sábado, 29 de agosto de 2015

Ceros a la izquierda (I)

Publico a continuación un relato largo en tres partes. Subiré las otras dos más adelante. La segunda, dentro de un mes. La tercera, dentro de dos. Disfruté mucho escribir este relato porque todos los errores son voluntarios. Y, si hay alguno involuntario, no hay problema porque puede hacerse pasar como parte de los primeros. Los protagonistas (o el protagonista, no estoy muy seguro si el personaje es uno o dos) son un par de chavos mexicanos y muy buena onda que visitan Montreal para perfeccionar su francés y vivir experiencias bastante intensas. Por desgracia, en el camino se les cruza una mala mujer. O dos, según se mire. Va a continuación la primera parte del texto:

Catre. Catre. Catre.
Seguramente quieren escuchar la historia de la mujer más loser en toda la historia de la humanidad. Se llama Jo Anne y suele decirnos al resto de la clase de francés que es de París. Luego de una larga pausa, agrega “Texas”. Sí, París, Texas. Ya sé, mis chavos. Es la misma mala broma de la película de Wenders. Nosotros también la vimos. No somos tan analfabestias como para no conocer el dato cinematographiqué. Al contrario. Si nos encanta el cine de Hitchcock, Bergman, Rubik. Tipo de autor. ¿Sí saben cómo? Estamos bien culturizados y así. Pero una de dos. O esta vieja nunca la ha visto en su lamentable y miserable vida o simplemente todos los que nacen en ese pueblucho están condenados a hacer la misma (con perdón) fakin broma hasta el final de sus días. Es más, cuando vimos la película pensamos que el director alemán se había inventado un pueblucho olvidado de la mano de Dios llamado París, Texas con el pretexto de hacer su largometraje homonimo —por cierto, en nuestra opinión, demasiado lentón, largo y pasado de cursi— pero cuando Jo Anne les dijo a todos el primer día de clases de dónde venía ella, haciendo exactamente la misma broma de la aquí multicitada película, nos enteramos de que en realidad París, Texas sí existe fuera de los confines de la imaginación de un cineasta con lentes de espanto y pelos todos espantosamente parados. ¿Saben cómo? Uno acá tipo jípster, eurotrash. Y así. ¿Qué les pasa? Sáquense. No somos jípsters, mis chavos. ¿Cómo creen? Antes muertos. ¿Qué? Que no se dice “homonimo” sino “homónimo”. Pues eso fue lo que dijimos, chavos. Oigan bien, quítense la cerilla de los oídos, pónganse las pilas y agarren la onda.
            De habernos topado en la calle con esa masa gelatinosa, con ese trasero retacado de grasa de tantas visitas al pinchurriento McDonald’s, con esa cara insoportablemente dulzona de muñeca antigua, con esos ojos azules claros que emboban a tanto compatriota de a foot pero que nosotros encontramos vomitivos en ella detrás de sus lentes horrendamente nerdos de fondo de botella, con esos globos inflados por garras cuya culminación eran unas uñas mal cuidadas, mal lavadas, mal recortadas y mal combinadas en ese color fosfo que le encantaba llevar, con esa mata de cabellos enmarañados, sin peinar y muchas veces acabados de lavar y despidiendo olor a perro remojado; jamás nos habríamos fijado ni nos habríamos dignado a posar nuestros selectamente selectos oclayos sobre tamaña madrinota de miércoles. Es decir, excuse my french, de merde. Una tipa así gorda-gorda para que nos entiendan. Qué va de aquella piltrafa humana del género femenino al endemoniadamente hermoso cuerote de la Mindy. Ésa sí es una mamazota de fémina. Pero las cosas no pasaron de esta manera. Ya van a ver, mis chavos, ya van a ver. Pérense tantititito.
            De entre aquellos boterescos mofletes a su vez mofletudos sale cual puro de añejísimo chiste la palabra repetida tres veces así como si fuese un diabólico conjuro hechicero para ahuyentar la furia de una maestra más semejante a un militar que a una educadora. Y de esperarse era que aquel mantra maloliente se topara con los correctos non, non, non y los quatre, quatre, quatre de costumbre. Quatre!, grita con desesperación la profesora de francés para corregirle la pronunciación a la orca. Catre!, responde Jo Anne toda gelatina temblorosa y al borde de las lágrimas. Y un c’est pas possible bisbiseado con el que termina el diálogo y se dan por moribundas las capacidades lingüísticas de la parisina-texana. Oso polaire, mis chavos. Acá regacho. De súper-vergüenza. Jo Anne nos mira casi indiferente tal vez con la esperanza de que le ayudemos de alguna imposible manera a posicionar la boca de tal guisa que pueda emitir el básico quatre en lugar de catre durante ésta, una de las últimas sesiones de nuestro curso finisecular de francés para extranjeros. Y nosotros evitamos esos ojos de borrega a un paso del proverbial matadero y, como desde el principio, la dejamos sola con las redondas y sonrosadas mejillas, el cabello ochentero nada cool, los pants pasadísimos de moda y su cuerpo orgullosamente texano y por ende abundante en carnes y grasas, trinche vieja puerca. Excuisez-muá, madam. Y a nuestra maestra no le queda más arma fuera de la resignación. A fingir que oye llover la méndiga generala. Y a maldecir al profesor del nivel precedente, ese imbécil que permitió que la señora de marras aprobara y llegara hasta aquí. Y hasta nosotros. Sáquese, marraniux.
