martes, 24 de febrero de 2015

Tragicomedia del león cobarde

La inspiración se da, según confiesa el artífice del largometraje, después de mirar videos de avalanchas en YouTube. Y otros tantos. Irónico que las frustradas aspiraciones de la misma obra se hayan visto documentadas por ese sitio de videos. Aunque seguramente la ironía fue intencionada y la entenderán quienes vieron Fuerza mayor. Más sobre esto, aunque no mucho, al final del texto.
La tragicómica estancia de una familia nuclear en los Alpes franceses es el tema central de Fuerza mayor (Turist, 2014) del cineasta sueco Ruben Östlund. La cinta da inicio con las pistas de esquí y los retratos de familia idealizados tomados por un fotógrafo caza-turistas. En esta unidad privilegiada —¿cómo no si pueden darse el lujo de una semana de vacaciones en un complejo hotelero francés?— el padre ha trabajado demasiado y, por ende, no les ha dedicado suficiente tiempo de calidad a su esposa y a sus dos hijos. Todo es armonía y unión. Todo es felicidad y sonrisas. Incluso los rituales diarios se realizan en bola: cepillarse los dientes, dormir, etcétera. No hay nada aquí que no remita a unas típicas vacaciones familiares. Pero las tomas de las montañas, la música de Vivaldi aquí utilizada con una intención ominosa y, por encima de lo anterior, las explosiones para provocar avalanchas auguran un desastre. El equilibrio se rompe en pedazos ante el incidente inesperado. Mientras Tomas (Johannes Kuhnke), Ebba (Lisa Loven Kongsli) y sus hijos Vera (Clara Wettergren) y Harry (Vince Wettergren) comen sobre la terraza del restaurante un alud parece salirse de control. La nieve, estruendosa y amenazante, cae hacia ellos sin posibilidad de detenerse. En un principio el padre trata de calmar a la familia. El hijo empieza a gritar. La madre hace preguntas. Y finalmente se da el incidente gracias al cual se siembra la semilla de la duda en Ebba. El hombre al que ha elegido como esposo y padre de sus hijos no es capaz de protegerlos. Al contrario, sale corriendo para salvarse a la menor señal de peligro. Así, las felices vacaciones se van a la chingada.
Pronto se manejarán versiones contrarias del acontecimiento. Lo ocurrido dará lugar a diálogos que van de la conversación casual (frente a desconocidos) hasta discusiones encendidas (frente a unos amigos que se les unirán días después). El escrutinio de estas otras parejas solamente agudizará la situación. Ebba intenta arrancarle una disculpa a Tomas. Él se obstina en barrer el incidente y paulatinamente llevarlo a un lugar encubierto, como se hace con la mugre debajo de la alfombra. El hecho de que finja demencia hiere todavía más el orgullo de su mujer. Las expectativas de Ebba —ya en fase de desilusión— irán minando la resistencia de Tomas. De inmediato la unidad familiar se encontrará desarticulada. Un día ella pide ir a esquiar sola. Otro día él hace lo mismo. Mientras tanto Harry vuelve a quebrarse no por una avalancha sino por el posible divorcio de sus padres. Aunque la pareja amiga —compuesta por Mats (Kristofer Hivju) y Fanni (Fanni Metelius)— aparente encarnar la razón, la guerra de los sexos también los contagiará. Humillada por la cobardía del marido Ebba provocará una catarsis incontenible en Tomas. El alud de nieve cuya peligrosidad fue malinterpretada desencadena, sin embargo, una toma de conciencia que hacia el desenlace abatirá la mentirosa calma del marido. No hay aquí rugido de león sino llanto incontrolable como si se originara en la garganta de un bebé. Con esto, Östlund saca a relucir los claroscuros de un matrimonio bello, rico, joven y en apariencia bien avenido. El rol del macho como protector de su prole debe de alguna forma restaurarse. Y tal vez el escenario —con sus nevadas, con sus nieblas, con la falta de visibilidad— los favorezca para montar una comedia frente a los niños durante la cual Mamá y Papá vuelven por fin a ser los mismos de antes. Aun así el director no les da tregua a los espectadores. A pesar del ritmo pausado y de este intento de resolución, el sentimiento de que algo terrible les va a pasar a estos personajes persiste hasta los últimos minutos del filme.
El cineasta sueco tiene la habilidad de la sutileza. Si su obra se compara —como ya se ha hecho en más de una ocasión— con otro filme cuyo tema central son las desavenencias de un matrimonio (Perdida de David Fincher), Fuerza mayor termina perdiendo muchos puntos en pirotecnia. Después de todo, no se trata de un thriller desbocado como el del estadounidense. Más bien, ésta es una reflexión sesuda sobre los roles dentro de la unidad familiar y cómo éstos pueden ser tan frágiles que se rompen y restauran en cuestión de días. Por lo mismo, Östlund prefiere ocultar a mostrar, sugerir en lugar de explicar. Habrá quien se desespere ante dicha decisión y culpe a la película llamándola lenta o aburrida. Lo cierto es que hay mucha más riqueza escondida bajo la nieve de lo que, por ejemplo, la mayor premiación hollywoodense le dio crédito. Fuerza mayor, a diferencia de Mommy, sí apareció en la lista corta de 9 largometrajes en lengua extranjera. Pero no logró colarse a la recta final en la carrera por el monigote dorado (como este ya famoso y sin duda satírico video en YouTube da cuenta). Pero al menos se llevó, dentro de la selección de Cannes titulada “Una cierta mirada”, el mayor galardón concedido por el jurado.
En un primer paso se exhibe en México con la Muestra Internacional de Cine. Después tiene su estreno comercial en varias ciudades del país. Finalmente llega a Torreón con la mencionada 57 muestra este 28 de febrero.

