martes, 30 de junio de 2015

sábado, 27 de junio de 2015

Hablar bajo

Hacia el final de la cinta Ave Fénix (Phoenix, 2014) —sexto largometraje del cineasta alemán Christian Petzold— corre 1945 y una mujer baja de un tren cuyo destino es Berlín. Sobre el andén se vuelve a reunir con sus amigos del pasado. Esas mismas personas que la dieron por muerta en el campo de concentración de Auswitch. Detrás de ellos se halla el esposo quien, luego de los abrazos y lágrimas de los otros, se acerca a ella con lentitud. Tras mirarse a los ojos largo tiempo los antiguos pianista y cantante se abrazan delicadamente y con ternura. Sin embargo, el abrazo ante las miradas de los amigos no es más que una pantomima, una ficción teatral, espectáculo sin aplausos al concluir, puesta en escena para los presentes que suponían difunta a la mujer. Todo ha sido maquinado por el marido. Para ella, sin embargo, aquello es una realidad con la máscara de ficción. Luego de este rencuentro en la estación de tren, vendrá la escena culminante de la película. Tal vez una de las más intensas y memorables que haya visto en los últimos años. En ella, la mujer cantará “Speak Low”. O, en español, “Hablar bajo”. Para alcanzar dicha secuencia Petzold ha construido un edificio de pausas y silencios cargados con el dolor de una mujer que no logra ser reconocida por el amor de su vida. La cima del edificio: la maravillosa escena climática en la que la identidad de la protagonista se revela por fin ante su esposo traicionero.
El realizador de Jerichow (2008) y Barbara (2012) presenta de nuevo una historia situada en el pasado de su país natal. Pero si en Barbara ya se había ocupado de la división entre este y oeste alemanes durante los años ochenta, aquí se centrará en una herida mucho más patente y transcendental: el ocaso de la Segunda Guerra. La premisa es digna de una telenovela argentina de los años noventa con Grecia Colmenares titulada Manuela —plagio vil de Rebecca de Hitchcock, por cierto. A Berlín regresa ayudada por su mejor amiga una mujer desfigurada. Nelly Lenz (Nina Hoss) va a vivir a la casa de Lene (Nina Kunzerdorf) después de una cirugía reconstructiva de su rostro. Desde el primer momento Nelly le pide al doctor no darle una cara nueva sino la misma que tenía antes. Esto porque no quiere ser otra. Especialmente, para su marido Johnny (Ronald Zehrfeld). Si el plan de la amiga consiste en viajar juntas a Palestina, el de Nelly es quedarse en Berlín y volver a los brazos de Johnny aunque Lene le diga una y otra vez que fue él quien la denunció a los nazis. Una vez que lo encuentre —atendiendo mesas en un club nocturno llamado, como el filme, “Phoenix”— Johnny no la reconocerá e incluso le propondrá hacerse pasar por la esposa muerta para enriquecerse. Nelly se presta al juego albergando la esperanza de que en algún momento de su entrenamiento para convertirse en ella misma Johnny la reconozca. Mientras tanto, prepararán el regreso de la Nelly espuria teniendo como público a los antiguos amigos de la pareja.