            Un día de otoño Jo Anne llega contándonos a todos los compañeros de la clase cómo le hicieron fraude con su tarjeta de crédito. Otro, cómo se fracturó el dedo meñique. Pinky meñique. Ji, ji, ji. Y otro más, cómo había confundido un restaurante con un convento. Sí, así de pen… tonta está. Somos tus fans, cerdita. Nunca cambies. Te queremos mil. Pero rostizada en el más refundido averno, hija de tu ruta madre. De esta forma no hay manera de saber a ciencia cierta con qué novedad arribe a la mañana siguiente. El lunes aparece con un vendaje en el dedo meñique. Tras la pregunta obligada cuenta la historia de cómo el pequeño apéndice soportó su peso de paquidérmica persona tras una caída motivada por las causas más acefálicas. Casi creo, mis chavos, que gracias a una cáscara de plátano. Así tipo caricatura de Bugs Bunny. El martes el problema consiste en aquella serie de cargos enigmáticos hechos a la tarjeta de crédito anexa a la de sus padres sin que el plástico abandonara nunca su bolsa y además cómo discutió la anterior tarde varias horas con una porfiriana representante para que los cargos le fueran cancelados. ¿No se dice “porfiriana” sino “porfiada”? Ay, chavos, no interrumpan. Déjennos seguir, guarden el diccionario de la RAE, no sean intelectualoides y así. El miércoles hace un largo rodeo de palabras que comienza con una promenade nocturna a lo largo del downton, paseo culminante con la incauta confundiendo restaurante por convento incluso momentos antes de sentarse a comer con un aquelarre de mujeres adustas, bigotonas y vestidas con idéntica indumentaria monjil. El jueves se sazona con historias más añejas, de la época en que realizó ni más ni menos que una estancia en España con una familia, según ella, “¡más española que la paella!” y con la cual sin duda los problemas de comunicación se habrían sucedido uno tras otro casi hasta el final de su visita. Y el viernes habría continuado con los delirantes relatos de no tratarse del día de actividades culturales al exterior. El (a ver, pasen el RAE) pro-bos-ci-dio ni siquiera se digna a asistir. Nos concede una jornada libre al resto de la clase. Lo que sí confirman cada una de sus historias es su idiotez supina la cual nos da pie para las burlas íntimas y el silencioso intercambio de miradas atónitas. Ante el sorprendente dato de que Jo Anne ha pergeñado suficientes ensayos académicos como para hacerse meritoria —en quién sabe qué rascuache y mediocre universidad del mundo— de una maestría en letras hispánicas nos damos a la tarea de investigar entre nosotros los hispanoparlantes su habilidad en nuestro idioma. Esto sólo para compararla con su incompetencia en el francés. Y de paso hacerle una bromita witchy-bitchy. Y así.
            Durante uno de los recreos seguimos a Jo Anne hasta el Tim Horton’s más cercano a la Academia. ¿Qué pex, mis chavos? Requieren un poquito más de erudición. Y de mundo. Hagan de cuenta que el Tim Horton’s es para Canadá lo que el Starbucks para USA. O sea, para la Unión Americana. Total que nos decimos con una sonrisa ñaca-ñaca en los labios esta marrana de seguro va a comprarse unas treinta donas y un chocolatito empalagoso para comer. Vamos a seguirla a ver si ciertamente sabe hablar el español. Ñaca, ñaca. Con nuestra maléfica intención entramos al local de comestibles, compramos nuestro cafecito rico-rico y nos acercamos a la mesa junto a la cual Jo Anne ha posado sus vomitivas asentaderas y allí donde está degustando unas donas con glaseado de caramel. La saludamos en español. Ella insiste en hablar francés. Hasta que con todo el maquievalismo que nos caracteriza le decimos que no sea tímida y que ya lejos del salón de clases hablemos español. El tono castellano de Jo Anne nos sorprende sobremanera al principio. Aunque tiene un dejo de trasfondo gringo lo que más predomina en su hablar es ese acento ceceante y risible tan acostumbrado en aquellas furibundas tierras allende el Atlántico. De verdad pareciese que lo único que la oriunda de París, Texas ha aprendido bien a bien es ni más ni menos que nuestro idioma materno. Todas nuestras luciferinas tretas se han desmoronado como castillo de naipes. Incluso luego de aquella prueba le enorgullece hablar con nosotros, los estudiantes hispanos de la clase, en nuestra móder tang. También, aunque no puedan creerlo, Jo Anne es la alumna que en francés tiene el acento hispanófono mucho más marcado que el nuestro. Hemos perdido ya la cuenta de las veces en que la maestra de francés le ha dicho que quatre no se pronuncia catre. Ya estamos casi al final del curso y cada vez que la pobre quiere utilizar el número cuatro en alguna conversación, terminamos suprimiendo nuestras risas. Si eso es tema del nivel uno. O sea, gordis, de súper-vergüenza y nada fresón. Y así.
Catre. Catre. Catre.
Un viernes la maestra nos lleva al mercado de Montreal. Por supuesto, la señorita Catre no viene con nosotros. Salimos de la Academia, tomamos el metro y vamos hacia la estación Juan Talón. Ji, ji, ji. No se llama así. Cómo creen. En realidad se llama Jean-Talon; pero nos da risa decirle Juan Talón. Ji, ji, ji. Qué cotorreo, ¿no? El mercado de Montreal es como los mercados de México. Con puestos y así. Sin embargo, al de Juan Talón le falta la vivacidad y los objetos coloridos que nos hacen destacar a nosotros los mexicanos en otros territorios del globo terráqueo. No crean que en ese mercado van a encontrar estatuitas de la Virgen de Guadalupe ni de la Santa Muerte ni las veladoras ni las hierbas para el dolor de cabeza ni su loción de Siete Machos para ligar con alguna delectable fémina. ¡No way, mis chavos! Bueno, ni mugre van a hallar. Lástima si van y la extrañan. Total que la maestra en su atinado francés nos va indicando cómo se dicen cada uno de los productos del mercado. Que el tomate, tomate. Que la cebolla, oignon. Y así muchos otros comestibles. Digo, cosas fáciles porque es día de relax y así. Y nosotros tipo aburridísimos. O sea, la generala nos está tratando como niñitos de primaria. Y ustedes ya saben lo mamilas que podemos ser a veces sin quererlo. Inclusive frente a la más autoritaria autoridad. Total que nos decimos hay que pelarnos de aquí. Pero ya, cuate. De volada. En una de ésas nos hacemos ojo de hormiga. Nos agazapamos detrás de un puesto de quesos franchutes y apestosos. Cuando los demás se pasan al siguiente y la maestra canturrea el vocabulario de la fruta, salimos carcajeándonos del mercado Juan Talón y nos subimos a un bus que nos lleva más al sur de la península. Dentro del camión continuamos burlándonos de nuestra maestra y de nuestros compañeros ñoños que correctamente se han quedado en el mercado siguiendo en fila india a la generala como si fueran enanos de primaria. No way! No se sorprendan. Lo que pasa es que somos bien independientes. No nos gusta seguir a la bola como zombis tipo The Walking Dead. Además, ¿qué nos puede hacer la generala si estamos en una visita voluntaria que no cuenta nadamente para la calificación final del curso de francés? Que se jo… Digo, que se friegue. Venimos pues plática y plática en el camión cuando de repente una viejilla quebequense horrorosa-horrorosa se nos queda viendo. Horrorosa-horrorosa tipo nariz ganchuda de bruja y quijada prognatá. Tipo mamá de Celine Dion. Y nosotros en la chorcha acá bien chabocha. Y la cabecita blanca corajuda no nos deja de ver con ojos de pistola. Y nosotros ji-ji-ji y jo-jo-jo y el mercado Juan Talón y los ñoños y la generala. Y así. Hasta que la reverenda nos hace shhhhhh! Como aún desconocemos las reglas de convivencia social de Montreal pues ni modo. Nos callamos. No nos fuera la trinche ruca a meternos en un pedicure con el chofer o con la policía montrealesa. Pero si hubiéramos estado en México y una ñora así toda decrépita, naca y brujilda nos trata de callar, que se cuide. Hasta le damos una buena madriza a la ruca alzada. A nosotros nadie nos calla. Mucho menos una viejilla fea y malvibrosa. No nos intimidan las canas y, como ya dijimos antes, somos bien rebeldes sin causa. Así tipo Marlon Brandon. Cuando ya nos hemos apeado del vehículo automotor colectivo y nos ubicamos en la calle Santa Catarina del downton, se nos olvida el penoso incidente y recorremos esta rúa repleta de tiendas súper-acá. Très chic. ¿Sí saben? Fresononas. Y así.