Fuerza mayor (Turist, 2014). Dirigida y escrita por Ruben Östlund. Producida por Philippe Bober et al. Protagonizada por Johannes Kuhnke, Lisa Loven Kongsli, Clara y Vince Wettergren.

sábado, 21 de febrero de 2015

Ante la adversidad imbatible

El cineasta ruso Andréi Zviáguintsev ya había llamado la atención a nivel internacional en 2011 con Elena. Entonces ganó el premio del jurado en la selección “Una cierta mirada” de Cannes. Pero el año pasado los elogios fueron aun más sonoros con Leviatán. Ésta su cuarta película presenta un relato dentro del cual para un hombre ordinario se torna imposible oponerse a poderes ajenos que lo rebasan. Basado apenas en algunos aspectos en el libro de Job —donde precisamente se alude al monstruo marino que le da nombre a la cinta— la trama tiene como escenario un mar al norte de Rusia, en medio de la nada y en el fin del mundo. Ahí habita este hombre ordinario con una vida simple, sin ambiciones grandilocuentes y al lado de una familia reconstituida no exenta de roces. Ahí también un soberano —no muy disímil al imaginado por Thomas Hobbes en su tratado del siglo XVII— mantiene medianamente a raya la corrupta humanidad. Da la casualidad que el alcalde de este pueblo resulta mucho más corrupto y dado a la tiranía que sus vasallos.
A las orillas del mar de Barents y en un poblado pesquero vive desde hace generaciones la familia de Kolia (Alekséi Serebryakov), un mecánico de mediana edad cuyos mayores problemas, hasta hace poco, eran las discusiones entre los dos miembros de su familia y los favores pedidos por vecinos inoportunos. Él está casado en segundas nupcias con Lilya (Elena Liadova), una mujer algo más joven que él, y tiene además un hijo púber producto de su primer matrimonio. Al comienzo de la cinta llega de Moscú Dmitri (Vladimir Vdovitchenkov), el mejor amigo de Kolia y además un abogado que pretende ayudarle en un asunto legal. El arribo de Dmitri perturba la tranquilidad de la casa —aislada, vieja pero bien arreglada y la única en pie dentro de los linderos una playa gélida— y provoca alegría en los tres miembros de la pequeña familia, desde Kolia hasta su hijo Roma (Serguéi Pokhodaev) pasando incluso por la joven esposa inexpresiva. El asunto en el que la familia de Kolia se haya involucrada es una expropiación. El gordo y colorado alcalde del pueblo de nombre Vadim (Roman Madianov) insiste en expropiar la propiedad de Kolia para un proyecto todavía desconocido. La compensación no es suficiente para dejar el lugar donde Kolia nació, el que perteneció siempre a sus antepasados. A pesar de un veredicto favorable para sus ambiciones, Vadim recurre a amenazas y gritos borrachos para intimidar a Kolia, para sacarlo de una vez del lugar. Con la aparición de un abogado estrella de Moscú como Dmitri, el desequilibrio entre las fuerzas antitéticas podría alterarse y el alcalde tal vez retrocederá. Sin embargo, con cada giro de la trama, la fortuna se obstinará en complicarle cada vez más la vida a Kolia.
