ¿Qué les pasa? Sáquense. No somos jípsters, mis chavos. ¿Cómo creen? Antes muertos. ¿Qué? Que no se dice “homonimo” sino “homónimo”. Pues eso fue lo que dijimos, chavos. Oigan bien, quítense la cerilla de los oídos, pónganse las pilas y agarren la onda.
            De habernos topado en la calle con esa masa gelatinosa, con ese trasero retacado de grasa de tantas visitas al pinchurriento McDonald’s, con esa cara insoportablemente dulzona de muñeca antigua, con esos ojos azules claros que emboban a tanto compatriota de a foot pero que nosotros encontramos vomitivos en ella detrás de sus lentes horrendamente nerdos de fondo de botella, con esos globos inflados por garras cuya culminación eran unas uñas mal cuidadas, mal lavadas, mal recortadas y mal combinadas en ese color fosfo que le encantaba llevar, con esa mata de cabellos enmarañados, sin peinar y muchas veces acabados de lavar y despidiendo olor a perro remojado; jamás nos habríamos fijado ni nos habríamos dignado a posar nuestros selectamente selectos oclayos sobre tamaña madrinota de miércoles. Es decir, excuse my french, de merde. Una tipa así gorda-gorda para que nos entiendan. Qué va de aquella piltrafa humana del género femenino al endemoniadamente hermoso cuerote de la Mindy. Ésa sí es una mamazota de fémina. Pero las cosas no pasaron de esta manera. Ya van a ver, mis chavos, ya van a ver. Pérense tantititito.
            De entre aquellos boterescos mofletes a su vez mofletudos sale cual puro de añejísimo chiste la palabra repetida tres veces así como si fuese un diabólico conjuro hechicero para ahuyentar la furia de una maestra más semejante a un militar que a una educadora. Y de esperarse era que aquel mantra maloliente se topara con los correctos non, non, non y los quatre, quatre, quatre de costumbre. Quatre!, grita con desesperación la profesora de francés para corregirle la pronunciación a la orca. Catre!, responde Jo Anne toda gelatina temblorosa y al borde de las lágrimas. Y un c’est pas possible bisbiseado con el que termina el diálogo y se dan por moribundas las capacidades lingüísticas de la parisina-texana. Oso polaire, mis chavos. Acá regacho. De súper-vergüenza. Jo Anne nos mira casi indiferente tal vez con la esperanza de que le ayudemos de alguna imposible manera a posicionar la boca de tal guisa que pueda emitir el básico quatre en lugar de catre durante ésta, una de las últimas sesiones de nuestro curso finisecular de francés para extranjeros. Y nosotros evitamos esos ojos de borrega a un paso del proverbial matadero y, como desde el principio, la dejamos sola con las redondas y sonrosadas mejillas, el cabello ochentero nada cool, los pants pasadísimos de moda y su cuerpo orgullosamente texano y por ende abundante en carnes y grasas, trinche vieja puerca. Excuisez-muá, madam. Y a nuestra maestra no le queda más arma fuera de la resignación. A fingir que oye llover la méndiga generala. Y a maldecir al profesor del nivel precedente, ese imbécil que permitió que la señora de marras aprobara y llegara hasta aquí. Y hasta nosotros. Sáquese, marraniux.