Nosotros llegamos al Monterrey de Canadá —ji, ji, ji aparte— bien chidamente unos meses con antelación. Cuando todavía era verano. El mismo señor es nuestro papá de acogida. ¡No! ¡No piensen mal! O sea, nuestro lordland. Así se les dice allá a los que hospedan a estudiantes extranjeros. Se llama Mr. John y en su casa hay gente de todas las nacionalidades que se puedan imaginar, mis chavos. Tipo Big Brother. Pero estudiantil. Y de primer mundo. Bueno. Casi. Hay chinos, japoneses, israelíes, árabes, rusos, alemanes, argentinos, australianos y, claro, mexicanos. En total somos doce. Así que a la hora de tomar el diner Mr. John es como Jesús y nosotros como sus doce apóstoles. Tipo reunión de la UN. Entre la docena hay cuatro mexicanos. Qué gacha la explotación demográfica, ¿no? Eso es lo malo. Que mexicanos hay hasta en Siberia. Ya ni ahí puede uno huir de los compatriotas. Tres chavos y una chava en el cantón de Mr. John. Ji, ji, ji. Hasta en verso nos salió. Y sin esfuerzo. Ji, ji, ji. Pero nosotros dos nos llevamos mejor porque pues la mera verdad sí somos gente sophisticaté, acá bien fresonona. Fuimos a la universidad, tenemos nuestra licenciatura, hemos viajado y hemos tenido demasiadas aventuras por el mundo. Así tipo experiencia de señor de cuarenta. Y ya saben que los viajes lo culturizan a uno. Al principio sí salimos los cuatro juntos por compromiso. Con eso de que en el extranjero se debe ser solidario con los paisanos. Pero el chavo de Veracruz —un mequillo apenas en la prepa— luego luego enseñó el cobre. A cada rato terminaba con los ojotes como platotes. Tipo ira, ira, qué shido y ajá-ajá. Y así. Parecía que era la primera vez que salía de su rancho tropicoso. Y puros osos acá bien tremendos estilo Magneto. Y andar con una chava acá medio arañona y jipi-jípster wannabe del DeFectuoso con todo y tatuaje en la espalda baja nos iba a ahuyentar a todos los otros cueros. Los de a de veras. De Canadá claro; pero también de Europa, Australia, Japón y así. Niñas bien pues. No fueran a pensar esas diosas que uno de nosotros andaba con la skank chilanga. Uno, escritor viajero y el otro, cronista deportivo nos hicimos cuatachos de volada y hasta en la misma escuela de idiomas nos inscribimos, la Academia Internacional de la Lingüística. Academia no tan naca como la de cierta televisora, claro. ¿Cómo creen? Porque tratando de huir de esperpentos como nuestros little bróders mexicans, al entrar a la clase de francés, nos encontramos con Jo Anne. Que no es mexicana. Pero sí otro esperpento más. ¿No les parece sarcástico-irónico-cáustico-fatídico? Y pásennos ahora el diccionario de sinónimos para seguirles contando. Y así.
Ya sabíamos que iban a querer que les describiéramos a Montreal. Ji, ji, ji ¿A poco van a salir con la gatada de que les gustaría irse a vivir allá? Ay, tan bonito, ¿edá? Ta güeno. Por algo dicen lo de “a qué le tiras cuando sueñas… Ji, ji, ji. Pues Montreal es una península rodeada por dos ríos, el Saint Lawrence y el Saint Catherine. Se encuentra en el estado de Quebec donde, seguramente ya se dieron cuenta por nuestro cautivante relato, casi todos hablan franchute. Uh, là, là y oui, oui y así. ¿Sí saben cómo? Una lengua sumamente muy romántica. Y para hablarla tienen que parar sus trompitas como si fueran a dar un beso. ¡Sáquense! A nosotros no. ¡Guácala de perro! Ji, ji, ji. En Montreal este legado se nota hasta en los edificios del downton a causa de una arquitectura tornada hacia el afrancesamiento y con un toque de cálida elegancia. La ciudad posee un sistema de transporte efectivo y limpio que incluye, además de autobuses y trenes suburbanos, lo que es el metro. El metro tiene cuatro líneas: la verde, la roja, la azul y la naranja. Y es muy fácil tomar una u la otra. Porque la gente de allá es bien amable. Les pueden hablar en inglés o en francés. O hasta en español porque también muchas personas lo hablan. O sea que ni siquiera ustedes se perderían en la península de Montreal, ¿sí me entienden? Me acuerdo que en cuanto llegamos Mr. John nos llevó con todos nuestros little carnalillos a conocer los lugares más padres de Montreal. Fuimos al Chinatown donde comimos unos dumpings acá bien magníficamente deliciosos. Además visitamos la Place des Armes donde había mucha gente; pero donde también se localiza la Basílica de Notre-Dame construida en un estilo gótico-medieval-afrancesado. Después recorrimos el Viejo Montreal y apreciamos las diferentes fachadas arquitectónicas de los edificios antiguos. Acá tipo romanesco y neoclásico. Y ya el fin de semana Mr. John nos acompañó al parque municipal, a un concierto de tambores africanos. Aunque no había gente africana sino quebeca y jipiosa bailando toda dizque groovy. Recordamos que como era verano por todas partes volaban pelusas blancas que quién sabe de dónde venían; pero que volvían el paisaje demasiado poético. Y ya al final fuimos al Centro Eton, el mejor mall de Montreal. Claro, no podía faltar la visita al mall. Para el obligado chópin.