Aunque el punto de partida pueda ser el de un melodrama televisivo e inverosímil eso no empaña en lo absoluto la experiencia sentida con Ave Fénix. Aunque podamos restarle puntos en cuanto a historia, la ejecución en este caso se volverá lo más importante. Sí, se trata de un melodrama. Pero contenido. No desbordado como acostumbran las telenovelas latinoamericanas. Por lo tanto, mucho más convincente. También se halla mezclado con marcados tintes de suspenso. El ritmo y la sensibilidad de la película son, entonces, netamente europeos. Si por una parte el planteamiento estira al límite la credulidad del espectador, Petzold evita los lugares comunes. Por ejemplo, la revelación nunca vista del “nuevo” rostro de Nelly, el momento en que el doctor le quita los vendajes tras la cirugía se nos escatima. Nelly en la piel de Nina Hoss se presenta luego como una mujer temerosa que acaba de pasar por un trauma de proporciones mayúsculas. Ya convertida en la actriz fetiche de Petzold (ha aparecido en la mayoría de los créditos del director), Hoss hace pareja una vez más con Ronald Zehrfeld. Y, mientras en Barbara era él quien buscaba enamorarla a ella, aquí los roles se invierten. Nelly lo buscará a él entre los ladrillos de la ciudad devastada y los claroscuros nocturnos. Ave Fénix remite a diversas fuentes cinematográficas: Casablanca por el momento histórico y El tercer hombre por la urbe en proceso de reconstrucción, el deseo de Johnny —cuya corpulencia recuerda a Orson Welles—  de aprovecharse de la situación y el uso expresionista de la fotografía. Más de un crítico ha apuntado también hacia la dirección de Hitchcock y Vértigo. Pero habría que agregar que él a su vez ya se había inspirado en Pigmalión. De ahí las fuentes se podrían remontar hasta el mito helénico de hacerse una mujer a la medida. Para colmo de esta nostalgia fílmica, el rostro de Hoss recuerda al de una de las más legendarias actrices de su país: Marlene Dietrich. Si Ave Fénix se hubiera rodado durante la época dorada de Hollywood o durante el período retratado quizás habría tenido como protagonistas a Dietrich y Welles.
Pronto la tercera en discordia desaparecerá. Lena —la amiga jurista orgullosa de sus raíces judías y con la amargura contra los perseguidores enquistada en la garganta— no seguirá molestando como la voz de la conciencia. Una vez que lo localice, Nelly podrá acercarse a Johnny, cuya identidad se ha también transformado y ahora exige que le llamen Johannes. El duro entrenamiento para volver a ser Nelly no logra sacarle la venda de los ojos al marido. Ni siquiera en el instante en el que, cual Cenicienta tardía, Nelly se calce sus propios zapatos y Johannes compruebe que son del número correcto. El hecho de que no la reconozca confirma no sólo su traición ante los nazis sino además que la utilizó como instrumento en sus giras cuando eran músicos antes de la guerra. Serán los sirvientes y no los sofisticados amigos de Nelly quienes digan su nombre y la abracen de inmediato. Tras la charada en la estación de tren, a Nelly sólo le quedará su arte (el canto) para retomar su lugar y materializar esa anagnórisis tan deseada por ella. Nelly cantará “Speak Low” para manifestar su verdadera voz y, por lo tanto, recobrar su identidad, su “yo” inamovible. Al igual que en el caso de Barbara, la conclusión se sentirá un poco abrupta. Sin embargo, su contundencia resulta al mismo tiempo inobjetable. Y tanto en lo abrupto como en lo inobjetable encontrará el final de Ave Fénix su perfección. La película fue presentada el año pasado en el festival de Toronto. Obtuvo el premio de la crítica (FIPRESCI) en el más reciente festival de San Sebastián. Aún no tiene fecha de estreno para México.