            Un día de otoño Jo Anne llega contándonos a todos los compañeros de la clase cómo le hicieron fraude con su tarjeta de crédito. Otro, cómo se fracturó el dedo meñique. Pinky meñique. Ji, ji, ji. Y otro más, cómo había confundido un restaurante con un convento. Sí, así de pen… tonta está. Somos tus fans, cerdita. Nunca cambies. Te queremos mil. Pero rostizada en el más refundido averno, hija de tu ruta madre. De esta forma no hay manera de saber a ciencia cierta con qué novedad arribe a la mañana siguiente. El lunes aparece con un vendaje en el dedo meñique. Tras la pregunta obligada cuenta la historia de cómo el pequeño apéndice soportó su peso de paquidérmica persona tras una caída motivada por las causas más acefálicas. Casi creo, mis chavos, que gracias a una cáscara de plátano. Así tipo caricatura de Bugs Bunny. El martes el problema consiste en aquella serie de cargos enigmáticos hechos a la tarjeta de crédito anexa a la de sus padres sin que el plástico abandonara nunca su bolsa y además cómo discutió la anterior tarde varias horas con una porfiriana representante para que los cargos le fueran cancelados. ¿No se dice “porfiriana” sino “porfiada”? Ay, chavos, no interrumpan. Déjennos seguir, guarden el diccionario de la RAE, no sean intelectualoides y así. El miércoles hace un largo rodeo de palabras que comienza con una promenade nocturna a lo largo del downton, paseo culminante con la incauta confundiendo restaurante por convento incluso momentos antes de sentarse a comer con un aquelarre de mujeres adustas, bigotonas y vestidas con idéntica indumentaria monjil. El jueves se sazona con historias más añejas, de la época en que realizó ni más ni menos que una estancia en España con una familia, según ella, “¡más española que la paella!” y con la cual sin duda los problemas de comunicación se habrían sucedido uno tras otro casi hasta el final de su visita. Y el viernes habría continuado con los delirantes relatos de no tratarse del día de actividades culturales al exterior. El (a ver, pasen el RAE) pro-bos-ci-dio ni siquiera se digna a asistir. Nos concede una jornada libre al resto de la clase. Lo que sí confirman cada una de sus historias es su idiotez supina la cual nos da pie para las burlas íntimas y el silencioso intercambio de miradas atónitas. Ante el sorprendente dato de que Jo Anne ha pergeñado suficientes ensayos académicos como para hacerse meritoria —en quién sabe qué rascuache y mediocre universidad del mundo— de una maestría en letras hispánicas nos damos a la tarea de investigar entre nosotros los hispanoparlantes su habilidad en nuestro idioma. Esto sólo para compararla con su incompetencia en el francés. Y de paso hacerle una bromita witchy-bitchy. Y así.
            Durante uno de los recreos seguimos a Jo Anne hasta el Tim Horton’s más cercano a la Academia. ¿Qué pex, mis chavos? Requieren un poquito más de erudición. Y de mundo. Hagan de cuenta que el Tim Horton’s es para Canadá lo que el Starbucks para USA. O sea, para la Unión Americana. Total que nos decimos con una sonrisa ñaca-ñaca en los labios esta marrana de seguro va a comprarse unas treinta donas y un chocolatito empalagoso para comer. Vamos a seguirla a ver si ciertamente sabe hablar el español. Ñaca, ñaca. Con nuestra maléfica intención entramos al local de comestibles, compramos nuestro cafecito rico-rico y nos acercamos a la mesa junto a la cual Jo Anne ha posado sus vomitivas asentaderas y allí donde está degustando unas donas con glaseado de caramel. La saludamos en español. Ella insiste en hablar francés. Hasta que con todo el maquievalismo que nos caracteriza le decimos que no sea tímida y que ya lejos del salón de clases hablemos español. El tono castellano de Jo Anne nos sorprende sobremanera al principio. Aunque tiene un dejo de trasfondo gringo lo que más predomina en su hablar es ese acento ceceante y risible tan acostumbrado en aquellas furibundas tierras allende el Atlántico. De verdad pareciese que lo único que la oriunda de París, Texas ha aprendido bien a bien es ni más ni menos que nuestro idioma materno. Todas nuestras luciferinas tretas se han desmoronado como castillo de naipes. Incluso luego de aquella prueba le enorgullece hablar con nosotros, los estudiantes hispanos de la clase, en nuestra móder tang. También, aunque no puedan creerlo, Jo Anne es la alumna que en francés tiene el acento hispanófono mucho más marcado que el nuestro. Hemos perdido ya la cuenta de las veces en que la maestra de francés le ha dicho que quatre no se pronuncia catre. Ya estamos casi al final del curso y cada vez que la pobre quiere utilizar el número cuatro en alguna conversación, terminamos suprimiendo nuestras risas. Si eso es tema del nivel uno. O sea, gordis, de súper-vergüenza y nada fresón. Y así.
Catre. Catre. Catre.