Segunda parte

miércoles, 26 de agosto de 2015

Las guerrillas cotidianas de Audiard


En mi colaboración más reciente (la 22) con la revista quincenal Siglo Nuevo hablo de la carrera del cineasta francés Jacques Audiard. Su séptima película Dheepan (2015) ganó en mayo pasado la Palma de Oro del festival internacional de Cannes; pero en el artículo me ocupo sobre todo de dos de sus trabajos anteriores: Un profeta y Metal y hueso. Va a continuación el enlace al texto:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1143562.las-guerrillas-cotidianas-de-audiard.html

jueves, 13 de agosto de 2015

Moore: contra el poder corporativo


En mi colaboración más reciente con la revista quincenal Siglo Nuevo hablo de la carrera del documentalista estadounidense Michael Moore. La misma semana de la publicación el cineasta anunció en su cuenta de Twitter que va a presentar su nuevo documental, Where to Invade Next (2015), en el festival de Toronto. Va a continuación el enlace al texto:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1140368.moore-contra-el-poder-corporativo.html

jueves, 6 de agosto de 2015

Porquerías que vi de chiquillo (VII)

La incursión en el cine de las imágenes generadas por computadora —o CGI por sus siglas en inglés— se da hace más o menos 30 años. La primera vez fue en aquella porquería ochentera dirigida por Barry Levinson y titulada El secreto de la pirámide (1985) o Young Sherlock Holmes (por cierto, idea de los años de juventud del protagonista que Hollywood no tarda en reciclar con eso de que el detective de Arthur Conan Doyle ya ha sido modernizado, parodiado y envejecido en últimas fechas). En esa época apareció una larga serie de películas de ciencia ficción y de fantasía. Tenían la intención obvia de repletar las salas de cine de adolescentes con déficit de atención y poca memoria cuyo único motivo al entrar en dichos establecimientos era matar el tiempo y llenarse el estómago de palomitas y Coca-Cola. Un momento de déjà vu hace que me detenga. Después de todo y en su esencia, nada cambia. Y sí. Antes de que las pantallas igualmente se colmaran con las ahora ya célebres y manidas CGI había bodrios como el que viene a continuación: Krull (1983). La porquería anterior fue El abismo negro de Disney.
Si Mahoma no va a la montaña espacial…
Gracias a Netflix será posible analizar Krull a fondo. Yo la vi montones de veces gracias a la tecnología ya difunta del videodisco. Incluso la imagen que precede a estas líneas es la de la carátula en ese formato. Krull es la cinta con las locaciones más diversas, un vestuario que volvería verde de la envidia a Cachirulo, un croma no muy disímil al de sus programas, pésimo maquillaje para cíclopes y ni hablemos de los monstruos movidos a través de stop-motion. A Krull le da el nombre un planeta de apariencia futurista-medieval que está siendo invadido por una bestia cabezona y hocicuda. Un coro de voces femeninas se escucha mientras aparece el emblema de diosa triunfante de Columbia Pictures. Pronto la música se torna celebratoria y la estrella-símbolo del póster surca los cielos espaciales (si es que hay tal cosa) y cruza frente a los ojos de los pequeños y azorados espectadores para así darles el título de la película. Entran los créditos iniciales y aparece una formación rocosa que viaja por el espacio exterior, mezcla entre nave espacial y montaña. La montaña errante del espacio exterior aterriza en el planeta Krull cuando la banda sonora ha cambiado a otra melodía. Esta vez, ominosa. Queda claro que esa montaña ambulante alberga algo maligno. Un narrador con acento inglés habla de una bestia y de su fortaleza oscura. Pronto repite las palabras de una antigua profecía: una princesa elegirá a un príncipe como su consorte y el hijo de ambos reinará en toda la galaxia trayendo consigo una era de paz y armonía. En la actualidad, dentro de este género de fantasía medieval planetaria, podríamos colocar piezas como El señor de los anillos o El hobbit. Quién sabe si Peter Jackson vio esta bazofia siendo joven y en cierta medida se inspiró para mejorar los hoy horrorosos (d)efectos especiales de Krull.
La princesa prometida y su pelirroja permanente
La princesa de la profecía se halla junto al balcón de un castillo blanco. Es una mujer pelirroja de cara redonda. Gracias al cielo en Krull y a pesar de vivir en una especie de Edad Media alterna, ya se inventaron las permanentes. La princesa habría combinado bien con una mascota raza poodle. Tal vez no halla perros en Krull para brindarle compañía a la realeza. Tras un diálogo con el rey, su padre, queda claro que hay un matrimonio en puerta para la muchacha. Se pretende sellar una alianza con otro reino casando a la princesa Lyssa (Lysette Anthony) con el príncipe Colwyn. Pero en esta Edad Media también ya pasó el período romántico y, gracias al mismo cielo proveedor, Lyssa y Colwyn están muy enamorados. La princesa afirma sobre el matrimonio: “es mi elección”. Qué alivio al pensar que la damisela sí se casa por amor y no sólo para sellar una alianza entre reinos. Hasta aquí los habitantes de Krull hablan como oriundos de las islas británicas. Pronto llega el héroe Colwyn (Ken Marshall) con su padre y su cortejo. Sin embargo, además de la espada, blande un acento gringo dispar con quienes lo rodean. Ken Marshall es el antecedente de Kevin Costner en el Robin Hood (otro príncipe, pero de ladrones) de 1991. El héroe y la damisela se reúnen. Tras la escena en la que discuten cómo será su vida de casados, se da el primer beso con la previsible música melosa de fondo.