Ave Fénix (Phoenix, 2014). Dirigida por Christian Petzold. Producida por Florian Koerner von Gustorf y Michael Weber. Protagonizada por Nina Hoss, Ronald Zehrfeld y Nina Kunzerdorf.

“Speak Low” interpretada por Hoss: http://www.youtube.com/watch?v=XqFBbFVRfPc

miércoles, 24 de junio de 2015

Misteriosa mexicana muerte

La muerte mexicana es estéril
Octavio Paz, El laberinto de la soledad


            El epígrafe le pareció anticuado a morir. Mira que citar a Paz y en el estudio más manido sobre la identidad mexicana durante los últimos sesenta años… El colmo era sin duda lo torpe del título. Pero el asunto lo conocía bien. Pertenecía a la época en la cual la violencia se había apoderado de casi todo México y por lo tanto dentro de aquel país el caso se había perdido entre tantas otras muertes. En aquellos meses el flujo de turistas extranjeros hacia las costas de la nación había amainado. Sin embargo, tal hecho no detuvo a la mujer asesinada. Además de su carácter algo añejo —esto por la inmediatez característica del periodismo—el título de la nota estaba a todas luces mal traducido. De seguro quien había retomado el texto de los medios de información de Canadá había simplemente usado un traductor del ciberespacio como el de Google. Intuyó que la cabeza original del artículo habría sido “Mysterious Mexican Murder”. El traductor humano perteneciente a un medio de comunicación para público hispano en Montreal ni siquiera se había dado a la tarea de ordenar la sintaxis un poco. Tal vez hizo su trabajo con premura. Inexplicable si se tomaban en cuenta los meses que habían pasado. Pero ahí estaba la pifia. Atada indisolublemente al texto madre. En aquella publicación —más bien, un pasquín provinciano a más no poder— aparecía la nota sobre el asesinato de Diane Dumas.
            Rob la había conocido durante el 2009 en una clase de español. Su recuerdo no era agradable. La tenía muy presente a causa de aquel día en que llegó al salón lista para —ironía aparte— hacer una presentación que incluía recortes de un periódico local de la Riviera Maya. Parecía escalofriante que cuatro años después su nombre hubiera vuelto a repetirse en esos diarios aunque en la nota roja. Diane se había levantado orgullosa de su asiento aquella mañana de sábado y había contado su historia frente a la clase. Cómo a través de ayuda mutua un niño pobre había recibido regalos el día de Reyes. Para probarlo había traído fotocopias del recorte de periódico para cada uno de sus compañeros. Al inicio contextualizó explicando la importancia de dicha fecha en México, contó a detalle cómo pudo leer —gracias a sus dos años de clases de español— el artículo sobre los niños “de escasos recursos” que no recibían regalos en esa fecha y cómo de inmediato ella y su hija fueron juntas hasta el diario local para averiguar el nombre de uno de esos pequeños. El 7 de enero de 2008 se publicó la nota sobre el acto caritativo. Claro, no se había dignado a llevar los obsequios personalmente. Para eso había mandado a una empleada de la oficina de comunicación social del muy exclusivo complejo hotelero donde se alojaba. Nadie entre el público le objetó ese punto. Y ahí en la clase anunció que pretendía seguir visitando la Riviera Maya todos los años durante el invierno no sólo para nadar en el mar o broncearse en las playas sino también para echarles la mano a quienes menos tenían, a todas esas personas “desfavorecidas” —como se les suele llamar en Quebec. Su espíritu dadivoso, sin embargo, no le impidió a Diane irse a quejar amargamente de su profesora de español —también mexicana, por cierto— y lograr que la despidieran del centro de idiomas al final de ese mismo trimestre. Después de todo, la inexperta muchacha de nombre Marina les ponía más atención a otros estudiantes que a ella, ella que había hecho una presentación tan bonita sobre su experiencia en el país de donde era originaria la ahora desempleada maestra.
            A unas semanas del asesinato el caso de Diane Dumas se convertiría en paradigmático para todos aquellos canadienses que en el próximo invierno albergaran la esperanza de pasar unos días de sol y calor en el Caribe mexicano. Sobre todo, quienes no entendían que se trataba de un país en guerra contra el narcotráfico. Ya no con esperanza sino con un cierto dejo de costumbre habrían aterrizado Diane y Annick —su hija de veintidós años— en el aeropuerto de Cancún el 20 de diciembre de 2008. Seguramente las dos mujeres sintieron alivio al percibir a través de sus sentidos el aire, la calidez, la vegetación y la humedad de la zona. Y cómo no hacerlo tras una fuerte tormenta, una que les dejara en las calles alrededor de treinta centímetros de acumulación de ese polvo blanco y deleznable que a los días se tornaba raspado de chocolate por el paso de millones de suelas sucias. Incluso las supuestas meteorólogas —de ésas que como único mérito blandían su rubia y ojiazul apariencia— se quejaban diciendo el lugar común de “y ni siquiera ha empezado oficialmente el invierno”. Qué reconfortante sentimiento de haber huido de la ya típica depresión de comienzos de la temporada, la misma donde Diane avizoraba los largos cuatro meses (¡a veces hasta cinco!) de cubrirse de cuerpo entero con ropa abultada, caminar con cuidado por las calles heladas, consultar el estado del tiempo antes de salir de casa y, sobre todo, la pesada faena de desenterrar el auto luego de una tormenta como la reciente.