Según confesión del director, la idea proviene de un caso ocurrido en Estados Unidos: un hombre de Colorado que se opuso violentamente a un abuso de poder. De ahí Zviáguintsev y el guionista Oleg Negin desarrollan una línea argumental donde la corrupción en todos los niveles (político, familiar, religioso) aflora y carcome el bienestar de cualquier relación. Kolia estará indefenso y mudo ante una justicia autómata, encarnada en la galopante voz de la funcionaria del juzgado que, sin pausas para respirar, leerá la sentencia. Ante la escena casi kafkiana sólo queda el refugio ofrecido por las botellas de vodka. Con cada nuevo embate del monstruo marino llamado Vadim, ni Kolia ni sus aliados sospecharán que detrás del poder temporal se oculta el espiritual. Imborrable en la mente el fotograma en el que el joven Roma contempla el esqueleto de la ballena, como recordatorio del monstruo venido del mar. Como para decirnos a los espectadores que los de las fábulas bíblicas son mucho menos peligrosos que algunos seres humanos.
En un tono muchísimo más trágico que por ejemplo Un hombre serio de los Coen —otra rescritura del libro de Job— Leviatán no está exenta de sus tintes de humor. Vadim, el pez globo colorado a punto de reventar, da la nota humorística con sus berrinches. Igual sucede con la pareja amiga de Kolia o al inicio del día de caza que terminará muy mal para todos. La presencia de estos instantes de risa atenúa el sentimiento de desesperanza producido por la impotencia del personaje central ante los caprichos del poder. Ni siquiera en las palabras de un cura ortodoxo encontrará consuelo. El carácter universal del relato, innegable. Aunque predecible durante ciertos momentos —en el caso de una relación adúltera configurada desde los primeros minutos— en otros de mucha más trascendencia Leviatán sorprenderá sin duda al espectador. Este filme desgarrador sobre un poder corrupto y las víctimas dejadas a su paso debería estremecer a más de uno.
Cierto tufillo de superioridad moral se sintió durante la rueda de prensa en Cannes. Ahí algunos periodistas anglosajones casi querían obligar al director a confesar un acto de censura nunca existente —la película ve la luz incluso con el sello de aprobación del ministerio de cultura de su país — o al menos empujarlo a condenar expresamente el régimen ruso. La crítica hacia el gobierno se despliega mucho más sutil de lo que el mundo occidental hubiera querido: a través de los retratos de líderes rusos o soviéticos tanto actuales como pasados ya sea como santos patrones detrás del escritorio de Vadim o como objetivos de caza para los amigos de Kolia. De esta forma —quizás ignoren estos ángeles de la corrección política— el tema central de la cinta no se vuelve exclusivamente regional sino que, como en tiempos ancestrales lo fuera la historia bíblica de Job, refleja inquietudes y dudas tanto universales como básicas para cualquier ser humano. La película gana en el festival de Cannes la Palma al mejor guión y últimamente ha sido nominada como mejor cinta en lengua extranjera en algunas premiaciones hollywoodenses. También forma parte del menú de la 57 muestra de la Cineteca Nacional al lado de filmes como Mommy, Sólo los amantes sobreviven y Dos días, una noche. Ya fue estrenada comercialmente en las principales ciudades de México. Estará en Torreón gracias al auspicio de la Ibero el 23 de febrero.