Wedding Crashers From Hell
El día de dos soles se difumina ante la noche de la boda. Nótese el maniqueísmo: no imaginan en el refugio de su castillo blanco que de la Fortaleza Negra están saliendo armados hasta los dientes (si es que tienen) los Slayers (o Asesinos en castellano), colados infernales más indeseables que Owen Wilson y Vince Vaughn. Entre brumas y luz un viejo observa a los Asesinos a la distancia. No tienen una cara discernible sino una cabeza hueca, además de visor en forma de trébol y cuellos de armadura puntiagudos. Mientras se acercan, la ceremonia está en su instante climático. En esta Edad Media alternativa el fuego planetario no se extingue con el agua y tampoco quema a quien lo toca. Aquí en lugar de declaración estilo “lo que ha unido…” los esposos deben pasarse el fuego el uno al otro a través de sus manos. Antes de que Lyssa pueda pasarle el fuego a Colwyn suena la alarma. Los cabeza-hueca-asesinos hacen explotar la entrada del castillo y escalan por sus paredes sin ni siquiera tocarlas. La batalla se da entre espadas y rayos láser. Cuando a un esbirro le quiebran la cabeza hueca de ahí sale un creatura que recuerda a los aliens en su versión más pequeña. Los dos reyes, el príncipe y sus ejércitos muy apenas pueden enfrentarse a los Asesinos. Para ayudar a su padre, el príncipe en mallitas de colores gris y negro (que, mención aparte, serían la sensación en un bar léder) se tira de una cuerda con tal habilidad que ni Douglas Fairbanks ni Tarzán cinematográfico en sus mejores tiempos. Aunque intenta escaparse, los Asesinos capturan a la princesa (si no, no habría película). “¡Colwyyyyn!”, grita. Hasta un gallo se echa la muchacha en el tercer intento. Un rayo láser inoportuno no le permite al héroe rescatar a su damisela y cae inconsciente, todo posado, al pie de una escalera. Los Asesinos se van llevándose a la muchacha pelirroja. El vocabulario de estos seres invasores se reduce a un chillido espeluznante cuando mueren o al uga-uga de éxtasis cuando van en camino hacia la fortaleza. La trama queda clara. El detonante es el rapto de una princesa. ¿Dónde he visto esto antes?
La comunidad del Glaive
Tras la boda frustrada y la matanza Ynyr el anciano (una versión más del viejo sabio como Obi-Wan Kenobi o Gandalf) toma el emblema del rey y despierta al bello durmiente con un ungüento sanador. La consigna es asumir el trono y salvar al planeta de la bestia invasora. El joven héroe al principio hace berrinche y lloriquea. “¡No tengo reino!”, y tal como le sucediera a su novia se le sale un gallo. Ynyr (Freddie Jones, actor que interpretara años antes al cancerbero de John Merrick en El hombre elefante de David Lynch) le explica que sólo podrá salvar al planeta y a la princesa si se faja las mallitas apretadas y mata a la Bestia. Sólo un arma tan poderosa como el místico Glaive le ayudará en la hazaña. Si ya historias más antiguas habían agotado todos los tipos de armas —desde el martillo de Thor o la espada Excalibur de Arturo hasta el anillo de Frodo pasando por el sable láser de Skywalker— preferible que en Krull sea una estrella con cinco hojas afiladas que además funciona como un búmeran. Eso sí emocionará a los chiquilines de los ochenta. Colwyn tendrá que subir una montaña sagrada tan cabrona que se defiende aventando piedras rodantes a quien intente subirla. Pero sólo unas cuantas. En sus entrañas correrá un río de lava de donde el héroe debe sacar el Glaive, lo cual no constituye una empresa tan laboriosa en este planeta donde el fuego —aunque no se extingue nunca con el agua— no quema. Colwyn mete la mano como si de un río de mierda se tratara y sin mucho esfuerzo saca el arma cubierta de lodo prehistórico. Pedazo a pedazo el lodo caerá para revelar el brillo de esta estrella de cinco picos. Ynyr le advierte que no debe usarla hasta que llegue el momento preciso. O sea, hasta que esté frente al enemigo. Se presenta otro obstáculo. La Fortaleza Oscura de la Bestia es más errante de lo que los espectadores nos imaginábamos al principio. Tan paranoica resulta que cada día aparece en un lugar diferente. ¿Qué hacer entonces para rescatar a la princesa? Si un viejo sabio no era suficiente ahora habrá que visitar a un anciano vidente ciego, primo lejano de Tiresias. Ante demasiada tensión y seriedad se topan junto a un arroyo con un acompañante gracioso sacado quizás de los pudrideros de los aspirantes a formar parte del elenco de Monty Python: Ergo, el magnífico. La única habilidad de este personaje, además de ser medianamente chistoso, es transformarse en animal. Aunque no lo hace de forma muy exitosa ya que cuando trata de convertir a Colwyn en un ganso parlante el hechizo se le revira. Transformación, por cierto, realizada de forma torpe porque, recuérdese bien, todavía no se había perfeccionado el famoso morphing tan explotado en Terminator 2 (1991). Los tres aventureros entran a la cueva de los ladrones. Dos hachas lanzadas con pericia increíble atrapan al pobre Ergo. Entre los 8 o 9 ladrones sólo hay dos bastante reconocibles: Liam Neeson y Robbie Coltrane (Hagrid en las películas de Harry Potter). El líder Torquil (Alun Armstrong) será más difícil de reconocer hoy en día aunque haya interpretado infinidad de papeles segundones. Más recientemente un mayordomo muy mamón y creído hacia el final de la quinta temporada de la serie Downton Abbey. Todos estos ladrones tendrán nombres tan ridículos y olvidables como los de los enanos de El hobbit: Kegan, Rhun, Eirig, Turold, Nennog. Difícil no caer en la tentación de inventarles otros nombres: Kagan, Nenote, Tolosio, Gremlin, Tick, Rhum, Stitch, etcétera. No pasan muchos minutos antes de que se descubra que Colwyn es el nuevo rey. Les ofrece la libertad a cambio de su fuerza como pequeño ejército. La comunidad del Glaive está casi ensamblada. Ya sabemos que varios ladrones de este ejército insignificante morirán durante la aventura. No importa. Ni siquiera me acordaría de sus nombres.