            Diane y Annick acostumbraban hospedarse en un complejo hotelero de lujo que se ubicaba sobre la carretera entre Cancún y Tulum. Después de haberlo hecho en la zona turística de Cancún durante sus primeras visitas a la Riviera Maya, decidió que las vacaciones ameritaban entrar en contacto con la naturaleza y sobre todo alejarse de esos molestos americanos que infestaban los hoteles a lo largo del bulevar Kukulcán. También le resultaba increíble que cada uno de los precios anunciados estuviera en dólares americanos. Si ella precisamente venía huyendo de la alternativa quebequense para huir del frío: la Florida, adonde habían ido a parar sus padres desde que se jubilaron. Además, quería practicar español con los “verdaderos mexicanos” —les vrais mexicains!— y por alguna razón pensaba que ésos sólo podría encontrarlos lejos del bullicio y de la civilización. Nada como entrar en contacto con dicha especie primigenia para absorber la pureza de la cultura y del léxico de los “autóctonos”.
            Diane sin duda sentía una gran simpatía por el lugar y por la gente. La amabilidad y la hospitalidad de los mexicanos no tenían comparación con ningún otro país al que hubiera viajado antes. Y si a eso le agregamos la obsesión por practicar el idioma se explicaba perfectamente su empecinamiento en viajar cada descanso del invierno a la zona. Aunque interrumpió sus visitas en el 2005 por el huracán Wilma, al año siguiente se dio cuenta de lo rápido que se había recuperado la región. Qué admirable el tesón de los “locales”. Ni siquiera el terrible caso del degollamiento de una pareja originaria de Ontario ocurrido en el hotel Barceló Maya —un complejo a muy pocos kilómetros del suyo— la disuadió de volver a su querida Riviera. Y cómo trascendió en el país aquel suceso, recordaba Rob. Hasta el programa de reportajes más importante de Canadá se había ocupado de los lamentables homicidios.
El matrimonio de mediana edad había ido a la boda de su hija. Para muchas parejas norteamericanas estaba de moda casarse ahí. La fiesta se había prolongado hasta las dos y media de la madrugada. Los padres de la novia regresaron a su habitación a esa hora. Se especula que sorprendieron a los ladrones a mitad del acto delictivo. Una camarera encontró los cuerpos de la pareja la mañana siguiente. El o los ladrones los habían degollado. No muy lejos de la habitación las autoridades hallaron un cuchillo similar a los utilizados en la cocina del hotel. La actitud tanto de los directivos del complejo como de los investigadores locales levantaron de inmediato las sospechas de la familia. Su candidez les hizo aplazar el regreso a Canadá. Imaginaban que, como en su país de origen, la resolución de los homicidios se encontraba a la vuelta de la esquina. Al cabo de unas semanas regresaron decepcionados pero con la intención de convocar a los medios canadienses. El reportaje en un programa de investigación de alcance nacional ponía en evidencia la incompetencia y la corrupción de las autoridades mexicanas. Para empezar, la presencia de mucamas en la habitación del delito aun antes del arribo de la policía. Según el reportaje, la teoría por la cual se inclinaba el procurador del estado involucraba a la mafia italiana asentada en los suburbios de la ciudad de Toronto. Incluso se intentó acusar al hijo de la pareja aunque se encontrara el día de los asesinatos a miles de kilómetros de distancia. Para la familia de los fallecidos aquello convertía el daño en insulto. Quedaba claro que el o los criminales nunca serían aprehendidos y que México era una tierra sin ley. Con lágrimas en los ojos, la hija de los muertos trataba de convencer a los televidentes de nunca visitar aquel país de salvajes. Su boda de ensueño se había transformado en sangrienta pesadilla. La joven mujer se arrepentía hasta los huesos de haberla organizado en la maldita Riviera Maya. Maldito lugar olvidado de Dios. De haberla llevado a cabo en su pueblito de Ontario sus padres todavía estarían vivos.
Tampoco surtieron efecto en Diane otros casos: el del joven también de Ontario que de acuerdo con sus parientes fue muerto a golpes a la salida de un antro mientras vacacionaba en Acapulco, el del padre de familia de origen checo encerrado en una cárcel mexicana por un crimen que no cometió sólo por entablar amistad con un narco o el del jubilado de Columbia Británica que terminó sus días apuñalado en Vallarta. En fin, ni siquiera los constantes reportajes de los noticieros nacionales sobre la violencia desbocada en México durante los años del calderonato le impidieron a la señora Diane Dumas hacer sus reservaciones en el complejo de costumbre. Después de todo, cada una de sus amigas hacía el mismo viaje (u otros parecidos) a diferentes regiones turísticas del país azteca y cada invierno todas ellas volvían encantadas con sus respectivos bronceados y recuerdos. Qué delicia el sol mexicano. Diane, sin embargo, se había destacado de entre todas ellas con el mejor souvenir: el recorte del periódico. Uno que era además la prueba fehaciente de haber hecho un acto caritativo y con él dibujarle una sonrisa radiante a un pequeñín. Lo recordaba como si hubiera pasado el día anterior.