Un viernes la maestra nos lleva al mercado de Montreal. Por supuesto, la señorita Catre no viene con nosotros. Salimos de la Academia, tomamos el metro y vamos hacia la estación Juan Talón. Ji, ji, ji. No se llama así. Cómo creen. En realidad se llama Jean-Talon; pero nos da risa decirle Juan Talón. Ji, ji, ji. Qué cotorreo, ¿no? El mercado de Montreal es como los mercados de México. Con puestos y así. Sin embargo, al de Juan Talón le falta la vivacidad y los objetos coloridos que nos hacen destacar a nosotros los mexicanos en otros territorios del globo terráqueo. No crean que en ese mercado van a encontrar estatuitas de la Virgen de Guadalupe ni de la Santa Muerte ni las veladoras ni las hierbas para el dolor de cabeza ni su loción de Siete Machos para ligar con alguna delectable fémina. ¡No way, mis chavos! Bueno, ni mugre van a hallar. Lástima si van y la extrañan. Total que la maestra en su atinado francés nos va indicando cómo se dicen cada uno de los productos del mercado. Que el tomate, tomate. Que la cebolla, oignon. Y así muchos otros comestibles. Digo, cosas fáciles porque es día de relax y así. Y nosotros tipo aburridísimos. O sea, la generala nos está tratando como niñitos de primaria. Y ustedes ya saben lo mamilas que podemos ser a veces sin quererlo. Inclusive frente a la más autoritaria autoridad. Total que nos decimos hay que pelarnos de aquí. Pero ya, cuate. De volada. En una de ésas nos hacemos ojo de hormiga. Nos agazapamos detrás de un puesto de quesos franchutes y apestosos. Cuando los demás se pasan al siguiente y la maestra canturrea el vocabulario de la fruta, salimos carcajeándonos del mercado Juan Talón y nos subimos a un bus que nos lleva más al sur de la península. Dentro del camión continuamos burlándonos de nuestra maestra y de nuestros compañeros ñoños que correctamente se han quedado en el mercado siguiendo en fila india a la generala como si fueran enanos de primaria. No way! No se sorprendan. Lo que pasa es que somos bien independientes. No nos gusta seguir a la bola como zombis tipo The Walking Dead. Además, ¿qué nos puede hacer la generala si estamos en una visita voluntaria que no cuenta nadamente para la calificación final del curso de francés? Que se jo… Digo, que se friegue. Venimos pues plática y plática en el camión cuando de repente una viejilla quebequense horrorosa-horrorosa se nos queda viendo. Horrorosa-horrorosa tipo nariz ganchuda de bruja y quijada prognatá. Tipo mamá de Celine Dion. Y nosotros en la chorcha acá bien chabocha. Y la cabecita blanca corajuda no nos deja de ver con ojos de pistola. Y nosotros ji-ji-ji y jo-jo-jo y el mercado Juan Talón y los ñoños y la generala. Y así. Hasta que la reverenda nos hace shhhhhh! Como aún desconocemos las reglas de convivencia social de Montreal pues ni modo. Nos callamos. No nos fuera la trinche ruca a meternos en un pedicure con el chofer o con la policía montrealesa. Pero si hubiéramos estado en México y una ñora así toda decrépita, naca y brujilda nos trata de callar, que se cuide. Hasta le damos una buena madriza a la ruca alzada. A nosotros nadie nos calla. Mucho menos una viejilla fea y malvibrosa. No nos intimidan las canas y, como ya dijimos antes, somos bien rebeldes sin causa. Así tipo Marlon Brandon. Cuando ya nos hemos apeado del vehículo automotor colectivo y nos ubicamos en la calle Santa Catarina del downton, se nos olvida el penoso incidente y recorremos esta rúa repleta de tiendas súper-acá. Très chic. ¿Sí saben? Fresononas. Y así.