Cíclope, ciego y niño
Mientras tanto la princesa Lyssa deambula por los recovecos de la Fortaleza Oscura. Luego de dar algunos pasos se halla atrapada ante el borde de un abismo y dentro del iris de un ojo tan gigante como falso. Una voz ronca y atemorizante le habla. La bestia oji-roja, bocona, dientona y de prominente cabeza recuerda en algo a las creaciones de H. R. Giger (en especial, la más famosa, ésa que “protagonizara” Alien de Ridley Scott cuatro años antes). Le ofrece a Lyssa todo su poder, gobernar la galaxia entera juntos. Claro, con tal de que olvide a Colwyn y se depose con ¿él? ¿ella? La veleidosa fortaleza pasa de un paraje montañoso a uno nevado. Aquí surge la pregunta de si la formación rocosa tiene la maravillosa capacidad de tele-transportarse, ¿qué necesidad había del viaje espacial del inicio de la cinta? De vuelta a la comunidad. A lo largo de su periplo hacia la morada del vidente, Ergo se da cuenta de que un cíclope de pésimo maquillaje los acecha. No se sabe si el tátara-tátara-tataranieto de Polifemo es amigo o enemigo. Ante el miedo de Ergo, Ynyr cuenta la leyenda de los cíclopes, su mito original. Según el sabio, cual ángeles caídos, un grupo de humanos le dieron su segundo ojo a la Bestia a cambio del don de la adivinación. Pero la Bestia los traicionó (qué mala suerte que no previeron eso) y sólo se les concedió el poder de adivinar el día de su muerte. Desde entonces buscan vengarse de la Bestia. Cruzando un bosque se topan con una gran piedra. En una secuencia que de nuevo hacia el futuro remite a El señor de los anillos y a la entrada de la comunidad en la mina de Moria, Ynyr llama a gritos al vidente y éste les concede traspasar la piedra para entrar en su morada. El vidente ciego se hace acompañar de un niño —que a diferencia de algunos de los ladrones sabemos que sí sobrevivirá a la aventura— y un bastón con unas campanillas de sonidos bastante irritantes. A través de una esmeralda que hace girar y levitar, el anciano ciego pretende decirles dónde aparecerá la Fortaleza Oscura al siguiente día. De la esmeralda surge una proyección nada disímil a la de la princesa Leia saliendo a R2D2 (o Arturito para los cuates mexicanos). Gracias a la proyección se va armando la fachada de la fortaleza. Pero… ¡oh, desgracia! Una garra estilo monstruo-de-la-laguna-verde destruye la esmeralda y sopla fuertemente. Quién sabe por dónde se cuela el viento huracanado de la Bestia que casi hace volar las barbas postizas de los dos ancianos. Ahora habrá que ir a quién sabe qué lugar apartado para eludir el poder de la Bestia. Más de un viejo sabio no aguanta la película y ya sospecho que el vidente cieguito —por aquello de que los diminutivos suenan menos agresivos— colgará los tenis pronto.
Arenas movedizas y espantosa visión
A estas alturas de la película se agotan los escenarios naturales. He visto parajes montañosos, nevados, desérticos y boscosos. Sólo faltaba el pantano. Ahí van Colwyn y sus amigos. El viejo vidente apenas camina con su bastón ruidoso. La Bestia les tiene preparada una emboscada. Los Asesinos emergen del pantano, lanzan rayos láser y cuando son atacados sacan chispas rojas. El cíclope acosador salva a Ergo y aprovecha para hablar por fin con él. Todo indica que es amigo y se unirá a la comunidad del Glaive. Tratándose el escenario artificial de un pantano se vuelve obligatoria la escena de quien se hunde en arenas movedizas. “¡Estira la mano, ladrón #7!”, podría exclamar el héroe. Dice otro nombre. Pero es demasiado esfuerzo recordarlo. El nuevo rey no logra salvarlo. Mientras, la Bestia mañosa aprovecha para mandar a un doble maligno del vidente. ¿Cómo reconocer al doble? Fácil: él tiene globos oculares completamente negros y de repente las uñas se le ponen más largas que las de Niurka Marcos. A pesar de estas obviedades, sólo los chiquilines en el trance de ver la cinta notarán estas diferencias entre los dos videntes ciegos. Un primer intento de matar a Colwyn se le frustra al doble maligno. Más tarde arguye que sólo lo puede acompañar quien busca el conocimiento. Aquí se da una escena que me aterrorizará en sueños toda la vida. Colwyn hace de lazarillo al vidente maligno. Éste abre los globos oculares negros y las uñas le crecen. “¡Aquí está el conocimiento que buscas!”, grita e intenta enterrarle las uñotas en el cuello. Al menos hay alguien no tan estúpido en la tropa. El cíclope, a pesar de tener solamente un ojo, descubre el cadáver del vidente original cuando las arenas movedizas lo escupen —la carne vieja no ha de saber nada bien— y vuelve corriendo hecho la mocha para lanzar su tridente y salvarle la vida al héroe. El doble, tras ser alcanzado por el tridente, lanza el chillido gutural característico de los Asesinos y se derrite no sin antes darle su rostro un aire al hombre elefante. El duelo del niño se resuelve en un segundo: “Somos tu familia ahora”. Y Ergo se convierte en el perro de los zapatos Hush Puppies para consolar al pequeño. Nótese que el director de esta cinta tiene su corazoncito.