            Diane se había sentado en el lobby del hotel mientras esperaba a su hija para ir a desayunar al bufet. En una mesa encontró varios periódicos. En su afán por practicar su español se hizo de uno local. Faltaban apenas dos días para la fiesta de los Reyes Magos. Ella sabía muy bien de qué iba la celebración pues su maestro del trimestre anterior, a pesar de ser francés, les había hablado de los días festivos en México ya que de ese país venía la novia del profesor. Se detuvo en un reportaje sobre niños de escasos recursos. En especial, uno de cinco años que llamó su atención. Era originario de Cozumel. Declaraba no haber recibido regalos en años recientes ya que la madre del pequeño era “mamá y papá a la vez”. Las lágrimas se le empezaron a salir cuando leyó que en lugar de presentes el niño prefería que su hermanita menor recibiera una muñeca. A pesar de lo anterior, afirmaba que le gustaría recibir una bicicleta por parte de los Reyes. Esa nobleza de corazón, pensó Diane, no se veía con frecuencia en un país como el suyo, de los más desarrollados del mundo. Imaginar que el niño hubiera deseado un regalo ya no para sí sino para su hermana la obligó a extraer un pañuelo desechable de su bolso. Cuando Annick la encontró en ese estado Diane de inmediato le mostró la publicación y le comunicó su deseo de hablar con el concièrge del hotel tan pronto desayunaran.
            El hombre les llamó un taxi que las llevaría hasta el diario. Ahí Diane Dumas se enteró del nombre completo del niño que soñaba con la bicicleta: Brayan Cordero Navarrete. Qué nombre tan extraño, pensó. Ni entonces ni después adivinaría que el nombre del niño procedía del inglés “Brian” y que “Brayan” era simplemente la grafía hispanizada de la pronunciación en lengua inglesa. Al fin y al cabo, siendo Diane francófona, no tendría por qué haber adivinado ese dato. Tampoco la mujer era susceptible de notar las líneas paralelas entre dos sociedades tendientes al colonialismo imperialista como la quebequense y la mexicana. Ni de identificar en otros ese impulso a darle un valor más allá de instrumento de comunicación al inglés. Se llamara como se llamara el niño, el objetivo de Diane ya estaba fijo en su mente y nada la detendría. Volvió al hotel y por primera vez lamentó las distancias en un país extranjero. Ella y Annick, entre las paredes del complejo turístico amurallado. Cancún, kilómetros a la distancia. Y el niño, en Cozumel. Los tres elementos necesarios para resolver la ecuación —ella, los regalos, el niño— separados geográficamente. Además estaba el asunto del idioma que, a pesar de practicarlo en la clase y durante esos días de vacaciones, no dominaba por completo.
            Por eso decidió simplificar el asunto y acudió a la oficina de comunicación social del hotel. Ahí Diane se dio cuenta de que su aprovechamiento en los cursos de español no había sido el óptimo. Una cosa era saludar, dar los buenos días, ordenar cualquier platillo del menú o tener una conversación banal donde el escucha con amable condescendencia le completaba las frases; y otra muy diferente explicarse ante la empleada del hotel sobre una donación. Bien pudo haber cambiado al inglés, idioma que hablaban tanto ella como la directora de comunicación social. Pero de nueva cuenta se dijo que ésa era la razón por la cual iba a un país “hispanófono” cada invierno. La empleada trataba de ocultar su asombro ante los balbuceos de Diane —“cadó por los ninios”, “me gusto ayudar la yente”, “la sufranza de los ninios pobres es mal”— y ante cualquier indicio de un vocablo en inglés Diane fustigaba con un “¡en español, por favor!”. Tantos galicismos —“cadó” por “regalos” o “sufranza” por “sufrimiento”— no le impidieron a la empleada del hotel entender el mensaje principal de las huéspedes ante su escritorio. Querían enviarle a una familia de “escasos recursos” regalos para sus hijos en el día de Reyes. Nada más simple. Aunque inaudito. La empleada felicitó a Diane por sus buenas intenciones. Era un orgullo que llegaran al hotel personas con ese sentido del altruismo. Sobre todo, porque muy pocas veces los huéspedes del hotel se interesaban por los problemas de la comunidad a la que iban únicamente para pasar un buen rato y evadirse de las obligaciones laborales.
            Una camioneta del hotel las llevó hasta Cancún para adquirir los juguetes. Compraron la bicicleta para el niño, sí. Pero además un balón de futbol y una muñeca Barbie para la hermanita de Brayan. También  pasaron por una panadería para comprar la tradicional rosca de Reyes. Cuando regresaron al hotel volvieron a reunirse con la mujer de comunicación social. Ella les explicó cómo llegar a Cozumel. Entonces a Diane le sonó demasiado complicado. Y a Annick le parecía que ya habían hecho lo suficiente. Les iban a faltar horas de bronceado cuando regresaran. Entonces la empleada del hotel se ofreció a llevarles los regalos a los niños en su nombre. No sólo eso sino que llamaría al reportero para que la acompañara. De esta forma Diane y Annick dejaron los regalos con la mujer y se encaminaron hacia la playa. El lunes 7 de enero de 2008 se publicó la nota en el mismo periódico que Diane leyera días antes. El reportero se había contactado con ella luego de tomarles varias fotos a los niños durante la recepción de los regalos. Al otro día Diane y su hija se reunieron con el reportero en la oficina de comunicación social del hotel. Frente al reportero, Diane y su hija hablaron en inglés. Se daban cuenta de que tratándose de una nota periodística no debería quedar ningún resquicio lingüístico tendiente a la confusión. La empleada hizo las labores de traductora. Cuando se despertó la mañana de la publicación pidió que le llevaran al cuarto cinco ejemplares del diario. Le daría uno a Annick, por supuesto, y el resto lo repartiría entre sus amigas más cercanas.