Nosotros llegamos al Monterrey de Canadá —ji, ji, ji aparte— bien chidamente unos meses con antelación. Cuando todavía era verano. El mismo señor es nuestro papá de acogida. ¡No! ¡No piensen mal! O sea, nuestro lordland. Así se les dice allá a los que hospedan a estudiantes extranjeros. Se llama Mr. John y en su casa hay gente de todas las nacionalidades que se puedan imaginar, mis chavos. Tipo Big Brother. Pero estudiantil. Y de primer mundo. Bueno. Casi. Hay chinos, japoneses, israelíes, árabes, rusos, alemanes, argentinos, australianos y, claro, mexicanos. En total somos doce. Así que a la hora de tomar el diner Mr. John es como Jesús y nosotros como sus doce apóstoles. Tipo reunión de la UN. Entre la docena hay cuatro mexicanos. Qué gacha la explotación demográfica, ¿no? Eso es lo malo. Que mexicanos hay hasta en Siberia. Ya ni ahí puede uno huir de los compatriotas. Tres chavos y una chava en el cantón de Mr. John. Ji, ji, ji. Hasta en verso nos salió. Y sin esfuerzo. Ji, ji, ji. Pero nosotros dos nos llevamos mejor porque pues la mera verdad sí somos gente sophisticaté, acá bien fresonona. Fuimos a la universidad, tenemos nuestra licenciatura, hemos viajado y hemos tenido demasiadas aventuras por el mundo. Así tipo experiencia de señor de cuarenta. Y ya saben que los viajes lo culturizan a uno. Al principio sí salimos los cuatro juntos por compromiso. Con eso de que en el extranjero se debe ser solidario con los paisanos. Pero el chavo de Veracruz —un mequillo apenas en la prepa— luego luego enseñó el cobre. A cada rato terminaba con los ojotes como platotes. Tipo ira, ira, qué shido y ajá-ajá. Y así. Parecía que era la primera vez que salía de su rancho tropicoso. Y puros osos acá bien tremendos estilo Magneto. Y andar con una chava acá medio arañona y jipi-jípster wannabe del DeFectuoso con todo y tatuaje en la espalda baja nos iba a ahuyentar a todos los otros cueros. Los de a de veras. De Canadá claro; pero también de Europa, Australia, Japón y así. Niñas bien pues. No fueran a pensar esas diosas que uno de nosotros andaba con la skank chilanga. Uno, escritor viajero y el otro, cronista deportivo nos hicimos cuatachos de volada y hasta en la misma escuela de idiomas nos inscribimos, la Academia Internacional de la Lingüística. Academia no tan naca como la de cierta televisora, claro. ¿Cómo creen? Porque tratando de huir de esperpentos como nuestros little bróders mexicans, al entrar a la clase de francés, nos encontramos con Jo Anne. Que no es mexicana. Pero sí otro esperpento más. ¿No les parece sarcástico-irónico-cáustico-fatídico? Y pásennos ahora el diccionario de sinónimos para seguirles contando. Y así.
Ya sabíamos que iban a querer que les describiéramos a Montreal. Ji, ji, ji ¿A poco van a salir con la gatada de que les gustaría irse a vivir allá? Ay, tan bonito, ¿edá? Ta güeno. Por algo dicen lo de “a qué le tiras cuando sueñas… Ji, ji, ji. Pues Montreal es una península rodeada por dos ríos, el Saint Lawrence y el Saint Catherine. Se encuentra en el estado de Quebec donde, seguramente ya se dieron cuenta por nuestro cautivante relato, casi todos hablan franchute. Uh, là, là y oui, oui y así. ¿Sí saben cómo? Una lengua sumamente muy romántica. Y para hablarla tienen que parar sus trompitas como si fueran a dar un beso. ¡Sáquense! A nosotros no. ¡Guácala de perro! Ji, ji, ji. En Montreal este legado se nota hasta en los edificios del downton a causa de una arquitectura tornada hacia el afrancesamiento y con un toque de cálida elegancia. La ciudad posee un sistema de transporte efectivo y limpio que incluye, además de autobuses y trenes suburbanos, lo que es el metro. El metro tiene cuatro líneas: la verde, la roja, la azul y la naranja. Y es muy fácil tomar una u la otra. Porque la gente de allá es bien amable. Les pueden hablar en inglés o en francés. O hasta en español porque también muchas personas lo hablan. O sea que ni siquiera ustedes se perderían en la península de Montreal, ¿sí me entienden? Me acuerdo que en cuanto llegamos Mr. John nos llevó con todos nuestros little carnalillos a conocer los lugares más padres de Montreal. Fuimos al Chinatown donde comimos unos dumpings acá bien magníficamente deliciosos. Además visitamos la Place des Armes donde había mucha gente; pero donde también se localiza la Basílica de Notre-Dame construida en un estilo gótico-medieval-afrancesado. Después recorrimos el Viejo Montreal y apreciamos las diferentes fachadas arquitectónicas de los edificios antiguos. Acá tipo romanesco y neoclásico. Y ya el fin de semana Mr. John nos acompañó al parque municipal, a un concierto de tambores africanos. Aunque no había gente africana sino quebeca y jipiosa bailando toda dizque groovy. Recordamos que como era verano por todas partes volaban pelusas blancas que quién sabe de dónde venían; pero que volvían el paisaje demasiado poético. Y ya al final fuimos al Centro Eton, el mejor mall de Montreal. Claro, no podía faltar la visita al mall. Para el obligado chópin.

Segunda parte