Leviatán (Leviafan, 2014). Dirigida por Andréi Zviáguintsev. Producida por Alexandre Rodnianski y Serguéi Melkumov. Protagonizada por Alekséi Serebryakov, Elena Liadova, Roman Madianov y Vladimir Vdovitchenkov.

martes, 17 de febrero de 2015

Marion Cotillard con los Dardenne

Aunque he visto algunas películas de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, ninguna de ellas me había impresionado en demasía. Eso a pesar de que los cineastas belgas han ganado en dos ocasiones la Palma de Oro en el festival internacional de Cannes. Si acaso El silencio de Lorna (2008) logró por su temática interesarme más que cintas como El hijo (2002), El niño (2005) o incluso El niño de la bicicleta (2011). Mi indiferencia, sin embargo, tiene sus límites tratándose de los hermanos Dardenne. Sobre todo, cuando colaboran con una estrella que además sí es actriz. Cómo no quedar, entonces, subyugado ante una protagonista como Marion Cotillard. La francesa colabora por primera vez con los realizadores de Bélgica en su más reciente crédito, Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014). La experiencia resulta en extremo disfrutable.
Cotillard encarna a Sandra quien, ante una amenaza verdadera —y no simplemente construida por una mente paranoica— a su trabajo y a la economía familiar, emprende una serie de encuentros a lo largo del periodo de tiempo indicado por el título del filme. Tras una depresión que la alejó de su trabajo en una compañía manufacturera a los colegas de Sandra se les presenta una disyuntiva: o reciben un bono tras el despido definitivo de la joven madre o se quedan sin esa cantidad de dinero permitiéndole reintegrarse al equipo laboral. Un chispazo de esperanza se da un viernes, mismo día en que da inicio la película. El lunes todos los compañeros votarán de nuevo. Sandra tiene sólo el fin de semana para intentar convencerlos. Para ello contará con la solidaridad de su esposo Manu (Fabrizio Rongione) y de algunas de sus colegas. Durante ese fin de semana se darán múltiples altibajos. A veces la protagonista querrá darse por vencida. Otras, sin embargo, saldrá adelante e insistirá ante una negativa o una cara de duda. Tendrá que enfrentarse a reacciones muy diferentes: desde la compasión lacrimógena hasta el odio frontal. Incluso su visita provocará pleitos entre miembros de una misma familia. Habrá además una que otra decepción.
Los hermanos Dardenne centran la historia en el microcosmos de una familia de clase media y habitante de los suburbios para de forma implícita hablar de la crisis económica en Europa. Ésta les llevará a plantear el dilema por el que pasan los colegas de Sandra no sólo a estos personajes ficticios sino también a los espectadores. Frente a un premio monetario tal vez cada uno de nosotros permitiría que una compañera de trabajo se quedara sin el empleo. Especialmente después de que ésta ha mostrado su fragilidad emocional cayendo en una depresión. De igual manera se desplegará la radiografía de una Bélgica multicultural y de orígenes diversos. Los Dardenne logran con Dos días, una noche una cinta de emociones precisas durante la cual los planos-secuencia de nada fácil longitud abundan. Como en películas del estilo de Boyhood o Whiplash, el éxito artístico depende del desarrollo del relato y de la interpretación de los actores. La solvencia en labor histriónica por parte de Cotillard se halla más que comprobada en ejemplos fílmicos como La vida en rosa, Metal y hueso, Sueños de libertad (The Immigrant) e incluso en un rol secundario como el de Medianoche en París. Baste mencionar la escena en el auto con la canción “La nuit n’en finit plus”, interpretada por Petula Clark, como fondo musical. Gracias a la hermosa sonrisa en el rostro de Sandra el espectador comprende a la perfección por qué Manu la apoya sin condiciones y por qué se halla armado de tanta paciencia. Y al fin y al cabo no importará el veredicto final en el caso de Sandra. Más bien cobrará valor el periplo trazado por esta lucha desesperada por mantener el sustento familiar.
Dos días, una noche se presentó en la selección oficial del festival de Cannes del año pasado sin haber obtenido ningún premio de renombre. Sin embargo, Marion Cotillard fue nominada recién y sorpresivamente como mejor actriz en el premio más importante para la industria hollywoodense. Se sabe de antemano que no ganará. Esto, sin embargo, no le resta puntos a su extraordinaria interpretación al lado de los hermanos Dardenne. La película forma parte del menú de la 57 Muestra Internacional de la Cineteca Nacional y ya incluso se estrenó en la corrida comercial mexicana.

Dos días, una noche (Deux jours, une nuit, 2014) Escrita y dirigida por Jean-Pierre y Luc Dardenne. Producida por los hermanos Dardenne y Denis Freyd. Protagonizada por Marion Cotillard y Fabrizio Rongione.