Regresaron al final de esa semana. Distribuyó los periódicos entre sus amigas y a todas les encantó la idea. Prometieron realizar actos semejantes durante sus vacaciones en México, Cuba o República Dominicana. A la larga Diane se percató de que ninguna cumpliría lo prometido. Pero eso la tenía sin cuidado. Allá ellas con su falta de solidaridad. Las fotocopias del artículo corrieron de un lado a otro entre la familia extendida de Diane, aunque muchos no pudieran leer en español. Finalmente lo llevaba cada trimestre y a cada curso. Incluso al mismo donde Rob la conociera. Como periodista y como antiguo compañero de la clase de español le interesó de inmediato la muerte de Diane Dumas. Tan pronto se enteró, pidió hacer la nota y entrevistar a la familia de la occisa. Hizo todo lo posible por mantener el caso presente en las conciencias de los habitantes de la metrópolis; pero tras algunas semanas la mesa de redacción le indicó que había llegado la hora de dejar el asunto por la paz. Se indignó al no hallar ninguna noticia en los medios de México que trascendiera lo local. Entre tantas muertes de mexicanos en diferentes puntos de la república qué podría importarle a ese país el asesinato de una turista quebequense. Después de muchos meses de rumiar el caso con desánimo, había encontrado una nota en español de un medio hispano asentado en Montreal. Los hechos se desmoronaron dentro de su cerebro como en avalancha. Con un español muy bien estudiado hasta los niveles más altos y la ayuda de un amigo hispanoparlante se dio cuenta de que el texto había sido torpemente traducido del inglés. Siendo ésta su lengua materna buscó sin éxito por varios rincones del internet el artículo original. Había que reescribir el texto y tal vez complementarlo con datos nuevos. Tal vez enviárselo con las correcciones al medio que lo publicó —si es que éste aún existía— para que enmendaran sus errores. O buscar una forma de publicarlo en el atávico país donde se cometió el homicidio.
Los hechos se desplegaron contundentes ante la pantalla de la computadora de Rob. Tal como lo hacía cada invierno Diane Dumas regresó a la Riviera Maya en febrero de 2012. Iba a quedarse en el complejo de costumbre una semana. Viajó sola porque los días de descanso de su hija Annick no coincidían con los de ella. Y esta vez no volvería a ver nunca más la nieve, uno de los factores principales de los que huía de su ciudad natal. Sobre todo en febrero, el momento más cruel de la temporada invernal. También, por supuesto, buscó enviarles regalos a algunos niños pobres de la región. Pero al pedir ayuda se topó con una sorpresa. Había una nueva directora de comunicación social en el hotel. Sin embargo, tampoco a ésta le costó demasiado trabajo interpretar las intenciones de Diane. Al siguiente día recibió el nombre de una niña necesitada con domicilio en una población relativamente cerca del complejo: Areli Aké García. Solicitó de nuevo un transporte argumentándole a la empleada que hacía lo mismo cada año. Para entonces había dejado de llamar al reportero del periódico. Las últimas veces el hombre la había ignorado por completo. Otro tipo de noticias lo tenían en extremo ocupado. Además sus amigas ya no recibían con el mismo entusiasmo los recortes. Una camioneta del hotel la llevó a un centro comercial en Cancún y ahí le compró a Areli una bicicleta y una muñeca Barbie. Aquel acto, después de todo, se había vuelto una rutina que Diane desempeñaba ya de modo casi automático. Hacía tiempo que la creatividad no entraba en juego. En esta ocasión la empleada le dijo que llevaría en persona los regalos a la casa de la niña. Sin embargo, tan pronto Diane salió de su oficina la mujer mandó llamar a otro empleado de menor rango para que se ocupara de la engorrosa faena. Cuatro días después Diane volvió a la oficina para cerciorarse de que todo había salido según sus deseos. No notó nada extraño en el sonriente semblante de la empleada quien le confirmó que la niña Areli había recibido los regalos y le agradecía mucho a su benefactora.
La cronología de esa tarde se tornaba más oscura con cada minuto que pasaba. Una mesera afirmó que Diane Dumas se tropezó a la salida del restaurante del hotel. La llevaron a la enfermería e hicieron lo necesario para tratar una torcedura de tobillo. El enfermero en turno le ofreció prestarle una silla de ruedas durante el resto de su estancia. Pero a Diane no le pareció necesario. Teniendo en cuenta la imagen de la nieve dentro de su cerebro estaba decidida a que nada ni nadie le arruinara sus vacaciones. Salió cojeando aunque todavía alegre de la enfermería. De acuerdo con el personal médico que la atendió se digirió hacia la alberca. Ahí se tumbó bajo el sol algunas horas para después regresar a su cuarto. Se arregló para salir a cenar en el área turística de Cancún un poco antes del anochecer. Tras comer en un establecimiento sobre el bulevar Kukulcán se le pierde el rastro. El mesero que la atendió estaba seguro de que Diane había conocido a un hombre americano en el bar y había abadonado el establecimiento con él. Otros testigos le confirmaron a la policía que Diane iba caminando sola (y cojeando, claro) por el bulevar un poco antes de la medianoche.