Dobles tentaciones
De vuelta al escenario boscoso. Ynyr sabe de otra forma para conocer el destino de la Fortaleza Oscura. Haberlo dicho antes. Sin embargo, parte solo. Una de las muchas esposas de Liam Neeson —con domicilio cerca del bosque— aparece y trae consigo a varias mujeres para hacerles compañía a los aventureros. No vayamos a dudar de su hombría. Quién sabe cómo se comunicó Liam con su mujer. Habrá sido por paloma mensajera, señales de humo o telepatía. Tal vez haya en esta Edad Media planetaria un medio de comunicación infalible que haga aparecer a las mujeres de una escena a la otra. Da igual. Ésta es la hora de las tentaciones paralelas. Una chica que la esposa de Liam apenas conoce (¡alarma!) se acerca a Colwyn con comida. Mientras tanto, la Bestia cachonda y desesperada por casarse ha tratado de seducir a Lyssa sin éxito. En el rincón más recóndito, tenebroso y huesudo (por la decoración) de la fortaleza la Bestia adopta el plan que debió seguir desde el principio del cortejo. En lugar de ofrecer riquezas y poder, se transforma en Colwyn. Claro, su poder de metamorfosis es limitado. No puede cambiar su voz ronca ni sus globos oculares completamente rojos. Lyssa no es tan tonta ni la permanente le ha freído tanto el cerebro como para no darse cuenta de que Colwyn no está frente a ella. El plan fracasa de nuevo. Bajo el disfraz le muestra cómo la enviada del mal trata a su vez de seducir al héroe. El príncipe virtuoso y fiel rechaza a la chica. Vengan de nuevo los ojos por entero negros y las uñas de Niurka. Está punto de matarlo. Pero se detiene. Tan irresistible es Colwyn que la enviada del mal confiesa haberse enamorado de él. Aunque apenas lo conozca desde hace dos minutos. Y aunque su vida peligre al traicionar a la Bestia. Lyssa se burla del truco fallido y la Bestia no duda en hacer soplar su viento huracanado para convertir en polvo a la traicionera y mediocre seductora. Si los premios no han logrado persuadir a la princesa, veremos cómo le va con las amenazas. Mientras ella no acepte casarse con ¿ella? ¿él? gente inocente del planeta Krull morirá a manos de los Asesinos.
La Llorona de la telaraña
La única persona con la visión y el poder para adivinar dónde aparecerá la Fortaleza Oscura es la viuda de la telaraña. El viejo sabio entra a la inmensa y pegajosa guarida. Como era de esperarse, emergerá de entre las profundidades de este abismo una araña gigante y translúcida, como hecha de cristal. Esta araña quizás resulte ser ascendiente de la golosa Shelob de Peter Jackson en El retorno del rey. Aunque este ente patón no es producto de la computadora sino del stop-motion. Y vaya que se nota. Lyssa también se llama la viuda e Ynyr grita su nombre. Una vez identificado el visitante le da vuelta a su mágico reloj de arena y le concede tiempo para trepar hasta el centro de la telaraña. Mientras la arena caiga la araña no se moverá. Las articulaciones de Ynyr no se hallan en tan óptimas condiciones como para trepar con la rapidez suficiente. Menos cuando se le rompe una liana. Finalmente alcanza el centro y puede sentarse a platicar con su antiguo amor. A través del espejo la ve no como una mujer cubierta de maquillaje para hacerla envejecer sino como cuando era joven y tenía el rostro de la actriz londinense Francesca Annis (Macbeth de Polanski, Dunas de Lynch y un largo etcétera en cine y televisión). “¿Qué crees?”, le dice ella, “después de que me dejaste tuve un hijo tuyo y lo maté”. Por haberse convertido en la Llorona intergaláctica de una época medieval alternativa la tienen castigada ahí. Ynyr persuade a esta Lyssa blandiendo el argumento de que hay que salvar a los jóvenes que se aman como alguna vez se amaron ellos. “Mañana en el Desierto de Hierro”, da su augurio la viuda. Viene el sacrificio de los antiguos amantes. La viuda rompe el reloj de arena. Toma la materia huidiza y se la da a Ynyr. “Éstas son las arenas de mi vida”, dice. Le han sido concedidas para rescatar a la otra Lyssa. Pero como el tiempo, conforme la arena caiga de la mano de Ynyr, la vida del viejo sabio se extinguirá. Ya se está poniendo muy poético y filosófico esto. Uno sólo pagó su entrada para pasar el rato y llenarse el estómago de palomitas y Coca-Cola. Ynyr va hasta el campamento de Colwyn y grita la información antes de expirar y de que caiga el último puñado de arena de su palma. ¿Qué les da a los viejos sabios de estas jaladas de fantasía por morirse antes de que termine la película? Tal vez dirán que no les pagan suficiente por salir en estas basuras.
Yeguas que echan fuego y croma cachirulesco
La Fortaleza Oscura de la Bestia reaparece en el Desierto de Hierro que, aunque desierto, alberga en su centro un campo florido ideal para final de película. Quiere decir que la tortura no está lejos de terminarse. El campamento boscoso está a miles de leguas del desierto. No hay manera de llegar allá antes de que terminen el día y la noche. El cíclope tiene una idea: yeguas de fuego. O más bien, yeguas que al cabalgar echan fuego. Domarlas no debería ser tan fácil tratándose de seres mitológicos. Pero ya que el tiempo de la cinta se prolonga demasiado y hay que arribar al ansiado desenlace (la pelea entre Colwyn y la Bestia), lazos normales serán suficientes. El cíclope se despide de ellos pues le ha llegado su hora. El fuego despedido por las yeguas cuando cabalgan se prestará igualmente a burlas. Se encontrará superpuesto y de una manera muy burda. La cabalgata en Krull será recordada como uno de los peores cromas en la historia del cine. Por fin atisban la Fortaleza Oscura. Hay que entrar antes de que amanezca y la muy paranoica cambie de lugar. Los Asesinos vuelven aparecer con sus cabezas huecas para detenerles el ascenso. El cíclope cambia de opinión y decide morir volviendo a ayudar a esa bola de desconocidos. Durante la escalada muere Hagrid; pero esta vez no hay tiempo para duelos. El cíclope les abre paso y queda atrapado entre los pliegues de una entrada al mismo tiempo rocosa y corrediza. “Llegó mi hora”, son sus últimas palabras. Injusto que no sobreviva quien tanto contribuyó a la comunidad. En cambio, el niño… Mejor no decir nada. No nos acusen de odiar a los niños. Ya dentro de la fortaleza un rayo láser inoportuno también asesina al ahora invencible héroe de acción Liam Neeson. No era posible pedir más (y sobrevivir a la aventura) en su debut cinematográfico. Al menos, se habrá dicho el actor, pasó casi al final del largometraje. De los 9 ladrones que tenía Colwyn sólo le quedan 3. El piso de la fortaleza se abre y Ergo y el niño se separan del grupo. Al fin a Ergo le sale bien un hechizo y se convierte en tigre para proteger al chiquilín de los Asesinos. Recuérdese que en este tipo de cintas los niños, a diferencia del cíclope o de Liam Neeson, no deben morir. No importa que hayan sido más estorbo que ayuda. En el corazón huesudo de la Fortaleza Oscura —un domo con paredes translúcidas— está presa la princesa Lyssa. Ahí, tras la jodida espera de una hora con cuarenta minutos, por fin Colwyn saca el Glaive y lo lanza para perforar el domo óseo. Mientras el héroe se encuentra ocupado con dicha tarea, un ladrón gordo se recarga contra la pared con tal mal tino que resulta ser mágica y traspasable. Los tres ladrones restantes acaban en una mazmorra rodeados de palos con puntas afiladas que, poco a poco, se les acercan para empalarlos. De repente se detienen como distraídos de su labor asesina. El gordo imprudente vuelve a regarla y, por supuesto, es el primero en morir empalado. El director otorga a sus espectadores tensión en tres frentes: el tigre Ergo y el niño ante los Asesinos, Colwyn a punto de rencontrarse con su princesa prometida y los dos ladrones a cinco centímetros de una incómoda muerte. ¿Serán los pequeñuelos de los ochenta capaz de seguir estas tres líneas paralelas? Claro. Como si no hubieran visto La guerra de las galaxias cientos de veces. Como si las novelas de caballería no se hubieran inventado siglos atrás.