Lo cierto es que ella encontró la manera de regresar al complejo hotelero dentro del cual se hospedaba. Hasta ahora no se ha sabido cómo hizo el trayecto. Se habla de que a altas horas de la noche unos huéspedes la vieron en un carrito de golf acompañada por uno de los guardias de seguridad del hotel. Se especula que Diane arribó muy adolorida del tobillo al complejo hotelero, se tragó su orgullo y le pidió ayuda al hombre para que la trasladara hasta su habitación. Otros huéspedes aseguraron que habían visto a Diane junto a la playa pocos minutos antes del amanecer medio dormida, con cara de pocos amigos y sobre una toalla del hotel. Todo parecía indicar que quizás por el dolor en el tobillo la mujer pasó la noche en vela y volvió a su habitación media hora después del amanecer. Con seguridad, sorprendió al ladrón adentro. Éste la atacó, ella trató de defenderse o de gritar pidiendo ayuda y el desconocido la estranguló con la toalla playera.
El guardia de seguridad se convirtió en el principal sospechoso. No sólo porque Diane fuera vista con él la madrugada del homicidio sino también porque el hombre desapareció a partir del descubrimiento del cadáver. Annick, su novio y su padre —el ex esposo de Diane— viajaron a la Riviera Maya para encontrarse con un complejo hotelero temeroso de la mala fama y unas autoridades indiferentes a su pena. Tarde se dieron cuenta de que habían entrado a un laberinto sin salida. Muchas preguntas surgieron: por qué habían dejado escapar al guardia de seguridad, por qué la policía no mandaba avisos a otras poblaciones para que lo buscaran, por qué el gobierno canadiense no enviaba a alguien verdaderamente calificado para ayudar en la investigación, cómo podían confiar Annick, su padre y el chum en una autopsia o en un proceso penal realizado en México. Se equivocaban al hacer tantas preguntas estériles. Estaban acostumbrados a la celeridad de la policía canadiense y, sobre todo, a la certeza de que dichas autoridades no obtendrían ningún beneficio al ocultar la identidad del asesino. El novio de Annick logró entrevistarse con un colega del guardia de seguridad desaparecido y éste le dijo que el principal sospechoso tenía un hermano en la policía federal. Eso le garantizaba impunidad. La hija de Diane, el ex marido y el novio tomaron el vuelo de regreso con las náuseas cautivas en la garganta y el presentimiento de que quien asesinó a la mujer nunca pagaría por el crimen.
Para entonces tanto los medios provinciales de Quebec como los nacionales de Canadá habían puesto el grito en el cielo. Aunque sólo lo hicieran momentáneamente. Rob intervino dentro de lo que pudo para dar a conocer a  la comunidad anglófona de Montreal cómo murió Diane, una turista quebequense más que había vacacionado en México pensando que aquel país era seguro. Sin embargo, el carácter despiadado de la rotación de las noticias pronto relegó a la señora Dumas al olvido. A los pocos meses fue asesinada otra mujer en un lugar turístico de México. Los cadáveres de una estudiante del doctorado en literatura hispánica de la Universidad de Columbia Británica y de su novio —ambos de origen mexicano— fueron hallados enterrados a medias en una playa de Huatulco. Habían sido muertos a puñaladas. El motivo del crimen obedecía al robo del auto de la pareja. A diferencia del caso de Diane, éste culminó con el arresto de cinco personas ligadas al narcotráfico.
Ante el texto mal traducido, Rob no pretendía descifrar el misterio de la muerte de Diane Dumas. Sabía —como con lo ocurrido con el matrimonio de Ontario— que el asesinato de su antigua compañera de la clase de español se difuminaría del recuerdo de los canadienses y la indignación ante dicha injusticia se iría desdibujando. De tratarse esto de una historia de ficción habría castigado como autor la tozudez de Diane por seguir viajando a un país sumido en la violencia o fustigaría su concepto ingenuo de aplicar la caridad cristiana en un lugar con tantas carencias, con problemas tan enraizados que ni los gobiernos ni los habitantes del país habían logrado paliar. Al fin y al cabo, cuánto le habría durado al niño Brayan la felicidad de haber recibido una bicicleta el día de los Reyes Magos. Tal vez, de tratarse de un artefacto de ficción, habría agregado que el culpable del homicidio había sido el padre de la niña Areli Aké García. Eso como para darle a la conclusión un aire de fatalidad. Qué lástima que el niño Brayan no fuera lo suficientemente viejo como para ponerlo en la piel del guardia de seguridad huido. Además, no se trataba de su género. La ficción no se le daba nada bien. Así que se ciñó a lo descrito por el artículo en aquel español bastante torpe.
Al menos sí decidió darle un mejor rostro al caso en el idioma que Diane tanto quería practicar. Rob sabía que poco interés iba a tener para los hispanoparlantes ya no de Canadá sino de cualquier otro país del mundo. Sin embargo, aquel texto requería sus buenas dosis de corrección. Aunque careciera de lectores. Así que comenzó por arreglar el título:
Misteriosa muerte mexicana

martes, 23 de junio de 2015

Giros de género

La crítica generalizada contra la mayoría de las películas producidas en Hollywood se da no sólo por la forma troglodita en que acaparan los reflectores y las salas de cine alrededor del mundo —especialmente durante el verano— sino también por su falta de innovación, originalidad o apuesta por temas más arriesgados, por seguir con constancia enervante fórmulas bien delineadas con el afán de retacarse los bolsillos de dinero y por sólo contemplar al cine como un negocio, no como un arte. Ésta también ha sido la crítica que en innumerables ocasiones y durante los últimos casi 19 años aparece en muchos de mis escritos al respecto. Todo se agota en un momento dado y mi relación con la reseña cinematográfica, al menos, ya tiene una fecha de caducidad: septiembre de este año. Por lo relativo a la mentalidad hollywoodense, trato de ocuparme de otras latitudes en mis textos sobre cine. Resulta, creo, mucho más refrescante buscar propuestas provenientes de otros lugares del mundo. Únicamente por el hecho de que el espectador —en este caso, yo— tiene al menos la opción de sorprenderse con ellas. Va entonces con este escrito un ejemplo: Hagen y yo, cinta destacable por la transformación de sus géneros y por partir de un punto determinado (incluso manido) y, sin embargo, concluir en otro opuesto. En el apartado de los datos inútiles, Hagen y yo también será recordada como la cinta que rompe el récord del mayor número de perros utilizados para rodar un largometraje: casi 300 y, dicho sea de paso, sin la utilización de imágenes creadas por computadora.
Hagen y yo (Fehér isten, 2014) arranca con una situación típica de película infantil: la niña separada de su mascota. Lili (Zsófia Psotta) es una chica húngara de más o menos 13 años. Sus padres se han separado hace tiempo. Mientras su madre parte del país durante tres meses para asistir a una conferencia en Australia, Lili se va a vivir al departamento de su padre. Él trabaja en un rastro. El único problema de la mudanza se centra en quien acompaña de forma inseparable a la niña. En esta Hungría, dentro un futuro ficticio, existe un impuesto que hay que pagar por tener perros de razas cruzadas. Éste es el caso de Hagen, el perro de Lili. En el ínter entre el inicio y el giro de género se dan situaciones también bastante obvias de este tipo de largometrajes. Como el ensayo de la orquesta en la que participa Lili: la niña trompetista debe ensayar con sus compañeros y cuidar al perro al mismo tiempo dándose así la típica interrupción y enojo del conductor de la orquesta. Ahí la niña se solidariza con el animal y juntos abandonan el lugar sin importarle a Lili su participación en un concierto futuro. Cuando Hagen es denunciado por una vecina del padre, los empleados de la perrera acuden al domicilio. La condición para no llevarse al animal consiste en pagar una multa. Entonces el padre, para evitar dicho pago, abandona a Hagen a su suerte frente a los ojos llorosos de Lili. Aquí empezaría el cuento infantil, la trama vista tantas veces en películas animadas de Disney donde el niño o la niña en cuestión emprende la búsqueda para reunirse una vez más con su querida mascota. Pero el destino de Hagen en las calles de esta ciudad nunca sería tema de una cinta de los citados estudios: hasta una sangrienta pelea entre perros habrá. Y ni se diga una serie de muertes nada naturales.
Como una fábula que poco a poco se degrada a cinta de acción —incluso de terror y venganza— Hagen y yo esconde más de una lectura para los espectadores. Esto conforme la cámara siga el periplo de Hagen por las calles de Budapest. En su cruento camino el perro reclutará a todos los descastados de razas cruzadas para lanzar un ataque feroz contra los humanos de la ciudad. Hacia el final la película adquirirá incluso tintes apocalípticos cuando los animales furiosos se adueñen de las calles de Budapest. Atmósfera del fin del mundo preestablecida en la escena inicial del filme en la cual Lili transita las calles vacías en su bicicleta y es sorprendida por la jauría comandada por su otrora mascota. Cuando ama y bestia se rencuentren en la secuencia climática Lili ya no estará ante su can alegre sino frente a un asesino con sed de sangre que no dudará en cobrarse el abandono. Ahí la niña tendrá quizás que elegir entre su padre y Hagen. La única manera de resolver esta confrontación, además de la música, será ponerse al nivel de los animales perseguidos y mirar el mundo a través de sus ojos.
El esfuerzo en la hechura —ése en el que destacan la utilización de casi tres centenas de perros— remite al deseo de realizar cine a la vieja usanza, como se rodaba hasta hace algunas décadas: en tiempos cuando para mostrar cómo caía una locomotora sobre un puente se dinamitaba uno entero o cuando para subir un barco por una montaña se tenía que hacer eso precisamente (recuérdese la locura de Herzog en Fitzcarraldo). Éste es un cine que no depende por completo de efectos especiales y que, por su realismo, resulta mucho más convincente. El mensaje nada sutil sobre cómo la humanidad trata a los seres vivos considerados inferiores encuentra su equilibrio con las situaciones descarnadas en las que se verá sumido Hagen. Eso sin contar la empatía que el animal logra causar a pesar de luego convertirse en un asesino. La cinta de Mundruczó se podría leer además como metáfora de las diversas tensiones en la Europa contemporánea: raciales, culturales, religiosas y económicas. Hagen y yo fue la película ganadora de la selección “Una cierta mirada” en el festival de Cannes del año pasado. En México se exhibió con la 58 Muestra Internacional de Cine. Según el sitio de Cinemex, su estreno comercial en nuestro país está previsto para el viernes 3 de julio.

Hagen y yo (Fehér isten, 2014). Dirigida por Kornél Mundruczó. Producida por Viktória Petrányi y Eszter Gyárfás. Protagonizada por Zsófia Psotta, Sándor Zsótér y los perros Luke y Bodie.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=VGBu3etfQKo

Nota del 30 de julio: Como es costumbre con los distribuidores mexicanos la fecha de estreno se pospuso para dar cabida a los bodrios veraniegos. Ahora se estrenará en México el 14 de agosto. Eso, si algún día de verdad se estrena.

miércoles, 17 de junio de 2015

Transgresión con ojos de niños: Lynne Ramsay


En mi colaboración más reciente con la revista Siglo Nuevo hablo sobre la obra cinematográfica de la directora escocesa Lynne Ramsay. Una disculpa por las erratas en el texto. Su apellido es Ramsay, no Ramsey. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1124896.transgresion-con-ojos-de-ninos-lynne-ramsay.html