La elegía de la Bestia
Los jóvenes amantes vuelven a encontrarse. Pero la Bestia no anda muy lejos. Rompiendo cualquier sentido de la proporción y cada una de las leyes de física, del domo huesudo de fondo vacío emerge inmensa la bestia cabezona y hocicuda para enfrentar al héroe Colwyn. Además de ojos rojos, cabeza prominente, hocico de dientes afilados y garras como alas de vampiro, la bestia dragona escupe bolas de fuego para defenderse de los ataques giratorios del búmeran de cinco picos. En un descuido se le clava en el pecho. “¡ARRRRGGGHHHHHHH!” obligatorio y desplome seguido. Sin embargo, el arma no vuelve a la mano de su dueño. Por mucho que Colwyn extienda cada falange de la mano hasta casi hacerlas reventar por el esfuerzo, la estrella no regresa a él. El siguiente truco se lo plagian de otro género. El de terror. No queda de otra que ir por el Glaive. Y como en final de película de horror donde el asesino revive repentinamente, cuando Colwyn está a punto de desenterrar el arma del supuesto cadáver, la garra larga y huesuda se lo impide. Los palos puntiagudos vuelven a moverse. Los Asesinos se acercan amenazantes al niño cuando el tigre ya está herido. Colwyn y Lyssa huyen y entran a una gruta (rara la geografía de esta Fortaleza Oscura). Se ven rodeados de estalactitas y estalagmitas. El héroe ya no tiene arma con qué defender a su princesa. Pero ella le dice: “No es el Glaive, eres tú”. De haberlo sabido, diría Colwyn, no habría metido la mano en ese río de mierda. El fuego del matrimonio los salvará. Antes de que la distraída Bestia ataque, ella le pasa el fuego que no quema. Termina así la ceremonia al inicio interrumpida. Colwyn toma el fuego de la mano de su flamante esposa y lo lanza contra la Bestia. De esta forma el mal termina achicharrado y ahora sí muerto. ¿O muerta?
A correr hacia el campo florido
Pero la diversión no ha terminado. Así como el villano en todas las películas de fantasía está ligado a su planeta / guarida / castillo, así la Fortaleza Oscura empieza a auto-inmolarse pedacito a pedacito. Nada difícil para el departamento de los (d)efectos especiales incinerar al monigote cabezudo de látex. Éste sí será un trabajo difícil. A salvo de los palos puntiagudos que perdieron sus instintos asesinos con la muerte de la Bestia, los dos ladrones aún vivos se reúnen con Colwyn y Lyssa. Después encontrarán al niño y a Ergo, ya otra vez humano y herido. A correr se ha dicho entre la lluvia de rocas y los temblores. Incluida va la secuencia del derrumbe de un puente con todo y detenimiento de los corredores para que se entienda que ninguno de ellos cayó al precipicio. La salida se las da el fuego matrimonial que, a pesar de que no quema, funciona como bomba y abre un boquete a la fortaleza. Los pedazos de la nave-montaña ascienden hacia el espacio exterior de donde vinieron. El planeta Krull está a salvo de la invasión. El niño, los dos ladrones, Ergo, el héroe y la princesa corren por el campo florido. Exhaustos sobre el mismo ven los últimos restos de la Fortaleza Oscura desaparecer hacia el cielo. Ergo se queja de sus heridas. La princesa, ahora doctora, dice que se pondrá bien. “¿Ganamos?”. Y ellos son los últimos en enterarse que sí. Colwyn nombra al ladrón líder “Lord Marshall” de Krull. Abundan las risas. Y el narrador, ausente desde el inicio de la película, nos indica que la profecía se cumplirá. Música celebratoria. Créditos finales. Fin de esta bazofia de fantasía.
No hay vida después de Krull
Actualmente el actor más famoso entre el reparto de este bodrio es Liam Neeson. Ken Marshall y Lysette Anthony, la pareja protagónica, volvieron a las brumas del anonimato. El artífice de tamaña porquería, el director Peter Yates, no se conformó con este crédito —de acuerdo con IMDB con uno de los mayores presupuestos de la época— sino que además perpetró el peor sacrilegio contra la literatura española: una adaptación televisiva de Don Quijote (2000) protagonizada por John Lithgow y Bob Hoskins. La imitación a La guerra de las galaxias no se limitó a algunas coincidencias narrativas. El fenómeno del merchandising, tal como pasara con El abismo negro, también se dio en el caso de Krull. En particular el videojuego de Atari que, aunque yo no tenía en casa, recuerdo haber jugado seguramente porque algún amigo me lo prestó. Era tan malo como el de E.T., el extraterrestre. Al menos, los juegos de Krull no terminaron enterrados en un desierto de Nuevo México. El colmo sería que Hollywood sí desenterrara pero el recuerdo de Krull realizando un remake repleto de imágenes generadas por computadora. Ahí sí estaríamos ante el final de los tiempos.

Krull (1983). Dirigida por Peter Yates. Producida por Ron Silverman. Protagonizada por Ken Marshall y Lysette Anthony.